Love me, love me. Libro 1 - Corazones Magnéticos

Stefania S.

Fragmento

1

1

June

—June, si te sigues comiendo las uñas, tus nuevos compañeros van a pensar que estás nerviosa.

Con el volante bien sujeto entre las manos, mi madre no paraba de escudriñarme con la mirada.

—Te voy a hacer un pequeño spoiler, mamá. ¿Estás lista? —Tomé aire—. Es que estoy nerviosa.

Apoyé la espalda contra el respaldo del asiento del pasajero como queriendo admitir mi derrota, pero ella no aceptó que dejase las armas. Siguió atormentándome con mil preguntas como si el primer día de clase no fuese ya de por sí lo bastante complicado.

—¿Estás segura de que has dormido bien esta noche, cariño? Quizá podrías ponerte un poco de corrector para ocultar las ojeras.

«Ostras, el corrector». Aunque tengo claro que si me hubiese maquillado para ir a clase me habría echado la bronca del siglo.

—Mamá, nunca te parece bien nada, j… —Las palabrotas están prohibidas en casa de los White-Lebowsky—. Jolines.

Dio un resoplido mientras que al otro lado de la ventana se sucedían los barrios residenciales de Laguna Beach. Todos me parecían iguales: filas ordenadas de casitas recién pintadas, tejados inclinados de tejas rojas y jardines cuidados hasta el último detalle.

Mi nueva vida parecía perfecta, pero no era más que una fachada. Un libro con una cubierta alegre que escondía una historia dramática.

«Escuela privada, casa de dos plantas y veinticinco grados durante todo el año». Eso fue lo que me dijo mi madre el día que decidió informarme de nuestra enésima mudanza. El año anterior vivíamos en Seattle y allí, como todo el mundo sabe, hace un tiempo horrible.

Había hecho lo posible para tratar de convencerme, sobre todo porque llevábamos poco más de cinco meses en esa oscura ciudad. No me había dado tiempo de instalarme lo suficiente como para hacer el cambio de guardarropa y ya teníamos que volver a irnos. Sabía que yo no habría aceptado fácilmente lo de cambiar dos veces de estado en el mismo año, así que me lo presentó como si fuera una gran oportunidad que nos había surgido.

—Si no sabes en qué clase te toca, pide ayuda. Te pido por favor que no te hagas la tímida con los desconocidos, porque no lo eres.

«¿Podría dejar de soltarme consejos no solicitados? ¿No tengo ya suficiente con cambiar de escuela y de compañeros por enésima vez?».

Le eché un vistazo y, durante unos instantes, me fascinó el moño bajo y desenfadado que le daba el típico aire de artista rebelde.

Mis padres se habían divorciado hacía tres años, y desde entonces no hacía más que preguntarme si no me habría convenido más quedarme en Virginia con mi padre. Él, al menos, no se habría pasado mi adolescencia arrastrándome de un sitio a otro. Con mi madre, sin embargo, había vivido en cuatro estados y asistido a tres escuelas diferentes. Ahora nos tocaba California. En unos meses, a saber.

Porque la reconocida artista April Lebowsky se había propuesto recorrer el mundo exponiendo sus estúpidas obras de arte. Aunque ella no quisiera admitirlo, su arte solo les gustaba a los viejos. No podía ser casualidad que en sus exposiciones jamás hubiese visto a nadie menor de sesenta años.

—Colócate bien el cuello de la blusa. ¿Y desde cuándo te sientas como un tío? Te estás arrugando la falda —me dijo en tono malhumorado.

—¿Desde cuándo los hombres y las mujeres se sientan de distinta forma?

Mi madre tenía poquísima paciencia, y a mí me encantaba provocarla.

—June, no empieces. Ya sabes a lo que me refiero.

Observó de reojo mis piernas mal cruzadas y eso intensificó mi nerviosismo matutino.

—No, mamá, no te entiendo. ¿Y sabes qué otra cosa no entiendo? El motivo de que no me hayas inscrito en una escuela pública, como siempre has hecho. Odio este maldito uniforme —le solté, apartándome de un soplido un mechón que me cubría la nariz.

—Es un uniforme normal y corriente, June. Y te sienta fenomenal.

—El problema es que es un uniforme, mamá. En su nombre se ve clara su función: uniformar.

Siempre había ido con sudadera y pantalón corto, así que no me agradaba la idea de que me obligasen a ponerme una blusa elegante. Aunque lo que peor llevaba era el hecho de que no hubiese una alternativa a aquella falda.

—Y, dejando de lado el tema de la blusa —continué—, ¿por qué no puedo llevar pantalón, igual que los chicos?

—Déjate de rollos. Ya te lo he dicho: con la última exposición he ganado bastante dinero. Así que vas a ir al Instituto St. Mary, el mejor centro educativo de Los Ángeles. Y punto. No hay más que hablar.

—Qué emoción. También puedo no estudiar… Con el pedazo de mensualidad que vas a pagar es como si me estuvieras comprando el título.

La cara de mi madre pareció perder su luz habitual.

—Cuando dices esas cosas te pareces a tu padre —murmuró masajeándose la frente con aire preocupado.

—Siempre que sigamos aquí hasta la graduación, ya que seguro que dentro de dos meses me haces volver a cambiar de instituto.

Sabía que esa mañana no estaba siendo especialmente comprensiva, pero, en mi defensa, he de dejar claro que tenía motivos de sobra: era mi enésimo comienzo. Había cambiado tanto de instituto que tenía clarísimo que cada uno tenía sus propias reglas. Y cada vez que conseguía conocer un nuevo centro lo suficiente como para saber qué personas y situaciones evitar, tenía que volver a empezar de cero.

—Una señorita no se roe las uñas hasta dejárselas así, June.

Sin poderlo evitar, mis ojos encapsularon todo mi hartazgo y se deslizaron hacia arriba hasta toparse con el techo del coche.

—Dime, según esa mentalidad tuya construida a base de estereotipos medievales, ¿una señorita no debería ser todo dulzura y comprensión? Porque tú vas bastante corta de esas dos cosas…

—June Madeline White.

Cuando mi madre dijo mi nombre completo supe que me había pasado de la raya.

Le solté un apresurado «hasta luego» y me bajé del coche.

Ella me respondió soltando algo que me resultó incomprensible y que ignoré. Cuando alcé la vista hacia la escuela, por poco me desmayo. Contemplé los muros de ladrillo rojo que componían aquel lujoso edificio de estilo victoriano. Sentí cómo me encogía ante aquella construcción tan majestuosa, que parecía hecha de encaje. El edificio se alzaba imponente ante un enorme patio delantero, y el frontal de piedra gris provocaba un elegante contraste de colores.

«¿Este es mi nuevo instituto?».

Me giré para observar la reacción de mi madre y vi que estaba asomada a la ventanilla del coche.

—¿No me habrás engañado para meterme en un convento?

—Vamos, entra de una vez —dijo haciéndome un gesto mientras ponía el coche en marcha—. Nos vemos a la salida.

Di unos pasos hacia la entrada sin mucho convencimiento. Me sentía como si fuese a cruzar un umbral del que no hubiera retorno.

Al traspasar la enorme cancela de hierro y bronce, mi atención se centró en la avalancha de clones que me rodeaba. Todos los estudiantes iban vestidos de la misma forma. Chaquetas a medida, blusas blancas y falda azul de tablas para las alumnas, pantalones oscuros y camisa color crema para los chicos.

«Bienvenida a la fiesta del conformismo, June».

Todos caminaban con la cabeza alta, impecables, con paso decidido. Parecían tan seguros de sí mismos que me pregunté si de verdad eran humanos. Las chicas parecían hechas en serie: movimientos elegantes, físicos sinuosos y rostros delicados enmarcados por melenas relucientes. Todas llevaban los ojos perfectamente maquillados y lucían unas narices minúsculas que destacaban en sus facciones sutiles y bien proporcionadas. Por su parte, los chicos eran muy diferentes de los que yo estaba acostumbrada a ver. Ninguno de ellos vestía amplias sudaderas de colores ni pantalones arrugados. Parecían estar en una pasarela de moda. En Seattle, al igual que en el resto de las escuelas a las que había asistido, la gente podía ir a clase incluso en pijama. Desde luego, a nadie se le habría ocurrido ir al instituto con un tacón de diez centímetros. Me daba la impresión de que todos estaban a punto de presentarse a un concurso de belleza, pero lo que más me desorientó fueron las miradas altaneras de algunos grupitos reunidos a los pies de una escalinata. Mi madre tenía razón, yo no era una chica tímida… pero eso no impedía que pudiese sentirme incómoda.

Apreté el paso con la esperanza de llegar sana y salva al portón que daba acceso a los pasillos, mientras un pensamiento se me materializaba en la cabeza: yo no tengo nada que ver con esta gente.

—Déjame adivinar: eres nueva y te has perdido.

La voz taciturna me pilló de improviso y me obligó a girarme.

Un chico alto y moreno me estaba hablando.

«¿Un chico alto y moreno me estaba hablando?».

—No me he perdido. Acabo de llegar —aclaré, casi molesta por su suposición.

—¿Primer día en el infierno? —me dijo con un tono que parecía ser irónico pero que no iba acompañado de una sonrisa. Sus labios apenas eran una línea sutil que le conferían una expresión impasible.

Me quedé embelesada al instante por el color esmeralda de sus ojos y por las espesas pestañas negras que los enmarcaban. Llevaba el pelo negro azabache echado hacia atrás, con un peinado formal.

Asentí, pero justo en ese momento me distraje porque vi cómo una figura muy esbelta simulaba trotar hacia nosotros.

—¿Qué sucede?

Otra melena negra como la noche me hizo desconcentrarme. Los mechones lisos y ordenados se alternaban con trencitas y oscilaban sobre unos lóbulos tachonados de pendientes. La mirada de la chica exhibía las mismas facciones felinas que el chico moreno.

—Es nueva —dijo él sin ninguna emoción, casi con desgana.

La chica sonrió y a continuación decidió presentarse.

—Soy Amelia Hood. El que te está molestando es mi hermano Brian.

Los observé a ambos y me di cuenta de que, además de compartir una belleza fuera de lo común, ambos poseían unos rasgos angulosos pero elegantes.

—No me estaba molestando. Soy June White, encantada.

Amelia me miró con curiosidad, como siempre me pasaba cada vez que pronunciaba mi nombre. La abuela March le puso April a mi madre, y esta pensó que lo mejor que podía hacer era continuar la tradición llamándome June.

La forma en que los dos me miraron me hizo sentir fuera de lugar. Puede que no estuvieran acostumbrados a una apariencia tan del montón como la mía: labios agrietados, pelo pajizo con las puntas abiertas, ojeras marcadas.

—Bueno… A pesar de todo, es mona —oí que murmuraba ella.

—Pues sí, mucho —dijo Brian mirándome con intensidad.

Fruncí el ceño bastante confundida. Aunque lo que me habían dicho parecía positivo, a mí me había transmitido una sensación desagradable.

Estaba a punto de marcharme y Amelia me agarró el antebrazo y se lo colocó bajo el suyo con una confianza que me pilló de sorpresa.

—¿Estás en primero, June? —me preguntó mientras los tres nos acercábamos a la puerta principal.

—No, estoy en el último año —me apresuré a responder, molesta por aquella suposición.

Tampoco es que pudiese culparla por ello, apenas le llegaba al hombro a aquella chica.

—Nosotros también. ¿Qué asignaturas tienes hoy?

—¿Sois gemelos? —le pregunté sin esconder mi curiosidad.

—Brian es un año mayor que yo, pero el año pasado metió la pata.

—Amelia —la regañó su hermano, lanzándole una mirada que hizo que la chica se quedase callada.

—Tengo Lengua a primera hora —dije para rebajar la tensión.

—Pues qué suerte. A mí me toca Ciencias, qué rollo —resopló Amelia.

Brian me observó con indiferencia.

—Yo también tengo Lengua. Si quieres, te enseño dónde está el aula —me propuso.

Estaba a punto de aceptar cuando me vi lanzando un grito ahogado porque Amelia me acababa de hincar la uña en el brazo. La miré a la cara, pero estaba demasiado obnubilada para prestarme atención. El resto del alumnado que pululaba por los pasillos parecía tan hipnotizado como ella misma: algo, o más bien alguien, acababa de atraer la atención de todos.

—Joder, ha vuelto —la oí murmurar desde detrás de la mano con la que se había cubierto la boca.

—¿Quién? ¿Quién ha vuelto? —quise saber, mientras estiraba el cuello para ver qué pasaba.

—Hunter —exhaló ella muy despacio. Pronunció aquel nombre con tanta solemnidad que sentí un escalofrío recorriéndome la columna vertebral.

—¿Quién es? —pregunté, sin saber si debía reírme o echarme a temblar.

—Nadie. Lo mejor es mantenerse lejos de James Hunter —me dijo Brian con los ojos reducidos a dos ranuras—. ¿Vamos a clase? —sugirió, tratando de llamar mi atención.

—Vale —respondí encogiéndome de hombros.

Pero mi respuesta no fue seguida de ningún movimiento. Me quedé en el pasillo escuchando los murmullos, que cada vez se habían más intensos.

—James Hunter ha vuelto —repetían todos como en una cantinela.

Entre todas aquellas voces distinguí los comentarios de algunas chicas.

—¿Ha estado yendo al gimnasio?

—¿Es cosa mía o está más follable que antes?

Sentí cómo se me encendían las mejillas.

—Parece que el reformatorio le ha sentado bien —comentó otra.

Harta de todo aquel tonteo, me decidí a seguir a Brian. No quería perderme por los pasillos en mi primer día de clase, así que me despedí de Amelia con un gesto y me dejé guiar por su hermano.

Navegamos a contracorriente por un pasillo lleno de estudiantes, pero en un momento dado me pudo la curiosidad y me giré.

Poniéndome de puntillas traté de localizar al objeto de tanta atención.

Al fondo del pasillo, un chico bajaba los escalones de una gran escalinata junto a un grupo de compañeros. Su figura imponente destacaba entre la multitud; tal vez porque él, a diferencia de los demás, no llevaba puesta la chaqueta del uniforme, o quizá porque la camisa le quedaba como hecha a medida y resaltaba la anchura y la fuerza de sus hombros. Llevaba la corbata desanudada y los dos lados le colgaban sobre el pecho, que parecía esculpido en piedra, y al mismo tiempo le daba cierto aire desaliñado. Pero lo que más me llamó la atención fue la seguridad que exhibía cuando empezó a recorrer el pasillo. Caminaba con la cabeza alta, como un león que acabara de reunirse con su manada. Me sorprendió comprobar cómo las chicas se quedaban hechizadas esperando a que él las bendijese con el azul de sus ojos. Ni que decir tiene que las ignoró a todas y que en ningún momento perdió la sonrisa que le curvaba los labios.

De repente pensé en que ya era casualidad que justo el día anterior hubiese visto un documental sobre pavos reales.

James Hunter se abrió paso entre la gente seguido de tres forzudos a los que no les dediqué ni un vistazo. Cuanto más se me acercaba, más percibía la fuerza de su magnetismo. Por fin pude observar los detalles de su rostro con detenimiento. Su pelo era una masa desordenada de mechones castaños con algunas hebras color ceniza. Se lo despeinaba constantemente acariciándoselo con una mano surcada de venas azuladas. Sus dedos cuajados de anillos atormentaban a aquellos mechones que le caían en cascada sobre la frente y que servían para enarcar un rostro afilado y bien proporcionado. Seguí la marcada línea de su mandíbula y me quedé atrapada en aquel par de jugosos labios suyos.

El chico observaba distraído las miradas de adoración de sus compañeros. Conforme se acercaba a mí, mis pulmones empezaron a quedarse sin aire. El corazón me empezó a latir de forma irregular. Estuve a punto de bajar la cabeza cuando su silueta pasó a mi lado, pero me quedé inmóvil y pude clavar los ojos en aquellos lagos de un cobalto cegador tan profundo como la noche. Nos miramos durante una fracción de segundo y un chute de adrenalina me recorrió la piel para después extenderse por mis venas.

James Hunter.

2

Brian

Yo era un lobo solitario, alguien que siempre iba a lo suyo. Pero me resultó imposible ignorar el brillo de sus ojos. Lo miraba todo con aire curioso y tenía el pelo largo y rubio. Sus preciosas mejillas rosadas se encendían cada vez que me la quedaba mirando.

Tras asistir a aquella entrada triunfal del idiota de James Hunter, por fin se decidió a seguirme. Entramos juntos en el aula de Lengua y June se detuvo un instante para observar a su alrededor. Lo que atrajo sus ojos del color del mar no fueron los amplios ventanales que iluminaban la estancia, sino los pupitres modulares y la sillas nuevas.

La vi bajar la cabeza como si se dispusiera a buscar defectos en las superficies inmaculadas de aquellos pupitres que el director renovaba cada curso.

—Es increíble, no hay ni un solo garabato.

«Puede que los pupitres estén limpios…, pero nosotros, no tanto».

—No te dejes engatusar, es todo de cara a la galería —dije antes de saludar con un gesto de cabeza a mis compañeros de fútbol americano.

Ignoré las intenciones de algunas compañeras que se apresuraron a lanzarme miradas de interés. Mi corazón estaba ocupado. Yo siempre había tenido únicamente ojos para Ari, mi chica.

Cuando la busqué con la mirada, me di cuenta de que su pupitre estaba vacío. Di por hecho que habría faltado, ya que Ari era siempre de las primeras en llegar a clase, especialmente cuando se trataba de esa asignatura. El profesor de Lengua era el amor platónico de todas las alumnas del instituto. Tendría cuarenta y tantos, guapo, dotado de una presencia física digna de alguien mucho más joven. Quizá era por los tatuajes o por sus rizos rebeldes, pero todas se morían por él. Incluidas Ari y mi hermana.

¿Estaba celoso de él? Un poco. Pero, después de todo, no era más que un profesor. Añadirlo a mi lista de preocupaciones habría sido la gota que colmase el vaso. Amelia y Ari eran las chicas más populares del instituto, y ahora que ese gamberro había vuelto del reformatorio, lo único que deseaba era que mantuviese las manos lejos de ambas.

June se escondió detrás de mí. Parecía que quería ponerse a salvo de las miradas indiscretas, pero en aquella escuela una cara nueva no podía pasar desapercibida.

—¡Pues aquí estamos! —le dije señalando un pupitre para dos que se encontraba en mitad de la clase.

A mi espalda oí varios «¿esa quién es?» mezclados con risitas femeninas. Alguien incluso dijo: «¿Seguro que no se ha equivocado de clase? Parece de primero».

Ignoré los murmullos y me senté. Ella se quedó de pie sin saber qué hacer. Casi todos los sitios a nuestro alrededor estaban ocupados.

—¿Por qué nos mira todo el mundo? —susurró tras acercarse a mí, despertando la atención de algunos chicos.

Su estatura, menor que la de Amelia, me recordaba a la de Ari, aunque sus físicos eran completamente distintos. No es que lo hiciese a propósito, pero no pude evitar intuir un cuerpo muy bonito embutido en aquel uniforme. Los muslos asomaban bajo la falda tableada y la blusa blanca resaltaba sus curvas generosas.

—Porque siempre estoy solo. —La vi titubear, así que la animé—. Si quieres, puedes sentarte aquí —le dije señalando el sitio que había a mi lado. Y a continuación les eché un vistazo a Stacy y a Bonnie, que nos estaban mirando con curiosidad.

En la escuela todo el mundo sabía lo mucho que me gustaba mantener las distancias. No me fiaba de nadie. No me gustaba nadie. Pero June parecía tener algo diferente a los demás.

—¿Tienes el libro? —le pregunté cuando la vi rebuscando entre sus cosas. Ninguno de aquellos volúmenes parecía ser el adecuado.

—Creo que no, ¡parece que he traído el libro de Física en lugar del de Lengua! —masculló malhumorada.

—Podemos compartir el mío.

Mi propuesta hizo que June enarcara una ceja, pero aceptó de buen grado. Acercó su silla a la mía, mientras nos observaban más de un par de ojos indiscretos.

Pero muy pronto la atención general se desvió hacia la puerta. Por el ruido de las voces que recorrieron el aula, di por hecho que James Hunter y sus amigos acababan de hacer su aparición.

June levantó ligeramente el mentón del libro, lo suficiente para fijar su atención en la figura de James Hunter.

Noté un latigazo de rabia que me atravesó los brazos y se concentró en mis manos. Apreté los puños. Me bastó cruzar una mirada con él para que la mandíbula se me cerrase a cal y canto.

A él no pareció importarle lo más mínimo. Me observó con arrogancia, desde lo alto, casi complacido por mi reacción. No tenía ni idea de dónde sacaba esa seguridad en sí mismo. ¿Su familia? Un desastre. ¿Su trayectoria académica? Mejor ni mencionarla. ¿Su futuro? Lo acababan de soltar de un reformatorio, así que ninguna universidad de prestigio lo acogería con los brazos abiertos.

Nuestras miradas se cruzaron con la rapidez del chasquido de un látigo. Estaba claro que entre nosotros no había precisamente buen rollo.

3

June

Cualquiera podía percibir la enemistad que había entre Brian Hood y James Hunter. Aparté la vista de este último y le di las gracias a Brian por haberse ofrecido a compartir el libro conmigo. James Hunter pasó por nuestro lado con la cabeza alta, pavoneándose ante la expresión enamorada de todas las chicas de la clase. La mata de pelo castaño que le caía sobre la frente no parecía molestarle; es más, se la despeinaba distraídamente con un gesto inconsciente del todo arrebatador.

El nerviosismo de Brian se había disparado desde que Hunter posó en él su turbia mirada. Hunter nos dejó atrás y se sentó a nuestra espalda.

Mientras seguía sentada en la silla, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Aún podía sentir sus ojos clavados en mí, percibía su mirada igual que una herida en la piel. Sabía que no debía hacerlo, pero la curiosidad me estaba consumiendo…, así que me giré. Y era cierto que James Hunter me estaba mirando fijamente. Sentí una sensación de vértigo en el estómago desde el momento en que me perdí en su mirada indomable.

—¿Todo bien? —me preguntó Brian en tono amistoso, lo que me obligó a girarme de nuevo hacia delante.

—Sí —respondí sin pensar.

Y entonces volví a imbuirme en mis pensamientos. Llevaba días protestándole a mi madre porque daba por hecho que lo de matricularme en una escuela privada había sido una idea horrible, pero ahora parecía que la elección no había sido tan mala: los profesores se lo tomaban con calma, nadie se metía conmigo, estaba sentada al lado de un chico guapo y…

—Sí, es una cosa muy típica del gilipollas de Brian Hood —exclamó una voz a mi espalda.

Había cantado victoria demasiado pronto.

—¿Qué coño tienes que decir ahora de mí, Jackson? Dímelo a la cara —le respondió Brian, ofendido.

Un sonido metálico me rechinó en el oído cuando Brian se levantó de la silla, justo antes de girarse hacia donde estaban los amigos de Hunter.

—Nadie, pero absolutamente nadie, tiene miedo de alguien como tú, Hood.

En ese momento también me giré yo. El chico que miraba a Brian con desprecio era alto, guapo, y llevaba el pelo rapado y oxigenado.

A su lado, James Hunter no le hacía el menor caso, pues estaba demasiado ocupado poniéndole ojitos a una rubita que no paraba de juguetear con las puntas de su melena.

—¿Quieres que repitamos, Hood? Solo tienes que pedírmelo.

Aquella frase me llamó la atención. Uno de los chicos se abalanzó contra Brian y, antes de que yo pudiera reaccionar, este también fue hacia él.

«Que estoy yo en medio, tíos. ¡A ver si relajamos un poquito las hormonas!».

—¡Venga, vamos! Quiero saber qué pueden hacer dos gilipollas como vosotros —le contestó Brian, que no mostró el menor temor.

El chaval rapado seguía riéndose a carcajadas, mientras que el otro mantenía los ojos entrecerrados y apretaba la mandíbula.

Pero no les dio tiempo a enfrentarse, ya que James Hunter se levantó, y al instante se hizo el silencio.

—Estoy hablando con Stacy. ¿Podéis dejar de montar un pollo cada diez minutos?

Su voz era tan grave y persuasiva que casi me vi obligada a ahogar un grito.

Les dirigió una mirada de fuego a sus amigos y, acto seguido, miró fijamente a Brian, que a su vez le sostuvo la mirada. Al final, contra todo pronóstico, me miró a mí. Sus iris se oscurecieron tanto y se volvieron tan profundos que tuve que apartar la vista.

—Y tú, Hood… ¿ahora te dedicas a follarte a niñas pequeñas? ¿No te da vergüenza?

Aquella barbaridad me hizo palidecer. ¿Acaso estaba hablando de mí ese criminal?

—¡Chicos, perdonad el retraso!

Un fuerte acento londinense me pilló desprevenida y me hizo distraerme de aquel terrible incidente.

El profesor entró en el aula y todos volvieron a sus sitios como si apenas unos segundos antes no hubiera estado a punto de estallar la Tercera Guerra Mundial.

—Buenos días, profesor Beckett —respondieron algunas chicas de las primeras filas.

Casi se me desencajó la mandíbula cuando puse los ojos sobre el profesor.

¿Pero en qué clase de escuela me había matriculado mi madre? ¿Cómo era posible que los estudiantes estuviésemos obligados a llevar uniformes antiquísimos, mientras que un profesor podía presentarse con camisa hawaiana? Bajo las mangas de la camisa verde limón se distinguían numerosos tatuajes que le cubrían unos bíceps marcados por muchas horas de gimnasio.

El entusiasmo me duró poco, ya que el profesor cogió un papel garabateado, se apoyó en un lateral de su mesa y me llamó.

—June White. —Todos se giraron para mirarme—. ¿June White?

Levanté tímidamente una mano para darme a conocer.

—Ah, ahí estás. Me gusta tu nombre —me dijo.

—Eh… gracias.

—¿Quieres contar algo sobre ti para que tus nuevos compañeros te puedan conocer mejor?

Mi expresión petrificada habló por mí misma. Estaba demasiado cortada como para hablar ante una clase llena de desconocidos.

—Bueno, pues yo…

Me callé cuando algunas chicas empezaron a reírse con muy poco disimulo. El profesor pareció percibir mi incomodidad y me invitó a sentarme de nuevo.

—No pasa nada, June. En otra ocasión nos cuentas.

Asentí y, por fin, empezó la clase.

El timbre sonó un par de horas después y yo ya empezaba a tener algo de hambre. Me disponía a unirme a la fila de estudiantes que se marchaba del aula, y entonces me di cuenta de a quién tenía justo a mi lado.

La sombra de James Hunter se cernió sobre mí mientras me miraba, sin importarle lo más mínimo que yo acabase de bajar la vista.

Era mucho más alto de lo que me había parecido desde lejos, y no pude evitar fijarme en que su camisa desprendía un intenso perfume que me dejó algo aturdida. Me quedé quieta, abrazando los libros contra el pecho, esperando que él pasara delante. No lo hizo.

—Después de ti, White. —Su voz me pilló desprevenida.

Avancé sin discutir y apreté el paso, intentando apartarme de él lo antes posible. No sé qué cara debió de poner, porque no me atreví a mirarlo.

—James, eres un gilipollas —lo reprendió una voz femenina mientras yo sentía cómo sus ojos me acariciaban el culo.

Mi cerebro no fue lo bastante rápido como para soltarle un insulto al tío aquel, y acto seguido, me encontré sola en el pasillo, rodeada de desconocidos.

Había demasiada gente y yo no tenía ni idea de adónde ir.

Rebusqué entre los documentos que llevaba en el libro de Física y, además de una tarjeta electrónica, encontré unos impresos que me habían entregado en la secretaría. En la parte superior estaba escrito el número de mi taquilla. Seguí el pasillo y me planté ante una portezuela metálica en la que se leía mi número. El seis. Pasé la tarjeta por el lector electrónico, pero la taquilla no se abrió. Le di la vuelta a la tarjeta, y aunque la lucecita se ponía en verde, la puerta parecía estar bloqueada. Introduje los dedos en el borde. Pero mis intentos de abrirla fueron inútiles. Nerviosa, di un golpe con la muñeca que provocó un crujido metálico. Un par de personas se me quedaron mirando, pero nadie se ofreció a ayudarme.

—¡Qué violenta! —comentó una voz.

Un estudiante me observaba con curiosidad. Tenía los ojos grises como una mañana de invierno y el pelo rubio enmarcaba su rostro angelical.

—¿Quieres que te eche un mano o prefieres seguir desfogándote? —me preguntó.

—¿Podrías ayudarme, por favor? —le pregunté señalando la taquilla que no quería abrirse.

—Todas tienen el mismo defecto. Hay que hacerlo así: agarras del tirador y, mientras lo atraes hacia ti, pasas la tarjeta. Prueba tú.

Tenía un tono sorprendentemente relajado, como si nada tuviese la habilidad de inquietarlo.

La taquilla se abrió como por arte de magia.

—Gracias, eh…

Esperé a que se presentase para eludir aquel momento embarazoso.

—William —me respondió él, y dio un paso en mi dirección.

—Muchas gracias, William.

—De nada, eh…

—June.

—Me gusta.

Lo dijo con naturalidad, como si estuviera acostumbrado a rescatar a pobres chicas en apuros durante su primer día de clase. Las delicadas facciones de su rostro me hipnotizaron durante unos instantes. Y a él pareció no importarle, ya que, con movimientos lentos y elegantes, dio un paso atrás y desapareció por el pasillo. Igual que había aparecido de la nada, se esfumó.

«Pues sí que es raro este instituto…».

Decidí no perder más tiempo, ya que mi estómago se empeñaba en rugir. Solo habían pasado dos horas desde el inicio de las clases, pero yo ya estaba hambrienta.

Caminé en busca de una máquina expendedora y, por fin, me topé con una larga cola de personas esperando ante uno de esos aparatos. Me puse en la fila, pero el ambiente se puso tenso en cuanto una figura se situó delante de todos.

—¡Ponte en la cola como el resto de los mortales! —gritó alguien.

—¡Ha llegado la reina de este infierno! —exclamó un chico con unas gafas de cristales muy gruesos.

La chica rubia, que llevaba un uniforme de animadora, entornó los ojos y les lanzó una mirada venenosa.

—Tú lo has dicho. Soy la reina, así que cierra la boca y espera tu turno.

Solo en ese instante me di cuenta de hasta qué punto mi pelo no era más que un amasijo de paja. Me pareció tener delante a una criatura de otro mundo. Era imposible que un ser humano tuviese unos rasgos tan agraciados. Su melena, tan lustrosa que parecía hecha de miel, era lo que más destacaba de ella. Con un gesto elegante, se apartó un mechón de pelo de la cara. Su expresión altiva se suavizó cuando oí una voz que me resultó familiar.

—¿Qué cojones pasa? —James Hunter se acercó a un palmo de la cara de aquel desgraciado que había osado llamarle la atención a la rubia. La víctima tembló ante los ojos de Hunter—. ¿Hay algún puto problema? —preguntó sin mostrar el menor interés en resultar educado.

—No —balbuceó el chico, aterrorizado.

El perfil de James era perfecto. Parecía pintado por un artista: unas delicadas pinceladas acentuaban la curva que su nariz describía hacia su frente, y un suave claroscuro resaltaba la turgencia de sus labios.

—Me alegro. Porque me había parecido oír lo contrario —comentó jugueteando con un cigarrillo apagado.

Mientras, la chica cogió el vasito de café que acababa de salir de la máquina. Y a continuación se puso de puntillas para estar a la altura de James. No sé si se dieron un beso, ya que aparté la mirada. Pero oí que la animadora le dijo:

—Pasa de él, Jamie.

James le echó un brazo por los hombros y los dos se marcharon de allí como si fueran los dueños de la escuela.

—¿Entonces ya has podido conocer a esos animales de Hunter y sus amigos?

Brian y Amelia se unieron a mí y yo no pude dejar de observar el paquete de galletas que ella llevaba en la mano.

—¿Por qué Hunter acabó en un reformatorio? —pregunté, tratando de esconder que me moría de hambre.

Amelia le echó un vistazo a su hermano y este se quedó callado.

—Digamos que los modales que hoy le has visto exhibir solo son la punta del iceberg —respondió, ofreciéndome el paquete de Oreo.

Me brillaron los ojos. Mi filosofía de vida era de lo más simple: quien comparte su comida contigo es digno de ser llamado amigo.

—Gracias, Amelia.

La galleta me tocó la punta de los dedos durante una fracción de segundo antes de que me la metiese en la boca.

—¿Y qué puede haber peor que lo que he visto hoy? —pregunté ingenuamente mientras nos acercábamos al patio exterior.

Amelia se masajeó el labio inferior con el dedo índice, como si quisiera asegurarse de que seguía teniéndolo bien pintado.

—¿Además de las amenazas a los profesores, el trapicheo, las peleas, las competiciones clandestinas, los episodios de vandalismo…?

—Veo que lo conoces muy bien…

Además de un gran apetito y de una curiosidad desbordante, también tenía el defecto de no saber mantener la boca cerrada. Hice aquella afirmación sin ninguna maldad, pero Brian me lanzó una mirada que no me resultó nada tranquilizadora.

Amelia, a su lado, parecía incómoda.

—No, bueno… Quería decir… Es que todo el mundo lo conoce.

Me asaltó una duda: ¿y si le gustaba aquel matón?

—June, fíate de mí: si quieres tener una vida tranquila en este instituto, aléjate de Hunter —la cortó Brian visiblemente molesto.

No dije nada, ya que estaba demasiado ocupada en ponerle ojitos al paquete de Oreo. Nos detuvimos ante una especie de jardín. Como no quedaban bancos libres, nos sentamos en el césped.

Amelia me ofreció otra galleta, compasiva ante mis insistentes vistazos al paquete. Cuando estaba a punto de hincarle el diente, vi al chico que me había ayudado con la taquilla.

«William».

Tenía la espalda apoyada en un árbol, y estaba inmerso en la lectura de un viejo clásico con la cubierta ajada.

—¿Quién es ese chico? —pregunté señalando hacia él.

Brian se acababa de poner los auriculares y se había aislado del mundo.

—William Cooper. Es uno de los mejores amigos de Hunter —me respondió Amelia ofreciéndome el paquete casi vacío. Estaba a punto de hacerme con la última galleta, pero su respuesta hizo que se me pasara el hambre.

—¿Estás de broma, no? —le solté.

—Son mejores amigos desde el colegio.

La mirada de Amelia se desplazó hacia un punto en concreto del patio. A poca distancia de William, James estaba sentado con su grupito de amigos y sostenía en brazos a una chica de pelo rizado. No entendía aquella escena. Lo acababa de ver en el pasillo con la chica rubia y, antes, en clase, estaba flirteando sin disimulo con otra compañera.

—¿Pero Hunter no está con la animadora?

—¿Te refieres a Taylor Heart? —Amelia pronunció el nombre sorprendida.

—La de la máquina expendedora. ¿No es su chica?

—¿Su chica? —Amelia se echó a reír—. Hunter cambia de chica cuatro veces al día.

Me encogí de hombros. Era justo como el documental que había visto la noche anterior. Clavado.

—Un pavo real se aparea con cuatro, cinco y hasta seis hembras.

Amelia se giró para tratar de descifrar mi expresión de desinterés.

—¿Cómo dices, June?

—Digo que no sé cómo un chico así puede tener tanto éxito. Es un maleducado.

—¿Maleducado? James Hunter es, sin duda, el rey de los gilipollas —dijo sin titubear, justo antes de endulzar la voz—. Pero, aun así… sabe lo que hace. —Vi cómo bajaba la mirada hasta las rodillas, y en mi cabeza se formó una película mental en la que ella y James eran protagonistas de un triste romance—. El año pasado hubo algo entre nosotros —admitió con un hilo de voz. Se volvió hacia Brian que, decidido a seguir absorto en su mundo, no nos prestaba la menor atención. Cuando se cercioró de que su hermano estaba de verdad concentrado en su música, continuó—. Pero las cosas acabaron mal. Fatal…

Vi cómo ahogaba un suspiro entre sus labios. Amelia dejó de hablar en aquel instante, así que solo pude murmurar un «lo siento».

No tenía ni idea de la historia de la que hablaba Amelia, pero si la teoría del pavo real era correcta…, dos más dos son cuatro, por lo que seguramente él se había portado mal con ella. Esa convicción se veía reforzada por el hecho de que Amelia seguía sufriendo todavía, mientras que él estaba al otro lado del patio con los dedos debajo de la falda de otra.

—Quizá fue mejor así. No te ofendas, pero parece un tío del que es preferible mantenerse alejada.

—Tienes toda la razón. Pero es que… —Amelia miró alrededor con aire circunspecto—. Cuando se trata de James, no es fácil resistirse.

—Bueno… —Solté una risita—. Por lo poco que he podido ver, es el típico tío que trato de evitar a toda costa.

—Sí, pero esa es solo una de sus caras. Cuando lo conoces mejor…

Quizá fui algo maleducada, pero, sorprendida por su falta de coherencia, la interrumpí con brusquedad.

—¿Pero no habías dicho que lo odiabas?

Amelia enderezó la espalda y tragó saliva.

—Sí, claro que lo odio. Solo sabe crear problemas, tanto a sí mismo como a todos los que lo rodean.

—Pues no hay más que hablar, ¿ves? Bastará con mantenernos alejadas de él. No quiero líos.

A Amelia no le convenció demasiado mi resolución.

—¿Piensas que basta con mantenerte alejada de él? —dijo en tono burlón.

—Pues claro —me encogí de hombros, convencidísima.

—Entonces es que aún no has entendido a quién tienes delante. Si él se encapricha de ti, te tendrá.

Parpadeé, incrédula. Podía echarme a reír en su cara o escandalizarme por un comentario tan feo. Pero no hice ninguna de las dos cosas. Con la palma de la mano me protegí los ojos de la fuerza del sol de la mañana y decidí mirar hacia otro lado.

4

June

—June White, dame tu número. Salgamos esta noche.

Me quedé de piedra cuando Amelia, después de las clases, me hizo aquella propuesta.

Hasta entonces había saltado de instituto en instituto sin hacer amistades. Y, sin embargo, desde que estaba en Los Ángeles, en un solo día ya había conocido a dos personas. ¿Era una buena noticia? Aún no podía estar del todo segura, pero Amelia me había invitado al skatepark aquella misma tarde. Iríamos con Brian y con un amigo de ambos.

—Me lo pienso y te digo —respondí a regañadientes, y entonces volví a casa.

No es que no me apeteciese la idea de verlos… La realidad era mucho más embarazosa: no tenía ni idea de qué ponerme. Nunca salía de noche, a menos que fuese para sacar la basura.

«Una vida apasionante, ¿eh?».

Repasé todas las perchas que llenaban mi armario buscando alguna cosa bonita.

Vaqueros, vaqueros y más vaqueros.

«Vale, me habéis convencido, me pondré unos vaqueros».

Cuando abrí los cajones, la cosa fue aún peor. Por si no tenía ya bastantes problemas, allí solo encontré camisetas de manga corta. Y aunque no entendía el porqué de mi sorpresa, sí era cierto que siempre que rebuscaba en mis cajones esperaba que saliera algo fantástico de allí dentro, como por arte de magia.

A decir verdad, hacía tiempo que no le daba uso a mi ropa de verano. En Seattle, las sudaderas y los cortavientos eran mi ropa de diario. Pero en California hacía demasiado calor, así que había llegado el momento de cambiar de estilo. Siempre que se pudiera llamar «estilo» a ir por ahí con una camiseta oversize y unos vaqueros.

Elegí una camiseta blanca y unos pantalones holgados.

Me eché un vistazo rápido en el espejo, lo justo para cepillarme un poco el pelo y asegurarme de que no llevaba las cejas demasiado despeinadas.

Bajé al salón a por las zapatillas.

—June, siéntate … —El inicio del discurso de mi madre no auguraba nada bueno. Estaba sentada en el sofá y, en cuanto me vio, me miró con aire circunspecto—. A mi nueva colección de cuadros le está yendo mucho mejor de lo que pensaba. Hay un galerista que quiere ver mis originales…

No está bien reconocerlo, pero cada vez que mi madre empezaba a hablar de arte en general o de sus garabatos en particular, a mí se me desconectaba por completo el cerebro.

—… Y me ha invitado a cenar.

Sin embargo, al oír aquella frase alcé las orejas como una liebre.

—¿Estás de broma? —Volví a cerrar el zapatero y me quedé mirándola con los brazos cruzados.

—¿Qué parte de lo que te he dicho no has entendido? Podría ayudarme a exponer algunas obras. Hablamos del Hammer Museum. Si alguien estuviese interesado en comprarme algo sería un acuerdo de mucho dinero, June. Y después de todo lo que hemos pasado tú y yo…

—Ve al grano —la apremié, harta de todos aquellos circunloquios.

—Tendríamos dinero para más de un año.

—¿Y por qué me lo dices?

—Porque quiero que vengas conmigo a esa cena.

—Ni de broma, mamá —dije soltando un bufido—. Paso de hacerte de aguantavelas durante una cita.

La vi extender la mano hacia la carpeta que había dejado sobre la mesita de cristal.

—June, tómatelo en serio, por favor. Se trata de una cena importante y quiero que estés allí. Si consigo vender toda la colección, seguramente no tendremos que volver a mudarnos en bastante tiempo…

«¿Es un truco? ¿La mujer que me trajo al mundo me está tendiendo una trampa?».

La miré con desconfianza, y entonces me asaltó una idea inesperada.

—¿Eso significa que podría graduarme aquí?

—Claro.

No dejó de rebuscar en la carpeta donde solía guardar los bocetos de sus dibujos, pero algo hizo que volviera a mirarme.

—June, ¿qué haces así vestida a estas horas? ¿Adónde vas?

«¿Ahora te das cuenta?».

—Al skatepark, con unos amigos.

Mi respuesta pareció dejarla sin palabras.

—Perdona, ¿qué? —preguntó entrecerrando los ojos. Si hubiese tenido la mano libre, seguramente se habría tapado la boca con la palma de la sorpresa.

«Sí, June ha hecho amigos en su primer día de clase. Extraño, ¿eh?».

—¿No es un sitio peligroso? —preguntó con el ceño fruncido.

—Mamá, ya no estamos en los años noventa. No te preocupes —le respondí caminando hacia el fondo del pasillo y alargando la mano para girar el pomo de la puerta principal.

—Cariño, la chaqueta.

Hice como que cogía la chaqueta vaquera, pero salí de casa con las manos vacías, llevando únicamente el móvil en el bolsillo.

—¡A las once en casa! —oí que me gritaba.

—Vaqueros y camiseta blanca; simple pero infalible.

No me esperaba aquel comentario por parte de Brian. Sin embargo, cuando me senté en el asiento de atrás, al lado de Amelia, él me seguía mirando por el espejo retrovisor.

Brian era el clásico chaval con un físico atlético que habría hecho perder la cabeza a cualquiera. En cuanto a su carácter, parecía introvertido, pero bastante seguro de sí mismo.

—¿Eso ha sido un cumplido? —pregunté mientras mis ojos le acariciaban la espalda y los brazos que apoyaba en el volante. Unos tatuajes en los que antes no me había fijado surcaban sus bronceados bíceps.

—Él es Blaze, mi mejor amigo —dijo señalando al chico que estaba en el asiento del pasajero.

Bajo un gorro de lana color gris oscuro, un chico con aspecto amable me sonreía. Tenía la piel clara como el marfil y sus ojos oscuros tenían un aire oriental.

—Encantada, soy June.

El chico no se rio de lo poco habitual que era mi nombre, así que me cayó simpático al instante.

Amelia resoplaba con impaciencia. Se inclinó hacia delante y sujetó con ambas manos el cuello de su hermano, que seguía sin arrancar el motor.

—¿Nos vamos o no nos vamos?

Llegamos al skatepark sobre las nueve, y muy pronto me di cuenta de que aquello estaba lleno de niños y de familias.

El sol acababa de ocultarse y una ligera brisa me acariciaba los brazos desnudos. Me froté los antebrazos con las palmas de las manos tratando de entrar en calor.

—¿Tienes frío? —preguntó Blaze.

—¡Qué va! —contesté algo avergonzada, sin poder apartar la vista del jersey azul que él llevaba en las manos.

Él me sonrió y se puso la prenda delante de mis narices.

Ah, vale. Estupendo.

En ese momento sí que eché de menos Seattle. Aquella ciudad, al menos, no te escondía el frío que podía llegar a hacer; no era tan traicionera como para dejarte salir de casa con veinticuatro grados y después tenderte una emboscada en cuanto se ponía el sol.

—¿Cómo te ha ido el primer día de clase? —preguntó Blaze con cierto aire de inseguridad. Su voz sonaba como una melodía delicada, tímida, siempre amable. Me di cuenta de que no paraba de juguetear con los puños del jersey, lo cual dejaba claro que se sentía algo incómodo.

—Mejor de lo esperado —le contesté mientras entrábamos en el recinto.

—Teniendo en cuenta que has conocido a estos dos… —dijo señalando a Amelia y a Brian, que caminaban a nuestro lado—, intuyo que tenías unas expectativas bajísimas…

Amelia le dio un empujón tan fuerte que casi lo hace caerse al suelo.

—Blaze, siempre igual. Dale gracias a Dios de que estamos nosotros dos para hacerte de chófer. Si no fuera por nosotros, ahora estarías en el sofá viendo una serie coreana de esas que tanto le gustan a tu madre.

Blaze se sonrojó y bajó la mirada.

—Siento mucho que mi madre sea coreana y que mi padre prefiera darme en adopción antes que prestarme el coche…

—Muy bien, ahora hazte la víctima. Puede que con June te funcione, pero con nosotros ya no te sirve.

Un extraño olor de humo fragante se abrió paso directo hasta mi nariz.

—¿Sabes cómo nacieron los skatepark, June? —Negué con la cabeza y Blaze inició su explicación—. En California hubo una importantísima sequía a principios de los años setenta. Todas las piscinas se quedaron vacías y empezaron a ser usadas para patinar o para deslizarse con los skates.

—Uy, Blaze le está tirando los trastos —le dijo Amelia al oído a su hermano, provocándome cierta incomodidad.

—June, no voy a insistir más, pero… si tienes frío, te puedes poner mi jersey.

Blaze me miró a los ojos y yo empecé a tartamudear.

—Qué va. Para nada…

Las rampas de skate se curvaban adoptando formas caprichosas. Había pistas para los niveles de iniciación y para los más avanzados. La mayoría de los chicos se concentraban en la zona donde había más desniveles. Allí todos trataban de poner en práctica sus trucos y de comprobar su evolución.

Cuando llegamos a los alrededores de una cafetería, Brian se alejó de nosotros para encontrarse con un grupo de chicos vestidos con ropa deportiva.

—¿Quiénes son? —le pregunté a Amelia mientras Brian se inclinaba sobre una chica bajita con una larga melena castaña. Se dieron un beso tan íntimo en los labios que tuve que apartar la mirada.

—Son los compañeros del equipo de fútbol americano de Brian. Pasado mañana tienen un partido.

Se me escapó una tos involuntaria por culpa del olor dulzón que nos rodeaba. Si volvía a casa apestando a aquello, mi madre no me dejaría volver a salir a menos que llevase escolta.

Amelia sacó una manta de cuadros de su bolso y se la pasó a Blaze, que la ayudó a extenderla sobre la hierba. Estuvimos charlando unos diez minutos, y entonces Brian volvió con un extraño aire enigmático.

—¿Hoy también te quedas a dos velas? —le preguntó su hermana en tono burlón, mientras intercambiaba un gesto de saludo con aquella chica.

—Y dale… Para una vez que parece que de verdad está enamorado, no lo atormentes —le replicó Blaze sonriendo.

Me acerqué a Amelia para hacerle un hueco a Brian, que no tardó ni un segundo en ponerse a mirar a su chica con ojos soñadores.

—Nunca he conocido a nadie como ella.

Pero Amelia parecía empeñada en arruinar el ambiente romántico.

—Mi mejor amiga y mi hermano, menudo cliché.

—Ya te he dicho que Ari y yo estábamos predestinados.

—Mi hermano está atontado, June. Perdónalo. Cree en esa chorrada de las almas gemelas —soltó en tono cínico.

—¿Tú crees en eso, Blaze? —pregunté, intrigada por saber su punto de vista.

—No lo sé… Lo que sí tengo claro, a diferencia de Amelia, es que el amor verdadero solo se encuentra una vez en la vida.

«Alucinante». Había caído en un grupo donde los chicos creían en el amor y era una chica quien afrontaba el tema con escepticismo.

—¿Y tú qué opinas, June? —pregunto Brian, pillándome por sorpresa.

«Si supiera que mi duda existencial más profunda es si prefiero la pizza o la lasaña…».

—Hum, no lo sé. Mis padres están divorciados. Mi padre se ha vuelto a casar y ha tenido dos hijos. Así que eso de que el amor solo se encuentra una vez en la vida… lo veo poco creíble.

Mis palabras dejaron un poco frío a Brian, que se puso a mirar al infinito.

—Siento lo de tus padres. Pero… piénsalo, a lo mejor no estaban destinados a estar juntos —apuntó Blaze, tratando de convencerme.

—Sí… Por suerte, mi madre no ha conocido a nadie desde entonces.

—Pues menos mal. ¡Los viejos de su generación son gente rarísima! Seguro que tendrías que acabar tapándote los oídos todas las noches… —dijo Amelia en tono jocoso.

Me sorprendí a mí misma sonriendo mientras mi mirada deambulaba por el parque. En medio de aquella atmósfera oscura, iluminada solo por las luces de las farolas, me pareció distinguir una nube blancuzca. Se disipó poco a poco hasta convertirse en una cazadora deportiva que enmarcaba la espalda de un chico alto y rubio. Parecía ser Jackson, el chico con piercings que había insultado a Brian en clase. Pero no estaba solo. En su grupo se distinguía una cabeza dorada, la de la animadora de la máquina expendedora, y otra con el pelo rizado.

Y, obviamente, tampoco podía faltar él. James.

Estaba de pie con la espalda apoyada en el tronco de un árbol y miraba hacia el cielo. Entrecerraba los ojos con una mueca de fastidio, como si el sol le diese en la cara, a pesar de que ya había oscurecido. Llevaba una camiseta de tirantes que le quedaba larga y dejaba a la vista sus brazos musculosos y bronceados. Fumaba con aire distraído mientras una chica le hablaba.

—Veamos, ¿qué opina June White?

A Blaze no se le habían escapado mis miradas indiscretas, ni tampoco el objeto de mi interés.

—¿Qué? ¿De quién? —pregunté fingiendo que no le había entendido.

Me di cuenta muy pronto de lo fácil que era caer en la trampa de sus movimientos. James no paraba de toquetearse el pelo y de juguetear con los mechones ligeramente ondulados que le caían sobre las sienes. No había reparado en nuestra presencia, pero a mí me resultaba verdaderamente difícil quitarle los ojos de encima.

—¿Qué opinas de James Hunter? Quiero oír la opinión de una persona que aún no lo conoce —dijo Blaze mientras Brian resoplaba de manera exagerada.

—¿Por qué? —pregunté.

—La opinión que tengas de él nos puede decir mucho de quién eres —respondió Brian.

Blaze entrecerró sus ojos negros hasta que se convirtieron en dos rendijas.

—June, estos dos solo quieren saber si eres como las demás chicas del instituto —me aclaró Amelia.

Volví a mirar a James. Estaba claro que era guapísimo, ¿qué otra cosa iba a decir? ¿Querían que dijese que me parecía escandalosamente atractivo y que asegurar que era guapísimo sería quedarse corta?

Estaba claro que ni Brian ni Blaze tenían los pómulos tan marcados ni el pelo tan revuelto. Con solo mirarlo me daban ganas de acariciar aquellos bucles. Agité la cabeza para que desapareciera aquel pensamiento.

Su mirada era afilada, casi cruel… Y no parecía una buena compañía.

—Pues…

Vacilé y Brian se impacientó.

—¿Y bien?

—No tiene ningún efecto sobre mí. Es guapo, ¿y…? Ni que eso fuera lo único en la vida…

—Respuesta correcta —afirmó Blaze—. Ya estás admitida oficialmente en nuestro grupo.

Justo en ese momento, Brian y Amelia iniciaron una discusión.

—¡Ya sabes que no soporto que fumes! —la regañó él.

—¡Déjame en paz! ¡Solo voy a fumarme uno! —le replicó poniendo los ojos en blanco. Tras lo cual se levantó del suelo y me hizo un gesto con la mano para que la siguiera—. Ven, June, vamos a dar una vuelta.

Tardé un instante en moverme. Amelia y yo no teníamos tanta confianza. Pero en cuanto se giró y me fulminó con la mirada, me puse en pie.

—Brian y tú estáis muy unidos —le comenté mientras se alejaba de allí a paso ligero.

—Sí, pero a veces se comporta como un padre —respondió llevándose a los labios el filtro del cigarrillo.

—Eso es porque se preocupa por ti.

—Es porque es muy posesivo —dijo Amelia negando con la cabeza.

—¿Por eso odia tanto a Hunter? ¿Porque estuvisteis juntos?

Vi que se detenía en mitad de la pista, a pocos pasos de unos chicos más pequeños que nosotros que aún se caían de su skate. Inspiró el humo con lentitud, sin darme una respuesta.

—¿Quieres? —me preguntó ofreciéndome el cigarrillo.

—No fumo. Gracias.

—Verás, June… La historia con James es un poco más complicada de lo que…

Nos sobresaltamos a la vez cuando, a nuestra espalda, Blaze nos pilló por sorpresa.

—¿De qué habláis?

—¿Te ha pedido mi hermano que vengas a vigilarme? —le preguntó Amelia.

—No, solo es por curiosidad —respondió el chico moreno, con su habitual tono amable.

—Entre la familia de James y la mía hay cierta enemistad. —Amelia guardó silencio, pero esta vez no fue por culpa de Blaze—. Oh, no… —susurró mirando al frente.

Seguí la trayectoria de su mirada y reconocí al instante el motivo de su inquietud.

—¡Pero mira qué tres!

Me encontré de frente con James. Estaba envuelto en una nube de humo blanco. Parecía inofensivo, pero algo en su rostro me decía que no era así.

—La hermana de Hood —gruñó.

Amelia levantó el mentón en actitud desafiante.

—… El hijo del director…

Blaze, sin embargo, se mordió el labio inferior.

Entonces sus iris tenebrosos se posaron en mí y sus labios pronunciaron mi nombre.

—… Y June White.

Pronunció aquella lista insidiosa con cierto deje de desprecio. James hizo una mueca contrariada, como si le hubiese dado asco pronunciar nuestros nombres. Se llevó el cigarrillo a los labios y, tras inspirar un poco de humo, me lo echó a la cara y me hizo toser.

—¿A Blancanieves le molesta el humo?

—No es el humo, eres tú quien me molesta —respondí enfadada.

Había ido a clase con gente de todo tipo, muchos de los cuales provenían de barrios poco recomendables y con mala fama. Y siempre me había ocupado de mis asuntos, siempre me había sabido defender cuando me había tocado. No sería el matón de la corbata desanudada el primero que me amedrentara.

—Quítate de en medio, Hunter.

Levantó una ceja y se le endurecieron las facciones.

El modo en que me miró me hizo sentir entre la espada y la pared.

—¿Qué cojones has dicho?

—¿Por qué has tenido que venir a molestarnos, Hunter? —dijo Blaze, pero James ni siquiera se molestó en mirarlo. Parecía haber elegido la víctima de aquella noche: yo.

—Creo que no eres consciente de con quién estás hablando, niñata.

Me quedé de piedra.

«Eres fuerte, June. Puedes hacerle frente».

—¿Tan aburridos son tus amigos que tienes que entretenerte molestando a la gente de a pie? —le respondí.

Pero mi atrevimiento no le sentó nada bien. La camiseta se le desplazó cuando extendió un brazo hacia mí y con el puño apretado me agarró de la tela que me cubría la cadera. No me hizo daño, pero me callé al instante.

—No permito que ninguna niñata me hable en ese tono.

—¡Eh! ¡Suéltala ahora mismo!

Oí la voz de Blaze, pero fue Brian quien acudió en mi ayuda. En cuanto se acercó, James Hunter soltó la presa.

—Mira quién ha venido a darme órdenes…

Algunos se rieron, pero la tensión escaló repentinamente cuando Brian se le acercó a un palmo de la cara.

—Pégame, Hood —lo retó James, con la mandíbula apretada y el mentón alzado.

No tenía miedo de Brian. De hecho, parecía no tener miedo de nadie. Es más, se notaba que le satisfacía haber provocado aquella reacción.

Vi cómo Brian apretaba los puños y cómo se le hinchaban las venas del cuello. Se moría por saltarle encima.

—En el reformatorio he echado de menos tu cara de idiota, Hood.

La expresión airada de James se había transformado de forma repentina. Ahora exhibía una sonrisa sarcástica y maligna, levemente satisfecha.

—Bueno, la verdad es que lo que echaba de menos era follarme a tu hermana.

La provocación hizo que todo estallara por los aires y Brian reaccionó.

—¡Brian!

Amelia intuyó el movimiento de su hermano: un puñetazo directo a la nariz de James.

—Ya estamos otra vez … —dijo Blaze sacudiendo la cabeza.

A James se le llenó la cara de sangre, pero ni siquiera eso lo frenó. Vi cómo escupía en el suelo y agarraba a Brian por el cuello de la camiseta.

Blaze y algunos amigos de James se interpusieron entre ambos al instante, haciendo que el caos fuese aún mayor.

Yo traté de apartarme, pero justo entonces reconocí a William, el chico de la taquilla. Él también intentó separarlos y, en un momento dado, sus ojos se cruzaron con los míos.

—Hola —vocalizó en mitad de aquel desastre.

—Hola —le susurré a mi vez.

Me quedé petrificada mientras los chicos a mi alrededor empezaban a pegarse.

William parecía ajeno a todo aquello. Seguía sonriéndome.

Por fin, Blaze consiguió sacar de allí a Brian mientras los amigos de James trataban de alcanzarlo de nuevo. Lo vi limpiarse la sangre de la cara con el dorso de la mano, y a continuación nos fulminó con la mirada a William y a mí.

—Vamos, Will. Hood y sus amigos me la sudan bastante —gruñó James.

—Perdona —dijo William, algo avergonzado, tras aclararse la garganta.

Esas fueron las últimas palabras que me dirigió antes de alejarse con su grupo.

Cuando nos encaminamos hacia el coche, Brian era un verdadero manojo de nervios y Amelia parecía totalmente conmocionada.

Me pregunté si aquel matón le seguía gustando, aunque la respuesta me pareció obvia.

—¿Pero cómo os podéis odiar tanto? —pregunté con la esperanza de que Brian, a diferencia de su hermana, sí que me respondiera.

—James Hunter lo hace a propósito, es un provocador. Parece que le gusta que le peguen puñetazos en la cara, el muy gilipollas.

Blaze se me acercó y me susurró al oído:

—Mejor así, porque las veces que James le ha puesto la mano encima a Brian, la cosa no ha acabado nada bien…

Brian abrió la portezuela del Jeep y, antes de que yo subiese, me observó con frialdad.

—¿Y esa mirada, June? —me preguntó en tono beligerante.

—¿A qué te refieres? —pregunté, sin comprender.

—A la mirada acaramelada que le has echado a William Cooper. ¿Lo conoces?

—No. Bueno… me echó un cable.

—Es igual que los demás. Que no te engañe —zanjó antes de que yo me deslizase hasta el asiento de atrás.

Estaba claro que el humor de Brian estaba condicionado por la refriega que acababa de tener lugar, pero tenía razón en algo: si no quería meterme en problemas en aquel instituto iba a tener que andarme con mucho cuidado.

5

June

—¡Ay! —exclamé cuando el café caliente entró en contacto con mi lengua.

«Maldito Starbucks».

—Intenta no mancharte —me recordó mi madre. Me llevaba de camino a mi segundo día de clase.

Y un instante después dio un frenazo delante de la puerta principal.

—Mamá, ¿lo haces a propósito?

Tuve que usar todas mis habilidades para mantener en equilibrio el vaso de cartón. Milagrosamente, lo conseguí.

Me despedí, salí del coche y me recompuse la falda. Le dediqué una sonrisa a mi madre y me dirigí hacia la entrada.

—¿Crees que coincidiremos en alguna clase? —La suave voz de Blaze me llegó a los oídos como una melodía.

—Buenos días, Blaze.

—Si te hubiese prestado el jersey, ahora tendría una excusa mejor para poder hablarte —murmuró con timidez, caminando a mi lado.

Le lancé una mirada distraída mientras cruzábamos la puerta principal.

Blaze no tenía el físico escultural de Brian ni del resto de jugadores de fútbol, pero era un chico guapo.

—Pero no lo hiciste —le respondí con una sonrisa.

—¡Por culpa de Brian! —exclamó dándole una palmada en la espalda a su amigo, al que acabábamos de encontrarnos justo al tomar uno de los pasillos.

Brian y Amelia siempre estaban perfectos, incluso a primera hora de la mañana. Ni rastro de ojeras, ni un pelo fuera de su sitio, ni una arruga en su ropa.

Brian parecía haber enterrado el hacha de guerra y se comportaba como si no hubiese pasado nada.

Aquel día, todos teníamos asignaturas distintas a primera hora, así que me dirigí hacia mi taquilla mirando con desconfianza el vaso que sujetaba entre mis dedos. Intenté darle un sorbo, pero me quemé los labios. Todavía quemaba. Cuando llegué a la taquilla, me quedé mirando la que había junto a la mía. Fue inevitable acordarme de William.

Saqué el libro de Matemáticas y me lo coloqué bajo el brazo, cerré la taquilla y me di la vuelta.

«Oh, no».

El vaso salió volando de mis manos y se abrió en el aire, lanzando café caliente por todas partes.

—¡Me cago en la puta! ¿Pero qué cojones…?

«Que alguien me diga que esto es una pesadilla y que estoy a punto de despertarme».

Temerosa, levanté la vista, y me topé con un par de ojos encendidos.

Cuando me di cuenta de que me acababa de topar con James Hunter y de que le había derramado café caliente encima, me eché a temblar.

—¡Perdona! ¡Perdona! —me apresuré a exclamar, con la esperanza de que entendiera a la primera que había sido sin querer.

Inclinó la cabeza para observar el estropicio. Tenía café por todas partes: en la camisa del uniforme y, sobre todo, en los pantalones.

—Niñata de los cojones, lo has hecho a posta, ¿verdad?

Tenía la voz ronca propia de quien acaba de despertarse.

—¿Cómo? ¡No! Me he dado la vuelta y tú estabas detrás de mí.

—¿Yo, detrás de ti? ¿Y qué coño iba a hacer yo detrás de una niñata como tú?

Sus palabras tenían un deje maligno, y yo sentí que las mejillas me ardían.

—No… Quería decir que…

—¿Querías decir que es culpa mía que esas manitas de idiota no te sirvan ni para sujetar un café?

—Vale, haz el favor de calmarte —susurré apartándome un poco.

—A mí no me des órdenes.

Vi cómo se repasaba las manchas de la camisa y de la entrepierna. Y no pude evitar que se me escapara una risita maliciosa. «Se lo merece».

—¿Te estás riendo de mí, White? —El tono siniestro de su voz me hizo estremecer.

Una exclamación se extendió por el pasillo cuando James me agarró por las caderas y me empujó contra la taquilla.

—¿Se te han pasado ya las ganas de reírte, Blancanieves? —gruñó sujetándome con fuerza.

El grito ahogado que dejaron escapar mis labios bastó para que me soltase. Durante un instante bajó la vista para observar que la camiseta se me había subido un poco, y aproveché para darle un empujón, pero ni siquiera se inmutó. Al contacto de mis manos, su pecho parecía hecho de cemento.

—Ya que tienes tantas ganas de tocarme, ahora vas a venir conmigo.

Abrí mucho los ojos.

—Ni lo pienses, James.

—¿«James»? —dijo enarcando una ceja—. ¿Quién coño te crees que eres? Para ti soy solo Hunter. —Me agarró del brazo sin la menor delicadeza—. Vamos, mueve el culo.

—No sé a lo que estás acostumbrado, pero que sepas que no me iría contigo ni por un millón de dólares —le dije, recogiéndome un mechón de pelo detrás de la oreja.

Los rasgos de su cara se transformaron, y James pasó de fulminarme con la mirada a mirarme con una sonrisa de suficiencia.

—¿«Un millón de dólares»? —dijo soltando una risotada infantil. Me fijé en que se le formaban dos hoyuelos que le conferían un aire extrañamente inocente—. Yo no les pago a las tías que me follo. ¿Acabas de reconocer que eres una puta, Blancanieves?

—Te he dicho que no me…

James dejó de escucharme y me arrastró por el pasillo.

—¡Suéltame! —le grité con todas mis fuerzas.

Siguió adelante sin que le importase lo más mínimo. Solo hizo una breve parada en su taquilla, y con la mano que le quedaba libre cogió algunas prendas de ropa deportiva.

—Grita todo lo que quieras, pero te vienes conmigo.

Toda mi breve vida pasó por delante de los ojos. ¿De verdad iba a morir sin haberle podido confesar a mi madre que había sido yo la que se había comido todo el paquete de Kinder Bueno?

—¿Dónde…? ¡No! ¡No! —grité horrorizada cuando vi adónde me estaba llevando aquel abusón: al baño de los chicos.

—¡Pues sí! —me respondió, mofándose de mí y cerrando la puerta del baño a nuestra espalda.

—Hunter, ¿pero qué…?

Las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta cuando lo vi desabotonarse la camisa. Me miraba con ojos impasibles, y de pronto empecé a sentirme extraña. Nunca en toda mi vida había visto a un chico desnudo, y tenía clarísimo que no quería que el primero fuera el matón del instituto. Me puse de espaldas.

—¿Es que Blancanieves es demasiado puritana para ver un par de abdominales, o acaso tiene miedo de enamorarse a primera vista?

—Ni aunque fueses el último tío sobre la faz de la Tierra, Hunter.

Era mucho más gilipollas de lo que me habían dicho. Y también mucho más provocador. Me habría bastado con dar media vuelta y marcharme de allí, pero el deseo de responderle como se merecía prevaleció sobre mi buen criterio.

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