Totalmente injustificable
a reina observó con atención a la muchacha. Ella enrojeció y clavó la mirada en las puntas de sus gastados zapatos. El príncipe, a su lado, hacía heroicos esfuerzos por mostrarse sereno y seguro de sí mismo. Pero tragó saliva cuando su madre volvió sus ojos inquisitivos hacia él.
—¿Dónde dices que la has encontrado, Aldemar?
—«Conocido», madre —se atrevió a corregirla el joven—. La conocí el año pasado, en una aldea junto al bosque, río abajo. Sin duda recordarás el día en que me perdí durante una cacería, ¿verdad? Bien, pues…
—¿Una aldea? —repitió la reina, enarcando una de sus bien perfiladas cejas.
El príncipe tragó saliva de nuevo.
—Una aldea —confirmó—. Los padres de Marcela son granjeros. Gente muy decente y trabajadora, si me permites la observación.
—Marcela. Qué… rústico.
La reina volvió a centrar su atención en la chica, que se retorcía las manos sin saber muy bien qué hacer con ellas. Tras un incómodo silencio, que la reina parecía dispuesta a alargar indefinidamente, el príncipe carraspeó, alzó la cabeza y anunció:
—Voy a casarme con ella, madre.
El rey dio un leve respingo sobre su trono. La reina se limitó a alzar la otra ceja.
—¿De veras? En ese caso… entiendo que has visto algo especial en ella. De lo contrario, no osarías plantear algo así en nuestra presencia.
—Naturalmente, madre. —El príncipe asintió con ardor.
—¿Y bien?
El joven se mostró desconcertado; todo su aplomo pareció esfumarse en un instante.
—¿Bien…? —repitió, sin saber qué responder.
—Será adoptada, supongo —lo ayudó la reina.
El príncipe respiró profundamente, comprendiendo por fin a dónde quería ir a parar.
—No, madre. La comadrona de la aldea puede confirmar que es hija de sus padres.
La reina frunció levemente el ceño.
—Con estas cosas nunca se sabe —comentó—. Seguro que tiene alguna marca de nacimiento que sugiere lo contrario.
—No, madre. Puedo garantizar que no tiene ninguna marca de nacimiento en ninguna parte de su cuerpo.
El rey carraspeó con suavidad. La reina arqueó de nuevo la ceja y el príncipe fue súbitamente consciente de lo que acababa de decir. Miró de reojo a su prometida, azorado; ella se había puesto completamente roja de vergüenza.
—Recuerdo la época en que este tipo de asuntos no salían del pajar —le comentó la reina al rey en voz baja.
Este se encogió de hombros.
—Los tiempos cambian, ya ves —replicó con el mismo tono.
Marcela parecía muy dispuesta a escapar corriendo de allí, por lo que el príncipe se apresuró a interrumpir la conversación y a declarar por segunda vez:
—Quiero casarme con ella.
Los dos se volvieron para mirarlo, esa vez con cierta suspicacia.
—Quizá lo haya hechizado —le dijo la reina al rey.
—No estoy hechizado, madre —respondió el príncipe; empezaba a mostrarse menos turbado y bastante más molesto.
La reina frunció el ceño.
—¿Estás totalmente seguro de que no has comido nada cocinado por ella? ¿No llevas puesta ninguna joya que te haya regalado, ninguna prenda que haya tejido con sus propias manos…?
—No, madre.
—Hummm —dijo la reina—. Bien; si no es adoptada ni tiene marcas de nacimiento, sin duda será la tercera de tres hermanas. —El joven negó con la cabeza—. ¿No? Pues la séptima hija de un séptimo hijo.
—Eso explicaría lo del hechizo —apuntó el rey.
—No estoy hechizado —insistió el príncipe—. Y Marcela tiene una hermana mayor y dos hermanos menores.
—¿Solo dos? —se extrañó su madre—. ¿Seguro que no son siete?
—No, madre. Seguro que no son siete. Ya os he dicho…
—Sí, sí, has dicho muchas cosas, pero ella todavía no ha dicho nada. ¿Acaso no sabe hablar? ¡No será una sirena! —aventuró, alarmada.
La aludida se aclaró la garganta.
—No, majestad, yo…
Pero la reina no la escuchaba. Seguía haciendo cábalas, cada vez más alterada.
—¡O una de esas horribles chicas-foca! —Miró a su hijo con aprensión—. ¿Seguro que no guardas su piel bajo tu cama?
—¡Madre! —protestó el príncipe—. Marcela es una joven normal y corriente; nos hemos enamorado y vamos a casarnos. No hay más.
Pero la reina ya volvía a conferenciar en voz baja con el rey.
—Esto es incomprensible y totalmente injustificable.
—Totalmente —coincidió el rey.
—Nos aseguramos de que la lista de invitadas al baile estuviera completa, ¿no es cierto?
—Cierto, querida. Y todas las jóvenes casaderas de sangre real acudieron al palacio aquella noche. Esta chica no estaba entre ellas.
—¿Estás seguro? Mírala bien. Imagínatela con un atuendo especialmente espectacular. Un vestido de oro…, unos zapatos de cristal…
—No, no. Ella no vino al baile, estoy convencido.
—¿Es posible que hubiese alguna muchacha de sangre real que no tuviésemos localizada? Ya sabes, un bebé cambiado al nacer, una niña perdida en el bosque… Esas cosas suceden a veces.
—Estoy de acuerdo. Pero, si no tiene marca de nacimiento, ¿cómo vamos a saber…?
—Ah, no es imposible que la tenga. Recuerdo el caso de una princesa a la que creyeron ilegítima porque no tenía el lunar con la forma del blasón familiar con el que nacían todos los niños de su linaje. Luego resultó que estaba en su cuero cabelludo. Tuvieron que raparla para descubrirlo.
Los reyes miraron a Marcela con cierto aire de aves de presa. Ella se llevó involuntariamente las manos a su cabello castaño, alarmada.
—No voy a permitir que le rasuréis la cabeza —les advirtió el príncipe, perdiendo la paciencia.
—No será necesario llegar a esos extremos —lo tranquilizó la reina—. Hay otros modos… y, naturalmente, mientras este asunto se resuelva, tu… Marcela… puede alojarse en palacio.
—No hace falta, madre. No vive lejos de aquí.
—Una sola noche. Insisto.
El príncipe se mantuvo firme.
—En tal caso, madre, solo lo voy a decir una vez: nada de guisantes bajo el colchón.
—Oh, no pensaba poner un solo colchón.
—Podrías ponerle un guisante bajo cien colchones o cien nueces bajo un colchón, y no habría ninguna diferencia. Marcela no es una princesa perdida, y mucho menos una bruja o una sirena. Es una muchacha acostumbrada a trabajar mucho y a dormir en un lecho duro y humilde. Una joven del campo, sencilla y honesta, a la que adoro. Y voy a desposarla.
La reina lo taladró con la mirada.
—Ya conoces la costumbre: si no demuestra que es de sangre real, no puedes casarte con ella. Así que yo en tu lugar investigaría su árbol genealógico hasta encontrar raíces como mínimo nobles, porque de lo contrario…
—No será necesario —intervino entonces una voz femenina.
Los cuatro miraron a su alrededor, sorprendidos; pero los guardias de la puerta parecían tan desconcertados como ellos. Y, justo cuando la reina iba a hablar de nuevo, alguien se materializó de pronto en el salón.
Más ventajas que inconvenientes
e trataba de una joven que parecía derrochar eficiencia y seguridad en sí misma. Lucía un vestido verde, sencillo y práctico, que hacía juego con sus ojos y contrastaba con la brillante capa transparente que le caía por la espalda. Llevaba el pelo, de color castaño claro, pulcramente recogido en un rodete en torno a la cabeza; no obstante, un par de mechones rebeldes que parecían resistirse a mantenerse en su lugar resbalaban sobre su frente.
El rey pareció confundido; la reina fingió sentirse solo ligeramente molesta. No cabía duda, no obstante, de que el príncipe y su prometida habían reconocido a la recién llegada, porque el rostro de Marcela se iluminó al verla, y el joven se mostró visiblemente aliviado.
—¿Quién eres tú? —demandó la reina.
La desconocida del vestido verde señaló a Marcela.
—Soy su hada madrina —declaró; y entonces desplegó tras ella lo que los reyes habían tomado por una capa, y que no eran sino unas alas diáfanas y centelleantes.
El rey dejó escapar un «oh» admirado; la reina, en cambio, recuperó la compostura al instante y trató de retomar las riendas de la situación.
—¿Su hada…?
—… madrina, sí.
—Disculpa, creo que no te he entendido bien. ¿El hada madrina de…?
—… de Marcela, majestad.
La reina contempló a la amada de su hijo con un renovado interés.
—¡Tiene hada madrina! —exclamó, esperanzada—. ¿Seguro que no es de sangre real?
—Puedo garantizar que no lo es, majestad —respondió el hada—. De modo que no os molestéis en buscar marcas de nacimiento extraordinarias, porque no las encontraréis. Nació en una familia humilde, en la misma casa donde fue criada y en la que vive actualmente. Y ama sincera y profundamente al príncipe Aldemar. —Hizo una breve pausa y añadió, con un leve atisbo de sonrisa—: De lo contrario, yo no estaría aquí.
La reina entornó los ojos, rumiando la nueva información.
—Pero ella no fue al baile.
El hada se encogió de hombros.
—En su caso no fue necesario tratar de llamar la atención del príncipe de esa manera —explicó—. Él y Marcela ya se conocían. Y ya estaban enamorados.
El rey montó en cólera.
—¿Quieres decir que organizamos el baile para nada?
—Intenté decíroslo, pero no me escuchasteis —se defendió el príncipe.
—Ni lo haremos ahora, con hada madrina o sin ella —declaró la reina con rotundidad—. Si esta chica no tiene sangre real…
—Madre, por favor —interrumpió el príncipe—. Escuchadla.
Los reyes accedieron de mala gana a prestar atención al hada, que se había calado unos anteojos sobre la nariz, había sacado un cuaderno de notas de su faltriquera y pasaba las páginas con expresión reconcentrada. Pareció encontrar lo que buscaba, porque asintió, satisfecha, y alzó la cabeza para mirar a la reina por encima de sus anteojos.
—No, Marcela no es de sangre real —confirmó—; pero este hecho aporta más ventajas que inconvenientes a su futura unión.
La reina arqueó una ceja.
—¿Cómo has dicho?
—Consideradlo así —el hada repasó con el dedo índice varios puntos de la lista que tenía anotada en su cuaderno—: al ser de origen humilde, nunca ha sido importante para nadie poderoso, lo cual significa que está libre de todo tipo de hechicería, maldición o mal de ojo. No ha llamado la atención de ninguna bruja, dragón o demonio. No ha acordado con ningún ser sobrenatural la entrega de su hijo primogénito. No posee ninguna reliquia mágica que pueda ser codiciada por otras personas. No se le concedieron dones especiales cuando nació, por lo que nadie va a tratar de secuestrarla ni de utilizarla para fines siniestros. Tampoco ha despertado la envidia de ninguna madrastra malvada. Y, ya que hablamos de la familia… —Pasó una página de su libreta y continuó—: Como ya saben, no tiene siete hermanos. Ni humanos ni hechizados. Así que no se verá obligada a realizar ninguna tarea para levantar el encantamiento. Sus padres viven y gozan de buena salud y, en lo que respecta a su genealogía…, veamos…, no he hallado antepasados sobrenaturales en su linaje. Ni hadas, ni elfos, ni sirenas. Nada que pueda hacer aflorar características indeseadas en el momento más inoportuno.
»En resumen —concluyó, cerrando la libreta con un chasquido—: lo que vengo a certificar aquí es que Marcela es normal. Completa y absolutamente normal. ¿Y qué se supone que significa eso? Pues es muy simple: nada de problemas. Una boda, una vida larga y feliz, hijos sanos. Sin hechizos de por medio, ni maldiciones, ni ningún ser sobrenatural…, salvo el hada madrina, claro está. —Y les mostró de nuevo aquel amago de sonrisa.
Hubo un breve silencio. Entonces el rey dijo:
—Hummm… Visto así…
Pero no sería tan sencillo convencer a la reina.
—¿Insinúas, hada madrina, que debo permitir que mi hijo se case con una plebeya?
—Están enamorados —respondió el hada—. Pero, si os cuesta imaginarlo, quizá esto os ayude un poco.
Alzó la mano, en la que se materializó de repente una varita mágica. Hizo una breve floritura con ella y Marcela se vio de pronto envuelta en un manto de luz que obligó a los reyes y a su prometido a cubrirse los ojos. Cuando pudieron volver a mirar, descubrieron con asombro que la muchacha había cambiado su sencillo traje de aldeana por un magnífico vestido dorado, cuajado de refulgentes piedras preciosas. Marcela contempló con cierta incredulidad los zapatos de cristal que aprisionaban sus pies.
—Sí, en efecto; también sé hacer estas cosas —confirmó el hada ante el estupor de la reina, con un cierto tono divertido en su voz—. Como podéis comprobar, a menudo la diferencia entre una princesa y una plebeya no es tan fácil de apreciar.
—¡Por supuesto que lo es! —estalló la reina—. ¿Y qué hay de su porte? ¿Y de sus modales? ¿Y de su acento?
El hada madrina restó importancia a todo ello con un gesto displicente.
—Tendrá tiempo de aprenderlo antes de la boda. Y, en cualquier caso, al pueblo le gustará que conserve cierto… sabor plebeyo, si entendéis lo que quiero decir. La adorarán por ser de origen humilde. Se sentirán más cercanos a la familia real. Apreciarán al príncipe, su futuro rey, como a alguien capaz de escuchar a su gente y de ver más allá de las apariencias. Alguien capaz de casarse por amor.
La reina entornó los ojos y abrió la boca para hacer algún comentario. Pero, justo en aquel momento, el hada dijo, como si se le acabara de ocurrir:
—Aunque, naturalmente, la boda debería celebrarse cuanto antes. Después de todo, hay que pensar en el bebé.
—¡¿Bebé?! —chilló la reina, ofuscada.
—Por supuesto —asintió el hada, haciendo caso omiso de la agitación de los reyes—. No querréis que vuestro hijo tenga un bastardo por ahí perdido, ¿verdad? —Movió la cabeza en señal de desaprobación—. Los bastardos solo dan problemas. Puedes intentar hacerlos desaparecer discretamente, pero siempre se las arreglan para salir adelante, nadie sabe cómo. Y luego regresan cuando menos lo esperas, se levantan en armas, organizan una revolución y se quedan con el trono por la fuerza, así que… ¿por qué no hacer las cosas bien desde el principio?
—¡¿Bebé?! —repitió la reina.
Tan alterada estaba que no se molestó en observar a la pareja con atención; de haberlo hecho, probablemente habría descubierto que estaban tan perplejos como ella.
Os toca a vosotros ser felices
o hubo mucho más que decir después de aquello. La reina trató de recomponer su dignidad perdida asegurando que organizarían la boda más fastuosa que se hubiese visto jamás. De modo que se puso a correr de un lado a otro gritando órdenes para iniciar los preparativos, mientras el rey y su hijo discutían sobre la fecha apropiada y el hada madrina quedaba en un segundo plano.
Esta sonrió para sus adentros y retrocedió unos pasos. Cuando se aseguró de que nadie le prestaba ya atención, dio media vuelta y salió al balcón.
Desplegó sus alas y se dispuso a marcharse. Había sido un largo día y estaba demasiado cansada para utilizar su magia de nuevo.
Estaba ya en el aire cuando la voz de Marcela la detuvo.
—¿Te marchas, madrina?
Ella se dio la vuelta y la vio allí, apoyada en la balaustrada. Se la veía feliz, pero de un modo poco convincente, como si creyese en el fondo que la capitulación de la reina solo había sido otro bonito truco de magia. Y era obvio que se sentía incómoda con su traje dorado; pero el hada no la había vestido así por casualidad. Cuanto antes se acostumbrase la gente a verla como una princesa, antes comenzarían a tratarla como tal. Y también ella debía habituarse a su nueva vida. Porque ya nada volvería a ser como antes.
—Sí, lo siento —respondió el hada—. Tú ya no me necesitas, y yo tengo cosas que hacer.
—Pero ¿por qué le dijiste que esperábamos un bebé? Sabes que eso no es verdad.
—Entonces ya podéis daros prisa, porque si vuestro primer hijo se retrasa, tu futura suegra podría sospechar.
Y le guiñó un ojo; Marcela sonrió.
—Dime, madrina, ¿volveremos a verte?
—Es posible.
Iba a añadir algo más, pero en aquel momento el príncipe salió también al balcón.
—No sé cómo agradecerte lo que has hecho por nosotros —empezó, mientras enlazaba con el brazo la cintura de su flamante prometida; ella asintió, con una amplia sonrisa—. Si hay algo que podamos hacer por ti… Oh. —Se interrumpió de pronto, y una arruga de preocupación apareció en su frente—. Te hemos invitado a nuestra boda, ¿verdad? Y al bautizo de nuestro primogénito… ¡y de todos los hijos que tengamos en el futuro! —añadió con cierta precipitación.
—No os preocupéis —los tranquilizó ella—. A las hadas siempre se nos invita, de una manera o de otra. Y os lo agradezco, pero no voy a poder asistir.
—Oh. —Extrañamente, Aldemar pareció decepcionado y aliviado al mismo tiempo—. Es una… ejem… lástima.
—Yo ya he hecho lo que tenía que hacer. Ahora os toca a vosotros ser felices.
—Muchísimas gracias por todo, madrina —dijo Marcela con calor—. Nunca te olvidaré.
De nuevo, ella les mostró aquella breve media sonrisa.
—Pero hay algo que me gustaría saber —prosiguió Marcela—. Después de todo este tiempo… aún no me has dicho tu nombre.
Por primera vez, el hada se mostró confundida. Los dos enamorados lo notaron.
—¿He dicho… he dicho algo malo? —titubeó Marcela.
—Tal vez las hadas no tengan nombre —aventuró el príncipe en voz baja.
—Tengo nombre —atajó ella—. Lo que ocurre es que… —vaciló un instante; pareció que iba a añadir algo más, pero debió de cambiar de idea, porque por fin alzó la cabeza y concluyó—: Camelia. Me llamo Camelia.
—Camelia —repitió Marcela—. Es muy bonito, madrina. Lo recordaré siempre.
Ella no respondió. Los obsequió con otra sonrisa fugaz y, por fin, emprendió el vuelo.
Se elevó hacia las alturas, dejando atrás a los dos enamorados en el balcón, despidiéndola con la mano.
No se volvió para mirarlos. Normalmente, su cabeza estaría ya ocupada pensando en los otros ahijados que tenía repartidos por diversos reinos, y a los que debía atender. Pero había sido realmente un día muy largo, y se permitió reflexionar sobre la última conversación que había mantenido con Marcela y su príncipe.
No la había sorprendido que la invitaran a la boda. Muchos olvidaban hacerlo explícitamente, aunque el protocolo de todas las cortes incluía siempre una invitación abierta a todas las criaturas sobrenaturales, para no correr el riesgo de que alguna se ofendiera: otros sí se acordaban de convidarla, pero solo porque eran conscientes de la importancia de la tradición. Y finalmente había algunos que, cuando decían que querían que su hada madrina asistiese a su boda, al bautizo de su hijo o al resto de su vida en general… lo decían de corazón.
Camelia no dudaba de que Marcela y su prometido pertenecían a ese último grupo. Pero no tenía tiempo de asistir a las celebraciones; tampoco le gustaba demasiado ser el centro de atención, y estaba convencida de que la reina trataría de utilizar su asistencia en beneficio propio. Después de todo, un hada madrina no la tenía cualquiera.
Camelia suspiró. Conocía a otras hadas que estaban encantadas de figurar; Orquídea, sin ir más lejos, era toda una especialista en la materia. Se preguntó si podría enviarla en su lugar, pero descartó la idea. Probablemente la reina no notaría la diferencia. Pero Marcela sí.
Al fin y al cabo, había sido la primera en trescientos años que le había preguntado su nombre.
Un dragón con todos los colores del arcoíris
partó aquellos pensamientos de su mente. Pronto llegaría a casa y podría sentarse a leer en su mecedora mientras tomaba un chocolate caliente.
Aquella tentadora visión se vio interrumpida, no obstante, por una apremiante llamada a dúo: «¡Hada madrinaaa!». Naturalmente, no la oía de verdad, puesto que las personas que la requerían se encontraban demasiado lejos para que sus voces llegasen hasta ella; no obstante, había un vínculo secreto e invisible que unía a las hadas madrinas con aquellos a los que protegían y, por esa razón, todas ellas sabían con certeza cuándo las necesitaban.
Camelia suspiró. Conocía lo bastante bien a todos sus ahijados para estar segura de que se trataba de los mellizos de Corleón. Otra vez.
Estuvo tentada de no acudir a su llamada. Pero se recordó a sí misma que ella nunca, jamás, en los más de tres siglos que llevaba ejerciendo como hada madrina, había dejado de atender a la llamada de un protegido suyo. Por exigente o insufrible que fuera.
Utilizó la magia, pues, para materializarse en la habitación de los mellizos; ellos no se sorprendieron al verla, detalle que a Camelia no le pareció una buena señal. El hecho de que con solo seis años ya se hubiesen acostumbrado a las apariciones instantáneas de su hada madrina indicaba que ella se dejaba caer por allí con más frecuencia de la que sería deseable. Arlinda, de hecho, golpeó el suelo con el pie, con impaciencia.
—¿Dónde estabas? —exigió saber, con aquella vocecita chillona que Camelia empezaba a detestar—. ¡Te hemos llamado hace siglos!
—Dudo mucho que tengas idea de lo que es realmente un siglo —le contestó Camelia amablemente—. ¿Qué necesitáis?
La princesita señaló a su hermano con gesto teatral.
—¡Arnaldo dice que le vas a dar un elefante! ¡Si él tiene un elefante, yo quiero un caballo alado! ¡Que sea el caballo más blanco del mundo, con alas de pluma de cisne!
—¡Eso no es justo! —protestó el niño—. ¡Madrina, yo también quiero que mi elefante tenga alas! ¡Y que sea de color dorado!
Camelia suspiró para sus adentros y se esforzó en recordar por qué era el hada madrina de aquellos dos pequeños monstruos.
—A ver…, ¿se trata otra vez del desfile del centenario? —En realidad no tenía mucho sentido preguntar; los mellizos no hablaban de otra cosa desde hacía semanas. Si lo había contabilizado correctamente, la habían llamado no menos de diecisiete veces en el último mes. Siempre para lo mismo—. Ya lo hemos discutido: la misma mañana del desfile haré aparecer la montura que me pidáis, siempre y cuando vuestros padres la aprueben, naturalmente. Así que pensadlo bien y ya me diréis en su momento qué habéis decidido.
Eso pareció apaciguar a los niños…, pero solo por un instante.
—¡Mi montura será mejor que la tuya! —exclamó de pronto Arnaldo.
—¡Ni lo sueñes! —saltó Arlinda—. ¡Porque ya no voy a llevar un caballo alado, sino un dragón con todos los colores del arcoíris!
—¡Pues yo también llevaré un dragón! ¡Y será más grande que el tuyo, y de color rojo, y echará fuego por la boca y te achicharrará el vestido, el pelo y hasta las cejas!
—¡¡¡Hada madrinaaa!!!
Pero Camelia ya no los estaba escuchando. Porque otro de sus ahijados la llamaba, y en esa ocasión podía tratarse de algo muy serio.
—Hablaremos el día del desfile —concluyó, tratando de imprimir una nota de alegría a su voz—. Princesa Arlinda… Príncipe Arnaldo… —Se despidió con una inclinación de cabeza antes de desaparecer de allí.
En este lugar olvidado del mundo
e materializó, casi sin aliento, en el interior de la torre donde mantenía oculta a la princesa Verena. Respiró hondo antes de volverse hacia su protegida, una adolescente que languidecía en un diván con aire de profundo aburrimiento.
—¿Qué ocurre, Verena? No te habrán encontrado, ¿verdad?
Ella le dirigió una larga mirada.
—No, madrina. Por aquí no ha pasado nadie…, igual que ayer, y que anteayer, y que la semana pasada, y que la anterior…
Camelia se relajó. Y se irritó. Todo al mismo tiempo.
—¿Y por qué me has llamado con tanta urgencia? Pensaba que estabas en peligro.
—Sí. En peligro de morir de tedio —se quejó ella—. Oh, venga, madrina…, ¿cuánto tiempo más tengo que quedarme aquí?
—Ya lo sabes: hasta que cumplas dieciocho años y seas la reina legítima. Mientras tanto, no podemos arriesgarnos a que tu tío te encuentre.
—No sé por qué tiene tanto interés en quitarme de en medio —replicó Verena con desgana—. Después de todo, ya hace y deshace a su antojo en el reino.
—Pues con mayor motivo. —Camelia suspiró—. Sé que es duro, Verena, pero cada vez me resulta más complicado encontrar escondites seguros para ti.
—¡Pero esta torre ni siquiera tiene puerta! Parece una prisión.
—¿Necesito recordarte por qué no tiene puerta? —replicó Camelia. Verena calló, avergonzada, evocando sin duda el día en que había atendido a una amable vendedora de fruta sin sospechar siquiera que se trataba de una asesina enviada por su tío—. La manzana envenenada, Verena —le reprochó Camelia—. ¿Cómo pudiste caer en un truco tan viejo? Si yo no hubiese llegado a tiempo…
La princesa no dijo nada. Parecía sinceramente abatida, y Camelia se ablandó un poco.
—No te preocupes —la tranquilizó—; por el momento, aquí estás a salvo. Aguanta un poco más, ¿de acuerdo? Algún día podrás volver a casa.
Verena respondió con una mueca mientras jugaba con un mechón de su largo cabello rubio.
—Me estoy dejando crecer el pelo —informó a Camelia como quien no quiere la cosa.
—No funcionará —le advirtió ella con una fugaz sonrisa—. ¿Tienes idea de lo que pesa un caballero? Te arrancará la melena de cuajo antes de que logre trepar siquiera hasta el primer piso. ¿Por qué crees que lleva peluca la reina Celina?
Verena abrió mucho los ojos.
—¡No! —exclamó.
—Oh, sí. Además, su enamorado ni siquiera tuvo el detalle de quitarse la armadura primero. Ciento veinte kilos de hombre y acero. Imagina el resto.
Verena compuso un gesto de dolor y dejó de jugar con su cabello.
—Me estás tomando el pelo.
—Qué expresión tan deliciosamente apropiada.
—Venga, madrina, dime que es una broma.
Camelia no se lo dijo. Solo le dedicó una de sus breves sonrisas, sin confirmar ni desmentir el chisme que acababa de contar. Verena se hundió en el diván, confundida y abatida a partes iguales, sin duda preguntándose si de verdad sería posible utilizar su melena como escala, y sabiendo con certeza que, después de aquella conversación, jamás se atrevería a intentarlo siquiera.
—Eres cruel, madrina —se lamentó—. Me condenas al encierro en este lugar olvidado del mundo y encima te burlas de mí.
Camelia sonrió de nuevo, condescendiente. Agitó su varita e hizo aparecer un gatito minúsculo y encantador que maulló desconcertado cuando lo dejó caer sobre el regazo de la muchacha.
—A ver si esto te anima.
—No vas a comprar mi silencio con un gato —le advirtió ella; pero Camelia había detectado en sus ojos un cierto brillo de ilusión.
—Hablamos mañana. Que descanses, Verena.
La princesa no respondió. Se esforzaba por parecer indiferente mientras sus dedos acariciaban el suave pelaje del animal. Camelia sacudió la cabeza y desapareció de allí.
Un breve momento de autocomplacencia
ero no reapareció muy lejos, porque no tenía fuerzas para llegar por medios mágicos hasta su casa. Se materializó en lo alto de la torre y contempló el horizonte mientras trataba de recuperarse un poco.
Estaba atardeciendo ya. Si se daba prisa, podría llegar a casa poco después del anochecer. De modo que irguió las alas y echó a volar.
Sí; había sido un largo día, pero no muy diferente a otros muchos. No obstante, cada año que pasaba se sentía más cansada. Se preguntó cuál sería la razón. ¿Tenía tal vez demasiados ahijados? ¿O los problemas que le planteaban eran más complejos con cada nueva generación? ¿Eran los jóvenes actuales más exigentes que los del siglo anterior? Quizá lo que le sucedía, simple y llanamente, era que el tiempo no pasaba en balde, ni siquiera para las hadas.
Apartó aquellos pensamientos de su mente y trató de animarse pensando en que, al menos, había solucionado el asunto de Marcela. A Verena le quedaban solo dos años para cumplir los dieciocho, proclamarse reina legítima de Rinalia y enviar por fin a prisión a su pérfido tío. El príncipe Alteo, por su parte, no tardaría mucho tampoco en elegir esposa; con un poco de suerte lo haría antes de que naciera el bebé de la reina Clarisa, a quien debía otorgar un don y su protección hasta que fuera mayor. En cuanto a los mellizos de Corleón, en fin…, todavía le quedaban bastantes años de lidiar con ellos.
Pero lo importante era que el sueño de Marcela se había hecho realidad por fin. «Un nuevo éxito en mi historial como hada madrina», pensó Camelia. Se permitió un breve momento de autocomplacencia y decidió que se había ganado un descanso. «Mañana por la mañana dormiré hasta tarde —pensó—. Iré a visitar a Alteo y Verena después del mediodía.» Solucionar el asunto de Marcela le había consumido bastante más tiempo, energía y recursos de lo que había calculado en un principio. Sí, de acuerdo, la muchacha era plebeya, y él, nada menos que un príncipe…, pero lo cierto era que no habían tardado en enamorarse. El problema había sido siempre la reina. Le había costado casi un año entero convencer a Aldemar de que plantase cara a su madre.
«No voy a darle más vueltas», resolvió finalmente. Pronto llegaría a casa.
Sin nombre, sin historia y sin descripción
ra ya noche cerrada cuando alcanzó su bosque. La luna apenas asomaba tras un tenue manto de nubes, pero el hada no tuvo ningún problema en localizar su hogar entre los árboles. Descendió, con un suspiro de satisfacción. Por fin estaba en casa.
Vivía en una cabaña rústica pero coqueta, que se alzaba entre las enormes raíces de uno de los árboles más vetustos del bosque. Hacía tiempo que el tejado se había cubierto de musgo, pero a Camelia le gustaba así. Adoraba cada rincón de aquella minúscula casita, su huerto, sus ventanas adornadas con flores, su chimenea un tanto retorcida y, sobre todo, su refugio favorito: aquella mecedora ante la lumbre.
Camelia entró en casa y cerró bien la puerta tras ella. Se quitó los zapatos y, tras calzarse las zapatillas, encendió el fuego y preparó algo sencillo para cenar. Después, tras dejar calentando el puchero con el chocolate, se detuvo ante la estantería donde guardaba lo que consideraba su mayor tesoro: su colección de libros de cuentos, que había acumulado a lo largo de toda su vida y que nunca se cansaba de releer, a pesar de que ya los conocía de memoria. Algunos de aquellos relatos aparecían en diferentes recopilaciones, pero a Camelia le gustaba saborear los matices, las diferencias que podían apreciarse entre una versión y otra, las interpretaciones que variaban según el texto, el lugar o la época. Disfrutaba descubriendo cuentos que hacían referencia a algún acontecimiento en el que ella había participado o del que había oído hablar, o los que narraban los hechos de alguien a quien ella hubiese conocido. Seguía con verdadero interés cada cambio en la tradición, y le llamaban particularmente la atención los cuentos más antiguos, los más cercanos a su fuente original. Pero, conforme pasaban los años, era cada vez más difícil encontrarlos. Cada nueva generación reescribía la tradición y relataba su propia interpretación de las historias que había oído contar a sus padres o a sus abuelos.
Aun así, a Camelia todos los cuentos le parecían maravillosos en todas sus versiones. El hecho de encontrar variaciones no la molestaba. Por ejemplo, era consciente de que mucha gente atribuía a Orquídea, a Azalea o a Magnolia muchas de las cosas que ella misma había hecho, pero aquella circunstancia solo la divertía. Al fin y al cabo, en todos aquellos cuentos el hada madrina era siempre… el hada madrina, sin más. Sin nombre, sin historia y sin descripción. A veces se hacía referencia a los hermosos vestidos del hada, o a su palacio de cristal; y era obvio que esos detalles se ajustaban más a las circunstancias de Orquídea que a las suyas propias. Pero Camelia lo encontraba natural; después de todo, ningún mortal había visitado nunca su casa. Quizá pensaban que todas las hadas vivían, como Orquídea o Magnolia, en fastuosos y elegantes palacios.
Y Camelia habría podido permitírselo también, naturalmente; la magia daba para eso y para mucho más.
Pero el caso era, simple y llanamente, que prefería su casita en el bosque. Y no había mayor misterio en aquello.
Sabía que, mucho tiempo atrás, antes de que a las hadas madrinas se les hubiese encomendado la tarea de ayudar a jóvenes desamparados, todas las hadas habitaban en los bosques. Quizá en castillos encantados, tal vez en los árboles o en un reino mágico bajo tierra; las hadas eran criaturas de gustos variados y volubles.
Pero no vivían entre humanos. Las que abandonaban a su estirpe para convivir con ellos acababan perdiendo sus alas… y su inmortalidad.
Las hadas madrinas eran diferentes. Su misión las obligaba a tratar con mortales a menudo, sin perder por ello sus poderes ni su esencia feérica. Eran, de alguna manera, las más humanas entre todas las hadas.
Y, no obstante, Camelia aún se sentía mejor en el bosque.
Su dedo índice recorrió los lomos de los libros, desgastados por el uso y por el tiempo. Eligió uno de sus favoritos y se lo llevó hasta la mecedora. Una vez allí se puso los anteojos y, bien acomodada frente al fuego, con una taza de chocolate caliente y el libro abierto sobre su regazo, lo abrió por una página al azar y se dispuso a dejarse llevar por la magia de las palabras.
Un asunto muy complicado
justo entonces se oyó un breve estallido, hubo un fogonazo de luz de colores y la casa se llenó de pétalos de flores y un exquisito aroma a jardín.
Camelia suspiró. Orquídea era muy aficionada a las entradas espectaculares.
—¿Sabes qué hora es? —le reprochó a la visitante que acababa de aparecerse ante ella.
Orquídea cultivaba una perfecta y estudiada apariencia de hada de cuento. Lucía una larga y espesa cabellera dorada que despertaba la envidia de Verena y de casi todas las princesas de su generación; ceñía su frente con una diadema que parecía hecha de estrellas en miniatura; y vestía trajes centelleantes y vaporosos que eran todo tules, gasas, perlas y piedras preciosas.
—No te quejes tanto; aún no estabas dormida —señaló Orquídea despreocupadamente.
—Aun así, no creo que… —empezó Camelia; se interrumpió cuando sus ojos se fijaron en la recién llegada con mayor detenimiento—. ¿Qué es eso que llevas en la cabeza?
Orquídea se llevó una mano al alto sombrero cónico que lucía, con una sonrisa de orgullo.
—¿Te gusta? Es la última moda en la corte de Grandolín.
—Me parece extravagante y poco práctico.
—No esperaba otra cosa de ti —replicó Orquídea sin ofenderse mientras paseaba la mirada por la estancia en busca de un lugar para acomodarse. Camelia se alegró de estar ocupando el mejor asiento de la casa y sonrió para sus adentros cuando la visitante descartó con un gesto el taburete del rincón—. No sé cómo pretendes que quepamos todas aquí, la verdad —comentó finalmente con disgusto, apartando una capa vieja que reposaba en el respaldo de una silla para sentarse en ella.
Camelia parpadeó desconcertada.
—¿Todas, has dicho?
Orquídea suspiró.
—No puedo creer que te hayas olvidado de la reunión.
Camelia se quedó helada.
—¡Pero si no era hoy!
—No, claro que no; es la semana que viene. Solo estaba adelantando acontecimientos.
Camelia empezaba a enfadarse.
—Sé perfectamente que es la semana que viene. No me confundas.
—Yo no confundo nada. Y no pongas esa cara; no habría sido tan sorprendente que hubieses olvidado una reunión que solo se organiza cada siete años. Especialmente si te toca ser la anfitriona —añadió, guiñándole un ojo con picardía.
—Tú lo habrías olvidado, no yo —replicó Camelia; se estiró sobre su mecedora y reprimió un bostezo—. Y entonces, si ninguna de las dos se ha equivocado de día, ¿qué se supone que haces aquí?
—¡Ah! —Orquídea se dio unos golpecitos en la barbilla con la punta de su varita que, para no desentonar con su aspecto general, tenía el mango recamado en oro—. Pues verás, es que tengo un problema muy serio y necesito que me ayudes.
—Ah, ¿sí?
—Sí, es sobre uno de mis ahijados; me temo que yo no puedo hacer nada por él. Es un asunto muy complicado, ¿sabes? Y lo cierto es que no estoy segura de cómo enfocarlo. Creo que es algo más… de tu especialidad, no sé si me explico.
—Perfectamente. —El tono de voz de Camelia podría haber helado la sangre de un dragón—. El pobre muchacho tiene la desgracia de no vivir en un palacio.
—Oh, sí que vive en un palacio, más o menos —replicó Orquídea con viveza—. Pero es el mozo de cuadra, ¿comprendes?
—Por supuesto. Debe de ser muy enojoso que tus preciosos zapatos se manchen de boñiga de caballo cada vez que vas a visitarlo.
—Pues sí —suspiró Orquídea, totalmente inmune al sarcasmo de su compañera—. Y el muy ingrato no solo no valora todo lo que hago por él, sino que, por si fuera poco, me pide cosas imposibles.
—Los humanos piden a menudo cosas imposibles —observó Camelia—. Por esa razón a veces necesitan de la magia de las hadas para hacerlas realidad.
Orquídea negó con la cabeza.
—No serviría esa clase de magia. ¿No me estás escuchando? Se ha enamorado. De la princesa.
Hubo un breve silencio.
—Oh —dijo Camelia solamente.
—Y ella ni siquiera sabe que existe. ¿Cómo va a fijarse en él?
Camelia frunció el ceño.
—Bueno, estas cosas no suelen suceder por casualidad. Seguro que no es plebeyo en el fondo. Investiga sus orígenes; no sería raro que descubrieses que es huérfano, que sus padres son los reyes de un país lejano, que lo perdieron al nacer o fue secuestrado… Y sin duda tendrá una marca de nacimiento o una reliquia familiar que lo demuestre. De lo contrario, no… —Se interrumpió de pronto al darse cuenta de que estaba hablando igual que la futura suegra de Marcela.
—No, Camelia; es plebeyo del todo. Estoy convencida.
«Habrá pasado algo por alto», se dijo ella; pero estaba demasiado cansada para discutir y no pronunció las palabras en voz alta. Además, tampoco quería dar a entender que el asunto comenzaba a interesarle.
—Es difícil, pero no imposible, Orquídea. Solo tienes que esforzarte un poco más…
El hada la interrumpió negando enérgicamente con la cabeza.
—¡Pero es que no es solo eso! El muy loco no se ha enamorado de cualquier princesa, ¿sabes? ¡Ha ido a fijarse nada menos que en Asteria, la hija mayor del rey de Vestur!
—Oh —exclamó de nuevo Camelia.
—Has oído hablar de ella, ¿verdad?
Camelia no respondió, porque estaba reflexionando intensamente.
Todo el mundo había oído hablar de Asteria. Era la heredera de un reino próspero y estratégicamente situado, por lo que había no pocos nobles y príncipes que tenían los ojos puestos en ella. Pero la joven los había rechazado a todos, incluido el hijo del sultán de Kalam, que había cruzado medio mundo para pedir su mano, acompañado por un cortejo que incluía cien carros cargados de oro, plata y piedras preciosas. Se decía que de niña había jurado que solo se casaría con su amor verdadero; y, por lo que parecía, no lo había encontrado aún.
Las malas lenguas afirmaban, no obstante, que aquello no era más que una excusa, y que en realidad la princesa no tenía la menor intención de casarse. Pero lo que nadie se explicaba era por qué sus padres no la habían prometido aún. Dado que los reyes de Vestur solo habían tenido hijas, Asteria sería la futura soberana y, por tanto, su matrimonio representaba un asunto delicado y de vital importancia para el reino.
—Se case con quien se case, no le permitirán hacerlo por amor, me temo —murmuró Camelia para sí misma.
—¿Lo ves? Incluso aunque se enamorara del mozo de cuadra, ¿qué posibilidades tendrían?
Camelia frunció el ceño e inclinó la cabeza, pensativa. Pero Orquídea interrumpió sus reflexiones antes de que pudiera llegar a ninguna conclusión:
—¡Solo tú puedes ayudarlo! —le aseguró con vehemencia—. ¡Se te dan muy bien estas cosas!
—No me digas —murmuró Camelia. Una vez más, su compañera no captó la mordacidad de sus palabras (o quizá sí lo había hecho, pero fingía lo contrario, o tal vez le fuera indiferente; Camelia nunca sabía a qué atenerse al respecto con ella).
—¡Naturalmente que sí! Las noticias vuelan, ¿sabes? ¡Todo el mundo se ha enterado ya de que el príncipe Aldemar está prometido… con una plebeya! Y sé que ha sido cosa tuya, no puedes negarlo.
—No lo niego. Pero eso no te da derecho a desentenderte de un ahijado tuyo y tratar de engatusarme para que haga tu trabajo.
Orquídea se llevó la mano al pecho y parpadeó, dolida.
—¿Quién se desentiende? Yo solo quiero lo mejor para él. Y tú eres la mejor en asuntos plebeyos, Camelia. Ya lo sabes. —Ella abrió la boca para replicar, pero Orquídea no había terminado de hablar—. Además, te sentará bien un poco de actividad. Tanto apoltronarse entre libros polvorientos no puede ser bueno para ti. A ver si te vas a quedar dormida y no podremos despertarte en cien años.
Camelia se levantó de un salto, irritada.
—¿Qué estás diciendo? ¿Tienes idea de lo mucho que trabajo?
Orquídea le quitó importancia con un gesto al enfado de su compañera.
—Todas trabajamos mucho, querida. A menudo tengo la sensación de que los humanos cada vez pueden hacer menos cosas sin nosotras.
—Claro. Qué sería de ellos si no pudieran extasiarse con tu radiante presencia en todos los fastos de las mejores cortes.
—Exacto. Y tú ni siquiera te molestas en ir a las bodas y bautizos de tus ahijados. Siempre me toca a mí asistir en tu lugar, así que no es mucho pedir que a cambio te encargues de tender tu varita al pobre Simón. Te garantizo que, si se casa con la princesa, haré todo lo posible por estar presente en los esponsales.
—No me cabe la menor duda —gruñó Camelia.
Seguía furiosa, pero era muy consciente de que no lograría que Orquídea cambiara de opinión. Podía negarse a hacer lo que ella le pedía, naturalmente. Pero sabía de sobra que, en tal caso, el único perjudicado sería aquel desventurado mozo de cuadra. Orquídea le había informado de que no iba a ocuparse más de él, y para ella eso era suficiente. Si Camelia no acudía en ayuda del muchacho, nadie más lo haría. «Bueno —se dijo—. Después de todo, el asunto de Marcela me ha llevado bastante tiempo, y ya está solucionado.» Y, por otro lado, tal vez Orquídea no había tenido valor para decirle a su ahijado que sería mejor que pusiera sus miras en un objetivo menos… inalcanzable. Quizá una sola conversación, seria y razonada, bastara para hacérselo comprender.
—En fin. —Orquídea se levantó, dispuesta a marcharse—. Me alegro de que estés de acuerdo conmigo. Ya me contarás en la reunión cómo te ha ido con el muchacho, ¿de acuerdo? ¡Hasta pronto! —se despidió; agitó graciosamente su varita y desapareció de allí con un estallido de luz dorada y pétalos de rosa.
Soy tu hada madrina
n aquella parte del mundo existían muchos pequeños reinos. Camelia recordaba la época en que solo había siete, todos ellos tan vastos que contenían frondosos bosques, estremecedoras cadenas de montañas y praderías interminables. Y, según le habían contado, aquellos siete procedían en realidad de uno solo, enorme e inconmensurable, que las leyendas llamaban el Viejo o el Antiguo Reino. Pero en aquel entonces había también muchos monstruos terribles, malvados hechiceros y poderosos demonios, por lo que los reyes tomaron la costumbre de ofrecer, como reclamo para héroes y aventureros, la mano de su hija y la mitad de su reino en recompensa por llevar a cabo alguna hazaña particularmente notable. Como resultado, al cabo de varios siglos había muchos más monarcas, por supuesto; pero gobernaban sobre territorios mucho más reducidos que los de sus antepasados.
Vestur era uno de esos pequeños reinos. Sus últimos soberanos lo habían administrado de forma inteligente y eficaz, por lo que se contaba entre los más ricos y florecientes. Se encontraba situado, además, en el centro mismo del continente, de modo que por allí pasaban algunas de las rutas comerciales más importantes.
Aunque Camelia estaba al tanto de la situación política y económica de Vestur, hacía tiempo que no visitaba el reino, por lo que no recordaba con exactitud dónde se hallaban las caballerizas del palacio real. Optó, pues, por aparecerse en los jardines del palacio, en un rincón discreto. Dejó caer las alas, para asegurarse de que quien la viera las tomara por una capa vaporosa y no por lo que eran en realidad. Aunque a Orquídea le encantase ser el centro de atención, Camelia detestaba que la distrajeran cuando estaba tratando de hacer su trabajo. Y la presencia de un hada madrina, aunque fuera en un palacio, siempre resultaba todo un acontecimiento.
Rodeó los jardines en busca del establo; a lo lejos paseaba una doncellita seguida de una nube de sirvientes. Era demasiado joven para ser Asteria, por lo que Camelia dedujo que se trataría de su hermana menor, la princesa Delfina. Se aseguró de que no la habían visto y se dirigió a la parte delantera del palacio. Allí, junto al patio principal y no lejos de la entrada, se hallaba el corredor que conducía a las caballerizas.
Se detuvo en la puerta de los establos y miró a su alrededor. Vio a un muchachito de unos diez años que barría afanosamente el suelo, pero que se detuvo al ser consciente de su presencia.
—¿Buscas a alguien? —le preguntó, sin duda extrañado de verla allí.
Aquel no podía ser el ahijado de Orquídea; Camelia trató de recordar si ella había llegado a mencionar su nombre en algún momento.
—Simón —dijo por fin—. Busco a Simón.
—Al fondo, a la izquierda —señaló el niño.
Camelia siguió en la dirección que le indicaba. A su paso, los caballos resoplaban suavemente, saludándola.
Los animales siempre reconocían a las hadas, dondequiera que estuviesen. Incluso aquellos que llevaban milenios siendo domesticados por los mortales conservaban aquel raro instinto que les permitía detectar lo sobrenatural mucho antes que sus amos humanos.
Camelia se asomó por fin a una caballeriza en la que había un joven cepillando con brío a un hermoso caballo ruano.
—Buenos días, ¿eres Simón? —lo saludó.
El muchacho se detuvo un momento y se volvió hacia ella, ligeramente sorprendido. Tendría unos diecisiete o dieciocho años, cabello oscuro y ojos claros. Camelia lo repasó con la mirada, examinándolo con detalle. Sí, era bien parecido. Podría llegar a llamar la atención de la princesa, aunque Orquídea tenía razón: se notaba de lejos que no era de noble cuna. Le faltaba elegancia en el porte y tenía la piel demasiado bronceada, los hombros demasiado anchos y las manos demasiado grandes y encallecidas por el trabajo. Volvió a fijarse en su rostro; carecía de la nariz recta y aristocrática típica de los príncipes, y sus cejas eran muy espesas, si bien se arqueaban de forma interesante. Y sus ojos, de color pardo, quizá tuvieran una tonalidad más verdosa a la luz del sol. Y…
—¿Quién eres tú? —dijo el joven entonces, sobresaltándola.
Camelia parpadeó un instante y volvió a la realidad.
—¿Yo? —Carraspeó y adoptó su pose más profesional—. Bien; si tú eres Simón, entonces yo soy tu hada madrina.
El chico entrecerró los ojos y la miró con desconfianza.
—¿Cómo sabes que tengo un hada madrina?
—Porque yo soy tu hada madrina. Te lo acabo de decir.
—No, no, yo conozco a mi hada madrina, y no eres tú. Ella brilla como una estrella, y tú… tú ni siquiera pareces un hada.
Camelia suspiró con impaciencia, echó un breve vistazo al pasillo para asegurarse de que estaban solos y entonces desplegó las alas. Las hizo vibrar levemente para que dejaran caer una fina lluvia de polvo dorado y sonrió con satisfacción al ver el gesto asombrado de Simón.
—Soy un hada —reiteró—. Por motivos que no vienen al caso, tu hada madrina habitual no va a poder seguir ayudándote. Así que yo la sustituiré.
Simón pareció confundido; pero, en cuanto hubo asimilado las palabras de Camelia, montó en cólera.
—¿Qué…? ¿Y por qué? ¿Es que no merezco un hada madrina de mayor categoría? Ya sé que no soy un príncipe, pero…
—Escúchame bien —interrumpió Camelia con frialdad—. Tú esperas que tu princesa se fije en ti a pesar de que no eres un príncipe, ¿no es cierto? Esperas que sea capaz de amarte por tus cualidades y no por algo tan superficial como tu aspecto o el tipo de ropa que llevas.
—Sí, pero… —Simón calló de pronto.
—Ah —concluyó Camelia con acidez—.Veo que empezamos a entendernos.
El joven se apoyó contra el flanco del caballo; se había ruborizado levemente, avergonzado.
—No quería ofenderte —murmuró—. Es que todo ha sido muy repentino, y tú… tú…, bueno, te has presentado aquí por las buenas y no sé quién eres…
—Por tercera vez: soy tu hada madrina. ¿Hace falta que lo vuelva a repetir?
—Pero… pero… ¡si ni siquiera tienes varita! —farfulló Simón, todavía confundido.
Camelia le dedicó una de sus breves sonrisas y extrajo su varita de la faltriquera.
No era más que una rama de avellano, recta y flexible, sin ningún adorno. De hecho, no valía para nada, pero eso no tenía nada de extraordinario: la varita dorada de Orquídea era igual de inservible.
En realidad, las hadas no necesitaban varitas para hacer magia. Pero habían aprendido con el tiempo que a los mortales les costaba asimilar que pudieran utilizar sus poderes así, sin más. No comprendían que las hadas eran esencialmente mágicas, y les resultaba más sencillo aceptar que fueran capaces de obrar prodigios si creían que lo hacían mediante algún tipo de objeto mágico. La varita era, por tanto, parte de la puesta en escena. Camelia la encontraba inútil y engorrosa, pero ya no se atrevía a salir de casa sin ella.
De modo que la agitó en el aire y dejó que brotaran de ella unas cuantas chispas. Eso bastó para alarmar a Simón, que retrocedió precipitadamente hasta que su espalda chocó contra la pared de la cuadra.
—De acuerdo, de acuerdo…, te creo. Pero, por favor…, no me conviertas en sapo —suplicó.
Camelia puso los ojos en blanco.
—No voy a hacer algo así. ¿No me has oído? Soy tu hada madrina, estoy aquí para ayudarte.
Dejó que Simón terminara de asimilar la situación. Cuando lo vio relajarse un tanto y sentarse, desconcertado y abatido, sobre el suelo de la cuadra, asintió para sí, guardó la varita y sacó su cuaderno de notas y sus anteojos. Se los caló sobre la nariz y buscó una página en blanco en la que escribió el nombre de su nuevo ahijado.
—Bien, comencemos. Tengo entendido que eres plebeyo, pero te has enamorado de una princesa.
Simón dio un respingo, se incorporó, alarmado, y mi
