Más fuerte que el peligro (Vuelo y gloria 1)

Rebecca Yarros

Fragmento

cap-1

Capítulo uno

¿Quién demonios podía estar aporreando la puerta a las 7.05 de la mañana?

Sonaron tres golpecitos en la de mi dormitorio, ecos de los más fuertes en la entrada, abajo. Mamá se los iba a comer vivos por interrumpir su rutina matinal.

—¡Ya voy! —grité, y repasé la lista de reproducción del iPod antes de pulsar el botón de sincronizar.

La música hacía que correr fuera más soportable. Un poco más soportable. Correr era el horror, pero ya había calculado cuántos kilómetros tenía que hacer para compensar los dulces navideños que iba a devorar durante el resto de las vacaciones en casa. Afuera, el termómetro marcaba diez grados bajo cero, y las esculturas de hielo están ya muy vistas, así que Colorado en Navidad iba a ser terreno exclusivo de la cinta de correr. Viva.

Los rizos entre rubios y rojizos de Gus asomaron por la ranura de la puerta. Llevaba mis gafas de química de bachillerato sobre la frente. Le daban un aspecto de científico loco a su carita frustrada de crío de siete años.

—¿Qué pasa, peque? —pregunté.

—¿Puedes abrir la puerta, Ember? —me suplicó.

Bajé la música del ordenador.

—¿La puerta?

Asintió, con lo que casi se le cayeron las gafas. Apreté los labios para contener la sonrisa que siempre me salía cuando no quería echarme a reír.

—Tengo que ir a hockey, y mamá no quiere abrir la puerta, y me vienen a recoger —dijo.

Puse cara seria y consulté el reloj.

—Vale, Gus, pero es que son las siete, y no tienes hockey hasta después de comer. A mamá nunca se le olvidan los entrenamientos.

De alguien tenía que haber sacado yo mi personalidad tipo A.

Gus soltó un bufido exasperado.

—¿Y si llegan pronto, qué?

—¿Seis horas?

—¡Pues sí!

Me miró con los ojos muy abiertos, como para declararme la hermana más estúpida de la historia.

—Vale, peque.

Cedí, como siempre. Su manera de llorar el año anterior cuando me fui a la universidad le daba barra libre en mi alma para siempre. Gus era la única persona del mundo por la que no me importaba salirme de lo programado.

Eché un último vistazo al Skype antes de cerrar el portátil con la esperanza de que papá se hubiera conectado. Llevaba fuera tres meses, dos semanas y seis días. No es que llevara la cuenta, claro.

—Llamará hoy —le prometí a Gus, que se me había abrazado—. Ya verás como sí. Es una regla que tienen. Están obligados a llamar por el cumpleaños de sus hijos.

Me obligué a sonreír y apreté su cuerpecito flaco contra el mío. Me daba igual cumplir los veinte, solo quería que llamara. Abajo, llamaron de nuevo.

—¡Mamá! —grité—. ¡La puerta!

Cogí una goma para el pelo del escritorio y la sujeté entre los dientes mientras me recogía la larga melena en una coleta antes de salir a correr.

—Ya te lo he dicho —murmuró pegado a mí—. No va a abrir. Quiere que me pierda el hockey, y me dejarán el último para siempre. ¡No quiero que el entrenador Walker crea que soy un mierda!

—No digas «mierda». —Le di un beso en el pelo. Olía a su champú naranja con etiqueta de Spiderman y a rayos de sol—. Vamos a ver.

Alzó los brazos en señal de victoria y corrió por delante de mí para bajar por la escalera de atrás, la más cercana a mi cuarto. Cruzó la cocina patinando con los calcetines y yo cogí una botella de agua de la nevera al pasar. Volvieron a llamar a la puerta, y mamá siguió sin responder. Seguro que había salido con April a hacer algún recado, aunque las siete de la mañana no eran horas para mi hermana pequeña.

Atravesé el comedor al tiempo que desenroscaba el tapón de la botella y crucé la sala de estar para llegar al vestíbulo. Tras la puerta se distinguían dos sombras a punto de llamar de nuevo con los nudillos.

—¡Un momento! —exclamé, y salté sobre el destructor estelar imperial de Lego que Gus había dejado tirado en el suelo. Pisar una pieza de Lego es una clase de infierno que solo comprenden aquellos que tienen hermanos pequeños.

—No abras.

El susurro estrangulado de mamá me llegó desde la escalera principal, a tan solo un par de metros de la puerta.

—¿Mamá? —Llegué hasta los peldaños y la vi hecha un ovillo, meciéndose adelante y atrás, con los dedos enredados entre los mechones caoba oscuro, del mismo tono que mi pelo. Allí pasaba algo—. Mamá, ¿quién es?

—No, no, no, no, no —balbuceó sin levantar la cabeza de entre las rodillas.

Retrocedí un paso, arqueé las cejas y miré a Gus. Se encogió con cara de «ya te lo había dicho».

—¿Dónde está April? —le pregunté.

—Durmiendo.

Claro. A los diecisiete años, April no hacía más que dormir, salir a escondidas de casa y volver a dormir de nuevo.

—Ya.

Otros tres golpes sonaron en la puerta. Fueron rápidos, eficaces, y los acompañó una voz masculina que sonaba amable.

—¿Señora Howard? —La puerta distorsionaba el sonido, pero vi a través del panel central de cristal que se había inclinado hacia delante—. Por favor, señora.

Mamá alzó la cabeza y me miró a los ojos. Los suyos estaban vacíos, muertos, como si les hubieran robado la vida. Tenía la boca abierta, floja. Aquella no era mi madre perfecta nivel Stepford.

—Pero ¿qué pasa? —preguntó April con un bostezo enorme.

Iba en pijama, y se dejó caer sentada en el primer peldaño del piso superior. Tenía el pelo rojo alborotado, enredado.

Sacudí la cabeza y me volví hacia la puerta. Noté el pestillo caliente en la mano. En el colegio, de pequeños, nos enseñaban que durante un incendio nunca hay que abrir una puerta que esté caliente. «¿Por qué me ha venido eso a la mente?». Miré a mamá y tomé una decisión. Hice caso omiso de la mirada suplicante y abrí a cámara lenta.

Dos oficiales del Ejército con uniforme formal ocupaban el porche. Llevaban el gorro en las manos. El corazón me dio un vuelco. «No. No. No».

Las lágrimas me quemaron los ojos, me abrasaron la nariz incluso antes de que los hombres pudieran decir una palabra. La botella de agua se me resbaló de la mano, se abrió contra el umbral de la puerta y les salpico los zapatos lustrosos. El más joven de los dos soldados empezó a hablar y alcé un dedo, lo mandé callar antes de cerrar la puerta con cuidado.

Se me escapó el aliento en un sollozo quedo y apoyé la frente contra la madera cálida. Le había abierto la puerta a un incendio que iba a arrasar a mi familia. Respiré hondo como pude, sonreí y me volví hacia Gus.

—Eh, peque. —Acaricié su cabecita hermosa e inocente. No podía detener lo que se nos venía encima, pero le podía ahorrar esta parte—. Tengo el iPhone en la mesita de noche. —«En la habitación más alejada de la puerta principal»—. ¿Por qué no subes a mi cuarto y juegas un rato al Angry Birds? No es lo del hockey, son cosas de mayores, ¿vale? Puedes jugar hasta que suba a buscarte.

Se le iluminaron los ojos y me obligué a sonreír aún más. ¿Cuánto tiempo tendría que pasar hasta que volviera a tener aquella mirada?

—¡Genial! —gritó, y subió por la escalera. Pasó de largo junto a April—. ¿Has visto? ¡Ember sí me deja jugar con su teléfono! —se burló sin dejar de correr hacia mi cuarto.

—¿Qué pasa? —insistió April.

No le hice caso y me volví hacia mamá. Me arrodillé en el peldaño justo por debajo de ella, le acaricié el pelo y se lo eché hacia atrás.

—Hay que dejarlos entrar, mamá. Las tres estamos aquí.

Le dediqué una sonrisa distorsionada. Se me habían llenado los ojos de lágrimas.

No respondió. Tardé un minuto entero en darme cuenta de que no iba a responder. Sencillamente, no estaba allí. April bajó y se sentó junto a mamá. Abrí la puerta de nuevo y estuve a punto de derrumbarme ante la compasión que rebosaban los ojos del soldado joven. Fue el de más edad el que habló.

—¿June Howard?

Negué con la cabeza.

—Ember… December Howard. Mi madre… —Me atraganté, pero señalé hacia atrás—. Mi madre es June.

Me situé junto a ella y metí la mano entre los barrotes de la barandilla para ponérsela en la espalda.

Tal vez estaba herido. Herido, nada más. Cuando alguien estaba herido grave también iban a su casa. Eso, herido. A algo así podíamos hacerle frente.

Los soldados asintieron.

—Soy el capitán Vincent y este es el teniente Morgan. ¿Podemos pasar?

Asentí. Llevaba en el hombro la misma insignia que mi padre. Entraron y los zapatos mojados hicieron un ruido húmedo en el vestíbulo. Cerraron la puerta a su espalda.

—¿June Howard, esposa del teniente coronel Justin Howard? —preguntó.

Mi madre asintió con gesto débil, pero siguió con los ojos clavados en la alfombra mientras el capitán Vincent ponía fin a mi mundo.

—El secretario del Ejército me ha pedido que le exprese nuestro más profundo dolor por la muerte de su marido, Justin, caído en acción en Kandahar, Afganistán, a primera hora de esta mañana, diecinueve de diciembre. Ha perdido la vida por arma de fuego en un ataque Verde sobre Azul, enemigos infiltrados en el hospital, que todavía se encuentra bajo investigación. El secretario quiere transmitirles sus condolencias a usted y a su familia por esta trágica pérdida.

Me tuve que agarrar a la barandilla para no caerme. Cerré los ojos mientras las lágrimas me corrían por la cara. Conocía el reglamento. Era hija del Ejército, tenía veinte años, y sabía que tenían que notificarnos la noticia en un plazo máximo tras identificarlo. Horas. Hacía unas pocas horas había estado vivo. No conseguí respirar, no fui capaz de meter aire en los pulmones, en un mundo donde ya no estaba mi padre. No era posible. Todo se derrumbó bajo mis pies y un dolor como no había sentido jamás me estalló en cada célula del cuerpo, me salió como un sollozo que no pude contener. El grito de April rasgó el aire, me atravesó. Dios, cómo dolía aquello.

—¿Podemos hacer algo por usted, señora? —preguntó el teniente joven—. Asistencia a las Bajas no tardará en llegar, pero hasta entonces…

Bajas. Mi padre había caído. Muerto. Verde sobre Azul. Le había disparado alguien con uniforme afgano. Mi padre era médico, ¡médico! ¿Quién demonios mata a un médico? Tenía que ser un error. ¿Acaso mi padre llevaba armas?

—¿Señora?

¿Por qué no respondía mamá?

Siguió en silencio, con los ojos clavados en el dibujo de la alfombra que cubría las escaleras. Se negaba a responder.

Era incapaz de responder.

Algo se movió dentro de mí. El peso de la responsabilidad se me asentó en los hombros, aparté a un lado el dolor para permitirme respirar. Tenía que ser una adulta porque nadie más estaba en condiciones.

—Yo me encargaré de ella hasta que llegue Asistencia a las Bajas —conseguí decir con voz temblorosa por encima de los alaridos de April.

—¿Está segura? —preguntó el capitán Vincent, con la preocupación dibujada en la cara.

Asentí.

—Tenemos una carpeta, por si… —Me metí los nudillos en la boca y me los mordí con todas mis fuerzas para contener el grito que se me intentaba escapar. Reuní fuerzas, respiré hondo. ¿Por qué demonios me costaba tanto respirar?—. Por si sucedía… esto.

Mi padre era un firme defensor de que a las personas bien preparadas no les pasaba nada malo. Qué poco le habría gustado saber que se equivocaba.

El capitán asintió. Sacó un impreso y me pidió que confirmara que la información, anotada con la caligrafía de papá, era correcta. Nuestra dirección, nuestro número de teléfono. Nuestros nombres y fechas de nacimiento. El teniente se sobresaltó.

—Feliz cumpleaños, December —susurró.

El capitán Vincent le lanzó una mirada asesina.

—Lamentamos mucho su pérdida. Asistencia a las Bajas llegará antes de una hora y el equipo de atención está preparado, si les parece bien.

Asentí. Conocía el procedimiento y sabía lo que necesitaba mi madre.

La puerta se cerró tras ellos cuando salieron de las ruinas de nuestro mundo.

Durante una hora, mamá siguió sentada en la escalera mientras April sollozaba contra mi hombro. Aquello no era real. No podía ser real. No conseguía abrazarla con la suficiente fuerza para hacerla parar. Llegó el equipo de asistencia más o menos cuando el llanto de April empezó a sosegarse. Las hice pasar. Las tres mujeres del grupo de la unidad de papá entraron armadas con ojos compasivos y programas de comidas, y se encargaron de todas las tareas que aún estaban por hacer. Quitaron la mesa del desayuno, recogieron la colada, barrieron los cereales que a Gus se le habían caído antes en el suelo de la cocina. Yo sabía que estaban allí para ayudar, para hacerlo todo más fácil hasta que llegara la abuela…, pero no pude evitar la sensación de que nos habían invadido, de que se habían puesto al mando como si fuéramos incapaces de cuidarnos nosotras mismas.

¿A quién quería engañar? Mi madre seguía hecha un ovillo en la escalera. No podíamos cuidarnos nosotras mismas. Una mujer del equipo le llevó a Gus algo de comer y me aseguró que seguía absorto en el Angry Birds. Yo no podía decírselo. No era capaz.

El oficial de Asistencia a las Bajas llamó a la puerta una hora más tarde y yo abrí. April llevó a mamá al sofá y la ayudó a sentarse, la rodeó de cojines para mantenerla erguida. Los ojos de mi madre pasaron de la alfombra a la pantalla en negro del televisor. Se negó a mirar a nadie. Yo no sabía bien si estaba entendiendo lo que pasaba. Tampoco estaba segura de entenderlo yo, pero no podía permitirme el lujo de quedarme catatónica.

—Soy el capitán Adam Wilson —se presentó. Llevaba el uniforme azul, igual que los oficiales de la notificación, pero él parecía más cómodo en el papel que le había tocado. Lo mismo me habría pasado a mí. Casi llenaba el sofá de dos plazas situado frente a mi madre. Arrastró con delicadeza la mesita por la alfombra para ponérsela delante—. ¿Quiere que alguien tome notas? —Miró a mamá—. Para más tarde.

—Yo me encargo —dijo una mujer del equipo, ya con el bolígrafo y la libreta en la mano.

El capitán Wilson cogió los papeles que llevaba en el maletín de cuero y se colocó bien la corbata.

—Hay otro hijo, ¿es correcto? —Pasó los papeles hasta dar con un impreso—. August Howard.

—Gus. Está arriba —respondí. Me senté junto a mamá, en el sofá, más cerca del capitán Wilson. Agarré con fuerza la carpeta negra que había cogido del despacho de mamá. Estaba al fondo del todo, en el archivador, como mi padre me había explicado antes de marcharse—. Aún no se lo hemos dicho.

—¿Quiere que me encargue yo? —preguntó el capitán Wilson con delicadeza.

Lo sopesé unos momentos. Mamá no estaba en condiciones de hablarlo con él, y seguramente el capitán Wilson había recibido entrenamiento para dar aquella clase de noticias. Pero no podía permitirlo, no podía dejar que un desconocido trastocara el universo de mi hermanito.

—No. Yo me encargaré.

April empezó a llorar de nuevo, pero mamá siguió sentada, inmóvil, ausente. No estaba con nosotros.

—Quiero darle todo el tiempo que sea posible antes de que no haya más remedio. Su mundo aún es normal. No sabe que nada volverá a ser lo mismo. —Me tragué el sollozo—. Solo tiene siete años y todo lo que conoce acaba de terminarse, así que prefiero darle unos minutos más.

«Antes de destrozarlo». La cara se me congestionó y volvieron las lágrimas. Así iba a ser durante un tiempo, de modo que debía empezar a dominar la técnica de controlarlas.

El capitán Wilson carraspeó para aclararse la garganta y asintió.

—Lo comprendo.

Nos explicó cuál iba a ser su papel, que nos iba a guiar durante el proceso de la muerte de papá. Nos ayudaría con el papeleo, la ceremonia, las cosas que ni nos imaginábamos que se nos venían encima. En cierto modo, era nuestro controlador, el colchón entre nuestro dolor y el Ejército de Estados Unidos. Le estaba agradecida, y en la misma medida detestaba su mera existencia.

Iba a estar con nosotros hasta que le dijéramos que ya no lo necesitábamos.

Nada más terminar la explicación, empezó la andanada de preguntas. April se fue a su cuarto diciendo que tenía que tumbarse. No me cabía la menor duda de que todo iba a hacerse público en Facebook en cuestión de minutos. April nunca había sido de las que sufren en silencio.

Empezaron las preguntas y abrí la carpeta negra. La caligrafía de papá aparecía por todas las páginas del testamento, la póliza del seguro de vida y sus últimas voluntades, todo el papeleo organizado para este preciso momento. ¿Sabíamos dónde quería ser enterrado? ¿Qué ataúd prefería? ¿Queríamos que alguien se quedara con nosotros? ¿Era correcto el número de cuenta para la transferencia del seguro de vida? ¿Deseábamos volar a Dover para recibir sus restos mientras el Ejército lo preparaba para el entierro?

Dover. Era la versión de cruzar el río Estigia al estilo del Ejército.

Mamá permaneció en silencio, con los ojos clavados en la televisión apagada, mientras que yo buscaba las respuestas a las preguntas. No hubo pregunta que la sacara del estupor, y tampoco lo lograron los apretones en la mano ni llamarla por su nombre. Y yo la necesitaba a mi lado, con desesperación. Empezaba a ser dolorosamente obvio que me había quedado sola.

—¿Hay alguien a quien podamos llamar para que ayude a su madre a tomar estas decisiones?

Apretó los labios y lanzó una mirada discreta en dirección a ella. No sabía a cuántas viudas conmocionadas había visto a lo largo de su carrera, pero para mí era la primera.

La abuela vivía a un día de viaje. Era la madre de papá, así que sabía que el Ejército se lo había notificado, igual que a nosotros. No me cabía duda de que ya estaba en camino, pero, hasta que llegara, no había nadie más a quien recurrir. Los padres de mamá habían muerto. Nunca había estado muy unida a su hermano, y no vi motivo para traerlo a nuestra vida en aquel momento.

—Solo yo —respondí—. Yo me encargaré de tomar las decisiones hasta que ella pueda.

—¿Ember? —La vocecita de Gus me llegó desde la escalera—. ¿Qué pasa?

Le solté la mano a mi madre y se la volví a dejar sobre el regazo. Tampoco es que se diera cuenta de que se la había tenido cogida. Respiré hondo, más hondo que en toda mi vida, y luego fui a donde estaba mi hermanito. Me senté a su lado en la escalera y repetí lo que sabíamos, pero en términos de niño de siete años. No es que supiéramos gran cosa. Solo una de la que estábamos seguros.

—Papá no va a volver a casa, Gus.

Los ojos azules se le llenaron de lágrimas y le empezó a temblar el labio inferior.

—¿Lo han matado los malos?

—Sí, cariño.

Lo abracé y lo mecí como cuando era un bebé, el pequeño milagro de nuestros padres. Le aparté el pelo de la frente y le di un beso.

—Pero es tu cumpleaños.

Sus lágrimas cálidas me empaparon la camiseta de correr y se enfriaron mientras lo abrazaba con todas mis fuerzas. Habría dado lo que fuera con tal de borrar su dolor, por borrar lo que le había tenido que decir. Pero no podía interponerme entre papá y la bala.

Gus siguió llorando mientras el capitán Wilson, sentado, observaba con paciencia a mi madre y su falta de reacciones. Me pregunté cuánto tardarían en pronunciarse palabras como «medicación» o «psicólogo». Mi madre era la persona más fuerte del mundo, pero siempre se había alzado sobre los cimientos de mi padre.

Cuando los sollozos cesaron, le pregunté a Gus qué quería, si podía hacer algo para que se sintiera mejor.

—Quiero que tengas tarta y helado. —Alzó la cabeza, que tenía apoyada en mi pecho, y me apretó la mano—. Quiero que sea tu cumpleaños.

El pánico me invadió. Se me aceleró el corazón y se me llenaron los ojos de lágrimas. Algo cruel y terrible me desgarró las entrañas exigiendo que lo dejara salir, que reconociera su existencia, que sintiera su presencia. Esbocé algo más parecido a una mueca que a una sonrisa y asentí con entusiasmo al tiempo que tomaba entre mis manos la carita de Gus. Miré al capitán Wilson.

—¿Podemos descansar diez minutos?

El capitán asintió despacio, como si se diera cuenta de que la única persona estable en una casa de mujeres dolientes y niños estaba a punto de derrumbarse.

—¿Quiere que haga algo?

—¿Le importa llamar para ver cómo está mi abuela? Perdió a su marido en Vietnam…

Fue todo lo que pude decir, cada vez más cerca del grito inevitable que se me estaba acumulando dentro.

—Por supuesto.

Besé a Gus en la frente, cogí las llaves y salí por la puerta antes de que me faltaran las fuerzas para seguir allí. Me senté tras el volante de mi Volkswagen Jetta, el regalo de graduación de mis padres. Papá quería que tuviera un coche seguro para volver los fines de semana de la Universidad de Colorado, en Boulder. Lástima que él no estuviera igual de protegido en Afganistán.

Metí la llave en el encendido, arranqué y salí en marcha atrás demasiado deprisa por el camino. Bajé por la colina tomando las curvas sin la menor consideración hacia la seguridad, por primera vez desde que me había sacado el carnet. Justo delante de la tienda de comestibles, la luz del stop se puso en rojo y solo entonces me di cuenta de que estaba tan helada que sentía un cosquilleo en los dedos. Según el indicador del coche, en el exterior había menos ocho grados, y yo seguía vestida para correr en la cinta. No me había puesto el abrigo. Aparqué el Jetta y entré en la tienda, dando gracias por el entumecimiento que sentía en los brazos y en el corazón.

Fui hacia la panadería y me crucé de brazos. Tarta. Gus quería tarta, y tarta iba a tener. Chocolate. Vainilla. Fresa. Nata montada. Crema de mantequilla. Demasiado donde elegir. ¡Yo solo quería una puñetera tarta! ¿Para qué ponían tantas variedades? ¿A quién le importaban? Agarré la primera que vi, fui a la sección de helados con el piloto automático puesto y cogí una tarrina grande del que tenía pepitas de chocolate.

Ya estaba a medio camino de la caja cuando me di de bruces con una familia. La típica: padre, madre, niño, niña. Se estaban riendo mientras discutían sobre qué película alquilar para aquella noche, y ganó la niña, que pedía ¡Vaya Santa Claus! ¿Cómo podían tener un día tan normal, una conversación tan normal? ¿No sabían que el mundo se había terminado?

—¿Sabes que te escriben el nombre que quieras en la tarta?

La voz masculina me arrancó del hilo de mis pensamientos, alcé la vista y me encontré ante unos ojos castaños que me sonaban de algo, bajo una visera de la Universidad de Colorado muy usada. Lo conocía, pero no sabía de qué. Me resultaba de lo más familiar. Claro que me habría fijado en un tío tan bueno como aquel, pero en una universidad con cuarenta mil estudiantes siempre había alguno que te sonaba de algo, unos cuantos a los que conocías por el nombre, unos pocos de los que recordabas cómo os habíais conocido. Con aquella cara y aquel cuerpo, debería de acordarme del tío, aun en mi estado de conmoción.

Y allí estaba, esperando a que respondiera algo.

—Ah, sí, la tarta.

Tenía todas las ideas borrosas y traté de aferrarme con desesperación a lo que me quedaba de ellas. Asentí y mascullé un gracias al tiempo que volvía a la sección de pastelería. Por suerte, los pies me funcionaban solos.

La gruesa mujer que había tras el mostrador extendió la mano para coger la tarta cuando se la di.

—¿Puede poner «feliz cumpleaños»?

—Claro, guapa. ¿De quién es el día especial?

¿Día especial? Era un día infernal. Allí, de pie ante el mostrador de la tienda de comestibles, con una tarta que me importaba un rábano, supe a ciencia cierta que era el peor momento de mi vida. Tal vez debería de haberme reconfortado saberlo, tener esa seguridad de que las cosas solo podían ir a mejor. Pero ¿y si no era el peor? ¿Y si el mañana me estaba esperando a la vuelta de la esquina para echarme encima nuevas simas de dolor?

—¿Señorita? —Miré a la mujer de la pastelería—. ¿Qué nombre pongo en la tarta?

—December.

—¿December? ¿Diciembre? Sí, estamos en diciembre, pero ¿qué nombre pongo en la tarta?

La mezcla de pánico y pesar se me empezó a acumular por dentro y amenazó con cerrarme la garganta.

—Es mi nombre. Me llamo December.

La mujer se echó a reír.

—Pero, mujer, estas son las Tortugas Ninja Mutantes. ¡Es una tarta de niño!

Algo se me quebró por dentro. La presa saltó por los aires, el río se desbordó y todas las demás metáforas a la vez.

—¡No me importa de qué sea la tarta!

—Pero ¿no le gustaría más…?

Fue demasiado.

—No, no me gustaría más. ¿Sabe lo que me gustaría? Me gustaría volver a la cama y que no hubiera pasado nada de todo esto. No estar de pie en medio de una tienda, comprando una tarta cualquiera para que mi hermanito pueda hacer como que nuestro padre no ha muerto. Así que no, ¡no me importa si la tarta es de las Tortugas Ninja o de Barbie o del puñetero Bob Esponja!

A la mujer le empezaron a temblar los labios y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Feliz… cumpleaños…, December… —murmuró mientras movía la manga pastelera sobre la tarta verde y azul para escribir mi nombre.

Me la entregó con manos temblorosas, le hice un gesto de agradecimiento y la cogí.

Me di la vuelta y me encontré con el tío de la universidad, que estaba a punto de coger un paquete de magdalenas de arándanos, pero se había quedado paralizado, mirándome con los ojos muy abiertos por la conmoción.

Era comprensible. Yo también estaba sorprendida y alarmada por mi estallido, y horrorizada por haber saltado en medio de la tienda.

Las lágrimas me corrieron por la cara sin que me diera cuenta cuando esperé mi turno para la caja. La chica leyó el código de barras de la tarta y el helado.

—Son treinta y dos con diecinueve —me dijo.

Me llevé la mano al bolsillo trasero donde normalmente llevo la cartera, pero solo encontré la licra de los pantalones de correr.

—Mierda —susurré, y cerré los ojos, derrotada. Sin abrigo. Sin cartera. Bravo por la planificación.

—Déjame a mí.

El tío de los ojos castaños puso un billete de cincuenta en la cinta, ante la cajera. Ni me había dado cuenta de que estaba detrás de mí.

Me volví para mirarlo y me sorprendió lo alto que era. Yo le llegaba por las clavículas. Aquel movimiento repentino hizo que me tambalease, y él me sostuvo, agarrándome de los brazos con delicadeza.

—Gracias.

Me pasé el dorso de la mano por las mejillas para enjugarme las lágrimas lo mejor que pude y le tendí el cambio. Su cara me sonaba mucho… ¿De qué?

—¿Me necesitas? —preguntó con mucho tacto mientras la cajera le cobraba la botella de agua vitaminada.

—¿Qué?

No tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Él se sonrojó.

—¿Necesitas que te lleve esto? Parece que pesa —precisó, muy despacio, como si él tampoco se pudiera creer lo que estaba diciendo.

—Es una tarta.

Sin duda se llevaría el premio al tío más bueno que había visto en mi vida.

—Claro. —Cogió su bolsa y sacudió la cabeza como si tratara de despejarse—. Al menos deja que te lleve a casa.

Vaya día había elegido para entrarme.

—No te conozco, así que no me parece correcto.

Se le dibujó una sonrisa en la cara.

—Eres December Howard. Yo soy Josh Walker. Terminé tres años antes que tú.

Josh Walker. Joder. El instituto. Los recuerdos se me atropellaron, pero no podía tratarse del mismo Josh Walker. No, el del instituto había sido un motero tatuado y siempre rodeado de animadoras, no este tío bien afeitado, cien por cien americano.

—Josh Walker. Claro. Tenía una foto tuya pegada en la puerta de la taquilla, de cuando ganasteis el campeonato estatal. —Mierda. ¿De verdad lo había dicho en voz alta? Arqueó las cejas, sorprendido, y añadí mentalmente: «O puede que aún la tenga»—. Si no recuerdo mal, tenías la cabeza tan metida en el casco de hockey que no veías a nadie de los cursos inferiores. —Pero yo sí lo había visto a él, claro, igual que todas las chicas del colegio. Entrecerré los ojos para examinar aquel rostro de ángulos bien definidos, que los años habían vuelto más firme e increíblemente atractivo—. Y tenías el pelo más largo.

Su sonrisa arrolladora se abrió paso entre las nieblas de mi mente y me distrajo del dolor por un bendito momento. ¿Cómo podía tener los dientes tan perfectos un jugador de hockey?

—Así que sí me conoces. —Me tendió la tarta y la sonrisa se le borró para dar paso a una expresión de… ¿pena? ¿Compasión?—. Siento lo de tu padre, Ember. Por favor, deja que te lleve a casa. No estás en condiciones de conducir.

Negué con la cabeza y aparté la vista. Por un momento casi se me había olvidado. La culpa me invadió. Había dejado que una cara bonita me distrajera de… de todo, y todo volvió como una oleada que me arrasó por dentro. ¿Cómo podía siquiera pensar en él? Tenía novio, tenía un padre muerto, lo que no tenía era tiempo para aquello. Muerto. Cerré los ojos para cortarle el paso al dolor.

—¿Ember?

—Tengo que hacerlo. Tengo que saber si soy capaz.

Le di las gracias por pagar y salí de vuelta a la realidad.

Me senté en el cuero helado de mi coche y me quedé en silencio, aturdida, durante un momento. ¿Cómo era posible que algo tan sencillo como volver a ver a Josh Walker sanara un trocito de mi alma, cuando el resto estaba tan destrozado? El frío del asiento se me coló a través de la ropa deportiva y expulsó cualquier pensamiento cálido sobre el chico. En el asiento de al lado, la tarta se burló de mí con sus ridículas tortugas felices practicando artes marciales. A Gus le iba a gustar. Si es que algo podía gustarle. Dios, ¿qué iba a hacer sin papá? ¿Qué íbamos a hacer mi madre, mi hermana y yo? El pánico se me acumuló en el pecho, me llegó a la garganta antes de estallar en un grito que no parecía mío. ¿Cómo iba a cuidar de mamá sin papá? ¿Cómo iba a hacer nada si lo único que quería era acurrucarme y negarlo todo?

Perdí todo rastro de compostura y sollocé contra el volante durante cinco minutos exactos. Luego me incorporé, me sequé las lágrimas y dejé de llorar. No podía permitirme volver a llorar ni derrumbarme. Tenía que ocuparme de mi familia.

Capítulo dos

No fue mi primer funeral militar, pero cuando asistí al primero era una niña, y la muerte de alguien a quien mis padres habían conocido hacía tiempo no me llegó a afectar. El funeral de mi padre me hizo pedazos poco a poco con cada lágrima que me negué a derramar. Cada vez que alguien me abrazaba o me decía cuánto lo sentía se cerraba otra parte de mí, como si hubiera llegado al límite en el umbral de dolor.

Riley, mi exquisito y perfecto novio desde hacía tres años, dejó a su familia de vacaciones en Breckenridge para estar conmigo. Pero no sé si se puede decir que estuvo conmigo. Más bien había estado con su teléfono móvil desde hacía días, no a mi lado. Tampoco lo podía culpar. No era precisamente un placer estar conmigo. Desde que nos había llegado la notificación la semana anterior, la Navidad había pasado como un susurro, y el Año Nuevo se nos echaba encima, y mamá aún no había reaccionado a… a nada. Por suerte, llegó la abuela, toda acero del sur y pelo de plata, para ahuyentar a los lobos, y nadie había amenazado con medicar a mamá. Todavía.

La capilla de la base se llenó enseguida. Personas a las que reconocí e innumerables soldados que permanecieron de pie, siempre hablando en susurros. Pedimos que la ceremonia fuera también el memorial de la unidad. Creo que no habríamos soportado pasar por aquello dos veces. April se sentó rodeada de una pandilla de amigos que la reconfortaron mientras lloraba, y no pude evitar sentir una punzada de celos. Ella podía permitirse el lujo de derrumbarse, cosa que a mí me estaba negada.

—Ay, Ember. —Sam, mi mejor amiga del instituto, me abrazó en la parte de atrás de la capilla, donde estaba esperando a Gus. Me dejé caer un poco encima de ella como si quisiera que llevara parte del peso—. Vaya mierda.

Sam siempre sabía qué decir en cada ocasión.

—Me alegro de que hayas venido —dije con sinceridad por primera vez aquel día.

—¿Dónde está Riley? —Unas arrugas se le formaron en la perfecta piel café con leche de su frente cuando frunció el ceño.

Fingí una sonrisa.

—No sé, pero dijo que iba a venir.

Frunció aún más el ceño y noté un destello en sus ojos color avellana. Luego, suspiró.

—¿Y Kayla? Sigue siendo tu compañera de cuarto, ¿no?

—Está en Boston, con sus padres, pero en unos días tomará un avión para venir a Boulder.

Contuve el aliento, a la espera de alguna de las típicas réplicas mordaces de Sam. Kayla y Sam no se llevaban bien desde que Sam y yo nos distanciamos el año anterior. Yo me había ido a Boulder y empecé a compartir habitación con Kayla, mientras que Sam se quedó en Colorado Springs. La seguía queriendo mucho, pero era difícil mantener la amistad llevando vidas tan alejadas.

—Claro. —Empezó a sonar la música de órgano y Sam me apretó las manos—. Me tengo que sentar. Oye, Ember, estoy para lo que quieras.

—Ya lo sé.

Me sonrió sin ganas y fue a sentarse con su madre, que había sido buena amiga de mi padre. Es lo que hay cuando pasas varios años y dos destinos militares con otra persona.

—¿Ember?

Me di la vuelta. Era la señora Rose, cuyo marido había muerto en el mismo ataque que papá. Parecía muy compuesta, con un sencillo vestido negro y zapatos de tacón a juego. Llevaba el pelo bien peinado y el maquillaje, perfecto. Sus dos hijitos, Carson y Lewis, también iban inmaculados con sus trajecitos negros.

—Hola, señora Rose. Me alegro de que haya venido —respondí en nombre de mi familia—. ¿Cómo está?

Rozó con las manos los hombros de los chicos como para asegurarse de que seguían allí.

—Vamos tirando. ¿Y tu madre?

Me ruboricé.

—Lo está llevando mal.

La señora Rose asintió.

—Cada uno hace el duelo a su manera. —Sonrió a los niños—. Vamos a sentarnos.

Bajaron por el pasillo y una emoción negra se apoderó de mí, e hizo que me subiera la temperatura. ¿Cómo podía estar bien? ¿Cómo estaba tan perfecta y compuesta, cuando mi madre se había desmoronado? Era todo tan injusto… Quería que mi madre se sobrepusiera, igual que la señora Rose.

Mi móvil zumbó para indicar que había llegado un mensaje.

Riley: De camino. Llego tarde.

Ember: Hasta ahora.

Me volví a guardar el iPhone en el bolso justo cuando Gus salía del baño. El traje hacía que pareciera mayor, otro ladrón que le robaba la infancia. Se toqueteó la corbata, que se le había soltado en el baño. Gus solo tenía dos corbatas, y mi padre se las había dejado con el nudo hecho antes de partir. Los nudos subían y bajaban cuando se las ponía y quitaba por la cabeza para ir a la iglesia, pero tenía buen cuidado de no desatarlos. Las chicas de la casa no sabíamos hacer el nudo de la corbata. Nunca nos habíamos puesto a ello.

—Ha sido sin querer.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y eso provocó que también se me saltaran a mí. Me obligué a sonreír. Cada vez me resultaba más fácil.

—Tranquilo, peque.

Le sequé las lágrimas con delicadeza y me concentré en el problema de la corbata. Una oleada de dolor me arrasó por dentro. Aquello era misión de papá. Él tenía que enseñar a Gus a hacerse el nudo de la corbata, a conducir un coche, a ligar con una chica. ¿Cómo iba a crecer sin su ejemplo? Mi padre nunca me llevaría del brazo al altar, nunca cogería en brazos a mi primer hijo, ni al segundo, claro. Pero lo había tenido veinte años, me había dado tiempo a convertirme casi en una mujer adulta. Tenía a papá grabado en cada fibra de

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