El sello de la libélula

Kyra Galván

Fragmento

El sello de la libélula

1

EL PRINCIPIO Y EL FINAL

Tengo el ombligo atado a una memoria. A una promesa hecha en otro tiempo. Un guiri, que es una obligación que no se deshace ni con la muerte. Hay que cumplirla, aunque sea en otra vida, en otro siglo y con otro cuerpo. A pesar de que durante mucho tiempo permanezcas ignorante al compromiso, llega el momento de honrar las promesas hechas con el corazón. A costa de lo que sea. Respetar el honor es el don más alto al que se pueda aspirar, lo más apreciado por los dioses que nos observan desde su morada.

Debo decir que este concepto sobre el honor como inestimable virtud lo aprendí de una manera extraña cuando viví en Japón. Su significado me fue enseñado por un maestro inesperado y por sombras atormentadas provenientes del pasado, que clamaban exigentes el cumplimiento de juramentos proferidos en otro tiempo.

Empezaré a narrar esta historia por el principio; o no, lo mejor será comenzar por el final, es decir, por el último día que pasé en el país del imperio del sol naciente, y que, de una manera u otra, cerró el ciclo de muerte y renacimiento de aquella aventura.

Me arriesgo impulsivamente a contarles acerca del día que tomé un taxi rumbo al aeropuerto de Narita. Era un 28 de diciembre de 1989, Día de los Inocentes, cómo olvidarlo. Era un típico día de invierno en el hemisferio boreal, época en que la luz es radiante, pero fría a la vez, y viene asociada con ese tinte ocre tan especial que va otorgándoles definición precisa a los objetos y cierta luminosidad cálida a las personas.

Durante la hora y media que se prolongó el plácido trayecto en el coche de alquiler que nos llevó desde el hotel Imperial en el centro de Tokio al aeropuerto internacional, lloré sin parar. Lloré como si mis lágrimas ambicionaran abrir un nuevo cauce en el río Sumida. Como si ellas hubieran personificado cada uno de mis incansables esfuerzos por vivir, hasta ese preciso momento, en el mundo inalcanzable del Lejano Oriente, tan apartado de nuestra realidad. Sollocé perlas iridiscentes recién salidas del mar y las fui dejando como migajas de pan para que algún día constataran mi paso por aquellas tierras, pero regadas también con el objetivo expreso de poderlas recoger años después, como un hilo conductor que serviría para descifrar el laberinto de mi vida.

Ese día mi alma le reveló a mi cuerpo una verdad absoluta, una certeza de exactitud extraordinaria que se traducía en una premonición contundente: nunca más habría de regresar a esa bullente ciudad.

Ese presentimiento, preciso y acuciante, se me clavaba en el pecho como un estilete envenenado y, contra todos los pronósticos, me provocaba una tristeza infinita, un dolor inexplicable, que se extendía por mis brazos y piernas y me anudaba el estómago con el pañuelo lánguido de la impotencia y, a la vez, con lo implacable de lo que es definitivo. Era el dolor que las plantas sienten cuando se les arranca de tajo y de raíz. Cuántas debieron de haber sido las ramificaciones que yo había echado en esas tierras, llamadas desde la antigüedad Akitsu Shima o Isla de la libélula. Fibras que se extendieron en la profundidad y en el misterio de ese reino que turbó mi alma y del que evidentemente me conmovía tanto separarme.

Pero tal parecía que la vida sólo me hubiera permitido una rebanada, jugosa pero breve, de esa cultura milenaria. Un pedazo y ni una partícula más. Un lujo y un privilegio ofrecido sólo a unos cuántos, lo sabía. No podía quejarme, lo agradecía profundamente. Una deuda pagada, un capítulo terminado, pero no borrado. Algún día, lo sabía bien, sin tener la certeza de cuándo, habría de escribir una crónica de esos acontecimientos que se estrechaban en el tiempo, más de lo que cualquiera se pudiera imaginar.

Sobra decir que, en aquel momento de despedida, mi marido se sentía perdido ante mis emociones explosivas e incontroladas, y mi pequeña hija se encontraba acurrucada a mi lado y tan callada como un ratoncito de biblioteca. Supongo que el chofer del taxi, estaba más sorprendido que molesto por mi llanto, y quizá, en algún nivel de su alma, hasta conmovido. No se atrevió a articular palabra alguna en todo el trayecto. Condujo con suavidad, como solían hacerlo los experimentados conductores nipones de coches de alquiler, mientras acariciaba seductoramente el volante de su auto Nissan con sus blanquísimos e inmaculados guantes de algodón. Mis sollozos inquebrantables, con toda seguridad, eran una cosa más de las muchas que debieron haberle sucedido llevando o trayendo a extranjeros como nosotros, o gaiyines*, como ellos nos llaman y que significa, «persona de afuera». Persona ajena.

Difícilmente creo que alguien más hubiera berreado como lo hice yo aquella mañana. Supongo que lloraba mi propia muerte para Japón, mis recuerdos, mis esfuerzos heroicos que me ayudaron a sobrevivir en un mundo extraño y dificilísimo para fuereños, también, por supuesto, el dejar atrás, y quizá para siempre, la existencia de incomprensibles ataduras en ese lugar de maravillas. Un karma saldado al que duele también dejar.

Éramos —no cabía la menor duda— criaturas incomprensibles nosotros los occidentales, para ellos, los orientales. Es difícil saber qué siente un oriental en el fondo, de a de veras, porque con frecuencia no son del todo sinceros, y la mayoría de las veces están educados para esconder y suprimir sus verdaderos sentimientos. Y a nosotros, occidentales, nos cuesta arduo trabajo leer sus rostros inmutables, sus reacciones inesperadas, su mentalidad cuadrada, que no por eso, a veces, prodigiosa.

Explicar, sin embargo, la desazón que retorcía a mi alma, era difícil hasta para mí misma. La estancia en ese país lejanísimo a México había hecho honor, en cierto modo, al título del libro del poeta francés, Arturo Rimbaud, Temporada en el infierno. Había sido hasta entonces la experiencia más dura a la que me había enfrentado en mi vida. Porque no es fácil oponerse a Japón, ya que unírsele era casi imposible. Podía ser interesante, chistoso, extraño, pero nunca sencillo. Sin embargo, justo porque había significado el reto más difícil, también se alzaba como lo más preciado, lo más adorado, lo que más dolía abandonar. Lo que más trabajo nos cuesta adquirir es, invariablemente, lo más difícil de soltar.

Una carencia, una pérdida irreparable se cernía sobre mi corazón esa mañana de diciembre. Había llegado a Tokio en el mes de octubre del año anterior y recordaba claramente la visión de unos crisantemos dorados de tamaño extraordinario —flor de otoño— que había admirado en una exposición en el parque de Hibiya, y lo tomé como un símbolo de bienvenida a ese país, considerado la región imperial de los crisantemos. Pero para este día en especial no había crisantemos de ningún tipo para despedirme, ni imperiales ni plebeyos, ni arreglos florales zen, ni existía aún flor alguna sobre el planeta que hubiera brotado para alegrar o apaciguar la quebrazón de mi espíritu.

Japón en general, pero la ciudad de Tokio en especial, habían significado para mí tantas cosas en tan poco tiempo que era difícil acabar de digerir la experiencia. Aún más, mi estancia en ese lugar me había hecho replantearme, a una profundidad vital, mi filosofía de la vida, mis ideas, mis conceptos, y mis percepciones más básicas, a tal grado, que me había convertido en un ser antes y otro después de Japón. Como si en mi vida se hubiera dibujado una línea imaginaria en el horizonte, un eje cartesiano de números positivos y negativos, donde Japón era el cero, el presente, el punto de partida y la disyuntiva. A la izquierda del cero, los números negativos representaban mi pasado, que había transcurrido, con sus altas y sus bajas, de manera más o menos ordinaria, y los números positivos, que encarnaban mi futuro, prometían, después de esa experiencia demoledora, ser mucho menos ordinarios que el pasado. Antes de Japón y después de Japón se establecían como marcas de una línea divisoria en mi existencia, tal y como las conocidas expresiones antes de Cristo y después de Cristo, en la historia de la humanidad.

Japón me había cuestionado a mí misma y a mis creencias hasta la médula. No sé si todos los occidentales que visitan ese país tienen la misma reacción, pero yo había tenido que reconocerme, por primera vez, en mi profunda occidentalidad. Esta característica había vivido dentro de mí totalmente ignorada hasta que no la confronté con lo que significaba la orientalidad. La experiencia había retorcido mis huesos como si hubieran sido de cera, había exprimido mi cerebro como a un trapo viejo al que se le retuerce para sacarle la mugre y luego se le enjuaga con agua limpia y lejía para usarlo de nuevo.

La vivencia fue tan brutal que había tenido que preguntar a mis ojos si no mentían, si la percepción de la realidad era mental, visual o táctil. Había sacudido mi sentido de la estética como al cuello de un ganso que está punto de ser asesinado. Me había sumergido en el sentido del zen en cada movimiento, me había hecho consciente del espacio o de la falta de él, pero lo más dramático del proceso había sido el convertirme en una analfabeta de un día para otro. La experiencia me había hecho sentir en carne propia la humildad. La humildad que sienten nuestros indígenas y nuestros mexicanos pobres ante la arrogancia de la cultura blanca o de la clase dominante. Ésa que los clasemedieros mestizos pretendemos desconocer, desdeñar. Pero que nos aferramos a ella más por sobrevivencia que por pertenencia genuina.

Eso y más, estaba a punto de dejar para siempre en el momento en que me subiera al avión que me estaba destinado —metálico e impersonal— y que habría de conducirme de nuevo hacia la occidentalidad. Me depositaría otra vez en la cómoda familiaridad de los caracteres occidentales, de los idiomas con raíces latinas y sajonas. Me devolvería a las civilizaciones de hombres y mujeres de narices y ojos grandes, características físicas que a los japoneses tanto les sorprenden. A las culturas que, sin saberlo quizá, veneran las peripecias de los helenos, esas tribus medio salvajes que, sin embargo, construyeron la llamada «civilización» basada en sus costumbres y creencias, en sus leyendas y sus mitos, en su estética y en una lengua que habría de convertirse en la raíz de muchas otras. A un mundo que se mide y se extiende a la izquierda de las coordenadas geográficas del archipiélago helénico. A un lugar donde sin duda, me iba a sentir a gusto, pero que definitivamente no me cuestionaría, ni me retaría de la manera en que lo había hecho Tokio. El Tokio y el Kioto donde se desarrollaron los sucesos que habían transformado mi existencia y en donde se había operado una transfiguración en mi espíritu.

El día que dejé Tokio para siempre, morí una parte de mi muerte.


* Gaiyin es «extranjero» en japonés coloquial, y quiere decir persona de afuera y proviene del japonés formal gai koku yin.

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2

INSOMNIO BRUTAL

El arribo a Tokio, en contraposición a mi despedida, la cual recuerdo con minucioso detalle, se convirtió en una memoria totalmente nebulosa. Lo único que viene a mi mente con claridad absoluta es el brutal insomnio al que nos enfrentamos en los primeros días de estancia. Resultaba prácticamente imposible adaptarse en tan sólo unos días a la diferencia de quince horas hacia adelante con respecto al horario de México y, por tanto, pasábamos las noches en blanco, dando vueltas en la cama, sin el menor asomo de sueño. Entonces, la superficie del lecho se volvía una gran cancha de tenis, plana y lisa, desolada y silenciosa por la que rodábamos inconsolables de un lado al otro. Supimos después que era un fenómeno de lo más común para cualquiera que viene del Occidente, y que la adaptación duraba, como mínimo, alrededor de dos semanas. Es increíble cómo las ocho horas de una noche pueden volverse eternas cuando nuestro cuerpo aún habita en otra dimensión temporal.

Los primeros días después de nuestra llegada, mientras Andrei se iba a trabajar, en su papel como nuevo representante de un banco mexicano, mi pequeña hija y yo pasábamos el día en total aburrimiento. El departamento estaba prácticamente vacío, pues no teníamos muebles, a excepción de una mesa baja, estilo japonés, que usábamos para comer. Una cama matrimonial cuyos resortes rechinaban cada vez que uno se daba una vuelta, y un futón* donde Andrómeda durmió los primeros días, mientras su cuna llegaba con el resto de algunas pertenencias que venían en un contenedor de un barco cuyo nombre desconocía y que viajaba desde el puerto de Acapulco, atravesando las extensas y salobres aguas del Pacífico.

Nuestra única actividad en esos primeros días se restringió a ir al supermercado, que quedaba como a unas diez cuadras del departamento, y luego, a mirar los programas de televisión, de los que, por supuesto, no entendíamos ni jota. Las horas del día se alargaban mientras esperábamos impacientes la llegada de Andrei, quien nos traía las noticias del día y novedades de la familia en México, cuando las había.

Apenas unos cuantos juguetes, que mi hija había traído en una bolsita, nos salvaron de morir víctimas del paso lento al que se arrastraban las horas del día. No vivíamos cerca del centro de la ciudad y moverme por las gargantas profundas e intrincadas del metro con mi pequeña hija a cuestas me resultaba muy intimidante al principio. No fue sino hasta poco tiempo después que fui perdiendo el miedo a moverme a través de sus complicadas redes y a subir y a bajar triunfalmente por las interminables escaleras que comunicaban el mundo real con el inframundo tokiota, que salimos más a menudo.

Y debo decir en este punto que nada estaba más lejos de mi imaginación que la ciudad de Tokio. Al principio, la había visualizado como una antigua Singapur, quizá, llena de fumaderos de opio y pobres pescadores de pantalones rotos y sandalias de madera, vendiendo pescado en los muelles del río Sumida. Y completando esta gastada imagen, mi imaginación agregaba la aparición de geishas por todas las esquinas, que saltaban como palomitas de maíz con la cara pintada de blanco, caminando sobre guetas, con palillos de laca insertados en el peinado, abanicándose tras endebles paredes de papel de arroz e irremediablemente lejos de toda civilización occidental.

Pero no podía haber estado más equivocada. De hecho, Tokio es la ciudad más moderna y vibrante que yo hubiera concebido jamás. Estados Unidos se quedaba pequeño. También es la ciudad más viva, sobrepoblada y extraña que uno pudiera sospechar. Y fue el lugar en donde se desmadejó el mayor desafío y el misterio cardinal de mi vida.

Quizá todo el movimiento extraordinario en Tokio comienza —trataba de explicarme— porque las horas en que estás activo, cuando vives ahí, son las horas en que el resto del planeta duerme plácidamente, sin saber de la existencia de un mundo dentro de otro mundo. Sin siquiera sospechar que tantos corazones, vivos y muertos, laten al unísono con inusitado vigor y que tanta diversidad de pensamiento se solapa bajo tan aparente uniformidad. Siempre consideré que la ventaja en horario era fundamental. Cuando Europa apenas despertaba, ocho o nueve horas después, los japoneses ya llevaban medio día de diferencia, activos y trabajando, y cuando los mexicanos apenas comenzaban a desperezarse, los japoneses ya habían vivido un día completo de adelanto. «¡Ni en mil años los alcanzaríamos!», meditaba yo con genuino asombro.

Y aunque los primeros días de estancia en aquella portentosa ciudad están cubiertos por una neblina de olvido, recuerdo con claridad la primera vez que salí a la calle, a conquistar el barrio de Ōta-ku. Blindada con la absoluta protección que otorga la ingenuidad y un pequeño diccionario de bolsillo, forrado con cartoncillo rojo, que tímidamente ostentaba un título en pequeñas letras negras: «inglés-japonés», como única arma contra un mundo del que no sospechaba qué tan hostil podía ser para una extranjera. Salí a la calle decidida, casi alegre, empujando la carriola de mi hija y segura de que lo podría todo contra la adversidad. Era poco menos que San Jorge dispuesta a someterme al fatídico dragón de la orientalidad en un santiamén.

La primera conquista la llevé a cabo en la tintorería. Ahí, con un paquete de camisas de mi marido y el diccionario en ristre como una lanza, me dispuse a buscar la palabra «almidón» en japonés. Starch, en inglés. Nori, en japonés. Y con tan sólo unas cuantas lecciones del idioma a mis espaldas, pronuncié la palabra como mejor pude y con señas indiqué el cuello y los puños de una camisa. Continué y aprendí que la palabra skoshi, significaba «un poco». Luego le agregaría el daké. Skoshi daké, onegai shimas. «Sólo un poco por favor». Y con esta hazaña pírrica anoté mi primer triunfo, que me hizo sentir exhilarante. O al menos eso creí. Como pronto aprendería, alcanzar un logro en alguna de las más nimias actividades diarias en ese país, podía significar una victoria heroica para un extranjero y la que requería de una gran dosis de energía física y mental. Pero qué poco sabía yo en aquel momento de lo difícil y complicada que puede tornarse la vida en Japón. No estaba preparada para las derrotas que se avecinaban. Una batalla ganada era apenas el principio de una guerra. Y no tenía idea de en cuántas batallas cotidianas sería derrotada una y otra vez. Y que, en cierto modo, la guerra no tendría fin, ni sabía a qué profundidad podía llegar.


* Colchoneta que usan los japoneses para dormir y que tradicionalmente se extiende sobre el suelo de tatami de una casa tradicional japonesa.

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3

DESPERTAR EN JAPÓN

Los primeros días de estancia en Tokio, además del shock (¡brrr!, descarga eléctrica y trueno) que tuve al hacerme consciente de mi analfabetismo oriental, sentí que no sólo me encontraba a miles de kilómetros de mi hogar, sino a años luz, en otro planeta, conviviendo con una raza que no era humana y cuyo idioma no tenía nada que ver conmigo y las raíces greco latinas. Por ejemplo: yo soy, se decía watachi wa, y el posesivo «mi» era no y «no» era dame. Soy mexicana era nada menos que: watashi wa Mekisco jin desu. Mi reloj: watashi no tokei. En mi mente, la negación no podía ser el posesivo. ¡Tenía que tirar todo lo aprendido a la basura!, y aprender algo totalmente ajeno. El verbo verboso iba al final, siempre al final, como la colgante de un chango. ¡Zas! En añadidura, sus costumbres, movimientos y señas eran como un thinespejo que separaba la materia de la antimateria, y que cualquier contacto o choque entre ellas podría resultar en una explosión, bum, bum, bum, apoteósica y fatal.

El reconocerme analfabeta de un día para el otro fue el hecho que realmente me despertó. Ring, ring, ring, ¡hello! Un día lees, otro no. ¿Qué hay de por medio? Sólo unas horas en avión. Yo, lectora de novelas, de poesía de todos los autores y épocas y de una multitud de libros útiles e inútiles, me descubría en un instante, ¡zaz!, como ignorante. Iletrada, des-letrada, de-signada, en ayuno de ideogramas. No saber la lengua usada en esos parajes, ni su literatura, ni sus costumbres y nada (cero) sobre su refinada cultura.

Fue un abrir los ojos a la impotencia, a la oscuridad recurrente de los sueños, a encontrarse constantemente perdida, sin brújula (le Nord, le Sud, l’Est et l’Ouest, ¿qué son?) bregando en un mar de bruma. Caminando dentro de un laberinto. Perdida la lectura y el habla. (Los labios se separan, pero no salen sonidos). Se abre la flor de la impotencia en la tráquea.

La pesadilla de los kanjis, cíclica, me atacaba día y noche, en sueños y en vigilia, y en la ensoñación me mostraba que no sabía nada, no conocía nada, y que caminaba directo a un espejismo de significados que me cerraban el paso. El mirar alrededor se volvía catastrófico.

Kanjifobia. Deinosignum. Delirio obsesivo por trazar líneas que nunca terminan y me producen ardor. Angst. Que no abren, no destapan, no develan el significado. Son cofres de tesoros sin llave. Sellados. Herméticos. No hay hilos conductores, nada semejante con qué compararlo. Trazos verticales, horizontales, oblicuos. Puertas, ventanas lacradas. ¿A través de qué oficios, de qué magia podría vencerlos?

Conocimiento vedado. ¿Cómo escribir? ¿Cómo leer? ¿Cómo entender?

Cinco mil. Ése es el número de kanjis por aprender. Tal vez más. Además de los alfabetos de hiragana y de katakana mezclados en un cóctel fatal, letal, moretal. Extraño las 26 letras del alfabeto occidental. Muero por la eñe, la che, los acentos. El código sobreentendido. Las cifras fraternales. Ni veoigo. Estoy aislada. Islada. Habito entre paréntesis. Enclaustrada en el patio del silencio social. Enjaulada en la ignorancia. A mi derredor no hay signos entendibles, intercambiables. También estoy sorda. Veo sin oír. Hablo con señas y gestos. He sido vencida por el ideograma. Mi palabra, la que estuvo domesticada desde temprana edad, está muerta, desecada. Dejo caer los brazos: muñeca de trapo. Escucho hablar, pero no comprendo los sonidos, son huecos, son plazas desiertas, son tambores mudos.

Entonces, privada del sentido de entender con la lengua, entiendo con la nariz, con la piel, con el anda-rápido. Observo las esquinas, los productos, a la gente. Trato de memorizar los kanjis, los instantes. Me aferro a lo que puedo.

Me despierto por la mañana a la vigilia implacable donde perdí el habla y el entendimiento de una vez. Nada ha cambiado. Sigo con mi cuerpo de cucaracha gregoriana que me mantiene analfabeta hoy, mañana y también pasado mañana. No importa que lo intente desesperada, mi caparazón no cede. Tengo patas de insecto ignorante. Y las muevo sin querer. Fuchi.

Recuerdo apenas que a través de las habilidades instintivas de la infancia poseía una lengua hermosa, repleta de palabras que, como rosas fragantes, me decían secretos al oído, me susurraban cotilleos, me contaban historias. Terribles, sabrosas. Picantes. Y me duelo porque extravié esos vocablos. Estoy encerrada en un patio oscuro, pertinaz, sin esperanza. Soy incapaz de leer el nombre de las calles por las que camino.

Las simples tareas que daba por sentadas se vuelven complicadas. Por ejemplo, en el supermercado, estás imposibilitado para leer las instrucciones de uso de cualquier producto o aparato. Supe de varias personas que después de semanas se enteraron de que se enjabonaban el cabello con insumos para la ropa. Yo misma descubrí que lavaba los trastes con una sustancia decolorante, cuando accidentalmente me cayó en la ropa y, aunque no olía a cloro, supuse que el líquido que había comprado estaba destinado a otras labores de limpieza.

El mundo poblado de instrucciones en kanjis me era lejano. Inalcanzable. No podía confiar en el sentido de la vista porque no podía leer las etiquetas ni los nombres de las cosas, y, por lo tanto, no las nombraba, no tenía poder sobre ellas, ni dominio. Mi magia de designar había perdido toda fuerza. Aquí, las palabras eran dragones inconquistables que volaban a mi alrededor, amenazando mi añorado cielo mesoamericano, mis plácidas nubes aborregadas. Mi paraíso de pintor italiano del Seteccento. Eran un rayón en el acetato de doble vista de mi vida.

Soy —me decía— un ente invisible, llegado de otra dimensión. Nadie me ve. Soy inestable, débil y estoy cerca de la locura. Esta invisibilidad obligada me orilla a dar un salto al vacío. Upa. Lanzarse. Aprender a tener fe en lo imposible, porque lo posible no se manifiesta, no cuaja.

Tengo —me dije—, como Helen Keller en su temprano mundo de niña ciega y sorda, que encontrar un hilo que me conduzca de regreso al país de los mapas, a la red de las equis y las yes. Necesitaba imperiosamente a una Ann Sullivan que me guiara por el mundo de los descubrimientos, una mano, que, como la de Keller, fuera mi antena y me sacara del aislamiento y de la oscuridad. Debía encontrar una manera de vivir que me permitiera lanzarme al acantilado de un idioma verbal y gráfico.

Despojada de mis atributos intelectuales y de mis conocimientos bien cimentados de una cultura que ahí, sobre esa isla del Pacífico, no valía ni un pepino, ¿quién era yo? Ahí, mi conocimiento del mundo no decía ni pío y no tenía correspondencias. ¿Quiénes somos sin el código del lenguaje? —me preguntaba—. ¿Sin el password de la palabra común y sobreentendida? ¿Somos el cascarón vacío? ¿O también cuentan los músculos, los nervios, las hormonas? ¿Había forma de traducir las experiencias que van más allá del lenguaje? ¿Las ónticas? ¿Había manera de comunicarse a través de otro medio que no fueran las palabras?

En esa tierra era yo más ignorante aun que un niño pequeño. Más inútil que un chofer de taxi. Era Marco Polo en una tierra de maravillas intraducibles.

El prospecto de aprender a leer estaba, además, muy lejos de ser alcanzado, lo que tornaba más patético el panorama de mi analfabetismo. Lo más a lo que podía aspirar era a aprender a leer el hiragana, que es el alfabeto silábico que se utiliza para que los niños sean capaces, por ejemplo, de leer los nombres de las estaciones del metro.

Pero el hiragana también se mezcla con los kanjis (que pueden utilizarse también como unidades silábicas o como palabras completas, según el caso) y con el katakana, que es otro alfabeto utilizado exclusivamente para deletrear palabras de origen extranjero. Así que la posibilidad de alcanzar un nivel medio para poder leer el japonés podría llevarme años y años de arduo estudio, sin esperanzas a su vez, de lograr el dominio completo del idioma escrito. Es muy cierto que si el japonés no se aprende a partir de los cinco años —me aseguraban— es casi imposible de conquistar. Hasta un periódico es difícil de leerse para un ciudadano promedio, por eso quizá el éxito del manga. No tiene un vocabulario muy sofisticado, y su lenguaje principalmente gráfico es muy popular entre muchos estratos de la población.

Cuando eres un ser despojado de la lengua, ¿qué eres? ¿Hay alguna palabra para designar ese estado? ¿Des-lenguado, des-idiomado, des-hablado? Flotas en el limbo, te alimentas de carroña.

Tenía que empezar de cero. Desarrollar otras habilidades, adquirir otro cuerpo de conocimientos, alcanzar otras concepciones.

Me fue necesario desarrollar, o más bien recordar, un antiquísimo instinto mujeril que consistía en observar detalles diversos para orientarme en mi entorno, para lo que tuve que rebuscarlo en la memoria recóndita de mis células ancestrales, en mi ADN de neanderthal. Observar los árboles de mi camino, los colores de los letreros luminosos, la forma de las esquinas, el número y la posición de máquinas expendedoras de cigarros y dulces (las cuáles había por todas partes). Esto me facilitaba la vuelta al lugar de donde había salido, tal como si me asistiera de un sutil y etéreo hilo de Ariadna —la del Minotauro.

Por eso me dediqué a construir, inventar, levantar, en un acto irreverente, magnífico y rezumante de poder, un universo insólito, paralelo e ignoto donde mis equivalencias lingüísticas eran palomas que trascendían fronteras.

El sello de la libélula

DAI ISSHŌ

UNA VEZ, UN ENCUENTRO

Aquélla mañana del último día del mes de septiembre de 1609, los vientos mostraron su furia con saña inusitada. Golpearon la costa sin compasión y silbaron y sisearon sin parar desde la noche anterior, acompañados por una incesante lluvia que hacía casi imposible caminar a la orilla del mar.

Nanami se había levantado muy temprano, cuando sintió la fuerza del viento que cambiaría su destino. Estremecida, salió a sentir la tormenta que se cernía sobre las aguas cercanas. Aunque estaba acostumbrada a la fuerza de las olas, se asustó por cierto olor a desastre que descubrió en el viento humedecido por la lluvia. Temió que estuviera relacionado con el sueño que había tenido la noche anterior donde la princesa Kaguya había venido a visitarla, vestida en un traje blanco resplandeciente, y le había advertido con la mirada que se mantuviera atenta a los cambios en el oleaje, a las fases de la luna y a las cáscaras de nuez. Nanami aún no sabía cómo interpretar nada de esto.

La oscuridad que todavía lo cubría todo con su manto aterciopelado y húmedo, aumentó la sensación de desazón en su alma. Se disponía, como todos los días, a prepararle el desayuno a Kazuma, su marido, a su hijo y a sus dos hijas, pero se echó al hombro una manta para protegerse del frío y decidió inspeccionar el mar de frente. Antes, bebió unos sorbos de té verde para entrar en calor. Era la temporada de tifones y, aunque aún no llegaba el invierno, la temperatura había descendido y la luz diurna duraba menos que la oscuridad. Estaba claro que ese día ni ella ni su familia podrían acercarse a su fuente de sustento.

Nanami era una de tantas mujeres de la aldea de Onjuku que era ama, es decir, literalmente, una persona del mar. Su piel era casi tan perfecta como la de una sirena cualquiera. Era una pescadora a pulmón que se hunde en la profundidad del océano para sacar ostras dentro de las que se forman perlas, era como quien dice, una arrebatadora de tesoros.

Mientras caminaba a la playa, comprobó que el temporal anunciaba que la etapa de buceo había prácticamente terminado. El ventarrón era poderoso y la visibilidad muy escasa. El mar estaba muy revuelto y era peligroso sumergirse en esas circunstancias. Sus hijas, Maeko y Amaya, eran demasiado jóvenes para ser amas novicias —a las que llaman kachido—, pues aún no tenían la edad para aprender el arte del apneísmo, que comienza a enseñarse a los trece años. Al menos ellas podrían dedicarse a jugar. Su marido y su hijo, Hinata, que eran pescadores, tampoco saldrían al mar ese día, eso era seguro; quizá aprovecharían el tiempo en reparar sus redes o su barcaza, pensó Nanami.

Rumió entonces mientras caminaba, a qué otra cosa podría dedicarse en aquel día. Consideró lavar la ropa y colgarla a secar en el cobertizo, pero desechó la idea de inmediato debido a la humedad tan elevada del ambiente. Decidió que era el tiempo perfecto para preparar conservas para el invierno. Tenía ciruelas chinas, las que habría de poner a fermentar en un barril con sal. Quizá también preparara vino de crisantemo o pequeños buñuelos de harina de arroz para la fiesta del tsukimi, pues se acercaba ya la luna llena de octubre.

Empezaba a clarear tenuemente sobre el horizonte y el estruendo de la tormenta no sólo no amainaba, sino que parecía ensañarse atizando el viento y lanzando rayos hacia los cuatro puntos cardinales. La luz del día, en vez de romper en espléndidos amarillos y naranjas, como lo hacía habitualmente, asomaba mortecina y desganada entre la bruma matinal.

De pronto, entre las cortinas zigzagueantes de lluvia, la mujer divisó una gran mancha sin forma definida balanceándose sobre el horizonte difuso del mar. Su corazón dio un vuelco en el pecho. Sin saber por qué, tuvo la premonición de que algo importante en su vida estaba a punto de suceder. Algo que se aproximaba sigiloso con atuendo de sombra y sintió un miedo acuciante en la boca del estómago. Su respiración se cortó.

Afinó la mirada para descubrir el sentido de esa mancha que era azotada por el viento y la lluvia sin piedad, que parecía una gran cáscara de nuez impulsada sobre las olas iracundas. Se paró en seco. Recordó su sueño. Algo extraño estaba pasando. Alcanzó a divisar chispazos entre la lluvia, como fogatas sobre el agua que surgían y se apagaban casi con la misma rapidez. Al principio titubeó. Las cortinas de lluvia que caían continuamente sobre la masa acuosa le impedían una visión clara, así que decidió acercarse un poco más a la orilla del mar para cerciorarse de que no estaba viendo visiones. Empapada y azotada por el viento, pero con los pies firmemente asentados adentro del mar picado, observó lo que parecía un barco grande sacudido por la garra de un gato gigantesco. Se estaba deshaciendo. El fuego y el viento lo quebraban en pedazos. Le pareció escuchar a lo lejos gritos apagados por el estruendo de la lluvia. De manera instintiva, y sin pensarlo demasiado, regresó a su casa corriendo, aunque con cierta dificultad, pues la fuerza del viento le impedía avanzar con rapidez. Avisó a gritos a su familia lo que había descubierto y los urgió para que a su vez fueran a pedir ayuda a las otras mujeres de la aldea. Su humilde casa era la que se encontraba más cerca de la orilla del mar. De inmediato, y con el corazón latiéndole como un demonio asustado, regresó al mar para evaluar mejor la situación. Fue entonces cuando distinguió pequeñas motas oscuras y redondas flotando a la deriva sobre las aguas atormentadas. Eran cabezas de hombres. Para entonces, el barco había desaparecido por completo y sólo se alcanzaban a distinguir trozos de madera flotando e incendiándose sobre la masa rabiosa de la corriente marina.

Temblando de frío y también de miedo, pero con decisión, se desvistió sobre la arena, dejándose sólo el taparrabo que usan las amas al sumergirse.

Las amas son grandes nadadoras entrenadas desde pequeñas para enfrentarse a un mar poderoso y habitado por tiburones, pero lanzarse a un mar embravecido en medio de una tormenta con vientos huracanados, podía ser una empresa mortal incluso para ellas.

Las compañeras de oficio de Nanami, convocadas por la emergencia, fueron llegando, jadeantes, una tras otra. Con gran esfuerzo y en contra del viento, se desvistieron, decididas. En días comunes, su rutina consistía, primero, en calentarse cerca de un fuego abierto en la playa antes de echarse al mar, para subir el calor de sus cuerpos y resistir durante más tiempo, las bajas temperaturas del océano. La razón de que fueran sólo mujeres las que practicaran la pesca del abulón y de las perlas, era precisamente el hecho de que los hombres perdían el calor de sus cuerpos con muchísima más rapidez, y el porqué de esto era un misterio, pero también era un hecho que nadie cuestionaba.

Una vez en el agua, las amas lucharon contra la fuerza del oleaje para poder llegar hasta aquellos varones, que, agotados y congelados, comenzaban a hundirse en las aguas traicioneras de aquel mar enfurecido. Con trabajos comenzaron a arrastrar los cuerpos de aquéllos extraños que venían ataviados con ropas pesadas y calzado de cuero hasta las rodillas, lo que los convertía en presas aún más débiles para las aguas ávidas de víctimas. Si no hubiera sido por la fortaleza de los cuerpos musculosos y entrenados de las amas para combatir las embestidas del mar, esta hazaña hubiera sido impensable. Al avanzar el día, con la luz filtrándose entre las nubes, la tormenta pareció apaciguarse.

Uno a uno, los extraños: barbados y de ropajes espesos fueron depositados en la playa. Con razón se hundían, pensó Nanami, al ver la espantosa escena en la que más de trescientos hombres yacían sobre la arena como muñecos de trapo descoyuntados. Algunos estaban muertos, otros heridos, pero la mayoría, sólo exhaustos.

Las amas también sabían que los hombres estaban muy fríos y que, si no les daban calor, morirían pronto. Una vez más, las mujeres, ellas mismas agotadas y heladas, decidieron a costa de su propia seguridad hacer lo más rápido y práctico en esos casos: abrazarlos para darles calor. Cientos de cuerpos semidesnudos se acomidieron para compartir el calor con otros cientos de cuerpos moribundos, en un lazo de solidaridad. Los pescadores de la aldea hicieron su parte después, al encender, con hartos trabajos, una fogata para las mujeres y luego cargar a los extranjeros heridos a sus modestos hogares, en donde les fueron quitadas las ropas mojadas y los reconfortaron con mantas y un espeso caldo caliente de pescado y verduras.

Las mujeres se sentían satisfechas. Habían realizado un esfuerzo físico enorme y regresaban a casa ateridas de frío, pero sabiendo que habían ayudado a prevenir una horrible tragedia. La mayoría de esos extranjeros hubieran fallecido de no ser por su intervención. Algunas de ellas también estaban heridas por los desechos del barco, con raspones y cortaduras, pero ninguna se había perdido. Habían vencido al mar y al destino.

Los niños y las niñas corrían de un lado para otro tratando de ayudar a los mayores como podían. Varias horas habían pasado realizando el rescate de los náufragos. Nanami calculó que ya era pasado el mediodía. En pocas horas oscurecería y no habría nada más que hacer más que comer, descansar y darle cuidados a los hombres que el mar había traído a la aldea, como un regalo indeseado e inesperado, pero regalo al fin.

El sello de la libélula

DAI NISSHŌ

ANFITRIONES Y HUÉSPEDES

Cada familia se había quedado con uno o dos extraños llegados de allende el mar. Todo el pueblo estaba agitado por el acontecimiento, pues rara vez salían de su rutina y los niños iban y venían emocionados de cabaña en cabaña, contándose las noticias. Las amas también comentaban entre sí y en voz baja las particularidades físicas y los avances en la salud de los varones que les había tocado cuidar. Los hombres del pueblo se reunieron preocupados e inquietos para decidir qué medidas deberían tomar con los extranjeros.

A diferencia de las mujeres del pueblo, cuyo primer instinto fue ayudar a los hombres del barco sin pensarlo demasiado, el primer pensamiento de los hombres de la villa fue sentirse amenazados, y el consenso entre ellos había sido pasarlos a todos por las armas sin preguntarse siquiera quiénes eran y de dónde venían. Pensaron que los extranjeros, que eran más de trescientos varones, unidos y organizados en su contra, serían un grupo de cuidado, y también representarían muchas bocas extras que alimentar durante el duro invierno. Era mejor actuar rápido y de manera decidida que tener que lamentar las consecuencias.

Pero los ánimos se fueron apaciguando después de que algunos de los hombres del pueblo hablaron en favor de los extranjeros y teniendo en cuenta que sus propias mujeres ya se habían esforzado —aún a costa de sus propias vidas— para sacarlos del océano, se llegó a la conclusión de que en el estado en que se encontraban los recién llegados, sin armas, débiles y algunos de ellos malheridos, en realidad no representaban un peligro. Por mayoría se tomó la decisión de alojarlos primero como huéspedes y consultar la opinión de sus superiores de manera inmediata antes de tomar ninguna acción drástica.

Álvaro había vuelto en sí, un poco confuso, después de haber sido rescatado de la terrible tormenta que había destruido al ga

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