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Las lanzas (La senda de los Tercios 1)

Fernando Martínez Laínez

Fragmento

Creditos

Título original: The Moon in the Palace 

Traducción: Irene Saslavsky 

1.ª edición: septiembre 2017 

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L. 

Travessera de Gràcia, 47-49, 08021 Barcelona 

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U. 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-806-8 

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Contents
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
DINASTÍA TANG, 631 D. C. Quinto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. VERANO
1
2
AÑO 639 D. C. Año Decimotercero del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. OTOÑO
3
AÑO 640 D. C. Decimocuarto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. PRIMAVERA
4
5
6
7
640 D. C. Decimocuarto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del emperador Taizong. INVIERNO
8
9
641 D. C. Decimoquinto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. VERANO
10
641 D. C. Decimoquinto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. OTOÑO
11
641 D. C. Decimoquinto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. INVIERNO
12
642 D. C. Decimosexto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. PRINCIPIOS DE PRIMAVERA
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642 D. C. Decimosexto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. FINALES DE PRIMAVERA
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642 D. C. Decimosexto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. VERANO
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642 D. C. Decimosexto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. OTOÑO
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642 D. C. Decimosexto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. INVIERNO
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643 D. C. Decimoséptimo Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. PRIMAVERA
28
29
643 D. D. Decimoséptimo Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. VERANO
30
643 D. C. Decimoséptimo Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. INVIERNO
31
644 D. C. Decimoctavo Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. PRIMAVERA
32
33
644 D. C. Decimoctavo Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. OTOÑO
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644 D. C. Decimoctavo Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. INVIERNO
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648 D. C. Vigésimo Segundo Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong. VERANO
41
Agradecimientos
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A Mark, cuyo amor me da una nueva vida

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Luna1 

DINASTÍA TANG, 631 D. C.

Quinto Año del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong

VERANO

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1

El día que predijeron mi futuro solo tenía cinco años.

Estaba practicando caligrafía en el jardín donde padre era el anfitrión de la reunión con los nobles, los eruditos y otros hombres importantes de la prefectura. Era una deslumbrante tarde de verano; él no llevaba su sombrero de gobernador y los rayos del sol se filtraban por entre el laberinto de las ramas del roble, iluminando sus cabellos grises como una corona de plata.

Un monje al que yo jamás había visto con anterioridad pidió permiso para leerme el rostro.

—¡Qué extraordinario! —exclamó, y se inclinó para mirarme a los ojos—. Nunca había visto un rostro tan perfecto, un diseño tan inmaculado y tan lleno de inspiración. Contemplad la sien de este niño, la forma de su nariz y sus ojos. Este rostro alberga la misión del cielo.

Tuve que sonreír. Lo había engañado. Yo era la segunda hija de mi padre y su predilecta. A menudo solía vestirme con la túnica de un niño y me trataba como al hijo que no tenía. Madre no estaba de acuerdo con el juego, pero yo lo consideraba un gran honor.

—Sin embargo, es una pena que sea un niño —dijo el monje cuando los demás se acercaron y nos rodearon.

—¿Una pena? —preguntó padre, en un desacostumbrado tono de confusión—. ¿Por qué, Tripitaka?

Yo también sentía curiosidad. ¿Cómo podía ser que una niña fuese más valiosa que un niño?

—Si fuese una niña, con ese rostro... —dijo el monje Tripitaka, contemplándome con insistencia—, eclipsaría la luz del sol y brillaría más que la luna. Dirigiría el reino que gobierna a muchos hombres. Sería la madre de los emperadores del país, pero también sería la emperatriz en su propio nombre. Desmantelaría la casa de las mentiras pero construiría el templo de lo divino. Disolvería el reino de los fantasmas pero fundaría una dinastía de almas. Sería inmortal.

—¿Una mujer emperador? —preguntó padre, boquiabierto—. ¡Eso es imposible!

—Resulta difícil de explicar, gobernador, pero es verdad. No habría nadie antes de ella y nadie después.

—Pero esta niña no pertenece a la familia imperial.

—Sería su destino.

—Comprendo —dijo padre con expresión pensativa—. ¿Cómo podría una mujer reinar sobre el reino? —inquirió padre dirigiéndose al monje, aunque sin apartar los ojos de mí. Un brillo extraño asomó a su mirada.

—Ella debe padecer.

—¿Padecer qué?

—Las muertes.

—¿Las de quién?

Por toda respuesta, Tripitaka se limitó a volverse y a deslizar la mirada por la sala de recepción a través de la entrada del jardín en forma de luna, donde magníficos murales y antiguos biombos de madera de sándalo con incrustaciones de perlas y jade cubrían todas las paredes. Apoyados en ellas había preciosos cuencos y copas de cerámica, una reliquia de marfil del Buda —el tesoro más valorado de madre— y una rara colección de poemas de cuatrocientos años de antigüedad. En el centro de la sala estaba el objeto que todos los huéspedes de padre le envidiaban: una estatua de tamaño natural de un caballo de oro puro, un obsequio del emperador Gaozu, el fundador de la dinastía Tang, que le debía su reino a padre.

Tripitaka se volvió hacia padre una vez más, contemplándolo como quien observa a un hombre ahogándose en un río y no puede prestarle ayuda.

—Ahora me marcharé, respetado gobernador. Que la fortuna te proteja para siempre. Ofrecerte mis servicios es mi privilegio —dijo. Unió las manos, hizo una reverencia y se dispuso a partir.

Jamás logré explicar lo que hice después: corrí hasta él y tiré de su estola. Puede que solo pretendiera despedirme, pero las palabras que escaparon de mi boca fueron:

—Wo men xia ci chong feng.

«Volveremos a encontrarnos.»

Tripitaka me lanzó una mirada sorprendida. De pronto, como si acabara de comprender algo, asintió con la cabeza y, haciendo una profunda reverencia, dijo:

—Así será.

Cualquier otro niño de mi edad se hubiese sentido confuso o al menos incómodo. Pero yo, no. Sonreí, me retiré y cogí la mano de padre.

Después de aquel día jamás volví a llevar una prenda de niño y padre comenzó a redactar cartas y enviárselas al emperador Taizong, el hijo del emperador Gaozu, que había heredado el trono y residía en un gran palacio, en la ciudad de Chang’an. Cuando le pregunté por qué enviaba esas cartas, padre dijo que quería que yo fuera al palacio. Me explicó que existía una costumbre que consistía en que todos los años el soberano del reino escogía a varias doncellas para servirlo. Las doncellas debían proceder de familias nobles y tener más de trece años. Suponía un gran honor para las doncellas, pues una vez favorecidas por el emperador y convertidas en damas de alto rango, brindarían eterna fama y gloria a sus familias.

Padre se dedicó a enseñarme poemas clásicos, historia, caligrafía y matemáticas, y todas las noches antes de acostarme me pedía que recitara El arte de la guerra, de Sun Tzu. A menudo solía dormirme murmurando: «Toda guerra está basada en el engaño...»

Pasaron los días, las estaciones y los años. Cuando cumplí los doce, un año antes de que el emperador Taizong me mandara llamar, padre me acompañó hasta la sepultura de nuestra familia. Parecía muy animado, caminaba con paso ligero y la cabeza erguida. Me contó viejas historias de cuando él, el hombre más acaudalado de la prefectura de Shanxi, había financiado la guerra del emperador Gaozu en la época en que este decidió rebelarse contra la dinastía Sui; relatos de cuando el emperador fue traicionado y obligado a huir, y padre abrió las puertas de nuestro inmenso hogar para acoger a su ejército; me habló de cómo, una vez ganada la guerra, el emperador Gaozu sugirió que padre se casara con madre, prima de la emperatriz, hija de un noble de renombre fiel al imperio que había perecido.

Agitando las largas mangas de su atuendo, padre me mostró las tierras onduladas que se extendían hasta el borde del sol: sus tierras, las tierras de mi familia.

—¿Me prometes que protegerás la fortuna y el honor de nuestra familia? —preguntó con los ojos brillantes.

Apreté los puños, asentí con aire solemne, y él se rio. Su voz se confundió con el aire tibio y resonó en las cimas de los lejanos cipreses.

Envuelta en el placer de haberlo complacido vi un par de ojos amarillos y prominentes atisbando desde los arbustos. Entonces el silencio se enseñoreó en el bosque, las aves dejaron de cantar y los rumores se apagaron. Una lluvia de hojas, piel y gotas rojas cayó del cielo y un alarido penetró en mis oídos. Tal vez lo había soltado yo, quizá padre, no estaba segura, porque todo se volvió negro y cuando recuperé el conocimiento estaba sentada ante la mesa con madre y mis dos hermanas, comiendo gachas de arroz con carne de cerdo picada.

Uno de nuestros criados entró apresuradamente en la sala de recepción, jadeando y con la cara empapada en sudor. Dijo que había ocurrido un accidente, que padre había caído de un risco y había muerto.

El día de su entierro los pálidos rayos del sol hendían la opaca neblina matutina que flotaba por encima de los senderos de montaña. Me acerqué lentamente a su tumba; una llaga reventó en uno de los dedos de mi pie, pero yo apenas lo noté. Ante mí un sacerdote —cuyo rostro estaba cubierto por una máscara cuadrada con cuatro ojos pintados— brincaba y danzaba, y cerca de él los campaneros agitaban sus pequeñas campanillas. El tintineo se elevó al cielo pero permaneció en mi corazón. Desesperadamente, traté de encontrar una pista que arrojara algo de luz sobre cómo había muerto padre, pero por más que lo intentaba no lograba recordar los detalles del día de su muerte. Mientras los portadores del carro fúnebre empujaban a padre al interior de la cámara de tierra y lo enterraban, yo permanecí de rodillas, con el rostro entumecido y las manos frías.

En ese momento creí que mi vida había llegado a su fin. Ignoraba que no había hecho más que comenzar.

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2

Cuando regresamos, un grupo de hombres aguardaba delante de casa. En medio de la noche, el rugido de sus antorchas sonaba como un incendio en el bosque y el humo negro se elevaba al cielo como la tenebrosa red de una monstruosa araña.

Reconocí al magistrado que llevaba el sombrero de padre y me descorazoné. Había ocupado el puesto de padre. Yo conocía la ley: por mucho que mi padre me quisiera, yo no era su hijo varón, y por eso no heredaría su puesto de gobernador, pero debía de haber otro motivo que justificara la presencia del magistrado. Detuve a madre y a mis dos hermanas y las abracé.

—Anciana —dijo el magistrado, dirigiéndose a madre con las manos apoyadas en las caderas—, llévate a las inútiles de tus hijas y vete de aquí.

No estaba dispuesta a tolerar a ese hombre ni su falta de respeto por madre y me planté ante él.

—No le hables a mi madre en ese tono. Si alguien debe marcharse eres tú. Esta es mi casa.

—Ya no —contestó él con voz desdeñosa—. Ahora es mía. Todo me pertenece: el edificio, el tesoro y todo el oro. Y ahora desaparece de mi vista —añadió. A un ademán suyo, sus hombres se lanzaron hacia delante y nos empujaron hacia el camino.

—¿Cómo te atreves? —Me debatí intentando zafarme de las manos que me aferraban los hombros—. ¡Canalla!

Una punzada de dolor me atravesó cuando el magistrado me asestó un puñetazo en el estómago y quedé atontada. Era la primera vez que alguien me golpeaba; me lancé hacia él y le pegué un violento puntapié, pero recibí otro golpe en la espalda y caí al suelo con la vista nublada por el dolor. Durante un momento solo oí el eco de fuertes bofetadas y los gritos aterrados de mis hermanas. Sacudí la cabeza y traté de ponerme de pie, porque en ese instante vi que madre, con la mano apoyada en la cara, caía a mi lado resollando. Me abalancé sobre ella y la rodeé con los brazos, protegiéndola al tiempo que más golpes llovían sobre mis espaldas.

Finalmente, los puntapiés y los golpes cesaron, y detrás de mí se cerraron las puertas de mi casa, de cuyo interior surgían sonoras carcajadas y vítores.

Entonces nuestros cien criados se acercaron cargados con sacos y, entre lágrimas, me ayudaron a incorporarme. Tenía un nudo en la garganta; los conocía desde que era una niña pequeña y los llamaba tíos y tías, pero estaban obligados a partir. Era tal como había dicho el gobernador: «Cuando un árbol cae, a los desdichados monos no les queda más remedio que dispersarse.»

A mi lado, mi madre y mis hermanas sollozaban. Quise abrazarlas y consolarlas, pero sabía que no podía hacer nada; acaso tan solo suplicar a los nobles que habían servido a padre para que me ayudaran a recuperar la casa, pero el codicioso magistrado —cuya palabra era la ley— era su superior y ninguno de ellos osaría desafiarlo.

¿Dónde podíamos alojarnos? Nadie nos acogería, todos los miembros de la familia de madre habían muerto en la guerra y padre no tenía parientes en Wenshui. Podía pedir a los vecinos que nos acogieran, pero esa no era una solución. Seríamos como pordioseras, obligadas a confiar en la caridad de los demás. Al final madre dijo que fuésemos a casa de Qing, mi hermanastro, que vivía en Chang’an, la ciudad en la que se encontraba el gran palacio del emperador Taizong. Qing, el hijo mayor de mi padre, fruto de un matrimonio anterior, era un codicioso jugador que me detestaba y el último a quien yo hubiera recurrido para pedir ayuda.

Pero decidí hacer caso de madre: iríamos a Chang’an, una vez allí buscaría la manera de ver al emperador y le suplicaría que nos devolviera nuestra casa y nuestras pertenencias.

La noche se tornó fría, todas nos acurrucamos bajo un árbol para entrar en calor; estaba hambrienta, exhausta y dolorida debido a la paliza, pero no logré cerrar los ojos mientras el viento nocturno azotaba mi rostro helado.

De madrugada madre se acercó a una caravana que pasó por nuestra ciudad y pagó nuestros pasajes con mi brazalete de jade; junto con mis dos hermanas, cojeé hasta el carruaje y monté en él. Con el mentón golpeando contra la ventanilla, observé mi hogar mientras este desaparecía en la distancia. Había bebido el agua de Wenshui, recorrido el fangoso camino de Wenshui y me había criado respirando el aire de Wenshui. Y ahora debía partir.

Padre solía decir que Chang’an era el lugar más magnífico bajo el cielo y muchas personas acudían a la ciudad del emperador como polillas atraídas por la luz. Todo el mundo —tanto los mercaderes como los poetas, los mercenarios y las prostitutas— iban allí con el fin de realizar sus sueños de fortuna y decadencia. También era la meta de la Ruta de la Seda, donde mercaderes de lugares tan remotos como Persia, Kucha, Kashgar y Samarcanda acudían con raros perfumes y artículos de lujo difíciles de obtener para comerciar con ellos.

Cuando nos acercamos a la muralla de la ciudad cerca de la Puerta Jinguang, el panorama que vimos no coincidía con la descripción de padre. Grises e interminables murallas se extendían como dientes de dragón, los mercaderes avanzaban tambaleándose por el camino, con los rostros arrugados y los labios agrietados por la sed, y los bosquecillos de caquis a orillas de un lago próximo parecían estar a punto de perecer.

Una vez que atravesamos la puerta correcta, la vista de la ciudad me sorprendió: puentes de piedra se arqueaban en forma de media luna, sauces bordeaban profundas zanjas, canoas y barcos dragón flotaban en plácidos canales y los edificios amurallados —los distritos residenciales, según me informó madre— se elevaban unos junto a otros como fortalezas.

Me protegí los ojos con la mano ante los brillantes rayos de sol que se reflejaban en las aguas del canal, negándome a parpadear: no quería perderme nada. Las calles eran tan amplias como el cielo, bordeadas de arces, olmos, robles y enebros. Todo parecía organizado y ordenado, e incluso los caballos dejaron de relinchar como si respetaran un silencioso código de obediencia.

A mi izquierda transcurrían dos calles paralelas: al otro lado los paseantes salían de la ciudad, mientras que el carril central permanecía desierto. Un grupo de jinetes con sombreros y botas no tardaron en trotar a lo largo de esa calle; al principio creí que eran los guardias del emperador, pero cuando se acercaron vi que eran nobles. Iban mejor vestidos que todos los habitantes de mi ciudad natal: gruesas tiras de piel ornaban sus sombreros y las mangas de seda les rozaban las botas. En Wenshui todo el mundo me saludaba en la calle, pero esas personas pasaron junto a nosotras como si no existiéramos.

—¿Dónde está el palacio? —pregunté a madre.

—Mira hacia allí, ¿ves ese muro rojo? Es el muro del palacio —dijo madre, rodeando a mis hermanas con los brazos.

Hermana Mayor dormía, pero Hermana Pequeña —que había nacido con el corazón débil— soltó un gemido: había enfermado durante el viaje.

Le acaricié el hombro para calmarla y, cuando se tranquilizó, me acerqué a la ventanilla. Las puertas de color bermellón y rematadas de bolas de bronce eran altas y anchas, pero no me impresionaron, pues no me parecieron tan distintas de las puertas de nuestra casa. Sin embargo, a medida que el carruaje fue avanzando, me di cuenta de lo inmensa que era en realidad la entrada del palacio; no disponía de una puerta sino de tres: una a la izquierda, otra en el centro y otra a la derecha. La central, reservada exclusivamente para el emperador y la difunta emperatriz —recordé lo que padre me había contado—, era la más magnífica. Disponía de un puente arqueado en la parte delantera y en la parte superior del muro había dos qilin de piedra —los míticos unicornios— haciendo cabriolas junto a dos atalayas: parecían pabellones flotando en el aire.

Padre había dicho que el palacio contenía nueve mil novecientas noventa y nueve habitaciones, una cifra auspiciosa que sugería la longevidad del reino. Cada habitación estaba revestida de mármol y cada columna estaba cubierta de tallas de dragones con incrustaciones de jade y rubíes. Tanto de día como de noche, el sonido de laúdes y cítaras inundaba las habitaciones y las mujeres del palacio a menudo paseaban envueltas en vestidos de gasa de todos los colores del arcoíris, adornados con cinturones perfumados.

Y el emperador Taizong, para quien entonaban todas las melodías, para quien habían construido todos los edificios... Me pregunté si habría recibido las peticiones de padre. ¿Me convocaría? Si lo deseaba, podía encontrarme con facilidad, puesto que la ciudad mantenía un registro estricto de quién entraba en el distrito y quién vivía con sus familiares.

Por fin llegamos a la casa de Qing, un pequeño edificio de barro compactado y techo de juncos. En cuanto nos vio, Qing exigió que madre le entregara su saco de monedas y nuestras joyas; entonces comprendí que ese era el único motivo por el que permitía que nos alojáramos en su casa.

Esa noche compartimos una esterilla de bambú en una pequeña habitación con las dos concubinas de Qing y sus ocho hijos. Apenas logré dormir. Antes del amanecer resonó una retreta de tambor, la señal que indicaba la apertura del vecino Mercado Occidental. Me vestí y abandoné la casa de Qing sin hacer ruido; quería ver el palacio. No podría entrar, pero tal vez, con un poco de suerte, vería al emperador Taizong y, gracias a las contribuciones de padre, al emperador Gaozu y a la dinastía, el emperador Taizong satisfaría mi deseo y nos devolvería nuestra casa, ¿no?

En el exterior, el barullo del mercado resonaba entre la espesa niebla matutina como un trueno. Me detuve, consternada al ver la multitud que me rodeaba: había vendedores persiguiendo posibles clientes con fláccidas perdices, conejos y víboras golpeándoles los hombros, mercaderes hundiendo los pies en la tierra y empujando carros cargados de sedas, adivinos paseando por todas partes con cartas de bambú en las manos y levantando nubes de polvo cobrizo a cada paso.

Me abrí paso entre la muchedumbre y alcancé la calle Celestial, que se extendía hasta las puertas de entrada del palacio. Allí estaba apostado un ejército de guardias, comprobando a un numeroso grupo de ministros que sostenían emblemas en forma de pez: el requisito para entrar en palacio. No había ni rastro del emperador.

Di media vuelta y regresé a la casa de Qing.

Al vivir en Chang’an, era habitual oír rumores sobre el palacio. Se decía que ese año el emperador convocaría a quince doncellas, las Selectas, para que lo sirvieran en la Corte Interior, y que darían prioridad a las hijas de los nobles de rango más elevado. El rango de mi padre, un gobernador, había sido elevado.

Confiaba en que el emperador me convocara; la vida en el hogar de Qing era lamentable: era más pobre que cualquiera de los criados de mi padre, pasábamos muchos días sin comer y, cuando había suerte, yo comía el arroz quemado pegado al fondo de la cazuela. Hermana Mayor se vio obligada a casarse con un pobre comerciante del sur para dejar de ser una carga para nosotras y Hermana Pequeña enfermó aún más. Preparé unas coles en salmuera y las vendí en el mercado para obtener dinero para los remedios.

Entonces un día mi suerte cambió. Unos gongs resonaron ante la casa de Qing y un hombre que sostenía un estandarte entró por la puerta. A sus espaldas había un carruaje y un hombre que parecía una gran calabaza: vientre abultado, torso grueso y cabeza pequeña.

—Todos de rodillas —ordenó a mis vecinos.

Qing, madre con Hermana Pequeña en brazos y yo nos reunimos ante él. El hombre desenrolló un pergamino de bordes dorados: el emblema de un edicto.

Con voz cantarina leyó lo siguiente:

—«En el octavo mes del año decimotercero del Reino de Pacífica Esperanza, yo, Taizong, emperador de China, El Que Está por Encima de Todo, el conquistador del norte y del sur, el soberano de toda la Tierra y los siete mares, por la presente decreto que la segunda hija de Wu Shihuo, antaño gobernador de la prefectura de Shanxi, el hombre que proporcionó meritorios servicios a nuestro reino, será escogida como una de las quince doncellas que entrarán en la Corte Interior. He aquí mi decreto.»

La multitud soltó un grito ahogado y todos me rodearon gritando sus enhorabuenas. La dicha me invadió: las peticiones de padre habían sido escuchadas y yo iría al palacio, tal como él había deseado; sin embargo, al contemplar a madre y Hermana Pequeña no pude sonreír: me vería obligada a abandonarlas y mi hermana estaba muy enferma. ¿Quién cuidaría de ellas mientras yo estaba en el palacio?

Más tarde, cuando todos se marcharon, Hermana Pequeña se quedó adormilada y yo me senté en un banco junto a madre. Ella se secó las lágrimas.

—Son lágrimas de felicidad —dijo.

No supe qué contestar. Apesadumbrada, me situé detrás de ella y le froté los hombros; aquellos días le dolía la espalda y yo había aprendido a aliviar su dolor. Le masajeé los hombros, sumida en la pena y la impotencia que brotaban de mi corazón. Una vez en el palacio ya no vería su rostro al despertar por la mañana, ni oiría su voz antes de dormirme. No podría rodearla con los brazos ni escuchar su respiración. Presioné sus hombros con la fuerza con la que nací y le di un masaje en los omóplatos, la parte superior de los hombros y luego la espalda con los pulgares, bajo los cuales noté su piel fláccida y sus huesos duros: sólidos, resueltos y consoladores. Como el amor.

Entonces lo supe: nada nos separaría jamás, ni un palacio ni el cementerio.

Reduje la presión y le golpeé la espalda con los puños con suavidad. Madre se relajó y soltó un suspiro de alivio, como siempre.

—Los escoltas del palacio vendrán a buscarte dentro de un mes. Entonces iniciarás una nueva vida —dijo madre.

Eché un vistazo al patio; paredes agrietadas rodeaban el pequeño espacio, un charco de bazofia se filtraba por debajo de un cubo y cerca de la puerta había un huso roto y un hoyo en el barro a guisa de cocina. Ese lugar no era mi hogar, sino un recordatorio de lo que debía hacer por mi familia: debía ayudar a mi madre y a mi hermana a escapar de ese sitio espantoso y debía cuidar de ellas. Dado que me habían llamado para servir al emperador, ello me sería posible, pues si me congraciaba con él podría recuperar el hogar de mi familia y restaurar su fortuna. Tal vez incluso lograría cumplir el deseo de padre con respecto a mi destino: convertirme en la soberana más poderosa de China.

—¿Cuidarás de ti, madre? —pregunté, plantándome frente a ella.

—Sí —contestó, me atrajo hacia sí y me contempló—. Estás sola, Mei, no hay nadie que te ayude y tienes demasiado metal en el corazón y no el agua suficiente. ¿Comprendes la clase de lugar que es la corte?

—Madre —dije, aunque sabía que mis palabras no apaciguarían su inquietud—, ¿recuerdas que padre solía leerme las enseñanzas de Sun Tzu? En cierta ocasión, me explicó la diferencia entre un guerrero corriente y uno bueno. Citó las palabras del maestro y me pidió que las memorizara: «Levantar una pluma no indica una gran fuerza; ver el sol y la luna no indica una vista aguda; oír el ruido del trueno no indica un oído agudo.»

—Ah —dijo madre, asintiendo con la cabeza—. Así que aprenderás a ser una buena guerrera.

—No, madre —contesté con una sonrisa—. Seré una guerrera astuta, que no solo vencerá, sino que lo hará con facilidad.

Y, entonces, la abracé.

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Luna2 

AÑO 639 D. C.

Año Decimotercero del Reinado de Pacífica Esperanza del Emperador Taizong

OTOÑO

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3

El decimoquinto día del noveno mes, dos escoltas del palacio ataviados con capas granates vinieron a buscarme. Vestida con mi atuendo cortesano, una falda de color rosa, pantalones blancos y una blusa verde, monté en un carruaje de tejadillo azul. De pie cerca del carruaje, madre se secaba las lágrimas. Estaba sola, Hermana Pequeña había fallecido. Los caballos empezaron a trotar; madre soltó un grito suave y echó a correr detrás del carruaje. La distancia entre ambas aumentó y, como una estatua al otro lado de un opaco biombo de seda, su figura se desvaneció lentamente y solo su voz, débil pero nítida, resonó en mis oídos.

Volvería a verla y, cuando lo hiciera, me aseguraría de que estuviera a salvo, dichosa y sin temor ni preocupaciones. Me enjuagué las lágrimas y me apoyé en el respaldo. En el interior del carruaje reinaba la oscuridad: el escolta, conocido como el Capitán, que tenía una mancha de nacimiento violácea que le cubría media cara, había cerrado la ventanilla.

El trayecto parecía interminable. Atravesamos el distrito de Qing, donde los perros ladraban y las gallinas cloqueaban, luego enfilamos la avenida y nos aproximamos a las bulliciosas paredes del Mercado Occidental, en el que los clientes regateaban y los vendedores ambulantes voceaban: «¡Fideos, fideos! Un cobre por un cuenco. ¡Fideos frescos hechos a mano!» Después alcanzamos las callejuelas tranquilas donde sonoros himnos taoístas flotaban en el aire. Ignoraba su significado, que por otra parte no me interesaba. El taoísmo era la religión oficial de nuestro reino y el emperador afirmaba que había sido fundada por Lao Tzu, un antepasado suyo; yo no había visto ni una sola abadía taoísta en Wenshui, pero en la capital estaban por todas partes.

Oí las voces de los dos escoltas a través de las rendijas del carruaje y escuché con atención: quería saber de qué estaban hablando, pero no logré oírlos con claridad debido al traqueteo de las ruedas. Quise preguntarles si ya habían recogido a las otras catorce Selectas convocadas por el emperador. Tal vez debería decirles algo memorable para causarles buena impresión. Me hubiera gustado que me recordaran: tener amigos en palacio resultaría útil.

Mi trasero se deslizó hacia atrás sobre el cojín rojo al tiempo que el carruaje se inclinaba: estábamos remontando un puente. Me aferré al marco de la ventana, el carruaje avanzó más lentamente y, tras un rápido descenso, recuperé el equilibrio. Había más caballos trotando por la calle, al parecer nos acercábamos al bulevar cerca de la calle Celestial. Pronto atravesaría las puertas del palacio; mis manos se humedecieron.

«Piensa en padre —me dije—. Piensa en su sueño y en cómo te crio.» No lo decepcionaría; cuando lograra conquistar el corazón del emperador, padre se enorgullecería de mí, recuperaría toda la fortuna perdida de mi familia y podría cuidar de madre.

Inspiré profundamente y el carruaje se detuvo. Debíamos de encontrarnos ante la puerta principal, la que estaba coronada por los animales de piedra. El capitán anunció mi llegada y oí muchos pasos simultáneos; un hombre contestó y las puertas se abrieron estruendosamente. Me incliné hacia delante, dispuesta a apearme, pero el carruaje siguió avanzando y una oleada de voces surgió al otro lado de la ventanilla: hombres preguntando por la salud de los demás, hombres gritando a los escribas que se dieran prisa, hombres preguntando la opinión de los demás sobre los impuestos. Así que eso era el Palacio Exterior, donde los ministros se ocupaban de sus asuntos. Por fin el carruaje llegó a una zona tranquila donde oí el canto de las aves a lo lejos.

Volvimos a detenernos.

—¡Baja! —chilló una áspera voz de mujer.

Me recogí la falda con una mano, abrí la portezuela del carruaje con la otra y bajé del vehículo.

La luz de la tarde me deslumbró y parpadeé, de pie en un sendero de guijarros. Frente a mí se extendía una hilera de casas de techo azul y columnas rojas; las columnas, altas y redondas, parecían majestuosas, y los tejados —cuyas puntas se curvaban hacia arriba en las esquinas— eran elegantes, pero cuando observé con mayor atención advertí que la superficie de algunas columnas estaba cuarteada y vi la madera oscura por debajo.

También reinaba el silencio. No se oían alegres risitas ni el sonido de cítaras; tras las celosías de las puertas se deslizó una sombra que atisbó hacia fuera, observándome.

—Por aquí —dijo la voz áspera a mis espaldas, sobresaltándome. La mujer estaba sola—. Te acompañaré a tu habitación.

La vieja criada cojeó más allá de las casas y me condujo a lo largo de un estrecho sendero flanqueado de olmos. Sus hombros se alzaban y descendían: parecía un bote a punto de zozobrar y pensé en la espalda tensa de madre. Le ofrecí una mano a la criada, pero ella se limitó a fruncir el ceño y rechazó el ofrecimiento con un gesto.

En la sombra el aire era más fresco, un rayo de luz reflejado del canal brillaba entre las hojas escasas, a lo lejos un solitario pabellón gris parecía una sombrilla desteñida. Traté de recordar los lugares para poder explorarlos más adelante, pero el sendero era sinuoso, como si quisiera poner a prueba mi memoria, y pronto ya no supe cuánta distancia habíamos recorrido desde la entrada. Pasamos junto a canteros yermos, un estanque verdoso cubierto de nenúfares marchitos y atravesamos dos zigzagueantes puentes de madera antes de alcanzar un bosquecillo de álamos. Por detrás del bosquecillo, altas paredes se extendían como una cortina gris, y vacilé. De pronto me invadió la tristeza: más allá de las paredes se encontraba el bosque, y más allá del bosque, mi hogar y las personas a quienes consideraba mi familia.

Me serené y me apresuré a seguir a la criada, que ya se encontraba bastante más allá. Nos detuvimos ante un amplio complejo rodeado de paredes y entramos. La criada atravesó el patio, me condujo a una habitación situada a la derecha y abrió la puerta. En el interior, un grupo de muchachas estaban sentadas en el suelo; parecían tener mi edad: trece o catorce años, vestían ropas de colores vistosos y llevaban el rostro maquillado.

Por la manera en la que estaban sentadas comprendí que eran como Hermana Mayor, que en casa siempre se comportaba como una dama exquisita y a menudo me recordaba que me cubriera la boca al reír y me enseñaba a caminar como si llevara una bandeja de fruta en la cabeza. Al pensar en lo fastidiosas que me habían resultado sus indicaciones, temí lo que ocurriría al enfrentarme a catorce muchachas idénticas a ella.

Una de las jóvenes, de ojos almendrados, se puso de pie y me examinó; su mirada se detuvo en mi rostro, mi vestido y luego en mis zapatos. Avergonzada, encogí los dedos de los pies; los zapatos de ella eran de grueso brocado rojo bordado de flores amarillas, mientras que los míos eran de tela basta. Pero antes de la muerte de padre yo había llevado zapatos adornados con hojas de oro y anillos de jade, y cada uno costaba más que cualquiera de las prendas de la muchacha.

—Wu an. —«Buenas tardes», dije con cortesía, e incliné la cabeza.

Ella apenas la inclinó, como si se considerara superior a mí.

—No te importa que te lo pregunte, ¿verdad? ¿Eres una nueva Selecta? —dije, procurando hablar en tono amable.

—Todas somos las nuevas Selectas, escogidas este año por el emperador —dijo, alzando el mentón—. Pero yo llegué aquí hace tres días, antes que todas vosotras.

Quise preguntarle si ya había conocido al emperador, pero ella se acercó a otra muchacha y le susurró algo al oído al tiempo que echaba un vistazo a mis zapatos. Aunque yo no oí sus palabras —en realidad no era necesario—, sabía lo que estaba diciendo. Me puse tensa y me ruboricé, sintiéndome humillada.

Me volví y examiné el entorno. El dormitorio era muy pequeño y carecía de adornos, el único mueble era la mesa baja ante la que estaban sentadas las demás Selectas. Las paredes estaban desnudas, no había ni una sola pintura o un mural; el famoso palacio parecía más austero que las dependencias de los criados de mi hogar.

Dos criados trajeron bandejas y cuencos que contenían la cena: diversas raíces de bambú, unas cuantas semillas de soja, un trozo de calabaza y dos bollos de maíz. No había carne y me sentí tan desilusionada como sorprendida: en Wenshui solía comer huevos y carne en cada comida.

Cuando se hizo de noche el dormitorio se volvió tan oscuro que las muchachas se transformaron en sombras; se tendieron en el suelo, en esterillas de bambú. Miré en derredor: había una esterilla más en un rincón, así que la cogí, la extendí y me tumbé.

—¿Alguna vez te has preguntado qué aspecto tendrá el emperador? —dijo la muchacha de los ojos almendrados, que según supe más adelante era la hija de la familia Xu, residente en la capital.

Así que ella tampoco había conocido al emperador, pero parecía ser la que estaba al mando; hablaba en tono autoritario y todas las demás la adulaban, llamándola Hermana Mayor Xu, por más que ella no era mayor ni fraternal.

—Dicen que su piel reluce como el oro —contestó la Selecta de nariz chata tendida a mi lado—. También tiene la mente de un sabio, la fuerza de un caballo y...

—El corazón de un león —añadió otra.

Entonces se levantó una oleada de risitas.

No comprendí la broma, pero el tono de sus voces confirmó algo que ya había sospechado: yo no era la única que había acudido a ese lugar con la ambición de conquistar el corazón del emperador.

Desperté antes del amanecer, tras un sueño poco profundo. Al ver que las otras enrollaban sus esterillas, las imité y guardé la mía en un rincón. Las muchachas se sentaron ante sus espejos de bronce para pintarse la cara con tinte rojo, depilarse las cejas, sujetarse los cabellos en forma de moño nuboso, un estilo ridículo que consistía en apilarse el cabello suelto en la coronilla, como una nube negra. Yo me vestí, me restregué la cara y ya estuve preparada.

—¿Hoy conoceremos al emperador? —le pregunté a la muchacha que estaba a mi lado, intentando iniciar una conversación, pero ella parecía demasiado ocupada para hablar conmigo. Como no tenía otra cosa que hacer, tomé asiento y las observé.

Una soltó un chillido, señalando un grano en su cara; las otras se acercaron gimiendo y lloriqueando, como si le hubiese salido un tumor en la nariz.

Salió el sol y derramó un charco de luz dorada a través de las puertas abiertas del dormitorio; entonces apareció un grupo de ancianas y de eunucos. Una mujer con un peinado en forma de caracola nos acompañó al patio y nos instruyó acerca del Código de Conducta Cortesana.

—Conducta, cortesía y sumisión —dijo al tiempo que la punta de la caracola de pelo se agitaba peligrosamente mientras caminaba de un lado a otro ante nosotras— son palabras similares que se reúnen en un solo vocablo: virtud. Llevadlas como vuestro vestido más magnífico, portadlas como un lingote de oro, pintadlas en vuestro rostro con los colores más vivos, porque a través de vuestra cortesía será juzgada vuestra bondad y vuestro honor será sopesado a través de vuestra sumisión.

Recitamos esas palabras tres veces y luego ella nos instruyó sobre los detalles del ritual cortesano cotidiano, los protocolos, la etiqueta y los tabúes. Una vez que hubo acabado, tomó la palabra el jefe de los eunucos, un hombre calvo.

—Si desobedecéis el código y alteráis la paz de la corte recibiréis una reprimenda —dijo—, veinte latigazos con una cuerda gruesa o algo peor: os enviarán al Palacio de Hielo para que se os castigue.

Padre me había hablado del Palacio de Hielo; era un eufemismo para referirse a la prisión de la corte, el último lugar adonde desearía ir una dama del palacio, donde los eunucos guardaban varas e instrumentos de tortura. Recordé que también albergaba una cámara con reptiles que devoraban a las pecadoras más malvadas.

Para cuando el jefe de los eunucos puso fin a su discurso, el sol me abrasaba la coronilla y un grupo de eunucos entró con cestas que contenían agujas, hilos y un montón de pañuelos. Todos debían ser bordados en un plazo de cinco días, dijo la mujer del pelo en forma de caracola y nos despidió. Nadie dijo una palabra acerca de conocer al emperador.

—¿Eso es todo? ¿Dedicaremos cinco días a bordar?

Seguí a las muchachas mientras regresábamos al dormitorio cargadas de pañuelos.

Que yo supiera, el bordado era un oficio que ofrecía a las mujeres la oportunidad de practicar el apuñalamiento: no solo de la tela sino también de las personas. Hermana Mayor me había hablado de algunas técnicas de bordado, pero a mí no me interesaba la costura y madre no me había obligado a aprender.

La muchacha Xu, la de los ojos almendrados, me miró.

—Venid, Selectas, echemos un vistazo a la técnica del bordado del pañuelo de muestra. —Todas nos reunimos a su alrededor y yo me senté frente a ella en el círculo exterior—. Comenzaremos por la perdiz, he aquí la muestra. Miremos los puntos que han empleado para rellenar las plumas. Es fabuloso, ¿verdad?

Las muchachas asintieron y rozaron la cola de la perdiz.

—Estas puntadas son todas idénticas.

—¡Y los hilos son tan brillantes...!

—Bien, comenzaremos a bordar —ordenó la muchacha Xu, y depositó los montones de pañuelos en nuestras manos.

Clavé la vista en el motivo vagamente parecido a un ave, sosteniendo una aguja en la mano derecha, pero era como sostener una resbaladiza anguila. Me encorvé, cogí la aguja entre el pulgar y el índice, alcé el brazo derecho y recorrí el borde del borroso motivo.

Pronto empezaron a arderme los ojos, tenía el cuello rígido, las manos entumecidas y la cabeza hecha un nudo. ¿Cuándo vería al emperador?

Además, tenía hambre, quería el almuerzo.

—Y esto fue lo que me dijo el jefe de los eunucos cuando llegué hace unos días. Dijo que si quieres conocer al emperador, él ha de convocarte —explicó la mucha

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