Índice
CITA
EL PRIMER LUNES
Mountain High, Valley Low
Talking ’ bout My Generation
The Magic’s in the Music
You Better Slow Your Mustang Down
They Call Me Mellow Yellow (Quite Rightly)
It’s Easy to Trace the Tracks of My Tears
Everybody’s Talkin’ at Me
Yummy, Yummy, Yummy
I Fall to Pieces
Who’s Bending Down to Give Me a Rainbow?
I Can’t Help Myself
The First Cut Is the Deepest
I Say a Little Prayer
The Way We Were
EL SEGUNDO LUNES
Let the Sunshine In
If You Believe In Magic, Don’ t Bother to Choose
Suspicious Minds
Oh, I Believe in Yesterday
Lucy in the Sky with Diamonds
I Can’ t Get No Satisfaction
Take a Sad Song and Make It Better
Worryin’ ’bout the Way Things Might Have Been
I Fought the Law and the Law Won
Daydream Believer
It’s the Same Old Song
Come See About Me
The Way We Were
EL TERCER LUNES
The Girl with Kaleidoscope Eyes
Now I’m a Believer
Raindrops Keep Fallin’ on My Head
Oh Happy Day
Do-Wah-Diddy
Light My Fire
There! I’ve Said It Again
Stand by Your Man
My Little Runaway
I Saw Her Standing There
Take Another Little Piece of My Heart
Only the Lonely
The Way We Were
EL CUARTO LUNES
Papa’s Got a Brand New Bag
Get Back to Where You Once Belonged
Born to Be Wild
Keep Me Hanging On
And Then He Kissed Me
Time Is on My Side
I Get Around
My Boyfriend’s Back
Unchained Melody
Come Together Right Now
I Think We’ re Alone Now
There’s a Moon Out Tonight
She’s Got a Ticket to Ride
Will You Still Love Me Tomorrow?
The Way We Were
EL QUINTO LUNES
Here I Go Again
Good Golly, Miss Molly
There’s a Bad Moon on the Rise
Hold On! I’m Comin’
We Gotta Get Out of This Place
Money (That’s What I Want)
It’s Been a Hard Day’s Night
What a Wonderful World
I Second That Emotion
The Way We Were
EL SEXTO LUNES
I Look Inside Myself and See My Heart Is Black
Break On Through
God Only Knows What I’d Be Without You
The Way We Were
EL SÉPTIMO LUNES
Take a Sad Song and Make It Better
It’s Gonna Work Out Fine
Walkin’ Back to Happiness
Black Magic Woman
Break on Through (to the Other Side)
Something Tells Me I’m into Something Good
Wooly Bully
Wouldn’t It Be Nice
When You Change with Every New Day
Build Me Up Buttercup
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
NOTAS

PARA JIM MCCARTHY, QUE QUISO LEER MÁS
Ayer era listo; por eso quería cambiar el mundo.
Hoy soy sabio; por eso he optado por cambiar yo.
Rumi
Monday, Monday. Can’t trust that day. («Lunes, lunes. Ese día no es de fiar».)
The Mamas & the Papas
EL PRIMER
LUNES

Mountain High, Valley Low
«Alto como una montaña, bajo como un valle»
7:04 h
¡Blop, pi, pi, blop, blop, ping!
Cuando el lunes por la mañana oigo que me llega un mensaje al móvil, todavía estoy en esa fase adormilada entre el sueño y la vigilia, en la que eres capaz de convencerte de casi cualquier cosa. Por ejemplo, de que un Mick Jagger adolescente está en la puerta de tu casa y quiere acompañarte al instituto. O de que el último libro de tu saga favorita terminaba con un final redondo de verdad, en lugar de con lo que el autor intentó colar como un final redondo.
O de que anoche, tu novio y tú no tuvisteis la peor pelea de vuestra relación; perdón, rectifico: la «única» pelea de vuestra relación.
O mejor aún, puedes convencerte de que no fue todo culpa tuya.
¡Blop, pi, pi, blop, blop, ping!
Pero el caso es que sí fue culpa mía.
Parpadeo varias veces hasta salir del trance y busco el móvil a tientas. Sin querer, tiro el vaso de agua que tenía en la mesilla de noche. Las gotas salpican una pila de libros de texto y de papeles que hay junto a la cama, y empapan el trabajo voluntario para subir nota de la asignatura de Lengua y Literatura sobre El rey Lear, que me pasé haciendo todo el fin de semana. Era mi única esperanza de conseguir que mi sobresaliente raspado pasase a ser un sobresaliente holgado antes de que pusieran las notas del primer trimestre.
Dibujo a toda prisa la clave en la pantalla del móvil para desbloquearlo.
«Por favor, que sea de él. POR FAVOR, que sea de él».
No hemos vuelto a cruzar ni una palabra desde que anoche salí pitando de su casa. Una parte esperanzada de mí pensaba que a lo mejor me llamaría, porque no querría dejar las cosas tal como quedaron. Al mismo tiempo, una parte algo ilusa de mí pensaba que incluso podía ser que se metiera por callejas y atajos desconocidos, condujera al doble de la velocidad permitida para llegar antes que yo a mi casa y me esperase allí, en el jardín delantero, con la guitarra, listo para cantarme una balada de amor en la que me pidiera perdón con un «Por favor, perdóname, soy un capullo integral», una balada que habría escrito a toda prisa mientras iba a mi encuentro.
(De acuerdo, una parte increíblemente ilusa de mí.)
En realidad, da igual, porque no ocurrió ninguna de las dos cosas.
Con los dedos, abro con torpeza la aplicación de los mensajes y estoy a punto de desmayarme de alivio cuando veo el nombre de Tristan. ¡Dos veces!
Me ha enviado dos mensajes.
El primero dice:
Tristan: No puedo dejar de pensar en lo que pasó anoche.
«¡Sí, gracias a Dios!». Él también está hecho un lío.
Me pongo tan contenta al leerlo que me entran ganas de llorar.
Espera, eso ha sonado un poco raro. No es que la tristeza de Tristan me ponga contenta. Bueno, ya sabes a qué me refiero.
Quiero abrazar a Hipo (el hipopótamo de peluche que hay encima de mi cama y que tengo desde los seis años) y ponerme a bailar un vals con él por la habitación mientras la apasionada canción At Last de Etta James suena como banda sonora de mi vida. Sí, «¡Por fin!». (Sin duda, los años sesenta fueron la mejor década para la música.)
Sin embargo, cuando veo el segundo mensaje, Etta suelta un chillido antes de callarse en mi mente.
Tristan:Tenemos que hablar cuanto antes.
Vale, respira hondo.
No te precipites en sacar conclusiones. Podría ser una buena señal. Podría ser: «Tenemos que hablar cuanto antes para que pueda pedirte perdón mil veces por todo lo que te dije anoche y confesarte mi amor incondicional mientras te acaricio la melena y una banda de cuatro músicos nos da una serenata. O mejor, una banda de seis músicos. Ya sabes que me encanta el sonido del trombón».
Bah. Incluso a mí me ha parecido una exageración.
Venga, seamos sinceros: ¿desde cuándo la frase «tenemos que hablar» augura algo bueno? Si es como el signo universal de una desgracia inminente...
Se acabó. Va a cortar conmigo. Ayer no paré de meter la pata. Reaccioné como una histérica. Soy justo lo que más odia Tristan.
Una llorona dramática.
Y en realidad, lo que ocurrió anoche no fue para tanto. No sé qué mosca me picó. Es que, no sé..., se me fue la olla. Seguro que fue culpa del estrés. Estrés agudo. Y del hambre. Fue un momento de mucho estrés y de debilidad por el hambre. Y ahora, lo más probable es que toda nuestra relación se haya ido al cuerno. Lo mejor que me ha pasado en la vida (bueno, vale, casi lo único que me ha pasado en la vida...) y la he cagado.
Supongo que era cuestión de tiempo, ¿no? A ver, Tristan es Tristan. Guapísimo. Divertido. Encantador. Y yo... soy yo.
No. Basta. Se acabó la fiesta de la autocompasión.
Todavía estoy a tiempo de darle la vuelta a la tortilla. Todavía no ha cortado conmigo. Puedo salvar lo nuestro. ¡Tengo que salvar lo nuestro! Tristan lo es todo para mí. Lo amo. Me enamoró en nuestra segunda cita, cuando me llevó al concierto de su banda y lo vi cantando en el escenario. Irradiaba sensualidad y poesía.
¿Se puede irradiar poesía?
Y ya puestos, ¿se puede irradiar sensualidad, eh?
Bueno, es igual. Una pelea no provoca una ruptura.
Resistiremos. ¡Nuestros corazones seguirán latiendo al unísono!
Contesto a Tristan de inmediato. Procuro que mi mensaje suene despreocupado y alegre. Soy Ellison Sparks, ¡sin dramatismos desde 2003!
(Sí, bueno, técnicamente nací antes de esa fecha, pero los primeros años de la vida de cualquiera son dramáticos por naturaleza.)
Yo: ¡Buenos días! ¡Tengo muchas ganas de verte hoy!
Le doy a «Enviar» con una floritura. Luego busco la canción Ain’t No Mountain High Enough en la lista de reproducción «Remedios para animarme» y la pongo a todo volumen.
Es casi imposible sentirse triste cuando Marvin Gaye y Tammi Terrell te alientan desde la barrera. Es como si esta canción se hubiera escrito a propósito para impedir una ruptura. Es el Himno Salva Relaciones.
Entro dando saltos en el cuarto de baño, coloco el teléfono encima de la repisa del lavabo y canto a pleno pulmón mientras me ducho.
«Ain’t no mountain high enough... To keep me from getting to you, babe». («No hay montaña lo bastante alta... para impedirme llegar a ti, nena».)
Ahora que lo pienso, esta canción también podría ser el Himno del Acosador.
Pero no importa. El caso es que funciona. Cuando salgo de la ducha y agarro la toalla, tengo el temple de pensar: «Hoy va a ser un buen día. Lo presiento».
Talking’ bout My Generation
«Hablo de mi generación»
7:35 h
¿Por qué tenemos que elegir qué ropa ponernos todos los días? ¿Por qué no podemos vivir en una de esas pelis de ciencia ficción futuristas pero cursis en las que todo el mundo lleva el mismo traje espacial de neón y a nadie parece importarle que todos parezcan clones?
¡Aaaaah!
Miro desesperada lo que tengo en el armario. Hoy nos hacen las fotos para el álbum de clase y además tengo que dar un discurso delante de todos los alumnos porque hay elecciones a representantes del curso en el consejo escolar. Rhiannon, la chica con la que me presento, me mandó un mensaje anoche para recordármelo: «¡Vístete como la mejor segunda representante del mundo!».
Ahora tengo que encontrar un conjunto que no solo le recuerde a Tristan que está locamente enamorado de mí, sino que también consiga que todos los estudiantes de mi curso (o por lo menos, una mayoría absoluta) tengan ganas de votarme, y ¡para colmo!, que no sea algo de lo que vaya a avergonzarme dentro de cincuenta años cuando les enseñe a mis nietos la foto de la clase.
En fin, ya ves, sin presión...
Saco mis vaqueros ajustados de la buena suerte de la sección de ropa elástica del armario y paso a la parte de los tonos rosados. Tengo el ropero ordenado por tejidos, colores y temporadas. Se supone que así es más fácil seleccionar las prendas, según un artículo que leí en la revista Getting Organized hace dos años. (Estoy suscrita desde los diez años.) Sin embargo, creo que hoy ni siquiera un estilista personal podría ayudarme a elegir el atuendo más adecuado.
Me decido por una camisa de botones rosa bebé, conservadora pero no demasiado puritana, que combino con una chaqueta de punto azul marino de la sección otoñal. Luego me atrevo a mirarme al espejo.
«Bueno, no está mal».
Puede que, al fin y al cabo, no me haga falta el traje espacial de neón.
Me seco el pelo con el secador y me lo aliso hasta que queda (relativamente) domado. Vuelvo a imprimir el trabajo de Literatura para subir nota y preparo la mochila.
7:45 h
En la planta baja, el Circo de la Familia Sparks está en plena actuación. Mi padre intenta comer copos de avena mientras juega a Apalabrados con sus amigos en el iPad, una costumbre que suele provocar que la mayor parte de los copos de avena terminen desperdigados por su ropa.
Mi madre, una agente inmobiliaria de primera, tiene un número de circo propio esta mañana. Se dedica a cerrar los armarios y cajones de la cocina dando golpetazos, mientras busca vete a saber qué.
Y en el centro de la pista está mi hermana de trece años, Hadley, que se embute cucharadas de cereales en la boca haciendo mucho ruido, mientras pasa las hojas de una novela contemporánea para adolescentes, la que sea que esté en el número uno de la lista de más vendidos en estos momentos. Está obsesionada con leer libros que traten de la vida en el instituto. He intentado convencerla de que ya tendrá bastante con los años que pase allí. ¿Por qué demonios se le antoja sumergirse antes de hora en ese mar agitado?
Hadley levanta la cara del libro con mirada ansiosa en cuanto entro en la cocina.
—¿Te ha llamado? —me pregunta.
Pongo los ojos en blanco. ¿Puede saberse por qué le conté lo de la discusión? Fue en un momento puntual de falta de juicio. Yo era un lastimero saco de emociones y ella..., bueno, ella estaba allí. Anoche asomó la cabeza por la puerta de su habitación al oírme subir la escalera. Me preguntó si me pasaba algo y le conté toda la historia. Incluso la parte en la que le tiré a Tristan el gnomo de jardín a la cabeza.
En mi defensa tengo que decir que era lo único que tenía a mano.
Después, ella se puso a resumirme todo el argumento de la película 10 razones para odiarte en un esfuerzo por hacerme sentir mejor. Pero, aunque no era su intención, eso solo consiguió que me sintiera como si mi hermana me comparase con una arpía.
—No —le digo procurando quitarle importancia. Me acerco a la nevera a buscar pan—. Me ha mandado un par de mensajes esta mañana.
Mi padre alza la vista del iPad y me encojo, porque temo que me pregunte qué ha ocurrido. En realidad, no me apetece comentar mis problemas de pareja con mis padres. Sin embargo, en lugar de preguntarme por Tristan, dice:
—Necesito una palabra que empiece por M y tenga una J, una A y, a ser posible, una N.
Nadie responde. En realidad, nunca le responde nadie.
Mi madre cierra otro armario de un portazo. Esta vez, ocurre un milagro y mi padre se da por aludido.
—¿Qué buscas? —le pregunta.
—¡Nada! —suelta ella—. No busco nada de nada. ¿Para qué iba a buscar algo que no tengo ni la más remota esperanza de encontrar, eh? ¡Por lo menos, bajo este techo!
Hago una mueca de dolor.
Hablando de dramatismos...
Ay, Dios. ¿Estos son mis orígenes? ¿Serán genéticas las debacles?
Meto dos rebanadas de pan en la tostadora y devuelvo la bolsa a la nevera.
—¿Qué decían los mensajes? —pregunta Hadley.
—Nada —murmuro—. Fue solo un malentendido.
Hadley asiente, como si me entendiera.
—Un problema de mensajismo.
Me apoyo en la encimera y la miro a los ojos.
—¿Qué?
—Sí, un problema de mensajismo. Es esa parte rara de los mensajes de móvil en la que se pierde el contexto de una conversación porque no eres capaz de ver la cara de la persona ni oír el tono con el que dice las cosas.
Suspiro.
—¿Quieres dejar de consultar el Urban Dictionary? Mamá, dile que no mire más el Urban Dictionary. No tiene edad para esas cosas. ¿Sabéis qué clase de palabras aparecen allí? Pues palabras que ni papá ni tú habéis oído en la vida.
Mi madre no contesta. Saca a la fuerza una sartén de un cajón y la coloca sobre el fogón con un estrepitoso clanc.
—¡Mensajismo! —grita mi padre muy acelerado mientras teclea en la pantalla—. ¡Muy buena, Hads! —Pero al instante su cara se ensombrece—. No cabe. Y ¿cómo que no está en el diccionario? ¡Venga ya!
De repente suelto un gruñido. ¿Cómo es posible que mi vida sea así?
Las tostadas aún están a medio hacer, pero aprieto la palanca de la tostadora para forzar que salten antes de tiempo. Las embadurno de mantequilla de cacahuete, las envuelvo en una servilleta de papel y las meto en la mochila. En realidad, no es que llegue tarde, pero si me quedo aquí un segundo más, acabaré con ganas de meter la cabeza dentro de la tostadora.
—Ellie —me llama mi padre.
Me paro en seco en la puerta. He estado a punto de salir viva de esta.
Por los pelos...
—¿Sí?
Al principio creo que me va a consultar otra palabra para la partida, pero en lugar de eso pregunta:
—¿Estás preparada?
Le doy una palmadita a la mochila.
—Sí. Aquí llevo el guion del discurso.
Una confusión genuina se refleja en su cara.
—No, me refería a las pruebas del equipo de softball.
Ostras, y para colmo tengo una prueba de admisión para el primer equipo de softball. Lo que me faltaba.
—Si consiguieras entrar en el primer equipo del instituto este curso sería genial. Seguro que las universidades públicas se fijarían en ti.
Me muero de ganas de salir de esta casa. Y a mi padre solo se le ocurre recordarme otra cosa más que añadir a mis obligaciones del día. Así no me ayuda nada...
—Sí —digo para darle la razón.
Aparta el iPad y mira con melancolía al vacío.
—Recuerdo cuando el equipo de béisbol de mi instituto entró en el campeonato estatal.
Uf, ya empieza a desvariar...
—Nunca en mi vida he estado tan nervioso como cuando me vi allí de pie en el montículo de lanzamiento. Tu madre estaba en las gradas. Aunque yo todavía no lo sabía. Seguro que aún me habría puesto más nervioso de haberlo sabido. ¿Te acuerdas, Libby?
Mi madre saca la bandeja de la mantequilla de la nevera y la estampa contra la encimera con tanta fuerza que temo que haya roto el plástico.
—¿Te ocurre algo? —le pregunta mi padre.
Hay que ver lo observador que es...
—No —responde mi madre muy seca. Ni siquiera se molesta en mirar a mi padre. Corta un pedazo de mantequilla y la echa a la sartén—. ¿Por qué iba a ocurrirme algo?
Es una de sus preguntas envenenadas como una mordedura de serpiente. Las llamo así porque mi madre se yergue, se abalanza sobre ti y, antes de que tengas tiempo de contestar, su veneno te mata.
—¿Seguro? —insiste mi padre.
—Se le va la pinza —comenta Hadley.
Mi padre baja la mirada hacia el iPad.
—¡Ay, qué rabia que no tenga ninguna ficha con la Z!
Parece que esa es la gota que colma el vaso. Mi madre sale de la cocina en un arrebato y deja el fogón encendido con la mantequilla derritiéndose en la sartén.
Me niego a meterme en medio en una situación así. No me hace falta añadir «mediar en una disputa entre padres» a la lista de cosas pendientes para hoy.
Empujo con el hombro la puerta que da al garaje.
—Una anécdota genial, papá. Bueno, ¡me voy!
Tiro la mochila en el asiento trasero del coche, me pongo al volante y enciendo el motor. No me doy cuenta de que llueve hasta que se abre la puerta del garaje y salgo al camino de entrada. Y no llevo paraguas.
Es igual. Ni loca vuelvo a entrar en esa casa.
The Magic’s in the Music
«La magia está en la mú sica»
7:55 h
Canto con todas mis fuerzas al compás de Good Vibrations de los Beach Boys mientras giro a la izquierda al final de mi calle, luego tomo la primera a la derecha y entro en el camino que lleva a la casa de Owen. Aparco el coche. Estoy a punto de tocar el claxon cuando me fijo en que la puerta principal de la casa está abierta y mi amigo se acerca tan tranquilo. Parece que le importa un bledo empaparse hasta los huesos.
—Ostras. Llueve que te cagas, ¿no? —dice mientras abre la puerta. Se queda inmóvil cuando oye la canción que suena—. Ay, ay, ay. ¿Qué ha pasado?
Lo miro con ojos interrogantes.
Deja la mochila en el suelo y se monta en el asiento del copiloto.
—Solo pones los Beach Boys cuando pasa algo malo.
Me burlo de su comentario.
—No hace falta que mi vida sea un desastre para escuchar a los Beach Boys.
Cierra la portezuela.
—Sí que hace falta.
—¿Y si simplemente tengo ganas de escuchar algo que me recuerde a la playa y al verano?
Sin embargo, Owen me conoce demasiado bien. Es mi mejor amigo desde el verano de tercero a cuarto de primaria, cuando me convenció para que me tirase desde el mástil en el taller de cuerdas que hicimos en el Campamento Awahili.
—Los Beach Boys están en tu lista de reproducción «Remedios para animarme». Y mira tú por dónde, sé que la reservas para las emergencias.
Sacude la cabeza como si fuese un perro mojado y varias gotas de lluvia que tenía en el pelo oscuro y alborotado van a parar al salpicadero del coche. Cojo un paño que suelo llevar en la guantera y las seco. Luego me desplomo en el asiento.
—Vale. Tristan y yo nos hemos peleado.
Abre como platos los ojos verdes y baja la música.
—¿Él y tú?
—Ajá.
—¿Os habéis peleado?
—Ajá.
—O sea, ¿te refieres a que habéis discutido porque no os poníais de acuerdo en algo?
—¿Es que no entiendes lo que es pelearse o qué?
Owen suelta una risa baja que nace en su estómago.
—Owen —gimoteo—. ¿Qué te hace tanta gracia?
Deja de reírse.
—Nada. Es que pienso que ya era hora, leche.
—Ya basta —le ordeno—. Y deja de usar la palabra «leche», me pone nerviosa.
—¿Qué pasa? Es una palabra como cualquier otra.
—Sí, ya, pero si la dices pareces un abuelo... Se me ocurren muchos otros tacos mejores.
—Pues a mí me gusta. Es como un taco atemporal.
Arrugo la frente.
—Es igual. Oye, ¿y por qué has dicho que ya era hora?
—He dicho: «Ya era hora, leche».
—¡Owen!
Suspira.
—Bueno. Me refería a que nunca discutís. Por nada. —Levanta un dedo—. No, espera. Lo retiro antes de que conste en acta.
—Borrado queda —digo de forma automática.
Nos encanta hablar como si estuviéramos en una serie de abogados de la televisión.
—Tú nunca discutes por nada —puntualiza, para rectificar su declaración.
—No es verdad. A veces sí discuto.
—Vale, sí, a mí me llevas la contraria. Pero a él, nunca.
—Protesto.
—¿Por qué motivo?
—Eh... —Intento argumentar mi protesta, pero no se me ocurre ni un solo ejemplo que demuestre que se equivoca—. Bueno, pero es porque no quiero ser como todas las demás chicas con las que ha salido.
—¿Superficial y repulsiva?
Le doy un golpe en el brazo.
—¡Dramática!
—Tener una opinión propia no es ser dramática. Es ser, bueno, ya sabes, una persona. ¿Por qué os peleasteis?
Suelto un gruñido. No me apetece nada darle vueltas al tema, pero sé que Owen no me dejará en paz hasta que lo suelte.
—Por su móvil.
—¿Habéis discutido por culpa del móvil? —De pronto su cara se ilumina, cuando cree comprender por qué—. Espera, deja que lo adivine. Tiene un sistema operativo Android y tú tienes Apple. Es un problema de compatibilidad. Nunca os llevaréis bien. Lo mejor será que cortéis cuanto antes.
Le doy otro puñetazo.
—No, discutimos por lo que tenía en el móvil.
Owen eleva una ceja escandalizada.
—Vaya, ahora sí que parece interesante.
—No me refiero a eso, pervertido. Fotos en el Snapchat. De chicas. No paraban de mandárselas mientras intentábamos ver una peli.
Se encoge de hombros.
—¿Y?
—¡¿Cómo que «y»?!
—Es músico. Toca en una banda local medio famosilla —dice Owen.
Suelto el aire con mucho ruido.
—Sí, ya, eso es lo que dijo él. Bueno, menos lo de «medio famosilla». Y ya lo sé. ¿Vale? Ya lo sé. Era algo para lo que ya estaba mentalizada. Sabía que tendría que tragarme este tipo de cosas desde que empezamos a salir. Y por norma general, soy capaz de contenerme. Pero anoche, no sé, se me fue la pinza.
—¿La pinza para colgar fotos?
A Owen le hace una gracia increíble. A mí, ni pizca de gracia. Borra de inmediato la sonrisa de su cara.
—Lo siento. Era un buen chiste, pero en un mal momento. Lo retiro.
—Es igual —continúo—. El caso es que la bronca fue de las gordas. Le dije que no me gustaba que las chicas le hicieran tanto caso. Me acusó de ser una exagerada. Yo insistí e insistí, y al final le tiré un gnomo de jardín a la cabeza.
Owen se queda boquiabierto.
—¿Qué? ¿Qué dices que hiciste?
—No pesaba mucho —digo en mi defensa—. Era casi todo hueco. Y ni siquiera le di. No acerté. Acabó aterrizando en el camino pavimentado y se rompió.
—Vaya, no parece muy buen augurio para las pruebas de softball que tienes hoy.
Noto como me desinflo.
—Y ahora quiere que hablemos...
Owen aspira el aire a través de los dientes apretados. Ese sonido me saca de quicio.
—Estoy sentenciada, ¿verdad? —le pregunto—. Seguro que corta conmigo, ¿no?
Tarda un poco más de lo normal en contestar.
—No. —Luego, al ver la cara de incertidumbre que pongo, repite la palabra, pero con más convencimiento—. ¡No! Todo irá bien. Lo más probable es que quiera hablar contigo de... ya sabes... del tema del gnomo. A lo mejor te pide que le compres uno. Seguro que su madre se mosqueó al enterarse de que lo habías roto.
Su comentario me hace reír. Me siento mejor. De repente, me alegro de haberme sincerado con Owen.
Termina Good Vibrations, de los Beach Boys, y empieza a sonar Do You Believe in Magic, de los Lovin’ Spoonful. «¿Crees en la magia?», dice la canción. ¡Pues claro! Owen sube el volumen.
—¿En serio crees que todo irá bien? —le pregunto.
A pesar de que me encanta esta canción, mi voz se vuelve a quebrar por la inseguridad.
—¿Crees en la magia? —me plantea Owen a su vez, medio hablando, medio cantando la pregunta.
—Gracias, eso me da ánimos.
Se le ilumina la mirada.
—¡Ah! Por cierto... —Hurga en la mochila que tiene a los pies y saca dos galletas de la suerte envueltas en plástico—. Me había distraído tanto con las desgracias de tu vida que casi se me olvida nuestro ritual de los lunes por la mañana.
Owen trabaja los domingos de ayudante de camarero en el restaurante chino Tasty House para sacarse un dinerillo. Y la verdad es que no se le da mal. Creo que es su irresistible cara infantil y ese encanto travieso que saca a relucir cuando rellena los vasos de agua. Los clientes le dan propinas aparte solo para él. Desde que empezó a trabajar allí, siempre trae galletas de la suerte los lunes por la mañana.
—Elige tu sabrosa buena suerte —me anima.
Admito que ese gesto tan familiar le va de perlas a mis nervios desquiciados. Paso la mano por encima de las dos galletas, serpenteo con los dedos para darle más emoción y al final opto por la que tiene en la mano izquierda. Owen desenvuelve la otra y rompe la crujiente capa de galleta.
—«Si tus deseos no son exagerados —lee en voz alta el papelito que hay doblado dentro— te serán concedidos».
Suelta un bufido y arruga el mensaje. Lo tira en el asiento de atrás.
—Mis deseos siempre son exagerados. —Se mete los pedacitos de galleta en la boca y los engulle—. Te toca.
Desenvuelvo la mía y la parto por la mitad. En la pequeña tira de papel pone:
Hoy obtendrás todo lo que tu corazón desee de verdad.
Owen se inclina para leerlo por encima de mi hombro.
—Eh, suena prometedor.
Doblo el papelito y lo guardo en el compartimento lateral de la puerta. Después pongo en marcha el coche y nos incorporamos al tráfico.
—Pues espero que sea cierto —murmuro.
Sin embargo, Owen no me presta atención. Está muy ocupado cantando al ritmo de la canción (aunque desafina una barbaridad).
—I’ll tell you about the magic. It’ll free your soul. («Te hablaré de la magia. Liberará tu corazón»).
They Call Me Mellow
Yellow (Quite Rightly)
«Dicen que tengo un buen plátano;
y con razón»
8:24 h
Cinco minutos más tarde, llegamos al aparcamiento del instituto. Debo de haberme entretenido mucho perdiendo el tiempo en casa de Owen mientras me lamentaba de la discusión con Tristan, porque solo quedan cinco plazas libres y en la fila más alejada. No me acuerdo de que no llevo paraguas hasta que abro la puerta del coche y veo un gotarrón que me moja la chaqueta.
—¿No llevarás un paraguas por casualidad? —le pregunto a Owen.
Ya ha salido del coche y ha inclinado la cabeza hacia atrás para que le entre agua de lluvia en la boca.
—Creía que tú llevarías —dice sin mirarme.
Gruño.
—Pues no.
—Uf. Y ¿qué harás con la foto para el álbum de clase?
Me cago en... Se me había olvidado por completo. Para ser sincera, me preocupa mucho más ver a Tristan que tener que hacerme la dichosa foto. El aspecto de rata ahogada no es precisamente el que habría elegido para mi discurso de reconciliación...
¡El discurso!
¡Mierda! Hoy también tengo que pronunciar el discurso de candidatura. Desde luego, este día no se parece en nada a lo que esperaba que fuera. Pues vaya con las buenas vibraciones.
Agarr
