PERIODISMO DEL SIGLO XXI
JOSÉ LUIS MARTÍNEZ S.
En una ocasión le preguntaron a Adolfo Bioy Casares, uno de los grandes escritores del siglo XX, sobre el futuro de la novela. “Puede ser que con el tiempo desaparezcan los libros —respondió—, que por el lado de las máquinas, de la tecnología, vengan otras cosas, pero siempre habrá novelas”.
En el periodismo se augura la muerte de las publicaciones impresas ante el incesante desarrollo de los medios digitales y la intensa actividad en las redes sociales; sin embargo, siguiendo al autor de La invención de Morel, podemos decir que, aun cuando eso suceda, siempre habrá noticias, historias, crónicas, y que para contarlas se necesitan periodistas hábiles para navegar en el turbulento mar de la información y sorprender con trabajos de calidad, reveladores, verídicos, bien escritos.
Este Manual de periodismo, publicado por primera vez en 1986, utilizado desde entonces como libro de texto en escuelas y universidades mexicanas y extranjeras, revela los pormenores de un oficio de retos constantes; el más reciente: la multiplicación de tecnologías que parecen modificar sustancialmente la forma de ejercerlo.
No es así. Como nos ha enseñado —dolorosa, trágicamente— la naturaleza, no se puede construir nada perdurable sin una base sólida. Si el piso más reciente del edificio periodístico se amuebla de manera constante con novedades y términos tecnológicos, los cimientos, profundos, poderosos, continúan siendo los mismos: el conocimiento de los géneros, las fuentes de información, las técnicas de redacción, las exigencias éticas, la actitud ante los personajes de la noticia.
De esto trata este Manual, producto de la experiencia y la reflexión, con un lenguaje didáctico y numerosos ejemplos, con definiciones y señalamientos tan actuales y enfáticos como el hecho de que ningún periodista del siglo XXI puede evadirse de las nuevas tecnologías y las redes sociales sin detrimento de su trabajo.
En una entrevista publicada en el blog del periodista y antropólogo Miquel Pellicer, Ramón Salaverría, uno de los estudiosos más reconocidos de nuestro idioma en periodismo digital, catedrático e investigador de la Universidad de Navarra, afirma que la enseñanza del periodismo “no ha cambiado el fondo, pero sí las formas y las herramientas. Y creo que aún deberían cambiar mucho más. El periodismo como profesión tiene ciertos valores y principios que no mudan con el paso del tiempo. Enseñar esos aspectos inmutables sigue siendo algo necesario hoy”. Eso, precisamente, es lo que hace este Manual: adentrarnos en los principios inamovibles del oficio periodístico, sin desdeñar lo nuevo.
Las noticias ahora se propagan por las redes sociales —los medios mismos las utilizan para este fin. En Twitter, por ejemplo, en un máximo de 280 caracteres se dan a conocer nombramientos, renuncias, convocatorias, acusaciones, críticas, muertes; se suscitan polémicas y se comparten archivos escritos, sonoros, fotográficos, audiovisuales. También, y en abundancia, se difunden noticias falsas (fake news) de las que nadie se hace responsable porque casi siempre son perpetradas desde el anonimato, sin fuentes ni datos; son bulos que al ser recogidos por comentaristas o medios poco escrupulosos incrementan su alcance y demeritan el trabajo informativo.
Por eso, la información publicada por periodistas en las redes sociales debe ser rigurosa, contundente, bien escrita. Miguel Ángel Bastenier (1940-2017), autor de libros como Israel-Palestina: La casa de la guerra y maestro de periodismo en la escuela de El País y en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, al hablar de su actividad en Twitter, decía: “es una gimnasia y una pedagogía. Inicialmente hacía eso de poner k en vez de que. Pero hay que escribir como se debe y tener la capacidad de síntesis para expresar lo que se quiere en los caracteres permitidos”.
No importa si se escriben 280 o 10 mil caracteres, en el periodismo la calidad es más importante que la cantidad y si las nuevas tecnologías imponen una velocidad inusitada en la transmisión de noticias, no todo puede ser inmediato. El mismo desarrollo de la noticia —la nota informativa— requiere un mínimo de calma para darle contexto y dotarla de fuentes, para enriquecerla con datos y detalles que le den solidez y la vuelvan más atractiva para los lectores. Ése es el camino que muestra este libro: el del rigor profesional.
La noticia —escribe Carlos Marín— “es el género fundamental del periodismo, el que nutre a todos los demás, y cuyo propósito único es dar a conocer los hechos de interés colectivo”. Este concepto, en vez de perder vigencia, se fortalece en la era del ciberespacio. Cuando la información es instantánea y no conoce fronteras, excepto en los Estados totalitarios, la noticia verídica, comprobada con fuentes oficiales o extraoficiales de reconocida credibilidad, es obligación ineludible de periodistas y medios, tradicionales o digitales.
En su conversación con Miquel Pellicer, Ramón Salaverría, autor de Manual de redacción ciberperiodística, dice:
Muchos alumnos (de periodismo) acuden a la carrera deslumbrados por las tecnologías y las herramientas. Sin embargo, lo fundamental en el aprendizaje de un joven periodista no es nada vinculado a lo instrumental. Lo que necesita sobre todo es criterio y formación intelectual para explicar la actualidad de manera certera y honrada. El periodismo es un oficio que, más que mano de obra, necesita cabeza.
En este tiempo ningún periodista (sobre todo si es joven) ignora las grandes posibilidades de las plataformas multimedia, del hipertexto, de la interactividad, de las redes sociales. Ninguno debería ignorar tampoco las técnicas y los principios básicos del periodismo que contiene este Manual, ineludibles para ejercer el oficio en cualquier medio —impreso, electrónico, digital—, si se trata de dar una noticia, de analizarla, de contar una historia.
En el periodismo contemporáneo, la información se actualiza a cada momento en los sitios web. Pero fuera de la noticia, los otros géneros requieren tiempo, preparación, búsqueda de datos, de opiniones. Nadie puede realizar una crónica, un reportaje, un artículo o una entrevista de fondo en unos cuantos minutos. Por eso, en vez de estar en trincheras opuestas, el periodismo tradicional y el digital se complementan: la calidad y profundidad del primero con la inmediatez, la actualización y los recursos gráficos y audiovisuales del segundo. En ambos casos, la esencia es la misma y es de la que habla Carlos Marín en su Manual de Periodismo que, 33 años después de su primera edición, conserva plena vigencia en un tiempo vertiginoso y extraordinario —por sus enormes retos— para ejercer lo que Gabriel García Márquez llamó “el mejor oficio del mundo”.
INFORMACIÓN, COMUNICACIÓN
Y PERIODISMO
Aun en las condiciones más elementales de existencia, los seres vivos han tenido que valerse de una determinada información para evolucionar en las distintas especies.
¿Qué comer?, ¿cómo digerir?, ¿cuándo cerrar los ojos?, ¿a quién proteger o rechazar? Las respuestas a estas interrogantes forman parte del acervo involuntario que tienen los organismos para el desarrollo de la vida y el ímpetu fundamental de la supervivencia. Pero las preguntas y respuestas del código genético no son, desde luego, las únicas que explican el desarrollo de la especie humana.
En el hombre, y sólo en él, estas cinco interrogantes se formulan con variantes prácticamente infinitas, debido a las facultades racionales que distinguen a nuestra especie. De su experiencia individual y colectiva el hombre ha logrado satisfacer la necesidad de responder otra pregunta clave de la inteligencia: el porqué de lo que sucede. Visto así, el ser humano contiene una suma ilimitada de informaciones: aquellas que proceden de la biología (propias de la especie), de su experiencia individual (rostros, afectos, aprendizaje, interacción social), las gestadas en el ámbito familiar (palabras, juegos, primeros pasos, rutinas) y las que determinan al hombre social (escuela, trabajo, política, tradiciones).
A la peculiaridad de las informaciones que nutren a cada sujeto mediante su relación con otros individuos (padres, hermanos, pareja, maestros, amigos) se añaden las de tipo general, las que se reciben a través de los medios de comunicación masiva (libros, discos, periódicos, radio, televisión, internet) y que configuran preferencias, modas, comportamientos particulares o colectivos, nuevas tendencias.
Dentro de ese grupo se encuentran los medios de información periodística, que mantienen a las personas al tanto de los hechos de interés público generados en su país y el resto del mundo.
Las empresas dedicadas al periodismo, cualquiera que sea el soporte que empleen, se encargan de localizar, procesar y transmitir información mediante la recopilación, el manejo y difusión de datos y opiniones que interesan o pueden interesar a la sociedad. Esta labor se realiza de manera periódica, oportuna, verídica y verosímil.
El periodismo es una forma de expresión social sin la cual las personas sólo conocerían su realidad a través de versiones orales, resúmenes, interpretaciones, relatos históricos y anecdotarios. Quienes se dedican al ejercicio del periodismo —los periodistas— responden las preguntas esenciales: qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué del acontecer humano.
El periodismo satisface la necesidad que las personas tienen de saber qué pasa en su localidad, en su país, en el mundo; de conocer hechos, declaraciones y reflexiones de interés común. Los buscadores de información periodística —informadores e informados— se interesan por todo aquello que repercute o puede repercutir en su vida personal y en su entorno social.
La búsqueda de información, el procesamiento y difusión de los hechos, así como su valoración, hacen del periodismo una disciplina básicamente intelectual —en cuanto que induce y conduce al entendimiento—, que se expresa a través de palabras e imágenes.
Como toda actividad intelectual, el periodismo cumple su función en la medida en que se desarrolla no solamente en libertad, sino como un ejercicio libertario, tanto de quienes lo practican como de quienes lo “consumen”. Pero la libertad en el periodismo es inevitablemente relativa, debido a la subjetividad implícita en el término; es decir, se ciñe a las condiciones históricas, a los recursos tecnológicos del momento, al acceso a la información, a la legislación, etcétera, así como al nivel cultural, grado de preparación, habilidades, perspicacia, inteligencia y aun al estado de ánimo de quienes lo ejercen y que frecuentemente le imprimen cierto sesgo.
Adicionalmente, lejos de ser una labor desinteresada e imparcial, el periodismo constituye una activa manifestación de las variadas pugnas sociales surgidas a partir de los intereses económicos y políticos que representa cada empresa periodística y de las diversas posiciones manifiestas dentro de cada institución informativa y de cada periodista. El tratamiento de los hechos periodísticos expresa un modo de percibir y analizar la realidad; proyecta una postura política e ideológica frente a los hechos.
El periodismo se ocupa de la cosa pública, del acontecer social, de los personajes y hechos que protagonizan y determinan la vida colectiva en sus niveles locales, nacionales e internacionales.
El interés público —y el periodismo, en consecuencia— tiene como límite la intimidad de las personas. La privacidad no es materia periodística, a menos que se trate de situaciones eventualmente decisivas en la vida pública.
Ante el aparente caos y complejidad de la realidad de que se ocupan, los periodistas realizan una tarea de articulación de sucesos, datos, situaciones, expresiones y formas literarias para llevar hasta los lectores, radioescuchas, televidentes o internautas una versión comprensible, sustancialmente cierta y verosímil, de esa realidad casi siempre inabarcable. Así, periodicidad, oportunidad, veracidad, verosimilitud e interés público son elementos constitutivos del ejercicio periodístico.
La selección de un tema, de los personajes generadores de información, de los documentos
