Cómo vi a la mujer desnuda cuando entraba en el bosque

Martín Solares

Fragmento

Cómo vi a la Mujer Desnuda cuando entraba en el bosque

Personajes que aparecen en esta novela

Los policías

Comisario McGrau, director de la Brigada Nocturna

Pierre Le Noir, el agente más joven de la Brigada, nieto de la vidente Madame Palacios

Sophie La Fleur, encargada de los archivos

Doctor Julius F. Rotondi, médico forense. Especialista en autopsias de seres fantásticos

Jules Renard, sagaz y ambicioso detective de la Brigada de Homicidios

El Ladrillo, agente famoso por su brutalidad

Los magos

Mariska de Hungría, joven y misteriosa maga, amiga de Pierre Le Noir, desaparecida en París; dio una ayuda decisiva a Pierre en momentos muy complejos

Markus y Louise Bajai, magos de origen húngaro, maestros de la Orden de La Gran Magia en París

Los surrealistas

Aragon, poeta, novelista y héroe de guerra, comprometido con la rica heredera Nancy Cunard

Breton, autor de la prosa más flamígera que se haya escrito desde el arte en los años veinte, casado con Simone Rachel Kahn; editor de la revista La Revolución Surrealista; fundador y líder del grupo

Buñuel, cineasta español, amigo cercano de Dalí

Crevel, poeta y ensayista; al igual que a Robert Desnos, Breton suele hipnotizarlo durante las sesiones del grupo, a fin de abrir la puerta a lo maravilloso e inesperado

Dalí, extravagante pintor catalán, “el Vermeer del surrealismo” y autor del método paranoico-crítico de investigación

Marcel Duhamel, editor y creador de la primera colección de literatura policial en Francia

Paul Éluard, uno de los mejores poetas del grupo; sobreviviente de la Primera Guerra Mundial y casado en primeras nupcias con la escritora rusa Elena Ivánovna, también conocida como Gala

Max Ernst, pintor alemán, casado con Marie-Berthe Aurenche; durante la Primera Guerra Mundial combatió en el frente, a muy pocos metros de donde combatía Éluard

Edward James, poeta y millonario inglés, futuro mecenas de Dalí y Magritte, patrocinador de fastuosos ballets artísticos y, años después, de la revista Minotaure

André Masson, extraordinario pintor surrealista, héroe de la Primera Guerra Mundial, en la cual fue herido gravemente

René Magritte, pintor belga, autor de algunas de las obras más fascinantes del grupo

Pierre Naville, médico y escritor; mecenas del grupo

Benjamin Péret, poeta y ensayista, uno de los amigos más fieles de Breton

Drieu La Rochelle, narrador y poeta francés, ligado al surrealismo en su juventud

Yves Tanguy, pintor de exquisitos paisajes submarinos

Las millonarias

Nancy Cunard, rica heredera y editora británica, pareja de Louis Aragon

Luisa Casati, marquesa de Roma, aventurera, una de las modelos más famosas de Man Ray

Victoria Ocampo: editora y escritora de origen argentino, dueña de una fabulosa fortuna

Las artistas

Dora Maar, una de las más talentosas fotógrafas que hayan colaborado con el grupo surrealista

Meret Oppenheim, increíble artista plástica de origen suizo que mezclaba materiales orgánicos e inorgánicos en sus desconcertantes esculturas

Lise Deharme, talentosa narradora

Tilly Losch, genial bailarina y actriz, especialista en crear bailes deslumbrantes con sus manos; casada con Edward James a finales de los veinte

Elena Ivánovna, escritora de origen ruso, casada con Paul Éluard a mediados de los veinte

Marie-Berthe Aurenche, pintora francesa, casada con Max Ernst

Georgette Magritte, esposa, consejera y principal modelo de René Magritte

Los normandos

El gerente del Manoir

Suzanne, estudiante de arquitectura; camarera en el Manoir

Charles Chevalier, jefe de policía en Varengeville-sur-Mer

El taxista de los fantasmas

1

Luciérnagas en la noche

Antes podía reconocer a un policía en una multitud. Ahora los presiento.

Supe que venían por mí desde que bajaron del auto. Cuatro tipos fornidos, todos fumando con avidez. Las luciérnagas de sus pitillos se encendían aquí y allá, de ida y vuelta, a toda prisa, como si estuvieran jugando un partido de tenis en la oscuridad. En la Brigada Nocturna fumábamos así antes de usar las manos. A veces Le Rouge y yo partíamos un cigarrillo en dos, cada quien fumaba su parte, pisábamos la colilla y nos íbamos a trabajar. Pero Le Rouge murió esta semana y ahora es un fantasma que se aparece en los bares de París. Ignoro si seguirá fumando en el más allá. En cambio aquí, fumar es la única costumbre que no pueden abandonar mis colegas: los vi tirar las colillas y cruzar la calle. Dos se quedaron en las puertas, las manos en los bolsillos; el más alto se sentó a mi izquierda. No parecía de la policía científica: tenía las orejas hinchadas, con forma de coliflores y un vendaje sobre la ceja izquierda, como si hubiera librado su último combate hacía unos minutos. Bastaba ver el tamaño de sus manos para comprender quién fue el ganador. Aún lo estaba examinando cuando un joven de bigotes muy bien recortados se apoyó en la barra junto a mí.

—El famoso Pierre Le Noir…

Yo estaba sentado en el bar, buscando a Mariska. Llevaba casi dos días sin dormir: desde que ella desapareció, o la secuestraron, anduve de bar en bar y de teatro en teatro, en pos de alguna pista para encontrarla. Hablé con actores, ilusionistas, adivinas, gitanas, videntes: todo aquel que vivía de la magia en París. Deseaba de todo corazón que la gente con que ella trataba le hubiera perdonado la vida. Pero recordaba en qué condiciones quedó su estudio, luego de que algunos canallas fueran a verla, y tenía mis dudas. Destrozaron cada mueble, cada objeto. Y en su gremio nadie quería hablar de eso.

Luego de casi dos días sin saber de ella, me hallaba irritable y explosivo. Según cierta gitana que interrogué, la noche en que se fue Mariska alguien debió robarse mi alma, lo cual explicaba mi angustia. En su opinión, yo debía recuperarla pronto si quería seguir vivo, pero no estaba de humor para pensar en otra cosa que no fuera mi amada, o quizás era cierto que había perdido mi alma y por ello atraía a otros seres que habían perdido la suya también.

No es tan fácil irse de la policía. Y cuando por fin lo haces y te vuelves un ciudadano normal, sin permiso para portar armas, todo tipo de indeseables trata de aprovecharse de ti.

—Vaya que es complicado encontrarlo. ¿Sabe cuántos colegas lo están buscando?

El bigotón se abrió la gabardina de modo que yo pudiera ver la placa prendida a su cinturón. Era un tipo robusto, unos años más viejo que yo.

—El jefe McGrau quiere verlo.

—Ya no es mi jefe.

—Es una emergencia.

—Para los policías será una emergencia: para mí no lo es.

Giró en dirección de la calle, donde caían las primeras gotas de lluvia, y se peinó las puntas del bigote:

—Mire, todo esto es muy desagradable, lo siento, pero prometí que no volvería sin usted. Hay un cadáver frente al Sena, a unos pasos de aquí, y el jefe quiere que usted lo examine.

—No tengo por qué. Ya hay muchos muertos en mi vida.

Mucho menos paciente que el de los bigotes, el gorila se puso de pie. Le vi la intención de poner sus pezuñas sobre mí, pero el bigotón le advirtió con un gesto de la cabeza: No, no lo hagas, ni se te ocurra, no sabes de lo que este muchacho es capaz. Azuzados por el mesero, dos clientes que bebían en la mesa más próxima se pusieron de pie y se mudaron a otro rincón. El bigotón suspiró y movió el cuello muy despacio, hasta que sus articulaciones crujieron. Entonces usó la peor de sus armas contra mí:

—Se trata de una mujer que usted conoció. Una maga.

Y vaya que me puse de pie y subimos a su auto.

2

Un crimen doble

Llovía sobre el Muelle de la Curtiduría. Una lluvia fina y persistente, que terminaba por empapar. Cuando llegamos a la escena del crimen había un policía en cada esquina, desviando a los pocos vehículos que circulaban a esa hora. Nos estacionamos frente a la Calle del Sacrificio.

El bigotón me indicó que bajara del auto y, antes de que pudiera moverme, el gorila me empujó con una de sus manazas.

—¡Vamos! ¡Lo están esperando!

Me escoltaron hasta las escaleras del puente. Visto desde arriba, el mantel que usaron para cubrir el bulto relucía bajo la luz del farol. ¿Qué sería de los muertos del Sena sin los manteles de los restaurantes parisinos?

Junto a los peritos de homicidios había unos cuantos agentes de la Brigada Nocturna, colegas que yo no quería saludar. Pero el bigotón silbó un

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