Novia que te vea

Rosa Nissán

Fragmento

Novia que te vea

2o año.

Todas las noches me hinco junto a la ventana, veo fijamente una estrella que a lo mejor es mi ángel de la guarda, digo el Padre Nuestro para Dios y el Ave María para la virgencita. Aunque sea hija de judíos, espero que alguno me siga todo el día como a mis compañeras de clase. Hoy pedí que no me cambien de escuela; quieren meterme a un colegio Guadalupe Tepeyac, no me dejes que me vaya por nada de este mundo y menos ahora cuando ya voy a pasar a tercero, el más difícil de la primaria. Sólo aquí y con tu ayuda podré pasarlo. Te prometo hacer lo que me pidas, cumplir con los mandamientos, ir los sábados al catecismo y el día que me muera seré el ángel de la guarda de quien tú me digas.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

A las ocho de la mañana antes de empezar a estudiar, se reza; juntamos las palmas de las manos cerca de la boca, cerramos los ojos y decimos la oración al mismo tiempo; se oye padrísimo. Con la mano derecha nos persignamos y nos sentamos a estudiar. Los pupitres son bonitos, la tapa se levanta y dentro guardamos los útiles. Yo tengo la contratapa decorada con estampas: en medio a Santa Teresita que me encanta, y en los cuatro lados, a otras virgencitas llenas de flores alrededor; me paso el día dándoles de besitos para que me cuiden.

Cuando cumplimos con las tareas o nos disciplinamos, las misses nos premian con otra estampita. Yo soy de las que mejor se portan y una de las que más tiene. Sólo que las escondo porque a mi mamá no le parecen. Eso sí, ve cómo me persigno en las mañanas. El otro día me dijo: “Preferiría que te salieras a la hora de los rezos”, pero yo no quiero; preguntarían por qué me salgo y además a mí me gusta rezar.

Ayer en el recreo estaban haciendo montoncitos de arena y al moverme para agrandar el castillo le pisé el suyo a una niña. Se enojó tanto que me echó tierra en los ojos y me gritó: “¡Judía!, ¡judía!”. Al oírla me asusté, la mayoría de las niñas no lo sabe. Se fueron juntando y en un ratito ya eran varias las que gritaban: “¡Ustedes mataron a Cristo!”, y me ponían la señal de la cruz casi en la cara mirándome como si yo fuera el diablo, y les grité: “¡Mentira!, no soy judía, digo mis oraciones y me confieso como ustedes”.

Ya es casi la una de la mañana. No puedo dormir; sigo viendo cómo me echan tierra.

El sueño del infierno me persigue. La semana pasada soñé lo mismo, el fuego regresa a visitarme a mi cama y se presenta una y otra vez. La oscuridad ilumina con llamas amarillas, olas de fuego anaranjadas y rojas, las tumbas se destapan como alcantarillas, la gente sale de ellas para caminar hacia donde está Dios. Él nos va a premiar o castigar. Sólo veo tapas que se abren, resucitados que empiezan a caminar. “El juicio final, ahí estaremos algún día —dijo la madre María—. Entonces sabremos si hemos ganado el cielo o si nos saldrán cola y cuernos.” Los que van al infierno harán cosas para que los niños se vuelvan malos.

Anoche bajaron los vecinos del dos y sacamos la lotería. Mi cartón tenía “el diablo” y perdí, porque el malvado no salió. Ese diablillo rojizo anduvo bailoteando con sus ojos maliciosos en mi sueño cuando era de noche: agarrado de un tenedor de fierro remueve las cenizas, va y viene, se mete por donde quiera, me ve de reojo, me enseña sus cuernos y el filo ardiendo de sus tenazas. A mí me da un miedo horroroso imaginar que ese día pudiera llegar. Ojalá que nunca venga. ¿Por qué tendremos que andar desnudos tantos y tantos muertos resucitados? A mí me da pena que me vean desnuda y tener que salir ese día sin nada y que me vean. ¡Qué castigo tan espantoso! Encontraré a esa gente que murió hace miles de años, Benito Juárez, Napoleón, Miguel Hidalgo y Costilla, mi otra abuelita, la Cenicienta, Cuauhtémoc. Y ¿cómo va a andar él, si le quemaron los pies? De seguro se va a levantar completito, dicen que para Dios nada es imposible y… a lo mejor resulta divertido, si me va a tocar conocer tanta gente, pero… ¿desnuda? ¡Ay, no!, ¡qué pena!, y ni con qué taparse.

Amarás a Dios por sobre todas las cosas. (Lo amo y le rezo).

No jurarás el nombre de Dios en vano. (Ya no voy a jurar, cuando jure algo que es mentira voy a hacer la cruz mal hecha, y el juramento no vale.)

Honrarás a tu padre y a tu madre.

Santificarás las fiestas.

No matar.

No fornicar. (Éste me lo salto, quién sabe qué quiere decir.)

No robar.

No levantar falso testimonio, ni mentir. (Mentiras digo poquitas, además es lo peor que le puedo decir a mi mamá.)

No desear la mujer del prójimo. (No entiendo, ¿cuál mujer?)

No codiciar las cosas ajenas. (Lo cumplo, nunca deseo lo que no es mío.)

Si tan sólo respeto esto, de segurito me voy a ir al cielo, lo que me da gusto es que los diez mandamientos son iguales para los judíos que para los católicos, ¡al fin algo igual!, los puedo repetir en la escuela igual que en mi casa, ¡siquiera! Es fácil cumplirlos, porque eso de irme al infierno es horripilante. Quiero irme al paraíso, seré un ángel como el de las estampitas, me gustaría parecerme a este de en medio y ser invisible. ¡Qué maravilla ser invisible!, estar en todos lados volando de aquí para allá, ver sin que me vean, ahora sí me podré acercar y llegar al oído de los niños y decirles: “¡No le hagas caso al diablo!, regálale tu domingo a ese viejito, presta tus colores aunque te rompan las puntas”. Dicen que por el oído izquierdo llega el diablo a decirle al niño que haga travesuras y por el derecho su ángel de la guarda le aconseja que sea bueno. Estos angelitos rubios vestidos de azul clarito con alas transparentes viven en el cielo y pueden ver a Dios, a la Virgen y a todos los santos y platicar con ellos. “Cruz, cruz, que se vaya el diablo y que venga Jesús.” Diablo panzón, no vengas conmigo, ¡vete!, ¡vete para siempre! Ya sé que estos diablillos son muy insistentes y a cada rato vuelven a tu oído y te dicen: “¡Róbale esa pluma, pégale a tu hermana, jálale la trenza, búrlate de ella!”; a veces te convencen, porque el diablo les enseña las mañas y son bien abusados.

Mis ropajes serán blancos, volaré de un lado a otro, aconsejaré el bien a los niños, no importa de qué país sean… Aunque no sé si me gustaría ser ángel de niño judío; escogeré un católico apostólico romano. Algún día iré camino al cielo, me brotarán alas de un material frágil como la carne de los pollos y de las nubes echaré cubetazos de agua para que los de abajo sientan llover.

Las niñas del salón reciben regalos y tienen fiestas dos veces al año: en su cumpleaños y en el santo, pero entre los judíos no se festeja el santo. La miss me preguntó cuándo es el mío. Lo único que se me ocurrió contestar es que le voy a preguntar a mi mamá. Santa Oshinica seguro no hay. Voy a buscar en el calendario; si hay santa Eugenia, ya me salvé.

Como vivimos en la calzada de Guadalupe podemos ver las peregrinaciones que pasan todos los días hacia la Basílica, vienen cantando, bailando, riendo; beben abrazados unos a otros, cargan a sus hijos, sus enfermos, su comida, sus cobijas. Cada grupo trae un jefe que los cuida y dirige para que no los alcancen las peregrinaciones de atrás.

Apenas los oímos, salimos corriendo al balcón, no nos cansamos de verlos, a veces los grupos son como de tres o cuatro cuadras y cuando acaban de pasar, hasta da tristeza, pero en estos días tan cercanos al santo de la Virgen pasan a cada rato con diferentes estandartes, todos con la imagen de la Guadalupana, la madre de todos los mexicanos, del pueblo de México, bordada en hilos de oro.

Han de divertirse muchísimo, vienen de Toluca, de Querétaro, de Pachuca, de muchos lugares. Cuando pasan por la casa, empiezan con las “Mañanitas”, felices porque van a llegar a donde se apareció por primera vez la Virgen; muchos traen los ojos llenos de lágrimas de la emoción de estar cerca, otros vienen ya de rodillas, y eso que todavía faltan quince cuadras para llegar.

La Villa huele a gorditas. Y es que en los alrededores de la Basílica hay mujeres sentadas en cualquier escaloncito de la calle, calentando en un comal tortillas de masa así de chiquitas como los quintos, bueno, un poquito más grandes, las venden de cinco en cinco o en paquetitos de diez, envueltas en papel de china de colores.

Algunas veces entramos a la iglesia a oír misa; otras, caminamos entre los puestos, luego subimos al cerrito que alcanzamos a ver desde la ventana de la casa; en la punta hay una casita blanca con una cruz arriba; es ahí donde le sucedió el milagro al indio Juan Diego. De verdad, ¡qué suerte tuvo! Ojalá que un día se me aparezca a mí; si es milagro a mí también me puede pasar. Ya después bajamos y, para regresar, tomamos el tren que se va por la calzada de Guadalupe; así no nos tardamos y mi mamá no se da cuenta de que de nuevo fuimos a la Villa.

Les creí, les creí a mis papás cuando dijeron que no fueron los judíos quienes mataron a Cristo.

—Si te vuelven a molestar diles que Jesús fue judío, que hizo su Bar mitzvá.

—¡Ay, papá, cómo crees que les voy a decir eso!, se van a enojar.

Como mi mami se fue a Monterrey a ver a mi abuelito, Micaela se apuró con el quehacer y nos llevó otra vez a la Villa, se encontró con unas amigas y nos acompañaron, al ratito oí que una le decía:

—Te dije, Mica, que no trabajaras ahí; el dinero que pagan los judíos no rinde, se va lo mismito que el agua.

Me hice la desentendida, la verdad yo no sé ni qué decir cuando oigo eso, y además qué tal si luego me salen con eso de que también mataron a Cristo, porque todo el mundo ya lo sabe. Luego entramos un ratito a la iglesia del cerrito y me le quedé mirando al Cristo crucificado, de veras… ¡cómo lo dejaron! Una señora que estaba hincada junto a nosotros lloraba nomás de verlo chorreando sangre, ¡pobrecito! ¡Cómo no odiar a quien hizo esto! ¡Malvados! Hace tantos años y todavía se siente horrible; si esa señora que está chillando supiera que soy judía, capaz que me mata. Lo bueno es que Micaela me quiere mucho y no va a ir con el chisme y lo judía no se nota a primera vista. Yo francamente prefiero ser judía a negra. Pero si hasta a mí me da coraje y tristeza. ¡Mira que clavarlo en una cruz! ¡De veras! ¡Qué gente tan espantosa!

En la esquina de mi casa hay una sedería y las dueñas Bertita y Bicha son amigas de mi mamá; viven en la trastienda a nivel de la calle, hacen pasteles, los adornan tan bonitos que yo me quedo las horas viendo cómo levantan un piso sobre otro, luego otro más. Hacen desde las muñecas, con pinturas y alambres van formando las flores dulces, azules, amarillas y rosas. Cuando salen los de novia, me parecen los más bonitos, pero cambio de opinión si veo los de quince años con su muñeca bajando por cada uno de los escalones de caracol. Paso muchos días con ellas, entre amarillos, rosas y azules de azúcar glas.

Las muñequitas no se ven tan bien, sino hasta que les formamos su vestido con un pedacito de tul y se lo pegamos con dulce en la cintura, luego tapamos los pliegues con la pasta que meten ellas en la dulla, y se simula la pretina; entonces ya se ven elegantísimas.

Con pintura decidimos si van a ser morenas o güeras y ellas son como nosotras las hacemos, ¡pobres!, pero siempre lindas.

Bichita y Bertita son amigas de un padre que da catecismo los sábados en la iglesia más cercana de la casa y nos enseñan a rezar. Van muchos niños; desde que me persigno encuentro más rápido cuál es la mano derecha, pues es con la que se hace la cruz; al terminar nos dan esos dulces de anís que me encantan. Yo nunca falto, al cabo ellas le dicen a mi mamá que me quedo ayudándolas a adornar pasteles y me voy al catecismo a escondidas, porque quiero hacer mi primera comunión y sólo ellas me pueden ayudar a salvarme del juicio final, y a lo mejor por mí Dios perdona a toda mi familia.

En la colonia Industrial vivimos varias familias de paisanos; son los amigos más queridos de mis papás; desde antes de casarse eran íntimos. Mi mamá presentó a Max con Fortunita, su esposa; ellos también tienen niños y nos queremos mucho; yo soy la mayor. Hoy mi mamá y las otras señoras decidieron ir a un colegio judío que está en la colonia del Valle, a ver si juntándonos todos pueden mandar un camión a recogernos hasta aquí.

Cuando regresamos de la escuela supimos que nos habían inscrito.

¿Todos estos niños también mataron a Cristo? Los vi tan tranquilos que pensé: Ni parece que lo hicieron. Ya ni se han de acordar. Juegan a las canicas, a la roña, a los encantados, a todo lo que jugaba yo en la otra escuela. ¿Serán iguales? No se les nota para nada que son judíos.

No sé por qué, pero no me dan ganas de ser amiga de ninguno.

¡Qué distinto es el tercer año! Estoy aprendiendo las tablas de multiplicar, además empezamos a usar tinta y es muy difícil acostumbrarme al cambio. Con lápiz era más fácil, no se manchaban los cuadernos, ni las mochilas, ni los dedos, ni nuestros delantales de cuadros. Traemos tinteros y un manguillo para empezar poco a poco a mejorar las tareas; es que el lápiz se borra, por eso es mejor la tinta. Esto ya es un cambio en la vida. Nos consideran grandes, por eso usamos tintero.

El maestro Gómez es el más exigente de la primaria y el más malo. A mí me tocó con él. De ocho a nueve nos pone a hacer rueditas de humo, pone el ejemplo y hace en el pizarrón las ruedas engarzadas usando el brazo suelto, dice que son ejercicios de caligrafía y que no les entiende a nuestros jeroglíficos. A mí es lo que más me gusta hacer, y cuando las trabajamos en clase es cuando el maestro me da menos miedo.

Mi mamá está muy contenta porque me tocó él de maestro; dice que es muy exigente y por eso es bueno. Aunque lo sea, tiene cara de malo; por eso me siento hasta atrás y medio escondida para que no me encuentre cuando pregunta; el otro día me llamó tres veces y yo estaba ida, no lo oía; las misses eran buenas. Con voz de enojado nos llama por nuestros apellidos, se para como un soldado, yo creo que ni en su casa se ha de reír jamás.

El camión de la colonia Condesa y de la Roma es el que se sigue hasta la colonia Industrial. Ya tengo una amiga que se llama Dorí; va en mi clase y en el camión.

En la tarde regresamos a la escuela para aprender hebreo; es un idioma muy raro, se escribe de derecha a izquierda, exactamente al revés del español. Ahora sí cuando mi abuelo regañe a mi papá o a mi abuelita le voy a entender. ¡Ah!, ya me acordé, si lo que hablan en casa de mi abuelito es persa, el hebreo sólo lo usan en las fiestas; ¡bueno, pues aunque sea!

Ya Max y Fortuna se cambiaron a la colonia Hipódromo para estar más cerca del colegio Sefaradí y vivir entre paisanos. Las otras familias andan buscando por ahí también.

—¡Ándale, Shamuel, necio no seas, qué te vas a hacer solo y arresecado en la Villa, tú y tu musher con cara de flor! ¡Qué te quedó en basho, venimos juntos y te vamos a llevar; en la esquina de nuestra casa hay un departamento vacío en el quinto piso y está barato! ¡Ven a verlo el domingo, está vista de ver!

Le dije a Dorí que fuera a ver dónde quedaba la calle de Cholula esquina con Campeche porque a lo mejor ahí nos vamos a cambiar. Se puso feliz; dice que es a una cuadra de su casa y que es un edificio precioso.

No puedo creerlo, vivir tan cerca de mi mejor amiga. Ya nomás estoy esperando que llegue el día en que voy a ser su vecina.

Ahora que están terminando un cine cerca de la casa nos vamos a cambiar; tardaron tantísimo en construirlo que no llegamos a estrenarlo; la única vez que he ido al cine fue porque un domingo en la mañana me invitó el señor Max, nos llevó al Alameda, ¡qué cine!, se oscureció y parecía que estábamos en una calle; de los dos lados había casas muy bonitas; no sé si adentro vive gente, no lo sé, pero a lo mejor eran las estrellas. ¡Qué película! ¡Qué suerte tienen los hijos del señor Max en ir a cada rato!; a nosotros nunca nos ha llevado mi papá; con eso de que trabaja hasta los domingos y mi mamá cierra las persianas a las seis de la tarde, nos mete a la cama, dice que ya es de noche y de noche no se sale a la calle. Yo creo que jamás volveré, si por lo menos pudiera ver otra vez esa película…

Es la primera noche que vamos a dormir en la casa nueva y estoy muy emocionada; ya quiero que amanezca porque Dorí va a venir por mí para llevarme a conocer su casa; quiere que vea qué cerca estamos. ¡Qué casualidad!

Está bonito este edificio color de rosa, mi color preferido; claro, porque soy mujer. Lo único que me gusta de ser mujer es que nos toca el color rosa, que es más lindo que el azul. Todo el piso es de nosotros, sólo son cinco departamentos, vivimos en la esquina, con balcón de los dos lados de la calle. Del lado de Cholula es por donde sale el sol, está la sala y el comedor, y se ve el Popo; del otro lado está el cuarto de mis papás y el de mis tres hermanos; ya no vamos a dormir revueltos hombres y mujeres; en un cuarto nos tocó a las tres mujeres y a los tres hombres en otro. ¡Qué coraje!; antes era más divertido; si por lo menos se quedara Moshón conmigo; se va a aburrir con los chiquitos. Hay dos baños, uno chico y uno con tina, la cocina es tan grande que nos cabe un desayunador y la lavadora, y en el balconcito mi mamá puso la penca de plátanos. La estancia tiene un balcón largo con flores. Me asomé por la ventana de mis hermanos que da a la calle y vi el anuncio luminoso de un cine. Sería divino (no, no se dice divino, divino sólo es Dios nuestro señor), digo, sería precioso tener al fin un cine tan cerca. Se llama Lido; si esto es verdad ya no tendré que esperar, porque ya está listo y funcionando. ¡Qué colonia tan elegante! Por aquí sí tengo un chorro de amigos de la escuela, dondequiera hay paisanos; a lo mejor ni hay católicos, no estoy segura.

Todos los que vivíamos en la colonia Industrial ya nos pasamos para acá y quedamos muy cerca unos de los otros. Hasta mi abuelito dejó su casa en calzada de los Misterios y compró una en la colonia Roma, en la calle de Chihuahua, cerca de un parque que tiene una fuente grandísima llena de agua, y ¡qué casa!, ésa sí que es preciosa: tiene un patio interior con piso y paredes de azulejo, como cien macetas en el suelo y otras colgando; las hay con helechos, geranios y otras flores; de día parece que brillan, porque el techo del patio es amarillo casi transparente. Me gusta mucho llegar a su casa. Entrando, se suben unos cinco escalones, y hay alrededor del patio un pasillo con barandales y plantas y más plantas. Las macetas que más me gustan son unas ollas hechas de cachitos de platos rotos de esos que usamos en la casa, con los mismos dibujitos; por cierto, los platos que esta vez compró mi mamá en La Merced están mil veces mejor que los viejos, conforme va uno terminándose la sopa, va apareciendo un osito, un perrito, un pato y ¡qué gusto descubrirlo! Ojalá que estos no se rompan tan pronto.

No sé por qué las amigas de mi mamá la compadecen tanto porque vivimos en el quinto piso; no es tan cansado llegar, y además hacemos algunas cosas para facilitarnos la vida, si viene el cartero, el lechero, alguien, le echamos por el balcón una bolsa amarrada con un mecate, y así nos ahorramos la bajada y ellos la subida. Cuando llegamos de la escuela o de donde sea, tocamos antes por si hay que ir al pan o a las tortillas. El día que mi mamá va a La Merced se trae al muchacho que la ayuda, porque nadie de la casa puede cargar tanta bolsa los cinco pisotes.

Después de tantos días de ir al Sefaradí y de comer con el apuro de saber que nos estaba esperando el camión abajo, es un alivio vivir en esta colonia porque, cuando nos deja, muchos niños se quedan todavía en el camión; mientras los lleva y nos vuelve a recoger, tenemos tiempo de jugar en la calle con Dorí y sus dos hermanos que se vienen a esperarlo a la casa.

Ni porque vino Dorí a comer mi mamá dejó a un lado sus costumbres, nos sienta a los seis alrededor de la mesa, nos enseña que ahí está el cinturón y ni hablamos, comemos bien y rápido, ni siquiera nos peleamos y nos manda a jugar a la calle a la fuerza; no quiere que hagamos tiradero. Lo bueno es que ahí jugamos frontón o patinamos; al fin en la calle hay muchos niños. No me explico cómo esas cosas a la idiota de Dorí le dan risa. Contó que mi mamá es muy simpática y que es muy bonito tener tantos hermanos. ¿Bonito? ¡Es horrible!, y peor ser la más grande y que tengas que cuidarlos a todos por los pleitos y que te peguen más fuerte por ser la mayor. ¡Bueno… es que ella no tiene mamá! ¿Pero simpática mi mamá? Y menos cuando se enoja y me entierra sus cuatro uñas en el brazo y me saca sangre. Hoy que estaban ya casi secas las costras en forma de uñita, que me dejó marcadas la semana pasada, me las volvió a enterrar disimuladamente a la hora que le dije a mi papá algo que no debía. ¿Y yo cómo voy a saber que no quería que se lo dijera?

¡Qué bonito me parece Acapulco!; nunca creí que así de grandote fuera el mar. ¿Nunca acabará? Tuve suerte de que me invitaran; soy la única de mis hermanos que conoce el mar. Yo y mi tía Chela dormimos en un cuarto y mis abuelitos en otro. ¡Cuánto tarda mi tía en pintarse! Se pone un bilé y luego otro, se mira al espejo, luego hace una mueca, se vuelve a retocar los ojos, se vuelve a mirar de una forma, del otro lado, sonríe, se mira, se hace la enojada, se vuelve a mirar de reojo. Después de otras miradas, se acuerda de que, además de ella, en el cuarto estoy yo, y me dice:

—Oshinica, ya terminé, vamos a desayunar, si no tu abuelito nos mata, vaya a pensar que nos pasó algo, o que me tardo mucho arreglándome, y eso que aquí me dilato menos que en México, pues no me peino de “cuernos”.

Me puse la bata de crepé floreada que llega hasta el suelo, la que mi papá le compró a Chucho el del puesto de enfrente en la Lagunilla, la que uso para tapar mi traje de baño de faldita, y llegamos ataviadas al comedor en donde mis abuelitos nos esperan.

—Buenos días, papá —le besa la mano y luego a mi abuelita.

—Oshinica, ¿ya le besaste la mano a tu abuelito?

El hotel está en la punta de la montaña, y desde el comedor se ve el mar hermoso y grande. Y ¡qué linda se ve mi tía!, pienso, mientras recuerdo el traje de baño tan elegante que trae puesto debajo de la bata, y además en la petaca tiene otro sin estrenar; ése tiene una mujer echándose un clavado al mar, y un sol brillante. ¡Nunca he visto un traje más lindo!, le compran todo lo que quiere; a mi mamá no le hace gracia, dice que la cuidan tanto que la han hecho una inútil.

Conmigo es muy buena, me quiere como si fuera su hermanita; mi papá, su único hermano, le lleva quince años.

A las seis de la tarde del viernes principia Shabat, con la primera estrella que sale, y termina al otro día otra vez con la primera estrella. Yo canto en el coro del colegio porque el maestro dijo que tenía buena voz y que Moshón no, por eso voy los viernes; si faltamos no nos reciben en las bodas donde sí pagan; es la única forma en que tengo dinero, pero además voy al kal porque nos divertimos mucho. El camión pasa a recogernos antes del rezo, nos sobra media hora para echar relajo. En la esquina del kal que está en Monterrey y Bajío, entre la panadería y la tienda, se pone una señora que vende sopes, pero no siempre va. Nuestra diversión es comer, primero compramos un bolillo y un peso de chiles en rajas que nos dan en un cucurucho de papel y nos hacemos unas tortas de chile riquísimas, luego andamos bien enchilados, sacando la lengua y moviéndola; al rato un sopecito (si todavía nos alcanza el dinero).

A las siete y cuarto subimos al coro, la oración da principio con nuestras voces, más bien gritos; no sé cómo a la gente le gustan nuestros enchilados cantos; son tan tontos que hasta dicen que cantamos rebonito, y que nuestro templo es el mejor, por el coro.

Ya no me gusta bañarme con mis hermanos porque a Dorí le dio risa. Mi mamá nos mete a los cuatro grandes en la tina, se sienta en la orilla donde están las llaves del agua, enjabona mi cabeza, me entierra las uñas horribles, y me pasa al final, luego sigue Moshón y a la cola, después Zelda, Clarita y otra vez yo. Cada ocho días son tres enjabonadas a cada uno, le pedí que mejor nos bañe solos, pero dice que es más trabajo. El siguiente paso es el peor: peinarnos y hacernos las trenzas a las tres con el pelo tan largo y tan chino. Lloramos desde que nos mete el peine hasta que acaba de desenredarnos; hasta miedo da bañarse, lo bueno es que una vez trenzado el pelo no se vuelve a enredar. Las demás mañanas sólo nos deshace la trenza, nos echa limón, para que nos dure el peinado.

Todos los días mi papá se levanta muy temprano y se va a Chapultepec a remar, pero no se va hasta que nos ve subidos al camión, lo que me choca es que me obliga a tomar dos huevos tibios que es lo único que me da asco en la vida; nomás de verlos me dan ganas de vomitar, me los trago, pero casi siempre tengo que llegar al baño corriendo con las ganas.

Tien

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