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¿La locura se hereda como las maldiciones? ¿Con qué limpia se curan las brujerías de los genes?
* * *
Me llamaron Gregoria en honor a mi bisabuela loca Gregoria Cruz Toledo. Mamá Goya. Desde que creo, estoy convencida de que eso también me condenó: las maldiciones se heredan doble si además de llevarse en la sangre se llevan en el nombre.
El enfermero me pregunta, sin levantar la vista de su formulario, si en mi familia hay antecedentes de enfermedades mentales. No lo sé, le digo. Mi abuelo le sostiene la mirada al diablo, pero nunca se ha dicho que esté loco, no le digo. En el pueblo decían que el espanto había vuelto loca a Mamá Goya. ¿Cuenta la locura por brujería como antecedente familiar de enfermedad mental?
Parados en el umbral de una puerta, en medio de un pasillo concurrido, ruidoso, el enfermero lanza el resto de las preguntas del cuestionario.
—¿Escucha voces? ¿Ve objetos y personas que no ven los demás? ¿Se siente perseguida? ¿Ha pensado en quitarse la vida?
A todo contesto que no.
No es una emergencia, no necesita hospitalización, me dice sin mirarme a los ojos, y me manda a la recepción con una nota que tiene los datos de mi primera consulta formal en el Instituto Nacional de Psiquiatría.
Atravieso el pasillo con los ojos cerrados. No quiero que nadie corra el peligro de toparse con la negrura abismal que me sale por las cuencas. Soy un animal disecado que en lugar de vísceras, huesos y sangre tiene un chapopote denso capaz de chupar al que se atreva a verlo fijamente. De ese chapopote se fueron muriendo, uno tras otro, mi mamá y sus hermanos.
Muerte por chapopote me resuena en la cabeza mientras la recepcionista confirma mi cita para el siguiente día a las nueve treinta de la mañana y me cobra los setenta y un pesos que cuesta intentar curarse la locura.
* * *
La sonrisa efusiva de la doctora Miranda no encaja con la frialdad de su consultorio. Cuatro paredes blancas, percudidas, desnudas y sin ventanas rodean un escritorio de metal y un par de sillas viejas. En ese recoveco austero de la salud pública me dispongo a pedir que me salven de lo que sea que me esté pasando.
Me imaginaba acostada en un diván, porque así me enseñó la televisión que se cuentan los problemas de la cabeza. En cambio, incómoda, intento ajustar mi postura sobre una de las sillas, mientras cuento casi todo lo que ha sucedido desde que el mundo comenzó a temblar y mi cuerpo inició su camino a la descomposición.
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Yo no creía. O no creía tanto. Creía a veces, cuando mi abuelo Isaías, Papá Chaía, se ponía borracho y contaba nuevamente cómo, a la distancia, había intentado salvar a mi madre, pero el destino es el destino y lo que está grabado en piedra no se puede borrar, decía. Entonces me agarraba el llanto y pensaba que tal vez era cierto que la muerte de mi mamá había sido culpa de la maldición y no del paro cardiorrespiratorio que sufrió en plena cirugía. Y creía por un momento.
Pero desde que la maldición de los Pineda Carlos me alcanzó, creo de tiempo completo. Apenas una semana después de mi cumpleaños treinta y tres, una angustia mortal me cayó de golpe y me hizo creer a chingadazos. Estaba cruzando una calle cuando el piso y los edificios y los postes se movieron con un temblor furioso. El corazón me latió tan fuerte que lo escuché azotarse contra mis huesos. Aún paralizada por el miedo, levanté la vista y me topé con la luz del sol pegando con un brillo enceguecedor, de esos que hacen que todo desaparezca en blanco. Me iba a morir ahí mismo, a mitad de la calle Larga Distancia, partida por un malrrayo en un domingo soleadísimo y despejado de enero.
Logré llegar a la banqueta con la ayuda de un muchacho que iba a pocos metros detrás de mí, arrastrando una bicicleta con una flojera mortal. Pasó a mi lado y me vio mirando al cielo, con la mano enterrada en el pecho, como deteniéndome las entrañas desparramadas del esternón.
Los siguientes diez minutos los pasé sentada en la banqueta, respirando rápido, sudando frío y llorando. El muchacho de la bicicleta me miraba afligido y me preguntaba a quién debía llamar para auxiliarme. Yo me detenía el pecho con la mirada clavada en el piso y sentía ese miedo casi irreconocible, el pánico que sólo había sentido antes, cuando el doctor se acercó para decirnos que mi mamá estaba muerta.
Entonces levanté la cara y dije en voz alta: “Ya empezó”.
—¿Ya empezó qué? —Su tono de certeza socarrona me erizó los vellos, parecía que ya sabía lo que había empezado y que estaba ahí para llevarme de la mano al infierno.
¿Qué hora era? Mi cabeza trataba de ponerse en orden mientras el muchacho me miraba insistente esperando una respuesta. Era mediodía. La mala hora me había agarrado en la calle Larga Distancia. Si veía a los ojos al muchacho de la bicicleta que, ya no me cabía duda, era un aparecido, me iba a perder en un laberinto de espantos.
Me eché a correr.
* * *
El gesto de Miranda se mimetiza con la frialdad austera de su consultorio. Me mira sin expresión y permite que el silencio invada el consultorio. Demasiadas miradas, de pronto. A los pocos minutos, vuelve a abrir la boca para seguir con su interrogatorio.
—¿Qué sientes? ¿Qué piensas?
—Tengo miedo.
—¿De qué?
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De niña aprendí que debo huir de la soledad durante las horas malditas del día porque el espanto pierde más rápido a quienes agarra solos. Correr de la mala hora es uno de los mandatos de mi abuelo que mi madre decidió descreer para hacerle caso al escepticismo que usaba sobre todo cuando tenía discusiones acaloradas con él por alguna de sus anécdotas de fantasmas.
Decía que los cuentos de mi abuelo eran historias de pueblo chico, figuraciones; él le contestaba que ella no quería ver lo que estaba ahí, que se hacía pendeja en el puro claro.
Pero a mí, el cuerpo me recordaba el mandato cada que su densidad ominosa me despertaba en la madrugada. El miedo se me metía por los ojos y viajaba licuado entre la sangre, hasta que el cansancio me ganaba y me volvía a dormir. Mientras avanzaba el reloj y se iba haciendo de mañana, la certeza de la maldad se encogía y le iba cediendo lugar a la duda, y la duda al sueño.
Así, en una vigilia angustiante, viví muchas de las noches de mis primeros años de vida. Mi adorada madre, Julieta, que había estudiado un poco y que conocía mucho más mundo que mi abuelo, decía que eran terrores nocturnos que con el tiempo iban a desaparecer. Y entre las idas y venidas de los cuentos de Papá Chaía a las dudas de mi mamá, lo que sea que me despertaba se diluyó en los años siguientes a mi inaugurada orfandad.
Por muchos años abracé con recelo las explicaciones de mi madre muerta, pero ahora siento cómo de a poco las entrañas se me están poniendo negras. La maldición me habita. Me llegó la hora.
* * *
Lánguida, hambrienta, casi moribunda, una luz amarillenta se filtra y difumina por la persiana blanca que bloquea la única ventana. El consultorio parece, con esa luz apagada, el fin del mundo, un mundito postapocalíptico cubierto por una nube de polvo.
—¿De qué tienes miedo?
—No sé. Sólo tengo miedo. Siento que me estoy pudriendo por dentro. Tengo miedo de pudrirme. ¿Ves esta roncha que ya se puso morada? —Me levanto la playera y le enseño mi abdomen invadido por una mancha violeta que no ha parado de crecer desde que apareció—. Ya se empieza a notar que me estoy pudriendo.
—¿No será que algo te picó? Parece más bien un piquete infectado, tal vez una reacción alérgica.
—No es eso. Me estoy pudriendo.
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Fue precisamente mi madre la que me obligó a buscar ayuda médica. O fue su recuerdo y el poco juicio que me queda de ella.
La misma noche después del episodio en Larga Distancia, una roncha purulenta se expandió en mi vientre hasta que me rodeó el ombligo. La panza se puso roja, dura y rugosa. Nada pudo detenerme de rascarla hasta sacarme sangre.
La misma angustia de muerte que me había atacado a mitad de aquella calle hizo nido en la boca del estómago e irradió su fuerza en pulsaciones dolorosas que lanzaron agujas al resto del cuerpo. Afuera de mí, una neblina densa y maliciosa intoxicó mi habitación.
Lo peor eran los pensamientos que galopaban kamikazes, chocando unos contra otros y aventándose a la nada sin parar. Una canción, la voz de mi madre, los ojos de Adrián Acuino. Los oídos me zumbaban por la fuerza y el desorden. Parecía que no hubiera forma de callar el ruido.
Pero sí hubo: se calmó cuando me vi un golpe protuberante y coagulado en la frente. Fue más escandaloso el susto por haberme descubierto azotando la cabeza contra la pared, que el ruido de mi mente.
Cuando llegó el silencio, encontré a mi gato Canuto con la cabeza inclinada hacia un lado, viéndome como si tratara de reconocerme, como si tuviera mi nombre en la punta de su lengüita de lija que jamás podría pronunciar palabra.
—¡¿Qué tengo, mamá?! —grité en voz alta.
Es raro cómo a pesar de los años de no verla —más de la mitad de mi vida—, Julieta sigue siendo la persona a la que busco cuando tengo miedo. Debe ser porque hablarle a mi abuelo de mis tormentos termina siempre en regaño y en alguna anécdota de espantos.
Mi mamá no me contestó, porque muerta como está y aferrada a la no existencia de la vida después de la muerte, no se iba a dignar a aparecerse para consolarme; pero yo sé que me mandó, desde el más allá —donde debe estar mordiéndose su lengua espectral por decirme en vida que cuando te mueres te mueres y ya— la voluntad para dudar.
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Bastan cuarenta minutos de preguntas para que, con su vocecita chillona, Miranda lance una primera sentencia.
—Estás describiendo un ataque de pánico, Gregoria. Los trastornos de ansiedad con frecuencia presentan síntomas de somatización. No te estás pudriendo, es tu cuerpo reaccionando a niveles insoportables de estrés.
Para ella, lo que me está pasando es una enfermedad mental más o menos común que puede controlarse con pastillas. Me voy a sentir bien.
Pero muy adentro, debajo de toda la mengambrea que está a punto de desbordarse por la garganta, algo me grita que es brujería, que es el mal que los Pineda Carlos cargan desde que Papá Chaía escapó del rapto que lo tuvo perdido en el mar.
Miranda continúa escuchándome atenta, ahora con un gesto compasivo que se dibuja en su rostro aniñado, más parecido al de una maestra de kínder que al de una psiquiatra.
—¿Por qué no hay nada colgado en la pared? ¿No tienes diplomas?
—Aquí damos consulta varios doctores, no podemos colgar nuestros títulos, pero si quieres, para que estés más segura, te lo enseño en la siguiente sesión. Quiero que te sientas cómoda, porque nos vamos a estar viendo muy seguido. ¿Tienes más dudas?
Sí, Miranda, tengo más dudas: ¿crees que si me hago una limpia, las pastillas funcionen mejor? No quiero terminar muerta como Julieta.
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Mi abuelo me decía que a mi mamá Julieta ni muerta se le iba a quitar lo necia y por eso su fantasma nunca nos visitaba. Según él, una vez alcanzó a verla parada detrás del árbol de tamarindo —donde mis abuelos enterraron los ombligos de todos sus hijos—, mirando la casa, con su pelo suelto, justo el día en que la fiebre me tiró a los catorce años y tuvieron que llevarme de emergencia en taxi hasta Juchitán para que me atendieran en un hospital.
—Tu mamá te estaba cuidando, Goyita. Amalaya te cuidara más seguido para que entraras en razón y te regresaras a vivir con los tuyos.
Yo a veces la sueño, pero como se sueña cualquier cosa, como se sueñan los recuerdos: revueltos y sin sentido. Sé que no es ella, sino lo que queda de ella en mi cabeza.
Pero ahora cuando el terror me despierta y el sudor deja un caldo en mi cama; cuando el corazón se me sale cada noche y atestiguo cómo la roncha va conquistando mi piel centímetro a centímetro, le hablo en voz alta:
—Mamá, aparécete. No me dejaste nada, por lo menos ven a cuidarme en lo que esta maldición me acaba de matar. No me quiero morir.
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Si con la muerte acabara todo, yo creo que no me daría tanto miedo morirme. Pero ningún Pineda Carlos se ha muerto para no contarlo. Yo no los he visto con mis propios ojos, porque no tengo ese don como Papá Chaía, pero los siento cada que el terror me sacude, me saca el aire, me duerme las manos y me mueve el piso. Ahí están, Miranda.
Pero Miranda no me escucha porque yo no digo lo que en verdad quiero decirle. Si le contara que la maldición que ha matado a casi toda mi familia llegó por mí, me tiraría de a loca.
Y qué tal que sí tiene razón y lo que pasa es que mi cerebro no está funcionando, y qué tal que sólo me estoy volviendo loca porque en el volado biológico me tocó las de perder.
—Es muy común que las personas padezcan de alguna disfunción. Si todos se sometieran a un electroencefalograma como tú lo hiciste, encontrarían algo, aunque sea pequeñito, que no funciona según la norma. Pero para algunos es muy evidente. En tu caso hay que encontrar qué factores psicológicos desataron la crisis, porque tú, antes de manifestar los ataques de pánico, ya eras propensa a sufrirlos por factores biológicos, hereditarios, es difícil saberlo. Hay a quienes les pasan las peores cosas y se recuperan casi inmediatamente; hay para quienes es más difícil. Casi podría asegurarte que es cuestión de suerte. Pero con el tratamiento adecuado puedes tener una vida perfectamente funcional. ¿En tu f
