Prólogo
Hasta Quiéreme cinco minutos, nadie creía que en México pudiera tener éxito una historia sin criaturas sobrenaturales, y además ambientada en nuestro país. Sin embargo, la novela desde su salida causó revuelo, los lectores se vieron reflejados en lo que se contaba en sus páginas, y muchos más se animaron incluso a salir de su caparazón, sin necesidad de ser mordidos por ningún vampiro. Un lustro después, la novela y su autora se han convertido en un referente indiscutible entre los jóvenes que aman la lectura. Y es que Anaí López no sólo recrea a la perfección el lenguaje de los jóvenes de hoy en día y la problemática a la que suelen enfrentarse. Nos ha entregado una gran historia, y las grandes historias (y sus autores) merecen que las queramos no sólo cinco minutos, sino toda la vida.
DIEGO MEJÍA EGUILUZ, editor
Un personaje no cobra vida si el escritor no es un valiente. No cualquiera se atreve a hacer investigación desempolvando diarios personales para llenar su novela de detalles y compartirlos con el lector. Por eso, el universo de Elena Balboa es tan real, tan palpable. Anaí López logra transformar sucesos que a otros les parecerían anecdóticos en verdaderas aventuras.
FERNANDA EGUIARTE, escritora de las series de televisión
Bienvenida realidad y El Dandy.
Anaí es amiga del lenguaje. No del de la Real Academia ni del impuesto por las buenas maneras, sino del lenguaje vivo, en continua transformación. Es una surfista que sabe agarrar las olas hechas de palabra y mantenerse sobre ellas. Es compañera de viaje del lenguaje: va con él de la mano y se adapta a las circunstancias de cada lugar en el itinerario, por insólitas o extrañas que sean. Y no ha logrado esto por ser guionista o novelista: es guionista, cuentista y novelista exitosa gracias a su flexibilidad, adaptabilidad y al amor infinito por el lenguaje y las riquezas que éste ofrece. Esta novela es sólo una muestra del gran corolario verbal y vivencial de que Anaí es capaz.
KARINA SIMPSON, editora
Elena Balboa es para mí una de las mejores narradoras que hay; me gusta cómo acomoda las palabras una detrás de la otra, admiro la claridad de sus pensamientos, la forma en la que se fija en detalles que parecen insignificantes pero no lo son, me divierten sus ideas, sus locuras y su sentido del humor. Pero lo que más me impresiona y lo que más admiro de Elena es su capacidad de decirle sí a todo lo que la vida le pone en frente.
JAVIER PEÑALOSA, escritor de poesía y libros para niños.
Es autor de Historia de Ele Chiquita (Castillo-McMillan)
y El día que María perdió la voz (SM Barco de Vapor), entre otros.
Lo que más me gusta de los libros de Anaí es que son las novelas más francas y honestas que se pueden encontrar en las librerías. No se sube a ninguna moda comercial, ni pretende pontificar sobre peligros de la juventud. Son libros, gozosos, que establecen una relación de tú a tú con sus lectores. En las historias de Quiéreme conoces a un grupo de amigos que te entienden y te acompañan. Se vuelven parte de tu vida.
JAIME ALFONSO SANDOVAL,
escritor de la trilogía Mundo Umbrío.
1
N
o paso del magnesio. Cada vez que regreso de sacarme granos en el baño o de quitarme pelos de las piernas con pinzas o de arrancarle tiras al queso oaxaca y veo esa tabla periódica encima de la cama, me quiere dar algo.
Lo de Historia ya medio me lo sé. No entiendo para qué tanto examen. Del año pasado ya no me acuerdo de nada. No sé para qué sirve la escuela, de veras, no entiendo. Si con leer y escribir y sumar y restar sobrevive uno. Para qué tanta tarugada de la caída libre y los egipcios y Fuente Ovejuna. Yo creo que no saben qué hacer con la gente hasta que trabaja. Por eso te encierran quince años de tu vida en lo que sirves para algo. Bueno, hay niños que trabajan. Y no es que eso esté chido. Y la verdad no se me ocurre qué podrían hacer los niños todos los días aparte de ir a la escuela. Jugar. ¿Y después, cuando ya no te gusta jugar? Sacarte granos. Me van a atorar en este examen.
***
—¿Cuántas contestaste?
—Cinco. ¿Tú?
—Todas. Pero me fue pésimo.
Julia siempre dice que le fue pésimo en los exámenes, y casi siempre se saca diez.
—¿Cuándo se hizo autónoma Hungría? —pregunto como si de veras me importaran los húngaros y lo que pase con sus vidas.
—En 1867.
—‘Uta. Yo puse que en el 78.
Julia alza los hombros y me ve con cara de “pues chin”. A veces siento que si me atropellaran pondría la misma cara. ¿A qué hora decidí que esta babosa era mi mejor amiga? Lo peor es que sé que si me deja de hablar, me muero. Así me imagino a mis papás: cayéndose pésimo mutuamente pero sin poder vivir sin el otro. Lo que más me gusta de Julia: lo buena que es en los deportes. Lo que más me desespera: sus jetas.
Malú sale del salón masticando chicle con la boca abierta y preguntando algo que no tiene nada que ver con el Imperio austrohúngaro.
—¿Cuándo vas a dejar de hacerte güey con Damián?
Julia pone una de sus jetas. Yo me descuelgo un arete.
—¿Eh? —insiste Malú.
—No sé —me lo vuelvo a colgar.
—Pues no te va a esperar toda la vida, ¿eh?
Con este rollo de Damián, Malú parece casamentera de las del Siglo de Oro. No sé desde cuándo se le metió en la cabeza la idea de que anduviéramos. Y desde la escena del dizque beso jugando botella hace dos semanas, me jode todo el día. Aunque cuando lo hace enfrente de Julia, la verdad, me da gusto. Llevo más de dos años hecha una idiota por su hermano. Por el de Julia. Aunque me hago la que ya no, la verdad es que si no me acaba de latir lo de salir con Damián es por la esperanza de que ahora que tengo quince años y no trece pase algo con él. Con Pablo. Y la única que lo sabe es Malú. Y Malú opina que estoy perdiendo el tiempo, porque Pablo tiene diecinueve y seguramente se acuesta con todas, y eso no sería tan malo si estuviera pensando en acostarse conmigo, pero pues no.
Malú es una buena amiga. Sólo que fuera de la escuela no se le puede seguir el paso. Va de antro, sale con chavos más grandes, ha probado la mota, y cuando habla de sexo ya no se ríe, da clases. Aunque claro, ella ya cumplió dieciséis. Vamos en el mismo año porque reprobó primero. Así que aunque nos caigamos muy bien Malú y yo, como soy una cobarde que nomás me he besuqueado por ahí en fiestas y ni un faje me han puesto, es obvio que sea más amiga de Julia. Porque ésa es otra cobarde que ni beso con lengua siquiera.
Lo que más me raya de Malú: es súper lista. Lo que más me caga: cuando se cree súper lista.
—¿Vamos? —dice sacando una cajetilla de cigarros.
—Sí, por fa —aplaudo.
Julia vuelve a poner jeta. Tampoco ha superado la cosa de que fumemos, pero de todas formas nos acompaña. Pasamos como siempre junto a la tiendita, la cerrajería, cruzamos la calle, damos vuelta en la esquina de las paletas, pasamos junto a dos casas equis y nos metemos al parque. Es un parquecito chaqueto, nada más con unos juegos para niños, todos despintados, una cancha mafufa de básquet y una parte dizque con arbolitos y pasto que siempre está más seco que nada. Malú y yo prendemos nuestro cigarro con unos cerillos de esos que traen un signo del zodiaco, pero como es de Géminis y ninguna de las tres somos Géminis, ni leemos lo que dice. En eso llegan Jorge y Margot. Margot viene temblando del examen, para variar.
—No manchen… ¿qué regiones abarcaba el Imperio otomano?
Julia le contesta sin voltearla a ver, con cara de que sabe mucho.
—Grecia, Medio Oriente, y… y…
—África —dice Malú, soltando el humo.
Julia la ve con cara de pistola. Le puede que a Malú le vaya tan bien en Historia sin estudiar.
—¡Nooo! ¡Yo puse que Yugoslavia! —Margot se tapa los lentes con las manos, como si se acabara de enterar de que la tienen que amputar.
Margot mide como uno treinta; es tan flaca que Jorge una vez la levantó con una mano y es tan morena que parece que cuando nació la metieron a remojar en una olla de café. Es toda nerviosita, se enferma de algo todo el tiempo y le encanta contar desgracias.
—A Pocaluz se le murió un sobrino. A lo mejor no tenemos el examen de Química.
—¿Dónde chingados te enteraste de que a Pocaluz se le murió un sobrino? —se ríe Jorge mientras prende un cigarro.
—En la enfermería.
—¿Y qué estabas haciendo en la enfermería? —pregunta Malú.
—Me dieron un Dramamine.
—¿Eso no es lo que te dan para que no guacarees en la carretera? —pregunta Jorge.
—Sí. Me dieron mareos en el examen de Historia.
—Esa madre te jetea —dice Jorge.
—¿En serio? Qué bueno. Hace dos días que no duermo —contesta Margot.
—A ver si no te duermes en el examen —dice Julia.
—Estaría bueno. De todas formas vas a reprobar, y así por lo menos no sufres —dice Malú.
Todos nos reímos. Otra cosa que hace Margot es escribir cuentos. Siempre son horribles. Bueno, horribles, no; la verdad escribe chido. Pero siempre son historias súper raras y súper tétricas, como una de una señora que no tenía nada que comer y se arrancaba cachos de piel para hacerse calditos.
—Oye, pero a todo esto, ¿de dónde sacó un sobrino Pocaluz? —pregunta Julia—. ¿No que no tenía familia?
Jorge se para en un columpio.
—“Que ustedes nunca tengan que saber, jóvenes, lo que es estar solo en el mundo. Aprovechen cada instante como si fuera el último, quieran a sus padres, quieran a sus hermanos, porque cuando se queden solos...”
Todos nos doblamos de risa. Jorge imita increíble. Pocaluz le sale igualita. Le decimos así por unos lentes verdes espantosos de fondo de botella que usa. Y cuando empieza a echar estos choros de que vamos a quedarnos solos en el mundo, cruza las manos encima de la panza y como que se detiene las chichis y se hace para adelante y para atrás. Es lo más chistoso. A veces Jorge cuando la imita hasta le saca una risita a Damián. Damián siempre se encabrona cuando se burlan de las desgracias de los demás. A veces se me hace medio teto por eso, pero en el fondo como que lo admiro. No ha de ser fácil quedarte con tu jeta mientras todos se ríen de alguien. ¿Por qué no habrá venido al parque después del examen?
—Ya son las 11:15 —dice Julia, viendo su reloj.
Nadie le hace caso. Pasan como cinco minutos y hasta ahí nos paramos todos, y pasamos por las casas y las paletas y la cerrajería y la tiendita, y cruzamos esa espantosa reja verde de donde dizque estudiamos.
2
P
ocaluz sí viene a la escuela con todo y el sobrino muerto, y nos hace el examen de elementos de la tabla periódica más perro en toda la historia de la Química mundial. Margot dice que estaba llorando. Yo no sé cómo le hizo para ver a través de los lentes de fondo de botella de esta ruca, pero Pocaluz los ha de haber limpiado muy bien porque perfecto se dio cuenta de que la babosa de Inés traía un acordeón enrollado adentro de la pluma, y no se veía nada triste cuando le dijo: “Tiene usted un cero, señorita”.
***
Inés sigue llorando en Deportes. Pero está de pelos porque así Julia la consuela y no se anda fijando si bateo bien o bateo mal. Es chistoso cómo lo que te encanta de una persona puede ser lo que más terminas odiando. El día que decidí que quería ser amiga de Julia fue la primera vez que la vi jugar voley. Ya pasaron casi tres años, y la verdad todavía me encanta verla jugar. En cualquier deporte es buenísima. Sus hermanos también. Son seis. Todos son buenos para Mate y para los deportes y todos estudiaron en la UNAM. La cosa es que cuando empecé a ser su amiga me daba diarrea en la noche cada vez que íbamos a tener deportes al día siguiente. Como era su amiga, siempre me metía en su equipo aunque soy re maleta, pero estaba tan preocupada por caerle bien y que me quisiera más que a sus otras amigas que cada vez que yo le pegaba mal a un balón y veía sus caras, me quería morir. Por eso este año de plano me metí al equipo de Malú. Es el equipo de todas las huevonas en deportes que nunca ganan. Me valió que Julia se sintiera. Ahora ya no tengo diarrea en las noches y uso la clase de deportes para reírme y babosear, que es para lo que sirve una clase de deportes. Lo malo es que hoy nos toca contra el equipo de Julia y le tengo que estar viendo sus caras de guácara. Lo bueno es que como Inés sigue llorando, ni está pelando lo que hago.
—¡Pásala, Elena, pásalaaaa!
¿A qué hora llegó aquí esta mugre pelota?
—¡PÁSALAAA!
—¡Va, va, va!
¿Llegará? No, no llegó. Nos metieron otra carrera. Ni modo. Antes Inés me caía en el hígado porque era la mejor amiga de Julia desde la primaria. Luego me siguió cayendo gorda porque nunca me ha invitado a su casa de Cuautla. ¿Por qué será eso? Digo, lo de ya no sentir celos de Julia, y así. Igual es que te dejas de enamorar de tus amigas cuando empiezas a enamorarte de sus hermanos.
—¡Cambiooo!
Bravo. Vamos a la banca. ¡Palomitas con caramelo! Vientos por Malú.
—¿Me das?
—Compra —me quita la bolsa, pero me la vuelve a acercar.
—Claro, idiota.
Julia lleva a Inés de la manita a la cancha y la oigo decir “para que te distraigas”. Par de ridículas. Inés se para en primera y se suena. También es medio deportista, como Julia, pero menos. Digamos que no hace el oso, se defiende. A la primera que le toca de nuestro equipo es a Margot. No le da a la pelota ni de broma, y siempre se espera a que le den base por bola. Eso si antes no la hacen out. Y eso si viene a Deportes. Casi siempre se encierra en la enfermería inventando que le está bajando. Malú la jode con que debería inscribirse en el Guinnes como la mujer que más regla en el mundo. A mí me dice que mañana traiga cincuenta pesos.
—¿Para?
—Para comprar los chupes. Son cincuenta por cabeza.
Se me había olvidado que mañana es la fiesta de Jorge. Dice que va a ir un primo suyo que mezcla y que va a estar chido y no sé qué. A mí las fiestas de Jorge medio que me dan flojera. Todo el mundo está pacheco o pedo o fajando. Acabo de sonar a Julia. Cañón. Qué hueva me di.
—¿Ya viste a ese bombón? —Malú señala con la cabeza a un chavo que pasa por el pasillo de enfrente.
—Va en quinto. Está mono —contesto.
—¿Cómo que mono? Está deliciosérrimo.
Malú se mete un montón de palomitas en la boca.
—Creo que se lleva con Jorge —digo.
—Noooo.
—Neta. Los vi platicando el otro día.
—No mames. Le voy a decir que lo invite.
Malú tiene fama de zorra. Me choca porque lo dicen viejas que se fajan un perro pero luego andan con su cara de santitas. Ahora la moda es bajarse por los chescos. Le haces su “trabajito” al galán, pero sigues siendo virgen y no te embarazas. Yo me enteré porque Claudia Rivas lo confesó bien peda jugando “yo nunca he”, y luego Andrea Velásquez y una prima o amiga suya que no me acuerdo cómo se llama brindaron cagadas de la risa. Yo no lo podía creer. Se me hace una idiotez. Todo lo rico lo siente el güey, ¿y una qué gana?, ¿poder decir que sigues siendo virgen? Qué estupidez, la neta. Por eso me cae bien Malú. Aparte de que se acueste o no se acueste o lo que sea, no se anda con tarugadas de “a ver si me habla” y de vivírsela con cara de urgida esperando a que el güey se acerque. Malú da el primer paso, no le da pena acercársele a los chavos que le gustan. Ya quisiera yo poder hacer eso con Pablo.
—¡Out!
Ésa es Julia. Margot decidió darle a la bola. Qué lástima porque Julia nada más tuvo que dar un paso y cacharla.
—¿Entonces qué con la Nariz? ¿Vas a aflojar, o qué?
Pongo cara de “mmmta”, pero la verdad se siente padre que te estén recordando todo el día lo que le gustas a alguien.
—No sé, güey, es mi amigo. Además nunca me ha dicho de andar.
Malú se ríe y veo cachos de palomitas masticadas en su lengua. Además la tiene morada por una paleta de uva que estaba chupando hace un rato. Malú traga todo el día.
—No mames, Elena. ¿Y el beso, qué?
—Eso no fue un beso, Malú.
—Porque tú no te dejaste, idiota.
Malú me dice idiota todo el día, pero no me molesta.
—¿Y el dibujo y los discos, qué? Ay, Elena, sabes perfecto.
Tiene razón. Y Damián no tendría ni que hacerme dibujos. La verdad es que una se da cuenta de cómo te ven.
—No hay güeyes como él. Te lo digo neta. Nada más acuérdate de eso.
Inés le marca un out a Graciela Castillo en primera y luego Gaby Rodríguez se avienta otra súper bateada derechita al guante de Julia. De veras que nuestro equipo es patético. En menos de un minuto estamos otra vez en la cancha. Por lo menos no me tocó batear.
—¡ELENAAAA!
¿Dónde? ¿A qué horas batearon?
—¡Córrele por Pelonecio!
Pelonecio es el doctor Chapatín de la escuela. Le pusimos así porque es de esos calvos que se dejan crecer el pelo de un lado y se lo embarran como pueden en el coco. Hasta como mil años después entiendo lo que está pasando: Inés se acaba de desmayar.
3
C
on el drama, bye clase de deportes. Sin que nadie diga nada, unas se van a la tiendita, otras al baño y otras al mercadito de la vuelta a comer quesadillas. Como Malú y yo llevamos veinte minutos tragando porquerías, decidimos mejor ir a ver a los niños jugar futbol. Con todo lo mixta y dizque liberal que es esta escuela, para los deportes nos separan. Dicen que hubo un maestro que dijo que si todos coludos, todos rabones (¿así se dice?) y un día puso a todo el mundo a jugar básquet. A las viejas les acomodaron una maraquiza que hasta el maestro este, cuando se quiso meter, acabó con un balonazo en la cara. Yo no sé si sea cierto. La cosa es que desde entonces, los lunes y los jueves de 11 a 12, los nenes con los nenes y las nenas con las nenas.
Me encanta ver a los niños jugar fut. Como que todos se ven lindos, no sé. Todo lo bestias que son, todo lo mensos y lo pasados de watts, como que se les quita cuando les echas un balón. Están bien chistosos además porque se vienen a la escuela con sus playeras de los equipos, así que uno trae la del América, otro la del Real Madrid, otro de las Chivas, y así. Me da ternura verlos corriendo y gritándose, como si no hubiera nada más en el mundo que seguir esa bola y meterla donde va. Son chidos los güeyes. Se clavan. Pienso en cómo estábamos las mujeres hace rato en el chisme y picándonos los ojos y los veo a ellos, y de repente siento que los quiero y que quisiera ser como ellos. En eso Marco Saldaña escupe en el piso y se hace el chistoso agarrándose el paquete y Jorge le festeja. Mmmm…. a lo mejor lo chido no son los güeyes y nada más es el futbol.
—¿A cuál te tirarías? —dice Malú. Ya casi se me había olvidado que estaba ahí. La verdad es que por mucha ternura que me den, no me tiraría a ninguno y eso contesto.
—¿Ni a la Nariz? Le pega bien, ¿eh?, hasta se ve galán.
Sí, le pega bien. No corre mucho, pero la pasa rápido, con seguridad. No se ha dado cuenta de que estamos ahí. Igual si ahorita me esfuerzo, logro que me guste. Ahorita que tiene la cara roja y las greñas en la cara y le brillan los ojos y la está dominando tan bien… Estaba. Ya se la quitó Pepe Carreño.
—¿Quién carajos le dijo a la Nariz que las playeras se usan metidas en el pantalón? Piedad, que alguien lo ayude —opino.
Malú me regaña.
—Ay, bájale, ¿eh? Tú así que me digas la más cool, tampoco. Siempre andas con las mismas camisas de tu hermano encima de los mismos pinches jeans con esos cacles horribles que nunca te quitas.
—Oye, con mis Converse no te metas.
—Sale, tú sigue haciendo rico al zapatero remendón.
Damián vuelve a tener el balón pero Jorge se lo quita. Tengo ganas de desahogarme.
—¿Por qué me importará tanto, güey?
—¿Qué? ¿Los cacles?
—No, la facha de Damián. ¿Por qué me gusta tanto que Pablo se ponga playera larga debajo de la playera corta y así?
—Porque eres una pinche fresa disfrazada de tepiteña, por eso.
—Pero Pablo ni tiene lana, Malú. Los pantalones los trae rotos en serio y sus Puma los usaba desde sexto de primaria, cuando ni eran marca chida. Él me contó.
Y luego las pestañas que tiene. Y cómo huele. Un día me metí a Liverpool y olí todos los perfumes de hombre hasta saber cómo se llama el que se pone Pablo. Desde ahí muchas veces cuando estoy en un Sanborn’s o en cualquier tienda donde haya perfumes, voy y pido oler el de Pablo, nada más para acordarme de él. Es súper cursi pero me vale. Nada de esto lo digo pero Malú igual me para en seco.
—No estábamos hablando de Pablo, estábamos hablando de la Nariz. ¿Te lo besarías o no?
Me río pero no es de risa y tampoco es de nervios, más bien es para ganar tiempo para contestar. Nunca me he podido imaginar besando a Damián, no sé por qué. Con Pablo nunca me ha pasado eso, me he imaginado besos con él en todo tipo de lugares, y otras cosas también. Una vez mi abuela estuvo internada en el hospital y yo estaba picándome los ojos sola con ella en el cuarto. De repente me puse a imaginarme que llegaba Pablo y nos encerrábamos a fajar en el baño de ahí mismo, del hospital. Y cuando de veras fui al baño, tenía los calzones mojados.
—No es feo, Elena.
—No, no es feo.
—Lo único es que cuando se besen vas a acabar con tortícolis por no estar choque y choque con su nariz —se ríe haciendo el cuello para un lado y aventando besitos. Es más mensa…
—¿Cómo te fue en el examen?
Ésa no es Malú. Es Damián que acaba de llegar corriendo, todo sudado. La hora de Deportes se acabó. Trae la playera de fuera y está sonriendo, y no sé por qué, pero me pongo nerviosa.
—Pésimo.
—Yo igual.
Malú se para diciendo que va al baño y Damián me ve con cara rara. Como de que sabe todo lo que estuvimos hablando. Luego nos quedamos callados. Eso es raro porque siempre hablamos pocamadre. Fue la primera persona que se me acercó cuando entré a esta escuela y podemos hablar de mil babosadas, como de cómo nos suicidaríamos o de qué desayunamos. Sé cosas de él que casi nadie sabe, como que tiene un tío esquizofrénico y que la mamá de Damián le corta las uñas de los pies a su papá todos los domingos, y que su hermano es un cerebrito que estudia Mercadotecnia en Estados Unidos y Damián siempre se ha sentido menos que él. Damián es la única persona a la que le he dicho que mi papá le echa un chorro de whisky a su café en la mañana sin que mi mamá se dé cuenta, y que no me ha dado un beso desde hace como tres años.
—¿Vas a venir a casa de Jorge mañana? —pregunto.
—¿Para?
—Hay fiesta.
—No puedo.
—¿Por?
—Es viernes.
Damián es judío. Yo no había conocido a ninguno. Sólo los de las películas de Hitler y esas cosas. La verdad es que no tienen nada de raro. Aparte de no creer que Jesucristo haya sido el Mesías neto y todo eso, pues. Bueno, sí tienen sus cositas. Los viernes Damián siempre cena en casa de su abuela junto con toda su familia, sin pretextos, y no comen carne de cerdo ni de ningún animal que haya sufrido mucho al morir. O eso fue lo que yo entendí.
