Asesinos del arte

Mei Ivens

Fragmento

Título

plecap

INTRODUCCIÓN

La vida me enseñó que lo que marca la diferencia entre uno y otro es la presión. Siempre he creído que no somos más que la cantidad de grietas que tenemos en nuestro cerebro. Somos nuestro sistema nervioso que, antes de siquiera respirar, toma las decisiones más importantes, como actuar; banales, como comer, y simples, como parpadear.

Mi sistema nervioso era particularmente… tenaz. Lo describo así por la capacidad de estrés que podía almacenar sin colapsar. Pero, como cualquier ser humano, también era imperfecto. Estaba segura de que aquella resistencia era temporal y no me dejaría llegar a los treinta años sin pasarme factura.

Por ello, estaba decidida a vivir contrarreloj.

—Muchísimas gracias a quienes adquirieron Día Cero durante la preventa internacional —hablé, acomodando el celular que grababa el directo sobre el escritorio—. No tengo palabras para agradecer todo lo que han hecho por mí. Soy quien soy y hago lo que amo gracias a ustedes.

Vi a Leany, mi diseñadora, sonreír en pantalla, la única persona que me acompañaba más allá de los comentarios que se apilaban en el directo.

—«Tu obra marcó mi vida como ninguna otra. Sé que no fue fácil el proceso por el que pasaron para que este libro viera la luz, por eso quiero atesorarlo tanto» —leí, con el corazón encogido—. Nicole, gracias a ti por estar desde mis inicios. Siempre que veo tu nombre en mis proyectos me consuela saber que, sin importar qué escriba, nos encontraremos ahí.

—«Con la preventa ya pueden darse el lujo de comer más que sopa instantánea» —leyó mi diseñadora, quien soltó una carcajada mientras rodaba los ojos—. Vamos a comprar una sopa premium, Angie.

—Verdaderamente…

Desvié la vista a mi tableta para saltar la canción que estaba por comenzar. No quería que me tiraran el directo por copyright.

Planeaba terminar mis agradecimientos antes de anunciar mi siguiente proyecto: uno que no saldría bajo el sello de la editorial independiente de la que era parte ni que publicaría en redes, como había sido costumbre. Se trataba de una puerta que se mantuvo cerrada para mí desde el momento en que conocí la pluma y el papel. Era mi salto a la escritura comercial.

Mi primer contrato con la editorial más importante de nuestros tiempos.

—Sí, bueno, estoy aquí porque quería anunciarles… —bajé los ojos hacia las pequeñas notas que enviaban al grupo de nuestra editorial. No coordiné lo que decía con lo que pensaba, quedé absorta por el texto, con la ingenuidad de que lo enviaron por accidente.

«Sí, sí, dice que la preventa fue bien, todo vendido, pero, en sí, ganancias no hay. De hecho, añade que todavía sigue debiéndole a la imprenta. Pasa que como se agotó tan rápido y se nos exigió un restock inmediato, tuvo que usar las ganancias de la preventa, así que no tiene cómo liquidarnos hasta en unos cuatro meses.»

«¿No se supone que nos vamos 50/50 con ella porque es quien corre el riesgo económico Y PONE LA PLATA DE SU BOLSILLO?»

—Gen, ¿se te congeló el live? —mi diseñadora me habló. Apenas pude tragar saliva.

—Denme un segundo, alguien me está pidiendo un favor urgente —usé mi mentira más común.

«Justo así. Ya le dije que no puede usar dinero de A para financiar B.»

«Dentro de todo, la entiendo. No sé si le ganó la ambición o simplemente la presión por tenerlo de inmediato, pero son cosas que deben consultarse. Bien pudimos reinvertir en un tiraje menor para hacer el restock que se solicitó. Algo que sí me enoja es que no se le cruzara por la cabeza que necesitamos ese dinero. No podemos esperar tantos meses.»

«Voy a seguir hablando con ella, pero por el momento no tenemos nada. Estamos en ceros, justo como empezamos, jajaja. Pero como dijo Gen: vergüenza y presupuesto son dos cosas que esta editorial no tiene.»

—Chicos, eso era todo por hoy. Solo pasaba a agradecerles por hacer de esta preventa una experiencia maravillosa, es algo que siempre recordaré con mucho cariño —balbucí, con una mano aplastando la otra fuera de cámara para mantener la compostura—. ¡Les quiero muchísimo, espero vernos pronto!

Aunque vi la confusión de Leany, se ahorró cualquier comentario. A ella le venía bien que mis lives fueran cortos, pues no era tanto de convivir con los lectores.

Al cortar la transmisión, mi cabeza fue directo a clavarse contra el escritorio. Sentí caer sobre mí las notas de papel que pegaba en la pantalla de mi segundo computador, que apenas funcionaba porque me faltaba el dinero para cambiarle la pasta. Entre las notas que cayeron visualicé cuatro puntos a atender los siguientes meses, los dos primeros ya habían fallado indefinidamente:

1. Liquidaciones de la preventa.

2. Anunciar nuevo proyecto editorial.

3. Comenzar a trabajar con mi ilustrador asignado.

4. Recuperar mi amor por la escritura.

Tenía la sensación de que la tercera estaba por fallar también. Díganme negativa, porque lo soy: nunca fui alguien a quien otros pidieran consuelo, era la persona a quien acudías por consejo si estabas entre la vida o la muerte, pero sabiendo que tendría toda la intención de escoger la muerte.

Estaba predispuesta, con uñas y dientes, a lo que Dios, o cualquier ser lunático, estuviese decidido a arrojarme. No había llegado tan lejos ni escogido el camino más difícil si no supiera que era capaz de soportar eso hasta los treinta. Y todavía me quedaban seis años por delante que ni siquiera un trabajo en equipo iba a frustrar.

Tienes un nuevo correo.

Pero, como dije en un inicio de esta agridulce historia, la pequeña diferencia que existía entre las personas, o entre mi ilustrador y yo, era… la presión.

plecap

CAPÍTULO 1

Notas del subsuelo

Dios te libre de algún día caer en lo mismo que él, Génesis. Tu futuro es más brillante que el de cualquiera, así que no nos hagas pasar por el mismo dolor.

Desperté con las gotas de agua salada corriendo por mi espalda. El sudor se había llevado todo rastro de sueño.

Ah… Mi existencia se ha definido por una sola palabra desde que tengo memoria: fracaso. Bastante digna del Génesis, por supuesto que un comienzo deplorable para el ser humano fuera mi nombre.

—Este control ya no sirve —carraspeé. Apliqué más fuerza para centrar la imagen.

Una vez calibrado, me eché a andar por el valle oscuro, cerca del árbol dorado que me gustaba visitar por inspiración. Me senté en un área de reanimación antes de cruzar por unas ruinas que le prohibían la entrada a mi caballo. Allí estuve por varios minutos, con mi vista clavada en las piedras que solían ser ventanas, apreciando a lo lejos la puesta de sol.

Saqué mi libreta e hice algunas anotaciones sobre la conversación previa que tuve con un explorador retirado. Él, tan pronto supo que había tenido la necesidad de pelear con ayuda de su excompañero, me preguntó si acaso aspiraba a ello.

No esperó mi respuesta antes de decir:

«Puede que admiraras la sabiduría y mente clara que portaba al combatir, solía ser así. Ahora puedes verlo sacudirse de rabia, con su piel comiéndose a sí misma por la peste, como si estuviera medio muerto ya. No hay problema si es lo que deseas… supongo que, de cualquier forma, lucirás así al llegar al final del camino.»

La historia de Wild Caves me resultaba fascinante.

Lo mío no eran los videojuegos. Compré mi consola en un arranque de necesidad por encontrar un pasatiempo fuera de mi trabajo y elegí un juego que se destacaba por escenarios masivos y fascinantes de explorar, pero nunca me había topado con algo que me despertara las ganas de saber más allá de lo que me mostraba, de detenerme a leer la historia y conversar con cada npc en mi camino. Quería más de su lore. Desgraciadamente, para ello tenía que pelear y envenenarme en las cuevas.

Y no soy muy buena que digamos.

Los recuerdos de la noche pasada me inundaron. Sacudí mi cabeza para olvidar al gigante que me arrastró de las piernas y me arrojó del puente unas… doce veces.

—Me gusta la mención de que terminaré así. Puedo transmitir algo similar en el one-shot de Athens —mencioné un personaje de Día Cero.

img-15

Mordisqueé mi labio, miré de reojo mi exceso de cafeína disfrazada de matcha que me serví para la sesión nocturna y también a un personaje de melena rubia cruzar el follaje para llegar a mí. Alcancé la bebida e hidraté mis labios, con la vista sobre el npc.

Este desenvainó su espada. Fue hasta ese instante que reconocí el atuendo rojo del jugador.

—Mierda. Mierda, mierda, mierda, me está invadiendo de nuevo —me atraganté antes de tomar el control y huir del lugar.

La otra desgracia de Wild Caves era la función de poder «invadir» a quienes se encontraban posicionados en el mismo lugar que tú o a quien has guardado en la nube, ya fuese una partida individual, con el único propósito de obtener créditos. Desde que Zero, un jugador rubio que usaba técnicas de sangre, me invadió en un recorrido por mi escenario favorito, me tomó por alcancía. Yo sabía que si me enfrentaba a él no ganaría.

Correr me ganaba tiempo para gastar mi dinero.

—Dios, es que no me alcanza ni para subir de nivel —escupí, parándome de golpe. Giré con coraje para recibir el único espadazo que, por su habilidad, fue necesario para cortarme la cabeza.

Vi la pantalla oscura durante el proceso a revivir.

—Ja, ja —me reí sola. Por supuesto que me mataría.

—Ja, ja, ja, ja —continué, apretando el control en mis manos—. Jajajajaja. Estoy que me lleva la…

Me levanté de la cama para dejar el control sobre el mueble. Sabía que si jugaba enojada, terminaría por arrojarlo a la ventana, y así como estaba de quebrada en el juego, también lo estaba en la vida real.

—No tiene sentido que me enoje, es un simple juego. Un juego que compré para distraerme del trabajo, solo eso.

Apagué la televisión y me dirigí al escritorio a un costado de la cama. Llené mi mano con medicamentos que me pasé sin agua.

Terminé de agregar las imágenes de referencia junto a los párrafos que me recomendó mi nueva editora, sin tanto ánimo. Los ojos me pesaban y la cabeza también; sabía que eran las tres de la mañana, pero prefería enviar el correo ya, para no quedarme con la incertidumbre de esperar horas su respuesta.

—Cuando despierte ya me habrá respondido y, con suerte, le habrá enviado el archivo al ilustrador asignado —suspiré.

Estaba acostumbrada a mi editorial, donde todo lo comunicábamos por mensaje, a través de redes sociales, platicando de temas importantes mientras comíamos o cuando encontrábamos tiempo. Era nuevo para mí el proceso de publicación en una editorial grande, sobre todo del Grupo Vaud.

—Me da cosa demostrar que no le sé a esto —tuve escalofríos de solo pensarlo.

Eran tres meses asignados al ilustrador. Había tiempo de sobra.

Después de enviar el correo, volví a la cama. No tuve fuerza para responder los mensajes de mis colegas o amistades, mucho menos comentarios en mis obras digitales. Mis sueños no me permitieron tener un descanso, ya que tenía la desgracia de soñar con trabajo. Soñaba que me respondían, que debía corregir manuscritos, que debía ser más clara sobre lo que quería en la portada.

Específicamente esa última.

«El ilustrador no termina de comprender lo que quieres. Pregunta si buscas colores vivos o fríos, también si tienes más referencias de portadas que te gusten acorde al género que estás escribiendo.»

Leí la respuesta de mi editora al despertar.

—Mmm —cavilé—. ¿Cómo que «acorde»?

Era muy mi asunto lo que quería en mi portada.

—Quisiera saber qué propone el ilustrador… —balbucí, tecleando con los ojos entrecerrados. Sentía mi propia saliva por toda la mejilla y me pasé la palma para retirar el exceso. Estaba muerta de sueño.

Hoy era mi conferencia en la facultad de Letras.

Tomé un vaso de agua antes de meterme a la ducha. Al salir, hice algunas muecas para deshacerme de la rigidez facial y me apliqué delineador. Tras una breve parada en la cocina, abandoné el departamento con un pan de queso y el teléfono en mano.

—«Um, me comunica que es tu novela, no suya… Si puedes ser un poco más clara, él terminará de guiarte. Quiere más interés de tu parte» —murmuré, pasando de largo frente al ascensor decorativo que nunca había funcionado—. ¿Qué mierda dijo…?

Escuché mi propia voz hacerse eco en las escaleras.

No estaba comprendiendo lo que quería. Ya le había enviado todo en un pdf de seis hojas con todas las escenas a dibujar.

Saludé a Nelson, el taxista de siempre, dándole las indicaciones del destino mientras escribía otro correo con las especificaciones solicitadas. Nunca imaginé que la obra genérica entre un ceo y su secretaria, que escribí específicamente para vender a una gran editorial, resultara tan complicada de ilustrar.

«Le parece que no concuerdan tus imágenes con lo que has escrito. Le has presentado lo ideal para un libro clásico de autores ya fallecidos, dice, no para una comedia romántica comercial. Enfatiza que es la segunda.»

Mis ojos se arrugaron. ¿Y a este qué le pasa o qué? Tan agresivo de entrada…

Bajé del taxi con mi maletín y el ceño fruncido y corrí a la universidad sin apartar los dedos de la pantalla.

«Te enviará en unas horas unos bocetos acordes a tu idea y otros que recomienda, si deseas su opinión.»

El nombre del conversatorio era «Cómo abrirse camino en el mundo editorial». Solían invitarme a eventos dirigidos a un público joven, no tanto para llenar auditorios de lectores, sino de futuros escritores. A veces hablaba de la autopublicación o del desánimo ante rechazos. Yo era el ejemplo perfecto de cómo iniciar y cómo mantener una base estable.

—Muchísimas gracias por venir, Génesis —me habló la chica de la universidad con quien charlé en Instagram. Su mano se extendió para estrechar un saludo, la otra me abrió la silla frente a los alumnos que iban llegando—. Estamos realizando unas pruebas de sonido, pero, tan pronto terminemos, daré inicio a la charla. Perdona el retraso…

Sonrió apenada, sentándose al otro extremo de la mesa. Los micrófonos frente a nosotras estaban apagados.

—No te preocupes, así me da tiempo de apreciar la universidad —le devolví la sonrisa—. Se ve que han invertido un buen dinero en la estructura.

—Sí, por ser privada es bastante cara, creo que la colegiatura es de unos diez mil… —tosí, sosteniendo la botella de agua que estaba puesta en la mesa. La muchacha, de serio semblante, comprendió mi reacción ante tal cantidad—. Yo soy becada, así que desconozco en qué trabajan los padres de mis compañeros, ja, ja.

—Narcología yo creo —mi cínica voz resonó en el auditorio, a causa del micrófono súbitamente encendido.

A veces fantaseaba con engraparme la boca.

Bajé la palma para cubrir el micrófono. Después de tragar saliva e intentar encogerme para desaparecer bajo la mesa, me dieron la señal de que darían inicio al conversatorio.

—Hoy nos acompaña la escritora Génesis Asceta, mejor conocida por escribir Cuídate en el camino, La vida es muerta y su más reciente trabajo en la saga de Día Cero con… —murmuró lejos del micrófono—: ¿Estás bien?

—Seh —me reincorporé, sonriente hacia los alumnos. El recinto era demasiado grande como para llenarlo, pero al menos unas sillas estaban ocupadas.

Componte. Componte. Componte, me repetí.

—Es un placer estar aquí. Antes de comenzar quisiera saber si se me escucha bien —hablé, con los ojos entreabiertos por la luz que entraba en todas las direcciones.

—Sííí —la misma respuesta salió de la mayoría.

La charla fue amena. En gran parte me encontré hablando de mi trayectoria, amplia y de logros varios. Me fue difícil responder a las preguntas sobre si se podía vivir de ello. Se podía, claro, lo afirmé. Mientras hubiera dinero para invertir y alguien que confiara en ti, se podía. Claro, si la editorial aliada no tomaba el dinero de tus libros para reinvertirlo sin consultarte. Si las personas no me preguntaran dónde adquirir mi libro, para después decirme: «Perfecto, lo compraré cuando tenga dinero», cosa que se traducía a: «Jamás». Si no olvidabas tener ciertos ahorros en lo que recibías tus pagos anuales. Tener una reserva para todo el año era lo ideal.

(Hay como quince dólares en mi PayPal).

Me preguntaron sobre contratos y cómo evitar los abusivos; desgraciadamente, yo no era buena leyéndolos y mi asesor legal apenas me respondía, quizás porque su paga era baja.

También quisieron saber cómo me sentía respecto a mi posición en el medio literario.

—Es… —sentí el vibrar de mi teléfono dentro del abrigo—, ¿cómo decirlo? Se siente…

El arte es el peor de los engaños. No se dediquen a esto. No se hagan pasar por esto. Es una mierda.

Miré a los jóvenes, algunos atentos a lo que sea que dijera. Otros comían al fondo, uno en particular mascaba chicle. Hizo una bomba de aquel dulce, tan grande que esta explotó al instante en que escupí mi respuesta:

—Soy feliz —hablé, con los dedos dentro del abrigo, silenciando el teléfono—. Pese a todo, si sigo haciendo esto, es porque es lo que quiero y yo sabía todo lo que conllevaba hacer lo que quería. Aun si el camino a recorrer era largo.

Incluso si en el camino me quebraba.

—Gracias por habernos acompañado y ser tan paciente al esperarnos, Gen —la panelista me agradeció tras concluir.

Salí de la universidad mientras revisaba el correo de Marta, mi editora. Eran algunos conceptos de parte del ilustrador, pero las expresiones que había propuesto no eran lo que esperaba.

En primer lugar, yo no quería a los protagonistas en plena portada, buscaba algo más discreto. Me perturbaba ponerlos en mis estantes y estar viéndoles el rostro. Para eso, mejor me compraba algún cómic.

—La sonrisa de la chica me inquieta, luce como drogada. Él no destaca en absoluto —murmuré a media calle—. Creo que no termina de comprender lo que quiero. Los bocetos tampoco me parecen buenos, pero si quería agregarles un rostro, pudo hacerlos más lindos, no lo que sea que me entregó. Se ve fatal. Sucio, añadiría.

Me entró la llamada de Anny, la amiga con la que me reuniría a comer después del evento. Apenas salía del trabajo.

—Por cierto, Anny, no me has enviado la dirección —comenté—. Vengo saliendo de la universidad. Fue un relajo llegar, pero ahorita te cuento. Estoy cansadísima.

—¿No te despertaste a las siete?

Subí al taxi, pidiéndole un segundo para mostrarle la dirección que recién me había enviado Anny.

—Me dormí a las tres y media.

—Ah, cierto, recuerdo haber escuchado tu mensaje mientras estaba en la cama —la imaginé asintiendo. El taxista, por otro lado, arrancó hacia el destino—. Bueno, ahorita nos vemos, ¿va? Voy a manejar.

Tomé el trayecto como mi descanso.

El tema del dinero me tenía preocupada. La editorial nos comería vivas en lugar de ayudarnos a comer y, aunque mi base de lectores era estable, ya todos habían comprado el libro. Yo quería llegar a más público, pero no haríamos nada sin respuesta de los distribuidores, e ir librería por librería buscando que acepten los libros por consignación era desgastante. Amaba tanto mi trabajo que firmé contrato con Vaud bajo la esperanza de hacer las cosas bien y poder financiar mis demás proyectos.

Amaba mi trabajo.

—Pero si el libro no es llamativo, puedo ir despidiéndome —me dije convencida.

—¿Quiere que abra una ventana? —el taxista me habló. Tuvimos un intercambio de miradas por el retrovisor—. Parece que necesita aire.

—Creo que tengo aire de más —no se rio—. Sí, gracias. Yo la bajo.

Tengo sueños demasiado grandes, ese es el problema.

«Se lo he comentado ya al ilustrador… fueron comen­tarios severos, pero no se lo tomó a mal. Es muy profesional. En realidad, me dice que preferiría hablar contigo para tener mejor comunicación porque necesita explicarte unos puntos.»

«Estoy completamente de acuerdo en que debemos explicarnos unos puntos, tengo bastantes en mente. Porque si no resolvemos esto, realmente no sé si quiero trabajar con él a largo plazo.»

«Los pongo en contacto. Saludos.»

La cafetería donde me reuní con Anny tenía una temática de jardín oculto. Siempre era una sorpresa para mí el lugar donde íbamos a comer: podía ser desde una cafetería japonesa hasta un restaurante italiano o una marisquería.

Me aproximé al ver una melena de rizos rubios dándome la espalda.

—Gen, tenemos que hablar. ¿Viste lo que hizo Ji-oh?

—¿Engañar, manipular y sepultar la carrera del supuesto amor de su vida? Por supuesto. Me recordó a mi ex, sin la parte en la que vuelven a estar juntos —sonreí al tomar asiento. Mis conversaciones con Anny eran chismes sobre personajes ficticios.

—¿Ya dejaste de pelear con tu ex por los derechos de autor? —me preguntó. Su rostro lució preocupado.

—Sí —vi a un mesero acercarse—. Consejo: nunca confíes en un hombre. Terminas como yo: soltera, quebrada y con dificultad para manejar la ira.

—Ay, mi amor, es que tú también…

Sacó su teléfono para mostrarme imágenes de novelas que leía. De algunas me envió enlace porque me vio muy interesada en la trama. Mis salidas a su lado me desconectaban del trabajo, me volvían una lectora que se emocionaba sin saber qué pasaría en el siguiente capítulo.

Pedimos unas baguettes del mismo tipo. Después de intercambiar libros físicos, pedimos un postre, un chocolate caliente y un café que ella degustó. El sol se ocultó sin que nos diéramos cuenta.

—¿Quieres que te pase a dejar? Ya es bastante tarde —mencionó Anny con su abrigo en los brazos.

—Gracias por la caridad a esta pobre alma —junté mis manos.

—Ya, ya, Gen. Eres y serás grande, no pienses solo en el ahora.

Le sonreí.

Mi teléfono vibró en el bolsillo interno. Metí la mano de inmediato porque reconocí el sonido que hacían mis correos.

—Creo que es mi ilustrador…

—Voy a buscar el coche mientras lo revisas, ¿va?

Asentí.

Sus rizos se fueron saltando, chocando con algunas plantas mientras subía las escaleras para salir del jardín. Yo volví a sentarme en las sillas con ornamentos antiguos, siendo iluminada solo por mi pantalla y la luz amarilla de una fuente a lo lejos.

«Querida Génesis, Marta me ha proporcionado su dirección de correo electrónico. Pensé mucho si hablar directamente con usted porque no es algo que suela hacer, pero creo que es un asunto importante.»

—Qué formal —bromeé. Vi mis propias uñas mordisqueadas y apreté los dedos para alejarlas de mi boca.

«Quiero trabajar con usted estos tres meses que estamos bajo contrato. Esta comunicación se queda solo entre usted y yo. Por ello, se lo diré sin pelos en la lengua:»

Achiqué los ojos ante semejante expresión.

—Se volvió viejo de repente.

«Comprenda lo que escribe.»

Eché mi cabeza a un costado. ¿Había leído bien?

«No digo que sea su caso, pero es necesario siempre mantener los pies sobre la tierra y no subirnos en una nube. Las tapas duras que describió, las portadas blancas que le gustan con solo un título en el centro y detalles dorados son para autores de millones de ventas. Escribe una comedia romántica que si no vende, que si no luce rentable, que si no les convence, los lectores van a patear fuera del mercado.»

—Gen, ya aparqué el vehículo… —Anny se detuvo al ver que la miraba de reojo, con los dedos paralizados sobre la pantalla—. Eh, yo creo que te espero afuera.

«Así que tiene dos opciones: trabajar conmigo o decidir sola sin aceptar mi consejo. La situación es que está forzada a escoger la primera, ya que firmó el contrato, igual que yo. Aprecio mucho su comprensión y anhelo que podamos tener una exitosa colaboración en la que ponga de su parte.»

Arranqué mi abrigo de la mesa, con las uñas chorreando sangre sobre el césped.

«Saludos, ZeroArts.»

img-26

plecap

CAPÍTULO 2

¿Las Noches Blancas te tienen despierto?

A ti, querido lector, quisiera recordarte que mi nombre es Génesis. Y por si no ha quedado claro, mi profesión es escribir libros.

Conocía mi trabajo como la palma de mi mano. Dudaba tan poco de mis habilidades que, cuando me propuse escribir algo que iba en contra de lo que siempre quise hacer, confié en que todo saldría bien. Así fue al terminar mi manuscrito, pero más allá de las letras, mi creatividad se desvanecía al escapar de las hojas.

—«No estoy entendiendo qué propone…» —jalé con ambas manos la piel de mi cara mientras me lamentaba sobre el teclado—. ¡¿Qué quieres de mí, carajo?! ¿QUÉ QUIERES?

«Le recomiendo los títulos grandes, con letras de ancho fijo para que este se pueda leer a simple vista. Sé que los rostros no le gustan tanto, así que podría ponerlos de perfil, o inclusive hacerlos a ellos más pequeños con un fondo simple de un solo color.»

—«Pero no le entiendo…» —balbucí, tecleando nuevamente—. «¿Eso que envió es una propuesta de imagen o ya es lo que hará de portada? Me parecen muy grandes las letras.»

«Es para que vea el fondo, si ese estilo acuarelado le va bien o nos vamos por colores sólidos. No tome en cuenta las letras por el momento.»

—«Odio las caras en las portadas y no me gusta el rojo; me satura la cabeza» —suspiré. No sabía cómo comunicarle que no me gustaba nada de lo que hacía.

«El rojo lo hace destacar como no tiene idea.»

—«Que no me gusta» —releí mis propias palabras—. «Usted no entiende lo que es tener preferencias, ¿cierto? Quíteme eso.»

«¿Qué parte de “estamos proponiendo cosas” no comprende, srta. Asceta?»

Tomé aire con fuerza al verle usar mi apellido. Alguien que utilizaba un seudónimo para su trabajo profesional, y uno bastante común, quisiera añadir, no tenía el derecho a responderme de forma tan pasivo-agresiva.

—«Usted no propone, usted impone.»

«Usted pasó toda la noche imponiendo su portada blanca con letras doradas. ¿Está bien?»

—«¿Y usted está bien?» —bufé.

«Perfectamente. ¿Tú?»

—«Mejor que nunca.»

Juro, juro que si me lo encuentro, lo mato.

«Ya somos dos.»

—«Mire, tengo que salir a realizar unas compras. Continuemos la conversación por la tarde, que justo ahora no le voy a dar la respuesta que quiere.»

Y dudo que lo haga algún día.

«A esta hora no hay nada abierto. Debería dormir, no hemos parado de hablar y debatir por lo mismo. Yo la dejo, ya es mi hora de dormir.»

—«Van a dar las siete de la mañana, no es hora de dormir…» —murmuré horrorizada al ver que podía darse el lujo de decir que dormiría a esa hora.

«Ah, no me había dado cuenta de la hora. Pensé que aún eran las cuatro.»

—«Usted debería comenzar a trabajar en la propuesta. Tiene la fecha encima» —solté, junto al mensaje.

No obtuve respuesta.

Me arranqué del escritorio. Cerré las cortinas que daban hacia la avenida principal, me quité la camiseta y caminé al baño con la esperanza de tomar una ducha caliente, pero solo salió agua fría. Mal augurio que se acabara el gas. Salí de casa con una cachucha encima.

La única razón por la que me mudé a ese edificio era porque el supermercado que se encontraba abierto las veinticuatro horas del día estaba justo debajo de mí. Bastante conveniente para alguien que olvidaba preparar la comida o trabajaba hasta tarde.

Mi madre y hermano mayor venían de visita el fin de semana. Aún tenía cosas que hacer en casa para prepararles el lugar. Si quería dedicar un tiempo a mi familia, debía dejar el resto de las tareas concluidas, sin importar que la interacción con mi ilustrador fuera tensa. Y yo sabía por qué me tensaba, pero no podía comprender qué le estresaba tanto a él.

Mi primera parada en el supermercado fue el área de farmacia. Compré laxantes, melatonina, pastillas para el estrés y unos sueros, junto con mi medicación. Después eché los cereales preferidos de mi madre, las botanas favoritas de mi hermano y cosas básicas en mi despensa.

Acarreé las bolsas hasta mi departamento y las dejé sobre la mesa mientras me tronaba la espalda después del esfuerzo; tenía ya semanas molestándome el dolor. Abrí la nevera, guardé los artículos y estornudé. Mi cabeza no estaba presente, sino absorta en escenas de novelas por construir.

—Voy a sacarlas de mi mente, porque me distraen… —quise tomar nota, pero me detuve al ver el archivo abierto de mi actual novela. Esa comedia romántica que incluía todo lo que no me fascinaba en los libros: trama centrada en el mero romance y en el clásico «¿Cuarenta y siete centímetros te parecen bien?».

La odiaba. Nunca había detestado tanto algo, ni siquiera los bocetos psicodélicos que me había enviado Zero.

—No hemos empezado las ilustraciones interiores —susurré, sentándome en el piso de la cocina—. ¿Siquiera leyó el libro? ¿O lo leerá? No hay nada bueno escrito allí.

Miré el reloj apuntar las ocho y, antes de que el siguiente minuto marcara las nueve, dejé caer mi cabeza al suelo. Al darle el espacio a mi mente para reflexionar, una pregunta se hacía presente: «¿Por qué estoy haciendo esto?»

«¿Por qué quiero hacer esto? Algo como escribir.»

No recordaba la última vez que había sentido con fuerza algo más allá de rabia, monotonía o tristeza.

Desde que empecé a medicarme, las cosas eran distintas. Antes tenía una rutina inalterable que me hacía comenzar el día desde las cuatro de la mañana y concluirlo a las diez de la noche. Me presionaba a la producción, por ello tuve un buen comienzo. Lo tuve de verdad.

—Hace doce meses comencé esta historia de mierda —mascullé, mirando mi pantalla—. Yo creo que me arruinó la cabeza escribir tanto mete-saca.

Hace doce meses me dije que necesitaba más dinero.

—Ja, ja… —me reí sola.

Volví a levantarme cuando me sentí invadida por mis pensamientos. No podía permitirme eso.

Terminé el acomodo de la alacena y preparé la habitación donde mi familia pasaría la noche.

Abrí el manuscrito del siguiente proyecto que tendría Dione, mi pequeña editorial. Ocupé la impresora todo el medio día para imprimirlo. No solo pasaba el tiempo creando mis historias, también me dedicaba a hacer el proceso de corrección de estilo en obras independientes.

Cuatrocientas cincuenta y nueve páginas.

Encendí la luz de escritorio y comencé con la primera página.

Apenas comenzando la segunda, el gato naranja de la vecina chocó contra mi ventana, que daba al pasillo. Después de mirar a ese gordo imbécil, las manos de mi mamá me saludaron de repente.

—¡Ya llegamos, princesa!

Me levanté a abrirles, seguido de un abrazo a mi madre, que entró de inmediato. Escuché la voz de mi hermano afuera, con el felino, así que lo esperé en el umbral.

—¿Es tuyo?

—¿Ese jamón? Nah, es de la doña que vive al lado —aclaré.

Mantuve una sonrisa al verle jugar en el piso con tanta calma. Se había cortado hace poco el cabello cenizo hasta los hombros y llevaba puesto ese cárdigan color menta con flores que usaba cuando hacía buen clima.

Mi sonrisa perdió fuerza cuando se levantó y entró al departamento. La cicatriz aún me era difícil de ver, quizás porque no vivía con él como lo hacía el resto de mi familia. Pensé que debía estar sola, sobre todo después de mi ex y el incidente que mi hermano sufrió.

—¿Cómo han ido las cosas con la editorial, mi amor? —mi mamá me habló tan pronto se acostó en el sofá—. ¿Ya les liquidaron lo que vendieron o todavía nada?

—Nop. De igual forma, ya sabes que Viena es muy inteligente, anda intentando cerrar un trato de distribución nacional con los mil libros que recién mandamos a imprimir —comenté, pasando a la cocina para servirles algo de beber—. Andamos en espera.

—¿En cuánto les salió imprimir tantos, sis? —Bel tomó asiento—. Planean imprimir también los libros de Viena, ¿no?

—Pues no barato. Ahora nos arriesgamos imprimiendo de nuestros bolsillos para primero recuperar y luego reinvertir poco a poco —expliqué, con la vista fija en el jugo. Sentí que la energía se me había agotado—. Solo queda que oren por nosotras si queremos estar en librerías.

Habíamos tenido tan mala racha que a la imprenta de Chile le cayó el Vaticano… y la cerró, así nada más.

—Ay, hija, les deseamos lo mejor. Sabes que por cualquier cosa puedes volver a casa, si la situación económica es complicada —sus palabras quedaron de fondo mientras vertía hielos—. Tu cuarto está intacto, dejaste sudaderas, hasta algunas cosas de Abrah…

Se me resbaló el vaso. Retrocedí con migraña por la falta de sueño, paralizada por la simple idea de que si intentaba recogerlo podría cortarme y ver sangre.

Otro charco de sangre.

El rojo que me hacía vomitar.

Los jugos gástricos subieron a mi garganta, así que tapé mi boca.

Mi hermano se levantó de inmediato para ayudar.

—No te acerques, yo lo recojo —dije, alzando la mano para detenerlo. Sus ojos eran excesivamente expresivos, por lo que supe que le hablé con mal tono—. Perdón, no he dormido bien. ¿Les molesta si recojo esto y vuelvo al estudio para trabajar?

—Es tu casa, mi cielo…

—Sí, lo siento.

No les conté sobre la mala suerte que teníamos en la editorial, que nos acechaba como si nuestros sueños fuesen un peligro para la humanidad. Mi madre no debía enterarse, ya tenía suficiente estrés en casa.

img-pleca

—¿Que quieren cuánto? No entendí la conversación que me enviaste, explícate —le pedí a Viena una vez Leany abandonó la llamada—. Háblame más simple.

—Ellos se llevan el setenta por ciento del precio del producto —habló sin su acento chileno característico.

—¿Quieren el setenta por ciento de veintitrés dólares? —arrugué el entrecejo. Para ser ese tipo de noticia, aún no estaba tan alterada—. Es demasiado. No nos da. No, no, no.

—Pues en otros lados piden el noventa por ciento.

—¿COMO POR? ¿Es una mafia de libros? —me llevé las manos a la cabeza—. Yo apuesto a que sea el cincuenta por ciento. O máximo el sesenta por ciento. Dios…, no sabía que trabajaban así.

—Hay que probar a negociar el sesenta por ciento, aunque igual no creo. Me parece que lo mejor es no darles los mil libros, quizás la mitad, y hacer venta directa con el resto —ella también suspiró—. Dentro de todo, sabemos que hay que hacer ese sacrificio. Somos una editorial relativamente nueva, no nos conocen las librerías. Hagámoslo al menos para obtener los contactos y luego vender otros libros metiéndolos por nuestra cuenta. Pero mil libros, no. No es ni el salario mínimo.

—Las desventajas de que nadie nos tope.

—Ey… —la imaginé asintiendo detrás de su escritorio.

—Está bien, intentemos eso. De igual forma yo estoy pendiente de mi otro libro, que espero esté saliendo dentro de cuatro meses, si es que no sigo teniendo problemas con el ilustrador.

—¿Sigue de sapo?

—Ando esperando sus nuevas propuestas. Bastante meh lo que hace. Siento que se droga… Se duerme a las cuatro de la mañana, ¿tú crees?

—Gen, realmente sé más flexible con lo que pida, po. La historia ni te gusta, las ilustraciones ya son lo de menos. Necesitamos que tu nombre esté en librerías —ahora asentí yo con un movimiento de cabeza mientras ella continuaba—, no podemos seguir siendo de nicho. Hay que irnos a lo grande. Por cierto, más tarde te comparto también mi siguiente éxito comercial. Puro mete y saca.

Me carcajeé, quitándome uno de los audífonos.

—Sip, no olvides compartirlo. Te quiero, Vie.

—Yo a ti, Gen… —hizo una pausa—. Cuídate mucho, ¿sí? Intenta dormir, aunque sea un poco. Chao, chao.

img-pleca

Mi editora de Vaud, Marta, citó una futura reunión para recomendarme añadir escenas que desarrollaran más ciertos acontecimientos. Sabía que habían aceptado mi trabajo no solo por el género que escribí, sino por mi trayectoria y mi actual posición. Era rentable tenerme en su casa editorial, o al menos eso pensaban.

Eso les hice creer.

Pese a que debía trabajar en el manuscrito, organizarme con el ilustrador, realizar mi trabajo dentro de Dione, convivir con mi familia y tomar mis trabajos independientes, hice lo que cualquier persona cuerda haría a la 1:47 a. m.: vertí pastillas mentoladas en mi boca mientras presionaba los botones del videojuego. Me incliné para agarrar el refresco sobre la cama y me resolví a pasar un rato sin pensar.

No puedo estar peor que el ilustrador ese.

De vuelta en la pantalla, me abrí paso con ambas manos a través del follaje, dando estocadas sobre mi caballo a cualquier criatura que se acercara ofensivamente. Jugaba con toda la intención de progresar en la historia, siguiendo la ruta de la vendedora ambulante que padecía de una enfermedad severa producida por una maldición.

Frené de golpe cuando estuve por estrellarme contra un convento en ruinas. Dejé mi caballo en la entrada con la esperanza de que no fuese asesinado mientras me esperaba. Me apresuré a buscar bajo el sol cenizo las manchas de sangre escupidas, estas me llevaron hacia la hoguera de aquella mujer sentada que vestía como espantapájaros.

Al apoyarme sobre la madera, me dirigió la palabra.

—¿Eres un explorador? ¿Buscas algo en particular?

Tenía una especie de maldición que me recordaba a la tuberculosis, si hablábamos en términos actuales, pero su piel se volvía seca entre más palabras formulaba. Sabía que no moriría aún, pero que sería inevitable en algún punto de la historia. Yo necesitaba saber más de su maldición para evitar seguir ese camino y poder enfrentarme a un jefe que también la padecía.

—Cuéntame más sobre Rodrik.

—¿Rodrik? —bajó la cabeza, ocultando su piel con el gorro alto de tela que portaba—. Hace tiempo no escuchaba ese nombre. ¿Te interesa saber sobre su maldición? No hay mucho que decir más allá de que es contagiosa.

Sus dedos se detuvieron en el recorte que cubría la mitad de su rostro. Sabía que había heredado la maldición de su padre, pero no estaba segura de si Rodrik era su padre o solo parte de su árbol genealógico.

—Jugábamos juntos en aislamiento… Se convirtió en el señor de las tierras del sur. Lo último que supe de él es que envenenó a todos los nobles y cerró las rutas subterráneas. La enfermedad te afecta la cabeza, aunque supongo que nunca fuimos los hijos más sanos.

Rodrik tenía en su posesión los estatutos del gobierno antiguo sobre su región. No solo debía obtenerlos si quería conseguir una audiencia con el rey, también debía adentrarme por la superficie para entregar una carta como misión secundaria. No tenía ni idea de cómo entrar y salir no solo con vida, sino con salud.

Dejando de lado las maldiciones, el envenenamiento era un problema recurrente en Wild Caves. Claro, si te movías entre rutas subterráneas.

—¿Cómo puedo evitar el contagio?

—Puedo venderte mi sello familiar —explicó—, pero antes…

Al ser alguien que prefería estar en la superficie, mantenía la guardia baja cuando no estaba en las cuevas. Por eso no estaba lista para un ataque externo.

Escupí sangre cual animal sacrificado. Caí de muerte sobre el césped y observé mi cuerpo retorcerse.

La melena rubia a mis espaldas, con el manto que silenciaba su andar, me congeló las manos.

Debo repetir esto.

Vi ese nombre tan genérico que usaba uno de diez jugadores, pero ese diseño tan característico y ese deleite en asesinarme sin siquiera confrontarme, como si supiera que no pelearía de ninguna forma, como si matarme distraída fuese más divertido que matarme ya rendida. Solo era capaz de hacerlo una persona, una muy retorcida.

Zero, al que, si tuviera frente a mí, le habría puesto diez órdenes de alejamiento.

plecapb

CAPÍTULO I

La muerte y Séneca

La sangre y la muerte no como un acto desconocido, sino uno que vivimos cada día, desde el momento en que nos extraen de ella hasta que nos sepultan. ¿Qué sabríamos de la vida si no nos contaran del pasado? Ese antes de nacer en que nuestro ser yacía muerto. No nato.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos