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Reunión en la cumbre
Teotihuacan, “el lugar en donde los hombres se convierten en dioses”, la misteriosa ciudad erigida en el mismo sitio en que naciera el Quinto Sol, semejaba el abatido cuerpo de un gigante cuyos miembros yacían semisepultados y dispersos. Incontables siglos de olvido y abandono no habían logrado sepultar del todo a la imperial metrópoli. Los restos de sus antiguas edificaciones continuaban siendo insuperable ejemplo de grandiosidad y simetría.
Don Miguel y sus dos jóvenes hijos, tras descender del autobús de segunda clase que les condujera a la zona arqueológica, permanecieron largo rato en silencio, contemplando con la vista fija a la mayor de las pirámides, cuya colosal figura dominaba el paisaje. Después, al percatarse de que aún faltaba un buen rato para que el Sol llegase a la mitad de su diario camino, se dirigieron a un cercano puesto de refrescos.
Mientras bebía lentamente su refresco, la mirada de don Miguel se posó en el calendario que colgaba descuidadamente de una de las paredes del local donde se encontraba. La fecha de aquel día aparecía subrayada con lápiz rojo: 21 de marzo de 1948.
Un estremecimiento casi imperceptible, pero que ponía de manifiesto la profunda tensión que le dominaba, se reflejó por unos instantes en el rostro habitualmente inescrutable del Supremo Guardián de la Tradición Náhuatl. Hacía ya más de cuatro siglos que los escasos mexicanos que habían logrado mantenerse en vela mientras el país dormía aguardaban, ansiosos, la llegada de esa fecha. A la memoria de don Miguel acudió el recuerdo de las últimas palabras de su padre, pronunciadas poco antes de su muerte:
—In ilhuitl, tolhuih, tehuatzin tiquittaz, tinemi.1
Una vez ingeridos sus refrescos los integrantes del trío se encaminaron en línea recta hacia la Pirámide Mayor, llamada del Sol. Nada en su aspecto exterior revelaba en ellos algo fuera de lo común. Su atavío era el usual entre campesinos de modesta condición que habitan en la región central de la República Mexicana. Sin embargo, cualquier atento observador no habría dejado de percatarse del vigoroso dinamismo que los caminantes revelaban en cada uno de sus movimientos. El ritmo de su marcha era semejante al que adquieren, tras de un largo entrenamiento, los integrantes de ejércitos altamente poderosos y disciplinados.
Los abundantes montones de basura, al igual que los desvencijados puestos de comida y baratijas colocados sin orden ni concierto por entre las ruinas, atestiguaban la escasa importancia que los habitantes del país otorgaban a la que fuera antaño ejemplar modelo de ciudad sagrada.
Sin vacilación alguna, don Miguel y sus acompañantes llegaron hasta la base de la escalinata en la fachada principal de la Pirámide del Sol. Ellos eran los auténticos herederos de la última de las grandes culturas surgidas en México y, por tanto, en aquella trascendental ocasión les correspondía efectuar el ascenso por el lugar de honor.
Tras de observar el Sol y de advertir que éste se encontraba exactamente en el centro del cielo, los tres comenzaron a subir, lentamente, uno a uno los peldaños que conducían a lo alto del monumento. Acababan de iniciar su ascenso, cuando percibieron el súbito despertar de la poderosa energía almacenada en la pirámide. Una especie de extraña vibración, cuyos efectos resultaban casi imperceptibles a simple vista, pero de una fuerza tal que iba tornando difícil sostener el equilibrio, comenzó a dejarse sentir en toda la vasta estructura de la milenaria construcción.
Los escasos turistas que en esos momentos se encontraban en lo alto de la pirámide se apresuraban a tratar de bajar lo antes posible, así tuvieran que emplear manos y pies para lograr su empeño. Se escucharon asustadas voces en inglés y algunos gritos femeninos. Al parecer los turistas juzgaban que un terremoto era el causante de aquellas inusitadas vibraciones, que a cada momento iban cobrando mayor intensidad.
Don Miguel sonrió complacido. La rápida reacción de la pirámide constituía una evidencia segura de que en aquellos instantes otros Auténticos Mexicanos ascendían por los cuatro costados del gigantesco monumento, pues tan sólo la presencia de seres dotados de un elevado desarrollo espiritual —a los que antaño se denominaba Caballeros Águilas— podía explicar el hecho de que la pirámide hubiese despertado de su letargo de siglos y estuviese pronta a cumplir la elevada misión para la que había sido creada: transmitir a la Tierra las más poderosas energías existentes en el Universo.
El pequeño grupo había cubierto ya más de la mitad de su recorrido hacia la cumbre, cuando las vibraciones incrementaron considerablemente su potencia. Toda la pirámide semejaba una especie de inmensa campana estremeciéndose al impacto de rítmicos y fuertes golpes.
Al proseguir su ascenso, don Miguel se dio cuenta de que la creciente fuerza de las vibraciones estaba convirtiéndose en un obstáculo insuperable para la subida de sus hijos. Éstos jadeaban de continuo y sus rostros denotaban el enorme esfuerzo que estaban realizando. Sus contraídas facciones eran idénticas a las de aquellos que escalan una alta montaña y se ven privados del oxígeno necesario para el adecuado funcionamiento de sus pulmones. Con ademanes que ponían de manifiesto la derrota y frustración que les dominaba, interrumpieron simultáneamente su ascenso.
Un sentimiento de profunda angustia se adueñó del ánimo del Supremo Guardián de la Tradición Náhuatl. La posibilidad de llegar a la cúspide y de encontrarse solo en ella le resultaba aterradora, pues si así sucedía, cuatro milenios tendrían que transcurrir para que volviesen a darse condiciones cósmicas tan favorables como las que existían aquel día. Desde lo más profundo de su ser, rogó al cielo que al menos tres de las personas que subían por los otros costados lograsen llegar hasta la cúspide.
La Pirámide del Sol era ahora —igual que en sus mejores tiempos— un firme lazo de comunicación entre el Cosmos y la Tierra. Al comenzar a fluir por su conducto energías llegadas de lo alto, cesaron bruscamente las vibraciones que momentos antes la sacudían. Todo el enorme monumento adquirió de pronto una extraña tensión de indescriptible intensidad. Los pasos de don Miguel se hicieron lentos y pesados. La tensión era de tal grado, que el legítimo sucesor de los constructores de la pirámide llegó a temer le resultase imposible proseguir su avance, pues el espacio mismo parecía haberse transformado en un impenetrable sólido.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, don Miguel logró recorrer el último trecho que le separaba de la cumbre. No llegó solo, provenientes de las restantes caras de la pirámide arribaron junto con él tres personas más. Los rostros de los recién llegados revelaban la intensa preocupación que les dominaba. Era evidente que habían padecido por igual al suponer que nadie más lograría subir hasta aquel sitio.
Sin proferir aún palabra alguna, los cuatro únicos seres sobre la Tierra que en estricto derecho podían ostentar el nombre de Mexicanos procedieron a entrecruzar sus brazos y a unir sus manos, constituyendo así una cadena humana integrada por cuatro diferentes eslabones. Sus facciones no revelaban ya ansiedad alguna, por el contrario, eran la imagen misma de la seguridad y el poderío.
El sol, resplandeciente y vigoroso, figuraba un inmenso depósito de energía cuyo contenido se estuviese vertiendo a gran prisa sobre los seres que ocupaban la cúspide de la pirámide. Todas las fuerzas que sustentan e impulsan al Cosmos parecían haberse dado cita en aquel pequeño punto del Universo.
En el momento en que la concentración de energía llegó a su máximo, los cuatro integrantes de la cadena humana pronunciaron al unísono, con recio acento, su respectiva palabra: la palabra olmeca, la palabra zapoteca, la palabra maya, la palabra náhuatl.
Un chispazo de poderosa intensidad se produjo por sobre las cuatro cabezas y, al instante, desapareció por completo la anormal tensión que prevalecía en el ambiente, sobreviniendo una calma semejante a la que impera tras de un fuerte ciclón.
Al comprender que habían alcanzado su propósito, los integrantes de la reunión manifestaron en sus semblantes un común sentimiento de satisfacción. Acto seguido, sin intercambiar entre sí ningún comentario, empezaron a descender utilizando para ello los diferentes costados del monumento por los que habían llegado.
Mientras se aproximaba al lugar donde le esperaban sus hijos, don Miguel se dio cuenta de que junto a ellos se encontraba otra persona. En vista del escaso tiempo transcurrido a partir del momento en que la pirámide recobrara su cotidiana normalidad, resultaba evidente que aquel sujeto había logrado ascender por ella cuando ésta se hallaba en plena actividad, lo cual constituía una hazaña imposible de realizar para cualquiera que no estuviese dotado de facultades fuera de lo común.
Sin apresurar el paso no obstante su creciente curiosidad, el Supremo Guardián de la Tradición Náhuatl observó con reconcentrada atención al inesperado visitante, advirtiendo de inmediato, para colmo de su sorpresa, que no se trataba de un indio: su aspecto físico dejaba ver que pertenecía al nuevo tipo de población que comenzara a surgir en el país cuatro siglos atrás, a resultas de la fusión entre los antiguos habitantes de México y los extranjeros llegados allende el mar.
Los hijos de don Miguel le aguardaban con miradas en las que se leía el desconcierto que les causaba la presencia del extraño, del cual se mantenían deliberadamente aparte, evidenciando así su voluntad de no establecer con él ninguna clase de comunicación.
—Buenos días —saludó el desconocido.
Don Miguel no contestó el saludo, concretándose durante un buen rato en escudriñar con penetrante mirada a la persona que tenía ante sí. Se trataba de un hombre joven, poseedor de recia y bien proporcionada figura. En su ovalado rostro resaltaban una nariz aguileña y una mirada que desbordaba curiosidad y entusiasmo. Todas sus facciones denotaban firmeza, pero había algo en ellas que hacía pensar en un trabajo aún no del todo terminado.
—¿Quién es usted? —inquirió don Miguel con acento cortante.
—Soy Uriel —respondió el interrogado, poniendo tal énfasis en la pronunciación de su nombre, que al parecer consideraba que éste contenía en sí mismo todas las respuestas a las posibles preguntas que sobre su persona pudieran formularle.
—¿Y qué es lo que quiere? —interrogó el Depositario de la Cultura Náhuatl.
—¡Quiero ser un Auténtico Mexicano!
Las pupilas de don Miguel reflejaron el destello de un relámpago, producto de su asombro. En lo más profundo de su ser comprendió lo que estaba ocurriendo: era el hijo que se presentaba a exigir la herencia que le correspondía. En muchas ocasiones, al advertir el constante incremento de los nuevos habitantes del país, se había preguntado cuánto tiempo faltaría para que alguno de ellos intentase convertirse en un Auténtico Mexicano, pero siempre había rechazado la idea de que semejante posibilidad estuviera próxima a cumplirse, estimando que la población no indígena era aún demasiado atolondrada e inmadura. Al percatarse de que había estado equivocado, afirmó con resignado acento:
—¡Sígame!
El interpelado no esperó a que le repitiesen dos veces la invitación y de inmediato se unió a la comitiva de don Miguel. Al tiempo que descendían por la empinada escalinata, comenzó a formular una retahíla de interrogaciones.
—Oiga, ¿qué fue realmente lo que ocurrió allá arriba? ¿Cómo pudieron lograr que se concentrase toda esa energía? ¿Hacia dónde la mandaron?
La catarata de preguntas molestó al Supremo Guardián de la Tradición Náhuatl, pues le hizo ver que aquel joven era igual de ignorante que la inmensa mayoría de los habitantes del país, y que por tanto no sabía nada sobre el funcionamiento de las pirámides y menos aún sobre la enorme trascendencia de ese día. Durante un primer momento optó por guardar silencio, pero luego, al comprender que eran causas muy superiores a su simple voluntad las que habían determinado que tuviese a su cargo la difícil tarea de intentar hacer de ese sujeto un Auténtico Mexicano, decidió comenzar dicha labor cuanto antes. No queriendo dar la apariencia de haber accedido a contestar lo que se le preguntaba, don Miguel dirigió primero una amplia mirada a las derruidas construcciones de la ciudad sagrada, y luego, como si hablase más bien con sus invisibles moradores, afirmó con solemne acento:
—El mismo aliento que engendró, que dio sustento al Último de los Emperadores, ha descendido otra vez sobre la Tierra. El día de hoy ha nacido, una vez más, nuestro señor Cuauhtémoc.
1 El día, nuestro día, tú sí lo verás, lo vivirás.
2
El nacimiento
A través de su larga y poco conocida historia, la Aldea de los Reyes ha ido perfeccionando una especial habilidad para lograr que pasen del todo inadvertidos tanto la estancia en ella de destacados personajes como los singulares acontecimientos que en ese lugar suelen ocurrir.
Vecina de las poblaciones de Tlalmanalco y Amecameca, que en tiempos prehispánicos fueron asiento de importantes señoríos, la Aldea de los Reyes era en esa época, al igual que ahora, tan sólo medio centenar de modestas casas en torno a un pequeño templo. Sin embargo, en múltiples ocasiones, sacerdotes de elevado rango y poderosos señores habitaron en dicho lugar por largas temporadas procurando, por muy diversos motivos, que su permanencia transcurriese sin notoriedad alguna. Nezahualcóyotl, el perseguido príncipe de Texcoco, vivió escondido en esa aldea durante su adolescencia, burlando en esta forma a los sicarios del rey de Azcapotzalco, que desesperaban por encontrarlo para darle muerte.
Durante la época de la Colonia existió en la citada aldea una escuela de alquimistas, la cual logró mantenerse oculta a la vigilancia que ejercía la Inquisición en contra de esta clase de instituciones. Sor Juana Inés de la Cruz, que naciera en el cercano poblado de Nepantla, pasó en varias ocasiones regulares temporadas en la Aldea de los Reyes y, al parecer, no fue ajena a las enseñanzas que en medio de un gran secreto impartían los alquimistas a contadas personas.
•
—¡Qué hermoso lugar! —afirmó el ingeniero Richard Teucher, al tiempo que ayudaba a su esposa a descender del automóvil.
La lentitud de movimientos de la señora Citlali Pérez de Teucher, derivada de su avanzado embarazo, le impidió por unos instantes compartir los sentimientos de asombro ante el paisaje que privaban en el ánimo de su esposo. Una vez que hubo logrado bajar del vehículo, contempló a su vez con admiración el paraje que le rodeaba.
El lugar era bello de verdad. La cercana presencia de los nevados volcanes infundía a todo el ambiente una atmósfera de serenidad y grandeza. El Popocatépetl y el Iztaccíhuatl lucían en aquella soleada mañana esa mágica e indescriptible singularidad que les diferencia de cualquier otra pareja de montañas existentes en el mundo. Un airecillo frío y reconfortante, proveniente de los bosques situados en las faldas de los volcanes, impregnaba todas las cosas con un suave olor a pino.
A escasa distancia del sitio escogido por Richard y Citlali para detener su automóvil, la antigua capilla colonial de la Aldea de los Reyes hacía sonar su campana con melancólico acento. Era domingo y estaba por celebrarse la única misa a la semana que tenía lugar en el templo. La mayor parte de los habitantes del lugar se encontraban ya en el interior del santuario.
Richard preguntó a un campesino sobre la dirección de la persona que buscaba. El interrogado señaló una casa situada a un centenar de metros, la cual destacaba marcadamente del resto de las construcciones de la aldea, pues mientras éstas eran pequeños jacales de adobe, la casa en cuestión revelaba no sólo una mayor amplitud, sino mejor calidad en los materiales. Sus muros eran de ladrillo rojo y su techo de dos aguas, por el que sobresalía el tiro de una chimenea, revestido con tejas de idéntico color.
La pareja se encaminó con pausado andar rumbo a la casa colorada. Se encontraban por llegar, cuando Citlali sintió unas fuertes punzadas en el vientre. No dijo nada por no alarmar a su marido, pero comenzó a pensar que quizás estaban equivocados los cálculos que fijaban la fecha del alumbramiento para varias semanas después.
Los moradores de la casa debían haber avistado ya a los visitantes, pues de su interior salieron una mujer de unos cuarenta años y un niño de doce.
—¡Qué bueno que vinieron! —exclamó la mujer—. Van a ver cómo este día de campo les cae muy bien; pasen para que conozcan la casa.
En el instante mismo de traspasar el umbral, su organismo hizo saber a Citlali que el acontecimiento tan largamente esperado estaba próximo a cumplirse. La súbita palidez en el rostro de su esposa advirtió a Richard de la situación. Con voz tartamudeante a causa de los nervios, el ingeniero manifestó su intención de retornar cuanto antes a la ciudad.
Tomando a su mujer del brazo, pretendió ayudarla a desandar sus pasos, pero ella, tras de un momento de fugaz vacilación, decidió quedarse. Un sentimiento surgido repentinamente en lo más profundo de su ser, le había infundido la certeza de que era precisamente en aquel lugar en donde debía ocurrir el nacimiento.
—No se preocupen, allá en Guerrero ayudé a recibir a muchos niños y todos llegaron bien —las palabras de la dueña de la casa y particularmente el tono de segura confianza con que fueron pronunciadas, terminaron por hacer desistir a Richard de su inicial propósito de tratar de llegar al hospital más cercano.
Atendiendo a las indicaciones de su madre, el niño de la casa salió corriendo a la iglesia a llamar a doña Serapia, la anciana mujer que desde una época que ya nadie recordaba venía fungiendo como partera en la aldea.
En cuanto hubo llegado doña Serapia, las mujeres comenzaron con gran prisa a efectuar los preparativos para atender el nacimiento. Lo primero que hicieron fue ordenar a los hombres que abandonasen la habitación. Richard y el niño pasaron al cuarto contiguo. El ingeniero mostraba síntomas de creciente preocupación. El niño le observaba curioso, evidentemente complacido de que se estuviese desarrollando en su casa tan imprevisto suceso.
Al tiempo que paseaba por la estancia, la atención de Richard se vio atraída por la hoja de calendario que señalaba la fecha de ese día: 21 de marzo de 1948.
—Hoy es un día muy importante —afirmó el ingeniero dirigiéndose aparentemente a su acompañante, pero en realidad hablando más bien consigo mismo—. Los astrólogos dicen que hoy se inicia una nueva Era, la Era de Acuario.
Al darse cuenta de que el muchacho le escuchaba con expresión de no haber comprendido nada, Richard trató de darse a entender.
—Cada dos mil años cambia una era, la anterior se llamó de Piscis y tenía como símbolo dos peces, la que comienza este día será la de Acuario y su símbolo es un aguador derramando su cántaro.
La pretendida explicación sobre las Eras Astrológicas y sus símbolos no sólo resultó ininteligible para el niño, sino que terminó por aburrirlo. Saliendo de la casa comenzó a entretenerse con una resortera y una lata vieja que utilizaba como blanco.
Richard volvió a sus nerviosos paseos por la habitación, pero al poco rato, optó por dejar la casa y deambular por el amplio terreno de sembradío situado frente a ésta.
La frescura del aire produjo de inmediato un tranquilizador efecto en el ánimo de Richard. La contemplación de la tan particular figura del Iztaccíhuatl, semejante rasgo por rasgo a una mujer yacente, hizo surgir en su mente la segura convicción de que, al igual que su esposa, aquella montaña se encontraba también al final de un largo embarazo y próxima a dar a luz.
Al tiempo que se ensimismaba en la contemplación del femenino volcán, la memoria de Richard comenzó, en forma del todo involuntaria, a extraer recuerdos de antiguos sucesos. Hechos ocurridos en un lejano pasado desfilaban ahora en su interior sin orden ni concierto.
El sol, en lo alto del cielo, estaba a punto de llegar exactamente a la mitad de la bóveda celeste.
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La ciudad de Wiesbaden, famosa en Alemania por sus balnearios de aguas termales, no interrumpió en lo más mínimo su ritmo normal de actividades el día 27 de mayo de 1895, fecha en que naciera un niño de la familia Teucher. El recién llegado fue bautizado con el nombre de Richard, en honor del conocido compositor germano de idéntico nombre y de apellido Wagner.
La infancia y primer juventud de Richard Teucher transcurrieron dentro de un ambiente de feliz normalidad. Pertenecía a una familia de modesta clase media y, salvo un carácter particularmente sensible y generoso, su personalidad no denotaba nada que pudiera calificarse de extraordinario. Cuando tenía quince años adoptó una resolución que aparentemente no revestía mayor importancia, pero de la cual se derivarían posteriormente decisivas consecuencias. Al encontrarse de visita en una pequeña finca, le tocó presenciar el sacrificio de una res destinada a servir de alimento. Profundamente impresionado por tan repugnante espectáculo, se juró a sí mismo no volver a ingerir jamás carne de animal alguno.
Richard se encontraba cursando el primer año de la carrera de ingeniería, cuando el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria, el día 28 de junio de 1914, dio origen al estallido de la Primera Guerra Mundial.
El conflicto armado vendría a modificar radicalmente la trayectoria de la hasta entonces apacible vida de Richard. Al ser llamado a filas, el joven se presentó ante las autoridades de reclutación para manifestarles que se negaba a tomar las armas. Consideraba que resultaría absurdo el haber adoptado una dieta vegetariana con miras a evitar ser la causa del dolor y la muerte en los animales, mientras por otra parte se dedicaba a tratar de exterminar al mayor número posible de sus semejantes.
El arrebato bélico que imperaba en todas partes se prestaba muy poco a la manifestación de sentimientos pacifistas. Richard no sólo sufrió la repulsa de parientes y amigos, sino que fue juzgado y recluido en prisión. El periodo inicial de su estancia en la cárcel constituyó un verdadero martirio. El director del presidio era un anciano oficial de infantería, hondamente resentido por el hecho de que su avanzada edad le impedía participar en la guerra. Ante el severo juicio del militar la conducta de Richard escondía tan sólo la más denigrante cobardía. Al enterarse de que el nuevo recluso era vegetariano, ordenó se le dieran exclusivamente platillos elaborados con carne.
Durante varias semanas Richard sobrevivió ingiriendo agua como único alimento. Poco a poco fue debilitándose hasta caer en un estado de grave anemia que de seguro le habría llevado a la muerte. Se salvó, por contradictorio que ello pueda parecer, merced precisamente a la indeclinable fidelidad que había manifestado en favor de las convicciones que lo tenían en tan lamentable estado. Al percatarse el director de la prisión de que no era la cobardía lo que determinaba el proceder del joven, cambió su actitud para con él, y si bien ésta continuó siendo rigurosa en extremo, permitió al menos que se le proporcionase una comida exenta de cualquier asomo de carne.
Al finalizar la guerra Richard pudo salir de la cárcel, pero era ya otra persona del todo diferente a la que cuatro años atrás ingresara al presidio. Durante aquel tiempo había reflexionado largamente sobre lo que en verdad deseaba hacer con su existencia, llegando a la conclusión de que tenía que encontrar un camino que le condujera a un auténtico desarrollo espiritual. Las vías convencionales que para lograr este fin se abrían ante él no le satisfacían. Los horrores de la pasada contienda le habían hecho sentir un profundo escepticismo respecto a la validez de la cultura occidental, cuyas instituciones más representativas habían resultado impotentes para detener la atroz matanza.
Así pues, aun cuando reanudó sus estudios de ingeniería, lo hizo con el exclusivo propósito de contar con un instrumento que le garantizase un medio de vida, pero su determinación ya estaba tomada: se dirigiría a la India en cuanto ello le fuese posible, para buscar en aquellas antiguas tierras la forma de dar cumplimiento a sus afanes de progreso interior.
A la vez que cursaba sus estudios profesionales, Richard procuró irse capacitando en el conocimiento de las corrientes de pensamiento surgidas en la región de los vedas. Leyó una gran cantidad de literatura al respecto y se inició en el aprendizaje del hindi, uno de los principales idiomas que se hablan en la península indostánica. En esa forma, una vez obtenido su título de ingeniero, no le resultó particularmente difícil conseguir empleo en una compañía inglesa dedicada a la construcción de ferrocarriles en la India, lugar al que arribó, lleno de grandes esperanzas, en septiembre de 1924.
Una larga serie de fracasos y desilusiones aguardaban a Richard durante su permanencia en la India. En contra de lo que esperaba, no existía el ambiente de favorables condiciones para el desenvolvimiento del espíritu que había soñado encontrar por doquier. La explotación colonial, el fanatismo y la miseria constituían las características sobresalientes y determinantes en la vida del país. A pesar de que en muchos lugares existían señales que denotaban que en alguna medida el milenario saber de los yoguis seguía vivo y operante, en la práctica resultaba imposible establecer contacto con los guardianes de dicho saber, pues éstos actuaban con la mayor de las reservas, sin que al parecer les interesase la existencia de un extranjero deseoso de llegar hasta ellos para adquirir sus valiosas enseñanzas.
En una ocasión, el ingeniero germano creyó haber encontrado al Maestro que buscaba. Un sujeto de ascética apariencia y feroz mirada lo aceptó como discípulo, iniciándolo en la ejecución de complicados ejercicios. Pero aquel hombre no era en realidad un yogui, sino tan sólo un faquir deseoso de vender a buen precio sus refinadas técnicas para el dominio del cuerpo. Tras de un largo y agotador aprendizaje, Richard comenzó a desarrollar algunas facultades especiales para el control del organismo, pero sus aspiraciones de encontrar un camino de perfeccionamiento espiritual continuaron muy lejos de verse realizadas. Al comprender que aquellos esfuerzos no habrían de aproximarlo a la meta deseada, Richard interrumpió su diaria gimnasia física y cayó en una profunda depresión. Enfermo del cuerpo y alma tuvo que ser internado en un sanatorio.
En virtud de su bondadoso carácter y comprobada eficiencia profesional, el germano se había ganado el aprecio de sus británicos jefes. Uno de ellos, poseedor de valiosa experiencia en lo tocante a los conflictos del alma humana, le aconsejó abandonar cuanto antes la India y continuar su búsqueda en nuevos horizontes. Junto con el consejo venía el ofrecimiento de intentar conseguirle empleo en una compañía inglesa dedicada a la explotación petrolera en México.
Sin saber aún si tendría algún sentido proseguir en otra parte su empeño de desarrollo interior, Richard aceptó la proposición que se le hacía, iniciando las gestiones para su traslado de empresa y continente. En enero de 1930, enflaquecido y pesimista, arribó al puerto de Veracruz.
El abatido alemán no encontraría tampoco en México al tan anhelado Maestro que le condujese por el sendero del ascenso espiritual; hallaría en cambio algo que borró en él todo sentimiento de frustración y dio una nueva finalidad a su existencia: una esposa.
En la población de Tamuín (San Luis Potosí) Richard conoció a Citlali, joven indígena originaria de dicho lugar. La atracción entre ambos fue inmediata y total, como sólo puede darse entre esa privilegiada minoría que logra convertir en realidad el ideal al que todos aspiran y muy pocos pueden conquistar: alcanzar la unidad mediante la complementaridad.
Citlali poseía toda la dulzura y fortaleza de las antiguas princesas indias. En su ovalado rostro de finas facciones unos llamativos ojos negros irradiaban energía y carácter. Su cuerpo, de pequeña estatura, ponía de manifiesto en todos sus movimientos cierta natural elegancia a la par que vigorosa elasticidad. No había asistido nunca a la escuela, pero tenía una despierta inteligencia y una superior intuición. Toda su vida había transcurrido en el pequeño mundo integrado por la parcela familiar y el puesto de frutas que atendía en el mercado, sitio en donde Richard la conociera.
En contra de la bien fundada opinión que podría haber expresado cualquier persona juiciosa, las diferencias de la más variada índole existentes entre la pareja no constituyeron obstáculo alguno para su armónica integración. Desde el primer momento los dos trataron de dar lo mejor de sí mismos a su contraparte, alcanzando plenamente su propósito.
Deseoso de arraigarse para siempre en México, Richard inició las gestiones tendientes a lograr la ciudadanía de este país. Asimismo, renunció a su cargo dentro de la compañía inglesa e invirtió sus ahorros en la creación de una pequeña fábrica de productos químicos. Lentamente su industria fue prosperando, hasta convertirse en un negocio de regular consideración.
Existía tan sólo un importante aspecto que permanecía incompleto en la vida de los Teucher: los años transcurrían sin la llegada de un vástago. Todos los doctores consultados al respecto emitían siempre idéntico diagnóstico. No había causa orgánica alguna que impidiese la procreación, ni podía darse una explicación del por qué ésta no se producía. Muy a su pesar, la pareja concluyó que tendría que resignarse a no contar con descendencia.
Al iniciarse el año de 1947, los Teucher decidieron efectuar un viaje por la India. Los numerosos relatos que Richard había hecho a su esposa de cuanto viera y le aconteciera en aquellas tierras, habían despertado en ella un enorme interés por conocerlas.
El matrimonio se encontraba visitando un templo en la población de Shahjahnpur, ubicada en el norte de la India, cuando notó con sorpresa que había llamado poderosamente la atención de un lama tibetano que realizaba un peregrinaje en aquel lugar. Gracias a que Richard hablaba hindi y este idioma era conocido igualmente por el tibetano, pudo establecerse la comunicación. No se trataba de un lama cualquiera, sino de Tschandzo Tschampa, uno de los principales dirigentes del monasterio de Sera, el cual era en ese entonces el segundo por su importancia y número de todo el Tíbet.
Con profundo asombro, Richard escuchó y transmitió a su esposa las palabras del lama. El dignatario tibetano había visto en ellos señales inequívocas de que muy pronto serían los padres de un Avatar, esto es, de un ser en el que encarnan energías de un orden superior a las que constituyen a los seres humanos ordinarios.
El lama debía tener una confianza absoluta en la certeza de su predicción, pues tras de formular tan inesperado vaticinio, expresó su convencimiento de que el matrimonio debía trasladarse cuanto antes al Tíbet, con objeto de que fuese ahí donde sobreviniese el nacimiento. En esta forma, concluyó, la apropiada educación que el Avatar habría de requerir quedaría completamente garantizada, ya que desde un principio estaría a cargo de los más sabios instructores con que contaba el monasterio de Sera.
Desconcertado ante la jamás imaginada propuesta, Richard titubeaba sin saber qué responder. Tras de consultar el parecer de Citlali, ésta expresó con firmeza su opinión: agradecía sinceramente el ofrecimiento que aseguraba una elevada educación para el ser que tal vez llegase a concebir; sin embargo, se oponía terminantemente a marchar de momento al Tíbet, pues deseaba que el nacimiento ocurriese en México y no en otro sitio, ya después se encaminaría al monasterio indicado por el lama.
El lama Tschandzo Tschampa aceptó sin discutir la proposición de Citlali. En la tarde de ese mismo día hizo entrega de un documento con su firma y el sello oficial del gobierno tibetano, mediante el cual se otorgaba a la pareja y al ser que ésta aún no engendraba, un salvoconducto para penetrar en el Tíbet y llegar hasta el monasterio de Sera, ubicado en las afueras de Lhasa, la capital sagrada del lamaísmo. Aquel documento constituía una rara excepción a la estricta norma que prohibía el acceso de extranjeros al país de las nieves eternas, que hasta entonces había logrado mantenerse en un cerrado aislamiento.
Esperanzados, pero temerosos de estarse forjando ilusiones que tal vez no habrían de realizarse, los Teucher regresaron a México. Citlali tenía cuarenta y tres años y Richard cincuenta y dos, edades que si bien por sí mismas no descalificaban para la procreación, tampoco pueden considerarse como las más apropiadas para ello, máxime tomando en cuenta los nulos resultados obtenidos al respecto hasta esas fechas.
Aún no tenían tres meses de haber retornado a sus actividades cotidianas, cuando Citlali comunicó a su esposo la buena nueva: estaba embarazada sin lugar a dudas.
A partir de aquel instante, los esposos comenzaron a prepararse metódicamente para el radical cambio de vida que les aguardaba. Firmemente decididos a encaminarse al Tíbet en cuanto tuviese lugar el alumbramiento, vendieron no sólo el negocio que les sustentaba, sino también sus demás propiedades. Con el importe obtenido adquirieron un pequeño lote de diamantes, estimando que en esta forma su pequeña fortuna podría ser siempre fácilmente transportable y negociable. Richard se hallaba dominado por un intenso júbilo. El saber que su hijo contaría desde pequeño con la ayuda necesaria para lograr una elevada espiritualidad, le compensaba con creces de la frustración que acarreaba en lo íntimo de su ser, derivada de no haber podido alcanzar un superior estado de conciencia. La alegría de Citlali era tranquila y silenciosa pero igualmente profunda. Su clara intuición le inspiraba la certeza de que la profecía anunciada por el lama habría de cumplirse y que el ser, de cuyo desarrollo su cuerpo no dejaba de informarle, estaba llamado a cumplir una misión cuya trascendencia no podía ni siquiera imaginar.
Meses de impaciente espera habían transcurrido. El Sol del equinoccio que anunciaba el inicio de la Era de Acuario se hallaba en la cúspide. El momento había llegado.
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El estallido de un llanto recio y prolongado desgarró la apacible quietud que prevalecía en la Aldea de los Reyes. La señorial pareja de volcanes, gigantesco símbolo de la dualidad creadora, pareció dar muestras de querer poner término a su sueño ancestral. Provenientes de las recónditas interioridades de ambas montañas se escucharon por unos instantes estremecedores ruidos, mientras la tierra se sacudía a resultas de un temblor de considerable intensidad. Richard interrumpió al punto sus añoranzas y se lanzó a toda prisa hacia la casa colorada, penetró en ella seguido muy de cerca por el niño que ahí habitaba, el cual, portando aún su resortera en la mano, acudía también a indagar el resultado del parto.
Una cansada pero gozosa expresión se reflejaba en el semblante de Citlali, quien mantenía apretando un pequeño cuerpecito contra el suyo, al tiempo que le hablaba en náhuatl con infinita dulzura:
—Nocozque, noquetzale, otiyol, otitlacat, otitlalticpac quixtico.1
Durante un buen rato Richard se mantuvo en silencio, temeroso de romper la plasticidad de la perfecta estampa de amor materno que tenía ante sus ojos. Al percatarse de su presencia, Citlali esbozó una alegre sonrisa y con cierta chispeante picardía en la mirada, como si supiese de antemano el efecto que sus palabras habrían de producir, afirmó con festivo acento:
—Fue niña.
Al escuchar la noticia todo el organismo de Richard manifestó sin ambages el más completo asombro: su rostro se contrajo en un gesto de profundo estupor y su cuerpo, que había iniciado un movimiento de aproximación hacia el catre donde se encontraban Citlali y la recién nacida, trastabilló y estuvo a punto de caer.
Al advertir el desconcierto del esposo, doña Serapia y la dueña de la casa que se encontraban todavía junto al lecho de la parturienta, estallaron en francas risotadas.
Con su cascada voz de anciana, doña Serapia sentenció:
—El volcán y la volcana se alegraron con este nacimiento. Ellos son los padrinos de la niña y ella hará moverse al mundo. No hay de otra.
Aún bajo el efecto de la confusión que le dominaba —pues siempre había dado por seguro que el Avatar que el lama presagiara tendría que ser varón— Richard se inclinó emocionado a contemplar a su hija.
El cuerpo de la pequeña se retorcía friolento y desvalido entre los brazos de su madre. Los entrecerrados ojillos y el estremecimiento de todo su ser evidenciaban el intenso trauma que ocasiona a los seres humanos su llegada a este mundo.
Richard se sentó en el lecho y rodeó suavemente con sus brazos los cuerpos de su esposa y de su hija. Era aquél un momento que ambos esposos habían deseado y esperado durante muchos años. La excitada voz del niño de la casa les sacó de su ensimismamiento:
—Toda la gente de la aldea está allá afuera, quieren ver a la niña.
En efecto, para los habitantes de la Aldea de los Reyes no había pasado inadvertido el hecho de que aquel nacimiento había ocurrido mientras la tierra se estremecía y los volcanes proferían enigmáticos sonidos. En forma intuitiva, los campesinos veían en aquellos sucesos el presagio de un excepcional destino para el nuevo ser.
—Que por favor esperen tantito, es necesario bañarla —afirmó Citlali, al tiempo que entregaba su preciada carga a doña Serapia.
La anciana procedió a sumergir con sumo cuidado a la niña en una bandeja que contenía agua previamente calentada. No se trataba de agua de río ni extraída tampoco del interior de la tierra. El líquido del que se abastecía la aldea llegaba hasta el lugar proveniente del deshielo de los volcanes.
Una vez bañada y envuelta en un limpio lienzo de algodón, la pequeña estuvo lista para recibir a sus visitas. Éstas eran cerca de un centenar de moradores de la aldea y sus alrededores. Al tiempo que desfilaban frente a los padres y la recién nacida, los campesinos expresaban con sencillas frases sus mejores deseos de un venturoso porvenir para la niña. Melquiades, el anciano limosnero, no se concretó a pronunciar tan sólo amables palabras, sino que con tímido ademán depositó un obsequio al pie de la cama. Se trataba de un bulto envuelto en un ayate. El fuerte zumbido proveniente del envoltorio revelaba la índole de su contenido: un panal de abejas que constituía el único patrimonio del ser más pobre de toda la aldea.
El desfile de visitantes estaba por concluir, cuando hizo su aparición en la casa el sacerdote que acudía todos los domingos a celebrar una misa en la aldea. Tras de felicitar a los progenitores, preguntó a éstos si ya habían pensado en la fecha en que tendría lugar el bautizo. Los esposos intercambiaron miradas. La compenetración entre ambos era de tal grado, que no precisaron hablar para adoptar al respecto una unificada opinión.
—Quisiéramos que fuera ahora mismo —afirmó Richard.
Sin mayores preámbulos, el sacerdote dio comienzo al ritual del bautismo. Al aproximarse el momento en que habría de derramar un poco de agua sobre la cabecita, interrogó a los padres sobre el nombre que pondrían a su hija.
Con voz que no denotaba vacilación alguna, pero que no parecía provenir de ella sino más bien tener un misterioso y desconocido origen, la madre respondió:
—Regina.2
Nadie supo jamás el porqué de aquel nombre, sin embargo Citlali presintió con certeza que éste encerraba, en su oculto significado, todo el destino que aguardaba a la recién nacida.
1 Collar mío, plumaje mío, tuviste vida, naciste, saliste a tierra.
2 En latín significa reina.
Capítulo II
El último y el primero
...en el arte monumental olmeca se entremira la toma de posesión de una dimensión a la que fuera de Dios, sólo el hombre tiene acceso: la dimensión sagrada. Los hombres de piedra olmecas eran hombres sagrados cuya monumentalidad nacía del impulso de establecer y reflejar eternamente la conciencia del orden cósmico.
BEATRIZ DE LA FUENTE,
Los hombres de piedra

El retorno del pasado.
1
El niño que soñaba ser arquitecto
La luminosidad del nuevo día, al filtrarse por entre las cortinas del viejo ventanal, despertó súbitamente al niño. Con rápidos ademanes Uriel comenzó a incorporarse mientras se preguntaba extrañado por qué su madre no había acudido a despertarle. De improviso recordó que no tendría que asistir ese día a la escuela pues era sábado.
Gratamente complacido ante la perspectiva de un día sin otra ocupación que la de jugar con sus amigos, Uriel se acurrucó de nuevo en el lecho disponiéndose a dormir otro buen rato. Recién comenzaba a conciliar el sueño, cuando el cercano golpetear de numerosas piquetas le hizo reincorporarse con brusco sobresalto. Intrigado bajó de su cama y abrió la ventana para asomarse a la calle. Muy pronto descubrió el origen del ruido: un grupo de albañiles estaba derribando la fachada de la planta baja del edificio en donde habitaba.
La inicial curiosidad del niño se transformó al instante en un sentimiento de temor, pues lo que contemplaba le llevó a la conclusión de que aquellos hombres se disponían a echar por tierra el edificio de vecindad que le viera nacer y en el que había vivido los diez años que integraban su existencia. Tras de vestirse a toda prisa, Uriel abandonó su minúsculo cuarto. La otra habitación —un aposento de regulares dimensiones que fungía a un mismo tiempo como cocina, comedor y recámara de los padres del niño— estaba vacía. Uriel supuso que su madre debía haberse marchado al mercado y que su padre se encontraría desempeñando su cotidiano trabajo de cartero. Firmemente decidido a indagar lo que estaba ocurriendo, salió de la vivienda y descendió por la escalera que conducía al exterior.
En la esquina de las calles de Brasil y Bolivia —ubicadas en la parte más antigua de la ciudad de México— media docena de albañiles demolían el revestimiento de la planta baja del viejo edificio allí existente. Sus barretas y zapapicos hacían saltar por doquier gruesos pedruscos, produciendo con ello una densa polvareda.
Con preocupada voz Uriel preguntó a los trabajadores si se proponían derribar toda la vecindad. Sus palabras provocaron la risa de los albañiles. Uno de ellos respondió con irónico acento que ésa era precisamente su intención, y que pensaban hacerlo tan de prisa que de seguro muchas personas no alcanzarían a salir y morirían aplastadas bajo los escombros que les caerían encima.
El maistro que dirigía la obra, un anciano de bondadosa mirada y rostro carcomido por cicatrices de viruela, intentó tranquilizar al asustado Uriel, indicándole que tan sólo estaban derribando parte de la fachada para luego sustituirla por otra más moderna.
Las explicaciones del anciano serenaron el ánimo del niño pero no agotaron su curiosidad. Durante el transcurso de la mañana permaneció ensimismado observando la labor de los albañiles. No sólo rechazó las reiteradas invitaciones de sus amigos del barrio para participar con ellos en los juegos de costumbre, sino que incluso su madre, al retornar del mercado, tuvo que hacer uso de regaños y amenazas para convencerle de que abandonase por unos instantes su contemplativa actitud y entrase a la vivienda a ingerir su desayuno.
Al principio muy lentamente, pero luego con creciente celeridad, fue apoderándose de Uriel la extraña certidumbre de que el edificio era un ser vivo que estaba sufriendo intensamente a resultas de la labor que realizaban en él los albañiles. Simultáneamente a dicha certidumbre, el pequeño fue presa de un sentimiento que si bien resultaba indefinible en palabras, era percibido por su espíritu con perfecta claridad: presintió que tanto él como la casa y todo cuanto le rodeaba y existía eran una sola y misma cosa, y que por tanto, lo que estaba ocurriéndole al edificio —al igual que cuanto pudiera acontecerle a cualquier otro ser u objeto— le afectaba en forma directa y determinante.
En cuanto finalizó la mañana, los trabajadores suspendieron sus labores, pero a Uriel le resultó imposible movilizarse del rincón en que se encontraba. Sus paralizados miembros se negaban a obedecerle y todo su organismo se estremecía bajo los efectos de una altísima fiebre. Al percatarse del estado del niño, el maistro tomó en sus brazos el convulso cuerpecito y lo condujo hasta donde se encontraba la madre del pequeño, la cual, profundamente alarmada, le llevó de inmediato a la casa de un médico que vivía a tan sólo una cuadra de distancia.
Tras de examinar a Uriel —y no logrando encontrar la causa de la fiebre— el doctor optó por recetar una surtida variedad de medicamentos. Ninguna de las medicinas prescritas produjo efecto alguno. La alta temperatura que prevalecía en el enfermo prosiguió inalterable. En su agitado sueño, la mente del niño era presa de alucinantes pesadillas, en ellas dialogaba largamente con toda clase de edificios y casas viejas, escuchando un mismo ruego formulado con desesperado acento: que no se les demoliese, pues ello era asesinarles, ni tampoco se les dañase con obras que modificaban radicalmente su original fachada y estructura.
Al llegar el lunes los trabajadores reanudaron sus labores en el edificio, pero antes de dar comienzo a las mismas, el maistro albañil subió hasta la vivienda de la familia de Uriel para inquirir sobre la salud del chiquillo. Éste continuaba sin dar señales de mejoría, sin embargo, la simple presencia del visitante pareció infundirle nuevos ánimos, pues superando el pesado letargo que le dominaba, logró exponer con entrecortadas frases las aterradoras imágenes de sus sueños.
Tras de escuchar el relato del niño tocó el turno al anciano de revelar sus propias experiencias. Con un hablar sencillo, pero que ponía de manifiesto una inteligencia natural y una profunda sensibilidad, manifestó que él también había presentido en múltiples ocasiones que las casas poseían sentimientos; el gran pesar de toda su existencia había sido, precisamente, poder intuir los justos reclamos de las construcciones y no estar capacitado para atenderlos a causa de su incultura, pues ello era misión de los arquitectos, pero no de cualquiera, sino únicamente de los más sabios.
Concluida la visita, el maistro se dirigió a donde le aguardaban sus operarios para continuar la obra. A sus espaldas dejaba a un niño sumergido en un verdadero torrente de reflexiones, ensueños y proyectos.
Durante el transcurso de aquel día, que habría de resultar decisivo en su vida, el pequeño Uriel no sólo recuperó la salud en forma tan inexplicable como la había perdido, sino que descubrió con precoz certeza su auténtica vocación: sería arquitecto y lograría reparar toda clase de edificios, tomando siempre en cuenta los particulares sentimientos de cada uno de ellos.
El descubrimiento de Uriel respecto a su latente vocación de arquitecto no se tradujo en un pasivo aguardar la realización de sus propósitos para un lejano futuro. A partir del que fuera su primer contacto con los operarios de la construcción, el niño cambió radicalmente sus habituales costumbres. En lugar de dedicar los fines de semana y los periodos de vacaciones a jugar con sus amigos de la vecindad, comenzó a trabajar como ayudante de albañil bajo las órdenes del bondadoso y cacarizo maistro. En esta forma, se inició desde abajo en la práctica de una de las más antiguas profesiones, muchos de cuyos instrumentos, por su valiosa utilidad a la par que extrema sencillez, han perdurado inalterables a través de los siglos. La pala y la plomada, al igual que la “cuchara” y la barreta, comenzaron a revelar al pequeño aprendiz sus secretos y mejor forma de empleo.
Al mismo tiempo que se iniciaba en el duro oficio de albañil, Uriel principió también a poner de manifiesto un vivo interés por el ejercicio del dibujo. Su maestra de escuela se percató de las evidentes facultades que poseía para esta actividad, y no estando personalmente en posibilidad de ayudarlo a desarrollarlas, buscó a quien mejor pudiera hacerlo. Un profesor de dibujo en escuelas preparatorias —sobrino de la maestra— aceptó dar clases sin remuneración alguna al imberbe aspirante a arquitecto.
Entusiasmado ante el empleo que podía darse a sus recién descubiertas aptitudes como dibujante, Uriel se pasaba horas enteras copiando en el papel las más diversas construcciones. En sus dibujos podían apreciarse con toda claridad los diferentes sentimientos que en éstas predominaban. Había casas alegres y monumentos arrogantes, así como decrépitos edificios pletóricos de recuerdos y añoranzas. Su propia vecindad, uno de los temas que más gustaba repetir, revelaba en todos los bocetos una conmovedora aflicción. Las obras que con un afán modernizante se habían ejecutado en la fachada de su planta baja rompían toda la armonía del edificio, originando en éste una vergüenza semejante a la de exhibir un tumor en el rostro.
Uriel se encontraba cursando el primer año de preparatoria cuando falleció el maistro con quien trabajaba desde pequeño. Tanto los albañiles como muchos de los clientes del desaparecido, insistieron ante el joven para que éste se hiciese cargo de las obras que habían quedado por ejecutar, o sea, le instaron a que se convirtiera a su vez en maistro. Uriel se opuso al principio, pues estimaba que aún no contaba con la suficiente experiencia, pero luego terminó por aceptar, poniendo como única pero inflexible condición, la de efectuar tan sólo trabajos que implicasen la restauración de antiguas construcciones, los cuales se efectuarían siempre respetando escrupulosamente la estructura original.
Como es lógico suponer, con tan exclusivista criterio en lo tocante a la selección de clientela ésta no iba nunca a resultar muy numerosa. Eran los años de la Segunda Guerra Mundial y un pequeño sector de la sociedad mexicana estaba en pleno auge económico. Voraces mercaderes adquirían por doquier viejas edificaciones, y sin importarles en lo más mínimo su antigüedad, en ocasiones varias veces centenaria, procedían a demolerlas para sustituirlas por otras mucho más redituables. Ante el criterio de semejantes personas, la actitud de un maistro albañil que se empeñaba en mantener inalterable toda obra proveniente del pasado constituía una ridícula y absurda pretensión.
Existía, sin embargo, alguien que estaba destinado a comprender los propósitos que determinaban la conducta de Uriel y que habría de proporcionarle invaluable orientación y ayuda: el señor Manuel Toussaint, máximo especialista de aquel entonces en todo lo relativo al arte colonial mexicano.
El señor Toussaint venía librando en México, desde tiempo atrás, una desesperada batalla por evitar la destrucción de la preciada herencia colonial en materia arquitectónica. Para lograrlo, escribía de continuo libros y artículos tendientes a disipar la profunda ignorancia del gran público sobre estas cuestiones. De igual forma promovía la creación de patronatos que se hicieran cargo de preservar los más importantes edificios coloniales existentes en las distintas regiones del país.
La iglesia de Santo Domingo en la ciudad de México, considerada como uno de los mejor logrados ejemplos del estilo barroco, amenazaba con venirse abajo a resultas del abandono en que se le tenía. El señor Toussaint consiguió los fondos necesarios para atender los daños más urgentes y personalmente comenzó a dirigir las reparaciones. La vecindad en la cual habitaba la familia de Uriel estaba situada a escasos metros del templo. Era en ese santuario en donde Uriel había sido bautizado y en el que recibiera su primera comunión. En muchos de sus dibujos la iglesia aparecía bellamente representada, manifestando siempre la amarga tristeza que el descuido y el abandono generaban en ella. En cuanto dieron principio las obras de restauración, Uriel se presentó en compañía de sus operarios a ofrecer sus servicios, los cuales fueron contratados por el señor Toussaint.
A través del común enfrentamiento a los problemas que la obra planteaba, fueron surgiendo profundos lazos de afecto entre el joven maistro y el prestigiado especialista. Uriel descubrió muy pronto que el señor Toussaint no era tan sólo una asombrosa enciclopedia ambulante en cuestiones coloniales, sino alguien que también poseía la misteriosa facultad de poder percibir los sentimientos de los edificios y en general de todas las cosas tenidas comúnmente como inanimadas. Tras de dar término a la reparación del templo de Santo Domingo, el señor Toussaint continuó empleando a Uriel y a sus operarios en todos los casos en que lograba conseguir donativos de instituciones y particulares para la restauración de alguna construcción colonial.
Una vez concluidos sus estudios de preparatoria, Uriel ingresó al primer año de arquitectura en la Escuela de San Carlos de la Universidad Nacional Autónoma de México. Muy pronto habría de ser considerado por maestros y compañeros como el alumno más destacado de la generación. Su comprensión de las diversas materias que en las aulas se impartían era de tal grado, que más bien parecía estar recordando olvidadas enseñanzas que aprendiendo nuevos conocimientos.
La labor que realizaba el señor Toussaint recibió finalmente el reconocimiento de las autoridades. El general Manuel Ávila Camacho, presidente de la República (1940-1946), le otorgó el nombramiento de director del Departamento de Monumentos Coloniales. En cuanto tomó posesión de su cargo el flamante director designó a Uriel como su principal auxiliar e inició con su eficaz colaboración una amplia gama de actividades. Vetustos edificios de tezontle y cantera fueron salvados de la piqueta gracias a su oportuna intervención. Bellas y ruinosas iglesias, existentes en las más apartadas regiones del país, recuperaron su perdido señorío a resultas de cuidadosas restauraciones. Sin alardear de ello, el señor Toussaint y Uriel dejaron escritas muchas valiosas páginas en esa desconocida historia que narra la defensa de la arquitectura colonial mexicana.
El señor Toussaint no dudaba que su ayudante estaba llamado a sustituirlo, superándolo, como máxima autoridad en todo lo tocante al arte elaborado en tiempos de la Colonia. Sin embargo, el interés de Uriel por los edificios coloniales comenzó a ser suplantado por un creciente sentimiento de admiración ante la obra arquitectónica realizada por las antiguas culturas prehispánicas. En un principio había sido tan sólo la evidente monumentalidad de estas construcciones lo que despertara su asombro, pero luego comenzó a percatarse de que existía en ellas un sentido de la proporción y de la armonía que les hacía incomparablemente superiores a cuanto se había edificado posteriormente en el país.
Muy pronto el interés de Uriel por la arquitectura prehispánica trocose en una auténtica pasión. El propósito de desentrañar el misterioso significado que encierran todas las construcciones de esa época convirtiose en el principal objetivo de su existencia. Los tratados elaborados por supuestos eruditos en esta materia no le satisfacían en lo más mínimo. En ellos se abordaban tan sólo aspectos puramente superficiales —como la minuciosa descripción de los edificios— pero se dejaban siempre intocadas las cuestiones de verdad trascendentes de tan singular arquitectura.
Firmemente resuelto a descifrar los secretos que guardaban las ruinas de las antiguas culturas mexicanas, Uriel intentó, tal y como lo hiciera con las construcciones coloniales, elaborar artísticos dibujos que reflejasen no sólo los aspectos puramente externos de dichas ruinas, sino también la índole de sus sentimientos. No tardó en darse cuenta de su completa incapacidad para lograr semejante empeño. Los trazos en el papel reproducían con técnica impecable la figura exterior de los monumentos, pero no revelaban nada del espíritu que les animaba. En más de una ocasión, mientras deambulaba por las derruidas ciudades sagradas, Uriel creyó percibir en ellas una desdeñosa indiferencia como única respuesta a sus desesperados esfuerzos por alcanzar un vislumbre de lo que estas ciudades habían sido y representado en el pasado.
Tras de cursar el último año de arquitectura, Uriel presentó su examen profesional, recibiéndose con mención honorífica. Todos auguraban un brillante porvenir al flamante profesionista. Una empresa constructora de gran éxito, especializada en edificar ostentosas casas para nuevos ricos en un ficticio estilo colonial, le ofreció empleo con un magnífico sueldo. Uriel rechazó la tentadora oferta, presentó su renuncia en el Departamento de Monumentos Coloniales e ingresó al Instituto de Antropología e Historia de la Secretaría de Educación Pública, ocupando un cargo con menor remuneración que la que tenía en su anterior trabajo, pero que en cambio le permitía disponer de mayor tiempo para dedicarlo a lo que venía siendo cada vez más su principal ocupación: recorrer una y otra vez las ruinas de la milenaria ciudad de Teotihuacan.
A resultas de sus incesantes visitas a la antigua capital imperial, Uriel había comenzado a intuir que en ese lugar se manifestaba alguna extraña forma de energía, una especie de magnetismo —por llamarlo de algún modo— que sin cesar fluía a través de las imponentes construcciones. En igual forma fue percatándose poco a poco de que la intensidad de dicha energía no era continua sino que estaba sujeta a constantes variaciones, resultando imposible el poder determinar ni las causas ni el ritmo de las mismas. Entre más intentaba desentrañar los secretos de la misteriosa ciudad, éstos tornábanse cada vez más impenetrables.
El domingo 21 de marzo de 1948 Uriel llegó a Teotihuacan con las primeras luces del amanecer. Los rayos solares parecían estar dotados aquella mañana de un especial vigor, como si los dominase un nervioso afán de apresurar su salida para así poder contemplar lo que iba a suceder en la tierra. El joven portaba cantimplora y una mochila de excursionista conteniendo algunos alimentos, pues deseaba permanecer en las ruinas hasta bien entrada la tarde. Estaba interesado en averiguar si esa fecha, que marcaba el primer equinoccio del año, era motivo de alguna particular alteración de energía en los derruidos monumentos.
Cerca del mediodía el fuerte calor obligó a Uriel a interrumpir su deambular por entre las ruinas. Con perezoso ademán se sentó en el suelo y extrayendo su cantimplora de la funda comenzó a beber en pequeños sorbos. Se encontraba al pie de una de las escalinatas que conducen a lo alto de la Pirámide del Sol. Algunos turistas ascendían y descendían por los escalones riendo y parloteando. Tres sujetos de marcados rasgos indígenas comenzaron a subir con pausado andar. Repentinamente, la enorme mole de la pirámide comenzó a vibrar y a estremecerse. El entrechocar de muchos miles de piedras producía ruidos impresionantes a los que muy pronto se unieron los aterrados gritos de los turistas.
El brusco salto de Uriel al incorporarse le hizo derramar el líquido contenido en la cantimplora. Su primera impresión fue la de considerar que la tierra estaba siendo sacudida por un recio temblor, pero luego se dio cuenta de que la Pirámide del Sol era en realidad lo único que se estremecía, ya que tanto el suelo que pisaba como los restantes monumentos mantenían su habitual y natural quietud.
Durante unos instantes Uriel permaneció estático, contemplando con asombro el inexplicable bamboleo de la gigantesca pirámide, pero luego comenzó a percibir la extraña sensación de que el monumento le estaba invitando a que intentase llegar hasta su cúspide. Sin detenerse a pensarlo, como si durante toda su vida hubiese estado esperando aquella invitación, el joven inició el ascenso.
Uriel se encontraba a la mitad de la pirámide, cuando las vibraciones que sacudían a ésta comenzaron a transformarse en una tensión de indescriptible intensidad. Eran ya las primeras oleadas de energía procedentes del Cosmos, que acudían atraídas por la succión que de ellas hacía el instrumento creado por los antiguos mexicanos para la adecuada utilización de las fuerzas celestes.
La insoportable tensión impidió a Uriel continuar subiendo. Su organismo quedó paralizado, con el cuerpo rígido y el rostro contraído a causa del tremendo esfuerzo que tenía que efectuar para poder respirar. Angustiado comprendió que corría el riesgo de morir, pues le sería imposible soportar por mucho tiempo semejante esfuerzo. Súbitamente se produjo en lo alto del monumento un resplandeciente chispazo, como un corto circuito generado por la unión de varios cables de alto voltaje. Acto seguido, todo volvió de nuevo a la más completa normalidad.
Al recuperar el perdido control de su organismo Uriel miró en su derredor y se percató de que no estaba solo. A escasa distancia dos jóvenes le observaban con la sorpresa retratada en sus morenos semblantes. El arquitecto formuló un saludo e intentó aproximarse a los desconocidos, pero éstos retrocedieron con evidente desconfianza. En esos instantes se escucharon unos pasos. Un hombre bajaba de la cúspide y se aproximaba al lugar en donde se encontraban.
Uriel se sintió presa de una viva emoción. Sin existir razón aparente alguna para ello tuvo el claro presentimiento de que estaba por ocurrir un hecho que sería para él de trascendental importancia. El hombre que descendía estaba ya tan cercano que podía distinguir claramente su rostro, conformado por rasgos de una singular firmeza, como si hubiesen sido esculpidos mediante fuerte presión ejercida sobre un material dotado de gran dureza. Todo en aquel sujeto revelaba una energía y voluntad fuera de lo común, desde la vigorosa elasticidad de sus pasos hasta la poderosa e inquisitiva mirada que se desprendía de sus negras pupilas. La sencillez de su atuendo, idéntico al utilizado por la mayor parte de los campesinos indígenas del centro del país, contrastaba con el porte de majestuosa dignidad que ponía de manifiesto en cada uno de sus movimientos. Su edad resultaba un tanto difícil de precisar, pero fluctuaba alrededor de los cuarenta años.
—Buenos días —saludó Uriel, procurando aparentar la mayor naturalidad posible.
El enigmático personaje no devolvió el saludo. Su mirada se clavó en la de Uriel y éste tuvo la impresión de estar siendo examinado por dos potentes lentes de aumento capaces de escudriñar hasta la parte más recóndita de su ser.
—¿Quién es usted? —preguntó con áspero acento el recién llegado.
—Soy Uriel —contestó el joven al tiempo que sentía una inexplicable alegría al pronunciar su nombre, como si el hecho de llamarse así le otorgase especiales derechos.
—¿Y qué es lo que quiere? —interrogó de nueva cuenta el misterioso sujeto de severas facciones.
En lo más profundo de su ser, Uriel sintió la presencia de una fuerza vigorosa y extraña, algo así como el súbito despertar de una segunda personalidad que había aguardado paciente la formulación de aquella pregunta para poder manifestarse. Con voz que apenas si reconoció como suya, respondió con firme convicción:
—¡Quiero ser un Auténtico Mexicano!
El súbito desconcierto que se reflejó en la mirada de su interlocutor constituyó para Uriel un seguro indicio de que había formulado la respuesta adecuada.
—¡Sígame!
Al escuchar aquella sola pero significativa palabra, Uriel tuvo la certeza de que en aquel instante su vida iniciaba un nuevo y superior destino.
2
A la búsqueda de un rostro y de un corazón
Don Miguel, el Supremo Guardián de la Tradición Náhuatl, vivía en las afueras de Malinalco, población del estado de México. Su vida era, en múltiples aspectos, del todo semejante a la de cualquier campesino de esa región. Habitaba en un jacal y las faenas propias del campo absorbían gran parte de su tiempo. Sus dos hijos varones, Miguel y Emilio, le ayudaban a cultivar el pedazo de tierra cuyos productos suministraban el familiar sustento. Paralelamente al desempeño de sus diarias actividades agrícolas, don Miguel cumplía, rigurosamente, con las múltiples y complejas obligaciones que le imponía su cargo de máximo responsable de la preservación de una milenaria herencia cultural.
La adaptación de Uriel a un medio ambiente por completo distinto al que estaba acostumbrado no fue nada fácil, pero se realizó sin embargo en menos tiempo de lo que él mismo esperaba. En unas cuantas semanas el joven arquitecto edificó una modesta pero confortable casita cerca del jacal de don Miguel. La obtención de los escasos recursos que precisaba para subsistir fue el menor de los problemas. Retornó a su antiguo oficio de maistro de obras. Muy pronto le fueron confiadas la mayor parte de las reparaciones y construcciones que se llevaban a cabo no sólo en Malinalco, sino en varias de las poblaciones vecinas.
Las diarias actividades daban comienzo con el alba. Don Miguel era general de danza conchera y todos los días —en unión con una veintena de integrantes de su grupo entre los cuales estaba ya Uriel— se ejercitaban por lo menos dos horas en dicha actividad. Las prácticas de danza se efectuaban frente al antiguo templo azteca de los Caballeros Águilas y Caballeros Tigres. Al concluir los ejercicios cada quien se marchaba al cumplimiento de sus personales obligaciones. Normalmente Uriel no volvía a ver a don Miguel sino hasta el anochecer, cuando éste acostumbraba platicar junto a su jacal con los numerosos visitantes que acudían a verle. Su charla era en extremo amena y en ella se abordaban muy variados tópicos, recayendo las más de las veces en cuestiones relacionadas con los conocimientos de los antiguos sabios náhuatl a los cuales don Miguel daba siempre el nombre de “toltecas”.
Aun cuando Uriel consideraba que las enseñanzas que obtenía por medio de estas pláticas eran en extremo valiosas, llegó a la conclusión que lo verdaderamente fundamental del sistema de aprendizaje a que estaba sujeto lo constituía la danza. Al igual que la inmensa mayoría de sus compatriotas, Uriel ignoraba todo en cuanto a la danza conchera se refiere. Sus conocimientos al respecto no iban más allá de haber visto en los atrios de las iglesias a grupos de danzantes, ataviados con atuendos prehispánicos ejecutar sus rítmicas evoluciones.
A través de la práctica de los ejercicios de danza, Uriel fue descubriendo con creciente asombro la existencia de toda una tradición cultural —viva y operante— que siempre había estado ante sus ojos, pero a la cual jamás había podido observar y mucho menos valorar. Para empezar, el propósito que se perseguía con la danza conchera era la antítesis misma de un mero entretenimiento. Uriel tardó bastante antes de percatarse que la ambiciosa finalidad de aquellos ejercicios era nada menos que intentar una mayor “aproximación” entre los seres humanos y su Creador. Los momentos de mística identificación con lo sagrado sólo se lograban tras de incesantes esfuerzos y su duración era comúnmente de tan sólo unos cuantos segundos; sin embargo, en aquellos instantes de total plenitud en que se perdía la noción del tiempo y del espacio, resultaba posible alcanzar una profunda comprensión de cuestiones que de otra forma eran del todo inentendibles. Uriel aprendió más sobre la auténtica realidad de su país en cualquiera de aquellos chispazos de iluminación, que lo que podía haber llegado a saber en toda una vida dedicada al estudio en los libros, sobre idénticos temas.
Las dos horas diarias de danza —así como los periodos mucho mayores que se dedicaban a ésta los domingos— eran tan sólo cotidianos ejercicios para mantenerse en forma con miras a las ocasiones solemnes en que dicha danza se practicaba. Esto ocurría varias veces al año, cuando todos los integrantes del grupo del cual don Miguel era general —en unión de otros muchos contingentes bajo el mando de diferentes generales y capitanes— se concentraban en diversos lugares del centro del país. Entonces las danzas se prolongaban por varios días y era cuando casi siempre se alcanzaban los instantes de superior comprensión. Los cinco lugares que don Miguel consideraba más importantes —y a los cuales debía acudirse a danzar por lo menos una vez al año— eran: Amecameca, Chalma, Los Remedios, el Tepeyac y Tlatelolco.
Contemplar a don Miguel danzando constituía un fascinante espectáculo, cada uno de sus movimientos ponía de manifiesto el impecable dominio que poseía de sí mismo y la poderosa voluntad que lo animaba. Su figura correspondía a la imagen arquetípica del guerrero y el vocablo que describía mejor la actitud que caracterizaba su personal forma de encarar la vida era la palabra “osar”.
Desde los primeros días de su estancia en Malinalco, Uriel intentó obtener mayor información respecto al anunciado retorno de Cuauhtémoc, tema que le interesaba sobremanera. El Supremo Guardián de la Tradición Náhuatl no contestó a ninguna de sus preguntas. Meses después, cuando se encontraban en Chalma dedicados a ejecutar durante una semana danzas que se prolongaban de la mañana a la noche, don Miguel reveló a Uriel los trascendentales acontecimientos que estaban por ocurrir en el país: el emperador había renacido y se mantendría oculto en alguna parte hasta cumplir los veinte años. Llegado ese tiempo se manifestaría públicamente. Ello ocurriría la noche anterior al Equinoccio de Primavera del año de 1968. Esa noche, que sería crucial no sólo para el futuro de México sino de toda la humanidad, Cuauhtémoc llegaría a Teotihuacan a librar una difícil batalla. Su oponente sería la cadena de ilusorias ensoñaciones con que la Luna mantiene presos a los seres humanos. Si el emperador salía derrotado en el decisivo encuentro no existía ya esperanza alguna para México. Si salía triunfante se iniciaría un auténtico renacimiento de la postrada nación.
Cada vez más consciente de la singular importancia de la época en que le había tocado en suerte vivir, Uriel incrementó sus esfuerzos encaminados a obtener el máximo aprovechamiento de su estancia en Malinalco. No obstante, cuando faltaba poco más de un mes para que se cumpliesen dos años del inicio de su aprendizaje, éste llegó bruscamente a su término. Con la sinceridad y concisión que le eran características, don Miguel expuso las razones por las que había decidido dar por finalizada su enseñanza. Estaba convencido de que Uriel poesía los atributos necesarios para llegar a ser un Auténtico Mexicano; sin embargo estimaba que no le sería posible lograrlo si se atenía a los métodos toltecas, debía, por tanto, buscar en otros sitios medios más adecuados para realizar su propósito.
Desconcertado, Uriel replicó que no tenía ni la menor idea de a dónde dirigirse para proseguir su búsqueda. Don Miguel le aconsejó que se encaminase hacia las tierras mayas, ahí se había desarrollado en el pasado una Tradición diferente a la Náhuatl pero igualmente valiosa, quizás era ésta la que le convenía seguir.
Hubo una gran fiesta para despedir a Uriel a la cual acudieron varios centenares de personas. El festejo duró hasta el amanecer y algunos de los convidados, que habían bebido en demasía, tuvieron que ser retirados prácticamente a rastras. Antes de marcharse de Malinalco, Uriel obsequió la casa que había edificado a uno de los hijos de don Miguel que estaba próximo a casarse.
•
Uriel se estableció en Mérida e inició una nueva actividad para obtener los necesarios medios de subsistencia. Todas las mañanas se dirigía a una de las zonas arqueológicas y elaboraba dibujos de algunos de sus monumentos, vendiéndolos luego a los turistas. Con gran alegría se percató que había progresado considerablemente en lo tocante a captar en el papel los sentimientos que prevalecían en las construcciones prehispánicas, pues si bien éstas no le revelaban sus más íntimos secretos, parecían al menos dispuestas a manifestarle algo de su real forma de sentir.
Uriel sabía ahora que no podía hacer nada para forzar su admisión como discípulo del Auténtico Mexicano que de seguro habitaba en la zona maya, sino que sería éste quien le haría saber su decisión cuando así lo juzgase conveniente. El esperado encuentro se produjo tras de un mes de diarias visitas a las ruinas. Fue una tarde en Chi Chen Itzá. Uriel llevaba casi ocho horas elaborando un boceto de la pirámide denominada “El castillo”. Al contemplar su obra sintió una gran satisfacción. Había logrado poner de manifiesto en el dibujo que “El castillo” —al igual que todas las otras construcciones toltecas edificadas en la zona maya— se hallaba poseído por una mezcla de contradictorios sentimientos, derivada de saberse conquistador y extraño en una tierra que no era la propia.
—¿Cuánto por el dibujito?
Uriel dio la media vuelta para saber quién había formulado la pregunta. Se trataba de un hombre con los rasgos y ropajes típicos de los campesinos yucatecos. El perfil de su rostro era clásicamente maya y su cuerpo era delgado y de escasa estatura. Una inteligente y vivaz mirada chispeaba en unos ojos negros y profundos. Su edad oscilaría alrededor de los cincuenta y cinco años.
Uriel no deseaba vender el dibujo sino conservarlo. No queriendo rechazar abiertamente una posible oferta de compra optó por dar a su obra un precio que estimaba sería considerablemente superior a la capacidad económica del presunto adquirente.
—Vale cien pesos —contestó.
Sin decir palabra el campesino depositó en la mano del desconcertado arquitecto un billete de la cantidad indicada. Acto seguido, tomando con rápidos movimientos la hoja de papel, la apretó unos instantes contra su pecho para luego rasgarla en cuatro pedazos que arrojó al suelo.
—¿Por qué hizo eso? —inquirió Uriel presa de un sentimiento de furia.
—¿Qué no era mío?
—Pues sí, pero si hubiese sabido que lo quería para destruirlo no se lo vendo.
—No fue una venta, fue un robo. Cien pesos son diez mil centavos. Eso es más de lo que gasta mi familia en un mes.
—Si se le hacía tan caro, ¿por qué lo compró? —preguntó Uriel cada vez más extrañado del inusitado giro que estaba tomando la conversación.
—Es que no aguanté ver lo mal que le había salido el dibujo y lo compré para poder romperlo.
—¿Qué tenía de malo? A mí me pareció que estaba bastante bien. ¿Qué usted sabe mucho de dibujo?
—Yo no sé nada de nada, pero al menos tengo ojos para ver. No como usted, que ni siquiera pudo ver eso.
Al tiempo que decía lo anterior, la curtida mano del campesino fue señalando la sombra que los declinantes rayos del Sol proyectaba en esos momentos en los nueve cuerpos escalonados que integran “El castillo”. Asombrado, Uriel se percató que dicha sombra representaba con toda claridad la figura de la serpiente emplumada, símbolo de Quetzalcóatl. No podía tratarse de una simple casualidad, sino de otro prodigio más de la arquitectura de cósmicas características desarrollada por los antiguos mexicanos.
Uriel hubiera dado cualquier cosa por poder plasmar en su dibujo aquella sombra antes de que ésta se desvaneciese. El desconcertante sujeto pareció adivinarle el pensamiento. Con veloz ademán introdujo la mano por debajo de su camisa y extrajo, sin un solo rasguño, el dibujo de Uriel.
—Si quiere se lo vendo —afirmó con sorna.
Uriel enmudeció de sorpresa. Agachándose recogió del suelo uno de los desgarrados pedazos de papel. Estaba en blanco. Comprendió entonces que todo había sido un hábil juego de manos. El hombre había ocultado bajo su camisa el dibujo sustituyéndolo por una hoja en blanco que era la que había roto.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó el arquitecto.
—Cien pesos y un centavo.
—Aquí los tiene —dijo Uriel entregando la cantidad solicitada, luego añadió—. Si cuando termine el dibujo ya no le parece tan malo me gustaría obsequiárselo. ¿Dónde podría localizarlo?
—En Dzidzantún. Si va por ahí pregunte por don Gabriel.
El campesino se alejó y Uriel se puso a copiar en el papel la singular sombra que observaba en la pirámide. Se sentía feliz. No tanto porque estaba concluyendo el mejor dibujo que jamás hiciera, sino porque tenía la certeza de haber encontrado al Depositario de la Tradición Maya. Era el 21 de marzo de 1950.
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Don Gabriel, el Supremo Guardián de la Tradición Maya, vivía en Dzidzantún, una pequeña población situada a setenta y ocho kilómetros de la ciudad de Mérida. Poseedor de la titularidad de los derechos de una árida parcela, obtenía de ésta recursos menos que escasos. La fuente principal de sus ingresos provenía de sus actividades como ilusionista y prestidigitador de plazuela. Deambulando por ferias y mercados de toda la región, ejecutaba diversos actos de magia que sus numerosos espectadores premiaban con nutridos aplausos y una que otra moneda. En ocasiones cambiaba de giro y se dedicaba a vender los sabrosos dulces caseros que su esposa —ya fallecida— había enseñado a elaborar a sus hijas. Todo esto era sólo el aspecto exterior, en realidad su vida estaba consagrada a tareas mucho más importantes.
Uriel acudió a Dzidzantún al día siguiente de que conociera a don Gabriel en Chi Chen Itzá. No lo encontró y tuvo que regresar dos días después. La entrevista fue larga. El arquitecto relató sus peripecias en el camino que llevaba recorrido en busca de la Auténtica Mexicanidad. Concluyó mostrando el terminado dibujo y reiteró su intención de obsequiarlo a su interlocutor si éste lo juzgaba aceptable. La inteligente mirada de don Gabriel se posó unos instantes en el esbozo contenido en el papel, luego tomó éste y lo clavó a modo de adorno en una de las paredes de la habitación.
—Hay mucho que estudiar para poder estar seguro de no saber nada —aseveró—. Si de verdad quiere convertirse en Mexicano siguiendo la senda que emplearon los mayas, tendrá que descifrar el códice —al decir esto, sus expresivas manos describieron un amplio círculo que al parecer intentaba abarcar al Universo entero—. Véngase a vivir al pueblo. Ya que es arquitecto podrá hacer algo para reparar Santa Clara. Hablaremos con la gente y con los que dicen ser autoridades para conseguir ayuda y permisos.
Edificados en el recio estilo de fortaleza que caracteriza a la arquitectura religiosa yucateca de la época de la Colonia, el convento y la iglesia de Santa Clara en Dzidzantún son dos de las más notables construcciones de esa época y lugar. Templo y convento se hallaban en un lamentable estado de abandono. Don Gabriel y Uriel se dieron a la tarea de recabar fondos para iniciar su reconstrucción. El arquitecto se trasladó a vivir al convento, acondicionando una de sus derruidas celdas como provisional habitación.
Una vez más aguardaba a Uriel la sorpresa de constatar que un pasado aparentemente olvidado y muerto cobraba vida ante sus ojos. Conquistada ya la plena confianza de don Gabriel, éste le mostró un día el milenario códice que mantenía oculto en un disimulado escondite existente en el techo de su humilde morada. Se trataba de un documento por el que cualquiera de los mejores museos del mundo habría pagado gustoso una cuantiosa fortuna. Toda la insuperable cosmovisión alcanzada por los anti
