4 para Lulú

Víctor Manuel Mendiola

Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Epígrafe

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

XXXIV

XXXV

XXXVI

XXXVII

XXXVIII

XXXIX

XL

XLI

XLII

XLIII

XLIV

XLV

XLVI

XLVII

XLVIII

XLIX

L

LI

LII

Créditos

Grupo Santillana

4 para Lulú

Ágata: Cacle, cacle, cacle.

Alicia: Quicle, quicle, quicle.

La Pequeña Lulú

Two roads diverged in a wood, and I—

I took the one less traveled by,

and that has made all the difference.

Robert Frost, The Road not Taken

4 para Lulú

I

Cuando despierto en la mañana, todo es negro: el ropero de mi abuela, los muros pintados de rojo melón muy tenue, mi hermano dormido en la otra cama, la fotografía de mi tío con el vidrio roto; pero mi madre nos dice:

—Arriba. Levántense. Se hace tarde.

Y la cortina se parte en dos y las ventanas están abiertas.

Aire. Una lengua de aire. Un sonido de aire. Una brillante trompeta de aire suave. Y ahora los muros, el techo, la fotografía, el rostro de mi hermano y mis pies son blancos.

4 para Lulú

II

No me gusta el olor a chocolate con leche, pero me gusta el olor a plátano. Es un olor que viaja entre lo verde de la selva y lo amarillo del sol. Huele bien. Huele a mi casa en el desayuno.

Ayer por la tarde, en la televisión vi a Chita comer plátanos. Les quita la cáscara y se los come de una mordida. Después, feliz enseña la dentadura. Tarzán la carga entre los brazos. La mira. La sonrisa de Tarzán no tiene dientes. Es una línea doblada hacia arriba. Tarzán observa a Chita. Nosotros la miramos. Jane también la ve. El taparrabos de Jane es más grande que el de Tarzán. En los grises de la pantalla adivino los dorados del cabello de la novia del hombre mono.

Chita come plátanos y pela los dientes. Mis amigos —Alejandro, Jorge, Patricia— y yo, echados en el tapete enfrente de la televisión, reímos. Mi madre también se alegra al vernos contentos.

Jane ríe. Su risa sí tiene dientes. Barrita un elefante y Tarzán pone en el suelo a su amiga. Una mancha negra que se mueve como un barco borracho.

Tarzán ya está en el aire colgado de una liana. El rostro de Tarzán viaja entre los árboles. Atenaza una cuerda y escala una enredadera. Se desliza de una rama a otra rama y luego a otra más. Se acuclilla en la horqueta gigante de un laurel y abre sus brazos para tomar aire. Mira abajo la trampa de las lanzas, filosas varas duras apuntando contra él. Levanta la cabeza y observa un horizonte que es un jardín aéreo. Con las manos ahuecadas alrededor de la boca, apretando los músculos del estómago, lanza su grito. La voz se estira y se afloja. Atraviesa, como la piedra de una honda, la selva. En las copas más altas hay flores, bulbos anaranjados o azules, amarillas bocas de polen, rosas labios velludos. Pero en la pantalla todo es gris.

Pequeños monos en pánico crean una telaraña de movimientos.

Tarzán pone cara de piedra.

La selva enmudece.

La trampa de las lanzas desaparece en el piso falso de hojas.

Con las piernas cruzadas en forma de ganchos, Alejandro, Jorge, Patricia y yo casi no respiramos.

Los árboles transportan al hombre mono, lo empujan hacia adelante. Cae enfrente de un león.

Una niña en una rama se sostiene, temblando entre lágrimas.

El león la observa con una mirada fija. Cuando van a atacar, los felinos no le quitan de encima la vista a la presa. Si das la espalda y corres, ellos inmediatamente comienzan la persecución.

Tarzán se interpone entre la niña y la fiera. Le pone su rostro enfrente. Su ancho rostro de simio, su dura quijada angulosa. No le asusta el rugido, las fauces abiertas y fruncidas. Se abraza con el león. Los leones a veces tienen faz de perro. Una mirada mansa. El hocico cuadrado. El abrazo de Tarzán y del león es fiero, pero amistoso. Se retan a muerte pero nunca mueren. Tarzán conoce a Numa, el rey de la selva, el león de la enorme melena. La bestia se escabulle entre las largas hojas de las palmas y las piedras musgosas. Tarzán se aproxima a la niña. La abraza. Le dice que el león se ha ido. Jane se aproxima corriendo. Sonríe. Resplandece la blancura de su cabellera dorada en la televisión. En la pantalla se empequeñecen las figuras y aparece en blancas letras muy grandes el otro nombre del hombre mono:

Johnny Weissmüller

En las mañanas me gusta cómo huele a plátano.

4 para Lulú

III

Adelina le ayuda a mi mamá. Después del desayuno recoge los cubiertos y las tazas; levanta los platos. Adelina es roja y fuerte como una caja llena de manzanas. Sus cachetes siempre están como con pena, aunque sus ojos siempre están como con ganas, y sus manos alzan lo que tocan.

Me gusta agarrarme de las manos de Adelina. Cuando jugamos me aprietan y yo las sujeto porque no quiero soltarlas; en sus manos huelo su olorosa fortaleza roja. No me alza pero yo siento que subo.

Ella huele, siempre huele bien. Cuando se agacha, veo que tiene dos frutas abajo de su camisa a la altura de las bolsas.

Adelina es un árbol con dos manzanas colgadas de su pecho. Cuando trato de tocarlas, me quita las manos y me sonríe. Me dice sí, pero me dice no. La huelo.

4 para Lulú

IV

Mi padre casi no habla. Cuando nos ve, se aproxima y nos besa; puede llevarnos a correr o a tomar un helado; puede tomarnos de la mano y llevarnos del otro lado de la calle. Nos mira, siempre nos mira, pero no nos habla.

4 para Lulú

V

Mi padre nos espera en la calle con el auto encendido. En las mañanas el coche de mi padre parece un géiser. Vapor y gases. Atrás, el humo del escape; a los lados, una flama blancuzca en cada una de las dos rendijas paralelas de la tapa del motor; y al frente, las emanaciones de agua y aceite de la parrilla cromada.

Nos subimos a los asientos traseros y nos dirigimos a la escuela en nuestro pequeño volcán en movimiento.

4 para Lulú

VI

En el automóvil, un olor diferente nos lleva. Sentados en el asiento trasero respiramos ese aroma que sólo podemos encontrar aquí. Al comienzo advertimos el aroma de la colonia de mi padre, pero casi al mismo tiempo nos impregna una exhalación de materiales distintos a los de la casa. No es cal, algodón, cera, lana o alcohol, naftalina o fruta recién comprada; tampoco son los olores de los roperos cerrados o de

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