Prefacio
Todo objeto de deseo se vuelve en la imaginación, en la fantasía, fetiche. Fetiche, del latín facticius: artificial, y facere: hacer. Aparente contradicción: no es el objeto pero es igual —o incluso más—. La parte por el todo, o el todo por la parte. Sinécdoques y metonimias del deseo. ¿No es acaso la esencia de Lolita o del deseo mismo? ¿Ser encarnaciones o sucedáneos del objeto amoroso perdido, de ese inefable placer que nunca se ha de volver a recuperar? Cómo no recordar el mito de la hija de Butades que explica el origen de la pintura, según Plinio, como un acto amoroso por preservar la huella del amado que partía —pero también el origen y la esencia del deseo, según nosotros.
El presente libro se estructura a partir de cuatro núcleos temáticos. En el primero, “Lolita: fundación de un mito”, se abordan algunas peculiaridades en torno al personaje nabokoviano. En el segundo, se indagan varios antecedentes del mito, con especial atención a Alice Liddell —no tanto la niña en quien se basó el personaje de Alicia en el País de las Maravillas como a quien fotografió Lewis Carroll con singular fascinación—, por considerarla una de las hermanas menores de Lolita. Algo semejante a lo que sucede con el personaje de Caperucita roja, a quien también está dedicado un análisis más puntual. La tercera sección explora un territorio todavía virgen en la arqueología de las Lolitas: la interioridad de la nínfula, pues más allá de la mirada deseante que la objetualiza, son pocos los trabajos que se atreven a surcar y sumergirse en el océano de turbulencias de la propia niña-mujer. Por último, la cuarta sección analiza algunas de las más destacadas creaciones de nínfulas en artes como la pintura, la fotografía y particularmente el cine, cuya capacidad de definir iconografías masivas ha resultado determinante en este tema.
En ningún caso es un trabajo exhaustivo, pero sí vehemente como el deseo y la perturbación a que da origen la presencia resplandeciente de la nínfula en la cultura de nuestros días. Sin embargo, confieso que en el transcurso de indagar en esa fascinación fui descubriendo una peculiaridad en la mirada deseante que tamiza y polariza la imagen del objeto de deseo hasta convertirla en una proyección fantasmática. Un ego erotizado, un gólem, un simulacro más resplandeciente y poderoso por cuanto lo anima el anhelo de quien contempla, de aquel que con el solo acto de mirar crea y recrea un personaje libidinal propio —que habla tanto o más del sujeto deseante que del objeto adorado—. No en balde, el narrador y protagonista de Lolita reconocerá en un momento de lucidez estas palabras clave: “lo que había poseído frenéticamente, cobijándolo en mi regazo, empotrándolo, no era ella misma, sino mi propia creación, otra Lolita fantástica, acaso más real que Lolita”.1
Se trata, en gran medida, de lo que Jean Gattégno, el especialista en Carroll, llama el “discurso del deseo”.2 Un discurrir que hiere al ser anhelante —llámese Humbert o Carroll—, que lo convierte en vasallo o prisionero, más que de la amada púber o niña, en esclavo de su propio deseo. Ya lo decía Julián Mercader en el comienzo de Las Violetas son flores del deseo: “La violación comienza con la mirada”, y más adelante: “Innumerables consecuencias se derivan del acto de mirar. Ahora puedo afirmarlo con certeza: todo empieza con la mirada. Por supuesto, la violación, la que se padece en carne propia cuando un ser o un cuerpo se prodigan con criminal inocencia”.3
Codiciada y anhelada desde el deseo amante, la niña-mujer se transforma en una imago que desata ansiedad y culpa al grado de que se busca responsabilizarla por la pasión que despierta. Como en el caso de Caperucita, otra de las hermanas menores de Lolita, que evidencia la circulación del deseo provocado por una pequeña virgen, y a quien Charles Perrault castiga con particular vehemencia, haciéndola perecer devorada por el lobo, cuando en las versiones populares previas la joven engañaba a su predador y salía victoriosa del trance
