


17cuello. Una vez que se hubo lavado, sacó la gema de de-bajo de la cama y la puso en un estante. La luz de la ma-ñana la acarició y proyectó su acogedor reflejo sobre lapared. Eragon la tocó otra vez y se apresuró para ir ala cocina, pues tenía ganas de ver a su familia. Garrowy Roran ya estaban allí comiendo pollo. El chico los sa-ludó, y Roran se puso en pie con una sonrisa.Era dos años mayor que Eragon, musculoso y robus-to pero nada torpe. Si hubieran sido hermanos auténti-cos no habrían sido mejores amigos.—Me alegro de que hayas vuelto —sonrió Roran—.¿Qué tal el viaje?—Difícil —respondió Eragon—. ¿Te ha contado eltío lo que pasó? —Se sirvió un trozo de pollo y lo devo-ró,hambriento.—No —contestó Roran, por lo que Eragon tuvo quecontar otra vez la historia rápidamente. Ante la insis-tencia de Roran, Eragon dejó la comida para enseñarlela gema, que impresionó profundamente a su primo,pero Roran, nervioso, le preguntó al fin—: ¿Has podi-do hablar con Katrina?—No, no pude después de la discusión con Sloan,pero ella te esperará cuando vengan los mercaderes. Ledi el mensaje a Horst, y él se lo transmitirá.—¿Selo hasdichoa Horst?—preguntó Roran,incré-dulo—. Era algo privado. Si hubiera querido que todoslo supieran, habría hecho una hoguera para comuni-carlo con señales de humo. Si se entera Sloan, no medejará volver a verla.—Horst será discreto —lo tranquilizó Eragon—,no dejará que nadie caiga en las garras de Sloan, y me-nostú.Roran no pareció muy convencido, pero no discutiómás. Volvieron a sus platos ante la taciturna presenciade Garrow. Cuando acabaron hasta el último trozo, lostres salieron a trabajar en el campo.El sol era frío y pálido y calentaba poco. Bajo el ojo vigilante del astro, almacenaron la cebada en el granero.A continuación recogieron calabazas trepadoras, colina-bos, remolachas, guisantes, nabos yalubias queguarda-ron en el sótano. Tras horas de trabajo, estiraron losagarrotados músculos, satisfechos de haber acabado lacosecha.Durante los días siguientes encurtieron, salaron,desvainaron y prepararon todos los alimentos para el invierno.Nueve días después del regreso de Eragon, una te-rrible tormenta de nieve bajóde las montañas y se ins-taló en el valle. La nievecaíacomounaespesacortinay cubrió todo el campo de blanco. Garrow, Roran yEragon solo se aventuraban a salir de la casa para buscarleña y para dar de comer a los animales porque temíanperderse en medio del viento huracanado y del deso-lado paisaje. Pasaron las horas apiñados junto a la co-cina de leña mientras las ráfagas de viento hacían cru-jirlos pesados postigos de las ventanas. Por fin, al cabode unos días, paró la tormenta, pero había dejado unextraño paraje sembrado por completo de blandos cú-mulos de nieve.—Me temo que este año tal vez los mercaderes novengan a causa del tiempo tan malo que hace —dijoGarrow—. Y si vienen, será demasiado tarde. Sin em-bargo, les daremos una oportunidad y los esperare-mos antes de ir a Carvahall. Pero si no llegan pronto,tendremos que comprar provisiones extra a la gentedel pueblo. —Garrow tenía un semblante de resigna-ción.A medida que pasaban los días sin rastro de losmercaderes, crecía la ansiedad en la familia. Cada vezhablaban menos, y en la casa reinaba un ambiente de-presivo.A la octava mañana después de la tormenta, Roranfue hasta el camino y confirmó que los mercaderes aúnno habían pasado, de modo que estuvieron todo el díapreparandoelviajeaCarvahallybuscando algoparavender con expresiones sombrías. Esa noche, por puraCUENTOS DE DRAGONES