Perra brava

Orfa Alarcón

Fragmento

Nota

NOTA DE LA AUTORA

Una chiquilla recorriendo una ciudad que la asusta con varios manuscritos en la mochila buscando algún editor que quisiera leer su primera novela. Candidez es la palabra: nunca había publicado nada y ahora buscaba una oportunidad en las editoriales más grandes del país.

Los milagros suceden: siempre estaré agradecida con Daniel Mesino, mi primer editor, quien confió en mí y en mi obra, quien se empeñó en lograr aquella primera portada fantásticamente brutal, quien se encargó de lanzar Perra brava al mundo.

Entonces esta novela dejó de ser mía y se convirtió en una aventura de muchos, no sólo en México, sino también en otros países gracias a mi agente Nicole Witt. Sorprendentemente para mí, llegó a lectores tan jóvenes que más de diez años después siguen siendo jóvenes. Lectores que me siguen contactando y que han hecho que suceda el segundo milagro: que en una época tan vertiginosa, Perra brava siga siendo una lectura de referencia.

Esta nueva edición me resulta terriblemente emotiva, no sólo porque se trata de mi primera novela, la que me convirtió en escritora, sino por el entusiasmo que mi amigo Paco puso al enterarse del relanzamiento. Meses antes de su partida, cuando el mundo era distinto para todos nosotros, Francisco G. Haghenbeck tuvo la generosidad de escribir el prólogo para esta nueva edición de Penguin Random House. Por él y por tantos lectores que siguen al pendiente, por los editores, por la gente involucrada, no me queda duda de que este nuevo libro es el resultado de mucha amistad, presente y futura.

Gracias a todos los que me han obsequiado tanto milagro.

Prólogo

PRÓLOGO
HAY UNA PERRA BRAVA SUELTA

Perra brava cambió

Hace diez años apenas se escuchaba de la literatura del norte. Hace diez años, pensar en un resurgimiento de la literatura negra en México era un sueño absurdo. Sin embargo, desde entonces se veían los nubarrones oscuros de la tormenta. Y ésta tenía nombre: Orfa Alarcón. Desconozco si para el resto de los lectores el encuentro con su primera novela, Perra Brava, les afectó como a mí. El libro me fue recomendado por su editor original, teníamos la consigna de trabajar juntos en una novela negra. Aunque nunca sucedió esa colaboración, se le agradece a Daniel Mesino que clavara el aguijón del veneno que es esta novela en mí. La leí sin saber de qué se trataba y sin tener referencia de su autora. En efecto, era una tormenta. No podía creer lo vertiginosa, lo tremendamente cruda y novedosa que era la historia. Al terminarla, Perra Brava me cambió.

Perra brava cambió la literatura

Hoy en día, no tenemos duda de que las voces que llevan la batuta en la literatura mexicana son femeninas. Creo que ya era tiempo de que se hiciera justicia a esas potentes voces en un mundo de patriarcado cultural, lamentablemente impuesto en comunión por décadas con los gobiernos que buscaban autores deslactosados. Fueron autoras las que nos dieron choques eléctricos abordando temas que antes estaban velados, quizá porque no eran cómodos para nosotros. No sé si Orfa Alarcón fue de las punteras en esta oleada de autoras que nos mueven nuestras raíces cual terremoto, pero estoy consciente de que sí fue de las iniciales en buscar una nueva forma de narrar. No tuvo miedo a nada. Ni a las etiquetas ni a los temas, ni mucho menos a aventurarse en un mundo de hombres como el narcotráfico, desde el punto de vista femenino. La novela salió al mercado cuando hubo un tsunami de literatura del narco, lo que le concedió esa etiqueta. Pero Perra brava es más que narco. Es el reflejo de una sociedad descompuesta por el crimen y sus repercusiones en la vida de una ciudad como Monterrey. Especialmente en las jóvenes mujeres que anhelan el cuento de hadas de tener grandes camionetas 4x4, jeans de diseñador y un novio con más alhajas de oro que ellas, incluyendo la Colt que portan en el cinturón vaquero. Es una narración fuera de etiquetas, hija de su tiempo y realidad, que después de una década sigue tan vigente como si hubiera sido escrita ayer. Lo que nos confirma que el tiempo no cambia realidades si las realidades son inmunes a los cambios. Perra brava saltó a las mesas de novedades cuando la literatura mexicana se veía el ombligo con novelas históricas por el bicentenario. Fue una buena época para derrocar esas imágenes positivas que ensalzaban a los héroes de bronce, pues el personaje de esta novela llegaba a punta de balazos a decirnos que México está lejos de eso que trataba de vendernos la cultura estatista, ya que el narco estaba adentro de nuestra sociedad y se había enraizado cual mala yerba. La perra brava venía a decírnoslo, cambiando la literatura mexicana.

Perra brava cambió la literatura noir

Hace una década también comenzaban a leerse atisbos de lo que hoy es un género consolidado con grandes autores: el género negro. Ya para ese entonces, a través de grandes obras mostraban un estilo original que sobrepasaba el neopoliciaco, tan de boga en la década de los ochenta. Los temas eran novedosos, dejando atrás el cliché del detective en gabardina para sumergirse en la mente del criminal, en un país donde todos somos criminales desde el punto de vista de su sistema de justicia. De algo estoy seguro: Orfa Alarcón fue de las primeras escritoras que se asumían como negras en este mosaico de autores que intentaban sacar la radiografía del país que vivíamos. Supongo que ayudó que siempre ha sabido escoger a sus guías e influencias en este infierno: Élmer Mendoza, con sus novelas en la tierra del narco que es Culiacán, y Eduardo Antonio Parra, que se convertiría en el Juan Rulfo urbano de nuestros tiempos. También están por ahí las asesorías de su tutor del Fonca, Mario González Suárez, que asistió al camino de una gran historia. Con Perra Brava, la novela negra mexicana cambió.

Perra brava cambió la literatura noir y del norte

Perra brava también es parte de la literatura del norte, conjunto de obras que intentan narrarnos desde el punto de vista esa sociedad mexicana en el desierto de cerveza tibia, beisbol y ametralladoras de alto calibre. La gran diferencia es que esos ojos que vislumbraron ese Monterrey que quiere ser parte del sueño americano con aires acondicionados en cada casa, pero sin dejar atrás el folclor de las carnes asadas y las camisetas de los Tigres, ahora eran femeninos. El norte de la novela posee más dosis de realismo que las series del narco norteamericanas, donde todo es fotografiado en tonos amarillos (por cierto, hay demasiadas similitudes a la película Miss Bala, que apareció un año después. Sin saber qué tanto influyó a su realizador, ambas son ya un referente). Esta historia sucede entre centros comerciales, lujo excesivo y crueldad desmedida, que increíblemente hipnotiza al lector como a su personaje principal, Fernanda, que sueña con cupidos dorados portando AK-47 en lugar de arcos y flechas. Y Julio, el dueño de sus sueños, está lejos de ser un estereotipo, para mostrarnos que la otredad no es tan lejana a nuestra vida. Perra brava llegó para ser una ventana de ese norte que es parte de nuestra cultura mexicana, pero también para ser una voz novedosa en la literatura y, sin lugar a dudas, para anclarse como una de las mejores obras del género noir.

Perra Brava llegó y cambió todo.

FRANCISCO G. HAGHENBECK

Título

PERRA BRAVA

Título

Para Antonio Ramos Revillas,
este mi corazón que muerde.

Título

Tú eres perra fina, carnada para patrones.
Tú ganchas tiburones pa’ que se
empachen los leones.
CARTEL DE SANTA

Título

1

Supe que con una mano podría matarme. Me había sujetado del cuello, su cuerpo me oprimía en la oscuridad. Había atravesado la casa sin encender ninguna luz ni hacer un solo ruido. No me asustó porque siempre llegaba sin avisar: dueño y señor. Puso su mano sobre mi boca y dijo algo que no alcancé a entender. No pude preguntar. Él comenzó a morderme los senos y me sujetó ambos brazos, como si yo fuera a resistirme.

Nunca me opuse a esta clase de juegos. Me excitan las situaciones de poder en las que hay un sometido y un agresor. Me excitaba todavía más entender que para él no eran simplemente juegos sexuales: Julio doblegaba mi mente, mi cuerpo, mi voluntad absoluta. De noche y de día, acompañados o solos, dormidos o despiertos.

—Para que no me vuelvas a salir con que te da asco.

No supe a qué se refería: había vuelto a taparme la boca y yo me desesperaba porque moría por morderlo. Desde la primera vez que lo vi, quise pasarle la lengua por el cuello, quise ser un perro que le lamiera la cara. Desde la primera vez que mi mandíbula se acercó a su boca, quise arrancarle un trozo de piel, a ver si con eso le probaba el alma. Perro bien entrenado. Perro de casa rica. Perro que se sabe asesino: desde la primera vez que lo vi sus ojos me dieron miedo.

—Para que se te quite lo fresita.

No sabía de qué hablaba, comenzó a penetrarme.

Le mordí la mano para que dejara de taparme la boca.

—Quiero lamerte. Completo.

Julio me ofreció su cuello con la confianza que se le tiene al sirviente más leal, y yo comencé a lamerlo con el hambre de la primera vez. Giramos: yo arriba, él abajo; seguí lamiéndolo hasta llegar al vientre.

—Síguele, síguele, ¿pa’ qué te paras?

—Tu sudor… sabes distinto —comencé a limpiarme la boca.

—Cómeme hasta que me venga.

Por primera vez su sabor no me gustaba, era extraño, nuevo, agrio. Nauseabundo.

—Chúpamela —me sujetaba de la cabeza.

El nuevo sabor iba a hacerme vomitar. Manoteé.

—¿Qué pasó? ¿Ya no te gusto? —se reía.

Volvió a la posición inicial, a sujetarme justo como lo había hecho al principio, cuando llegó después de una semana de ausencia directo a mi cama, quién sabe de dónde, quién sabe de qué caminos, con qué suciedad en el cuerpo, con los sudores de cuántas mujeres; me penetraba como enfurecido, como él, como demostrando quién era. Y el dolor le ganaba lugar al placer y yo sólo quería que me dejara respirar, que terminara antes de que me rompiera algún hueso.

—Para que se te quite lo fresita —repetía.

Julio al fin se vino y se quedó dormido. Me abracé contra él. También me hubiera quedado dormida, de no ser por ese sabor molesto que aún sentía en la lengua. Amodorrada me levanté a orinar y a lavarme los dientes. Entonces entendí las palabras de Julio: al tomar la pasta de dientes me descubrí frente al espejo con la cara llena de sangre. Los senos, las manos, la entrepierna. Grité. Como si viera el fantasma de mi madre. Grité tan fuerte que me quedé ronca. Julio entró al baño y me abofeteó.

—Para que te lo sepas, traes encima la sangre de un cabrón con muchos huevos, y con todo y todo se lo cargó la chingada, porque la vida se gana a putazos. Así que no me vuelves a salir con que no puedes freír un pinche bistec porque te da asco. A mí no me sales con esas pendejaditas.

Yo, paralizada, quería correr a la regadera.

—¡A putazos! —salió Julio azotando la puerta del baño.

I

Fue en el curso propedéutico de la preparatoria cuando lo conocí. Era el clásico niño bien portado: la mamá lo dejaba en el portón de la prepa y ahí mismo lo recogía. En ese entonces yo sólo pensaba en weyes mamados y él aún no lo era, pero dejé que se me acercara porque era simpático y, como yo no era buena para hacer amigos, no podía darme el lujo de ponerme selectiva.

Se convirtió en mi mejor amigo, para qué hacer el cuento más largo. Toda la preparatoria fue mi paño de lágrimas, y vaya que hubo mucho que llorar. No porque me pasaran más tragedias que a la persona promedio, sino porque a esa edad uno sufre por cualquier cosa. Los pleitos con mi hermana y con mi tía; mi autoestima pisoteada; los niños populares que, por supuesto, nunca se fijarían en mí... todo me resultaba el fin del mundo. Además, yo era un ser tan nerdoso que me hicieron la típica broma de baile de graduación de película gringa: el chico popular que me pide ser su pareja y me deja plantada. Lo peor del caso es que yo sí llegué al baile a buscarlo, ingenua, creyendo que había tenido algún contratiempo para pasar por mí (sí, incluso me hizo creer que pasaría por mí). Todos podemos adivinar el final de la historia: la niña gorda ñoña en vestido de noche llorando desconsoladamente en el baño. Las seudoamigas molestas por tener que consolar a la chillona, tres o cuatro palabras de solidaridad, y salir inmediatamente a seguir bailando.

Pero mi historia tiene un plus: alguien decidido que no sólo azotó la puerta del baño de las mujeres, sino que se metió a pesar del desconcierto general:

—Vámonos ya, no vas a estar llorando por un pendejo. Me tienes a mí.

Me sacó jalándome del brazo, y en ese instante se me cayó la venda de los ojos: Julio ya no era el niño fresa casi transparente que olía a perfume. Julio tenía toda la voluntad necesaria para hacer de mí lo que quisiera. Fue como si lo mirara por primera vez, no al anterior, sino a otro, un Julio que no había conocido nunca y que, efectivamente, hizo de mí lo que quiso.

II

Cómo no codiciarlo. Mara llegó al antro con la frente tan alta y la mirada tan despectiva, como si estuviera manejando un BMW, como si portara la novedad de Tous antes de que saliera al mercado, o como si fuera del brazo del mismísimo Orlando Bloom. No era para menos. Ella llevaba una sonrisa de burla que le salía por instinto pero, al mismo tiempo, le salía falsa porque nunca la había practicado; era la primera vez que tenía algo para presumir y cómo no codiciárselo. Mara-treintañera entró con un maquillaje exagerado, chamarra imitación de cuero roja y abajo un top que pretendía ser sensual, pero yo ni siquiera me di cuenta, hasta después, hasta que me la encontré en el baño y sólo la miré para hacerle saber que iba a salirme con la mía. Es que cómo no codiciarlo, si era el hombre más hermoso que yo había visto y vería alguna vez en mi puta vida.

—Qué, ¿te gustó mi chico? —me preguntó mirándome a través del reflejo, porque no tuvo el valor de mirarme directamente.

—Claro. Cómo no me va a gustar.

Mara había atravesado el asqueroso pasillo del brazo de Julio. Era como si lo arrastrara. En cuanto lo vi supe que me jugaría hasta las pestañas postizas con tal de conseguirlo. Yo estaba sentada en ese sillón puerco de la entrada sin decidirme a entrarle o no la fiesta. Era la bienvenida de la facultad y los de primer semestre estaban eufóricos, como si estrenaran una ID ingresando a un antro por primera vez. Con mensajes al celular intentaba convencer a Dante y a otra amiga de que nos fuéramos a un lugar menos lumpen donde no nos acosaran niños de dieciocho. En eso estaba, escribiéndole a mis amigos por enésima vez, cuando vi a Mara entrando con su ejemplar.

Las últimas semanas, durante los recesos, Mara había estado hablando de él, pero jamás lo había descrito. A ninguna de las del salón se nos había ocurrido preguntarle. Sería cualquiera, un pendejo, un calvo de lentes con panza que sacaría copias en alguna oficina de gobierno. Mara no iba nunca tras los buenos partidos. Habían salido algunas semanas, y cuando Mara le preguntó qué eran, él le contestó que no había prisa en definir la relación, que ella era lo más valioso que él había tenido y que no quería estropear las cosas por andarse apresurando. No me quedó claro si por falta de experiencia o por estupidez, pero Mara dijo que eso era algo muy lindo, así me lo contó al día siguiente: “Es que mi bebé es tan lindo”. Entonces me dio un escalofrío al imaginar al calvo en pañales. Así que, al llegar a la fiesta de bienvenida, no me atacó el morbo porque ni siquiera pensé en el asunto: Mara no iría con tal de no llevar a su novio para que no lo viboreáramos las arpías de sus compañeras. Pero llegó. Tan orgullosa como si llevara a George Clooney del brazo y a más de tres se nos escurrió la baba al mirar al susodicho (y apuesto a que todas, pero absolutamente todas, pensamos que era demasiado ejemplar para Maracuatrojos-tallanueve).

Dante me envió un mensaje al celular diciéndome que ya le había echado “ojo niño menor pero looser, vamonos qando digas”, a lo que yo le contesté “VOY ENTRAR 1 RATO DEJENME SOLA VI CARNE”.

Mara trastabillaba en sus tacones de doce centímetros, mientras trataba de lucir segura. Yo entraría, me quedaría en el mismo lugar un buen rato, y siempre alguien llegaría a ofrecerme un trago. Yo me acercaría al ejemplar después, sin que se enterara de que ya lo había vigilado.

Mara, de nuevo, hizo como que no me veía, ni siquiera se había acercado a presumirme a su no-calvo. Y cómo no, si él lo inundaba todo y no había manera de que Mara volteara a mirar a nadie más.

So, dejé pasar un tiempo prudente: suficiente para que Mara hiciera el ridículo en su intento de hacerse la mujer fatal pero no tanto como para que alguna otra zorra se me adelantara.

Mara era la mayor de nuestra generación. Todos la odiábamos por su mal gusto al vestir, por su ñoñez (era una tonta pero siempre lograba memorizar lo suficiente para sacar mejor calificación que cualquiera) y porque en todas las clases pedía la palabra para decir cualquier estupidez. Era una ñora en toda la extensión de la palabra (una vez un compañero la hizo llorar en clase diciéndole que en lugar de estar perdiendo el tiempo, se quedara en su casa a cuidar a su hija, cosa que sólo sirvió para que ella se hiciera más matada que nunca y se parapetara en el cuadro de honor). Sin embargo, a mí me trataba muy bien. Como era amiga de mi hermana, creía que, por extensión, también era amiga mía. Idiota. A pesar de nuestras ojetadas, Mara no nos tenía mala voluntad. Puedo apostar que hasta nos tenía algo de admiración, respeto o envidia, porque de nosotros no dependía una familia. Siempre buscaba integrarse al grupo pasándonos apuntes o ayudándonos a estudiar. Por temporadas hasta dejaba de caernos gorda y ella, crédula, nos contaba sus cosas: los líos con los abogados para conseguir la custodia de su hija, los problemas con su madre, el nuevo novio… cosas que no nos importaban en lo más mínimo porque Mara no era parte de nosotros. Excepto el nuevo ejemplar, eso sí que resultaba interesante.

—No me presentaste, Mara —dije al acercarme, sin saludarla, para que quedara claro que era él a lo que iba.

—Te presento a Juli

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