Susana paseaba por Insurgentes cuando encontró a Gustavo Sainz, quien le preguntó si quería ir a un programa de escritores en Estados Unidos. Susana ni lo pensó; dijo que sí al instante. Sainz tenía prisa y le pidió que anotara un número de teléfono.
Susana regresó corriendo al departamento. Tenía ganas de contárselo a su marido. Pero cuando llegó, Eligio se había ido a una grabación de La Hora Nacional, que para él era caer en lo más bajo. Ya llegaría, a medianoche, derechito al refrigerador para, según él, limpiar con una cerveza los malos aires que lo impregnaban. Después la buscaría con los ojos brillantes. O peor aún: vendría con un grupo de amigos actores, cargados de cervezas, y se pondrían a beber y a platicar a gritos, haciéndose chistes elaboradísimos.
Lo debido era esperarlo. Y eso hizo, pero la situación no le gustaba: tenía la incómoda sensación de que algo no era como debía ser. Cuando oscureció Susana no se levantó a encender la luz, y de pronto supo con absoluta certeza que se iría sola a Estados Unidos y que no le diría nada a Eligio. Se descubrió llena de energía, con ganas de hacer cosas. Era una auténtica liberación. Quién sabe cómo se había ido cubriendo de veladuras finísimas, casi imperceptibles, que la fueron aislando de la realidad. Se había ido momificando. Bueno, no textualmente, pero le gustaba la idea de salir de capas y capas de vendajes. Puso la Arpeggione, que siempre la aligeraba.
Al día siguiente la secretaria del agregado cultural le detalló en qué consistía el proyecto: el Programa de Escritores de la Universidad de Arcadia cada año invitaba a destacados poetas, prosistas y dramaturgos de más de veinte países a que, durante cuatro meses, de agosto a diciembre, participaran en los eventos y actividades: sesiones de trabajo y un taller de traducción; el Departamento de Estado proporcionaba mil cuatrocientos dólares al mes y el Programa, la última mensualidad. Tendría alojamiento, mucho tiempo para escribir y, por si fuera poco, un cupón de diez kilos de exceso de equipaje para que regresara con libros.
Eligio no se dio cuenta de nada y a Susana se le fue borrando, se le iba con la uniformidad de un telefoto automático y pronto logró acomodarlo muy bien en un compartimiento interior. Susana, entonces, se dedicó a los preparativos: pasaporte, visa, boleto para viajar, vía American Airlines, a Chicago, y por Ozark Airlines a Little Rapids. En el mapa de la biblioteca Benjamín Franklin no aparecía la ciudad de Arcadia. Pidió otros y finalmente la descubrió: un puntito a cuarenta kilómetros de Little Rapids, que a su vez se hallaba relativamente cerca de Chicago.
Una mañana de agosto Susana se levantó muy temprano. Se bañó y eligió sin prisas qué ropa ponerse. Eligió el saco de piel y pantalones vaqueros. Por suerte, Eligio se había ido a ver a sus papas, en Chihuahua, así es que Susana estaba relativamente tranquila.
Todo salió bien en el aeropuerto y en el avión. En Chicago los de migración la trataron fríos pero correctos y en la aduana prácticamente no revisaron su equipaje. La forma oficial que la presentaba como visitante internacional le facilitaba todo. Cambió de avión y llegó a Little Rapids una tarde soleada y calurosa.
Allí la esperaban Becky, una muchacha fría y locuaz, de grandes anteojos y cordialidad envuelta para regalo, y Elijah, un joven recién desempacado de la adolescencia, de cara redonda, gafas también y sonrisa inalterable, the clean-cut-kid-who’s-been-to-college-too, diagnosticó Susana, LAS DECLARACIONES NO SON ASUNTO DE BROMA. Becky decidió que el letrero intrigaba a Susana y le explicó que después de numerosos secuestros de aviones las autoridades habían colocado esos aparatos para/ Sí sí, eso ya lo sé, le tuvo que decir Susana. Bien, continuó Becky, mirándola fijamente, a cada viajero se le pregunta si no lleva armas de fuego y nunca faltan los bromistas, me temo que por lo general gente de nuestro programa, que dice que sí, y los agentes de seguridad se los llevan y los hacen pasar un muy mal rato.
Susana prefirió ignorar esas truculencias y gozar el aeropuerto, que no era impersonal como el de Chicago sino pequeño, con mucha madera, luces indirectas y atmósfera de película de Greta Garbo. Pero lo que en verdad le impresionó fue el campo. En una vieja camioneta avanzaron por una extensión plana con un horizonte casi horizontal, como en el mar. Nada de eso tenía que ver con México. Allí estaban las casitas copiadas de cuadros de Andrew Wyeth, edificios desfachatadamente simbólicos con su forma de obelisco blindado o falo mitificado, y Becky, quien claramente llevaba riendas férreas sobre Elijah, explicó que eran graneros, o sea: sitios para almacenar granos. No me digas, la interrumpió Susana, quien agregó: en México he visto unos graneros bien curiosos con forma de tienda india. Están abiertos al público, concluyó. Becky le pidió que tuviera cuidado: acababa de pronunciar la palabra público como si fuera púbico, y no queremos consentirnos esas cosas, ¿verdad?
De pronto, Susana se quedó pasmada cuando vio venir, en sentido contrario, una casa de madera con todo y porche, sótano y mosquiteros. La llevaba un tráiler chato que en segundos se volvió un manchón de rayas con todo y casa junto a ellos. Susana los vio desaparecer velozmente en la recta de la carretera: pronto sólo eran una mancha a lo lejos y la incómoda posibilidad de que todo hubiera sido una alucinación. Becky la veía de reojo y sonreía, sardónica.
Esas miradas oblicuas de Becky no le parecieron buen auspicio a Susana, pero su ánimo se despejó cuando entraron en la ciudad de Arcadia. Allí las colinas eran un alivio después de la planicie anterior. Había un río, ancho, apacible, de largas curvas, aguas chocolatosas y muchos sauces llorones. Junto al río un parque se abría en veredas con gente que paseaba, oía música y trotaba con ropa guanga y demás parafernalia joggerística.
Habían llegado al edificio Kitty Hawk, donde Susana viviría los siguientes meses. En realidad, pensó, era un inmenso alojamiento para estudiantes de mediana categoría. Vio, tras el lobby, grandes salones y un fragmento del cuarto de las máquinas: de refrescos, cafés, cigarros, dulces, botanas, periódicos, sólo faltaban, pensó que Eligio pensaría, las máquinas de frascos de alcohol y de cervezas, to beer or not to beer! Pero por ningún motivo quería pensar en Eligio, ¿verdad?
Elijah se perdió en los salones, que más parecían páramos alfombrados, y Becky, siempre con mucha prisa, recogió una llave de la administración y llevó a Susana al octavo piso, a un departamento minúsculo: una recamarita desnuda, con vista al río, eso sí, aunque las ventanas eran demasiado altas, ¿para que suicidarse costara algún trabajo? Susana juzgó que lo único decente allí, una verdadera monada, era una silla de director color naranja. Sin embargo, en ese momento un hombre enorme, velludo y casi albino recogió la famosa silla de director. Por un error habían dado ese cuarto al gigante albino, pero éste ya había acabado de mudarse. Era polaco y se llamaba Slawomir. Era tan distinto físicamente a todos los hombres que había conocido que al instante le resultó muy atractivo. Becky, con una sonrisa casi coqueta, pastoreó al polaco, quien se llevó su preciada silla,
Becky le explicó que tendría que compartir el baño y la cocina-desayunador con la escritora vecina. Abrió una puerta y, en efecto, ahí vieron a dos mujeres en una mesa plástica estilo cafetería. Joyce, una sudafricana bajita y rechoncha, cuarentona, encendía un cigarro con la colilla del anterior; Altagracia, una filipina joven, muy delgadita, se rio maliciosamente. Oye, no fumes tanto, dijo, aquí eso no les gusta. Becky se puso seria, pero no perdió la serenidad. Mira Joyce, sentenció, no dejes que nadie te diga lo que tienes que hacer. Entonces tú tampoco le digas lo que tiene que hacer, intervino Altagracia. Es cierto que pocos de nosotros fumamos, continuó Becky, impertérrita, pero si tú quieres hazlo, es tu salud y tu dinero lo que está en juego. Altagracia, con una risita encendió un cigarro.
Y Susana, al ver la situación, encendió otro, mirando con simpatía a las compañeras, Becky les dedicó una sonrisa paciente y dijo a Susana que, si quería, podía irse a descansar, o podía seguir conversando allí, pero le suplicaba que fueran al banco y a la compañía de teléfonos antes de que cerraran; de allí, inmediatamente se dirigirían a la casa de Rick y Wen, los directores del Programa. Habían regresado al cuarto de Susana cuando Elijah llegó, cargando una televisión. Como no encontró dónde ponerla, la dejó en el suelo. La conectó, la puso a trabajar y vio las imágenes con una amplia sonrisa. ¿Y eso?, preguntó Susana, fría. Es una televisión, dijo Becky. Claro, pero ¿qué hace aquí? El Programa proporciona aparatos televisores a todos los participantes. Pero yo no quiero una televisión, jamás he tenido una y no creo que me vaya a volver adicta nada más porque vine a Estados Unidos. De cualquier manera sugeriría que te quedaras con ella, quizá te sea útil en algún momento de hastío. No es necesario, insistió Susana, es mejor que se la lleven, no la quiero. En ese caso, respondió Becky yendo a la puerta, la dejaremos allí, y si no quieres verla simplemente no la enciendes y ya.
En el elevador, Becky presumía de que el Kitty Hawk tenía jacuzzi, sauna, alberca cubierta, vas a poder nadar cuando afuera esté nevando, ¿no es maravilloso? También había esquash, billar o ping pong, y pequeños cubículos donde leer o escribir si no quería hacerlo en el departamento. Muy conveniente, comentó Susana pensando aún que esa televisión se había quedado, ¡encendida!, en su cuarto. También había dos bibliotecas, una con revistas, de todo el mundo naturalmente, y otra con libros, bueno, no muchos, pero a la mano en caso de emergencia. ¿En caso de emergencia ? El Kitty Hawk era legendario: no sólo se habían hospedado allí todos, o casi, los participantes del Programa, sino también las grandes superestrellas que daban charlas y conferencias, gente de la estatura de Saul Bellow, que ganó el premio Nobel y/ Sí, ya sé quién es Bellow, interrumpió Susana. Susana se llevaría sorpresas más que agradables, gente maravillosa con la que sería un privilegio conversar y muy útil conocer para obtener publicaciones o traducciones en el país, porque no queremos subestimar la potencialidad de un mercado como el de Estados Unidos, ¿verdad?
Recogieron al polaco Slawomir, quien las acompañaría. ¿A qué vamos a la compañía telefónica?, preguntó Susana. El Programa juzga conveniente, de hecho indispensable, que cada participante disponga de un aparato telefónico en su departamento. ¿Y no es conveniente también, incluso indispensable, consultar previamente a los participantes si quieren o no tener teléfono? De ninguna manera, todo mundo quiere un teléfono, hasta ese momento nadie se había quejado, se trataba de una medida funcional y adecuada. Naturalmente, dijo Susana, el Programa paga el servicio telefónico. Pues no: cada escritor tramitaba su propia línea y hacía sus pagos mensuales. Pero el servicio telefónico en Estados Unidos era magnífico y ese mismo día ella recibiría su aparato: sólo tendría que enchufarlo en la conexión ya existente en su departamento, ¡y listo! ¿Era igualmente eficiente el servicio telefónico en su país? De ninguna manera. El polaco parecía ausente a todo y sólo en ocasiones miraba a Susana cuando nuevamente circulaban en la camioneta entre casas que a Susana le hacían recordar la infinidad de películas estadunidenses que había visto en su vida. Las casas tenían pequeños prados sin bardas en el frente y una mínima cerca que dividía los terrenos, con su jardín en la parte trasera que allí denominaban traspatio; eran de madera, con porche, techo de dos aguas, sótano que se hacía presente a través de ventanitas al ras del piso, y mosquiteros en todas partes, aunque, después, Susana sólo alcanzó a ver algunos moscos que eran demasiado grandes, zancones, y sumamente estúpidos pues se les podía ahuyentar a soplidos.
Antes de entrar en el First National Bank de Arcadia, Becky les hizo entrega de dos sobres tamaño oficio con los primeros cheques, los cuales no debían doblar por ningún motivo pues así lo requería la computadora del banco. Un empleado los saludó, radiante, llamándolos, o intentándolo, por su nombre de pila. En su caso un botón decía DOGE-YES. ¿Qué es eso de Dogeyes?, preguntó Susana. El polaco se había despatarrado en un sillón y veía todo con desprecio. Es el nombre de nuestro equipo de futbol, explicó el empleado, no es uno de los mejores del país y por eso tratamos de apoyarlo en todo lo que podemos. Sacó papeles, anotó datos, hizo viajes a las cajas, regresó con unas chequeras provisionales y les avisó que en una semana recibirían por correo sus chequeras personalizadas. ¿Personalizadas?, preguntó Susana. El polaco sólo gruñía, respondía lo indispensable y firmaba los papeles que le ponían enfrente. Quiere decir, replicó Becky con aire casual, que son cheques que tienen impreso tu nombre, dirección y número telefónico. Muchos de los participantes nos han escrito que las chequeras han sido un recuerdo emotivo cuando regresan a sus patrias. ¡No es posible!, pensó Susana. Preguntó si era obligatorio abrir cuentas bancarias. Definitivamente, respondió Becky, es peligroso circular por las calles con dinero en efectivo. ¿Y es necesario abrir la cuenta precisamente en ese banco? De ninguna manera. ¿Por qué los había llevado allí, entonces? Porque el Programa siempre había recibido un servicio magnífico en el First National, pero si Susana lo juzgaba conveniente podía cambiar su cuenta a otro banco, aunque ella la alentaba a que no lo hiciera, ya que tener las cuentas de los participantes en el First National facilitaba la organización.
De la compañía telefónica enfilaron a la casa de los directores del Programa, muy cerca del Kitty Hawk. Susana descansó cuando dejó de ver de cerca la cara de Becky y pudo concentrarse, en cambio, en las de los compañeros que estaban allí. Todos habían llegado ese mismo día: cuatro chinos, una mujer y tres hombres; un poeta rumano, un bengalí, un ensayista de Sri Lanka y un poeta islandés. Becky llevó a todos a la terraza, espléndida con su vista al río y al parque de la ciudad. Hacía calor, y Elijah apareció con botellas de vino, latas de cerveza, café, refrescos, buenos trozos de queso, ostiones ahumados, cacahuates sazonados, semillas de girasol, nueces de la India y pistaches.
Los escritores no hablaban entre sí, sopesaban a los demás y procuraban adoptar poses interesantes, importantes: deambulaban en torno a la mesa de madera para tomar, como quien no quería la cosa, trozos de queso y puñados de cacahuates. Por último llegó Wen, la directora del Programa, una china delgada y de mirada inteligente. Se acomodó en una pequeña silla de madera y les dedicó un discursito. El Programa había sido dirigido desde siempre por Rick, su marido, pero últimamente éste había sentido fatiga, después de todo ya casi cumplía ochenta años, y Wen fue nombrada directora. Wen también era extranjera y comprendía la distinta sucesión de shocks a los que se enfrentaban los participantes: el shock de hallarse en otro país, el de alternar con gente hipersensible de otras latitudes, el de escribir en condiciones diferentes, el de enfrentarse a monstruos sagrados de la literatura que eran invitados a disertar en el Programa y, por último, pero no al final, ¡el shock de vivir tantos shocks juntos!
El polaco Slawomir todo el tiempo estuvo cerca de Susana, y ella vio que se trataba de un hombre terriblemente introvertido, que sólo emitía monosílabos y gruñidos cuando le dirigían la palabra. Jamás respondía cuando, tarde o temprano le preguntaban por la situación en su país. Susana sintió cierta ternura al pensar que ese hombre vivía a fondo el prototipo de poeta maldito, el último hijo de Jaromil, a juzgar por la manera como empezó a beber, después de que Wen los reinstaló en la sala para tomar copas. Los escritores comenzaron a animarse, sobre todo cuando hizo su aparición, sin que lo invitaran, el poeta egipcio, el primero en llegar; hablaba estentóreamente, daba palmadas, golpeaba las mesas, reía a carcajadas, contaba chistes y disertaba, desde una posición claramente oficialista, sobre la situación política en el Cercano Oriente. Susana lo calificó como la peste del grupo, el máximo burócrata del espíritu y el estúpido de quien había que huir. Los chinos formaban un bloque hermético, todos eran de Taiwán o de Hong Kong, todos silenciosos, discretos, sonreían suavemente y se perdían en largas conversaciones con Wen, quien los trataba con evidente cariño. El rumano quiso conversar con el polaco, pero hicieron corto circuito casi al instante, así es que uno continuó en el mutismo, junto a Susana, y el otro se fue con los ruidosos, que eran el viejo Rick, el islandés, el egipcio y el académico de Sri Lanka, alto funcionario de la Universidad de Colombo. Había ido al Programa con toda su familia, esposa y seis hijos, que en ese momento veían televisión en el sótano, porque la televisión, como se sabe, es el gran auxiliador de los padres que no encuentran o no quieren gastar en niñeras, dijo Rick entre carcajadas.
Becky regresó al poco rato con dos muchachas del taller literario de la Universidad; aparecieron también John y Myriam, de Goa, que habían llegado a Arcadia como todos, y se las habían arreglado para quedarse en Estados Unidos con una chamba en el Programa, pero eso era algo increíblemente difícil de conseguir, avisó Rick por si a alguno de los presentes ya se le había ocurrido tratar de quedarse definitivamente en ese gran país. Con ellos también apareció otro participante más, que acababa de llegar en el último vuelo; era Edmundo, un novelista peruano muy flaco, alto y desdentado, con lentes de John Lennon y bufanda, a pesar de que no hacía el menor frío. Después de saludar a los presentes el peruano se colocó junto a Susana, con quien podía hablar español.
Conforme bebía, los ojos del polaco eran cada vez más opacos y despreciativos. Parecía que en cualquier momento haría algo terrible. Pero nunca hizo nada, y Susana sólo le dedicó miradas ocasionales, familiares casi, cuando hablaba con Edmundo, quien comía poco pero bebía mucho; había vivido un tiempo en la ciudad de México y le habló a Susana de los amigos que había hecho allá, pero eran escritores muy dudosos, juzgó Susana, gente que no era bien vista en el medio intelectual por su falta de refinamiento y su enfermizo interés en cuestiones políticas, la máquina de escribir como fusil y vulgaridades de ese tipo. De pronto, el egipcio sorprendió a todos cuando, en la sobremesa, improvisó un poema, compuesto unos momentos antes, en el que las praderas del Medio Oeste eran oasis de cultura y espiritualidad. Rick aplaudió, y felicitó a gritos al egipcio. El rumano no quiso quedarse atrás y allí mismo improvisó otro, aún más servil que el anterior.
Elijah y el cocinero de Hong Kong llenaron los vasos y sirvieron café y Metaxa, lo cual permitió una breve disertación de Rick sobre las bondades de la cultura griega, él no podía aspirar al rango de helenista pero indudablemente ¡Grecia estaba en su corazón! El egipcio retomó la palabra para rememorar sus viajes por las islas griegas y sus estudios en Alejandría. El rumano lo interrumpió pero sólo para devolverle la palabra a Rick, con lo que se ganó la estimación instantánea de éste y la animosidad de los demás. Rick quiso saber quiénes lo acompañarían en el juego dominical de futbol, algo-que-no-debían-perderse-porque-era-el-rito-de-fertilidad-y/o-fecundidad-del-país. Nadie estaba obligado a asistir, pero las entradas eran sumamente caras, el Programa había hecho un esfuerzo especial y compró boletos. Siempre les apartaban localidades privilegiadas; además, la pequeña ciudad de Arcadia apoyaba reverentemente a sus Dogeyes, y ya se habían agotado los boletos de toda la temporada. La mayoría, intimidada, accedió a acompañar a Rick al futbol, y Becky, para romper la vaga incomodidad que surgió, dijo que ya había llegado la mayor parte de los participantes, sólo faltaban diez, pero se les esperaba en los dos días siguientes.
En ese momento, a los presentes se les hacía entrega de un fólder abultado con mapas e información de medios de transporte y sitios de interés. Por último, ¡malas noticias y buenas noticias!, las buenas primero: a partir del día siguiente podrían ir a las oficinas del Programa en la Universidad, pues allí encontrarían todo un cuarto lleno de libros excelentes que podían llevarse ¡gratis! Pueden tomar todos los que gusten, intervino Rick, esos libros son cortesías que desde muchos años antes las editoriales más importantes del país ofrecen al Programa; no sean tímidos, llévense los que quieran, es una oportunidad imperdonable, eso dijo textualmente, sepan además que no son libros de bolsillo, no, sino ediciones de pasta dura, o sea, las más caras: cada libro, en librerías, cuesta de quince a treinta dólares, y algunos mucho más, cincuenta o cien; son ediciones lujosas, para coleccionistas. Las malas noticias ahora, dijo Becky con una sonrisa que indicaba que las malas no lo eran sino que, bien vistas, no sólo eran buenas sino ¡muy buenas!: el viernes siguiente, o sea, en tres días, se iniciarían formalmente las actividades del Programa con una sesión en el Kitty Hawk; contarían con la presencia de un viejo y querido ex participante, el islandés, quien daría una charla para romper el hielo y para que todos vieran que las presentaciones, que por supuesto no eran obligatorias, en realidad eran cordiales, informales, entre amigos. Es muy importante, dijo Wen, subrayar que el Programa se ha ocupado en organizar eventos novedosos, estimulantes, como mesas redondas, para que la estancia de todos ustedes sea lo más provechosa, sin embargo, es cierto que nadie está obligado a asistir a ninguna de las actividades; no debe olvidarse que el fin principal del Programa consiste en estimular la creatividad, así es que si acaso alguien es poseído por las musas/¡O tacleado!, bromeó Edmundo. Es decir, si desean quedarse en casa a escribir o simplemente a disfrutar el ocio creativo, por supuesto que pueden y deben hacerlo; todos nosotros los extrañaremos, y algo se perderán los tacleados por la musa. ¡Es verdad!, rugió Rick, sirviéndose un enésimo Jack Daniels; no dejen de asistir a las actividades, esta oportunidad no se repetirá. Deben saber que el Programa sólo en contadas ocasiones y en casos sumamente especiales vuelve a invitar a los viejos amigos otra temporada, no porque no queramos volverlos a ver, pero, ustedes sab
