El undécimo mandamiento

Jeffrey Archer

Fragmento

El undécimo mandamiento

UNO

La alarma se disparó en cuanto abrió la puerta.

Era la clase de error que cometería un aficionado. Por eso precisamente resultaba tan sorprendente, ya que Connor Fitzgerald estaba considerado el mejor de todos los profesionales.

Fitzgerald ya había tenido en cuenta que transcurrirían varios minutos antes de que la policía respondiera a una alarma de robo en el barrio de San Victorino.

Todavía faltaban un par de horas para el inicio del partido anual contra Brasil, pero en Colombia la mitad de los televisores ya debían de estar encendidos. Si Fitzgerald hubiera entrado a la fuerza en la casa de empeños una vez empezado el partido, probablemente la policía no habría hecho ni caso de la alarma hasta que el árbitro hubiese pitado el final. Era bien conocido que los delincuentes locales consideraban los noventa minutos del partido como una especie de suspensión temporal de los sistemas de vigilancia. Sin embargo, los planes que él tenía para esos noventa minutos harían que la policía le persiguiera de cerca. Y transcurrirían semanas, quizá meses incluso, antes de que alguien comprendiera la verdadera importancia de ese robo cometido un sábado por la tarde.

La alarma todavía sonaba cuando Fitzgerald cerró la puerta trasera y cruzó con rapidez la pequeña trastienda hasta la parte delantera. No hizo caso de la hilera de relojes colocados en las pequeñas vitrinas, las esmeraldas guardadas en sus bolsitas de celofán y los objetos de oro de todos los tamaños y formas expuestos detrás de una fina rejilla de hierro. Todos ellos estaban cuidadosamente marcados con un nombre y una fecha, para cuando al cabo de seis meses sus empobrecidos propietarios regresaran a reclamar sus herencias familiares. Pocos eran, sin embargo, los que lo hacían.

Fitzgerald apartó la cortina de cuentas que separaba la trastienda de la parte delantera del local y se detuvo tras el mostrador. Su mirada se detuvo en el gastado maletín de cuero que se encontraba sobre un pequeño pedestal, en el centro del escaparate. Impreso en la solapa, con desvaídas letras doradas, aparecían las iniciales «D. V. R.». Permaneció inmóvil hasta estar seguro de que nadie miraba desde la calle.

A primeras horas de ese mismo día, cuando Fitzgerald le vendió aquella obra maestra hecha a mano al dueño de la tienda de empeños, le explicó a este que no tenía la menor intención de volver a Bogotá, de modo que podía ponerla a la venta de inmediato. A Fitzgerald no le sorprendió que el maletín ya hubiera sido colocado en el escaparate. Seguro que no había ningún otro como ese en toda la ciudad.

Estaba a punto de saltar por encima del mostrador, cuando un joven pasó por delante del escaparate. Fitzgerald se quedó quieto, pero el joven estaba concentrado escuchando una radio pequeña que apretaba contra su oreja izquierda. Hizo tanto caso de Fitzgerald como podría haberlo hecho de un maniquí. En cuanto se alejó, Fitzgerald saltó por encima del mostrador y se acercó al escaparate. Miró a un lado y a otro de la calle para comprobar que no se acercaba nadie y luego, con un solo movimiento, retiró el maletín de cuero de su pequeño pedestal y volvió a saltar tras el mostrador. Se volvió para mirar de nuevo el escaparate y asegurarse de que no había habido testigos del robo.

Fitzgerald avanzó con rapidez hacia el fondo de la trastienda. Apartó la cortina de cuentas y se dirigió hacia la puerta cerrada. Comprobó su reloj. La alarma sonaba desde hacía noventa y ocho segundos. Salió al callejón y aguzó el oído. Si hubiera percibido el sonido de una sirena de la policía habría girado hacia la izquierda para desaparecer entre el dédalo de calles que se extendía por detrás de la tienda de empeños; pero, aparte de la alarma, todo permanecía en silencio. Giró hacia la derecha y caminó con naturalidad en dirección a la Carrera Séptima.

Al llegar a la acera, Connor Fitzgerald miró a derecha e izquierda y cruzó la calle, a pesar del semáforo en rojo, hasta el otro lado. Una vez allí entró en un concurrido restaurante, donde un grupo de ruidosos aficionados ya se había congregado ante un televisor de pantalla grande.

Nadie le hizo el menor caso. Todos estaban concentrados en contemplar una y otra vez, desde diferentes ángulos, los tres goles conseguidos por Colombia en el encuentro del año anterior. Se sentó en una mesa situada en un rincón. Aunque desde allí la pantalla del televisor quedaba medio oculta, disfrutaba de una vista perfecta de la calle. Un destartalado cartel se movía impulsado por la brisa, por encima de la tienda de empeños. Rezaba: «J. Escobar. Monte de Piedad, establecido en 1946».

Transcurrieron varios minutos antes de que un coche de policía se detuviera frente a la tienda. Una vez que Fitzgerald vio a los dos policías entrar en el edificio, abandonó la mesa y salió con actitud despreocupada por la puerta trasera, que daba a otra calle, tranquila a esas horas de la tarde. Detuvo al primer taxi vacío que encontró y dijo, con acento sudafricano:

—Al Belvedere, en la plaza de Bolívar, por favor.

El taxista asintió con un gesto rápido, como si quisiera dejar bien claro que no tenía el menor interés en enzarzarse en una prolongada conversación. En cuanto Fitzgerald se dejó caer contra el respaldo del destartalado vehículo, el conductor encendió la radio.

Fitzgerald comprobó de nuevo la hora. Era la una y diecisiete. Solo llevaba un par de minutos de retraso. El discurso ya habría empezado, pero como siempre solían durar más de cuarenta minutos disponía de tiempo más que suficiente para cumplir con la verdadera razón de su estancia en Bogotá. Se desplazó unos pocos centímetros hacia la derecha, para estar seguro de que el taxista lo viera con claridad en el espejo retrovisor.

Una vez que la policía iniciara sus investigaciones, Fitzgerald necesitaba que todo aquel que le hubiera visto aquel día diera de él aproximadamente la misma descripción: varón, de rasgos caucásicos, de unos cincuenta años de edad, algo más de un metro ochenta de estatura, de unos cien kilos de peso, sin afeitar, con el cabello oscuro y enmarañado, vestido como un forastero, con acento extranjero, pero no estadounidense. Confiaba en que al menos alguno de ellos fuese capaz de identificar el peculiar sonido nasal sudafricano. Fitzgerald siempre había sido muy bueno a la hora de fingir acentos. Ya en el instituto tuvo muchos problemas por imitar la forma de hablar de sus profesores.

La radio del taxi seguía dejando oír la opinión de un experto tras otro sobre el probable resultado del partido anual. Mentalmente, Fitzgerald se desvinculó de un idioma que tenía poco interés por aprender, aunque recientemente había añadido a su limitado vocabulario palabras como «falta», «fuera de juego» y «gol».

Diecisiete minutos más tarde, cuando el pequeño Fiat se detuvo delante de El Belvedere, Fitzgerald entregó un billete de diez mil pesos y se bajó del taxi antes de que el conductor tuviera la oportunidad de darle las gracias por una propina tan generosa, aunque los taxistas de Bogotá no fueran conocidos precisamente por el uso excesivo de la frase «muchas gracias».

Fitzgerald subió los escalones que daban acceso al hotel, pasó junto al portero vestido con librea y empujó las puertas giratorias. Ya en el vestíbulo, se dirigió directamente hacia los ascensores situados frente a la recepción. Solo tuvo que esperar un momento antes de que uno de los cuatro regresara a la planta baja. En cuanto se abrieron las puertas, entró, apretó el botón del octavo piso y de inmediato hizo lo propio con el botón «Cerrar», para no dar a nadie la oportunidad de seguirlo. Una vez que las puertas se abrieron de nuevo en el piso octavo, Fitzgerald recorrió el pasillo, cubierto con una delgada moqueta, hasta la habitación 807. Introdujo una tarjeta de plástico en la ranura y esperó a que se encendiera la luz verde antes de hacer girar el pomo de la puerta. En cuanto esta se abrió, colocó el cartel de «No molesten, por favor». Luego, cerró la puerta y pasó el cerrojo.

Comprobó de nuevo la hora: las dos menos veinticuatro. Calculó que a esas alturas la policía ya se habría marchado de la tienda de empeños, tras llegar a la conclusión de que se trataba de una falsa alarma. Llamarían al señor Escobar a su casa, en el campo, para informarle de que todo parecía estar en orden y pedirle que, una vez que regresara a la ciudad, el lunes siguiente, les informara en el caso de que echara algo en falta. Pero antes de que eso sucediera Fitzgerald ya habría vuelto a dejar el gastado maletín de cuero en el escaparate. El lunes por la mañana, Escobar solo podría informar de la desaparición de varios paquetes pequeños de esmeraldas sin tallar, que los mismos policías se habían encargado de retirar antes de salir de la tienda, después de su inspección. ¿Cuánto tiempo transcurriría antes de que descubriera la única cosa que faltaba? ¿Un día? ¿Una semana? Fitzgerald ya había tomado la decisión de dejar una pista extraña para acelerar algo el proceso.

Se quitó la chaqueta, la colgó de la silla más cercana y cogió el mando de control remoto del televisor, que estaba sobre la mesita de noche. Apretó el botón de «encendido» y se sentó en el sofá, delante del aparato. El rostro de Ricardo Guzmán llenó la pantalla.

Fitzgerald sabía que Guzmán cumpliría cincuenta años el próximo mes de abril, pero con su metro ochenta y cinco de estatura, su abundante cabellera oscura y su cuerpo sin un gramo de grasa podría decirle a la multitud, que lo adoraba, que aún no había cumplido los cuarenta. Y ellos le creían. Después de todo, pocos colombianos esperaban que sus políticos dijeran la verdad sobre cualquier cosa, incluida su edad.

Ricardo Guzmán, el candidato favorito de las cercanas elecciones presidenciales, era el jefe del cártel de Cali, que controlaba el 80 por ciento del comercio de la cocaína en Nueva York, y ganaba más de mil millones de dólares al año. Nadie sabía cuántas de las muertes que se producían en Manhattan estaban directamente relacionadas con las operaciones del grupo. Fitzgerald no se había encontrado con esa información en ninguno de los tres periódicos nacionales de Colombia, quizá porque las noticias que llegaban a la mayor parte de las imprentas del país estaban controladas por Guzmán.

«La primera medida que tomaré como vuestro presidente será nacionalizar todas las empresas en las que los estadounidenses tengan una mayoría de acciones.»

La pequeña multitud que rodeaba los escalones del edificio del Congreso, en la plaza de Bolívar, aulló su aprobación ante esas palabras. Los asesores de Ricardo Guzmán le habían asegurado una y otra vez a este que sería una verdadera pérdida de tiempo pronunciar un discurso el mismo día en que se jugara el partido internacional, pero él había hecho caso omiso. Estaba convencido de que millones de televidentes estarían cambiando de canal a la búsqueda del fútbol y se encontrarían con él en la pantalla, aunque solo fuera por un instante. Esa misma gente se quedaría atónita cuando, apenas una hora más tarde, lo viera entrar en el atestado estadio. A Guzmán le aburría el fútbol, pero sabía que su llegada, pocos momentos antes de que la selección nacional saliera a la cancha, apartaría la atención de Antonio Herrera, el vicepresidente y su principal adversario en las elecciones presidenciales. Herrera estaría sentado en el palco presidencial, pero Guzmán se encontraría entre la multitud, detrás de una de las porterías. La imagen que deseaba transmitir era la de ser un hombre del pueblo.

Fitzgerald calculó que aún faltaban unos seis minutos para que diera el discurso por terminado. Ya había escuchado las palabras de Guzmán por lo menos una docena de veces: en vestíbulos atestados, en bares semivacíos, en las esquinas de las calles e incluso en una estación de autobuses, mientras el candidato se dirigía a los ciudadanos desde la parte trasera de un autobús. Cogió el maletín de cuero, que había dejado sobre la cama, y se lo colocó sobre el regazo.

«Antonio Herrera no es el candidato progresista —dijo Guzmán—, sino el candidato de Estados Unidos. No es más que una marioneta, y cada una de sus palabras ha sido dictada por el hombre que se sienta en el despacho Oval.»

La multitud volvió a aplaudir. Cinco minutos, calculó Fitzgerald. Abrió el maletín y observó fijamente la Remington 700 que solo había perdido de vista durante unas horas.

«¿Cómo se atreven a suponer los estadounidenses que siempre haremos lo que sea más conveniente para su país? —gritó Guzmán—. Y todo ello, sencillamente, por el poder del omnipotente dólar. ¡Al infierno con el omnipotente dólar!»

La multitud lo vitoreó con mayor entusiasmo aún al ver que sacaba un billete de la cartera y rompía en pedazos la imagen de George Washington.

«Os puedo asegurar una cosa...», prosiguió Guzmán al tiempo que arrojaba los trozos de papel verde sobre la multitud, como si fuera confeti.

—Dios no es estadounidense... —dijo Fitzgerald imitando la voz de Guzmán.

«¡Dios no es estadounidense!», gritó Guzmán.

Suavemente, Fitzgerald extrajo del maletín la culata McMillan de fibra de vidrio.

«Dentro de dos semanas —continuó Guzmán—, los ciudadanos de Colombia tendrán la oportunidad de hacer escuchar su voz en todo el mundo.»

—Cuatro minutos —murmuró Fitzgerald. Miró la pantalla e imitó la sonrisa del candidato. Sacó el cañón Hart de acero inoxidable del receptáculo de la caja donde descansaba y lo atornilló con firmeza a la culata. Encajaba como un guante.

«Cuando se celebren cumbres en todo el mundo, Colombia volverá a sentarse a la mesa de conferencias y no se limitará a leer lo ocurrido en la prensa del día siguiente. Dentro de un año, conseguiré que los estadounidenses nos traten no como a un país del Tercer Mundo, sino como a sus iguales.»

La multitud rugió mientras Fitzgerald levantaba el teleobjetivo Leupold 10 Power y lo encajaba en las dos pequeñas ranuras que había sobre el cañón.

«Dentro de cien días ya notaréis los cambios que se producirán en nuestro país, unos cambios que Herrera no habría creído posible ni en cien años. Porque cuando sea vuestro presidente... »

Lentamente, Fitzgerald se llevó al hombro la culata del Remington 700. Lo percibió como si se tratara de un viejo amigo. Pero así debía ser, pues cada una de sus partes había sido fabricada a mano, siguiendo con exactitud todas y cada una de sus especificaciones.

Levantó la mira telescópica hacia la imagen del televisor y alineó la pequeña serie de puntos hasta que estuvieron centrados a un par de centímetros por encima del corazón del candidato.

«... Venceré la inflación...»

Tres minutos.

«... Venceré el desempleo...»

Fitzgerald exhaló un suspiro.

«... Y con ello venceré la pobreza.»

Fitzgerald contó tres..., dos..., uno y luego apretó suavemente el gatillo. Apenas si oyó el clic por encima del ruido de la multitud.

Bajó el rifle, se levantó de la cama y dejó sobre ella el maletín de cuero vacío. Transcurrirían otros noventa segundos antes de que Guzmán llegara a su habitual condena de Thomas Lawrence, presidente de Estados Unidos.

Extrajo una de las balas de punta hueca de la pequeña ranura de cuero en el interior de la solapa del maletín. Abrió la culata y deslizó la bala en la recámara. A continuación cerró el cañón con un firme movimiento ascendente.

«Esta será la última oportunidad que tendrán los ciudadanos colombianos de invertir los desastrosos fracasos del pasado —gritó Guzmán, cuya voz parecía elevarse con cada palabra—. Así que debemos asegurarnos de una cosa...»

—Un minuto —murmuró Fitzgerald.

Casi podía repetir, palabra por palabra, los últimos sesenta segundos del discurso de Guzmán. Apartó la mirada del televisor y cruzó despacio la estancia, hacia la puertaventana.

«... De no perder esta oportunidad de oro... »

Fitzgerald apartó la cortina de encaje que oscurecía el mundo exterior y extendió la mirada sobre la plaza de Bolívar, hacia su lado norte, donde el candidato presidencial se hallaba de pie sobre el último escalón del edificio del Congreso, mirando a la multitud. Estaba a punto de pronunciar su coup de grâce.

Fitzgerald esperó con paciencia. Nunca había que permanecer al descubierto ni un segundo más de lo estrictamente necesario.

«¡Viva Colombia!», gritó Guzmán.

«¡Viva Colombia!», gritó la multitud, frenética, a pesar de que muchos de los que la componían no eran más que lacayos pagados, situados estratégicamente entre la gente.

«Amo a mi país», declaró el candidato.

Solo quedaban treinta segundos del discurso. Fitzgerald abrió la puertaventana y oyó el griterío de la multitud, que repetía cada una de las palabras de Guzmán. El candidato bajó entonces la voz, hasta convertirla casi en un susurro.

«Y quiero dejaros una cosa bien clara: que esta es mi única razón para desear serviros como presidente.»

Entonces, por segunda vez, Fitzgerald se llevó suavemente al hombro la culata del Remington 700. Todas las miradas estaban fijas en el candidato, cuya voz resonó en el televisor:

«¡Dios guarde a Colombia!».

El ruido empezó a ser atronador al tiempo que él levantaba los dos brazos para acoger los rugidos de sus partidarios, que gritaron:

«¡Dios guarde a Colombia!».

Guzmán mantuvo los brazos en alto en un gesto de triunfo, como hacía siempre al final de cada discurso. Y, como siempre, permaneció absolutamente quieto por unos instantes.

Fitzgerald alineó los diminutos puntos hasta que los tuvo situados un par de centímetros por encima del corazón del candidato. Luego soltó el aire al tiempo que tensaba los dedos de la mano izquierda alrededor de la culata.

—Tres..., dos..., uno —murmuró antes de apretar el gatillo con suavidad.

Guzmán aún sonreía cuando la bala de punta hueca penetró en su pecho. Un segundo más tarde cayó al suelo como una marioneta a la que de pronto le hubieran cortado los hilos. Fragmentos de hueso, músculo y tejido salieron volando en todas las direcciones. La sangre salpicó a quienes se encontraban más cerca del candidato. Lo último que Fitzgerald vio de él fueron los brazos extendidos, como si se estuviera rindiendo ante un enemigo invisible.

Bajó el rifle, lo apartó del hombro, cerró rápidamente la puertaventana y pasó el pestillo. Había cumplido con su misión.

Ahora, su único problema consistía en asegurarse de no transgredir el undécimo mandamiento.

El undécimo mandamiento

DOS

—¿Debo enviarle un mensaje de condolencia a su esposa y su familia? —preguntó Tom Lawrence.

—No, señor presidente —contestó el secretario de Estado—. Creo que debería dejar eso en manos del subsecretario de Asuntos Interamericanos. En estos momentos todo parece indicar que Antonio Herrera será el próximo presidente de Colombia, de modo que tendrá que entenderse con él.

—¿Me representará usted en el funeral, o debo enviar al vicepresidente?

—Mi consejo es que no acuda ninguno de los dos —respondió el secretario de Estado—. Nuestro embajador en Bogotá puede representarle adecuadamente. Puesto que el funeral tendrá lugar este mismo fin de semana, nadie esperaría que pudiésemos viajar de forma tan imprevista.

El presidente asintió con un gesto. Se había acostumbrado a la actitud práctica que demostraba Larry Harrington ante toda clase de cuestiones, incluida la muerte. Solo se preguntaba qué actitud adoptaría Larry en el caso de que lo asesinaran.

—Si dispone de un momento, señor presidente, creo que debería informarle más detalladamente sobre nuestra política actual en Colombia. Es posible que la prensa quiera hacerle preguntas acerca de la posible implicación de...

El presidente estaba a punto de interrumpirlo cuando llamaron a la puerta y Andy Lloyd entró en el despacho.

Tenían que ser las once en punto, pensó Lawrence. Ni siquiera necesitaba mirar el reloj, puesto que había citado a Lloyd, su jefe de gabinete, para esa hora.

—Más tarde, Larry —dijo el presidente—. Estoy a punto de dar una conferencia de prensa sobre la ley de reducción de armas nucleares, biológicas, químicas y convencionales, y no creo que haya muchos periodistas interesados en la muerte del candidato presidencial de un país que, admitámoslo, la mayoría de los estadounidenses ni siquiera sabrían situar en el mapa.

Harrington no dijo nada. No le pareció que fuera responsabilidad suya indicarle al presidente que la mayoría de los estadounidenses tampoco sabía situar Vietnam en un mapa. Pero, al ver a Andy Lloyd allí, Harrington pensó que solo le habría dado prioridad a una declaración de guerra mundial. Dirigió hacia Lloyd un breve gesto de asentimiento y abandonó el despacho Oval.

—¿Por qué habré nombrado a ese hombre para ese cargo? —preguntó Lawrence, con la mirada fija en la puerta cerrada.

—Larry fue capaz de entregar Texas, señor presidente, en un momento en que nuestras encuestas internas demostraban que la mayoría de los sureños lo consideraban a usted un norteño inútil capaz de nombrar a un homosexual al frente de la Junta de Jefes de Estado Mayor.

—Probablemente lo habría hecho si hubiese creído que era el hombre adecuado para el puesto.

Una de las razones por las que Tom Lawrence había ofrecido a su viejo amigo de la universidad el puesto de jefe de gabinete de la Casa Blanca era porque, después de treinta años, no tenían secretos el uno para el otro. Andy le decía las cosas tal como las veía, sin la menor señal de astucia o malicia. Esa cualidad le permitía estar seguro de que Andy jamás abrigaría la esperanza de ser elegido para nada y, por lo tanto, nunca se convertiría en un rival.

El presidente abrió la carpeta con la inscripción de «URGENTE» que Andy le había dejado a primeras horas de esa misma mañana. Sospechaba que su jefe de gabinete se había pasado la mayor parte de la noche preparándola. Empezó a repasar las preguntas que, en opinión de aquel, le plantearían con mayor probabilidad durante la conferencia de prensa:

«¿Cuánto dinero de los contribuyentes calcula ahorrar con la adopción de esta medida?».

—Supongo que Barbara Evans hará la primera pregunta, como siempre —dijo Lawrence, levantando la mirada—. ¿Tenemos alguna idea de cuál podría ser?

—No, señor —contestó Lloyd—, pero puesto que desde que derrotó usted a Gore en New Hampshire ha presionado para que se aprobara una ley de reducción de armamento, no creo que esté en posición de quejarse ahora que la aprobará.

—Cierto. Pero eso no le impedirá plantear alguna pregunta impertinente.

Andy asintió y el presidente leyó la siguiente pregunta: «¿Cuántos estadounidenses perderán su puesto de trabajo como consecuencia de ello?».

—¿Hay alguien en particular a quien deba evitar? —añadió Lawrence.

—Al resto de esos cabrones —contestó Lloyd con una mueca—. Pero si se encuentra en dificultades, cédale el turno a Phil Ansach.

—¿Por qué Ansach?

—Apoyó la ley en cada una de sus fases y se encuentra en su lista de invitados a cenar esta noche.

El presidente sonrió y asintió mientras recorría con un dedo la lista de preguntas que probablemente le formularían. Se detuvo en la número siete: «¿No es este otro ejemplo de pérdida de influencia por parte de Estados Unidos?». Levantó la mirada hacia su jefe de gabinete.

—Por la forma en que ciertos miembros del Congreso han reaccionado ante esta ley, a veces creo que todavía estamos viviendo en el Salvaje Oeste.

—Estoy de acuerdo, señor, pero, como sabe, el 40 por ciento de los estadounidenses sigue considerando a los rusos como nuestra mayor amenaza, y casi el 30 por ciento espera que entremos en guerra con Rusia en algún momento a lo largo de sus vidas.

Lawrence soltó una maldición y se pasó los dedos por la espesa mata de pelo prematuramente encanecido. Siguió revisando la lista de preguntas y se detuvo de nuevo al llegar a la decimonovena.

—¿Durante cuánto tiempo me van a hacer preguntas sobre la citación a filas que quemé públicamente en su día?

—Supongo que seguirán preguntándoselo mientras sea usted el comandante en jefe —contestó Andy.

El presidente murmuró algo por lo bajo y pasó a la siguiente pregunta. Volvió a levantar la mirada.

—Seguramente, no hay muchas posibilidades de que Victor Zerimski se convierta en el próximo presidente de Rusia, ¿verdad?

—Probablemente no —contestó Andy—, pero en la última encuesta de opinión ha avanzado hasta situarse en tercer puesto, y aunque sigue estando bastante por detrás del primer ministro Chernopov y del general Borodin, su postura en contra del crimen organizado empieza a hacer mella en la ventaja de ambos, sobre todo porque la mayoría de sus compatriotas están convencidos de que a Chernopov lo financia la mafia rusa.

—¿Qué me dice del general?

—Últimamente ha perdido terreno, ya que la mayoría de los miembros del ejército ruso no cobran su salario desde hace meses. La prensa ha informado de que los soldados han llegado a vender sus uniformes a los turistas en la calle.

—Gracias a Dios, todavía quedan un par de años para las elecciones. Si diera la impresión de que ese fascista de Zerimski tuviera la más ligera posibilidad de convertirse en el próximo presidente de Rusia, no habría la menor probabilidad de que el Congreso aprobara una ley de reducción de armamentos.

Lloyd asintió con un gesto y Lawrence pasó la página. Su dedo siguió descendiendo por la lista de preguntas. Se detuvo en la veintinueve.

—¿Cuántos miembros del Congreso tienen fábricas de armas e instalaciones militares en sus distritos? —preguntó, volviendo a mirar a Lloyd.

—Setenta y dos senadores y doscientos veintiún miembros de la Cámara de Representantes—contestó Lloyd sin necesidad de consultar su propia carpeta, que no había abierto—. Necesitará convencer por lo menos al 60 por ciento de ellos para que le apoyen y tener la seguridad de conseguir una mayoría en las dos cámaras. Y eso suponiendo que podamos contar con el voto del senador Bedell.

—Frank Bedell ya exigía una amplia ley de reducción de armamento cuando yo todavía iba a la universidad en Wisconsin —comentó el presidente—. No tiene más alternativa que apoyarnos.

—Es posible que aun apoyando la ley, crea que no ha llegado usted lo bastante lejos. Acaba de pedir una reducción de más del cincuenta por ciento en nuestros gastos de defensa.

—¿Y cómo espera que pueda conseguir eso?

—Retirando a Estados Unidos de la OTAN y dejando que los europeos sean los responsables de su propia defensa.

—Pero eso es algo completamente irreal —dijo Lawrence—. Hasta los estadounidenses de Acción Democrática se opondrían.

—Eso lo sabe usted, lo sé yo y sospecho que hasta el bueno del senador, pero no le impide aparecer en todas las emisoras de televisión, de Boston a Los Ángeles, declarando que una reducción del 50 por ciento en los gastos de defensa solucionaría de la noche a la mañana todos los problemas de atención sanitaria y de jubilación de este país.

—Desearía que Bedell dedicara tanto tiempo a preocuparse por la defensa de nuestro pueblo como el que dedica a preocuparse por su salud —dijo Lawrence—. ¿Cómo puedo responder a eso?

—Alábelo por su incansable y distinguido historial en defensa de los intereses de los ancianos. Pero señale de inmediato que, mientras sea usted el comandante en jefe, Estados Unidos nunca disminuirá sus defensas. Su principal prioridad será siempre asegurarse de que Estados Unidos siga siendo la nación más poderosa de la tierra, etcétera, etcétera. De ese modo, conseguiremos el voto de Bedell y quizá hagamos vacilar también a uno o dos halcones.

El presidente miró su reloj antes de pasar a la tercera página. Suspiró profundamente al llegar a la pregunta treinta y uno.

«¿Cómo espera conseguir la aprobación de esta ley cuando los demócratas no tienen mayoría en ninguna de las dos cámaras?»

—Está bien, Andy. ¿Cuál es la respuesta a esta?

—Solo tiene que decirles que los estadounidenses preocupados están dejando bien claro a sus representantes electos que la aprobación de esta ley ya se ha retrasado durante mucho tiempo y que no es más que un acto de sentido común.

—Eso fue lo que dije la última vez, Andy... Para la ley sobre medicamentos y drogas, ¿lo recuerdas?

—Sí, lo recuerdo, señor presidente, y el pueblo estadounidense lo apoyó por completo.

Lawrence dejó escapar otro profundo suspiro antes de decir:

—Oh, ¿cómo sería gobernar un país que no tuviera elecciones cada dos años y que no se viera agobiado por una prensa convencida de que es capaz de realizar el trabajo mejor que el gobierno democráticamente elegido?

—Hasta los rusos están teniendo que entendérselas con el fenómeno de la prensa —comentó Lloyd.

—¿Quién habría creído que viviríamos para verlo? —dijo Lawrence, mientras echaba un vistazo a la última pregunta—. Tengo el presentimiento de que si Chernopov hubiera prometido a los votantes rusos que tenía la intención de ser el primer presidente en gastar más en salud que en defensa, todos se pondrían a saltar de alegría.

—Quizá tenga usted razón —asintió Lloyd—. Pero también puede estar seguro de que si Zerimski fuera elegido, se pondría a reconstruir inmediatamente el arsenal nuclear de Rusia, antes de considerar siquiera la idea de construir hospitales nuevos.

—Sí, de eso podemos estar seguros —admitió Lawrence—. Pero como no hay posibilidad de que ese maníaco sea elegido...

Y, ante esto, Lloyd no hizo ningún comentario.

El undécimo mandamiento

TRES

Fitzgerald sabía que los veinte minutos siguientes decidirían su destino.

Cruzó rápidamente la habitación y miró la pantalla del televisor. La multitud huía de la plaza en todas las direcciones. El ruidoso entusiasmo se había transformado en pánico ciego. Dos de los consejeros de Ricardo Guzmán se inclinaban sobre lo que quedaba de su cuerpo.

Fitzgerald retiró el cartucho utilizado y lo colocó en la ranura vacía del maletín de cuero. ¿Se daría cuenta el propietario de la tienda de empeños de que una de las balas había sido utilizada?

Desde el otro lado de la plaza, el inconfundible aullido de una sirena de la policía se elevó sobre los gritos de la multitud. Esta vez, la respuesta de las fuerzas del orden había sido un poco más rápida.

Fitzgerald separó la mira telescópica y la guardó en la ranura correspondiente del maletín. Desenroscó el cañón, lo colocó en su sitio y, finalmente, guardó la culata.

Miró por última vez hacia la pantalla del televisor y vio que la policía confluía sobre la plaza como hormigas. Cogió el maletín, se metió en el bolsillo una caja de cerillas que había en el cenicero que estaba sobre el televisor y se dirigió hacia la puerta.

Miró a un lado y a otro del pasillo desierto y luego se encaminó rápidamente hacia el montacargas. Pulsó varias veces el pequeño botón blanco ubicado en la pared. Apenas unos momentos antes de salir para dirigirse a la tienda de empeños, había dejado abierta la ventana que conducía a la escalera de incendios, pero sabía que si hubiera tenido que utilizar ese plan de emergencia, probablemente habría estado esperándolo una patrulla de la policía al pie de la tambaleante escalera metálica. Esta vez no habría ningún helicóptero tipo Rambo, con las palas girando, para ofrecerle una forma de escapar hacia la gloria, mientras las balas silbaban junto a sus orejas, alcanzando a todo menos a él. Eso era el mundo real.

Cuando las pesadas puertas del montacargas se abrieron lentamente, Fitzgerald se encontró frente a un joven camarero que, vestido con una chaquetilla roja, llevaba una bandeja de almuerzo. Evidentemente, había tenido mala suerte en su turno y esa tarde no podría ver el partido.

El camarero no pudo ocultar su sorpresa al ver a uno de los clientes esperando delante del montacargas.

—No, señor, perdone, pero no puede entrar —trató de explicarle a Fitzgerald, que pasó por su lado y apretó el botón que indicaba «Planta baja». Las puertas se cerraron antes de que pudiera decirle que ese montacargas en concreto terminaba en la cocina.

Al llegar a la planta baja, Fitzgerald se movió hábilmente por entre las mesas de acero inoxidable, cubiertas de hileras de hors d’oeuvres a la espera de que los pidieran, y de botellas de champán que se descorcharían si ganaba la selección nacional. Llegó al extremo más alejado de la cocina, empujó las puertas batientes y desapareció de la vista antes de que ninguno de los cocineros vestidos de blanco tuviera siquiera la oportunidad de protestar. Descendió por un pasillo débilmente iluminado, pues él mismo se había encargado de aflojar la mayor parte de las bombillas la noche anterior, y llegó hasta la pesada puerta que conducía al aparcamiento subterráneo del hotel.

Extrajo una llave grande del bolsillo de la chaqueta, cerró la puerta tras de sí y echó la llave. Luego se dirigió directamente hacia un pequeño Volkswagen negro aparcado en el rincón más oscuro. Sacó una segunda llave del bolsillo del pantalón, esta más pequeña, abrió la portezuela del coche, se sentó al volante, dejó el maletín de cuero debajo del asiento del acompañante e hizo girar la llave en el contacto. El motor se puso inmediatamente en marcha, a pesar de que el coche no había sido utilizado durante los tres últimos días. Pisó el acelerador durante unos segundos antes de meter la primera.

Maniobró el vehículo sin prisas, entre las hileras de coches aparcados, y subió la empinada rampa que conducía a la calle. Se detuvo al final de la rampa. La policía estaba inspeccionando un coche aparcado y ni siquiera miró en su dirección. Giró a la izquierda y se alejó lentamente de la plaza de Bolívar.

Fue entonces cuando oyó el aullido de la sirena, por detrás. Miró por el espejo retrovisor y vio dos motocicletas de la policía, con las luces destellantes encendidas. Fitzgerald se arrimó a un lado de la calzada y las motocicletas pasaron por su lado seguidas de la ambulancia que llevaba el cuerpo sin vida de Guzmán.

Dobló en la siguiente calle a la izquierda e inició el largo y tortuoso recorrido hasta la tienda de empeños, pasando a menudo dos veces por el mismo sitio. Veinticuatro minutos más tarde entró en un callejón y aparcó detrás de un camión. Cogió el usado maletín de debajo del asiento del acompañante, se apeó y cerró la portezuela sin echar la llave. Tenía la intención de regresar en menos de dos minutos.

Comprobó rápidamente que no hubiera nadie en el callejón.

En cuanto entró en la tienda la alarma volvió a dispararse. Esta vez, sin embargo, no le preocupaba la rápida llegada de un coche patrulla, ya que la mayoría de los policías estarían ocupados bien en el estadio, donde el partido empezaría en apenas treinta minutos, bien deteniendo a todo aquel que aún se encontrara en las cercanías de la plaza de Bolívar.

Fitzgerald cerró tras de sí la puerta trasera de la tienda de empeños. Volvió a cruzar rápidamente la trastienda, apartó la cortina de cuentas y se detuvo tras el mostrador. Comprobó que no pasaba nadie por la calle, antes de volver a colocar el maletín de cuero en el mismo lugar que había ocupado en el escaparate.

Cuando el lunes por la mañana Escobar regresara a la tienda, ¿cuánto tiempo tardaría en descubrir que una de las seis grandes balas de punta hueca había sido disparada y que solo quedaba en su lugar el casquillo? Aunque se diera cuenta, ¿se molestaría en transmitir esa información a la policía?

Fitzgerald se encontró de nuevo al volante del Volkswagen en menos de noventa segundos. Todavía oía la alarma cuando salió con el coche a la calle principal y empezó a seguir los carteles indicadores del aeropuerto de El Dorado. Nadie demostró el menor interés por él. Al fin y al cabo, el partido estaba a punto de empezar. En cualquier caso, ¿qué posible conexión podría haber entre una alarma que se había disparado en una tienda de empeños del barrio de San Victorino y el asesinato en la plaza de Bolívar de un candidato presidencial?

Una vez que llegó a la autopista, se mantuvo en el carril central, sin superar en ningún momento el límite de velocidad. Varios coches de la policía pasaron en la dirección contraria, hacia la ciudad. Aunque alguien lo hubiera detenido para pedirle su documentación, no habría tardado en comprobar que todo estaba en orden. La maleta preparada que llevaba en el asiento de atrás no revelaba nada extraño en un hombre de negocios que se encontraba en Colombia para vender equipo de minería.

Al llegar a la salida hacia el aeropuerto, Fitzgerald la tomó. De repente, unos cientos de metros antes de llegar, giró a la derecha y entró en el aparcamiento del hotel San Sebastián. Abrió la guantera del coche y sacó un pasaporte cubierto de sellos. Cogió la caja de cerillas que se había llevado de El Belvedere y prendió fuego a Dirk van Rensberg. Cuando ya casi se le quemaban los dedos, abrió la portezuela, dejó caer los restos del pasaporte al suelo y apagó las llamas con la suela del zapato, aunque todavía era reconocible el blasón sudafricano del pasaporte. Dejó las cerillas en el asiento del acompañante, cogió la maleta del asiento trasero y cerró la portezuela con fuerza, dejando las llaves puestas en el contacto. Se dirigió hacia la puerta principal del hotel y arrojó los restos del pasaporte de Dirk van Rensberg y una llave grande y pesada en el cubo de basura situado al pie de los escalones.

Fitzgerald empujó las puertas giratorias tras un grupo de hombres de negocios japoneses, a los que siguió hacia uno de los ascensores abiertos. Fue el único ocupante del ascensor que bajó en el tercer piso. Se dirigió hacia la habitación 347, que había reservado con otro nombre, extrajo otra tarjeta de plástico del bolsillo y abrió la puerta. Arrojó la maleta sobre la cama y comprobó la hora. Solo faltaban setenta y siete minutos para que despegase su avión.

Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la única silla. A continuación abrió la maleta, sacó una bolsa de ropa sucia y se metió en el cuarto de baño. Tuvo que esperar unos momentos a que el agua estuviera lo bastante caliente para colocar el tapón del lavabo. Mientras aguardaba, se cortó las uñas y se limpió las manos con la misma meticulosidad que un cirujano que se preparara para practicar una operación.

Le llevó veinte minutos eliminar todo rastro de su barba de una semana, y necesitó varios puñados de champú para frotarse firmemente bajo la ducha caliente antes de que el cabello recuperara su color y textura naturales, arenoso y ondulado.

Luego se secó lo mejor que pudo con la única y delgada toalla que proporcionaba el hotel, regresó al dormitorio y se puso unos calzoncillos limpios. Se acercó a la cómoda del extremo de la habitación, abrió el tercer cajón y tanteó hasta encontrar el paquete sujeto con cinta adhesiva al cajón superior. A pesar de que no había ocupado la habitación desde hacía varios días, estaba seguro de que nadie habría descubierto su escondite.

Fitzgerald abrió el sobre marrón y comprobó rápidamente su contenido. Otro pasaporte y otro nombre. Quinientos dólares en billetes usados y un billete de primera clase para Ciudad del Cabo. Los asesinos que escapan no viajan en primera clase. Cinco minutos más tarde abandonó la habitación 347, dejando sus ropas usadas desparramadas por el suelo de la habitación y el cartel de «No molesten, por favor» colgado del pomo de la puerta.

Tomó el ascensor hasta la planta baja, seguro de que nadie se fijaría en un hombre de cincuenta y un años vestido con una camisa azul de algodón, corbata a rayas, chaqueta deportiva y pantalones grises de lana. Salió del ascensor, cruzó el vestíbulo y ni siquiera se preocupó de despedirse. Al llegar, ocho días antes, había pagado en efectivo por todo el tiempo que ocuparía la habitación. No había tocado nada del minibar ni había utilizado el servicio de habitaciones, como tampoco hizo ninguna llamada telefónica ni vio ninguna película de pago. Así pues, en la cuenta de ese cliente no aparecería ningún gasto extra.

Solo tuvo que esperar unos pocos minutos a que el autobús de servicio continuo se detuviera delante de la puerta. Comprobó la hora. Faltaban cuarenta y tres minutos para el despegue. No experimentaba ninguna ansiedad ante la posibilidad de perder el vuelo 63 de Aeroperú a Lima. Estaba seguro de que a esas horas del día no iba a surgir ningún imprevisto.

Una vez que el autobús lo dejó en el aeropuerto, se encaminó lentamente hacia el mostrador de facturación, donde no le sorprendió enterarse de que el vuelo a Lima se había retrasado una hora. En el abarrotado y caótico vestíbulo de salidas había varios policías que vigilaban a los pasajeros, y aunque lo detuvieron e interrogaron en varias ocasiones, y le registraron la maleta dos veces, finalmente se le permitió continuar hasta la puerta de embarque número 47.

Aminoró el paso al ver que un par de turistas de mochila eran sacados a rastras del aeropuerto por el personal de seguridad. Se preguntó cuántos varones caucásicos, inocentes y sin afeitar, serían interrogados durante toda la noche a causa de lo que él había hecho a primeras horas de la tarde.

Al unirse a la cola que conducía al control de pasaportes, repitió su nuevo nombre para sí. Era el tercero que utilizaba ese día. El funcionario de uniforme azul que ocupaba el pequeño cubículo hojeó el pasaporte neozelandés y estudió atentamente la fotografía del interior, que mostraba una innegable semejanza con el hombre elegantemente vestido que estaba de pie ante él. Le devolvió el pasaporte y Alistair Douglas, un ingeniero civil de Christchurch, cruzó el vestíbulo de salidas. Después de un nuevo retraso, se anunció finalmente la salida del vuelo. Una azafata acompañó al señor Douglas hasta su asiento, en la sección de primera clase.

—¿Puedo ofrecerle una copa de champán, señor?

—No, gracias —repuso él negando con la cabeza—. Pero me vendrá bien un vaso de agua mineral —añadió, probando a hablar con su acento neozelandés.

Se abrochó el cinturón de seguridad, se arrellanó en el asiento y fingió leer una revista mientras el avión iniciaba su lento avance por la pista. Debido a la hilera de aviones que esperaban a despegar antes que ellos, Fitzgerald dispuso de tiempo suficiente para elegir los platos que cenaría y la película que vería antes de que el 727 iniciara su aceleración previa al despegue. Cuando las ruedas se elevaron del suelo, empezó a relajarse por primera vez ese día.

Una vez que el avión hubo alcanzado su velocidad de crucero, guardó la revista, cerró los ojos y comenzó a pensar en lo que necesitaría hacer cuando aterrizara en Ciudad del Cabo.

—Les habla el capitán —dijo una voz que sonó como si tuviera algo importante que anunciar—. Debo informarles de algo que seguramente angustiará a algunos de ustedes.

Fitzgerald se enderezó en su asiento. Lo único que no había previsto era un regreso no programado a Bogotá.

—Siento tener que decirles —prosiguió el capitán— que hoy ha ocurrido una tragedia nacional en Colombia.

Fitzgerald se agarró ligeramente al brazo del asiento y se concentró en no mostrarse nervioso. El capitán vaciló un momento.

—Señores pasajeros —declaró sombríamente—, Colombia acaba de sufrir una pérdida terrible. —Hizo una nueva pausa antes de añadir—: Nuestra selección nacional de fútbol ha perdido ante Brasil por dos a uno.

Un gemido se extendió por la cabina, como si estrellarse contra la montaña más próxima hubiera sido una alternativa preferible. Fitzgerald se permitió esbozar una sonrisa. La azafata reapareció a su lado.

—¿Quiere que le prepare una copa, ahora que ya estamos en vuelo, señor Douglas?

—Gracias —contestó Fitzgerald—. Creo que, después de todo, aceptaré esa copa de champán.

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style="fill: #FF5A00;" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" height="24" viewBox="0 -960 960 960" width="24"><path d="M270-80q-45 0-77.5-30.5T160-186v-558q0-38 23.5-68t61.5-38l395-78v640l-379 76q-9 2-15 9.5t-6 16.5q0 11 9 18.5t21 7.5h450v-640h80v720H270Zm90-233 200-39v-478l-200 39v478Zm-80 16v-478l-15 3q-11 2-18 9.5t-7 18.5v457q5-2 10.5-3.5T261-293l19-4Zm-40-472v482-482Z"></path></svg></i> Gestiona tus pedidos y accede a tu biblioteca</li> <li><svg fill="#000000" version="1.1" id="Capa_1" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" viewBox="0 0 60.062 60.062" xml:space="preserve"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" viewBox="0 0 512 512"><path d="M16.1 260.2c-22.6 12.9-20.5 47.3 3.6 57.3L160 376V479.3c0 18.1 14.6 32.7 32.7 32.7c9.7 0 18.9-4.3 25.1-11.8l62-74.3 123.9 51.6c18.9 7.9 40.8-4.5 43.9-24.7l64-416c1.9-12.1-3.4-24.3-13.5-31.2s-23.3-7.5-34-1.4l-448 256zm52.1 25.5L409.7 90.6 190.1 336l1.2 1L68.2 285.7zM403.3 425.4L236.7 355.9 450.8 116.6 403.3 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rcTagManagerLib.isCheckout = isCheckout; rcTagManagerLib.compliantModuleName = compliantModuleName; rcTagManagerLib.skipCartStep = skipCartStep; // list names rcTagManagerLib.lists = {"default":"Fragmento","filter":"filtered_results"}; // Google remarketing - page type rcTagManagerLib.ecommPageType = 'other'; // get products list to cache rcTagManagerLib.productsListCache = []; // Listing products /////////////////////////////////////////////// if (!disableInternalTracking) { // Initialize all user events when DOM ready document.addEventListener('DOMContentLoaded', initGtmEvents, false); window.addEventListener('pageshow', fireEventsOnPageShow, false); } function initGtmEvents() { // Events binded on all pages // Events binded to document.body to avoid firefox fire events on right/central click document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickPromotionItem, false); //Botones Newsletters var btnNewsletter = document.querySelectorAll('.modalSubscriptionForm'); btnNewsletter.forEach((btn) => btn.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickNewsletter, false)); //Botones Menu var Menu = document.getElementById("iqitmegamenu-horizontal"); Menu.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventNavegacionMenu, false); //Menu Movil var MenuMovil = document.getElementById("iqitmegamenu-mobile"); MenuMovil.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventNavegacionMenuMovil, false) if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.goals.socialAction) { // bind event on like/follow action rcTagManagerLib.eventSocialFollow(); } //////////////////////// // ALL PAGES EXCEPT CHECKOUT OR ORDER if (!isCheckout && !isOrder) { // bind prestashop events with tracking events prestashop.on( 'updateCart', function (event) { rcTagManagerLib.eventAddCartProduct(event); rcTagManagerLib.eventCartUpdate(event); } ); prestashop.on( 'clickQuickView', function (event) { rcTagManagerLib.eventProductView(event) } ); prestashop.on( 'updatedProduct', function (event) { rcTagManagerLib.eventProductView(event) } ); prestashop.on( 'clickIqitWishlistAdd', function (event) { rcTagManagerLib.eventWishlistProduct() } ); // init first scroll action for those products all ready visible on screen setTimeout(()=>{ rcTagManagerLib.eventScrollList(); // bind event to scroll window.addEventListener('scroll', rcTagManagerLib.eventScrollList.bind(rcTagManagerLib), false); },3000); // init Event Listeners document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickProductList, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventGetAddCartQuantity, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartQuantityDelete, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventLogin, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventLogout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCreateAccount, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventNewsletter, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventUpdateAccount, false); //Sliders setTimeout(()=>{ let Sliders = document.body.querySelectorAll(".slick-slider"); Sliders.forEach((slider)=>{ slider.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickCarousel,false); slider.addEventListener('touchstart', rcTagManagerLib.eventTouchStartCarousel,false); slider.addEventListener('touchmove', rcTagManagerLib.eventTouchMoveCarousel,false); slider.addEventListener('touchend', rcTagManagerLib.eventTouchEndCarousel,false); }), 2000 }) if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.goals.socialAction) { // bind event to allow track social action on document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventSocialShareProductView, false); } //////////////////////// // SEARCH PAGE if (controllerName === 'search') { rcTagManagerLib.eventSearchResult(); } //////////////////////// // PRODUCT PAGE if (controllerName === 'product') { // send product detail view rcTagManagerLib.eventProductView(); rcTagManagerLib.eventProductPreview(); rcTagManagerLib.eventProductReview(); //Nuevos DataLayer Ficha Producto var btnCompraDirecta = document.querySelector('.add-to-cart.direct'), btnCambioIdioma = document.querySelector('.link_relacionado_manuscrito'), tags = document.querySelectorAll('.tag_lvl2'), descripcion = document.getElementById('product-descripcion'), detalles = document.getElementById('product-details-tab-nav'), btnVerAutor = document.querySelectorAll("#author-follow"), btnResena = document.querySelector(".boton-review"); 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document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartQuantityUp, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartQuantityDown, false); } //////////////////////// // CHECKOUT if (compliantModuleName === 'default' && controllerName === 'order') { // Events on Checkout Process document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventPrestashopCheckout, false); } else if ( compliantModuleName === 'supercheckout' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // Compatible with super-checkout by Knowband document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcSuperCheckout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcSuperCheckout, false); } else if ( compliantModuleName === 'onepagecheckoutps' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // compatible with OPC by PrestaTeamShop document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcPrestaTeam, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcPrestaTeam, false); } else if ( compliantModuleName === 'thecheckout' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // Compatible with thecheckout by Zelarg document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcTheCheckout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcTheCheckout, false); } else if ( compliantModuleName === 'steasycheckout' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // Events for steasycheckout document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcStEasyCheckout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcStEasyCheckout, false); } } } function fireEventsOnPageShow(event){ //rcTagManagerLib.eventPageType(); // rcTagManagerLib.eventUserInfo(); // fixes safari back cache button if (event.persisted) { window.location.reload() } if(window.location.pathname.substring(4) == 'module/lblemailactivation/activation'){ rcTagManagerLib.onConfirmarCuenta(); } // Sign up feature if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.goals.signUp && rcTagManagerLib.trackingFeatures.common.isNewSignUp) { rcTagManagerLib.onSignUp(); 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