Capítulo 1
un novio (tóxico)
Es horrible tener un ex novio tóxico y peor que lo sea de verdad, es decir, que su espantosa presencia desate el ébola, la peste negra y una posible pandemia; es el colmo en una relación que comenzó regular y terminó fatal. Jamás imaginé que mi ex novio me buscara y, además, convertido en una especie de jinete del Apocalipsis.
—Susy… qué bueno que viniste… ¡Ayúdame! —suplicó cuando llegué a donde me había citado.
Al principio me costó reconocer su voz, estaba en la penumbra. Algo dentro de mí se revolvió. Tuve arcadas.
—Soy yo… no te haré daño, no te preocupes —aseguró lloroso y supe que era él.
Entonces la silueta comenzó a moverse un poco hacia la luz.
—Nino… ¿Qué haces aquí? ¿Qué te pasó? —murmuré con un goteo de voz.
—No sé… pero estoy mal, muy mal… —la sombra levantó la cabeza y la visión fue escalofriante—. Susy, tienes que ayudarme.
—¿Te quemaste? Dios, ¡tu cara! —se me salió un grito.
Era impresionante ver a mi ex novio así, sobre todo a él. Porque hasta hacía una semana, era el chico más guapo que había visto en carne y hueso, en mis casi dieciséis años de vida.
Su nombre era Giannino o Nino Puccini Lara (el primer apellido se pronuncia Puchini, advertía). Y era más guapo de lo necesario. En lo personal, si te gustan los bonitos, recomiendo un novio con 62% a 66% de guapura, máximo. En la calle te lo revisan, te dedican miradita de envidia o felicitación: “Bravo, amiga”; pero con más de 67% de índice de belleza, mejor huye. Hay peligro latente de machisismo (mezcla de machito y narcisismo), envidia malsana, celos patológicos, ráfagas de inseguridad. No, qué flojera, hay muchos posibles problemas. En su mejor momento, Nino Puccini lucía un índice de guapura de 96%: ligeramente moreno, parecía bronceado siempre, ojos verdes, rasgos tallados por Miguel Ángel, una sorprendente mezcla mexico-italiana, como la pizza de cochinita, sabrosa pero eventualmente tóxica.
Fuimos novios de la manera más aleatoria. En clase de laboratorio de química siempre hago equipo con la Rana Peluda o Nere, mi mejor amiga. Pero ese día estaba en su casa fulminada por la influenza y Puccini llegó tarde, cuando todos estaban emparejados menos yo. Fue sencillo, el maestro Bunsen nos miró (se llama Edmundo, aunque le decimos el Bunsen porque se prende tan fácil como un mechero) y mandó a mi lado al espécimen masculino con belleza 96%, emparejados para la práctica de química. En fin, como serie juvenil refrita en su propio jugo de romance instalove.
—Te llamas Susy, ¿no? —me preguntó Nino mientras acomodaba sus cosas en la mesa.
—Susana Farfán —respondí, haciéndome la casual.
Llevábamos unos meses estudiando juntos, era la primera vez que Nino me dirigía la palabra, salvo: “Con permiso” en el pasillo, o: “¿Te puedes hacer a un lado?, gracias”, si estorbaba en las canchas de básquet.
—Ya, claro que sé tu nombre —aseguró Puccini—. Pero oí que te dicen ¿Susy Farth?
—Fang —aclaré al momento y mostré un dije de plata que llevo colgando del cuello.
—Claro, colmillo en inglés —reconoció mi compañero de mesa—. Va bien con tu estilo y con ese cabello púrpura —señaló mis mechas—. Se te ve genial.
Ya sé, el coqueteo más trillado, pero tuve que contenerme para no lanzar una risita de hiena loca. ¡Maldita oxitocina que se activa ante los cumplidos! Además, no dijo violeta sino púrpura, eso le daba puntos a favor.
—Guarden sus cuadernos —pidió de pronto el Bunsen—. Toca evaluación práctica sorpresa. Deben hacer tres procesos químicos y explicarlos frente a la clase.
Gruñidos y reclamos estallaron. Lo bueno es que el laboratorio está en los sótanos del colegio, pocos oyeron nuestros llantos.
—Qué suerte, me tocó con la más lista del salón —dijo Nino y lanzó su famosa puchiniplus, esa sonrisita desarmadora que va acompañada del rápido despeje del flequillo de la frente.
—No soy la más lista, ese es Jaciel Durán —señalé al ñoño oficial del grupo, don Excelencia Académica miraba a todos por encima de su pedestal de promedio de 9.97.
—Pues siempre te veo con un libro —aseguró Nino—. Solo los muy listos leen tanto.
Me di un golpecito en el estómago para mantener quietas a las ridículas mariposas. Pero sí me sorprendió. Además de saberse mi nombre, ¿Nino conocía mi afición por la lectura? Creía que para casi todos era una etérea sombra gótica que se deslizaba en el fondo del Instituto Burgoa.
En fin, que hicimos la práctica. Bueno, la hice yo. Comprobé mi teoría de que mucha gente bonita deja el cerebro en piloto automático, lo intelectual les es totalmente intramuscular. Nino no conocía el vaso de precipitado, ni para qué servían los reactivos, pero aun así quedamos en segundo lugar, detrás del perfecto Durán, pero Puccini estaba feliz. Destacaba en todo, menos en la vida académica.
—Oye, deberíamos ir a tomar algo en la tarde, ¿puedes? —me dijo cuando lavábamos el equipo. Entonces miró de reojo el libro de pasta negra y roja que sobresalía de mi mochila con el sugestivo título de Hermana Tenebra—. Y a ver si me cuentas qué estás leyendo… se ve súper interesante.
¿Una cita? ¿Interesado en mi lectura? Pum, ahora dopamina a tope, empecé a salivar. Me odié, eso de andar babeando por un chico es tan vintage.
Pero acepté.
Si el maestro Bunsen hubiera visto esa reacción, habríamos ganado el primer lugar de la prueba, oxidantes y nitrógenos, dos mundos incompatibles conectaban: Puccini, la superestrella del Instituto Burgoa, y Susy Fang, la chica rara que leía todo el tiempo, la de la ropa oscura, juntos, en enlace covalente.

—Estás loca —me dijo Nere cuando le hablé por teléfono para contarle cada detalle del encuentro químico—. ¡No puedes salir con Puccini! ¿Sabes con cuántas ha estado? —hizo una pausa para sonarse la nariz, ahogada por la influenza—. Cada semana anda con una nueva, se cita hasta con las de tercer año. No sale con las maestras del Burgoa solo porque casi todas tienen credencial del Inapam.
—Bueno, si Nino tiene un sistema rotatorio, por probabilidad me iba a tocar un día. Seguro luego va tu turno. Al final de la prepa todas tendremos un pedacito de Puccini en nuestros recuerdos.
—Ni me metas en eso —mi amiga estaba tan noqueada por el virus que no apreció mi jocoso comentario—. Además, Nino es insoportable. No sé qué le ven.
—Nere, ¿cuándo revisaste la graduación de tus vitrales? —la pobre lleva unos lentes bonitos pero enormes—. Tan solo mirarlo es una experiencia estética, recreativa y cultural. Además, no vamos al registro civil para unir nuestras vidas, solo a tomar un helado y al cine. ¿Crees que le guste el terror clásico? En el cineclub de la biblio del parque pasarán Alucarda. Un poco de satanismo retro no estaría mal para una primera cita, ¿no?
—Solo a ti y a los intuensos les gustan esas películas —gruñó Nere.
—Dijo que mi libro parecía interesante —recordé—. Y era Hermana Tenebra, la tetralogía de las monjas francesas que también son mujeres lobas.
—¡No le interesó tu libro! —Nere lanzó un estornudo, una tos, o una mezcla de ambas—. Puccini jamás va a sostener una novela en las manos por voluntad propia. Lo dijo porque sabe manipular, maneja la mente como los que venden tiempos compartidos. ¿Y qué va a decir Omán? ¿Eh? —y un chispazo iluminó la neblina de su enfermedad—. Lo haces también por eso, ¿verdad? No, no caigas, Susy, es tan de telenovela antigua.
Omán fue mi casinovio. Pálida presencia nerviosa, atractivo de 41%, aunque inteligencia de 84%, lo que me resulta mucho más interesante. Cuando entré al Instituto Burgoa, como el bicho raro que soy, rápidamente busqué acomodo en el pequeño grupo de los poetas, o como les decía Nere, los intuensos. Comandados por el bardo Carrasco, su lánguida novia Farah y el atormentado Omán. Los tres con largas melenas, siempre sentados hasta el fondo de las aulas, hablando de poesía búlgara, arte clásico, el imperativo categórico del filósofo Kant. Y me di cuenta de que le gusté a Omán, y lo que me atrajo de él fue su facha: ropajes negros, envidiable cabello que no necesitaba alaciado y una sinuosa nariz tachonada de piercings. Lo nuestro iba a paso muy lento, primero porque a Omán no le gusta hablar mucho, y cuando lo hace, es para criticar. Un día salió el peine, como dice mi mamá:
—Susy, tu problema es que lees pura basura —aseguró mi casinovio.
—¿Perdona? —salté.
—¿Romance paranormal? —señaló el libro que tenía en las manos: Corazón demonio—. ¿Qué carajos es eso?
—Pues una saga de ángeles caídos expulsados del paraíso que buscan la redención a través del amor —mostré la portada. Cierto que no era sutil: un adonis oscuro sin camisa y pupilas rojas—. Tiene una excelente construcción de personajes.
—A ver… —Omán puso los ojos en blanco—. Eso no es un libro, es basura. Son las papas fritas de la literatura universal.
—Y según tú, ¿qué debo leer? —intenté dominar mi molestia.
—Si te gustan esas cosas, está Melmoth el errabundo, de Maturin. También El castillo de Otranto, de Walpole, y hasta El monje, de Matthew Lewis. Hablamos de gótico de verdad.
Sí intenté leer Melmoth, pero me resultó tan espeso como la neblina londinense. No lo dije en ese momento, claro. Aunque sí conocía literatura clásica de terror.
—Ya leí a Mary Shelley, todo Poe y una buena parte de Lovecraft —aseguré sin soltar mi Corazón demonio—. Pero también puedo comer papas si quiero, ¿no?
—¡Pues no! —parecía que la narizota de Omán se afilaba más—. ¿De qué te sirve ser lista si solo le das chatarra a tu cerebro?
—Esfuérzate más, Susana —comentó Carrasco desde unos escalones más arriba.
Estábamos los cuatro intuensos en una de las escaleras traseras del Instituto Burgoa, donde podíamos leer a nuestro aire o hablar del sentido ritual de la tragedia clásica de Edipo. Farah no comentó nada, solo asintió, estaba oyendo a Anna Varney, le depresive cantante no binarie de Alemania (que yo también adoro).
Me enfurecí. ¿Qué era aquello? ¿Una intervención literaria para que regresara al buen camino de los libros? Puedo aceptar casi cualquier crítica, que se burlen de mis calificaciones, de mis gustos musicales, de mi estilo para vestir (mi mamá dice que parezco salida de un funeral y que yo soy la muerta), de las uñas moradas, de mis botas Dr. Martens, del oso de peluche tuerto atado a mi mochila… En fin, lo que sea, pero ¿criticar mis lecturas?
Para los intuensos el tema era tajante. O les hacía caso o ciao. Así que los dejé degustando caviar literario y me fui con mis papas fritas. Me siguieron hablando, aunque de lejos, y Omán me dedicó ansiosas miradas, pero no hizo nada para acercarse a mí o recuperar el casinoviazgo. Por suerte no me quedé sola, tengo a Nere, llamada (por mí) Rana Peluda, mi amiga de varias vidas. Parecemos tan distintas, pero por dentro somos almas siamesas y nos conocemos hasta la vuelta de la última huella dactilar.

Nere, ya encarnada en matrona de pueblo, vaticinó mi nuevo romance:
—Lo tuyo con Puccini va a terminar en desastre, pero si quieres romperte esa cabeza gótica que tienes, adelante.
Y seguí. El enlace covalente entre Nino y yo duró dos semanas y media. Esa tarde terminamos en el cine, aunque vimos algo de superhéroes que Puccini escogió. Diecisiete días que viví como si fueran diecisiete tormentosos años de relación. Confieso que al inicio estaba feliz de que me vieran con ese gigoló italiano (seguro de Chipilo, Puebla, pero italiano al fin). Mi mamá se sorprendió al ver que salía con alguien no gótico y de apariencia tan deslumbrante.
—Tiene los dientes perfectos —fue lo que más le llamó la atención.
Pero es que mi mamá es dentista y anda por la vida mirando los dientes y molares de la gente como una antigua campesina rusa que va a comprar caballos.
También le regalé a Puccini los dos primeros libros de Hermana Tenebra, luego de explicarle que era el spin-off de otra saga de un restaurador de libros y detective. En una abadía, él y su asistente encuentran esos libros sobre monjas lobunas, profecías y venganzas.
—Son libros que leen personajes de otro libro —resumí.
—Ah, qué loco —dijo Nino y metió los libros en su mochila—. Les voy a echar un ojo.
Los besos también estuvieron bien, esos labios de 96% de perfección valían lo que prometían, excelente humedad y muelleo.
Igual que todas las parejitas del Burgoa, Nino y yo íbamos al pasillo a un costado de la cafetería, le dicen el pasaje del pecado, aunque supongo que es por los olores de fritanga que salen de los pambazos que prepara la seño Puri. El caso es que Omán nos vio y me dedicó una aguda mirada de incredulidad y helado desprecio, como si ya hubiera alcanzado la muerte cerebral por salir con el guapo oficial del Instituto Burgoa.
Esa mirada me dejó una rasposa sensación y noté algo raro en otros compañeros (o imaginé notarlo). Beca, la arpía popular que viene de catálogo en todas las escuelas, al verme con Nino hizo una mueca de… ¿burla? ¿Lástima? Como si Puccini me hiciera el favor. Me repetí: “Merezco salir con quien se me pegue la gana, soy mucha Susy para cualquiera”, pero otra duda comenzó a carcomer mi obsesiva cabecita: ¿y si yo era las papas fritas de Puccini? Ese pecadillo, un antojo pasajero y exótico.
Para salir de dudas, decidí pedir el visto bueno de mi amiga Nere. Me urgía su análisis, confirmación y bendiciones a mi noviazgo. Le pedí (en realidad le rogué) que nos acompañara a Nino y a mí en una cita, los tres, como amigos, para jugar boliche, que le encantaba a Puccini.
—Entonces ¿te llamas así? ¿Nere? —le preguntó mi flamante novio.
—Mis imaginativos padres me pusieron Nereida —explicó mi amiga—. Pero suena a congal del centro histórico. Nere está bien.
—Ah… —fue todo el comentario de Nino.
Yo no lo tomé a mal, es sabido que el 98% de la gente guapa tampoco desarrolla sentido del humor, no lo necesitan para sobrellevar el dolor de la existencia como nosotros, la gente regular.
Después del boliche, cenamos unas hamburguesas vegetarianas que Nino quería probar. Luego dejamos a Nere en su casa y tuve mi sesión de besos y faje con Nino, pero la verdad es que me urgía llegar a mi departamento para llamar a Rana Peluda y solicitar el dictamen de la cita.
—Ay, Fang, estabas rara —fue lo primero que me dijo, cuando le marqué—. Te reías demasiado, con esa risita fingida que da miedo.
—Cómo no iba a estar nerviosa, si tenía encima tus ojos miopes juzgativos —me defendí.
—Es presbicia —aseguró Nere—. Lo que tengo en los ojos.
—Como sea. ¿Y bien? ¿Verdad que Nino es buena onda?
—No creo —respondió mi amiga, fulminante—. Me cae peor que antes. Todo el tiempo luciéndose con las chavas que se cruza.
—Él no tiene la culpa de llamar tanto la atención.
—¿Y por eso coquetea? Sonrisitas y golpe de pelo por aquí y por allá —anotó Nere—. Además, lo dejaste ganar. ¿Crees que no me di cuenta de que fallaste a propósito? Solo hiciste un spare en toda la tarde; eso no me lo trago.
Me quedé callada. Ya había notado que Nino se ponía de mal humor si perdía. Solo quise que todo saliera bien.
—Además, tú pagaste casi todo —siguió Nere con la munición—. La segunda línea e invitaste las hamburguesas vegetarianas que sabían a papel de baño mojado.
—Nino tiene muchos gastos con el coche que compró —expliqué a toda prisa—. Es una antigüedad de colección y debe hacerle unas reparaciones.
Puccini era de los pocos alumnos que tenía auto, un Mustang Fastback del año de Matusalén.
—Él lo compró; es su problema, no tuyo —siguió Nere—. Seguro hasta le cooperas para la gasolina.
La verdad es que a veces lo hacía, a Nino siempre se le olvidaba llevar suficiente efectivo.
—Pero eso no fue lo peor —sentenció Rana Peluda, implacable—. Te pusiste a hablar de la Champions League. ¡Tú, Susy Fang!
—Solo comenté una cosa que le interesa a Nino —justifiqué al momento.
—¿Y por qué él jamás habló de un tema importante para ti? —apuntó Nere—. Susana Farfán, escúchame bien. Tienes todos los síntomas de una clonovia.
El dictamen casi me fulminó. Por supuesto que negué la acusación.
—Fang, lo digo porque te quiero, esto va a terminar mal —insistió Nere con suavidad, pero firme—. Huye ahora que puedes. Amiga, no te clones.
Las clonovias eran algo que siempre criticábamos Nere y yo. Eran esas chicas que comienzan a clonarse con los intereses de sus novios o chicos alrededor, obvio para agradar. Un día despiertan hablando de tipos de eructos, el último videojuego de Spiderman, qué onda con el técnico del América, y poco a poco borran sus propios intereses. Los clonovios también existen, pero son más raros de encontrar.
Me fui a dormir con mil dudas. Repasé la relación: Nino escogía los planes, temas de conversación, todo giraba en torno a sus propios intereses. Una debía conformarse con pastar a la sombra de su hermosa presencia (y pagar los gastos que se generaban con ello). Decidí hacer pruebas y al día siguiente le hablé de algunas de mis pelis favoritas: Freaks, The Wailing, Hasta el viento tiene miedo…
Noté que perdía inmediatamente la atención de Puccini, se aburría. Entonces le pregunté:
—¿Y has leído algo de los libros que te di? Si quieres, te consigo los otros, cada tomo de Hermana Tenebra se pone mejor, y el final es épico.
—Ah, no he podido avanzar —confesó—. Pero el inicio es súper interesante, gran ambientación.
Sentí cierto alivio. Tal vez era cuestión de reeducar a Nino para que captara que existen otras personas, con sus propios intereses y necesidades. Hijo único y guapo, eran entendibles sus limitaciones.
Pero ese mismo día, cuando me llevó a mi casa, vi una bolsa abajo de los asientos del Mustang, dentro estaban Hermana Tenebra I y II, todavía sellados con el plástico de la librería. Algo se rompió dentro de mí. No dije nada para no parecer la típica novia que se injerta en Godzilla, pero para rematar mi mal humor, Nino dijo:
—Oye, Susy, ¿no tendrás algo de dinero que me prestes? —aleteó las tupidas pestañas que enmarcaban esos ojos de esmeralda—. Este coche me está exprimiendo. Seguro Guzmán me estafó.
Diódoro Guzmán era el maestro de educación física de la escuela y el dueño original del cacharro.
—Ya te presté la otra vez y no me has pagado —respondí en un tono más áspero de lo que calculé.
—Uy, ¡no te alteres! —sus pupilas se prendieron—. Si no quieres, solo dímelo, sin bronca. Lo que te debo te lo pago para la otra semana, si es tan urgente.
Un frío glacial inundó el interior del Mustang. Estábamos en medio del tráfico, que de pronto se volvió más sofocante.
—Perdón, es que tengo varios gastos —dije algo agobiada por el silencio—. Necesito cambiar la compu; pero me sobra algo, te presto, no hay problema.
—De verdad, no te preocupes —repuso Nino aún con escarcha en la voz.
Mi dinero provenía del modesto sueldo de recepcionista en el consultorio dental de mi mamá, donde trabajaba algunos días a la semana. Y normalmente todo se me iba en libros y ropa, en ese orden.
—Me los regresas con lo demás, en serio —¿ahora estaba rogando para que aceptara el dinero?—. Además, no me urge la compu, estoy esperando las rebajas.
—Okey —fue toda su contestación.
Pero seguía molesto. Hasta de jeta se veía guapo, y no sé por qué, pero la culpa me escoció.
—Oye… ¿y nunca has pensado jugar básquet profesionalmente? —dije de pronto—. Eres muy bueno, te vi la otra vez en las canchas. ¿Hay algo como la nba en México?
Eso mejoró el humor de Puccini y tuve que refinarme media hora de explicaciones sobre ligas y franquicias. Cuando llegamos a mi edificio, las cosas entre nosotros parecían normales, pero por dentro yo estaba petrificada. Lo había comprobado: era una clonovia de manual.
A las dos semanas de noviazgo, mi autoestima estaba en niveles críticos, mis nervios casi rotos y mis ahorros totalmente saqueados. Nere me insistió que rompiera con Nino.
—Fang, si lo cortas vas a ser famosa; te dará un aura de poder —aseguró—. Nadie se ha atrevido a despreciar al adonis de barrio.
Debí hacerle caso a Rana Peluda, pero tardé demasiado en reaccionar, y todo se precipitó por sí mismo poco después. Ese día salí tarde al receso, el Bunsen me ordenó lavar los matraces de las prácticas solo porque dije un chiste durante su explicación de los gases nobles. Al salir al patio busqué a Nino y lo encontré en el pasaje del pecado, comiendo crunchipapas con Nabi, la coreana falsa de nuestro salón. Mi novio no hizo nada para despegarse de ella, al verme solo dijo:
—Oye, Susy, ¿sabías que los coreanos tienen más de veinte vocales?
—¿Qué está pasando? —repuse con tono rasposo.
—¿De qué? —el guapo Nino solo sonrió, mostrando sus dientes perfectos.
Mis ojos se concentraron en su mano izquierda, que rodeaba la cintura de Nabi; con la derecha comía de su bolsa de crunchipapas. Ella notó mi cara convertida en algún tipo de monstruo japonés kaiju, porque carraspeó:
—No me quiero meter entre ustedes —intentó irse.
—Espera, Nabi —Puccini la tomó de un brazo—. Susy y yo no somos nada.
¡Boom!, fue como un meteorito directo a mi espinazo.
—¿Ah, no? —fue mi turno de lanzar histéricos parpadeos.
—Bueno, no andamos-andamos —dijo el adonis de barrio, fresco como una rosa.
—¿Entonces? —la furia hacía estallar chispazos negros en mi cabeza.
—Estábamos probando —aseguró Nino.
—Oh. ¿Era una prueba? Y que hayan iniciado este romance intercultural quiere decir que… ¿reprobé? —comencé a subir peligrosamente la voz—. ¿Ya tienes mi calificación? Digo… para conocer mis fallos y dónde aplicarme.
—Relájate, Susana, otra vez te estás poniendo turbia —se quejó Nino.
—¿Perdón? —tenía la cara tan caliente que podía planchar un mantel con ella.
En ese momento éramos la atracción principal del patio, pasillos y cafetería del Burgoa.
—No quise hacer caso —suspiró Puccini—. Todos me advirtieron que estás medio loca.
No me acuerdo bien si fue un movimiento torpe, si solo quería llevarme a Nino para hablar en privado o qué, pero tiré la bolsita de crunchipapas de Nabi, que lanzó un quejidito como si hubiera recibido un corte con la espada de Excalibur.
—¡Qué onda! ¡Tranquilízate, respira! —dijo Nino como si de verdad estuviera poseída.
Para entonces ya oía risitas, el “tssss” que acompaña todo oprobio social. Además, acababa de ganar un mote para el resto de la prepa. De ser la gótica Susy Fang pasé a convertirme en Susana la Turbia.
Mi instinto de supervivencia se activó, debía escapar. Como gallina sin cabeza, di unos pasos torpes. En la huida pisé las crunchipapas. Al final del pasaje me topé con Carrasco, Farah y Omán, la pandilla de los intuensos, que me miraron con desprecio absoluto. Salí al patio, estaba desesperada por encontrar a Nere, pero recordé que había subido al salón audiovisual para repasar algo del examen de historia. Entonces una mano caritativa, llena de pulseritas tejidas con semillas, me llamó.
—Susana, ven conmigo.
Era Rosenda o Ros, la maestra bibliotecaria, también conocida como la Jipi. Iba vestida con uno de sus bonitos huipiles oaxaqueños y su peinado que parecía un nudo de gatos. Debió ver todo desde las ventanitas de la biblioteca en el sótano.
—No vale la pena llorar por gente como Nino —con calma, me condujo a la biblioteca—. Muchachos como ellos, tan narcisistas, son basura. Van por ahí pisoteando a los demás con un bonito disfraz…
Asentí, pero tampoco quería contar mi vida sentimental a Ros, por más buena onda que se estuviera portando. Tal vez lo captó, porque cambió de tema:
—Tengo una infusión de té tailandés, buenísima, ¿quieres probarla? —señaló al fondo una jarra eléctrica en una mesita, bajo una repisa con viejos trofeos de ortografía y gramática en forma de obeliscos de cristal y latón.
Acepté. Decidí esconderme ahí hasta que tocaran para la siguiente clase.
—Solo voy a decir una cosa —me pasó una taza humeante—. Fue lo mejor que te pudo pasar, romper con Puccini, aunque ahora no lo creas. ¿Azúcar?
—No, gracias —pude hablar, al fin.
—Por cierto, me llegaron libros nuevos. Vi este y pensé en ti.
Lo tomó de una estantería. En la portada aparecía un rascacielos envuelto por una enorme enredadera con espinas retorcidas.
—La noche de los trífidos —leí.
—Es ciencia ficción antigüita —explicó Ros—. No hay mucho romance, pero sí plantas malignas.
Eso me conquistó, claro.
—Vas a ver que todo va a estar bien —la buena Ros me dio una palmadita.
Por desgracia no fue así, las cosas iban a ponerse terroríficas muy pronto. Yo no sabía, ni tampoco Giannino Puccini Lara, pero a esa linda cara le quedaba menos de un mes de existencia. Todo ocurrió como en mis novelas que tanto adoraba: lo paranormal estaba por llegar para despedazar mi vida y poner mi cordura a prueba.
Capítulo 2
romance (para) normal
Siempre me ha gustado leer. Salir del propio mundo para entrar a otra realidad con solo abrir unas páginas me parece magia pura. Es iniciar un viaje inmediato. Leer hace que la realidad sea más tolerable. Aunque leo de todo: literatura clásica, moderna, policiaca y fantasía, rara y de moda, lo cierto es que cada lector tiene un género preferido, encuentra su sitio seguro donde hay alimento y consuelo. Para mí, ese hogar es el romance paranormal (perdón, Omán, pero las papas fritas existen por algo).
Descubrí el género a los once años, y desde entonces consumo esas historias con alegre adicción. He leído un par de centenares de libros al respecto, y de momento tengo mi combinación perfecta. Para mí, una novela ideal de romance paranormal debe tener 25% de amor, 20% de terror, 20% de ambientación y 35% de presencia de un sasi, es decir, Ser Amoroso Sobrenatural Interesante. El combo acepta reacomodos, siempre y cuando el resultado final te vuele la peluca.
Hay muchas variantes de sasi. Entre mis preferencias están los hombres lobo (92% sobre 100% de satisfacción personal). Los cambiaformas (71%), demonios (69%), los ángeles, entes élficos, hijos de dioses y fantasmas están en reñido empate en mis preferencias (59%). También adoro los viajeros en el tiempo, hechiceros y criaturas mitológicas (52%). Son muy aceptables los seres que emergen de retellings como monstruos, príncipes buenos o malos (51%). Hay entidades un poco desconcertantes, como los galanes extraterrestres y los androides con sentimientos (39%). Y en el último lugar están los vampiros (29%), ¡lo siento!, pero es que los pobres chupasangre están tan manoseados y exprimidos, que los han dejado anémicos. Hace mucho que no leo nada interesante en este género, de preferencia los evito, como al ajo.
Las combinaciones y triángulos amorosos entre los sasi pueden ser infinitos. Hay una novela donde sale el hijo de la reina de las hadas, que es rival del hijo de un demonio babilónico, y ambos pelean por el amor de una chica que llega a París a estudiar museografía; uf, me encantó. O esa historia que leí en Wattpad sobre el triángulo entre tres chicos que además son nahuales, gays y viven en un pueblo de Alaska. La leí dos veces y sigo esperando la continuación (hasta le mandé una cooperación a la autora). La citada tetralogía de Hermana Tenebra, de monjas lobas enamoradas (algunas entre ellas) y vengativas, en una época medieval terrorífica, ha hecho que me quede sin dormir hasta ver cómo se enredan y desenredan tantos dramas sentimentales y quién se come a quién.
Pero, bueno, creo que todo libro donde aparezca un galán que ame instantáneamente, con locura, sea increíblemente fiel y dé la vida por ti ya entra en el terreno sobrenatural.
Mi habitación es más biblioteca que otra cosa: seis estanterías repletas y debidamente organizadas por orden de cariño. Pero mis libros están por todo el departamento: en los pasillos, en mesitas de la sala, en el comedor, siempre alguno en mi mochila. No puedo tirar a ninguno de mis pequeñines, ni a los que me decepcionaron (sí, vampiros, les hablo a ustedes). Mi madre soporta mi afición. “Al menos es lectura”, suspira. Mi padre no sé, porque no lo conozco. Solo sé que se llama Carlo Magno Farfán (suena a broma, pero no lo es). Conoció a mi madre en unas vacaciones en un pueblo mágico y al parecer sí había magia porque se esfumó ante la responsabilidad paterna. “Era muy guapo, del norte, y es todo lo que debes saber de él”, dice mi madre cuando toco el tema de mis orígenes. Ni siquiera suelta más pistas cuando le pregunto: “¿Era del norte de la ciudad o específicamente de Groenlandia?”.
¿Que si sueño con vivir un romance paranormal? ¿Quién no? Aunque por desgracia, en esos días estaba más cerca de vivir mi propia pesadilla paranormal.

En la escuela, todo mal. Los pasillos del Instituto Burgoa, lleno de adolescentes imaginativos, resultaron el abono perfecto para cosechar los chismes sobre mi rompimiento con Puccini en pleno pasaje del pecado. Que si intenté ahorcar a Nabi, que si la pateé, que si le llamé a Nino esa noche para anunciar mi suicidio, que si me vieron llorando como loca en la azotea y me rescató el profe Bunsen, que si me emborraché con aguarrás y el conserje Fortino me encontró vomitando en la sala de proyecciones.
Volver a clase fue un suplicio. Por suerte el Burgoa es algo grande. En un inicio fue una finca de los años veinte del siglo pasado, estilo chalet californiano, tejadillos aquí y allá, buhardillas, torreta, sótano y ático, atrás un jardín selvático. La mansión tiene sus propios fantasmas (que por desgracia no conozco). Con los años, esas casas de fin de semana de ricos se demolieron, solo dejaron las más bonitas para convertirlas en oficinas, sanatorios y escuelas como el Burgoa, sede oficial de Susana la Turbia, mucho gusto, para servirle.
Intenté pasar desapercibida y me refugié en todos los rincones posibles. Además, por cualquier cosa, tenía a mi lado al mejor de los escuderos del mundo: mi amiga Rana Peluda, es decir, Nere.
—No te voy a decir te lo dije, porque ya te lo dije —anotó—. Pero estoy aquí para lo que quieras: llorar y desahogarte hasta sacar del organismo todas las noviotoxinas, patear a quien te mire feo. También puedo darle un puñetazo a Puccini en su bonita cara.
Yo sabía que Rana Peluda era capaz de todo eso, sin problema.
—Estoy bien, solo enojada conmigo. Y de verdad, prefiero no darle vueltas al tema. Tampoco quiero saber nada de novios ni de casinovios por un rato.
—Me parece excelente idea. Dieta de novios —me secundó Nere—. Y, Fang, tú tranquila, no tienes por qué avergonzarte. Turbia sí que lo eres y ni modo —sonrió, era nuestra nueva palabra favorita.
De todos modos, no fue fácil salir de las sombras y volver a caminar por el patio y los pasillos del Burgoa, sobre todo cuando me topaba con Nino (de nuevo solo decía “con permiso”). Lo que más coraje me dio es que él se veía completamente relajado, normal, pavoneándose en el salón, jugando básquet en las canchas con sus mejores amigos: Emilio y Aníbal, los gemelos conocidos como los Indios Verdes, por grandotes y tiesos. Al final, Nino ni siquiera se hizo novio de la falsa coreana Nabi: terminó enredándose con la alfa mandona de Beca y se convirtieron en la “parejita de oro” del Burgoa, eran algo así como los Beccini.
Lo curioso es que, además, Rebeca, Beca, ni era guapa; más bien bajita, nariz algo sinuosa (“mi regalo de dieciocho va a ser la rino”, decía); pero todos saben que una potente autoestima funciona como filtro embellecedor automático.
En la escuela, Beca siempre iba rodeada de su corte: Nabi (que nació en Mérida, por eso es coreana falsa). Érica, o también llamada Érrica, porque sus papás tienen demasiado dinero. “Le sobran billetes pero le faltan neuronas”, decía Nere. El grupo de acompañantes lo completa Avelino Jaramillo, o Piwi, es como si tomaras a un perro chihuahueño muy femenino y lo convirtieras en chico adolescente. En lo personal odiaba el acoso y apodos hirientes de los que era víctima Avelino, pero muy listo, encontró cobijo en la corte de Beca, donde pudo ser como se le pegó la gana y nadie se metió con él, al menos no frente a la mandona Beca, la arpía mayor.
—Eso no va a salir bien —volvió a pronosticar Nere ante la flamante pareja Beccini—. Beca y Nino son tan narcisistas y tóxicos que si tienen un hijo podría ser el Anticristo.
—¡Qué turbia! —aquí aplicaba la nueva palabrita preferida.
—Por cierto, ¿Nino ya te pagó lo que te debía? —inquirió Rana Peluda.
—No todo.
En realidad, Puccini no me había pagado ni un peso. Desde el día de la ruptura me borró junto con la deuda.
—Le puedo recordar, sin problemas —prometió Nere.
—Yo me encargo —aseguré—. Solo espero un buen momento.
Nere me miró con desconfianza, hurgando en mi mente, como hacen las madres con esa telepatía que traen de fábrica. Rana Peluda y yo nos conocemos. Sé que ella parece fuerte y resolutiva, pero tiene un talón de Aquiles. La kriptonita de Nereida Campos son sus padres.
Los señores Campos son vendedores de no sé qué productos multinivel, ¿vitaminas?, ¿maquillaje?, ¿pelucas para perros? Aunque se presentan como “ejecutivos de alto estándar”. Da un poquito de miedo verlos vestidos siempre tan formales, deben dormir con maletín, corbata y traje sastre. Cuando Manolo, el papá, me conoció, yo iba con mis ropajes oscuros y medias de red rotas. Me lanzó una mirada llena de ácido, mientras que la mamá, Myrta, no se contuvo:
—Querida, si te vistes tan fúnebre les vas a dar miedo a los muchachos —fue su extraño consejo—. ¿Tus papás te dejan andar así?
—Mi mamá sí —me encogí de hombros—. Y papá, no tengo.
Desde su silla, el señor Campos arqueó las cejas.
—Bueno, debes de tener alguno —carraspeó la señora Myrta—. Nadie puede nacer así nada más.
—Quién sabe. Tal vez soy un experimento de laboratorio —medité—. Por algo mi mamá no me ha dado ningún detalle.
Obvio ninguno de los ejecutivos de alto estándar apreció mi chascarrillo.
Pero es Nere la que vive bajo verdadero ataque. De un lado, las miradas juzgativas del papá, y por el otro, las críticas salvajes de la mamá. Le aconseja que debe ser más femenina, que parece un muchachito gordo con esos pantalones caquis y tenis, que si no se maquilla no se va a acostumbrar la piel y el eterno tema:
—Nereida, linda, urge que te pongas a dieta —le dijo una vez que yo estaba de visita—. Mira a tu amiguita; al menos es flaca.
“¿Al menos?”, remarqué en mi cabeza.
—Estoy bien así —murmuró Nere.
—No, claro que no. Tienes cara muy redonda —la señora Myrta se aproximó para darle unas palmaditas en las mejillas—. Siempre te vas a ver gorda, por eso necesitas compensar.
¿Dejando de comer? ¿Extirpándose el maxilar? Pensé cada vez más molesta. Me pareció una observación horrible. Solo vi cómo Nere se puso roja y frunció los labios.
—Tu mamá no debería meterse con tu aspecto —le dije a mi amiga, después—. Ni decirte esas cosas.
—No le hagas caso —aconsejó Nere—. Es que ella es de otra generación.
—¿La generación nazi? —repuse indignada.
Pero fuera de su casa, Rana Peluda era más relajada (solo un poco). Obsesiva por mantener las buenas calificaciones y soñando con tener mejor promedio que el matadito de Durán, don Excelencia Académica. Y cuando a Nere se le mete una idea en la cabeza, es imposible quitársela. Todos los días me insistió que debía cobrarle a Nino mi dinero. Yo, en serio, no encontraba la manera de tocar el tema, hasta que una vez nos tocó hacer fila en la cafetería, justo detrás de Puccini.
—Qué onda, Nino —saludó Nere y soltó sin anestesia—. ¿Cómo vas con el dinero?
El galancete de ojos esmeraldinos entrecerró la mirada, desconcertado.
—El dinero que te prestó mi amiga —le recordó Rana Peluda. Yo moría de la vergüenza, no sé por qué—. Te dio sus ahorros para arreglar tu viejo coche.
—Ah, claro. Estoy en eso —dijo así en general—. Voy a vender el Mustang y ahí veo.
Y eso fue todo, una promesa al aire. Lanzó una de sus famosas sonrisitas. Supongo que creía que una puchiniplus borraba la memoria femenina y se fue para llevarle un helado a Beca.
—Lo odio —aseguró Nere—. Le doy una semana, si no, le vuelvo a recordar.
Yo, de momento, prefería no tocar el tema. De hecho, no tener que hablar de chicos era un alivio mental, causaban muchos problemas. El plan de la novio-dieta estaba resultando muy bien, hasta que alguien la rompió.
¡Y no fui yo!

Fue tan extraño. Esa semana trabajé casi todos los días en el consultorio de mi mamá (me urgía el dinero). No pude reunirme con Nere ni para hacer la tarea juntas, y algo ocurrió en esos días, porque para el viernes la noté seria y nerviosa. Y antes de interrogarla, ella misma soltó:
—Oye, Fang… —tragó saliva, mala señal—. Adivina… Marco me pidió que saliéramos.
—¿El Pleo? —estuve a punto de reír.
Marco Marcos, el moreno de lentes, mejor conocido como Pleo o Pleonasmo, era líder del subgrupo friki del Burgoa, junto con Danilo, un chico pálido conocido como Tofu y otro al que le dicen el Sushi (aunque se llama Sebastián) y presume que viste como “japonés” (ni idea qué signifique eso). Los tres eran fanáticos del manga, anime y diversas pasiones otakus.
—Ya sabes que, desde que entramos a la prepa, Marco no deja de invitarme a sus partidas de juegos de rol —recordó Nere.
—Nunca iría —aseguré—. Sobre todo por los otros dos, se les van los ojos cuando detectan un escote… Dan escalofríos. ¿Y cómo te negaste? ¿Pleo lloró?
—No hice eso. Estamos saliendo —soltó Nere.
Escuché cómo los engranajes de mi gótica cabeza perdían tornillos con el chirrido de un freno. Eso era imposible.
—Pero tú… tú no…
—¿Yo no qué? ¿No puedo tontear con un chico? —repuso algo molesta—. ¿Hay que sacar una licencia especial y solo tú la tienes?
—No es eso, pero quedamos en que íbamos a descansar de machisistas, tóxicos y cualquier criatura que tenga cromosomas XY. Y además… ¿Pleonasmo?
—¿Ves? Por eso ni te quería decir —mi amiga evadió mi mirada—. Te estás burlando de él.
—Un poco… pero es que es raro que ustedes salgan. Parece tan sacado de la manga. Además, siempre te has reído también de esos frikis y ahora el líder es el amor de tu vida.
—No es mi amor de nada —se acomodó los lentes—. Quiero probar qué onda. Todo va a seguir igual.
Eso fue mentira, tal vez no intencional, ni calculado por Rana Peluda, pero en los siguientes días todo cambió. Marco Marcos resultó un novio demasiado entusiasta. Rápidamente armó una agenda para Nere. En los recesos la llevaba a comer choripán al local frente al Burgoa. La introdujo al submundo de las tarjetas de rol. Y para que no hubiera peligro de novios clonados, también Nere podía elegir películas (históricas o documentales, que son sus favoritas porque “enseñan algo”), o tomar clases vespertinas de refuerzo de inglés (para ella eso es equivalente a una cita provechosa). El colmo fue cuando supe que Rana Peluda lo llevó a su casa, con sus repelentes padres.
Yo estaba desconcertada por ese noviazgo. Ni siquiera en la más rupestre de mis novelas hay un instalove tan precipitado y absurdo. Tenía un montón de teorías extrañas en mente. Algunas incluían posesiones malignas.
—¿Cómo vas? —le pregunté a Nere uno de esos días.
—Bien, súper ocupada…
—Es lo que veo. ¿Y… feliz?
—Bueno, estoy aprendiendo cosas —dijo, con prisa—. Luego te cuento.
Ahí, en alguna parte, estaba la respuesta y no era la mejor.
Lo cierto es que extrañaba un montón a Rana Peluda. Y sentí un poco de coraje, ¿cómo me abandonó así? Pero luego recordé que hice lo mismo durante mi affaire con Puccini. Quedé sola y me volví una de las almas en pena del Burgoa. Sin casinovio y con el estigma de la ruptura con Puccini. Nadie quería hacerse amiga de una turbia que, si entra en crisis, te tira las crunchipapas e intenta estrangularte (si nos ateníamos al chisme). Pero me quedaban mis libros, mis amadas novelas llenas de Seres Amorosos Sobrenaturales Interesantes. Solo abría una página y qué calma.
Esa semana fui a la biblioteca del Burgoa a dejar el libro que me prestó Ros: La noche de los trífidos, de Simon Clark. A ver, me encantaron las plantas malignas extraterrestres, pero los personajes eran básicos, sobre todo los femeninos.
—Pasa, adelante, Susana —sonrió la Jipi cuando me vio entrar del oscuro pasillito subterráneo que comunica con los laboratorios y la biblioteca.
—Solo vengo a devolver esto —levanté el libro y se me cortó la voz al ver que estaban sentados en círculo Carrasco, Farah y Omán. La pandilla de los intuensos.
—Déjalo por ahí —Ros señaló una estantería—. Oye, estamos por iniciar un club de lectura del gótico latinoamericano. ¿No quieres entrarle?
Recibí las miradas intensas de los intuensos. Avancé y tuve que sortear la muleta de Carrasco (tiene cierto grado de parálisis cerebral, pero no lo acompleja para nada). Puse el libro entre los viejos premios de ortografía y gramática, tenía la repisa a la mano.
—Si quieres unirte al círculo —concedió Carrasco y señaló una silla vacía—. Te hemos visto, andas tan…
¿Sola? ¿Patética? No completó la frase.
—So sad —Farah sí que murmuró.
Omán ni abrió la boca, solo vi cómo los orificios de su larga nariz se dilataban. La única con rostro amigable era Ros, la afable Jipi.
—Tal vez para la otra —volví al pasillo—. Es que tengo muchos trabajos pendientes.
Me hubiera encantado entrar a ese club de lectura. Seguía agradecida con la maestra por darme cobijo aquel día, pero tampoco iba a recibir migajas de lástima de mis ex amigos. Salí al pasillito a toda prisa para subir las escaleras. Casi tiro una cubeta con agua y jabón, el conserje Fortino se preparaba para fregar el suelo. Me disculpé, el hombre solo gruñó algo y alcancé a oler su aliento etílico. No eran ni las doce. Era evidente que había otra alma más en pena que yo.
La vida me parecía cada vez más turbia, sin Nere a mi lado, con Puccini paseando por toda la escuela con Beca y su corte, pero las cosas estaban a punto de cambiar. Esa semana varios alumnos fuimos testigos de una escena entre Nino y el entrenador Guzmán. Al final de una clase de deporte, Puccini confrontó al maestro. Aunque estaban al fondo, por la bodega de deportes, todos oímos trozos de la agria discusión: “¡Nada le sirve, carajo!”. “Si no sabes cuidar un clásico, no lo hubieras comprado.” “¡Sabes que me engañaste!” “No te voy a regresar nada.” Nunca había visto tan furioso a Nino, tenía los ojos verdes inyectados con venillas. Pensé que iba a golpear a Guzmán, cuando entraron sus amigos, los Indios Verdes, a separarlos y enseguida apareció la prefecta Elda, que además era esposa de Guzmán.
—Aquí no pasa nada, todos a sus asuntos —apartó a los curiosos y se llevó al entrenador y a Nino a la sala de maestros.
Pero técnicamente también era mi asunto. Sin planearlo, había metido mis ahorros a ese viejo trasto. Luego confirmé que el pleito fue por eso: a plena calle, el Mustang dejó de servir, ya no encendía. Nino tuvo que pagar una grúa para llevarlo a un taller y el entrenador Guzmán no se hacía responsable de nada.
Esta escena, la del pleito, la iba a repetir en mi cabeza una y otra vez, a ver si daba con alguna pista o respuesta, porque un par de días después iba a suceder algo espantoso en el Instituto Burgoa: un crimen, o casi… En todo caso, un misterio que me iba a devorar.
Capítulo 3
una (posible) muerte
Ese jueves comenzó fatal. Desperté tan nublada como esa mañana. Normalmente voy caminando al Burgoa, quince minutos de caminata. Esa mañana hice los últimos cinco corriendo bajo una súbita tormenta matutina. Una pequeña multitud de adolescentes se juntó en la escalinata de acceso de la escuela, donde hay un techo de cristal. Todos buscábamos sacudirnos como perros antes de entrar a la recepción. Entonces vi, del otro lado de la calle, a Puccini. Llevaba paraguas, pero lo traía torcido y se mojaba, aunque parecía no darse cuenta. Avanzó un poco, con la mirada perdida, como concentrado en algo. Me pareció raro.
Un rato después, ya dentro del instituto, calculé que tenía tiempo para ir a la cafetería, solo debía esperar a que bajara la lluvia para cruzar el patio pequeño. Al fondo, mojándose, vi cruzar a la prefecta con la portera, llevaban una bomba destapacaños. Justo en el marco de la puerta, me volví a encontrar a Puccini. Se había puesto unas gafas de sol, lo que era absurdo con el día tan oscuro. Noté que había guardado la sombrilla en la mochila, goteaba. Pero lo que más me llamó la atención es que tenía unas finas líneas rojas en su bonita cara, como rasguños en la mejilla.
—Nino… ¿estás bien? —se me salió preguntar.
Inmediatamente puso una sonrisa muy rara, mecánica.
—Tenemos clase de historia a las ocho —le recordé—. Deberías secarte. ¿Qué te pasó en la mejilla?
En ese momento sonó la alerta de un celular. Era el de Puccini. Con torpeza, lo sacó de un bolsillo del impermeable.
—Debo… hacer una cosa —farfulló al leer la pantalla. Noté que arrastraba las palabras al hablar.
Y sin decir nada más salió al patio, ni siquiera sacó el paraguas. Caminó lentamente bajo la lluvia.
¿Estaba borracho? ¿Crudo? No entendí. De las pocas virtudes que le conocí a Puccini es que no bebía ni se metía nada. Según él, necesitaba su organismo limpio para jugar básquet.
No tuve tiempo de comentar con Nere el raro encuentro, porque ella, como media escuela, llegó tarde por la tormenta. Nos tocaba en el salón de la torre, en la tercera planta, con el director Hernando López-Burgoa. Sí, el mismísimo descendiente de la fundadora del instituto. Un cincuentón medio calvo, de voz apagada, sus clases eran la repetición de lectura de fichas bibliográficas. Un tutorial de Youtube es mil veces más entretenido, pero al menos el trato con el director era equitativo: ni él nos hacía caso, ni nosotros a él.
Nere llegó diez minutos después del inicio de la clase, junto con Beca. Mi amiga se detuvo a limpiarse los zapatos en la jerga, mientras que la líder de las arpías saludaba de besito a Nabi, Érrica y Piwi, su entusiasta corte.
—Silencio. Solo ocupen sus lugares —señaló el profe Hernando y continuó con el interesantísimo tema del Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848. El único que ponía atención era, claro, Durán, don Excelencia Académica.
El lugar de Nino estaba vacío, aunque noté sobre el pupitre un par de libros (mojados). Debió de entrar antes a dejarlos. Sus mejores amigos, los Indios Verdes, estaban al fondo, picándose la nariz, como de costumbre. Pensé que Puccini había ido a la enfermería, eso explicaría su aspecto aturdido, tal vez tenía gripe. Entonces me regañé: ¿qué hacía pensando en el tóxico de Nino? ¿Por qué me preocupaba por él?
Un trueno restalló en el cielo, Piwi lanzó un gritito, pero todos dejaron de reírse cuando se fue la luz. El día era tan opaco que el salón quedó en penumbra. Entonces, creí oír un lejano grito en alguna parte de la escuela, parecía de un chico. Miré a Nere, por si también había notado algo, pero seguía instalándose mientras limpiaba sus lentes empañados.
—No tarda en volver la luz, no se distraigan —aseguró el director, imperturbable—. Esto va a venir en el examen, tomen nota.
La clase y la tormenta continuaron como una condena apocalíptica. Piwi se levantó a abrir la cortina para que entrara más luz. Se detuvo extrañado, volvían a oírse gritos. Hasta el director detuvo ese cruel somnífero llamado “clase”.
—Algo pasa en el patio —aseguró Piwi y abrió el ventanal.
Los alaridos se volvieron claros y escalofriantes:
“¡Una ambulancia! ¡Llamen a emergencia!”, decía alguien. “¡Está herido!”
La mitad del grupo se asomó por la terracita. La otra mitad salimos escaleras abajo sin pedir permiso, como hienas hambrientas de chisme. ¿Herido? ¿Quién? ¿Dónde?
Todos nos detuvimos en el recibidor del Burgoa, una sala llena de viejos sillones y candiles art-decó. Ahí estaba Fortino, el conserje, empapado y lanzando alaridos. En cuanto vio al director Hernando, casi se le echa encima.
—¡Está todo lleno de sangre! —barboteó—. Hay que llamar una ambulancia…
—Fortino, tranquilízate —pidió el director—. ¿De qué hablas?
Pronto el penumbroso recibidor se llenó de alumnos de todos los grados y profesores. Reconocí al Bunsen, a Ros la Jipi, junto con Omán, también entró la prefecta Elda y la portera, las dos con impermeables. Estaban Pleo, Tofu y Sushi, todos los frikis. La prefecta pidió silencio para que Fortino pudiera hablar.
Desde mi sitio olí el alcohol que emanaba el conserje. El hombre consiguió organizar (un poco) sus pensamientos y explicó que había un alumno herido en el laboratorio del sótano.
—Pero hoy no hay prácticas —aseguró el profe Bunsen—. El laboratorio está cerrado.
—Pues fui a secar la escalera encharcada y encontré la puerta abierta —aseguró Fortino—. El pobre está boca arriba, en el suelo, tiene mucha sangre… Intenté despertarlo… Pero no sé si está muerto…
Los murmullos alarmados recorrieron el recibidor: ¿de quién hablaba? Me di cuenta de que Fortino tenía los dedos con sangre y manchas en el pantalón. Busqué entre la multitud del recibidor la bonita cara de mi ex novio tóxico. No lo vi. La opresión en el estómago no dejaba de aumentar.
—Primero que nada, vamos a revisar —el director tomó el control de la situación—. Maestra Elda, vea si llegó la responsable de enfermería.
—¿Pero quién está herido? —insistió Nere.
Era la pregunta que nos hacíamos todos.
—El güerito… el de primero —aseguró Fortino y fue como un puñetazo—. Nino… Pikachú o como se apellide.
—Puccini —exclamó Beca sin aliento.
En ese instante se escuchó un chispazo y entre exclamaciones de alivio se encendió el enorme candelabro sobre la multitud. Había vuelto la luz. El director ordenó que volviéramos a clases, pero fue imposible detener la marejada de adolescentes. Todos queríamos contemplar al famoso herido. Algunos se asomaron por las ventanitas. Otros, como yo, cruzamos bajo la lluvia, hasta el patio inundado, para bajar al laboratorio. A cada escalón que descendí, se sumaron las preguntas en mi cabeza: ¿cómo se había herido Nino?, ¿un accidente?, no estaba muerto, ¿o sí?
Al entrar al laboratorio quedamos desconcertados. Había un caos: bandejas fuera de lugar, en el suelo fragmentos de vasos de precipitado, matraces y una bata manchada; parecía el escenario de una pelea. También había rastros de huellas de pies mojados y sangre por varios lados: en una mesa, en la pared, las líneas de unos dedos marcados en la pared; al lado del apagador y en el suelo, un solitario charco sangriento.
—Ahí estaba el muchacho —señaló Fortino desconcertado. Miró alrededor buscándolo. Todos los hicimos.
Beca, que estaba a mi lado, marcó el celular a toda prisa.
—No debe de estar tan mal —aseguró el director Hernando—. Se levantó a pedir ayuda.
“O alguien se llevó el cadáver”, pensé, contaminada por las novelas policiacas que había leído.
—No toquen nada —pidió el director.
Aunque era algo tarde para eso.
—Es sangre —señalé la suela de mis zapatos y todos nos revisamos. Varios habíamos pisado el rastro de gotas de sangre que subían por las escaleras para perderse en el patio, bajo la lluvia.
—Nino no contesta —murmuró Beca, había una nota de pánico en su voz.
—Sigue intentando, no puede estar muy lejos —el director se dirigió a Rosenda—. Maestra, ¿usted pudo ver algo desde la biblioteca?
—Por desgracia no, estaba en la sala de maestros —la Jipi parecía más despeinada que otras veces.
—La maestra Ros me pidió que le ayudara a organizar unos libros —intervino Omán, limpiándose el sudor.
—Pero sí escuché un grito, tal vez era Ni
