Índice
Cubierta
Memorias de un amigo imaginario
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Epílogo
Agradecimientos
Agradecimientos
Créditos
Acerca de Random House Mondadori
Para Clara
Capítulo 1
Os voy a contar lo que sé:
Me llamo Budo.
Hace cinco años que estoy en el mundo.
Cinco años es mucho tiempo para alguien como yo.
Fue Max quien me puso ese nombre.
Max es el único ser humano que puede verme.
Los padres de Max dicen que soy un «amigo imaginario».
Me gusta mucho la maestra de Max, la señorita Gosk.
No me gusta la otra maestra de Max, la señorita Patterson.
No soy imaginario.
Capítulo 2
Soy un amigo imaginario con suerte. Llevo más tiempo en el mundo que casi todos los amigos imaginarios. Una vez conocí a uno que se llamaba Philippe. Era el amigo imaginario de un niño que iba a la guardería con Max. No duró ni una semana. Llegó al mundo un día, con pinta bastante humana pese a que no tenía orejas (hay muchos amigos imaginarios que no las tienen) y en unos días ya había desaparecido.
También tengo suerte de que Max sea tan imaginativo. Una vez conocí a un amigo imaginario llamado Chomp que no pasó de ser más que una mancha en la pared. Una masa negra y borrosa sin ninguna forma. Solo sabía hablar y reptar pared arriba y pared abajo, pero como era más plano que un papel no podía despegarse de allí. Chomp no tenía brazos ni piernas como tengo yo. Ni siquiera tenía cara.
Cómo sea el amigo imaginario depende de la imaginación de su amigo humano. Max es un niño muy creativo, por eso yo tengo dos brazos, dos piernas y una cara. No me falta ninguna parte del cuerpo, y eso me convierte en algo muy raro en el mundo de los amigos imaginarios. A casi todos les falta algo en el cuerpo y algunos ni tienen aspecto humano. Como Chomp.
Pero tener mucha imaginación también puede ser malo. Una vez conocí a un amigo imaginario que se llamaba Pterodáctilo y tenía los ojos pegados en la punta de dos antenas pequeñas verdes, largas y delgadas. Quien lo imaginó pensaría que era genial, pero el pobre Pterodáctilo no podía fijar la vista en nada. Me dijo que se pasaba el día mareado y dándose porrazos por todas partes, porque en vez de pies tenía solamente dos sombras borrosas pegadas a las piernas. Su amigo humano se obsesionó tanto con la cabeza y los ojos del pobre Pterodáctilo que no pensó en darle forma también de cintura para abajo.
Pasa mucho.
También tengo suerte de poder ir de un sitio a otro. Muchos amigos imaginarios van siempre pegados a sus amigos humanos. Atados a ellos con una correa al cuello. Otros miden como mucho ocho centímetros y se pasan el día metidos en el bolsillo de un abrigo. Y otros no son más que una mancha en la pared, como Chomp. Yo, en cambio, gracias a Max, puedo ir solo a donde yo quiera. Y también puedo separarme de él si me apetece.
Aunque no creo que sea demasiado bueno para mí que haga eso muy a menudo.
Si existo es porque Max cree en mí. Algunos dicen, la madre de Max por ejemplo, y también mi amiga Graham, que por eso soy imaginario. Pero no es verdad. Puede que necesite de la imaginación de Max para existir, pero tengo mis propios pensamientos, mis propias ideas y una vida aparte de la suya. Estoy atado a Max de la misma manera que un astronauta está atado a la nave espacial con tubos y cables. Si la nave espacial estalla y el astronauta muere, no quiere decir que sea imaginario. Solo que ha sido desconectado de la máquina que le hacía vivir.
Pues igual pasa con Max y conmigo.
Yo necesito a Max para seguir viviendo, pero tengo mi propia vida. Puedo decir y hacer lo que quiera. Max y yo a veces discutimos, pero nunca por cosas serias. Solo tonterías, como qué programa de televisión vamos a poner o a qué vamos a jugar. Eso sí, me «es menester» (eso se lo he copiado a la señorita Gosk, lo dijo en clase la semana pasada) no separarme mucho de Max, porque necesito que Max siga pensando en mí. Que siga creyendo en mí. No quiero que me pase eso de «la distancia es el olvido», como le dice la madre de Max a su marido cuando no se acuerda de llamarla por teléfono para avisar de que llegará tarde a casa. Si paso mucho tiempo sin estar cerca de Max, puede que deje de creer en mí, y si eso ocurre, adiós muy buenas.
Capítulo 3
Cuando Max estaba en primero, la maestra dijo una vez en clase que las moscas no viven más de tres días. Y yo me pregunto: ¿cuánto tiempo vivirá un amigo imaginario? Supongo que no mucho. O sea, que en el mundo de los seres imaginarios quizá yo sea lo que llaman un vejestorio.
Max me imaginó a los cuatro años, y así fue como de pronto vine al mundo. Cuando nací, sabía lo mismo que él, nada más. Me sabía los colores, algunos números y el nombre de muchas cosas, como «mesa», «microondas» y «portaaviones». Además, Max me imaginó mucho mayor que él. Con la edad de un adolescente más o menos. Incluso más mayor. O puede que como un niño, pero con cerebro de persona mayor. No sé. No soy mucho más alto que Max, pero soy diferente, eso está claro. Cuando nací ya estaba mucho más centrado que él. Podía entender muchas cosas que a él lo confundían. Veía soluciones para problemas que él era incapaz de resolver. Quizá todos los amigos imaginarios vengan al mundo así. No lo sé.
Max no se acuerda del día en que nací, así que tampoco puede recordar en qué estaba pensando en aquel momento. Pero, como me imaginó con más edad y más centrado, he aprendido mucho más rápido que él. Cuando nací ya podía concentrarme y estar más atento de lo que él es capaz de conseguir ahora. Recuerdo que aquel día la madre de Max estaba intentando enseñarle qué eran los números pares, y él no se aclaraba. Pero yo lo pillé enseguida. Lo entendí porque mi cerebro estaba preparado para aprender los números pares. El de Max, no.
O al menos, eso creo.
Además, como no duermo, porque Max no imaginó que yo necesitara dormir, tengo más horas para aprender. Y, como no paso todo el tiempo a su lado, he visto y oído muchas más cosas que él. Cuando Max se va a dormir, me siento con sus padres en la sala de estar o en la cocina. Vemos la tele juntos o escucho lo que hablan. A veces me escapo de casa. Voy a una gasolinera que está abierta a todas horas, porque las personas que más me gustan del mundo entero, aparte de Max y de sus padres y de la señorita Gosk, están allí. También voy a Doogies, un sitio donde hacen perritos calientes que está un poco más abajo, en la misma calle, o también a la comisaría de policía o al hospital (aunque al hospital últimamente ya no voy porque allí dentro está Oswald y le tengo miedo). Y cuando Max y yo estamos en el cole, a veces me cuelo en la sala de profesores o en otras aulas, y a veces incluso en el despacho de la directora, así me entero de lo que está pasando. No soy más listo que Max, solo sé muchas más cosas que él porque paso más horas despierto y voy a sitios a los que él no puede ir. Y eso es bueno. Así, a veces puedo ayudarlo cuando las cosas no le salen.
Como la semana pasada, cuando quería abrir un bote de mermelada para untarla en el bocadillo de mantequilla de cacahuete que se estaba haciendo y no podía.
—¡Budo! —me llamó dando voces—. No puedo abrir el bote.
—Claro que puedes —le dije—. Gira la tapa hacia el otro lado. A la derecha, cosa hecha.
Es una frase que le oigo a veces decir a la mamá de Max cuando va a abrir un tarro. Y con Max funcionó: consiguió abrirlo. Pero se emocionó tanto que el bote se le cayó de las manos y se hizo pedazos en las baldosas del suelo.
La vida puede ser muy complicada para Max. Incluso cuando las cosas le salen bien, siempre puede terminar torciéndose algo.
Yo vivo en un mundo aparte. En el espacio entre las personas. La mayor parte del tiempo la paso con Max, en el mundo de los niños, pero también paso muchas horas con personas mayores, como los padres de Max, las maestras y mis amigos de la gasolinera, aunque ninguno de ellos me ve. «Nado entre dos aguas», como diría la madre de Max. Eso es lo que le dice a su hijo cuando Max no acaba de decidirse, lo que le pasa muy a menudo.
—¿Quieres el polo azul o el amarillo? —le pregunta, y Max se paraliza. Se queda congelado, como el polo. Y es que, cuando tiene que decidir, hay demasiadas cosas que le vienen a la cabeza.
¿Será mejor el rojo que el amarillo?
¿Será mejor el verde que el azul?
¿Cuál de los dos estará más frío?
¿Cuál de los dos se derretirá más rápido?
¿A qué sabrá el polo verde?
¿A qué sabrá el polo rojo?
¿Cada color tiene un sabor distinto?
Ojalá su madre decidiera por él. Ella sabe muy bien que le cuesta mucho tomar decisiones. Cuando lo obliga a decidir, y lo veo dudar tanto, a veces decido yo por él. Le digo muy bajito «Coge el azul», y entonces él dice «El azul», y asunto terminado. Se acabó nadar entre dos aguas.
Eso es lo que viene a ser mi vida: un continuo nadar entre dos aguas. Vivo en el mundo amarillo y en el azul. Vivo con niños y con personas mayores. No soy del todo niño, pero tampoco soy del todo adulto.
Soy amarillo, pero también soy azul.
Soy verde.
Pero también sé combinar colores.
Capítulo 4
La maestra de Max es la señorita Gosk. Me gusta mucho su maestra. La señorita Gosk se pasea por la clase con una regla a la que ella llama «palmeta» y amenaza a los alumnos poniendo voz de institutriz británica, pero ellos saben que solo pretende hacerles reír. Es muy estricta y procura que estudien mucho, pero sería incapaz de pegarles. Ahora que severa lo es, eso sí. Los obliga a sentarse rectos en clase y a hacer los deberes bien calladitos, y cuando un niño se porta mal, le dice «¡Vergüenza debería darte! ¡Di tu nombre en alto ante todos tus compañeros!» o cosas como «¡Si crees que te vas a salir con la tuya, estás tú fresco, jovencito!». Los demás profesores dicen que la señorita Gosk es una maestra chapada a la antigua, pero sus alumnos saben que es dura con ellos porque los quiere.
A Max no le cae bien mucha gente, pero la señorita Gosk, sí.
El año pasado le daba clase la señorita Silbor. También era una maestra muy estricta. Los hacía trabajar en clase tan duro como la señorita Gosk. Pero se notaba que no quería a sus alumnos como la señorita Gosk, por eso no estudiaban tanto como están haciendo este curso. Es curioso, los maestros se pasan montones de años en la universidad aprendiendo a enseñar, y los hay que salen sin haber aprendido las cosas más sencillas. Como que hay que hacer reír a los niños. O demostrarles que los quieres.
A mí no me gusta la señorita Patterson. No es una maestra de verdad. Es una maestra de apoyo. Una persona que ayuda a la señorita Gosk a cuidar de Max. Max no es como los demás niños, y no siempre está en la clase de la señorita Gosk. A veces va a Educación Especial con la señorita McGinn, junto con otros compañeros que necesitan refuerzo, otras veces va a logopedia con la señorita Riner y otras juega con otros niños en el despacho de la señorita Hume. Y a veces la señorita Patterson lo ayuda con la lectura y los deberes.
Que yo sepa, nadie tiene muy claro en qué se diferencia Max de los demás niños. Según su padre, lo único que le pasa es que se ha desarrollado un poco más tarde, pero, cada vez que dice eso, la madre de Max se enfada tanto que se pasa un día entero, como poco, sin dirigirle la palabra.
Yo no entiendo por qué todo el mundo piensa que Max es tan difícil. Lo único que tiene es que no le gusta la gente como a los demás niños. Bueno, le gusta la gente, pero de otra manera. De lejos. Cuanto más te alejas de él, más le gustas.
Tampoco le gusta que lo toquen. Cuando alguien lo toca, él tiene la sensación de que todo tiembla y brilla. Así mismo me lo dijo una vez. Yo no puedo tocar a Max, ni él puede tocarme a mí. A lo mejor por eso nos llevamos tan bien.
Además, no entiende que le digan una cosa cuando quieren decir otra. Como la semana pasada, cuando Max estaba leyendo un libro en el patio y un niño de cuarto se acercó a él y le dijo: «Mira el lumbrera, qué aplicado».
Max no contestó, porque sabía que si lo hacía, aquel niño no lo dejaría en paz. Pero yo sé que Max no entendía nada, porque parecía que aquel niño lo había llamado listo pero en realidad estaba tomándole el pelo. Estaba siendo sarcástico, pero Max no entiende de sarcasmos. Max sabía que estaba metiéndose con él, pero solo porque ese niño siempre se mete con él. Lo que no le cuadraba era que lo llamara lumbrera, porque llamar lumbrera a alguien normalmente es algo bueno.
Max no entiende del todo a la gente, por eso se le hace tan difícil tratarla. Y por eso va al despacho de la señorita Hume a jugar con niños de otras clases. Aunque a él le parece una pérdida de tiempo. No soporta tener que sentarse en el suelo a jugar al Monopoly, con lo cómodo que es estar sentado en una silla. Pero la señorita Hume quiere que Max juegue con los otros niños, para ver si así consigue entender cuándo están siendo sarcásticos con él o gastándole bromas. Cosas de esas que lo confunden. Cuando los padres de Max se pelean, su madre le dice a Max que a su padre los árboles no le dejan ver el bosque. Pues lo mismo le pasa a Max, solo que con la vida en general. Las cosas insignificantes no le dejan ver las importantes.
Hoy la señorita Patterson no ha venido al colegio. Cuando los maestros no se presentan en el cole normalmente es porque están enfermos o porque tienen a algún hijo enfermo o porque se les ha muerto alguien de la familia. A la señorita Patterson se le murió un familiar una vez. Lo sé porque de vez en cuando las demás maestras le dicen cosas bonitas como: «¿Qué tal, guapa, cómo lo llevas?», y a veces cuchichean entre sí cuando ella sale de la sala de profesores. Pero de esa muerte hace ya mucho tiempo. Ahora, cuando la señorita Patterson no viene a clase, normalmente quiere decir que es viernes.
Hoy no ha venido nadie a sustituirla, y me parece muy bien, porque eso significa que de esta manera Max y yo podremos pasar todo el día en la clase de la señorita Gosk. A mí no me gusta la señorita Patterson. Ni a Max tampoco, pero a él no le gusta por la misma razón que no le gustan la mayoría de sus maestras. Él no ve lo mismo que yo, porque los árboles no le dejan ver el bosque. Yo en cambio veo que la señorita Patterson no es igual que la señorita Gosk, ni que la señorita Riner o la señorita McGinn. La señorita Patterson tiene una sonrisa falsa. Cuando sonríe se le nota en la cara que está pensando en otra cosa. Creo que Max no le cae bien, pero ella hace como que sí, y eso todavía es peor que si simplemente no le gustara, da más miedo.
«¿Qué tal, hijo?», saluda la señorita Gosk a Max cuando entramos en el aula.
A Max no le gusta que la señorita Gosk lo llame «hijo» porque él no es hijo «suyo». Él ya tiene madre. Pero no le pide que no lo llame «hijo» porque le costaría más decirle que no lo hiciera que oír ese «hijo» día tras día.
Max prefiere no decir nada a nadie en general que decirle algo a alguien en particular.
Pero aunque Max no entiende por qué la señorita Gosk lo llama «hijo», sí sabe que lo quiere. Sabe que ella no se mete con él. Solo que lo confunde.
Ojalá me fuera posible decirle a su maestra que no llamara «hijo» a Max, pero la señorita Gosk ni me ve ni me oye, y yo no puedo hacer nada para que me vea ni para que me oiga. Los amigos imaginarios no pueden tocar o cambiar nada en el mundo de los seres humanos. O sea, que no puedo abrir un bote de mermelada, ni coger un lápiz del suelo, ni escribir en un teclado. Si pudiera, le mandaría una nota a la señorita Gosk pidiéndole que no llamara «hijo» a Max.
Puedo darme topetazos con el mundo real, pero no puedo tocarlo.
De todos modos, tengo suerte, porque Max me imaginó capaz de atravesar puertas y ventanas aunque estuvieran cerradas. Creo que tenía miedo de que sus padres cerraran la puerta del dormitorio por la noche al acostarlo y me dejaran fuera, y a Max no le gusta dormir sin que yo esté a su lado, sentado junto a su cama. Gracias a eso, puedo moverme por donde me da la gana atravesando puertas y ventanas, aunque no paredes ni suelos. No puedo atravesar paredes o suelos porque Max no me imaginó así. La verdad es que hubiera sido muy raro que se le ocurriera eso.
Hay amigos imaginarios que son capaces de atravesar puertas y ventanas como yo, y algunos hasta pueden atravesar paredes, pero la mayoría es incapaz de atravesar nada, y se quedan atrapados en los sitios sin poder moverse. Es lo que le pasó a Chucho, un perro imaginario que hace un par de semanas pasó toda la noche encerrado en el armario del conserje. Su amiga humana, una niña de preescolar llamada Piper, pasó una noche horrible, porque no tenía idea de dónde se había metido Chucho.
Pero Chucho lo pasó peor todavía, porque así es como desaparecen para siempre algunos amigos imaginarios: quedándose encerrados en un armario. El niño o la niña, sin querer (o a veces «sin queriendo»), encierra a su amigo imaginario en un armario, un mueble o un sótano y ¡adiós! La distancia es el olvido: se terminó el amigo imaginario.
Atravesar puertas es muy socorrido.
Pero hoy no pienso moverme de clase porque la señorita Gosk está leyendo Charlie y la fábrica de chocolate a sus alumnos, y me encanta escucharla leer. Como lee susurrando, muy bajito, los niños se ven obligados a inclinarse sobre los pupitres y a guardar un silencio absoluto para no perderse nada, cosa que le viene muy bien a Max. Los ruidos lo distraen. Cuando Joey Miller da golpes en el pupitre con el lápiz o Danielle Ganner zapatea el suelo como hace siempre, Max no oye otra cosa que ese lápiz y esos zapatazos. Él no puede dejar de oír esos sonidos como los demás niños, pero cuando la señorita Gosk lee en clase todos se ven obligados a estar quietos y callados.
La señorita Gosk siempre escoge libros interesantes, y después cuenta anécdotas divertidas de su propia vida que están relacionadas con el libro. Charlie Bucket, el protagonista, hace alguna locura, y luego la señorita Gosk nos cuenta alguna locura de su hijo Michael, y nos reímos todos a carcajadas. Incluso Max ríe a veces.
A Max no le gusta reír. Algunos piensan que es porque no le ve la gracia a las cosas, pero eso no es verdad. Es que hay gracias que Max no entiende. Los juegos de palabras y los chistes con doble sentido se le escapan, porque dicen una cosa cuando quieren decir otra. Cuando una palabra tiene más de un significado, le cuesta mucho decidir qué significado escoger. Ni siquiera entiende por qué las palabras tienen que tener distintos significados según en el momento en que se usan. No me extraña, la verdad, a mí tampoco me hace mucha gracia.
Pero hay cosas con las que se parte de risa. Como el día en que la señorita Gosk nos contó que una vez su hijo Michael quiso gastarle una broma al matón del cole y le mandó a casa veinte pizzas, con la cuenta incluida. Cuando la policía se presentó en casa de la señorita Gosk para asustar un poco a Michael, ella le dijo al agente: «Deténgalo», porque quería darle una lección a su hijo. Todos se rieron con la anécdota aquella. Incluso Max. Porque no había doble sentido. Era una historia con principio, desenlace y final.
La señorita Gosk también nos está enseñando cosas sobre la Segunda Guerra Mundial, que dice que no entra en el programa pero debería. A los niños les gusta mucho, sobre todo a Max, porque él piensa en guerras, batallas, tanques y aviones siempre. A veces pasa muchos días pensando solo en eso. Si en el cole hablaran solo de guerras y batallas, y no de matemáticas y lengua, Max sería el mejor alumno del mundo mundial.
Hoy la señorita Gosk está hablando de Pearl Harbor. Los japoneses bombardearon Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Ella dice que los americanos no estaban preparados para un ataque sorpresa como aquel, porque no imaginaban que los japoneses atacaran estando tan lejos.
«Nos faltó imaginación», dijo.
Si Max hubiera estado en el mundo en 1941 las cosas podrían haber sido muy distintas, porque a él imaginación no le falta en absoluto. Apuesto a que se hubiera imaginado el ataque del almirante Yamamoto al detalle, con sus submarinos en miniatura y sus torpedos con aletas de madera y todo lo demás. Max podría haber advertido a los soldados americanos del plan, porque eso es lo mejor que hace Max: imaginar. Se le pasan tantas cosas por la cabeza a todas horas que le da un poco igual lo que pase fuera. Eso es lo que la gente no entiende.
Y esa es la razón por la que debo estar a su lado siempre que pueda. Porque Max a veces no presta tanta atención como debiera al mundo exterior. La semana pasada iba a subir al autocar cuando un golpe de viento le voló el informe escolar que tenía en la mano y se lo tiró al suelo, entre el autocar 8 y el 53. Max salió de la cola para recogerlo, pero no miró a ambos lados de la carretera y tuve que gritarle.
«¡Max Delaney! ¡Stop!»
Siempre que quiero atraer su atención lo llamo por el apellido. Es una táctica que aprendí de la señorita Gosk. Y funcionó. Max se quedó quieto, y menos mal, porque en ese preciso momento un vehículo adelantaba a los autocares del colegio, cosa que está prohibida.
Graham dijo que yo le había salvado la vida a Max. Con Graham ya somos tres los amigos imaginarios del colegio de Max, que yo sepa. Graham lo vio todo. Aunque tenga nombre de niño, en realidad, es una niña. Parece casi tan humana como yo, solo que tiene el pelo totalmente de punta, como si alguien se lo estuviera estirando, cabello por cabello, desde la luna. No se le mueve. Está duro como una piedra. Graham oyó que le gritaba a Max y le avisaba de que no se moviera, y después de que Max volviera con los demás a la cola, ella se acercó a mí y me dijo: «¡Budo! ¡Le has salvado la vida! ¡Ese coche lo iba a chafar!».
Pero yo le dije que en realidad me había salvado a mí mismo, porque, el día en que Max muera, creo que yo moriré con él.
¿No?
Yo creo que sí. No estoy muy seguro, porque no sé de ningún amigo imaginario cuyo amigo humano haya muerto antes de que él desapareciera.
En fin, que creo que sí. Que me moriría, quiero decir. Si Max se muriera.
Capítulo 5
—¿Tú crees que existo? —le pregunto a Max.
—Sí —contesta—. Pásame ese bibotón azul.
Un bibotón es una pieza de Lego. Max le ha puesto nombre a todas las piezas del juego.
—No puedo —le digo.
—Ah, es verdad. Se me olvidaba.
—Y si existo, ¿por qué eres el único que puede verme?
—Yo qué sé —responde él, con irritación—. Yo creo que sí existes. ¿Por qué siempre me preguntas lo mismo?
Tiene razón. Se lo pregunto mucho. Y lo hago adrede. No voy a vivir para siempre, lo sé. Pero, mientras Max crea en mi existencia, seguiré vivo. Por eso le hago repetirme una y otra vez que existo, porque creo que así viviré más tiempo.
Claro que también sé que, si le doy la tabarra con esa pregunta, es posible que acabe dudando de si soy imaginario o no. Es un riesgo que corro. Por el momento, todo va bien.
La señorita Hume le dijo una vez a la mamá de Max que «es habitual que los niños como él tengan amigos imaginarios, y que suelen perdurar más que los que crean los demás niños».
«Perdurar.» Me gusta esa palabra.
Yo perduro.
Los padres de Max ya se están peleando otra vez. Max no los oye porque está en el sótano con sus videojuegos y sus padres se gritan en voz baja. Parece como si llevaran mucho rato chillando y se hubieran quedado afónicos, que es lo que más o menos ha ocurrido.
—Me importa un bledo lo que diga la tonta de la terapeuta —dice el padre de Max, con la cara colorada, gritando en voz baja—. Es un niño normal… con desarrollo tardío, sí, pero normal. Juega con sus juguetes. Hace deporte. Tiene amigos…
El papá de Max se equivoca. El único amigo de Max soy yo. Los demás niños del cole lo aprecian o lo odian o no le hacen ni caso, pero amigo de él no es ninguno, y tampoco creo que él quiera hacerse amigo de ellos. Max prefiere estar solo. Incluso yo le molesto a veces.
Los compañeros del colegio que lo aprecian también lo tratan de otra manera. Como Ella Barbara, por ejemplo, una niña que quiere mucho a Max, pero como se quiere a una muñeca o a un osito de peluche. Ella lo llama «mi pequeño Max», y se empeña en llevarle la fiambrera al comedor y subirle la cremallera del abrigo cuando salimos al patio, y eso que sabe que lo puede hacer solo. Max no soporta a Ella. Cada vez que se acerca a ayudarlo, o que lo toca siquiera, se pone de mal humor, pero no es capaz de decirle que lo deje en paz, porque le resulta más fácil ponerse de mal humor y aguantarla que decirle lo que piensa. La señorita Silbor los puso juntos en clase porque pensaba que les vendría bien a los dos. Puede que a Ella le haga bien la compañía de Max, porque puede jugar con él como si fuera una muñeca, pero a Max no le va bien la compañía de Ella.
—Haz el favor de no volver a repetir eso del desarrollo tardío —dice la mamá de Max, con la misma voz que se le pone siempre que intenta no desesperarse—. Ya sé que no soportas tener que admitirlo, John, pero es lo que hay. ¿O es que todos los especialistas que lo han visto van a estar equivocados?
—Ahí está el problema —dice el papá de Max, y de pronto la frente se le llena de manchas rojas—. ¡Que los especialistas no coinciden, bien lo sabes! —El padre de Max habla como si disparara las palabras—. Y si ninguno sabe lo que tiene, ¿por qué mi opinión tiene que ser menos válida que la de un montón de expertos que no se ponen de acuerdo en nada?
—Lo de menos es la etiqueta que se le ponga —dice la madre de Max—. Da igual lo que tenga, el caso es que necesita ayuda.
—Es que no lo entiendo —dice el padre de Max—. Anoche estuvimos los dos jugando con la pelota en el jardín. Hemos salido juntos de acampada. El niño saca buenas notas. Se porta bien en clase. ¿Por qué tenemos que arreglar al pobre crío si no tiene nada?
La mamá de Max empieza a llorar. Parpadea y se le llenan los ojos de lágrimas. No soporto verla así, y el padre de Max tampoco. Yo nunca he llorado, pero ver llorar a una persona es feísimo.
—John, pero si no le gusta abrazarnos. Es incapaz de mirar a la gente a los ojos. Cada vez que le cambio las sábanas o le compro una nueva marca de pasta de dientes se pone como loco. Siempre está hablando solo. Un niño normal no hace esas cosas. No estoy diciendo que necesite medicación, ni tampoco que no pueda ser normal cuando crezca. Solo que necesita ayuda profesional para hacer frente a ciertos problemas. Y quiero que busquemos esa ayuda antes de que me quede embarazada otra vez. Ahora que podemos dedicarle toda nuestra atención.
El padre de Max se da la vuelta y se va. Sale por la puerta mosquitera dando un portazo. La puerta hace blam, blam, blam y luego se queda quieta. Antes yo pensaba que si el padre de Max se marchaba en mitad de una pelea, quería decir que había ganado su madre. Pensaba que su padre se retiraba como se retiraban los soldaditos de Max. Que se había rendido. Pero parece ser que retirarse no significa siempre rendirse. No es la primera vez que el padre de Max se retira, que hace vibrar la puerta con el portazo, pero luego todo sigue igual. Es como si le diera a la pausa en el mando a distancia. La discusión queda en pausa. Pero no termina.
Por cierto, Max es el único niño que hace retirarse o rendirse a sus soldaditos, al menos que yo haya visto.
Todos los demás siempre les hacen morirse.
No estoy seguro de que Max necesite un terapeuta y, para ser sincero, tampoco sé exactamente qué hace un terapeuta. Sé algunas cosas que hacen, pero no todas, y eso me preocupa. Seguramente los padres de Max se pelearán muchas más veces, y aunque ninguno de los dos diga «¡Vale, me rindo!» o «¡Tú ganas!» o «Tienes razón», Max terminará yendo al terapeuta porque, al final, casi siempre sale ganando la madre de Max.
Creo que su padre se equivoca con eso que dice del desarrollo tardío. Yo paso casi todo el día con Max y veo lo diferente que es a los demás niños de su clase. Max vive hacia dentro y los demás hacia fuera. Eso es lo que lo hace tan diferente. Max no tiene vida hacia fuera. Es toda hacia dentro.
Yo no quiero que Max vaya a la consulta de un terapeuta. Los terapeutas te comen el coco y te sacan la verdad. Te ven la cabeza por dentro y saben exactamente lo que estás pensando, y si Max va a un terapeuta y le da por pensar en mí cuando esté allí, el terapeuta acabará comiéndole el coco para que le hable de mí. Y luego puede que lo convenza para que deje de creer que existo.
Pero me da pena el padre de Max, aunque ahora su madre esté llorando. A veces me gustaría poder decirle que fuera más comprensiva con él. En casa quien manda es ella, y también manda sobre el padre de Max, y no creo que eso sea bueno para él. Hace que el pobre hombre se sienta poquita cosa, tonto. Como los miércoles por la noche, cuando quiere echar la partida de póquer con sus amigos, pero no se atreve a decirles con seguridad que va a ir. Antes tiene que consultar con la madre de Max si le importa que vaya y, encima, pillarla en un buen momento, de buen humor, porque, si no, puede que no lo deje ir.
Es posible que le diga «Pues esa noche me convendría que te quedaras en casa» o «¿No jugaste la semana pasada?». O peor aún, puede que le diga «Vale», cuando en realidad querría decir «Pues sí me importa, y como vayas, voy a estar de morros, ¡como mínimo tres días!».
Me hace pensar que a Max le pasaría lo mismo si tuviera que pedir permiso para jugar en casa de algún amigo, si es que alguna vez le apeteciera jugar con otro que no fuera yo, que no le apetece.
No entiendo por qué el padre de Max tiene que pedir permiso, ni por qué querrá la madre de Max que su marido le pida permiso. ¿No sería mejor que fuera él quien decidiera lo que quiere hacer?
Pero lo peor de todo es que el padre de Max trabaja como encargado de un Burger King. Max piensa que es un trabajo fantástico, y seguro que si yo comiera hamburguesas dobles de queso con beicon y patatas fritas también pensaría lo mismo. Lo malo es que, en el mundo de los mayores, ser el encargado de un Burger King no es un gran trabajo, y el padre de Max lo sabe. Se nota porque no le gusta decir en qué trabaja. Él nunca pregunta a los demás de qué trabajan, y eso que entre los adultos es la pregunta que más se repite en el mundo mundial. Cuando al padre de Max le preguntan por su trabajo, baja la vista y dice «Soy gerente de hostelería». Le cuesta más decir «Burger King» que a Max decidir entre sopa de pollo con fideos y sopa de ternera con verduras. Hace lo imposible por evitar esas dos palabras.
La madre de Max también es gerente. En un sitio que se llama Aetna, pero no sé qué hacen allí. Seguro que hamburguesas, no. Una vez la seguí al trabajo, para descubrir qué hacía durante el día, pero solo vi personas sentadas delante de unos ordenadores, en una especie de cajitas minúsculas sin tapa. Y otras estaban metidas en unas habitaciones pequeñitas sin ventilación, sentadas alrededor de unas mesas, dando con los pies en el suelo y mirando el reloj mientras una persona ya muy mayor hablaba de cosas que a nadie le interesaban.
Pero, aunque el trabajo de la madre de Max sea aburrido y no hagan hamburguesas, se nota que es mejor, porque en el edificio en que trabaja ella, la gente va con camisas, vestidos y corbatas, y no con uniformes. A ella nunca la oyes lamentarse de que les hayan robado o de que alguien no se haya presentado al trabajo como hace el padre de Max. Además, él entra en la hamburguesería a las cinco de la mañana, y otras veces trabaja toda la noche y llega a casa a las cinco de la mañana. Es curioso, porque, aunque el trabajo de su padre parece mucho más duro, su madre gana más dinero, y a los mayores les parece mucho mejor trabajo. La madre de Max nunca baja los ojos cuando dice a qué se dedica.
Me alegro de que Max no los haya oído discutir esta vez. A veces sí los oye. A veces a los dos se les olvida gritar en voz baja y a veces se pelean cuando van en el coche, donde por muy en voz baja que hables se oye igual. Cuando sus padres se pelean, Max se pone triste.
—Se pelean por mi culpa —me dijo una vez.
Ese día, Max estaba jugando con sus piezas de Lego, que es su momento preferido para hablar de cosas importantes. Habla sin mirarme. Sigue montando sus avionetas, sus fuertes, sus acorazados y naves espaciales.
—Qué va —le contesté—. Se pelean porque son mayores. A los mayores les gusta discutir.
—No. Solo discuten por mí.
—No —contesté—. Anoche discutieron por la película que iban a ver en la tele.
Yo quería que ganara el padre de Max, porque entonces veríamos la peli de detectives, pero perdió y tuvo que tragarse un programa musical de lo más rollo.
—Eso no fue una discusión —dijo Max—. Fue una desavenencia. Es distinto.
La diferencia nos la ha enseñado la señorita Gosk. Ella dice que se puede no estar de acuerdo, pero que eso no significa que haya que discutir. «Una desavenencia la tolero —nos dice muchas veces—. Lo que no soporto es que se discuta en mi presencia.»
—Si discuten es solo porque no saben qué es lo mejor para ti —le dije a Max—. Están intentando averiguarlo.
Max me miró un momento. Parecía enfadado, pero fue un segundo, luego enseguida le cambió la cara.
—Cuando la gente tergiversa las palabras para hacerme sentir mejor, lo único que consigue es que me sienta peor. Y si eres tú quien lo hace, mucho peor todavía.
—Lo siento —le dije.
—No pasa nada.
—No —le dije—. No siento lo que he dicho, porque es verdad. Es verdad que tus padres están intentando averiguar qué es lo que más te conviene. Lo que he querido decir es que siento que tus padres discutan por ti, aunque solo sea porque te quieren.
—Ah —dijo Max, y sonrió.
No fue del todo una sonrisa, porque Max en realidad nunca sonríe. Pero se le ensancharon un poco los ojos y ladeó la cabeza un poquito a la derecha. Para él eso es toda una sonrisa.
—Gracias —me dijo, y supe que estaba siendo sincero.
Capítulo 6
Max ha entrado en el váter. Está haciendo caca, que es algo que no soporta hacer fuera de casa. Y menos, en un servicio público. Pero es la una y cuarto, quedan todavía dos horas de clase y Max ya no podía aguantar. Siemp
