CAPÍTULO 1
EL PRIMER ASESINATO
JULIO DE 1885
I
Beatriz Montejo contempló con morbosa curiosidad el cadáver de su esposo.
El albor, que apenas traspasaba las cortinas translúcidas, iluminaba las partículas de polvo que flotaban en el aire. La habitación estaba impregnada con una pesadumbre inevitable. Del jarrón de la cómoda, entre rosas que de un segundo a otro habían marchitado, cayeron dos pétalos.
Envuelto entre sábanas blancas estaba el cuerpo sin vida de Carlos Montejo, con la mirada pétrea apenas visible en sus ojos entreabiertos. Había un contraste entre su bigote negro y la palidez natural de su rostro. La camisa abierta en un pecho que jamás podría respirar de nuevo; pensamientos inertes, recuerdos convertidos en sombras; las rodillas flexionadas, los brazos extendidos. Un cuchillo de cocina junto a la almohada. Cada una de las muñecas cortadas y brotando de ellas ríos escarlata, flujos de vida que manchaba las sábanas y goteaban hasta el frío mármol.
Frente a la cama estaba Beatriz, sentada en la silla de escritorio, orgullosa de su fechoría. Tenía ambas manos apoyadas en la virgen de plata que coronaba su bastón (una figura doliente, arrodillada con su hijo muerto en brazos). En sus labios se torcía una sonrisa macabra que le deformaba el rostro mientras sus ojos verdes brillaban como los de un demonio que acecha a su presa. Aún lucía joven a sus sesenta y cuatro años y llevaba el peinado inflado, en apariencia simple, pero complejo por la cantidad de broches que le daban forma, siempre a la última moda. Llevaba un vestido púrpura cerrado en el cuello y con mangas largas que le llegaba hasta los tobillos. Portaba una argolla de oro en el dedo índice izquierdo y un camafeo de san Pedro apóstol en la parte superior del pecho.
Con su bastón como único soporte, se levantó. Le excitaba mirar su obra de arte.
—¡Ay, Carlos! Te advertí que no me tentaras. ¿Acaso no me escuchaste cuando dije que no iba a consentir nuestra separación? ¿Pensaste en tu alma? ¿En tu Dios? Que te juzgue Él; yo ya cumplí con mandarte a su tribunal.
La voz de aquella mujer era aún más grave que sus palabras, parecía venir desde el fondo de un abismo eterno. Dentro de su pecho latía el corazón cual motor terrible. Apenas si parpadeaba en su delirio mientras el tiempo vibraba etéreo en su ilógico existir, alentado por la muerte de Carlos Montejo.
Beatriz tomó del escritorio un cartoncito con la virgen de Guadalupe impreso en ambos lados y una carta con mentiras escritas en tinta negra, doblez a la mitad. Apoyada en su bastón, caminó con dificultad hasta la cama donde dejó caer los dos papeles junto al cuerpo.
—No sabes qué pena me da que nunca vayas a conocer a tus nietos, y que tus hijos nunca sabrán que no te suicidaste. De verdad no sabes qué pena me da haberte matado, pero mi deber es limpiar el pecado de mi familia...
Junto a la cama estaba la cómoda y, sobre ella, una taza de porcelana con violetas pintadas. Beatriz la levantó con soberana lentitud y la dejó caer sobre la duela. Al deshacerse en pedazos, los pisó.
¿Estaba completa la escena? La mujer recorrió la habitación con la mirada. Aún faltaba la última parte de su plan: su inocencia de viuda. Tendría que sacar todos sus dotes de actriz, esconderse en una máscara de lágrimas falsas, ocultar su crimen; lo sabía. Cuando salió del cuarto ya iba preparando su actuación.
Lo primero con lo que se topó en el pasillo fue su reflejo en un marco de oro: mejillas húmedas, ojos enrojecidos, labios incoloros que temblaban ante un falso dolor en el pecho. Con una mano se acomodó el peinado, alisó el vestido en sus hombros y la cintura.
Entonces apoyó su peso en el bastón, en la efigie maternal hecha de plata. Con cierta dificultad se deslizó a través del pasillo, de los tapetes de antaño, rodeada de espejos, ventanas, cuadros de otrora envejecidos por la inclemencia del tiempo; mesitas con jarrones de flores marchitas, puertas a otras doce habitaciones: la suya, las de sus hijos, huéspedes y algunas tantas selladas para no abrirse jamás.
Pronto se topó con el principio de una escalinata de mármol, alta, digna obra de arte, iluminada por destellos coloridos de un vitral clásico que representaba a Minerva en toda su gloria; los barandales deliciosamente forjados.
Para Beatriz, cada escalón representó una lágrima simulada hasta que se encontró en el vestíbulo. Giró a la derecha, caminó junto al comedor de roble, coronado por una araña de cristal cortado colgada del techo. En su tortuoso andar llegó hasta la cocina donde Petrona, indígena joven, desayunaba un plato de frijoles sentada frente una vieja mesa.
Ante la aparente tristeza de Beatriz, la muchacha hizo a un lado el plato y se acercó a su patrona.
—No llore, seño. ¿No ve que se le afea la cara? ¿El señor la puso triste?
Con ambas manos apoyadas en su bastón, Beatriz se cercioró de no mirar a los ojos de la sirvienta, no era digno de una dama de su rango. Levantó el rostro para que sus lágrimas espesas gotearan por su barbilla.
—No digas tonterías. Ni siquiera sabes hablar como Dios manda —dijo, con voz entrecortada—. Quiero que vayas con el doctor Camacho y le digas que es urgente que venga a la casa. Luego te vas a la comandancia de Policía y les dices que necesito un inspector ahorita mismo. Como te tardes te vas a arrepentir. ¿Está claro?
Petrona asintió en silencio. Entendió la seriedad de aquellas palabras, pues nunca había visto a su señora llorando así, de modo que salió corriendo de la cocina y atravesó el comedor hasta llegar al vestíbulo, mientras jugaban sus manos con una llave. Al salir de la casa, la envolvió el polvo de la ciudad, la luz ardiente del sol veraniego. La calle estaba llena de carruajes en un flujo incontrolable, olores envueltos en sudor. El consultorio del doctor Camacho estaba a la derecha.
Con un suspiro seco en los labios empezó a caminar.
A un par de cuadras en dirección opuesta, en la recámara principal de una casa de piedra, el hijo menor de Beatriz dijo que odiaba el sabor de los champiñones.
Julio Montejo despegó las sábanas de su cuerpo desnudo, el sudor se aperlaba en su pecho y tenía la respiración agitada. Se sentó en la cama con su mirada aceituna perdida en la infinidad de sus recuerdos.
Se revolvió el cabello negro, abundante. Era un adulto de veintitrés años con la cara de un niño, sin barba ni bigote, pero con los ojos bien grandes. Se levantó alargando su cuerpo, inflando su pecho de juventud, y estiró los brazos en el aire. Incluso bostezó al rascarse el cuello, leves cicatrices en su espalda. Lo rodeaba una mañana transparente, las plantas de sus pies desnudos acariciaron el tapete al caminar hacia la esquina de la habitación. En la cómoda que tenía frente a él, entre pinceles manchados de color verde y sobre el boceto a carboncillo de una mujer desnuda, levantó una hortensia de una palidez inusual.
—Lo corté de mi jardín para ti —dijo una voz ronca detrás de él.
Julio se volvió hacia la cama para ver a Arturo, también desnudo, de veintidós años. Tez blanca como un lienzo en el que aún no se ha empezado a bocetar, barba de tres días y una cabellera encendida en rojo. Descansaba la espalda en la cabecera de madera y con las manos detrás de la nuca. En sus labios se dibujaba una sonrisa amorosa. El vello de su pecho brillaba por el sudor, pues el resto de su cuerpo estaba cubierto por la misma sábana de la que salió Julio.
—Agradezco que me des una flor cada vez que te veo, pero la respuesta sigue siendo no. Mi madre espera que viva en su casa hasta que me case con una señorita de sociedad y le dé nietos. Si se entera de que eres mi amante, me deshereda.
La sonrisa de Arturo fue reemplazada por la decepción, no quería perder a Julio y sentía que entre ellos empezaba a formarse un desolador barranco. Vio a su Montejo con los calzones en la mano, buscando su ropa por toda la habitación: sobre una silla sus pantalones, junto a un caballete la camisa. Se mostraba tierno, frágil, de cierta forma inocente. Siempre atrapado por las expectativas que sus padres tenían de él.
—¿Y piensas quedarte en tu casa hasta que tus padres te obliguen a casarte o sólo estás esperando tener valor para decirles que no quieres vivir más con ellos?
—Honestamente no sé qué decirte —respondió Julio mientras abotonaba su camisa—. Necesito tiempo para pensar.
La respuesta era siempre la misma, día tras día, Arturo lo sabía muy bien. Sin embargo tenía fe en su Montejo, pues al verlo su corazón latía en danzas milenarias que no comprendía. Algo dentro de su cabeza brillaba con la pasión de mil soles: la esperanza de una existencia compartida con el hombre de su vida. La sonrisa volvió a dibujarse, bien curveada en sus labios de querubín. Los poros de su cuerpo hervían, la sangre se revolvía en un caldero de fuego palpitante.
—¿Tú no te vas a vestir? Ya vamos tarde para San Carlos —añadió Julio.
—Ya voy, ya voy —Arturo se levantó de la cama completamente desnudo—. De todas maneras no sé por qué tanta prisa, el profesor González siempre llega después de las diez y no nos enseña mucho. Tiene más temperamento de artista que talento reconocible.
—Deja de quejarte y vístete que nos van a regañar por llegar tarde.
Arturo tomó a Julio de la cintura, uno desnudo, el otro vestido. Sus rostros no se tocaban, pero su respiración era una. El mundo entero dejaba de existir cuando el universo se ceñía a su alrededor.
—¿Cómo me voy a quejar si vienes todas las mañanas a visitarme antes de ir a clase de anatomía femenina?
—Lo sé, pero ahorita no tenemos tiempo de pecar —aclaró Julio al separarse de Arturo—. Te espero en la sala para irnos juntos.
Al verlo salir de la habitación, Arturo confirmó que el volcán que llevaba escondido en su pecho sólo podía hacer erupción con las caricias de Julio. Había encontrado al amor de su vida y no iba a dejarlo escapar fácilmente.
II
Parecía un velo de otro mundo, una abstracción curiosa de tonos mágicos en forma de mujer. Claroscuro en las mejillas, el vestido plegado; porte de una reina que oprime con dureza a su pueblo. Un todo de colores que viven a la luz y fallecen con las sombras. La piel estaba adornada con pinceladas angelicales y la sedosa cabellera con una tiara de luna.
El retrato de Beatriz, enmarcado en oro, estaba colgado sobre la chimenea de la sala, cual reina que en la torre más alta desdeña a su gobernados. Sobre los tapetes de seda había sillones de muchas formas, mesas con figuritas de cristal, floreros pintados a mano, lámparas de otros tiempos, candelabros de plata. Era un salón grande con poco espacio debido a la decoración de antaño.
—Ese cuadro lo pintó Julio —susurró la matrona de los Montejo—. Siempre he pensado que es una porquería, pero mi esposo insistió en colgarlo aquí.
—Pues a mí me parece que está muy bien hecho... especialmente los ojos. Son iguales a los suyos.
Rodrigo Carbajal, inspector de policía, se volvió lentamente para ver a la viuda sentada sobre uno de los sillones, con el semblante pálido, la mirada perdida y una lágrima cayendo en su vestido negro. Apoyaba ambas manos en su bastón.
A su derecha estaba Juan Carlos, su hijo mayor, robusto, un poco gordo, frente amplia en la que se adivinaba una calvicie temprana a sus veintisiete años. Agravaba su rostro un bigote espeso de color negro.
—Lo siento, he sido descortés con ustedes —añadió el inspector—. Permítanme ser el primero en ofrecerles mis más sinceras condolencias por su esposo y su padre.
—Muchas gracias— asintió Juan Carlos con un nudo en la garganta, pues dentro tenía lágrimas que aún no verían el día; quería aparentar ser un hombre fuerte.
Rodrigo Carbajal se sentó frente a ellos con su levita polvosa. Las arrugas envejecían su rostro, su juventud manchada de canas, su barba de tierra citadina.
—Ahora, señora, dejemos a un lado los formalismos y dígame cómo encontró el cuerpo del difunto.
Beatriz levantó la cabeza, tragó seco. Estaba dispuesta a recitar su historia bien ensayada cuando creyó ver lo imposible en uno de los espejos: el reflejo de su esposo. Una aparición cadavérica de tez pusilánime, con ojeras podridas y hoyos negros en lugar de ojos. Por un momento, la aparición pareció reprobar la presencia de Beatriz, luego desapareció como las sombras en la luz.
—Yo regresaba de misa de siete de la mañana, como todos los días... Subí las escaleras con el apoyo de mi bastón. Iba a buscar a Carlos porque... porque íbamos a desayunar juntos... en el comedor, pero cuando abrí... vi la sangre... ¿Por qué cometería un pecado tan terrible?... ¿Por qué?
Bajó el rostro y lloró como pocas veces lo había hecho en su vida.
Juan Carlos se apiadó de su madre y la abrazó. Por un momento, compartió su dolor sin soltar lágrima alguna.
—El difunto dejó una carta, señora, pero es terrible, podría decirse que hasta inmoral. Aquí la tengo. Sé que no es el momento para que la lea, sin embargo le dará las respuestas que busca.
El inspector sacó de su levita una hoja doblada por la mitad, con manchas de sangre en una de las esquinas. Alargó el brazo hacia Beatriz pero ella no la tomó.
—No puedo, léela tu, hijo.
—Madre, yo tampoco puedo leer la carta de papá. No me haga esto.
El inspector de policía se aclaró la garganta, un poco molesto. Aún tenía el brazo extendido hacia ellos.
—Uno de ustedes tiene que identificar la letra de Carlos Montejo.
El puño de Beatriz apretó la virgen de plata en su bastón y ella sintió el sudor deslizarse por sus dedos mientras las lágrimas le enfriaban la piel. Semitransparente, cual velo podrido de vestido de novia, el fantasma hizo su segunda aparición y caminó sin que nadie que no fuera ella pudiera verlo.
—¡Juan Carlos Montejo! Te estoy diciendo que la leas ¿Acaso he dejado de ser tu madre y por eso me desobedeces?
Juan Carlos negó con la cabeza, apretaba los labios aún más que su corazón. Quería llorar cada pena que pasaba por su alma, pero la presencia de su madre no se lo permitía, más bien le secaba los ojos hasta dejarlos como terrones sin pasión. Tomó la carta y la desdobló despacio. El dolor lo dejó sin aliento. Balbuceó algo sobre la letra de su padre que sirvió de confirmación para el inspector de policía.
—¿Qué esperas para leerla? —preguntó Beatriz en un tono autoritario disimulado con falsa tristeza.
Y sin embargo Juan Carlos tardó en comenzar la lectura, pues cada palabra era una espina que le sangraba en la mente.
—“Amada Beatriz —leyó—. No puedo seguir viviendo con este pecado en mi conciencia y he preferido enfrentarme a la muerte de carne que a la muerte de espíritu. Por varios meses he tenido una relación sentimental con otra mujer, pero ahora ella pide algo que mi corazón desea entregarle y mi alma no puede. Así que, antes de caer en el adulterio, preferí entregarme al Señor. Cuando tengas nietos, háblales de mí. Despídete de mis hijos... son mi alegría...”
A Juan Carlos se le quebró la voz, no pudo continuar, lo que provocó una mueca de desaprobación de su madre.
—Mire, señora, no compliquemos las cosas —aclaró el inspector de policía con la voz ronca—. El general Díaz no quiere hacer un escándalo con esto. Su esposo era un hacendado importante. Es menester que le den cristiana sepultura lo antes posible y los periódicos están advertidos de no publicar nota alguna sobre el suicidio. Ustedes tampoco hablarán sobre lo que pasó aquí para evitar cualquier escándalo.
Madre e hijo asintieron.
Entonces, el espectro se desvaneció como una sombra que es traspasada por el fuego. Sin embargo, Beatriz sabía que el muerto aún no había partido al más allá.
Aún no.
Esa noche, en la casa de Juan Carlos Montejo, su esposa Eva se peinaba frente al espejo de su tocador. El cepillo de marfil se movía a través de su sedosa cabellera castaña. Humedeció sus labios para ver a su reflejo hacer lo mismo. En su camisón podía adivinarse la forma de sus pechos, fulgor de sus veinte años. Facciones finas en un rostro de piel morena; ojos negros.
En la esquina, una lámpara manchaba las sombras hasta herirlas en diferentes colores. Detrás de Eva, sentado en la cama cual estatua de mármol, su esposo con gruesas ojeras talladas bajo los ojos tristes. Su mente iba y venía con los recuerdos de su infancia.
—¿Terminaste de arreglar lo del funeral? —preguntó sin dejar de contemplarse en el espejo.
Juan Carlos levantó su rostro, inexpresivo.
—Está todo listo, mañana en la tarde lo vamos a enterrar.
Eva dejó a un lado el cepillo, no sentía dolor por la muerte de su suegro pero compartía la tristeza de su familia política. Suspiró en silencio y giró para ver a su esposo, apenas cubierto por el velo nocturno.
—Tu madre, ¿cómo está? ¿Cómo se siente?
—¿Cómo va a estar? Devastada —a Juan Carlos se le quebró la voz y le costó volver a hablar—. Nunca la había visto llorar tanto.
Eva se apiadó de su esposo, de su habilidad para contener las lágrimas. Se veía tan indefenso como si se encontrara solo en el mundo. Se levantó, caminó hasta él y se sentó a su lado.
La llama parpadeó hasta apagarse, la noche devoró todo a su paso.
—Estoy contigo, déjame ser tu apoyo... y cuando el tiempo cure la ausencia de tu padre, estaré ahí para verte sonreír de nuevo.
Juan Carlos levantó la cabeza y ella lo besó en la frente.
III
A la mañana siguiente, el día amaneció gris, con un sol tierno acariciando cada rincón de su reino. Los mercados ya olían a carbón, las pulquerías a jabón y agua. La ciudad empezó a despertar en todas partes, en el ir y venir de un mundo que apenas empezaba a conocer la industria de la modernidad.
Ahí se alzaba la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, colonial, con la fachada tallada en cantera; crucifijos, santos y arcángeles.
Se abrieron los portones de madera, crujieron las bisagras y salió el padre Jacinto Ramos de la profundidad de las tinieblas y los pisos de mármol. La sotana hasta los pies le daba la apariencia de flotar como un fantasma, rezando en su mente un centenar de oraciones por las almas del purgatorio. Pronto, se encontró con un niño descalzo y sucio, de esos con estirpe indígena que gritaban y agitaban periódicos.
El sacerdote le dio una moneda al tomar uno de ellos.
La noticia principal lo dejó sin aire: “El importante hacendado Carlos Montejo ha muerto. Le sobreviven su esposa Beatriz y sus tres hijos: Juan Carlos, Ana María y Julio”.
El padre Jacinto arrugó el papel entre sus manos. Su puño se cerró en la imagen del difunto, que le dejó la piel manchada de tinta.
Con el semblante de un verde pálido, corrió de regreso a su parroquia.
Cerca de ahí, en la casona Montejo, Beatriz se paró frente al espejo del pasillo.
En su reflejo no había rastro alguno de maquillaje, pero llevaba su vestido negro más fino, su mejor peinado, lleno de broches negros. Ojeras pesadas, palidez mortuoria; una actriz disfrazada de viuda, envuelta en sentimientos de luto, lista para salir al escenario a interpretar el papel de su vida.
Apretó su bastón y con paso firme avanzó por la alfombra, siempre con la espalda recta, orgullosa de su porte. De repente se detuvo y penetró en la habitación de su única hija, Ana María. La encontró sentada sobre la cama, apretando un pañuelo de seda en su mano derecha. Tenía la mirada perdida en el vacío, la cabellera negra era una maraña irreconocible. De sus ojos verdes, de veinticinco años, caían gotas de tormento.
Beatriz apretó los dientes.
—¿Todavía no estás lista para bajar? ¿Crees que te van a esperar todo el tiempo que quieras?
Ana María levantó la mirada hacia los ojos de su madre, mas no pudo sostenerla y la volvió hacia el otro lado de la habitación.
—Ya sólo falta peinarme, madre. En diez minutos estoy lista, usted no se preocupe.
Beatriz hizo una mueca de asco con sus labios. Se acercó a su hija para analizarla más a fondo, tocó la tela negra de su vestido, percibiendo la textura entre sus dedos, revisando cuidadosamente el material.
—Cualquiera diría que no eres mi hija, mira nada más cómo te vistes. Esa tela que traes puesta es como para una mujer que vende su moral en las calles —Beatriz respiró profundo.
—Tengo cubiertos los brazos, las piernas y el cuello tal como dice el padre Jacinto todos los domingos. No soy una mujer de la calle.
—Pero eres una quedada —atinó a responder la viuda—. Además no se necesita enseñar un poco de piel para ser una cualquiera. Te me cambias antes de bajar a recibir a los amigos de tu papá y te pones algo fino que no me opaque. ¿Me oíste?
Ana María dejó a un lado su pañuelo húmedo e inspeccionó su vestido. No entendía la razón por la que tenía que cambiarse, pero debía obedecer el cuarto mandamiento.
—¿Me oíste? —insistió Beatriz, golpeando el tapete con el bastón.
—Sí, madre, pero este es el único vestido negro que tengo —contestó Ana María.
—Pues te pones uno de los míos aunque no te quede y haces el favor de apurarte; tienes que cambiarte y peinarte bien antes de bajar.
La joven abrió la boca, sólo por un momento, pero no supo qué decir. En su mente se agolparon un montón de palabras carentes de significado alguno. La figura de su madre era demasiado grande. Sabía que Beatriz tenía razón y se lo repitió a sí misma muchas veces.
Beatriz abrió la puerta y se encontró de nuevo en el pasillo. Sintió una corriente fresca que serpenteaba en la alfombra, seguramente de alguna ventana que había sido abierta sin su permiso. Molesta, avanzó hasta encontrarse frente a otra puerta. No tocó, tenía el derecho de entrar en cualquier habitación de su casa.
La de su hijo Julio era mucho más sobria que la de Ana María: una cama individual, un crucifijo, un ropero contra la pared y un escritorio en la otra esquina, cerca de la ventana. Sentado ahí, de levita negra, recargado sobre la mesa de caoba, lloraba desconsolado el joven Montejo sobre la fotografía sepia de su padre. Era como si la imagen le pudiera transmitir recuerdos, hablara en voz baja, viviera estática en el papel.
—¿Qué diría tu padre si te viera llorando ahí como Magdalena en Viernes Santo? Ya te dije que los hombres no lloran, sólo los maricones. ¿Eres maricón?
Julio se volvió para verla, era el único de sus hijos que podía mirarla a los ojos.
—No, mamá —respondió, seguro de sí, a pesar de que su voz salió entrecortada por suspiros.
—Entonces te lavas la cara y dejas de comportarte como una mujercita, que ya nos están esperando en la sala. Y más te vale que no vea una lágrima en todo el día o ya sabes lo que te va a pasar...
Por un momento, Julio tocó su espalda tapada por la levita gruesa, sabía que ahí estaban las cicatrices, las heridas que su madre le había hecho con la base plateada de su bastón.
—Sí, mamá. En un momento bajo a recibir a todos —respondió Julio con un rencor que le ardió hasta los huesos y los ojos como carbones encendidos por el mismo fuego de su alma.
Esta vez fue la misma Beatriz la que no pudo sostenerle la mirada y la desvió hacia la ventana. Gruesas nubes se iban acumulando en el firmamento, cada una más gris que la anterior, mientras que a lo lejos se oyó un trueno.
—Te lavas bien la cara, no quiero que los demás piensen que el hijo de Carlos Montejo es maricón —concluyó Beatriz con voz ronca.
La matrona de los Montejo salió de la habitación y regresó al pasillo largo donde el aire frío parecía arrastrarse por la alfombra, levantando el polvo como una criatura con vida propia.
Apoyándose en su bastón, la viuda caminó hasta encontrarse ante la escalera de mármol. El vitral lucía apagado, ese sol que había visto el padre Jacinto cuando despertó ya no estaba. Beatriz se tomó unos segundos más para volver a tomar el papel de viuda.
Con los ojos llenos de lágrimas dio el primer paso hacia el funeral.
El ataúd abierto de Carlos Montejo fue colocado junto a la entrada de la sala, sobre una mesa que le prestaron a la familia.
Cuando los asistentes entraban por la puerta principal, Petrona los llevaba a ver el cadáver maquillado y luego al comedor por un plato de chilaquiles o un caballito de tequila. De este modo desfilaron por la casona Montejo personajes muy importantes de la política y la sociedad: actores famosos, empresarios, familiares; la mayoría por obligación.
Entre ellos estuvo la única sobrina de Beatriz, una muchachita de apenas quince años, pálida y frágil, con un cuello delgado y grandes ojos tristes. La pena que embargaba su alma no era por la muerte de su tío, sino por el secreto que ocultaba en su interior.
Sentada junto a ella estaba su novio, de piel oscura y bigote espeso. Veinticinco años que bien pudieron ser treinta.
—Ahora estoy segura de lo que te digo, ando de encargo.
Octavio se quedó sin aliento y dejó caer su espalda en el sillón, con el alma retorciéndosele en el estómago. Sintió dolor, un poco de miedo.
—No sé cuánto tiempo lleves, pero creo que lo mejor será que nos casemos lo antes posible. Ya sabes, para guardar las apariencias.
Clara se quedó pensando, apretaba muy fuerte sus labios finos, sus ojos de almendra perdidos en el vacío.
—Mi tía Beatriz dice que el pecado ya está hecho y que no me puedo casar de blanco. Además, si alguien se pone a contar los meses entre la boda y el nacimiento, se van a dar cuenta de que soy una cascos ligeros —esa última frase se atoró en su garganta.
—No digas eso, no eres una de esas mujeres. De verdad te amo y quiero criar ese hijo.
De nuevo, la jovencita se quedó pensando.
—Mis padres nunca te aceptarán como yerno.
—¡Pero eres mía! Yo voy a hablar con ellos para que me den tu mano.
Clara negó con la cabeza, luego la mantuvo quieta. Se levantó con los ojos húmedos y, con la espalda encorvada, miró a Octavio.
—No. Dame unos días para hablar con ellos, por favor...
Octavio quiso tomarla de la mano, pero ella la apartó.
—Por favor —insistió la niña y se perdió entre la gente.
Ni siquiera se fijó en que había pasado junto a su primo Julio que, pálido, cubría su rostro para que su madre, parada al otro lado de la habitación recibiendo pésames, no lo viera llorar. Arturo estaba con él, pero no sabía qué decirle.
Ana María se había sentado en la sala, acompañada de sus tíos. Rosa era la hermana mayor de Beatriz y era físicamente muy parecida a ella, pero con el cabello encanecido, arrugas en la frente y un cuerpo más fino. Su esposo, Bernardo, de poca estatura y delgadez, tampoco lucía juventud en el rostro. Los dos abrazaban a su única sobrina y le repetían que todo iba a estar bien.
Así transcurrió la mañana. El tiempo fluyó como agua que moja los tapetes y se lleva el polvo. El cadáver fue visto, incluso besado. Beatriz tenía miedo de ver al fantasma otra vez, pero el muerto no cruzó el velo que lo separaba del más allá.
Pasado el mediodía, don Porfirio Díaz se apareció en la puerta principal. Iba vestido con su mejor levita y cubierto con tal porte que su sola presencia imponía autoridad presidencial. Con la frente en alto y su bigote salpicado de canas, iba del brazo de una joven tierna de piel marfil: Carmen Romero Rubio, su segunda esposa.
Juntos se asomaron al ataúd por unos segundos y luego se acercaron a Beatriz. Él tomó la mano de la viuda.
—Mi señora —dijo con voz ronca, impregnada de ciertos tintes melancólicos—. Lamento mucho lo de su esposo, a México le hacen falta hombres como él, con tamaños, con ganas de sacar al país adelante. Por eso, Carmelita y yo queremos extenderle el pésame de toda la nación.
—Muchas gracias, señor presidente. Mi esposo siempre lo admiró mucho —exclamó Beatriz con su voz quebrada de viuda y los ojos enrojecidos, sin apartar la mirada del general.
Detrás de don Porfirio se acercaron a la matrona muchos de los presentes, desde ministros de gobierno hasta periodistas.
Agustina Castelló, su mejor amiga, llegó unos minutos después para externar su dolor.
Pasada la una de la tarde, apareció entre los presentes una mujer tan fea y deforme que difícilmente podría haber sido calificada como un ser humano. Su piel parecía ser la de un árbol viejo y sus ojos más grises que los nubarrones de las tinieblas. Llevaba un vestido amarillo que parecía estar hecho de varias telas remachadas.
Cojeando, se acercó hasta la viuda y tomó sus dos manos entre las suyas.
—¿Aún viva? —le susurró Beatriz para que nadie la oyera.
—Patrona, vengo a ponerme en sus manos para lo que pueda ayudar ahora que tiene tanto dolor —respondió aquélla con voz rasposa.
Beatriz la barrió con la mirada. Semejante mujer insignificante se atrevía a saludarla sin su permiso.
—Cuando quiera hablar contigo, Claudia, voy a mandar traerte de la hacienda. Antes no. Ve a la cocina para que te den un plato de frijoles fríos y luego te me vas para la calle.
Claudia bajó la cabeza y asintió, su espalda crujió al enchuecarse y así caminó a un lado del presidente de la República, que en ese momento le daba la mano a Juan Carlos Montejo, el hombre de los ojos sin lágrimas.
Las flores se marchitaban en cuanto Beatriz se acercaba a ellas, pero eso no le importaba, había posado la mirada en su nuera. ¡Cómo la odiaba! Para ella, Eva era una mujer tan baja, tan poca cosa, tan pobre e inculta; seguramente tan pecaminosa como la Jezabel de la Biblia. ¿Acaso no le había dicho muy claro a Juan Carlos que no la llevara al funeral?
Su bastón, fiel compañero, le sirvió de soporte para llegar hasta su hijo mayor, a quien le pidió hablar en privado.
Él cedió, como siempre que su madre le pedía algo.
Caminaron por el pasillo que se escondía al lado derecho de las escaleras y entraron a un cuarto con libreros empotrados en la pared y un pesado escritorio junto a la ventana. En vida, había sido el estudio de Carlos Montejo.
Beatriz cerró la puerta y dio una vuelta a la llave.
—¿Pasa algo, madre? —preguntó Juan Carlos.
Beatriz se mantuvo serena, con las manos apoyadas en el bastón mientras levantaba su ceja izquierda y apretaba los labios. Después de algunos segundos, respondió.
—Quiero saber qué hace ella aquí.
Juan Carlos se volvió a la puerta como si pudiera ver a través de ella, luego observó los ojos de su madre pero no pudo sostenerle la mirada.
—Esa... esa... no sé ni cómo llamarla —exclamó Beatriz—. ¿Qué hace en el funeral de tu padre si él nunca aceptó que ustedes se casaran? Deshazte de ella, mándala a su casa.
—Es mi esposa, mamá —se defendió Juan Carlos como niño berrinchudo.
Beatriz rugió y los libreros temblaron.
—¡Nunca será parte de mi familia! Si no la mandas a su casa, lo haré yo. Enfrente de todos para que sepan que en esta casa mando yo. ¡Soy la señora! Así que dile que se vaya o...
—¡No, mamá! —Juan Carlos la interrumpió de repente y luego se quedó callado, temblando de miedo. Estaba seguro de que su madre empezaría a golpearlo con el bastón, como cuando había llegado de la escuela con los pantalones llenos de lodo y ella le gritó que era un niño malo que jamás llegaría a ser parte de la sociedad si no aprendía a cuidar su aspecto.
Beatriz apretó la virgen de plata en sus manos, con toda la fuerza de su furia; sus ojos eran volcanes a punto de hacer erupción. Apretó los dientes hasta hacer crujir las ventanas.
—¿Qué has dicho? —preguntó Beatriz, furiosa —. ¿Te atreves a cuestionarme a mí, que soy tu madre y te traje a este mundo con dolor?
—No, es sólo que...
—¿Quién te crees para desobedecerme? ¡Te vas a arrepentir de haberme gritado de esa manera!
De pronto, un par de libros cayeron de los libreros. Beatriz era una fiera, una sombra dispuesta a destruir todo lo que la amenazara. Se acercó a su hijo con el bastón levantado.
—¡Eva es tu familia! Está embarazada —respondió Juan Carlos.
Las palabras de su hijo le arrebataron el aliento y la empujaron hasta una de las sillas donde se dejó caer. Le faltaba el aire y el mundo parecía disolverse en un abismo terrible en el que ella caía irremediablemente.
Su bastón se le cayó de las manos.
—No dijiste eso, es mentira. Dime que es mentira, Juan Carlos. ¡Es mentira!
Pero su hijo negó con la cabeza, no supo qué decir.
—Mi sangre mezclada con la de esa... esa... ni siquiera se me ocurre una palabra que no manche mis labios de pecado. Hazme un favor y lárgate. Luego voy a hablar contigo y con tu esposa sobre esto.
