Lady metralla

Varios autores
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¿YO, BUCHONA?

CRECÍ SIN MIS PADRES. SOY DE ESAS MUJERES QUE DE REPENTE dicen en la conversación palabras de otro tiempo, y cuando le explico a la gente, les digo con una sonrisa: «Ésa es una palabra que usamos todos los que fuimos criados por su abuela».

Cuando una ha perdido a su familia, puede darse el lujo de formarla y escoger quienes serán sus parientes. No, no hablo de elegir la familia del esposo: hablo de poder decidir quién de tus amigas va ser tu hermana, qué señora que conoces y te cae bien podrá ser tu madre postiza, cuál ancianita solitaria y amable podrá ser tu abuelita de mentiras.

He observado que algunas personas que se han formado lejos de sus familias reales terminan queriendo más a la familia que se crean para huir de la soledad. Quizás porque la familia inventada da menos problemas que la familia real. Puedes pelearte con una amiga y ya no va hacer nunca más el papel de la tía de tus hijos. Simplemente dejan de frecuentarse y ya. Ahora a la gente no le pesa dejar una amistad de varios años por un comentario tonto de Facebook. Bye, next!, como dicen esas que quieren aparentar que nacieron en una cuna de color rosa y sus nanas les hablaban en inglés.

Yo siempre fui una niña fea. Flaca, dientona y pobre. Supe que era fea por las burlas de mis compañeritos en la primaria. No sabía entonces que «los que pelean, se quieren» porque nunca tuve una amiga cómplice que me revelará esos detalles. Fue después de los quince años cuando, de repente, me volví bonita. Guau, qué grato comprobar que los hombres me miraban de reojo o directamente, y que los amigos que antes se burlaban de mí cambiaban de tono cuando me hablaban; hasta los señores que antes conocí me decían «cómo has crecido, Carolina». Pero lo mejor de eso es que comprobé no sólo que era guapa, sino que también estaba buenota. Y eso aquí es como sacarse la lotería. Jamás imaginé que yo iba a tener cara, cuerpo y vida de buchona.

Una buchona es una mujer que vive o al menos aparenta pertenecer al mundo del narcotráfico. Es de rigor guapa, cuerpazo natural o esculpido por varias cirugías; cabello muy largo y lacio con un tono oscuro para resaltar la blancura y belleza de la cara. No siempre andan estas mujeres con botas o mezclilla ajustada; algunas no perdonan los accesorios dorados y con brillitos multicolores, en especial en las uñas de gel. Botas con reflejos, funda de celular jaspeada, brazaletes con diamantes de verdad en el brazo haciendo juego con un tatuaje fino. Teléfono de última generación en funda de terciopelo con incrustaciones o detalles fosforescentes.

¿Por qué aquí en Culiacán llaman «buchones» a los señores que se dedican a cultivar o transportar droga? Quien sabe, será porque algunos hablan en tono alto y hueco o porque las gentes de la sierra tienen la garganta saltada. No pocas de las buchonas tienen un patrocinador o marido bien colocado que las provee de una camioneta Lobo con rines cromados y faros LED, además de todos los accesorios de su oficio.

Una gran cantidad de buchonas no lo son en realidad, simplemente usan el outfit de las narcas, pero con el tiempo he descubierto que más que un estilo de vida es un modo de pensar y toda una filosofía no escrita. Buscar un esposo como tarjeta de crédito de flujo permanente y a cambio tolerarle sus arranques, infidelidades o temporadas en la cárcel. A él le sirve ante sus amistades tener una mujer cuero. Un intercambio de intereses. Todo da vueltas. Es el juego que todos jugamos. La que se mueve no sale en la foto. Pero la que no se mueve, tampoco vende y desaparece. Sí, desaparece.

He conocido buchonas de muchos tipos. Todas poseen una misma característica que no falla: siempre tienen una amiga que es mucho más buchona que ellas, y es que suelen creer que ellas no lo son, aunque cumplan con éxito todos los requisitos del género. Es divertido. Todas se critican y se tragan en privado las peripecias y ocurrencias de su amiga buchona y no se dan cuenta de que son iguales o que a veces se superan.

Así es este mundo de la competencia femenina. Así fue mi mundo. El de la puerta estrecha.

Nací para ser buchona. El problema es que fue sin darme cuenta y no me quedaba claro de qué tipo sería. Pensamos que en la vida todo es blanco y negro, cuando en realidad pasamos mucho tiempo en el color gris hasta que algo nos revela cuál es el color por el que nos decidimos. Y a veces, no es blanco ni negro, sino un profundo color carmesí, el rojo de la sangre.

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LAS PIEDRAS DEL CIELO

A LOS DIECISIETE AÑOS ME HICE NOVIA DE UN MUCHACHO que vendía joyas muy baratas. Me dijo que las traía de Guadalajara, ciudad grande con muchas casas de empeño y él iba para allá a comprar ropa y alhajas. La gente de Sinaloa a veces prefiere invertir en un viaje y conseguir mercancía buena y barata, tanto para su vestuario como para revender: es un negocio para mujeres emprendedoras el ir a recorrer toda la calle de Medrano o Zapotlanejo, buscar ofertas, comprar por volumen y luego ofrecer la mercancía a sus amistades que se las llevan encantadas, no tanto por los precios, sino por las novedades.

Las alhajas son un negocio muy bonito que tiene su riesgo. No tanto el riesgo de que te roben, sino que a veces te quieren pagar sólo el valor del oro y no la mano de obra cuando los clientes te ven urgida. Por eso en este negocio —¡en todo negocio!— hay que saber disimular bien la necesidad y el hambre. Que el cliente nunca sienta tu ansiedad y crea que es al revés: nosotros somos los que les estamos dando la oportunidad de comprar algo de calidad y entrar a un mundo reluciente. Es el primer secreto de una vendedora, aunque en los cursos quieran que nos sintamos casi casi empresarias. Y quizá sí, en el fondo lo somos, porque más que vender un producto, se los estamos comprando a ellos. Algo he aprendido de mercadotecnia sin ir a ninguna escuela de administración y finanzas.

También influye mucho el gusto del otro: hay mujeres que optan por anillos discretos mientras que las buchonas quieren un brazalete que diga «cien por ciento Sinaloa» o «PURO CULIACÁN». Si llevas las piezas a consignación, no es tanto el riesgo, pero si tú compraste un lote de joyas, puedes tardar mucho en sacarlas. Lo ideal es tener un poquito de todo: que tu cajita de ventas tenga anillos, aretes, brazaletes para niños que van a ser bautizados, material pequeño que te pueden comprar tus vecinas en abonos, y por otro lado cadenas con figuras de Malverde, un AK-47, hoja de mariguana, la Santa Muerte y todas esas cosas que siempre tienen mercado. Los mejores clientes son los hombres porque ellos no saben comprar y se van por lo más grandote o exagerado, ya sea para ellos o para la mujer que traen. A veces ni regatean porque les da vergüenza. Lo malo es que luego te tiran la onda y quieren salir con una, nada más porque te compraron varias cositas y esperan su comisión en cuerpomático.

Conocí a Adrián en el cibercafé donde trabajé. Como era muy caluroso, yo usaba blusas ligeras y escotadas. En ese tiempo, comenzaba la gente a comunicarse por Skype y otros métodos de internet más baratos que el teléfono, y yo le ayudaba a conectarse con sus distribuidores. No pensé que el Skype, además de gratis, evitaba que las llamadas fueran intervenidas. Me decía: «El teléfono se hizo para acortar distancias y a veces para alargar negociaciones. Hablando se enciende la gente».

Era muy ingenioso y a veces repito frases suyas sin darme cuenta. Me ofreció entrar a su «fuerza de ventas» y me enseñó los lotes que daba a consignación. Una maletita pequeña con terciopelo adentro y con joyas de todo tipo. Su truco era no vender chapa de oro, dar siempre material de ley. Todo estaba garantizado y con el quilataje señalado en el broche. Un secreto para las buenas ventas es ofrecer un producto de calidad. Sólo pedía un fiador localizable que tuviera un comercio establecido para confiarte tu estuche y yo le pedí el favor al señor de la llantera vecina, a quien le regalé unos aretes para su mujer.

Adrián me ofreció ser su vendedora estrella y de él me gustó que no intentara echarme los canes durante las primeras ventas. Me dijo: «Oye, güerita, tú me gustas para que seas algún día gerente de ventas. Te estás desperdiciando en esta covachuela. Tus talentos saltan a la vista».

También me explicó que «las joyas son las piedras del cielo y pues todos quieren alcanzarlo aquí en la tierra. Tenemos cualquier tipo de pieza, menos las perlas de la Virgen. Esas no necesitamos ofrecerlas. El cliente ya las pidió mentalmente a la hora de acercarse a nosotros». Con él aprendí que el cliente siempre pierde la razón. Es alguien que a veces no está acostumbrado a estrenar con frecuencia y desea algo que provoque admiración y envidia en los demás. En nuestra cultura está buscar ser más que los demás, y las joyas son para demostrar eso mismo, que eres mejor tan sólo por tener suerte o dinero.

Adrián era un tipo muy guapo. Me invitó a tomar un curso al que no pude ir, pero después en una tarde en el café Sandy, me lo impartió como clase privada y al final me llevó en su Mustang negro hasta la colonia donde vivo. Me dio vergüenza que me llevara hasta allá, calles sin pavimentar y empinadas, llenas de baches por la caída de las lluvias y en las que los plebes asaltan a los que no son de su barrio, pero él insistió: «Al cabo no te llevo cargando». Me emocioné mucho y no imaginé que tanta atención llevaba cierto propósito. Tiempo después yo hice lo mismo, les di aventón a todas las empleadas a sus casas para saber exactamente dónde y cómo vivían, por si se ofrecía alguna vez ir a buscarlas por algún robo o reclamarles una demora de abonos. Ningún favor es gratuito en un negocio.

Alguna vez me explicó que «mientras más necesitadas estén tus vendedoras y sus amistades, más mercancía fluirá. La gente fregada es la que más usa oro porque lo ven como un amuleto o una forma de aparentar de lo que carecen. Y la justificación es que pueden empeñarlas en cualquier momento para salir de apuros. Por eso hay gente pobre que siempre sale con piedras o metales encima. Según su creencia, eso atrae la buena suerte».

El negocio creció muy rápido. Además de las alhajas, pasamos a los productos de belleza y luego a pastillas naturales para adelgazar. Casi todo eso lo compran los mismos clientes si les haces diferentes visitas. Él tenía buenos proveedores que le enviaban todo a Guadalajara de importadores asiáticos que le mandaban containers enteros de mercancía al puerto de Manzanillo. Ya no supe si las joyas eran el negocio base o un gancho para los otros. Al respecto me aclaró que siempre había que decir «importadores asiáticos o internacionales. Nunca “productos chinos”, ni siquiera con la gente de confianza, güerita».

Así que, entre el trato diario, la complicidad, las comisiones y todo lo que ocurre en un negocio en ascenso, me fui enamorado de Adrián y pienso que él también de mí. Confiaba mucho en mí, y de jefa de vendedoras me fue confiando más movimientos. Yo era la intermediaria entre el universo femenino y el mundo de los mayoristas. Fue idea mía meternos al mercado de los anillos de graduación y con eso armé toda una red en las escuelas de la zona. Descubrí que podía ganar mucho con decirle a una alumna que su anillo le saldría gratis si lograba que la totalidad de su grupo me los comprase. Luego me enteré que muchos de esos graduados ni siquiera habían acreditado todas las materias ni tramitado el título ni su servicio social. A fin de cuentas, el acto académico era un protocolo dentro de la escuela y, en el caso de la fiesta, era una cosa social de ellos que nadie sancionaba y a la que podías llegar con tu familia a la mesa vestido de toga y birrete, sin que nadie supiese que no acabaste tus estudios. Era una excelente farsa para engañar a los padres hecha por alumnos flojos o muchachas que sólo entraban a una universidad para agarrar marido. El anillo de graduación sólo era parte del engaño. Pero Adrián vio negocio en esto y comenzó a ofrecerles también una impresión falsa de su título con todo y firmas apócrifas de las autoridades; ése lo vendía más caro que el anillo porque incluía un marco de cedro. La mentira es el aceite secreto que mueve los negocios.

Nosotros vendíamos «mercancías apócrifas», palabras que usan en las notas de prensa para hablar de productos no necesariamente oficiales. El término está mal usado: apócrifo significa «oculto». Y tienen razón: son productos que deben quedar ocultos, muy, muy ocultos.

Por ese tiempo, Adrián rentó o compró una bodega muy grande. Arriba puso un departamento donde yo viviría. «Es por seguridad y confianza», me dijo. Estaba en las afueras de Culiacán, bastante lejos, el muy canijo no quería que la bodega estuviese a la vista y quizás ni yo tampoco, en una ciudad donde es muy fácil reconocerse de lejos y «la gente que tiene manera asiste a los mismos lugares».

—Oye, si voy a vivir tan lejos, cómprame un carro bueno para desplazarme.

—Bueno, mañana mismo te pongo uno en la puerta.

Y así fue: un Pontiac Sunfire, modelo reciente, que me llevó al otro día con uno de sus nuevos mandaderos. Todo me gustó, menos el llavero que tenía una imagen muy naca del Club América y con un vochito color verde de plástico. Ni por eso se me ocurrió pensar que era un auto que le habían robado a algún chilango viajero en la carretera, sin siquiera tomarse la molestia de cambiar el llavero. Aquí a la gente lo que le gusta es el béisbol y le van a los Dorados.

Fue en ese preciso momento en que empecé a convertirme en una buchona. Lo hice por dos motivos: por moda y protección. Aquí el look de las mujeres, me explicó un jotito con quien trabajé en una tienda de ropa, es un estilo entre country y amazona. Nos quedan muy bien los pantalones de mezclilla estrecha, las botas altas o el calzado de tacón de plataforma, así como los accesorios repartidos por todo el cuerpo. La mujer sinaloense es alta y caderona, con muy buenas nalgas y talle alto. A veces no tenemos tanta chichi, pero se compensa con las caras bonitas y el cabello largo. Como dice el refrán: «Mucha nalga, poca chichi: culichi».

De modo que a mi estilo de vestir tuve que añadirle un toque narco. Es complicado andar de colonia en colonia con una maletita llena de joyas que por sí solas ya son una fortuna y una tentación. La discreción es importante, pero una vendedora que no vista bien y no transmita el lujo y el éxito no inspira confianza a cierto tipo de clientes. Es cierto que una tiene reglas claras, como no abrir el estuche de joyas en la calle o lugares públicos, aunque sea el lugar de trabajo de la clienta, porque luego se corre demasiado la voz: «Mira, esa morra vende joyas y siempre trae un maletín repleto». Oops!

Por eso es preferible ir a ver al cliente a su casa, aunque viva en una colonia encima de un cerro medio enmontado y con casas a medio construir. Se sienten halagadas que vayas a verlas hasta el culo del mundo y hasta les da pena no comprarte algo y agradecen la visita. Por eso el coche debe tener un detalle que haga ver que uno tiene un hombre poderoso, digno de respeto, y hay que vestir de vez en cuando colores negros, para verse mala, fuerte, capaz de decir de frente frases duras o indirectas que todos capten como: «La otra vez un hombre que se las daba de muy picudo no me pagó dos abonos y mi novio mandó a dos de sus amigos a que le pusieran una buena arrastrada. Al ratito me liquidó toda la cuenta, no que no». Una mentira oportuna logra cerrar una venta o espantar a un delincuente.

Hay mujeres que tienden a subir… y otras que sólo suben a tender la ropa en la azotea. Yo seré siempre de las primeras. Y, de todas ellas, la primera.

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CUATRO CRUCES, DOS NOMBRES

VEINTIDÓS AÑOS NO ES UNA EDAD. ES UN CALIBRE. Y LA .22 es el arma favorita de las mujeres. Cabe en una bolsa de mano, tira rápido y no provoca tanto ruido. Tampoco patea para atrás. Yo a esa edad comencé a usar un arma. En esta vida que me tocó llevar, esa edad es todo un reto. Pero, ¿qué importa si lo que a mí me ha sucedido ha sido siempre eso? No poder escapar de un destino fijo.

Nunca conocí a mi madre ni a mi padre. Jamás vi un retrato de ninguno de los dos. Las fotos se perdieron en un incendio provocado por un grupo armado que atacó mi pueblo. En ese tiempo, las cámaras fotográficas digitales no eran baratas ni tampoco los teléfonos celulares, por lo que no tengo ninguna maldita imagen de mi pasado… De mi padre tengo la arbitraria idea de que era un hombre serio, formal, con un sentido del humor discreto. De mi madre, una alegría reposada, la fuerza de la naturaleza que hay en una gota de rocío en la cima del cardo.

Sin embargo, no poseo ninguna seguridad de eso ni base para creerlo, ya que mi abuela nunca habló de mi padre. Me he creado esa idea a partir de la forma de las letras de su lápida que varias veces observé de niña, interrogándolas, en busca de saber a través de ellas, algo de los restos de ese hombre que reposaba debajo de ese nombre. Letras largas y solemnes, esculpidas con precisión, aunque una de las consonantes finales estaba ligeramente torcida hacia el lado izquierdo y uno de los números del año de su muerte invertido. Por eso creo que él, dentro de su aparente frialdad a la antigua y su muy segura cortesía campirana, escondía un travieso modo de ser. Jamás se me ocurrió pensar que esas ideas podrían venir sólo de la incompetencia del sepulturero de mi pueblo y la desaforada imaginación de la niña solitaria que fui, en busca de un pasado invisible y difuminado, al cual aferrarse con su fantasía.

De mi madre imagino que siempre fue desenvuelta y alegre, ya que era mucho menor que él y además, las letras de su lápida son muy distintas, modernas, quizá escogidas con ayuda de algún nuevo programa de diseño. Las letras de los panteones son casi idénticas, aunque tengan más de doscientos años. La tumba de mi madre se nota que fue hecha después del año 2000 y junto a su nombre dejaron el trazo estilizado de una rosa, por lo que me ha dado por imaginar que provengo de una mujer bella, floral, alta, encendida. De algún lado me ha de venir lo guapa y buenota.

He logrado moldear aún más la figura

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