Prólogo
Pelirroja Uno observaba impotente la muerte de un hombre cuando le llevaron la carta a su casa, aislada en una zona rural del condado.
Pelirroja Dos estaba aturdida por las drogas, el alcohol y la desesperación cuando su carta cayó por la ranura del buzón de la puerta de su modesta casa de dos plantas en las afueras.
Pelirroja Tres contemplaba un fracaso y pensaba que le aguardaban muchos más y peores cuando la carta llegó al depósito de correspondencia que había en la planta situada justo debajo de su dormitorio comunitario.
Las tres mujeres se encontraban en un rango de edad de entre los diecisiete y los cincuenta y un años. No se conocían entre sí pero vivían a escasos kilómetros la una de la otra. Una era internista. Otra era maestra de secundaria en una escuela pública y la tercera, estudiante de bachillerato en un centro privado. A primera vista, parecían no tener gran cosa en común, excepto un detalle obvio: todas eran pelirrojas. En el pelo liso color caoba de la doctora empezaban a asomar las canas y lo llevaba recogido hacia atrás con un estilo severo. Nunca se lo dejaba suelto cuando trabajaba en la consulta. La maestra poseía una melena rizada y leonina y los rizos de pelo rojizo y brillante le caían hasta los hombros como corrientes eléctricas descontroladas, aunque iba desaliñada debido a los funestos avatares del destino.
La estudiante de bachillerato tenía el pelo ligeramente más claro, de un seductor color fresa que bien habría merecido una canción, si bien enmarcaba un rostro que parecía empalidecer un poco cada día y una piel clara con unas arruguitas, fruto de preocupaciones mucho más graves de las que deben experimentarse a tan tierna edad. Lo que no comprendieron al comienzo es que tenían un nexo común que iba más allá de su sorprendente pelo rojizo. Cada una de ellas, a su manera, era vulnerable.
Las cartas no tenían nada especial en el exterior: sobres blancos con el matasellos de la ciudad de Nueva York. Eran del tipo de sobres tintados por motivos de seguridad con pestaña autoadhesiva que se venden en cualquier papelería o supermercado. Ninguna de las mujeres lo sabía cuando abrieron las cartas. El mensaje del interior estaba escrito en un papel de notas blanco de poco gramaje e impresas desde la misma computadora. Ninguna de las tres tenía tampoco conocimientos forenses para saber que en las cartas no había huellas dactilares ni ningún resto del que se pudiera extraer el adn —saliva, un pelo suelto, folículos de la piel— que habría dado a un policía experto con acceso a laboratorios realmente modernos una idea de quién enviaba las cartas, si es que el adn del remitente figuraba en alguna base de datos de criminales. El escritor de las cartas no estaba fichado. En pocas palabras, cada carta, un método de comunicación realmente antiguo en el mundo de los mensajes instantáneos, el correo electrónico, los sms y los teléfonos celulares, estaba más pasada de moda que las señales de humo, las palomas mensajeras o el código Morse. Las cartas no contenían más que un mensaje sencillo y aparentemente elegido al azar.
Las primeras líneas aparecían sin saludo ni presentación:
Un bonito día Caperucita Roja decidió llevar una cesta con alimentos deliciosos a su querida abuela, que vivía al otro lado de un bosque denso y oscuro…
Seguro que oíste este cuento cuando eras niña. Pero probablemente te contaron la versión más benévola: en la que la abuela se esconde en el armario y Caperucita Roja se salva de convertirse en el siguiente banquete del lobo feroz gracias a la aparición de un valiente cazador armado con un hacha. En esa versión todos acaban «felices y comiendo perdices». Pero así no acababa el cuento original. En él el resultado era muy distinto y mucho más siniestro. Durante años ha sido objeto de interpretación por parte de académicos y psicólogos.
Sería recomendable que lo tuvieras en cuenta durante las semanas siguientes.
No me conoces pero yo a ti sí.
Ustedes son tres. He decidido llamarlas:
Pelirroja Uno.
Pelirroja Dos.
Pelirroja Tres.
Sé que las tres están perdidas en el bosque.
Y al igual que la niña del cuento, has sido elegida para morir.
1 El Lobo Feroz
En la parte superior de la primera página, escribió:
Capítulo Uno: Selección
Se paró, movió los dedos por encima del teclado de la computadora como un mago al conjurar un hechizo y entonces se inclinó hacia delante para continuar.
El primer, y en muchos casos el principal, problema es seleccionar a la víctima. Ahí es donde los irreflexivos, los impacientes y los novatos cometen la mayoría de los errores estúpidos.
Odiaba caer en el olvido.
Habían pasado casi quince años desde que escribiera una palabra digna de publicar o matara a una persona inocente y la jubilación forzosa le resultaba sumamente dura.
Le faltaba un año para cumplir los sesenta y cinco y no esperaba vivir muchos más. La parte realista de su interior le recordaba que, a pesar de su aparente buena forma física, la longevidad verdadera no formaba parte de su herencia genética. Tanto su padre como su madre habían muerto víctimas de un cáncer virulento con poco más de sesenta años y su abuela materna había sucumbido a una cardiopatía a la misma edad, por lo que pensaba que su hora estaba próxima. Aunque hacía años que no iba al médico, notaba molestias misteriosas y constantes, sufría pequeños dolores agudos, repentinos e inexplicables y debilidades extrañas por el cuerpo que presagiaban la llegada de la vejez y tal vez de algo peor que crecía en su interior. Hacía varios meses había leído todo lo que Anthony Burgess había escrito con frenesí en el productivo año en el que al famoso novelista le habían diagnosticado erróneamente un tumor cerebral inoperable y mortal, cuando en realidad no lo tenía. Creía, sin ningún tipo de confirmación médica, que bien podía encontrarse en la misma situación, salvo que no habría ningún error en el diagnóstico. Tuviera lo que tuviera, era mortal.
Por consiguiente, había llegado a la conclusión de que en el tiempo que le quedaba, ya fueran veinte días, veinte semanas o veinte meses, debía hacer algo realmente significativo. Necesitaba crear algo deliciosamente memorable y que fuera recordado mucho después de que abandonara este mundo y fuera directo al infierno, si es que existía. Esperaba, no sin cierto orgullo, ocupar un puesto de honor entre los malditos.
Así pues, la tarde en la que puso en marcha la que consideraba sería su última y mejor obra, sintió la emoción tiempo atrás olvidada de un niño a la espera de los Reyes Magos, y una sensación abrumadora de profunda liberación, sabiendo que no solo retomaba el juego que había abandonado con tanta renuencia, sino que lo que planeaba para su obra maestra estaría en boca de la gente durante años.
Los crímenes «perfectos» raras veces se producían, pero los había. Normalmente no se debían al gran talento de los criminales sino a la ineptitud continua de las autoridades, y en general se definían por la cuestión prosaica de si el autor salía impune o no. Consideraba que debían llamarse «Accidentes del homicidio ideal», porque salir impune de un asesinato no suponía un gran reto. Pero los crímenes perfectos eran harina de otro costal y creía sinceramente que estaba planeando uno de ellos. Su invento estaba destinado a satisfacerle a muchos niveles.
«Materialízalo —se dijo— y lo estudiarán en las escuelas. Hablarán de ti en la televisión. Harán películas sobre ti. Dentro de cien años, tu nombre será tan conocido como Billy el Niño o Jack el Destripador. Alguien quizá te dedique una canción. Y no un tema suave y melódico de estilo folk. Heavy metal.»
Más que nada odiaba sentirse común y corriente.
Ansiaba gozar de una fama duradera. Las pequeñas degustaciones de fama que había tenido en la vida habían surtido el efecto de una droga, subidones momentáneos seguidos de una vuelta devastadora a la rutina. Todavía recordaba el instante hacía casi cincuenta años en que, como jugador de fútbol americano de la escuela, había recuperado una pérdida de balón en un partido de eliminatorias. Había pasado de un anonimato opresivo en la línea defensiva a ser aclamado como héroe en las páginas deportivas del periódico local y a disfrutar de una semana de miradas envidiosas y palmadas en la espalda cuando recorría los pasillos áridos de la escuela, hasta que el equipo perdió el viernes siguiente por la noche. Al cabo de unos años, durante sus cuatro años desganados en la universidad, ganó un premio de quinientos dólares en un concurso de ensayos abierto a todo el campus. El tema elegido había sido «Por qué Kafka es más importante en el presente que en el pasado». Cuando recibió el galardón, el jefe del departamento de Literatura Inglesa destacó sus «argumentos complejos y expresión elocuente». Pero con la llegada del nuevo semestre y de otro concurso que no ganó, aquello acabó. Luego, como adulto, después de muchos años de trabajo duro y rutinario como corrector de estilo en varios periódicos medianos corrigiendo errores gramaticales de reporteros descuidados en una línea de montaje de noticias que parecía no tener fin, recibió una especie de descarga eléctrica cuando una editorial prestigiosa aceptó su primera novela. Se publicó con un torbellino de críticas moderadamente buenas. Un «talento nato» había opinado un crítico. Y después de dejar el trabajo y dedicarse a escribir los siguientes libros, lo habían puesto de relieve con alguna que otra entrevista en una revista literaria o en la sección de Cultura de los periódicos locales. Una cadena de televisión vecina había grabado un pequeño reportaje sobre él cuando una de sus cuatro novelas de misterio había recibido una oferta para ser llevada al cine, aunque al final el guion que un escritor poco memorable de la Costa Oeste había escrito había terminado en nada. Pero antes de lo esperado, las ventas habían menguado e incluso estos logros menores habían caído en el olvido cuando dejó de escribir. Ya no encontraba ejemplares de sus novelas en las estanterías de las librerías, ni siquiera en la mesa dedicada a excedentes de las editoriales y saldos. Y nadie había dicho que fuera «complejo», ni que fuera un «talento nato» cuando había envejecido inexorablemente.
E incluso el asesinato había perdido lustre para él.
Los días de titulares chillones y el toque de tambor frenético, de los artículos de seguimiento plagados de especulación, habían desaparecido. Tenía la impresión de que la muerte —incluso los asesinatos violentos y al azar— habían perdido caché en el negocio periodístico. Y un asesino solitario e implacable ya no era una celebridad. Los arranques de violencia a tiros, obra de asesinos psicóticos y chiflados atrapados en delirios descabellados, seguían acaparando titulares completos. Las matanzas producidas en las guerras del narcotráfico seguían siendo codiciadas por las cámaras de televisión. Tirotear a un grupo de compañeros del trabajo en el asalto a una oficina electrizaría las ondas radiofónicas. Pero el sensacionalismo instantáneo había sustituido a la planificación constante y prudente, lo cual lo dejaba profundamente aislado y con una sensación de inutilidad total. Tenía un álbum de piel lleno de recortes de prensa relacionados con sus cuatro asesinatos, al lado de una colección con las reseñas de sus libros. Cuatro libros. Cuatro asesinatos. Pero allá donde antaño se había regodeado con los detalles de cada párrafo, ahora ya no soportaba ni abrirlo. Independientemente de la sensación de logro y satisfacción que aquellas muertes o los libros que había escrito le habían proporcionado, ahora le resultaban amargos.
El hecho de que la fama, por cualquiera de sus vocaciones, no le hubiera llegado en dosis mayores le corroía por dentro continuamente, retorcía las horas que pasaba despierto y las convertía en nudos de frustración; mientras dormía sufría sueños sudorosos que rayaban en las pesadillas. Consideraba que era tan bueno en lo que hacía como Stephen King o Ted Bundy, pero nadie parecía darse cuenta. Pensaba que las únicas pasiones verdaderas que le quedaban eran la ira, la envidia y el odio, que era más o menos como sufrir una especie de enfermedad terminal, pero una dolencia que no puede tratarse con pastillas ni una inyección o ni siquiera cirugía y para la que no sirven las radiografías ni las resonancias magnéticas. Así pues, a lo largo del último año, mientras urdía minuciosamente su último plan, había llegado a la conclusión de que era el único camino para seguir adelante. Si, en años venideros, deseaba partirse de risa con un chiste o disfrutar de un buen vino y una buena comida, emocionarse al ver que un equipo ganaba un campeonato o incluso votar por un político con cierto optimismo, entonces planificar un asesinato realmente memorable revestía una importancia capital. Daría vida y sentido a sus últimos días. «Especial», se dijo. Le enriquecería, en todos los sentidos del término.
Crear. Ejecutar. Huir.
Sonrió y pensó que era la Santísima Trinidad de los asesinos en serie. Se sorprendió un poco al pensar que había tardado tantos años en darse cuenta de que había añadido un cuarto elemento inesperado a la ecuación: «Escribir sobre él.»
Pulsó con fuerza las teclas de la computadora. Se imaginó que era el baterista de una banda de rock, dedicado a mantener el ritmo y crear el pilar de la música:
Si bien hay mucho que decir y admirar acerca del asesinato repentino y al azar —en el que de repente se encuentra a la víctima adecuada y se perpetra el acto al instante—, este tipo de homicidios acaba por proporcionar nula satisfacción verdadera. No son más que un eslabón de la cadena que conduce a más de lo mismo, donde los deseos dictan la necesidad y esos mismos deseos acaban por superarte y nublar la capacidad de planear e inventar, por lo que es probable que conduzca a la detección. Son torpes y la torpeza acaba convirtiéndose en un policía que llama a tu puerta con el arma desenfundada. El mejor asesinato y el más gratificante es el que combina el estudio intenso con la dedicación continua y, por último, el deseo. El control se convierte en la droga elegida. Hay que pensar, maquinar e inventar más allá y entonces es inevitable que el asesinato sea memorable. Satisfará todas las necesidades siniestras.
Eso es lo que tengo en mente con mis tres pelirrojas.
La tarde que envió las cartas se paró en un pequeño quiosco del paso elevado de la calle 42 que conduce a la Grand Central Terminal y pagó en efectivo un cruasán medio pasado relleno de un queso inidentificable y un café amargo que estaba ardiendo en un vaso de plástico. Llevaba una bolsa de cuero oscuro colgada al hombro y vestía un abrigo de lana color gris encima del traje azul marino. Se había teñido el pelo entrecano de color rubio arena y lo combinaba con unas gafas de montura oscura y barba y bigote falsos, comprados en una tienda especializada en disfraces para la industria cinematográfica y teatral. Se había encasquetado una boina de tweed, lo cual ocultaba todavía más su aspecto. Consideraba que ya bastaba para engañar a cualquier software de reconocimiento facial, aunque tampoco es que esperara que algún agente con iniciativa lo fuera a emplear.
El café le llenó los orificios nasales de calidez y se dirigió a la estación cavernosa. La luz amarillo suave se reflejaba en el techo azul rugoso y un murmullo constante le dio la bienvenida. El zumbido de las llegadas y partidas de los trenes era como música de fondo enlatada. Los zapatos le sonaban contra la superficie pulida del suelo, lo cual le recordaba a un bailarín de claqué o quizás a una banda en movimiento dando pasos precisos.
Era la hora pico. Caminó con paso estudiado, masticando el cruasán y chocando despreocupadamente con miles de viajeros habituales, la mayoría de los cuales presentaba un aspecto muy parecido al de él. Pasó junto a un par de policías de Nueva York aburridos cuando se dirigía hacia un buzón situado en el exterior de la entrada al andén para el tren de cercanías de New Jersey Transit. Durante unos segundos le dieron ganas de darse la vuelta en su dirección y gritar: «¡Soy un asesino!» Más que nada para ver su reacción, pero enseguida contuvo el impulso. «Si supieran lo cerca que me han tenido…» Aquello le hizo reír porque la ironía formaba parte de todo el montaje. Tomó nota mentalmente de plasmar más tarde, esa misma noche, sus observaciones y sentimientos por escrito.
Llevaba guantes de látex de cirujano, le divertía que ninguno de los dos agentes de policía se hubiera fijado en aquel detalle revelador «probablemente hayan pensado que no soy más que otro paranoico obsesionado por los gérmenes». Se paró ante un bote de basura para abandonar lo que le quedaba del cruasán y el café y arrojó los restos en el receptáculo sin miramientos. Con un movimiento que había ensayado en casa, se descolgó la bolsa del hombro y tomó tres sobres. Sujetándolos, dejó que las prisas de la gente por regresar a casa lo transportaran hacia el buzón. Con la cabeza gacha —sospechaba que había cámaras de seguridad escondidas en lugares que no veía, al acecho de terroristas potenciales imaginarios— introdujo rápidamente los tres sobres por la estrecha ranura situada encima de un rótulo que advertía a la gente del peligro de enviar por correo materiales peligrosos.
Aquello también hizo que le entraran ganas carcajearse. El Servicio de Correos de Estados Unidos se refería a drogas ilegales, venenos o líquidos para fabricar bombas cuando mencionaba los «materiales peligrosos». Sabía que las palabras bien escogidas resultaban mucho más amenazadoras.
A veces, se dijo, los mejores chistes son lo que solo pueden escucharse a solas. Las tres cartas quedaban entonces en manos de uno de los sistemas de procesamiento postal más ajetreado de Estados Unidos, y uno de los más fiables. Le dieron ganas de lanzar un alarido de expectación, de aullarle a alguna luna distante escondida por el techo abovedado de Grand Central. Era consciente de que el pulso le iba a cien por hora de la emoción y que el trajín de los trenes y las personas que lo rodeaban se difuminaba y de repente se sintió embargado por un silencio cálido y delicioso de creación propia. Era como sumergirse en las aguas azul turquesa del Caribe y flotar, observando los haces de luz que atravesaban el mundo azul de su alrededor.
Al igual que el buzo que imaginaba ser, exhaló poco a poco y sintió que ascendía a la superficie inexorablemente.
«Y así, empieza», pensó para sus adentros.
Entonces se dejó arrastrar por el resto de las masas anónimas hasta un tren de cercanías abarrotado. Le daba igual adónde se dirigía, porque independientemente de donde parara, no era su destino verdadero.
2 Las tres pelirrojas
El día que se convirtió en Pelirroja Uno ya era de por sí difícil para la doctora Karen Jayson.
A primera hora había tenido que decirle a una mujer de mediana edad que, según los resultados de las pruebas, padecía cáncer de ovario; al mediodía había recibido una llamada desde Urgencias de un hospital local, diciéndole que una de sus pacientes de hacía más tiempo había resultado gravemente herida en un accidente automovilístico; y al mismo tiempo se había visto obligada a hospitalizar a otro paciente con una piedra en el riñón paralizante incapaz de tratar con los analgésicos rutinarios. Luego había tenido que pasarse casi una hora al teléfono con el ejecutivo de una aseguradora para justificar su decisión. Las visitas de la sala de espera se habían ido acumulando, desde los chequeos rutinarios a las inflamaciones de garganta y gripe, cuyos enfermos habían contagiado alegremente a los demás pacientes que esperaban con distintos niveles de frustración e ira.
Y a última hora de la tarde de lo que ya le parecía irremediablemente un mal día, la llamaron a la zona de enfermos terminales del centro geriátrico de Shady Grove, un lugar cercano que no hacía honor a su nombre, para asistir al último aliento de vida de un hombre que apenas conocía. El hombre tenía noventa y pocos años, y le quedaba poco más que el pecho hundido y una expresión demacrada, pero incluso en ese estado apenas consciente se había aferrado a la vida con la tenacidad de un pitbull. Karen había visto morir a muchas personas a lo largo de su carrera profesional; como internista con la subespecialidad de geriatría, resultaba inevitable. Pero incluso con una familiaridad obtenida tras muchos años de experiencia, nunca lograba acostumbrarse a ello, y el hecho de estar sentada junto a la cama del hombre sin hacer otra cosa que ajustarle el gotero de Demerol, le enturbiaba las emociones y zarandeaba sus sentimientos como un árbol a merced de un fuerte viento invernal. Deseó que las enfermeras del centro no la hubieran llamado y se hubieran ocupado de la muerte por sí solas.
Pero la habían llamado y ella había respondido, así que ahí estaba. La habitación parecía fría y desolada aunque los radiadores antiguos funcionaban a pleno rendimiento. Estaba en penumbra, como si la muerte pudiera entrar con más facilidad en una habitación con luz tenue. Lo único que rodeaba al anciano eran unas cuantas máquinas, una ventana con contraventanas, una vieja lámpara auxiliar metálica, unas sábanas blancas sucias y enmarañadas y un leve olor a excrementos. No había ni un triste cuadro colorido en alguna de las paredes blancas para alegrar el ambiente de la habitación desolada. No era un buen lugar para morir.
«Malditos poetas, morir no tiene nada remotamente romántico y menos en un centro geriátrico que ha visto épocas mejores», pensó ella.
—Ha muerto —dijo la enfermera auxiliar.
Karen había oído los mismos sonidos en los segundos finales: una lenta exhalación, como la última parte de aire que sale de un globo gastado y agujereado, seguido de la alarma aguda del monitor cardiaco que resulta familiar para cualquiera que haya visto una serie de médicos en la tele. Apagó la máquina después de observar la línea recta de color verde lima durante unos instantes, mientras pensaba que la rutina de la muerte carecía de la tensión cinematográfica que la gente imaginaba que tenía. A menudo no era más que desvanecerse, como las baterías de luces de un gran auditorio que se van apagando después de la marcha del público, hasta que solo queda oscuridad. Exhaló un suspiro y se dijo que incluso esa imagen era demasiado poética y se dejó vencer por la fuerza de la costumbre. Le presionó los dedos en la garganta al hombre para ver si le encontraba el pulso en la arteria carótida. Su piel parecía fina como el papel en contacto con su mano y se le ocurrió pensar que incluso el roce más leve y suave le dejaría cicatrices reveladoras en el cuello.
—Hora de la muerte: las cuatro, cuarenta y cuatro —dijo. Había algo que resultaba satisfactorio desde un punto de vista matemático en aquella serie de números, como cuadrados colocados unos dentro de los otros que encajaban a la perfección. Examinó el impreso de últimas voluntades y miró a la enfermera, que había empezado a desconectar los cables del pecho del hombre.
—Cuando acabes con el papeleo del señor… —volvió a mirar el impreso—… Wilson, ¿me lo traerás para que lo firme?
Karen se sintió un poco avergonzada por no recordar el apellido del anciano. La muerte no debería ser tan anónima, pensó. El anciano presentaba un aspecto apacible, tal como era de esperar. La muerte y los clichés, pensó, van de la mano. Durante unos instantes se planteó quién era realmente el señor Wilson. Muchas esperanzas, sueños, recuerdos, experiencias que desaparecieron a las cuatro cuarenta y cuatro. ¿Qué había visto de la vida?, ¿de la familia?, ¿de la escuela?, ¿de la guerra?, ¿del amor?, ¿de la tristeza?, ¿de la alegría? En la habitación no había nada que, en esos últimos momentos, proporcionara información sobre su identidad. Durante unos instantes, Karen se sintió llena de ira contra la muerte por llegar junto con el anonimato. La enfermera del geriátrico debió de percatarse porque rápidamente interrumpió el silencio subrepticio.
—Qué pena —dijo—. El señor Wilson era un viejecito encantador. ¿Sabes que le gustaba la música de gaitas? Aunque no era de origen escocés. Creo que era del Medio Oeste, o algo así. De Iowa o Idaho. Imagínate.
Karen imaginó que debía de haber una historia detrás de ese amor, pero que se había perdido.
—¿Algún pariente al que haya que llamar? —preguntó. La enfermera negó con la cabeza pero respondió.
—Tendré que comprobar de nuevo el formulario de ingreso.
Sé que no llamamos a nadie cuando entró en la unidad de enfermos terminales.
La enfermera ya había pasado de una rutina —ayudar a una persona mayor de noventa años a pasar de esta vida a la próxima— a la responsabilidad posterior, que era encargarse de la burocracia relacionada con la muerte.
—Creo que saldré un momento, mientras preparas los documentos.
La enfermera asintió ligeramente. Estaba familiarizada con los hábitos de la doctora Jayson tras una muerte: fumar un cigarro a hurtadillas en el extremo más alejado del estacionamiento del centro geriátrico, donde creía que nadie la veía, lo cual no era precisamente el caso. Tras aquella pausa solitaria, la doctora entraría de nuevo en el consultorio principal, donde tenía un escritorio que empleaba únicamente para cumplimentar impresos de Medicare y Medicaid y firmar la inevitable conclusión de quienes vivían en el centro: el certificado de defunción. El centro se encontraba a varias cuadras del edificio cuadrado de ladrillo en el que Karen tenía la pequeña consulta de medicina interna, junto con una docena de doctores de todas las especialidades, desde psiquiatría hasta cardiología. La enfermera sabía que Karen fumaría medio cigarro exactamente antes de entrar a rellenar el papeleo del señor Wilson. En el paquete de Marlboro, que Karen creía haber escondido en el cajón superior del escritorio, y del que todo el personal de la unidad de enfermos terminales estaba al corriente, la doctora había marcado con cuidado cada cigarro por la mitad con una pluma roja. La enfermera también sabía que independientemente del tiempo que hiciera, Karen no se molestaría en ponerse un abrigo, aunque estuviera diluviando o hubiera una temperatura gélida en la zona occidental de Massachusetts. La enfermera imaginaba que aquella concesión a los caprichos del tiempo era la penitencia que hacía la doctora por seguir siendo adicta a un hábito asqueroso que sabía a ciencia cierta que la mataría pronto y que prácticamente todos los implicados en el negocio de la sanidad al que la doctora pertenecía despreciaban por completo.
Era de noche y muy tarde para cenar cuando Karen entró en el camino de gravilla de entrada a su casa y se paró en el viejo y desvencijado buzón situado junto a la carretera. Vivía en una zona rural, donde las casas medianamente caras estaban apartadas de la calzada y muchas disfrutaban de vistas a las colinas lejanas. En otoño, la vista era espectacular por el cambio de las hojas, pero esa época había pasado y ahora el invierno frío, enfangado y yermo dominaba el paisaje.
En el interior de su casa, las luces estaban encendidas pero no era porque hubiera alguien esperándola; tenía un temporizador instalado porque vivía sola y no le gustaba encontrarse con la casa a oscuras al regresar de noches tan tristes como aquella. No era lo mismo que ser recibida por la familia pero hacía que el regreso fuera un poquito más agradable. Tenía un par de gatos, Martin y Lewis, que la estarían esperando con entusiasmo felino, lo cual, por triste que fuera reconocerlo, no era gran cosa. Tenía sentimientos encontrados acerca de las mascotas. Habría preferido un perro, algún golden retriever saltarín que meneara la cola y compensara la falta de cerebro con un entusiasmo descarado, pero como trabajaba tantas horas fuera de casa, no le había parecido justo tener un perro, sobre todo de una raza que sufría sin compañía humana. Los gatos, incluso a pesar de su autodeterminación arrogante y actitud altanera hacia la vida, estaban mejor preparados para el aislamiento fruto de la rutina diaria de Karen.
El hecho de vivir sola, lejos de las luces y el bullicio de la ciudad, era algo que le había acabado sobreviniendo con los años. Había estado casada una vez. No había funcionado. Había tenido un amante una vez. No había funcionado. Había entablado una relación con otra mujer una vez. No había funcionado. Había dejado las relaciones de una noche y los sitios de citas por internet que prometían compatibilidad total después de rellenar un cuestionario y sugerir que el amor estaba a la vuelta de la esquina. Nada de todo aquello había funcionado. Tampoco.
Lo que tenía era un trabajo y un hobby que ocultaba a otros médicos que consideraba compañeros de trabajo: era una humorista entregada pero totalmente aficionada. Una vez al mes iba en coche a cualquiera de la docena de clubes de la comedia que había por el estado que celebraban noches de «micro abierto» y probaba distintos números. Lo que le encantaba de la comedia era que era imprevisible. Era imposible calcular si un público determinado se partiría de la risa, se carcajearía o se quedaría sentado con cara de póquer y los labios fruncidos antes de que empezaran a sonar los abucheos inevitables, y entonces se vería obligada a retirarse rápidamente de los focos implacables. A Karen le encantaba hacer reír a la gente e incluso valoraba en cierto modo el bochorno que suponía que la echaran del escenario a silbidos. Ambas situaciones le recordaban las flaquezas y excentricidades de la vida.
Tenía una pequeña Apple portátil con unas pocas aplicaciones en las que escribir los números de comedia y probar chistes nuevos. La computadora que utilizaba normalmente estaba repleta de historiales de pacientes, datos médicos y la vida electrónica típica de una profesional ajetreada. La pequeña la guardaba bajo llave del mismo modo que ocultaba su hobby a los compañeros de trabajo, a sus pocos amigos y parientes lejanos. La comedia, al igual que fumar, era una adicción que mejor guardaba para sí.
La puertecilla del buzón estaba ligeramente entreabierta, una costumbre del cartero que acababa provocando que su correspondencia quedara empapada. Salió del coche y se acercó rápidamente al buzón, tomó todo lo que había sin mirar nada. Había empezado a caer una lluvia helada y unas cuantas gotas le habían caído en el cuello y se había estremecido. Acto seguido volvió a acomodarse ante el volante y subió por el camino de entrada haciendo que los neumáticos despidieran gravilla y un poco de hielo que se había formado.
Se dio cuenta de que no podía sacarse de la cabeza al hombre que había muerto ese día. No era raro en ella cuando certificaba una defunción. Era como si se creara una especie de vacío en su interior, y sentía la necesidad de llenarlo con «retazos» de información. «Gaitas, Iowa.» No tenía ni idea de cómo se establecía esa relación. De todos modos, había muerto rodeado de desconocidos, por muy amables o sensibles que fueran las enfermeras de la unidad de enfermos terminales. Empezó a especular e intentó inventar una historia en su interior que sirviera para satisfacer su curiosidad. «Oyó la gaita por primera vez en su infancia, cuando llegó un vecino nuevo de Glasgow o Edimburgo a la casa desvencijada de al lado, y el vecino solía beber un poco demasiado y eso lo volvía melancólico y añoraba su patria. Cuando la soledad lo embargaba, el vecino bajaba el instrumento del estante de un armario y se ponía a tocar la gaita al caer la tarde, justo cuando el sol se ponía por el horizonte llano de Iowa. Todo se debía a que el vecino añoraba las verdes colinas onduladas de su hogar. El señor Wilson —solo que entonces todavía no era el señor Wilson— solía estar en su habitación y la música inusual e intensa se filtraba por la ventana abierta. Scotland the Brave o Blue Bonnet. De ahí provenía su fascinación.» A Karen le pareció que aquella historia era tan posible como cualquier otra.
Entonces se preguntó: «¿Puedo hacer un número con esto?» La mente le empezó a funcionar: «Resulta que vi cómo moría un hombre al que le encantaban las gaitas…» y ¿podía hacer que pareciera que las notas extrañas de ese instrumento lo habían matado y no la inevitabilidad de la vejez?
El coche se paró con un crujido delante de la puerta principal. Tomó el maletín, el abrigo y la pila de correspondencia y, con los brazos llenos, recorrió la oscuridad tenebrosa y la frialdad húmeda que la separaba de su casa.
Los dos gatos se movieron para recibirla cuando entró por la puerta, pero pareció más fruto de una curiosidad ocasional combinada con las expectativas de cenar lo que los sacó del sueño. Se dirigió a la cocina con la intención de servirles más alimento, prepararse una copa de vino blanco y descubrir qué restos del refrigerador no se asemejaban lo suficiente a un botín homicida para recalentárselos para cenar. La comida no le interesaba demasiado, lo cual la ayudaba a mantenerse fibrosa a pesar de haber entrado en la cincuentena. Dejó caer el abrigo en una silla y colocó el maletín al lado. Entonces fue directa al bote de la basura para mirar la correspondencia. La carta sin ninguna otra característica aparte del matasellos de la ciudad de Nueva York estaba entre la factura de teléfono de Verizon, otra de la compañía eléctrica, dos cartas promocionales de tarjetas de crédito que no necesitaba ni quería y varias cartas de petición del Comité Nacional Demócrata, Médicos sin Fronteras y Greenpeace.
Karen dejó las facturas sobre la mesa, tiró todas las demás al bote de reciclaje de papel y abrió la carta anónima.
El mensaje hizo que le temblaran las manos y lanzó un grito ahogado.
Lo que leyó no la dejó exactamente conmocionada.
Pero sabía que debería estarlo.
Cuando se convirtió en Pelirroja Dos, Sarah Locksley estaba desnuda.
Primero se había quitado los pantalones, luego el suéter y los había dejado en el suelo. Estaba un tanto borracha y ligeramente drogada por la combinación de una tarde habitual de vodka y barbitúricos cuando el cartero deslizó la correspondencia por la ranura de su puerta delantera. Oyó el sonido de los sobres al caer en el suelo de madera noble del vestíbulo. Sabía que la mayoría estarían marcados con «Pago vencido» o «Último aviso». Se trataba de la avalancha diaria de facturas y pagarés a los que no tenía la menor intención de prestar atención. Se levantó y vio su reflejo en la pantalla del televisor y pensó que no tenía sentido quedarse a medias, así que se quitó el sujetador y las bragas y lo lanzó todo a un sofá cercano con un ademán florituresco. Hizo unas piruetas a derecha e izquierda delante de la pantalla mientras pensaba en lo poco que quedaba de ella. Se sentía esquelética, demacrada, reducida a la mitad de su ser y no debido a los ejercicios aeróbicos que practicaba en el gimnasio ni a la preparación para correr el maratón. Sabía que había sido una mujer sexy, pero que ahora su esbeltez no era más que fruto de la desesperación.
Sarah tomó el control remoto de la tele y encendió el aparato. La imagen de ella que se reflejaba en la pantalla quedó sustituida de inmediato por los personajes familiares que protagonizaban la telenovela de la tarde. Encontró el botón de «silencio» en el control y apagó el diálogo descuidado y recargado. Tenía esa costumbre. Sarah prefería inventarse su propia historia para acompañar las imágenes de cada programa. Sustituía lo que se les había ocurrido a los guionistas de la telenovela con lo que creía que deberían estar diciendo. Así las historias eran mucho más interesantes para Sarah y se implicaba más en la telenovela. No albergaba esperanzas de poder hacerlo durante mucho más tiempo, era muy probable que la tienda Big Box donde había comprado la televisión a crédito viniera a reclamársela cualquier día de estos. Lo mismo podía decirse de los muebles, el coche y probablemente su casa.
Tenía la impresión de que su voz resonaba a su alrededor, arrastraba las palabras ligeramente, como si fueran fotografías desenfocadas.
—Oh, Denise, cuánto te quiero…
—Sí, doctor Smith, yo también te quiero. Tómame en tus brazos y hazme desaparecer de aquí…
En la pantalla de la televisión un hombre moreno y fornido que se parecía mucho más a un modelo que a un cirujano cardiaco abrazaba a una mujer rubia, con un cuerpo escultural que parecía haber sufrido una uña rota o un ligero resfriado como únicas dolencias y que la única vez que había tenido que ir al médico había sido cuando le pusieron los implantes en el pecho. Las bocas se les movían al pronunciar las palabras pero Sarah continuó suministrando el diálogo.
—Sí, querida, lo haré… pero he recibido los resultados del laboratorio y, no sé cómo decirlo, pero no te queda mucho tiempo…
—Nuestro amor es más fuerte que cualquier enfermedad…
«¡Ja! —pensó Sarah para sus adentros—. Seguro que no.» Acto seguido se dijo: «Me parece que voy a dejar de escribir para la encantadora Denise y el apuesto doctor Smith.»
Se rio con fuerza, casi una carcajada de autosatisfacción. Estaba convencida de que su diálogo era mucho más trillado y, por consiguiente, mucho mejor que lo que decían en realidad.
Sarah se acercó a la ventana delantera mientras los créditos de la telenovela aparecían en pantalla. Permaneció quieta durante unos instantes, con los brazos levantados por encima de la cabeza, totalmente desnuda, medio deseando que la viera uno de sus vecinos entrometidos, o que el autobús escolar amarillo de secundaria pasara repleto de estudiantes para así poder hacer todo un numerito delante de los adolescentes. Algunos chicos del autobús la recordarían de sus días de maestra. Quinto curso. La señora Locksley.
Cerró los ojos. «Mírenme —pensó—. Vamos, maldita sea, ¡mírenme!»
Notaba cómo las lágrimas empezaban a acumulársele de forma incontrolable en el rabillo de los ojos y se le deslizaban cálidas por las mejillas. Era habitual en ella.
Sarah había sido una maestra querida hasta el momento de su dimisión. Si alguno de sus exalumnos la viera en esos instantes enmarcada en la ventana del salón completamente desnuda, probablemente le gustara todavía más.
Había dejado el trabajo hacía poco menos de un año, uno de los últimos días del semestre antes del comienzo de las vacaciones de verano. Lo dejó un lunes, dos días después de la cálida y luminosa mañana en la que su marido había llevado a su hija de tres años a hacer un mandado de lo más inocente el sábado por la mañana —a la tienda a comprar leche y cereales— y nunca habían regresado.
Sarah se apartó de la ventana y recorrió el salón con la mirada hasta la puerta de entrada, donde la correspondencia se apilaba en el suelo. «Nunca abras la puerta —se dijo—. Nunca respondas cuando llamen al timbre o a la puerta. No descuelgues el teléfono si llama algún desconocido. Quédate donde estás porque podría ser un joven agente de la policía estatal con su típico sombrero en las manos, con aspecto abochornado y tartamudeando cuando te da la noticia: “Ha habido un accidente y me duele en el alma tener que decirle esto, señora Locksley…”»
A veces se preguntaba por qué su vida se había ido al carajo en un día tan hermoso. Tenía que haber sido un día invernal de lluvia, aguanieve, desapacible y sombrío como aquel. Sin embargo, había sido un día luminoso, cálido con un interminable cielo azul, por lo que cuando se desplomó en el suelo aquella mañana había escudriñado los cielos con la mirada, intentando encontrar alguna forma en la que fijarse, como si pudieran atarla a una nube pasajera, porque estaba desesperada por aferrarse a algo.
Sarah se encogió ante la injusticia de la situación.
Miró por la ventana. No pasaba nadie. Ese día no habría espectáculo de desnudo. Se pasó las manos por la melena pelirroja preguntándose cuándo se había bañado o peinado el cabello enmarañado por última vez. Por lo menos hacía un par de días. Se encogió de hombros. «Fui guapa en otro tiempo. Fui feliz en otro tiempo. Tuve la vida que quería en otro tiempo.»
Ya no.
Se giró y miró la pila de sobres que había junto a la puerta. «La realidad se inmiscuye», se dijo. Deseó estar más borracha o más drogada, pero se sentía completamente sobria.
Así pues, se acercó a la pila de cartas en las que le exigían pagos. «Llévenselo todo —dijo—. No quiero quedarme con nada.» La carta indefinida con el matasellos de Nueva York estaba encima. No sabía por qué le había llamado la atención.
Sarah se agachó y la recogió de la pila. Al comienzo, imaginó que se trataba de alguna fórmula realmente ingeniosa que un acreedor se había inventado para conseguir que respondiera. Poner «Segundo aviso» en letras grandes y rojas en el exterior estaba realmente diseñado para que no hiciera ni caso de lo que se le exigía. Pero no poner nada de nada, bueno, pensó, qué listos. Le estimuló la curiosidad. «Psicología inversa.»
«Bueno —se dijo, mientras rasgaba el sobre con despreocupación—. Anótense un punto. Han ganado este asalto. Leeré su carta amenazadora exigiéndome el pago de algo que ni quiero ni necesito.»
Empezó a leer. Con cada frase iba dándose cuenta de que independientemente de lo que había bebido y de las pastillas que había tomado aquella mañana, quizá no bastara.
Para cuando había terminado de leer el mensaje, se sintió realmente desnuda por primera vez.
Jordan Ellis se convirtió en Pelirroja Tres justo después de la última clase de la mañana y se sentía muy desafortunada. No era consciente del nuevo papel que tenía porque estaba preocupada por su último fracaso en un año plagado de ellos: Historia de América. Contemplaba el trabajo más reciente de la asignatura, estampado con una nota críptica del profesor que decía «Ven a verme» y una calificación humillante: siete. Arrugó las hojas impresas en el puño, suspiró profundamente y las volvió a alisar. La calificación tenía poco que ver con su capacidad, de eso no le cabía la menor duda. Las palabras, el lenguaje, las ideas, los detalles, todo le salía de forma natural. Había sido una alumna de diez en el pasado reciente, pero ya no estaba segura de poder volver a serlo.
Jordan sintió un arrebato de ira. Sabía que estaba todo ligado y los nudos bien ajustados. Había reprobado Francés, apenas había aprobado Historia, a punto de reprobar Matemáticas y Ciencias y esforzándose en Literatura Inglesa, y las solicitudes de ingreso a la universidad colgaban como una espada sobre su cabeza. Ninguno de estos desastres académicos acumulados era culpa suya. Antes todo le había parecido fácil. Ahora le resultaba imposible. Ya no lograba concentrarse, ni centrarse. Ya no conseguía hacer el trabajo que tan agradable le había parecido en el pasado y que le había resultado tan fácil. Hacía una semana la psicóloga de la escuela se le había sentado delante y le había dicho con mucha labia que estaba «actuando» y «comportándose de forma autodestructiva con el objetivo de llamar la atención» y envolvió todos las calificaciones reprobatorias en la ecuación emocional más sencilla: «Recibiste un golpe, Jordan, cuando tus padres anunciaron su divorcio. Tienes que superarlo.»
No había sido ni de lejos tan sencillo.
Odiaba la psicología tan elemental. La terapeuta de la escuela había hecho que sonara como si la vida fuera poco más que colgar de una cuerda, balanceándose a un lado y a otro por encima de un abismo y que Jordan se había permitido aflojar.
Cuando contemplaba el paisaje de su último año escolar, no veía más que rocas y grietas esparcidas por encima de tierra y barro. Los chicos con los que había tenido felices aventuras amorosas ahora se reían de ella. Las chicas que había considerado sus amigas se pasaban ahora el día criticándola a sus espaldas. Los profesores que en otros tiempos la alababan por su diligencia, intuición y la alta calidad de su trabajo la trataban ahora como si de repente se hubiera vuelto imbécil. Su vida se había convertido en algo tan entrelazado, tan engranado que no encontraba la salida.
«El típico día de Jordan —imaginó—. Una mala nota en un examen por la mañana; tantas pérdidas de balón durante el entrenamiento de básquet por la tarde que el entrenador te grita y te elimina de la alineación inicial; cenar sola en el comedor porque nadie se quiere sentar contigo.» Estaba convencida de que si se le acababa la pasta de dientes a la hora de acostarse nadie le dejaría ni siquiera un poquito y a la hora de dormir, no podría y no pararía de dar vueltas, apenas capaz de respirar porque el peso de todos sus problemas le presionaba el pecho como si fuera un ataque de asma. Deseaba poder esconderse en algún sitio, pero hasta eso era imposible. Su maldito pelo rojo —lo odiaba— hacía que destacara en todas partes, cuando lo único que quería era pasar lo más desapercibida posible. Incluso se lo recogía bajo un gorro de esquí de lana, aunque no servía de mucho.
Iba caminando por un sendero situado entre el estudio de arte y los laboratorios de ciencias con la cabeza agachada, la chamarra con el cuello subido y la mochila llena de libros que le pesaban en los hombros. La lluvia fría goteaba desde la hiedra que cubría los edificios de la residencia estudiantil de la escuela privada elitista en la que estudiaba. «Por lo menos —pensó— el tiempo se corresponde con mi estado de ánimo.» Normalmente en los senderos se hacía vida social. Los estudiantes se saludaban y se paraban a conversar, hablar de deportes o compartir rumores sobre los profesores y otros alumnos. Jordan siguió adelante, alegrándose en cierto modo al ver que el tiempo inclemente hacía que todo el mundo fuera a la misma velocidad por los senderos negros de empedrado que entrecruzaban el campus. Era temprano por la tarde, aunque el cielo gris oscuro diera la impresión de que estaba a punto de anochecer. Básicamente se había saltado el almuerzo porque había entrado un momento en la cafetería, agarrado una naranja y un pedazo de pan junto con una leche pequeña en tetra pack y todo se lo había metido en el bolsillo de la chamarra. Se lo comería en la soledad de su habitación.
Como estudiante del último año había conseguido una habitación individual, no compartida, en una de las casas reformadas más pequeñas que bordeaban el campus. Desde el exterior parecía una casa blanca de tablones de madera típica de Nueva Inglaterra, construida hacía un siglo, con un amplio porche delantero y una majestuosa escalinata central de caoba. En otro tiempo había sido la residencia de los capellanes de la escuela y el interior despedía un olor fantasmagórico a devoción religiosa. Ahora albergaba a seis chicas de clase alta, a la entrenadora del equipo femenino de lacrosse y profesora de Español, una tal señorita García, que se suponía que debía ser la responsable y confidente de la residencia pero que pasaba buena parte de su tiempo libre con el ayudante del entrenador de fútbol americano, joven, casado y con dos hijos pequeños. Sus sonidos de pasión desbocados —y muy deportivos como decían las chicas— traspasaban las paredes de todas las habitaciones. Estos gozosos sonidos daban a las chicas algo de que reírse y envidiar en secreto.
Jordan pensó en los gritos, gemidos y suspiros de aquella aventura extramatrimonial procedente de la habitación de la señorita García y esbozó una sonrisa. «Soltarse el pelo de ese modo debe de ser maravilloso», pensó. No creía que se pareciera en nada a sus experimentos torpes y cohibidos con los chicos.
Negó con la cabeza y lentamente volvió a notar todos sus problemas sobre los hombros y en el corazón, como si la pesada mochila que le tiraba de la nuca contuviera algo más que libros. Por primera vez desde que había recibido el golpe de la noticia de sus padres se preguntó si realmente valía la pena continuar. Sabía que nada era culpa suya totalmente y no obstante tenía la impresión de que todo era por su culpa.
Confundida acerca de todo en la vida, Jordan entró en el vestíbulo de su residencia. Zarandeó la cabeza para quitarse la humedad y se sacudió la chamarra. Se quitó el gorro de esquí y se dejó el pelo suelto porque no había nadie. Todo el mundo estaba almorzando y faltaba poco para que las actividades deportivas de la tarde se apoderaran de la rutina de la escuela privada. El silencio la tranquilizó y se acercó con suavidad a la mesa en la que estaba clasificada la correspondencia en seis bandejas distintas. En la suya había tres cartas.
Las dos primeras tenían una escritura conocida: la letra apretada y poco inteligible de su padre, y la de su madre, más florida y expansiva. El hecho de que las dos cartas le llegaran a la vez tenía todo el sentido del mundo para Jordan. Había una nueva disputa excesivamente dramática entre ellos y un nuevo caballo de batalla declarado entre los dos. Se peleaban sin parar y permitían que sus abogados tomaran posturas y amenazaran como los fanfarrones que probablemente eran. Tanto su padre como su madre consideraban que Jordan era el campo de batalla emocional máximo, y ambos luchaban como Bonaparte y Wellington en el terreno del Waterloo de Jordan. Sabía qué contenía cada carta: una explicación de su última postura no negociable y por qué Jordan debía mostrarse a favor de su interpretación de los hechos. «¿No preferirías vivir conmigo, cielo, y no con tu padre?» O «Ya sabes que tu madre es incapaz de pensar en otra persona que no sea ella, ¿verdad, cariño?».
Lo de que sus padres se comunicaran con ella a través del formalismo del servicio de Correos de Estados Unidos era algo reciente. Ambos se habían percatado de que no le hacía ni caso al correo electrónico y que cuando ellos la llamaban al celular saltaba directamente el buzón de voz. Pero la presencia táctil de la palabra escrita en el papel de cartas rosado y caro de su madre o el papel de cartas grueso típico del mundo empresarial de su padre parecía más difícil de evitar. Pero «estoy aprendiendo», pensó.
Se introdujo las dos cartas en la mochila. No hacer ni caso a la disputa falsamente urgente de sus padres que precisaba de su atención inmediata le produjo cierta satisfacción.
La tercera carta la sorprendió. Aparte de su nombre y del matasellos de Nueva York, no sabía de qué iba. En un primer momento pensó que podía ser de uno de los muchos abogados que llevaban el divorcio, pero entonces cayó en la cuenta de que no era el caso porque esos tipos tenían sobres muy elegantes y estampados con su nombre y dirección para que no cupiera la menor duda de la importancia de la carta que contenía. Aquel parecía más fino y mientras se dirigía a su habitación, empujaba la puerta y entraba, lo giró dos o tres veces para inspeccionarlo. Era reacia a abrir la correspondencia. Nunca le traía buenas noticias.
Dejó caer el abrigo al suelo y soltó la mochila en la cama. Sacó la naranja del almuerzo y empezó a pelarla, pero la dejó a medias y, encogiéndose de hombros, rasgó la carta para abrirla.
Leyó el mensaje lentamente y luego lo volvió a leer.
Cuando terminó, Jordan alzó la mirada como si alguien hubiera entrado en la habitación detrás de ella. Le temblaba el labio.
«Esto debe de ser una broma —pensó—. Alguien me está tomando el pelo. No puede ser verdad.»
Era la única explicación que tenía sentido aparte de que notaba una oscuridad acechante en lo más profundo de su ser que le decía que lo importante para quienquiera que hubiera escrito la carta no era tener sentido.
Aquella mañana temprano le había parecido que era imposible sentirse más sola y, de repente, justo en ese momento, así era como se sentía.
3
Pánico Uno.
Pánico Dos.
Pánico Tres.
Después de leer la carta, a cada Pelirroja le entró pánico a su manera. Cada Pelirroja pensó erróneamente que controlaba las emociones que parecían estar a punto de explotar. Cada Pelirroja imaginó que reaccionaba a las palabras amenazadoras de la forma adecuada. Cada Pelirroja creyó que tomaba las medidas correctas. Cada Pelirroja pensó que ellas y nadie más que ellas podrían mantenerse a salvo, si es que realmente querían estar a salvo. Cada Pelirroja calibró la amenaza descrita a su vida y llegó a conclusiones diametralmente opuestas. Cada Pelirroja se planteó si realmente corría peligro o solo debía estar enojada, aunque ninguna alternativa acababa de tener mucho sentido. Cada Pelirroja se esforzó por captar la verdad de su situación pero fue en vano. Cada Pelirroja acabó confundida sin saber qué estaba haciendo.
Ninguna estaba totalmente en lo cierto acerca de nada.
El primer impulso de Karen Jayson, después de asimilar el impacto de las palabras que contenía la página, fue llamar a la policía local.
La primera reacción de Sarah Locksley fue ir a buscar la pistola que su difunto esposo había guardado bajo llave en una caja de acero, escondida en el estante superior de la pequeña habitación que hacía las veces de estudio.
Jordan Ellis no hizo nada aparte de dejarse caer y acurrucarse en la cama, doblada como si tuviera retortijones y estuviera enferma, intentando decidir si había alguien a quien recurrir en un mundo en que nadie estaba dispuesto a escucharla.
La conversación que Karen mantuvo con el agente resultó sumamente desagradable. Había leído la carta de cabo a rabo dos veces y luego la había soltado con fuerza en la mesa de la cocina y había agarrado enojada el teléfono del soporte de pared. La cabeza le daba vueltas con una furia apenas contenida. No estaba acostumbrada a recibir amenazas, odiaba la referencia timorata a los cuentos infantiles de la carta y su actitud «no le temo a nada ni a nadie» diligente, resuelta y bien educada se apoderó rápidamente de ella. «Y tú quién eres, menudo lobo feroz de mierda
