Nicanor Parra

Marcela Escobar

Fragmento

SINFONÍA DE CUNA

SINFONÍA DE CUNA

Una vez andando

Por un parque inglés

Con un angelorum

Sin querer me hallé.

Buenos días, dijo,

Yo le contesté,

Él en castellano,

Pero yo en francés.

Dites moi, don ángel,

Comment va monsieur.

Él me dio la mano,

Yo le tomé el pie:

¡Hay que ver, señores,

Cómo un ángel es!

Fatuo como el cisne,

Frío como un riel,

Gordo como un pavo,

Feo como usted.

Susto me dio un poco

Pero no arranqué.

Le busqué las plumas,

Plumas encontré,

Duras como el duro

Cascarón de un pez.

¡Buenas con que hubiera

Sido Lucifer!

Se enojó conmigo,

Me tiró un revés

Con su espada de oro,

Yo me le agaché.

Ángel más absurdo

Non volveré a ver.

Muerto de la risa

Dije good bye sir,

Siga su camino,

Que le vaya bien,

Que la pise el auto,

Que la mate el tren.

Ya se acabó el cuento,

Uno, dos y tres.

DEFENSA DEL ÁRBOL

DEFENSA DEL ÁRBOL

Por qué te entregas a esa piedra

Niño de ojos almendrados

Con el impuro pensamiento

De derramarla contra el árbol.

Quien no hace nunca daño a nadie

No se merece tan mal trato.

Ya sea sauce pensativo

Ya melancólico naranjo

Debe ser siempre por el hombre

Bien distinguido y respetado:

Niño perverso que lo hiera

Hiere a su padre y a su hermano.

Yo no comprendo, francamente,

Cómo es posible que un muchacho

Tenga este gesto tan indigno

Siendo tan rubio y delicado.

Seguramente que tu madre

No sabe el cuervo que ha criado,

Te cree un hombre verdadero,

Yo pienso todo lo contrario:

Creo que no hay en todo Chile

Niño tan mal intencionado.

¡Por qué te entregas a esa piedra

Como a un puñal envenenado,

Tú que comprendes claramente

La gran persona que es el árbol!

Él da la fruta deleitosa

Más que la leche, más que el nardo;

Leña de oro en el invierno,

Sombra de plata en el verano

Y, lo que es más que todo junto,

Crea los vientos y los pájaros.

Piénsalo bien y reconoce

Que no hay amigo como el árbol,

Adonde quiera que te vuelvas

Siempre lo encuentras a tu lado,

Vayas pisando tierra firme

O móvil mar alborotado,

Estés meciéndote en la cuna

O bien un día agonizando,

Más fiel que el vidrio del espejo

Y más sumiso que un esclavo.

Medita un poco lo que haces,

Mira que Dios te está mirando,

Ruega al señor que te perdone

De tan gravísimo pecado

Y nunca más la piedra ingrata

Salga silbando de tu mano.

CATALINA PARRA

CATALINA PARRA

Caminando sola

Por ciudad extraña

Qué será de nuestra

Catalina Parra.

Cuánto tiempo ¡un año!

Que no sé palabra

De esta memorable

Catalina Parra.

Bajo impenitente

Lluvia derramada

Dónde irá la pobre

Catalina Parra.

¡Ah, si yo supiera!

Pero no sé nada

Cuál es tu destino

Catalina Pálida.

Sólo sé que mientras

Digo estas palabras

En volver a verte

Cifro la esperanza.

Aunque sólo seas

Vista a la distancia

Niña inolvidable,

Catalina Parra.

Hija mía, ¡cuántas

Veces comparada

Con la rutilante

Luz de la mañana!

Ay, amor perdido,

¡Lámpara sellada!

Que esta rosa nunca

Pierda su fragancia.

PREGUNTAS A LA HORA DEL TÉ

PREGUNTAS A LA HORA DEL TÉ

Este señor desvaído parece

Una figura de un museo de cera;

Mira a través de los visillos rotos:

Qué vale más, ¿el oro o la belleza?,

¿Vale más el arroyo que se mueve

O la chépica fija a la ribera?

A lo lejos se oye una campana

Que abre una herida más, o que la cierra:

¿Es más real el agua de la fuente

O la muchacha que se mira en ella?

No se sabe, la gente se lo pasa

Construyendo castillos en la arena:

¿Es superior el vaso transparente

A la mano del hombre que lo crea?

Se respira una atmósfera cansada

De ceniza, de humo, de tristeza:

Lo que se vio una vez ya no se vuelve

A ver igual, dicen las hojas secas.

Hora del té, tostadas, margarina,

Todo envuelto en una especie de niebla.

HAY UN DÍA FELIZ

HAY UN DÍA FELIZ

A recorrer me dediqué esta tarde

Las solitarias calles de mi aldea

Acompañado por el buen crepúsculo

Que es el único amigo que me queda.

Todo está como entonces, el otoño

Y su difusa lámpara de niebla,

Sólo que el tiempo lo ha invadido todo

Con su pálido manto de tristeza.

Nunca pensé, creédmelo, un instante

Volver a ver esta querida tierra,

Pero ahora que he vuelto no comprendo

Cómo pude alejarme de su puerta.

Nada ha cambiado, ni sus casas blancas

Ni sus viejos portones de madera.

Todo está en su lugar; las golondrinas

En la torre más alta de la iglesia;

El caracol en el jardín; y el musgo

En las húmedas manos de las piedras.

No se puede dudar, éste es el reino

Del cielo azul y de las hojas secas

En donde todo y cada cosa tiene

Su singular y plácida leyenda:

Hasta en la propia sombra reconozco

La mirada celeste de mi abuela.

Éstos fueron los hechos memorables

Que presenció mi juventud primera,

El correo en la esquina de la plaza

Y la humedad en las murallas viejas.

¡Buena cosa, Dios mío! nunca sabe

Uno apreciar la dicha verdadera,

Cuando la imaginamos más lejana

Es justamente cuando está más cerca.

Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice

Que la vida no es más que una quimera;

Una ilusión, un sueño sin orillas,

Una pequeña nube pasajera.

Vamos por partes, no sé bien qué digo,

La emoción se me sube a la cabeza.

Como ya era la hora del silencio

Cuando emprendí mi singular empresa,

Una tras otra, en oleaje mudo,

Al establo volvían las ovejas.

Las saludé personalmente a todas

Y cuando estuve frente a la arboleda

Que alimenta el oído del viajero

Con su inefable música secreta

Recordé el mar y enumeré las hojas

En homenaje a mis hermanas muertas.

Perfectamente bien. Seguí mi viaje

Como quien de la vida nada espera.

Pasé frente a la rueda del molino,

Me detuve delante de una tienda:

El olor del café siempre es el mismo,

Siempre la misma luna en mi cabeza;

Entre el río de entonces y el de ahora

No distingo ninguna diferencia.

Lo reconozco bien, éste es el árbol

Que mi padre plantó frente a la puerta

(Ilustre padre que en sus buenos tiempos

Fuera mejor que una ventana abierta).

Yo me atrevo a afirmar que su conducta

Era un trasunto fiel de la Edad Media

Cuando el perro dormía dulcemente

Bajo el ángulo recto de una estrella.

A estas alturas siento que me envuelve

El delicado olor de las violetas

Que mi amorosa madre cultivaba

Para curar la tos y la tristeza.

Cuánto tiempo ha pasado desde entonces

No podría decirlo con certeza;

Todo está igual, seguramente,

El vino y el ruiseñor encima de la mesa,

Mis hermanos menores a esta hora

Deben venir de vuelta de la escuela:

¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo

Como una blanca tempestad de arena!

ES OLVIDO

ES OLVIDO

Juro que no recuerdo ni su nombre,

Mas moriré llamándola María,

No por simple capricho de poeta:

Por su aspecto de plaza de provincia.

¡Tiempos aquellos! Yo un espantapájaros,

Ella una joven pálida y sombría.

Al volver una tarde del Liceo

Supe de la su muerte inmerecida,

Nueva que me causó tal desengaño

Que derramé una lágrima al oírla.

Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!

Y eso que soy persona de energía.

Si he de conceder crédito a lo dicho

Por la gente que trajo la noticia

Debo creer, sin vacilar un punto,

Que murió con mi nombre en las pupilas,

Hecho que me sorprende, porque nunca

Fue para mí otra cosa que una amiga.

Nunca tuve con ella más que simples

Relaciones de estricta cortesía,

Nada más que palabras y palabras

Y una que otra mención de golondrinas.

La conocí en mi pueblo (de mi pueblo

Sólo queda un puñado de cenizas),

Pero jamás vi en ella otro destino

Que el de una joven triste y pensativa.

Tanto fue así que hasta llegué a tratarla

Con el celeste nombre de María,

Circunstancia que prueba claramente

La exactitud central de mi doctrina.

Puede ser que una vez la haya besado,

¡Quién es el que no besa a sus amigas!

Pero tened presente que lo hice

Sin darme cuenta bien de lo que hacía.

No negaré, eso sí, que me gustaba

Su inmaterial y vaga compañía

Que era como el espíritu sereno

Que a las flores domésticas anima.

Yo no puedo ocultar de ningún modo

La importancia que tuvo su sonrisa

Ni desvirtuar el favorable influjo

Que hasta en las mismas piedras ejercía.

Agreguemos, aún, que de la noche

Fueron sus ojos fuente fidedigna.

Mas, a pesar de todo, es necesario

Que comprendan que yo no la quería

Sino con ese vago sentimiento

Con que a un pariente enfermo se designa.

Sin embargo sucede, sin embargo,

Lo que a esta fecha aún me maravilla,

Ese inaudito y singular ejemplo

De morir con mi nombre en las pupilas,

Ella, múltiple rosa inmaculada,

Ella que era una lámpara legítima.

Tiene razón, mucha razón, la gente

Que se pasa quejando noche y día

De que el mundo traidor en que vivimos

Vale menos que rueda detenida:

Mucho más honorable es una tumba,

Vale más una hoja enmohecida,

Nada es verdad, aquí nada perdura,

Ni el color del cristal con que se mira.

Hoy es un día azul de primavera,

Creo que moriré de poesía,

De esa famosa joven melancólica

No recuerdo ni el nombre que tenía.

Sólo sé que pasó por este mundo

Como una paloma fugitiva:

La olvidé sin quererlo, lentamente,

Como todas las cosas de la vida.

SE CANTA AL MAR

SE CANTA AL MAR

Nada podrá apartar de mi memoria

La luz de aquella misteriosa lámpara,

Ni el resultado que en mis ojos tuvo

Ni la impresión que me dejó en el alma.

Todo lo puede el tiempo, sin embargo

Creo que ni la muerte ha de borrarla.

Voy a explicarme aquí, si me permiten,

Con el eco mejor de mi garganta.

Por aquel tiempo yo no comprendía

Francamente ni cómo me llamaba,

No había escrito aún mi primer verso

Ni derramado mi primera lágrima;

Era mi corazón ni más ni menos

Que el olvidado kiosko de una plaza.

Mas sucedió que cierta vez mi padre

Fue desterrado al sur, a la lejana

Isla de Chiloé donde el invierno

Es como una ciudad abandonada.

Partí con él y sin pensar llegamos

A Puerto Montt una mañana clara.

Siempre había vivido mi familia

En el valle central o en la montaña,

De manera que nunca, ni por pienso,

Se conversó del mar en nuestra casa.

Sobre este punto yo sabía apenas

Lo que en la escuela pública enseñaban

Y una que otra cuestión de contrabando

De las cartas de amor de mis hermanas.

Descendimos del tren entre banderas

Y una solemne fiesta de campanas

Cuando mi padre me cogió de un brazo

Y volviendo los ojos a la blanca,

Libre y eterna espuma que a lo lejos

Hacia un país sin nombre navegaba,

Como quien reza una oración me dijo

Con voz que tengo en el oído intacta:

«Éste es, muchacho, el mar». El mar sereno,

El mar que baña de cristal la patria.

No sé decir por qué, pero es el caso

Que una fuerza mayor me llenó el alma

Y sin medir, sin sospechar siquiera,

La magnitud real de mi campaña,

Eché a correr, sin orden ni concierto,

Como un desesperado hacia la playa

Y en un instante memorable estuve

Frente a ese gran señor de las batallas.

Entonces fue cuando extendí los brazos

Sobre el haz ondulante de las aguas,

Rígido el cuerpo, las pupilas fijas,

En la verdad sin fin de la distancia,

Sin que en mi ser moviérase un cabello,

¡Como la sombra azul de las estatuas!

Cuánto tiempo duró nuestro saludo

No podrían decirlo las palabras.

Sólo debo agregar que en aquel día

Nació en mi mente la inquietud y el ansia

De hacer en verso lo que en ola y ola

Dios a mi vista sin cesar creaba.

Desde ese entonces data la ferviente

Y abrasadora sed que me arrebata:

Es que, en verdad, desde que existe el mundo,

La voz del mar en mi persona estaba.

II

II

DESORDEN EN EL CIELO

DESORDEN EN EL CIELO

Un cura, sin saber cómo,

Llegó a las puertas del cielo,

Tocó la aldaba de bronce,

A abrirle vino San Pedro:

«Si no me dejas entrar

Te corto los crisantemos».

Con voz respondióle el santo

Que se parecía al trueno:

«Retírate de mi vista

Caballo de mal agüero,

Cristo Jesús no se compra

Con mandas ni con dinero

Y no se llega a sus pies

Con dichos de marinero.

Aquí no se necesita

Del brillo de tu esqueleto

Para amenizar el baile

De Dios y de sus adeptos.

Viviste entre los humanos

Del miedo de los enfermos

Vendiendo medallas falsas

Y cruces de cementerio.

Mientras los demás mordían

Un mísero pan de afrecho

Tú te llenabas la panza

De carne y de huevos frescos.

La araña de la lujuria

Se multiplicó en tu cuerpo

Paraguas chorreando sangre

¡Murciélago del infierno!».

Después resonó un portazo,

Un rayo iluminó el cielo,

Temblaron los corredores

Y el ánima sin respeto

Del fraile rodó de espaldas

Al hoyo de los infiernos.

SAN ANTONIO

SAN ANTONIO

En un rincón de la capilla

El eremita se complace

En el dolor de las espinas

Y en el martirio de la carne.

A sus pies rotos por la lluvia

Caen manzanas materiales

Y la serpiente de la duda

Silba detrás de los cristales.

Sus labios rojos con el vino

De los placeres terrenales

Ya se desprenden de su boca

Como coágulos de sangre.

Esto no es todo, sus mejillas

A la luz negra de la tarde

Muestran las hondas cicatrices

De las espinas genitales.

Y en las arrugas de su frente

Que en el vacío se debate

Están grabados a porfía

Los siete vicios capitales.

AUTORRETRATO

AUTORRETRATO

Considerad, muchachos,

Esta lengua roída por el cáncer:

Soy profesor en un liceo obscuro,

He perdido la voz haciendo clases.

(Después de todo o nada

Hago cuarenta horas semanales.)

¿Qué os parece mi cara abofeteada?

¡Verdad que inspira lástima mirarme!

Y qué decís de esta nariz podrida

Por la cal de la tiza degradante.

En materia de ojos, a tres metros

No reconozco ni a mi propia madre.

¿Qué me sucede? —Nada.

Me los he arruinado haciendo clases:

La mala luz, el sol,

La venenosa luna miserable.

Y todo para qué,

Para ganar un pan imperdonable

Duro como la cara del burgués

Y con sabor y con olor a sangre.

¡Para qué hemos nacido como hombres

Si nos dan una muerte de animales!

Por el exceso de trabajo, a veces

Veo formas extrañas en el aire,

Oigo carreras locas,

Risas, conversaciones criminales.

Observad estas manos

Y estas mejillas blancas de cadáver,

Estos escasos pelos que me quedan,

¡Estas negras arrugas infernales!

Sin embargo yo fui tal como ustedes,

Joven, lleno de bellos ideales,

Soñé fundiendo el cobre

Y limando las caras del diamante:

Aquí me tienen hoy

Detrás de este mesón inconfortable

Embrutecido por el sonsonete

De las quinientas horas semanales.

CANCIÓN

CANCIÓN

Quién eres tú repentina

Doncella que te desplomas

Como la araña que pende

Del pétalo de una rosa.

Tu cuerpo relampaguea

Entre las maduras pomas

Que el aire caliente arranca

Del árbol de la centolla.

Caes con el sol, esclava

Dorada de la amapola,

Y lloras entre los brazos

Del hombre que te deshoja.

¿Eres mujer o eres dios,

Muchacha que te incorporas

Como una nueva Afrodita

Del fondo de una corola?

Herida en lo más profundo

Del cáliz, te desenrollas,

Gimes de placer, te estiras,

Te rompes como una copa.

Mujer parecida al mar

—Violada entre ola y ola—

Eres más ardiente aún

Que un cielo de nubes rojas.

La mesa está puesta, muerde

La uva que te trastorna

Y besa con ira el duro

Cristal que te vuelve loca.

ODA A UNAS PALOMAS

ODA A UNAS PALOMAS

Qué divertidas son

Estas palomas que se burlan de todo,

Con sus pequeñas plumas de colores

Y sus enormes vientres redondos.

Pasan del comedor a la cocina

Como hojas que dispersa el otoño

Y en el jardín se instalan a comer

Moscas, de todo un poco,

Picotean las piedras amarillas

O se paran en el lomo del toro:

Más ridículas son que una escopeta

O que una rosa llena de piojos.

Sus estudiados vuelos, sin embargo,

Hipnotizan a mancos y cojos

Que creen ver en ellas

La explicación de este mundo y el otro.

Aunque no hay que confiarse porque tienen

El olfato del zorro,

La inteligencia fría del reptil

Y la experiencia larga del loro.

Más hipócritas son que el profesor

Y que el abad que se cae de gordo.

Pero al menor descuido se abalanzan

Como bomberos locos,

Entran por la ventana al edificio

Y se apoderan de la caja de fondos.

A ver si alguna vez

Nos agrupamos realmente todos

Y nos ponemos firmes

Como gallina que defiende sus pollos.

EPITAFIO

EPITAFIO

De estatura mediana,

Con una voz ni delgada ni gruesa,

Hijo mayor de un profesor primario

Y de una modista de trastienda;

Flaco de nacimiento

Aunque devoto de la buena mesa;

De mejillas escuálidas

Y de más bien abundantes orejas;

Con un rostro cuadrado

En que los ojos se abren apenas

Y una nariz de boxeador mulato

Baja a la boca de ídolo azteca

—Todo esto bañado

Por una luz entre irónica y pérfida—

Ni muy listo ni tonto de remate

Fui lo que fui: una mezcla

De vinagre y de aceite de comer

¡Un embutido de ángel y bestia!

III

III

ADVERTENCIA AL LECTOR

ADVERTENCIA AL LECTOR

El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos:

Aunque le pese

El lector tendrá que darse siempre por satisfecho.

Sabelius, que además de teólogo fue un humorista consumado,

Después de haber reducido a polvo el dogma de la Santísima Trinidad

¿Respondió acaso de su herejía?

Y si llegó a responder, ¡cómo lo hizo!

¡En qué forma descabellada!

¡Basándose en qué cúmulo de contradicciones!

Según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse:

La palabra arcoíris no aparece en él en ninguna parte,

Menos aún la palabra dolor,

La palabra torcuato.

Sillas y mesas sí que figuran a granel,

¡Ataúdes!, ¡útiles de escritorio!

Lo que me llena de orgullo

Porque, a mi modo de ver, el cielo se está cayendo a pedazos.

Los mortales que hayan leído el Tractatus de Wittgenstein

Pueden darse con una piedra en el pecho

Porque es una obra difícil de conseguir:

Pero el Círculo de Viena se disolvió hace años,

Sus miembros se dispersaron sin dejar huella

Y yo he decidido declarar la guerra a los cavalieri di la luna.

Mi poesía puede perfectamente no conducir a ninguna parte:

«¡Las risas de este libro son falsas!», argumentarán mis detractores,

«Sus lágrimas, ¡artificiales!»

«En vez de suspirar, en estas páginas se bosteza»

«Se patalea como un niño de pecho»

«El autor se da a entender a estornudos».

Conforme: os invito a quemar vuestras naves,

Como los fenicios pretendo formarme mi propio alfabeto.

«¿A qué molestar al público entonces?», se preguntarán los amigos lectores:

«Si el propio autor empieza por desprestigiar sus escritos,

¡Qué podrá esperarse de ellos!».

Cuidado, yo no desprestigio nada

O, mejor dicho, yo exalto mi punto de vista,

Me vanaglorio de mis limitaciones,

Pongo por las nubes mis creaciones.

Los pájaros de Aristófanes

Enterraban en sus propias cabezas

Los cadáveres de sus padres.

(Cada pájaro era un verdadero cementerio volante.)

A mi modo de ver

Ha llegado la hora de modernizar esta ceremonia

¡Y yo entierro mis plumas en la cabeza de los señores lectores!

ROMPECABEZAS

ROMPECABEZAS

No doy a nadie el derecho.

Adoro un trozo de trapo.

Traslado tumbas de lugar.

Traslado tumbas de lugar.

No doy a nadie el derecho.

Yo soy un tipo ridículo

A los rayos del sol

Azote de las fuentes de soda.

Yo me muero de rabia.

Yo no tengo remedio

Mis propios pelos me acusan

En un altar de ocasión

Las máquinas no perdonan.

Me río detrás de una silla

Mi cara se llena de moscas.

Yo soy quien se expresa mal

Expresa en vistas de qué.

Yo tartamudeo

Con el pie toco una especie de feto.

¿Para qué son estos estómagos?

¿Quién hizo esta mezcolanza?

Lo mejor es hacer el indio.

Yo digo una cosa por otra.

PAISAJE

PAISAJE

¡Veis esa pierna humana que cuelga de la luna

Como un árbol que crece para abajo

Esa pierna temible que flota en el vacío

Iluminada apenas por el rayo

De la luna y el aire del olvido!

CARTAS A UNA DESCONOCIDA

CARTAS A UNA DESCONOCIDA

Cuando pasen los años, cuando pasen

Los años y el aire haya cavado un foso

Entre tu alma y la mía; cuando pasen los años

Y yo sólo sea un hombre que amó,

Un ser que se detuvo un instante frente a tus labios,

Un pobre hombre cansado de andar por los jardines,

¿Dónde estarás tú? ¡Dónde

Estarás, oh hija de mis besos!

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