A veces la muerte inmortaliza: así pensé al verlos, con el espanto y con la indiferencia que me revisten desde hace años; a veces la muerte vuelve célebre a quien la ha sufrido, rescata al yacente de la futilidad y le otorga una fama que jamás alcanzó mientras vivía, o al menos modifica su figura, borra sus altibajos, sus miserias y temores, y lo convierte en objeto de exhibición —en cadáver—, ataviado con una imagen postrera, única e inmutable ya, que desde ese instante será recordada para siempre, con asco o admiración, como si nunca hubiese tenido otra. A veces la muerte no conduce al olvido sino a la sustitución: el muerto halla una nueva existencia en los ojos de quienes lo han visto, y entonces su deceso trae al mundo un nuevo ser, como si se produjera un alumbramiento, el de un ser ni querido ni deseado que ahora carga con el peso de su inmortalidad. A veces la muerte vivifica. Pero más doloroso que la pérdida, la incertidumbre y el tránsito, es reconocer que esa muerte que inmortaliza, ese acto fulminante que hace del incógnito un héroe o un villano —en todo caso alguien memorable—, ni siquiera depende del cadáver. Porque la muerte no es, ni siquiera en el suicidio, una decisión racional o consentida: sorprende incluso al moribundo y, cuanto más inesperada o arbitraria, mayor temor e irritación provoca en quienes sobreviven, y más grande es la posibilidad del muerto de acceder a lo eterno (a la pobre eternidad que cabe en las neuronas de los hombres). Así, esa última imagen —esa luz—, trágica o cómica, digna o ridícula, o atroz, se torna imborrable, la máscara que sustituirá al rostro enterrado, sin importar que el sujeto hubiese sido lúdico con una muerte trágica o sobrio con un fin degradante. La muerte es, a la postre, lo único que del muerto ha de quedarnos. Así los encontré aquella madrugada, muertos, muy muertos, tendidos sobre densos charcos de sangre, en posiciones extrañas, pero definitiva, absolutamente muertos, sus cuerpos idénticos e inexpresivos, o quizá no tan inexpresivos sino marcados por ese rictus súbito y vacuo que había comenzado a habitarlos y del cual ya no podían desprenderse. Parecía como si se empeñasen en ocultar el dolor impensable y artero que los llevó a ese estado pero que ya no se encontraba en ellos. Quedaron atrapados, presentí, en el instante en que habían dejado de ser conscientes de sus padecimientos (que debieron ser atroces: interminables), cuando el dolor había dejado de ser dolor, detenido en un espasmo imposible, por más que el verdugo o verdugos, el asesino o asesinos, apretasen o cortasen o desangrasen o rompiesen o hiriesen o destrozasen. Aparentaban cierta apacibilidad detrás del pánico, cierta calma a pesar de las llagas y las contusiones, como si en el último momento hubiesen reconocido la cercanía de la muerte: quizás entonces ya no sentían miedo ni angustia, apenas una punzada artera que se difuminaba conforme se aproximaban al vacío. Apareció así en sus rostros un destello de tranquilidad y de reposo: el alivio antes del fin. Cuando a lo largo de la vida uno ha visto tantos cadáveres como yo, tantos muertos distintos, resulta difícil llorar o vomitar o desencajarse por más desoladora que resulte la escena, por más sangre o vísceras esparcidas que se contemplen, por más muerto que esté el muerto. Ese día, 26 de agosto, no fue distinto de otros: ni el fotógrafo Juan Gaytán (lamentable nombre con rima) ni yo, encaramados en los hombros de varios policías para tener acceso al espectáculo, teníamos ganas de llorar o vomitar o desencajarnos, aunque el olor fuese casi insoportable, y nos limitamos a llevar a cabo, con el profesionalismo que nos caracteriza, nuestro trabajo: él, Juan Gaytán, el fotógrafo, conservar para la posteridad, y para el inmediato morbo de miles, con sus negativos y sus placas, el fugaz retrato de los muertos; y yo, mirar y copiar en mi mente, con la mayor precisión posible, sin olvidar ningún detalle (no llevaba grabadora ni libreta), cuanto allí había y ocurría. La foto de Juan Gaytán terminaría dando la vuelta al mundo, sin que ninguno de los dos —Juan Gaytán y yo— sospechara que así iba a inmortalizar a esos muertos. La imagen impresa, que muchos consideraron obscena y que la televisión se negó a transmitir (¿dónde termina el derecho a la información y dónde comienza la ética periodística?), que los lectores buscaban con desesperación en los estanquillos para horrorizarse a solas y para que sus esposas los reprendieran por comprar y fomentar ese espanto —la fascinación de la violencia—, y que llegó a ser prohibida en la televisión y en las escuelas, se convirtió en el único referente de esos hombres. En cuanto comenzó a circular ya nadie pensó en cómo eran ellos antes del incidente (resultaba difícil creer que alguna vez estuvieron vivos), por más que días después la prensa decente reprodujese viejas fotos suyas con sonrisas y saludos y brillo en las de la Víctima uno, y con rabia, locura y pasmo en las de la Víctima dos. Desde el 27 de agosto ellos ya no fueron sino los muertos de esa muerte horrible y cómplice que los había destruido (la gente comentaba que no era posible que las fotos de antes y las de más tarde pertenecieran a los mismos individuos y fomentaba mil teorías sobre el paradero real de esos muertos que de seguro no lo estaban). Ahora sólo eran los sujetos de una inmortalidad que los dibujaba como cadáveres nauseabundos y mutilados, partícipes de un crimen escandaloso y maligno, máscaras desprovistas de pasado y de memoria, de la vida con sus padres, parientes, esposas y amantes, de voz y de defensa, de pasión y de movimiento, de raptos y tazas de café por las mañanas, o de baños o lecturas o francachelas nocturnas, simples retazos en la (atroz) fotografía tomada por Juan Gaytán. El lugar era un sórdido cuarto de hotel (¿por qué se dirá que los cuartos de los moteles u hoteles de paso son sórdidos, cuando ahí se resuelven tantos conflictos, cuando entre sus sábanas y el olor a semen y a sudor se desarrolla lo mejor de la vida nocturna de esta ciudad, cuando ahí la pasión, comprada o alquilada o regalada, es siempre más una fiesta que un delito?), acaso, sí, más sucio y destartalado que otros, o al menos el desorden y la sangre lo hacían ver así, con una cama deshecha al centro, un espejo enorme en la pared de enfrente y otro más, apenas dispuesto a brillar, incrustado en el techo rosado, justo encima de la cama, para que el amante que se encontrase boca arriba —en las películas siempre es la mujer, pero en la realidad, más veces de lo que se supone, el hombre: nosotros disfrutamos más las visiones aéreas— pudiese disfrutar de un ángulo que, de otro modo, le estaría vedado: la espalda y las nalgas en movimiento de su amante. Una pequeña ventana permanecía abierta, quizá porque la camarera o la policía que encontró los cuerpos había intentado despejar la peste, y a través de ella se alcanzaba a ver, con un poco de esfuerzo, el cielo negro sin nubes (serían las cuatro de la mañana) y unos cuantos destellos psicodélicos (“Medias Foreva” y “Calzones Trueno”). En torno a la ventana había un par de cortinas de terciopelo rojo o naranja, desgarradas, y restos de papel tapiz en el cual debió lucir, en alguna época mejor, una combinación de líneas doradas y flores azules, el cual también se extendía a lo largo de la habitación perdiendo cada vez más su color, sustituido ahora por el bermellón indeleble que se extendía de un extremo a otro. El resto del mobiliario lo componían un buró desportillado, una silla junto a la ventana (sobre la cual se encontró el pantalón con la cartera vacía de la Víctima uno y un pedazo de la oreja de la Víctima dos) y una lamparita de noche, rota. Además, entrecerrado, un clóset con las puertas atrancadas en cuyo interior, pese a los esfuerzos de los investigadores, no se halló ninguna pista: de seguro el asesino o asesinos tampoco habían podido abrirlo. El baño era muy pequeño, cubierto por mosaicos rosados, la mayoría rotos o sucios, con una regadera sin cortinas, un lavamanos con restos de orines y un excusado en el cual flotaban formas ininteligibles de color púrpura. Los cuerpos o, digamos, las porciones más importantes o completas de los cuerpos, se apilaban en el cuarto principal. La Víctima uno se hallaba tendida sobre las sábanas, en una especie de altar, desnuda a excepción del calcetín izquierdo (el resto de su ropa, un saco de cashmere café, una camisa de seda azul, italiana, pantalones de lino beige y zapatos, también italianos, de piel marrón, con hebilla lateral, se hallaron esparcidos por distintos puntos del cuarto), boca arriba, con los brazos y las piernas extendidos en forma de x, amarrados con cuerdas de marino a las patas de la cama, la cabeza ladeada, llena de golpes, heridas y moretes, y una enorme hendidura en el vientre, producida por el cuchillo —casi un estilete, una pieza templada y perfecta— que apareció a un lado del tórax de la Víctima dos. Las huellas grotescas confluían en el centro de la cama, el eje en torno al cual se había desarrollado la carnicería. El rigor mortis había hecho que, por encima de ese cúmulo de huesos y carne, como si se tratara de una afrenta o un desafío —un último grito o un siniestro ápice de vida en medio de tanta muerte—, destacara el pene erecto de la Víctima uno. Una mujer policía trató de ocultar o cubrir el desperfecto, aquella triste broma de la naturaleza, y colocó la funda de una almohada sobre la tumescencia del muerto que así no lo parecía tanto, pero pronto renunció a su esfuerzo porque el efecto, como de tienda de campaña en miniatura, resultaba más cómico que trágico, y por tanto aún más desagradable que la piel fría y sólida del muerto. Uno de los momentos más terribles de la noche fue cuando uno de los policías señaló las manos de la Víctima uno: ambas estaban amarradas por la cuerda de marino, pero a una le faltaban tres dedos y a la otra dos. Todos los presentes, policías y forenses y ministerios públicos y nosotros mismos —Juan Gaytán y yo—, de inmediato bajamos la vista hacia el piso de loseta. Pronto se escucharon gritos y señales de dedos que señalaban otros dedos, estos últimos separados de su raíz, esparcidos en el suelo como gusanos —lombrices secas— en los rincones o debajo de la cama, iguales a piezas robadas de un museo (un agente se desmayó cuando confundió un cable del teléfono con uno de esos cuerpecitos cilíndricos). Y es que a veces uno no puede explicar ciertos actos, no puede creer que personas iguales o parecidas a uno se conviertan en ese amasijo de carne, y menos que otra persona, también igual o parecida a uno, haya sido la causante de esa mutación o ese desperfecto. Cuando uno ha visto tantas muestras de insania y de tortura, de la atrocidad de que es capaz el ser humano —con razón o sin ella, por temor o desesperanza o rencor o aburrimiento—, la angustia no desaparece, como decía, sólo se mitiga, aunque también se acumula por dentro, en silencio, y la sangre tantas veces vista y oída, los homicidios tantas veces atestiguados y recordados, e incluso impresos, se suman hasta formar un mar o un océano internos, una masa que empieza a ahogarnos como una enfermedad oculta o una llaga escondida. De tanto presenciar situaciones semejantes, de tanto mirar y recordar el mal, éste nos marca e infecta, nos vuelve reconocibles, sujetos distintos de los demás, pertenecientes a una secta paralela a la de los criminales: la de quienes viven de contemplar la muerte y la persiguen con tanta insistencia como los homicidas hasta que, acaso sin darse cuenta, casi inocentemente, se alimentan con ella. El estado del otro sujeto, la Víctima dos, era aún más deplorable, como si su muerte se debiese a una competencia por alcanzar con mayor precisión y firmeza los límites del dolor: su cuerpo (precisemos: una parte de su cuerpo, el tórax, los brazos y las piernas, pero no la cabeza) yacía en el piso como una escultura o un mueble roto, en cualquier caso nada que pareciese humano. Hecho un ovillo, como recobrando su olvidada posición fetal, o como si se protegiese de una avalancha de golpes y patadas, permanecía escurrido a un lado de la cama. Sólo el cuello tronchado, la ausencia de cabeza y rostro y alma, mostraba su verdadera condición. “¿Pero cómo pudo alguien salir del hotel con semejante cargamento?”, balbució un oficial sin obtener respuesta, más bien incitando el espanto de quienes guardábamos silencio. Pero era cierto: el asesino o asesinos habían sustraído la pieza cercenada de la habitación. No se había o habían contentado con torturar y matar a sangre fría a los dos hombres, sino que incluso había o habían desprovisto a uno de ellos de aquel componente básico: le había o habían arrancado la cabeza, el alma. Ningún otro indicio pudo hallarse del criminal o criminales: no se descubrieron huellas ni armas; se había tratado de una especie de ritual, una ceremonia de tortura donde las víctimas no habían opuesto resistencia. ¿Cuánto tiempo pasa antes de que sea revelada la identidad de los sujetos que de pronto saltan a la fama y a la celebridad por haber sido víctimas de un crimen atroz? ¿Cuánto tardan en aparecer los rumores y los chismes, y cómo se trasladan de un lugar a otro, dueños de una velocidad que iguala al sonido? ¿Cómo, en fin, las noticias se vuelven tema de sobremesa y cómo se agotan al cabo de unos días? Resulta increíble comprobar la rapidez con que una pista, una indiscreción cometida por quien menos tendría que tenerla, se multiplica y se desmadra. De pronto infinidad de reporteros y fotógrafos corren y se desplazan de un lugar a otro, pergeñando boletines y notas, llamando a sus redacciones para informar lo que nunca debería informarse, para revelar al público, siempre ávido de muertes, los detalles y minucias de sucesos que, por azar, por descuido o por la intervención de ciertas oscuras voluntades, se vuelven noticias. Gracias a que nuestro informante nos llamó con su desesperación habitual (trabaja en un cuerpo policial y siempre teme ser descubierto mientras se comunica con nosotros aunque, eso sí, no duda en recibir la paga que nos reclama después, a veces antes de salir de la escena del crimen), Juan Gaytán y yo fuimos los primeros en conocer la identidad de una de las víctimas, luego confirmada por el ministerio público: ahora la noticia no sólo sería atroz y tremenda, sino escandalosa, de imprevisibles consecuencias, muy lejana del ámbito de cuchilladas y venganzas entre desconocidos, cuyas muertes a fin de cuentas sólo importan por el impacto de la violencia y la cantidad de sangre y pesos que arrojan en los periódicos: la materia prima de la nota roja diaria. Por el contrario, ésta habría de convertirse en la nota más importante de la prensa nacional, y aparecería en spots de radio y TV, e interrumpiría telenovelas, caricaturas y las olvidadas películas mexicanas de la tarde, para espanto de amas de casa, padres de familia y niños que estarían entreteniéndose con sus propias dosis de violencia. De confirmarse la sospecha (como se confirmó) se transformaría en una de las revelaciones más importantes del año, o por lo menos del mes, capaz de volver famoso a los periodistas que la cubriesen en primer lugar —Juan Gaytán y yo—, o al menos les garantizaría (eso pensábamos) unas bien pagadas vacaciones. Era para celebrarlo: de ser cierto (como lo fue) y en caso de obtener la primicia (como la obtuvimos), Juan Gaytán y yo entraríamos por la puerta grande en la Historia (así, con mayúsculas): el sueño de cualquier periodista, incluso de nuestra estofa. Todo ocurrió según lo imaginamos, como demuestran las hojas que escribí en el automóvil al salir de ese cuarto de hotel y que corrimos a entregar a la redacción de Tribuna del escándalo. La fotografía de Juan Gaytán apareció a la mañana siguiente y luego fue reproducida, con o sin autorización, en infinidad de medios en todo el mundo: Alberto Navarro, ministro de Justicia de la República, había sido brutalmente asesinado en un hotel de las afueras de la ciudad (nótese la cantidad de eufemismos en una sola frase: así apareció el titular de Reforma). Tal cual: el ministro de Justicia, el primero que ocupaba ese cargo, creado expresamente para él por el presidente Del Villar, había sido encontrado (“en circunstancias deplorables”, le dijo al presidente el coronel Rodríguez Piña, director de Investigaciones de la policía: y también esto era un eufemismo) en un hotel de mala estofa y, lo que era aún peor, en compañía de otro cadáver, todavía no identificado, al cual le faltaba, o había perdido, o al que le habían arrancado (¿cómo decirlo?), la cabeza (sí, la cabeza). “¿Maricones?”, dicen que dijo el presidente. “Aún no lo sabemos”, tartamudeó Rodríguez Piña, “parece que no, o al menos no de forma cotidiana, señor”. De qué modo la fama cambia y nos transforma, cómo un día somos una cosa, y todos nos ven y conocen y recuerdan como tal, acaso la imagen que hemos creado a lo largo de los años de penas y denuedos, para que de pronto, con un sólo golpe de suerte (de mala suerte, de infortunio), nuestra fama sea otra, la celebridad nos rodee por motivos distintos o contrarios a los nuestros, y todo lo que habíamos construido se derrumbe, como si nunca hubiese existido, convirtiéndonos para siempre, para la eternidad y el futuro, en algo que no éramos y nunca quisimos ser o parecer, o en lo que ocultamos cuidadosamente de nosotros mismos y que ahora la mala suerte y el infortunio sacan a la luz. Un segundo de fama (una fotografía tomada a traición) es capaz de borrar una vida. El infeliz ministro de Justicia, a quien, a pesar de su cargo, su eficiencia y su rectitud, y las transformaciones y mejoras que introdujo para el bien del país, casi nadie conocía, se convirtió de repente en una celebridad —en un cadáver—: no el honrado, inteligente y eficaz ministro de Justicia que pretendía ser, sino el ministro de Justicia que había sido brutalmente asesinado y torturado en un motel (ahora sí, con m), junto con un individuo desconocido, pero no de su clase, el cual para más inri había sido decapitado. El pobre ministro de Justicia pasó a ser sólo una imagen dentro de la fotografía de Juan Gaytán, un poco oscura, con esa luminosidad ácida y fría —de relámpago— que provoca el estallido del flash, pero llena de contornos nítidos y sombras que, con mínimo esfuerzo, se convierten en cuerpos reconocibles pese a la reticencia o el horror; está tomada por encima del hombro de uno de los policías desde un ángulo oblicuo que procede de la puerta, la cama en primer plano (con su cadáver encima), las colchas arrugadas y llenas de sangre, los pliegues azules, la textura rugosa de las sábanas, como un centro de luz a partir del cual se coloca el resto de los cuerpos, un centro intocado y limpio a partir del cual emanan, poco a poco, la violencia y la muerte. El cuerpo de la Víctima uno —Alberto Navarro, ministro de Justicia— se ve de lado, el brazo y la pierna derechos con las cuerdas que aún lo atan y la pérdida de los dedos apenas visibles: miembros lánguidos, blanquecinos, no del todo débiles, de alguien que de joven debió ser fuerte e hizo ejercicio, pero que ahora lo ha dejado, igual que el sol, perdiendo consistencia; también se aprecian el vientre y el pecho y el cuello, llenos de sangre, hundidos como si se tratase de un balón desinflado —el vientre un poco menos—, y apenas, a contraluz (de otro modo hubiese resultado, en verdad, demasiado obsceno, incluso para ser publicado en Tribuna del escándalo), el pene erguido, cubierto (sólo por unos segundos, de aquí para siempre) por la funda que le ha colocado encima la mujer policía; pero la mayor pena y el mayor impacto no lo provocan la sangre y las llagas o la indefinible posición del ministro de Justicia, sino su rostro, donde confluyen las miradas y los terrores: un rostro que de cualquier modo nadie, ni siquiera su esposa o su familia, podría reconocer como el del ministro de Justicia aunque sea el suyo, como si un pérfido caricaturista hubiera manoseado sus rasgos, exagerándolos hasta lo grotesco, haciéndole perder sus líneas finas y tenues, pero conservando cierto aire inimitable, cierta aura que, debajo de las protuberancias, los moretones, las cortadas y los mechones de cabello, indica que no puede pertenecer más que al ministro. Sus ojos se mantienen abiertos, nadie se ha atrevido a cerrárselos, ni siquiera la pudorosa mujer policía: vidrios azulosos, impávidos, detenidos con su última visión: acaso, como en las películas, con el rostro y los rasgos de su asesino o asesinos; ojos sin expresión, vacuos y tenues, con un leve fulgor que escapa de los párpados hinchados y purpúreos, de los pómulos rasgados y del mentón torcido; la nariz, por su parte, es un montón de carne, igual que los labios, los cuales no se distinguen debido a la sangre que rodea la boca y la barbilla; la única parte reconocible de Navarro son los dientes y la sonrisa súbita —con su ironía doble, mortal—, esa sonrisa que, desde luego, ya no le pertenece a él, sino a su cadáver; esa sonrisa que prueba que aquello que un día fue —el hombre recto que ayudaba a guiar los destinos del país—, ha dejado de ser: una burla sádica que no le pertenece al muerto, ni al destino, ni siquiera al homicida, sino a la irracionalidad del mundo o acaso de nuevo a la mala suerte o al infortunio que han caído ahí, en ese cuarto de hotel o motel, primero sobre las víctimas, quizá también sobre el asesino o asesinos y, por descontado, sobre todos los que contemplamos la escena. Cerca del borde de la foto, en segundo plano, pero aún iluminado por el flash o los últimos restos de luz que se asoman desde la ventana, el otro cadáver —el medio hombre—, un resquicio, una entelequia que nadie querría reconocer como lo que es: un ovillo negro, un hato de ropas negras esparcidas por el suelo, nunca un cuerpo humano; pese a su relativo disimulo, la sola presencia de aquella sombra constituye el signo más ominoso, la demostración más clara de que los acontecimientos que han tenido lugar en ese cuarto de motel no pueden ser sino consecuencias del mal, de los demonios que alguien, brutalmente, soltó esa noche…
La fotografía seducía y horrorizaba más por lo que callaba que por lo que decía: lo que menos quería saberse, lo que nadie buscaba hallar o reconocer a partir de sus luces y tinieblas, no era lo que ahí se veía —las muertes—, sino los hechos ocultos detrás de ellas: el pasado inmediato, las causas y los motivos, las furias desencadenadas y el dolor puestos en marcha de los sujetos que ahora ya no lo eran, por aquel o aquellos, desconocidos o ignotos, prófugos quizá, que también habían concurrido al cuarto del hotel y de los cuales nosotros no teníamos sino atisbos, señales. La foto petrificaba y por lo tanto mentía: las horas —¡horas!— transcurridas adentro de esas cuatro paredes quedaban fuera de las imágenes, y por tanto hacían olvidar lo verdaderamente atroz, los minutos previos e invisibles que habían precedido a los resultados que ahora veíamos. Sólo una película o un video hubiesen alcanzado a mostrar la verdad: el movimiento y el trance y el lento paso de los segundos (lo peor de la tortura) hasta llegar a las muertes, en algún sentido lo menos importante de todo. Ni siquiera valía la pena hacerse las preguntas obligadas y necias —quién es capaz de hacer algo así, o por qué—: la mera visión de las muertes demostraba que, en la insania o fuera de ella, obra de un loco o no, el asesino o asesinos habían tenido motivos suficientes para realizar lo realizado: las muertes eran tan terribles, tan claras, que no daban lugar a especulaciones: el autor o autores del crimen habían perseguido denodadamente el dolor ajeno, como si se tratase de una droga, del único medicamento capaz de curarlos de su intolerable dolor. No había otra explicación posible, por más que detestemos las consideraciones psicológicas tan de moda para justificar o camuflar la evidencia: el estado de aquel cuarto de hotel bastaba para comprobar que ahí yacía, un poco oscurecida, casi atenuada por el horror, pero inevitable, insoportablemente presente, una trama abyecta que necesitaba ser revelada, por más que ello sólo fuese a incrementar la angustia y el pánico de los sobrevivientes, por más que a nadie conviniese tal pesquisa: ni a la familia del ministro de Justicia, ni a los parientes del cadáver incógnito y desde luego tampoco, mucho menos, al gobierno de la Rep
