Era una noche oscura y tormentosa cuando escuchó el largo rechinido de la puerta.
No sabía si la iban a matar. Tal vez no lo habían decidido todavía o tal vez la fusilarían al amanecer. Ella pensaba que sí.
—El tribunal… espera —escuchó una voz muy grave que provenía del pasillo.
A la muchacha le temblaban las manos, su corazón latía cada vez más rápido y sentía como si de pronto alguien le hubiera apretado el estómago.
Se levantó del catre que le había servido de cama y salió del cuarto en el que la habían encerrado los últimos cuatro días desde el último interrogatorio. ¡Cuatro días! Había sido un tiempo muy largo esperando a que el tribunal decidiera si ella debía morir fusilada como otros rebeldes antes.
Salió al pasillo, que era largo y sin ventanas. Habían colocado varios candelabros, de cobre opaco y tres brazos, en los cuales ardían velas blancas que apenas iluminaban el camino.
Dos soldados jóvenes con botas de cuero negro, pantalón blanco y chaqueta azul la esperaban para llevarla al gran salón que ella conocía tan bien.
—¿Qué ha decidido el tribunal? —les preguntó.
Los soldados callaron.
—¿Me fusilarán mañana? —volvió a preguntar.
Ellos se mantuvieron quietos, sin abrir los labios.
Entonces, ella caminó por el largo pasillo, le parecía que sus pies se habían vuelto pesados. Escuchó el eco de sus pasos y el borde de su vestido largo arrastrarse por las losas del piso. Los soldados caminaron detrás de ella, vigilando que no se fuera a escapar.
Cuando llegaron al final del pasillo, se encontraron con una puerta larga de madera gruesa, que estaba entreabierta.
Ella entró con miedo.
Aquel cuarto era alto, espacioso. Por las tres ventanas podían verse las gotas de lluvia resbalar por el cristal. En las paredes colgaban cuadros de marcos dorados que mostraban los retratos de ancianos jueces vestidos de negro y con la cara llena de arrugas profundas, todos muy serios.
En el centro de aquel cuarto estaba la mesa larga de madera oscura en la cual habían dispuesto seis sillas para los hombres del tribunal.
Frente a esa mesa la esperaba una silla más pequeña.
Se sentó, respiró profundo y dejó las manos sobre su regazo. Pronto se arrepintió de no haber tomado el chal de algodón que tenía sobre el catre, porque empezaba a hacer frío y no tenía con qué taparse.
Escuchó que los dos soldados cerraban con llave la puerta de aquel cuarto.
Estaba sola, en silencio. La flama de las velas se movía, las sombras bailaban sobre la pared.
Ella comenzó a preguntarse cómo había llegado hasta ese momento. Lo mejor que se le ocurrió fue cerrar los ojos y recordarlo todo mientras empezaba la última parte de su juicio: ¡el veredicto!
¿Sería declarada inocente o culpable?
Pronto sabría si habría de morir.
PRIMERA PARTE
Secretos y conspiraciones
Capítulo I
Pánico en la Ciudad de México
1810
Los cuatro criados de la casa corrían apurados, escalera arriba y escalera abajo. Cargaban jarrones de porcelana fina, la caja de los cubiertos de plata, el retrato de una señora regordeta enmarcado en madera recubierta con hoja de oro y una estatuilla de mármol que representaba a un ángel.
—¡Rápido, rápido, rápido! Se nos acaba el tiempo y tenemos que esconder todo lo que sea de valor antes de que los hombres del padre Hidalgo entren a saquear la capital.
Desde el patio principal, Agustín Pomposo daba órdenes. Se trataba de un hombre alto, delgado, con arrugas bajo los ojos, nariz ganchuda y el pelo negro salpicado de canas.
Uno de los criados tropezó al bajar las escaleras y cayó, cuan largo era, en el piso de piedra. El jarrón que llevaba en las manos salió volando y se rompió en el suelo del patio. No quedaron más que piezas de porcelana sin forma.
—¿Es que no pueden tener más cuidado? ¡Ese jarrón era de mi hermana, que en paz descanse! —gritó Agustín Pomposo, y chasqueó la lengua—. Lo que me recuerda… ¿alguien ha visto a mi sobrina? Debería estar aquí ayudándonos. ¡Le dije que no teníamos tiempo! ¿Por qué no está aquí?
No esperó a que le respondieran: atravesó el patio con pasos largos y traspasó la puerta que comunicaba su casa con la de al lado, pues Leona prefería gozar de la libertad de vivir sola y él no quería que su sobrina estuviera lejos, porque quería cuidarla. Por eso vivían en casas separadas pero vecinas, unidas por el patio.
Ahí también, en la segunda casa, los criados escondían el oro y la plata en los tablones sueltos del piso del comedor, en la tierra de las macetas o entre las tejas del techo.
Eran los primeros minutos de la mañana, y el viento de octubre soplaba frío.
El cielo estaba lleno de nubes blancas que amenazaban con lluvia.
Mientras Agustín Pomposo subía las escaleras, escuchó un ruido a lo lejos que lo hizo detenerse, era como un ¡BUM! repentino. ¿Sería, acaso, un trueno que había retumbado en el cielo o el estallido de un cañón que disparaba a las afueras de la ciudad? Si la batalla no había iniciado ya, no tardaría en hacerlo.
Al fondo del largo pasillo del segundo piso estaba la habitación de su sobrina, y él entró sin tocar porque la puerta estaba abierta.
—Leona, querida, ¿no me escuchaste en el desayuno? Tenemos que prepararnos por si los soldados del virrey no logran detener al ejército del padre Hidalgo.
Ella se encontraba sentada en la cama, y al escuchar su nombre levantó la cabeza para mirar a su tío. A sus diecinueve años era una mujer que aún parecía una niña, pues sus ojos del color de la nuez revelaban una mirada inocente; sus labios dibujaban una sonrisa. Su cabello, negro como la medianoche, estaba peinado hacia atrás en un chongo apretado.
Sobre sus piernas descansaba un vestido verde esmeralda hecho de algodón, junto a ella tenía abiertos su costurero y su joyero. En su mano derecha sostenía una aguja gruesa con hilo negro enhebrado.
La cara de Agustín Pomposo se puso muy roja y hasta apretó los dientes de lo enojado que estaba.
—¿Estás remendando un vestido cuando estamos en plena crisis?
Mientras Leona hacía a un lado su vestido, una explosión tronó a lo lejos.
—Ay, tío, por supuesto que lo escuché. Por eso estoy escondiendo en el doble fondo de este vestido las joyas que heredé de mamá. Si esos hombres entran no las van a encontrar porque van a estar muy bien escondidas en mi ropero. Además, yo no creo que sean tan malos como todos dicen.
—No, son peores —respondió su tío—. Tú estabas conmigo cuando mi pasante nos contó cómo los hombres de Hidalgo
entraron a Guanajuato, saquearon las casas y rompieron ventanas a su paso. ¡Y luego lo de la Alhóndiga de Granaditas! Quemaron la puerta y acabaron con todos los que estaban adentro, criollos y españoles, sin saber si eran inocentes o culpables. ¡Los mataron a todos! Así nada más. Tú y yo conocíamos gente que vivía en la ciudad.
Cuando escuchó la tercera explosión, Agustín Pomposo confirmó que la batalla había iniciado.
—Termina con eso y te veo en el patio. Todavía tenemos mucho que hacer —dijo su tío y salió del cuarto.
Leona, ya sola, se percató de los sonidos que la rodeaban, en medio de aquel silencio. Escuchó a las personas que corrían en la calle para buscar refugio; a los criados, que escondían objetos de valor; los crujidos normales de la casa; y su propio corazón, que latía acelerado.
Le temblaban las manos, no por el miedo, sino por la emoción. Sabía que, si los rebeldes entraban a la ciudad, terminaría la guerra y se conseguiría la independencia.
Se levantó de la cama. Abrió un cajón de su mesita de tocador y sacó un recorte de periódico que tenía una cita del virrey Venegas sobre los “inauditos y escandalosos actos y dichos cometidos por el cura de Dolores, don Miguel Hidalgo”.
Leona sonrió pensando en que alguien pudiera interpretar que un grito por la libertad como el que Hidalgo había dado la madrugada del 16 de septiembre pudiera ser considerado como “inaudito y escandaloso”, en lugar de “necesario y urgente”.
Matea, su criada y confidente, entró de repente. Le quitó el recorte de las manos y lo volvió a poner en el cajón mientras le decía:
—Mi niña, ¿no ve que su tío puede regresar en cualquier momento? Ya sabe lo que piensa de ese señor Hidalgo. Si la encuentra con esto le va a meter una gritoniza como las que me da a mí cuando se me rompe algún plato.
Matea tenía más de treinta años y era un poco más bajita que Leona. Su color de piel era como el de la tierra húmeda una tarde de verano, la forma de sus ojos era rasgada y su color de un negro intenso, pero cálido. Siempre llevaba una trenza larga que le llegaba hasta la cintura y que terminaba en un moño verde.
—Si quiere yo termino de coser sus joyas al vestido. Ande, vaya y ayude a su tío y a sus primos, que seguro anda preguntando por qué tarda tanto en bajar.
—Gracias, Matea, siempre me estás sacando de un apuro.
Y le entregó el vestido y los dos collares que faltaban de esconder.
Luego bajó al patio de su casa. Sintió que el aire estaba cargado de un aroma a madera quemada, amargo, pesado, negro; lo acompañaba un tufo a pólvora. Se preguntó cómo iría la batalla, con cuántos hombres contaba cada ejército, cuántos cañones, cuántos fusiles.
Leona nunca había visto una guerra, pero había leído mucho sobre ella.
Uno de sus criados rascaba la tierra de un macetón para esconder varias cucharillas de plata envueltas en un trapo de cocina. Eran sus favoritas, las usaba para tomar el té. Leona sólo pensaba en el tiempo y el esfuerzo que costaría limpiar y regresar todo a su lugar, sin importar quién ganara la batalla.
Cruzó el patio y entró en la casa de al lado.
—Aquí estoy, tío. ¿En qué puedo ayudarle?
Agustín Pomposo, sin quitarle la vista a los criados que subían un pesado cuadro por las escaleras, respondió:
—No sé… no sé… Mira, tu primo Manuel está en la sala con sus hermanas, pregúntale a él si necesita ayuda con algo. Estoy esperando a que regrese mi pasante, lo mandé a las puertas de la ciudad a preguntar por noticias de la batalla. Más le vale que no tarde. ¿Por qué nadie puede ser rápido hoy, que se necesita tanto?
—Como usted diga, tío —suspiró Leona y fue hacia donde le habían dicho. Subió por las escaleras detrás de los criados, pues la sala se encontraba en el segundo piso, como todos los cuartos principales de la casa. Las cocinas, las bodegas, las alacenas y los cuartos de los criados estaban en la planta baja.
¡Qué rara se veía la sala con las paredes desnudas, sin cuadros ni cruces, sin jarrones pintados a mano ni cajitas hechas de maderas preciosas en las mesitas, sin figuritas de porcelana en las vitrinas, sin cojines de terciopelo sobre los sillones y sin alfombras de oriente decorando el piso!
Manuel era un joven flacucho, de cabello castaño y el rostro salpicado de pecas. Se levantó del sillón en cuanto vio a su prima.
—Ay, Leona, qué pena contigo. Segurito te mandó mi papá a ayudarme, pero ya ves, aquí terminamos ya con esto. Si quieres, descansa en lo que allá afuera terminan de esconder las cosas.
Sin saber qué más hacer, Leona vio a sus tres primas, más chicas que ella, en uno de los sillones. Tomó asiento junto a ellas. Tenía muchas cosas que decir sobre lo que sucedía, sobre la rebelión del padre Hidalgo, sobre el nuevo virrey Venegas, sobre la guerra que había iniciado; sin embargo, se quedó callada, acompañando a sus primos.
Ni Manuel ni Leona sabían cómo hablar, cómo compartir sus opiniones. De haber encontrado la forma, hubieran descubierto que pensaban muy parecido con respecto a la independencia de la Nueva España, pero el silencio los separaba.
Apenas eran los primeros días de la lucha armada, ¿cuánto
duraría la guerra y qué se conseguiría con ella? Era imposible predecirlo.
El tiempo pasó, pero nadie supo cuántos minutos estuvieron ahí, pues el viejo reloj de porcelana que ocupaba un lugar en la repisa también estaba escondido en algún lugar de la casa. De repente se escucharon fuertes golpes en la puerta de entrada, como si alguien intentara entrar desesperadamente.
Leona y sus cuatro primos salieron al patio para averiguar de qué se trataba.
Agustín Pomposo ya había llegado a la puerta para abrirla, por ella entró su pasante: un joven que no era mucho mayor que Leona, de su misma estatura, pelo negro y labios delgados. Se apoyó en el marco de la puerta para tomar un poco de aire.
Estaba pálido y le temblaban las manos.
—Andrés, ¡cuéntamelo todo! —le pidió Agustín Pomposo.
Andrés Quintana Roo respiraba por la boca, era obvio que había estado corriendo por las calles de la ciudad y que necesitaba hablar sobre lo que había descubierto. Leona y Manuel se acercaron. El resto de los criados, entre los que se encontraba Matea, también.
Andrés Quintana Roo tragó un poco de saliva y exclamó:
—Los hombres del padre Hidalgo… han triunfado y están a las puertas de la ciudad. Es cuestión de horas para que lleguen aquí. Todo está perdido.
—Todo está perdido —repitió Agustín Pomposo.
Matea soltó un pequeño grito; Leona apretó los labios para no decir palabra alguna. El rostro de sus primas perdió todo el color de repente.
“Sólo es cuestión de horas”, pensó Leona.
Su corazón latía acelerado.
Las nubes de tormenta desnudaron el cielo y brilló el sol blanco sobre la ciudad, pero los habitantes de la casa no pudieron calentarse. Esperaban el momento en que el ejército de Hidalgo entrara a la ciudad con sus machetes y cuchillos largos.
Habían trancado las puertas con maderos gruesos, pero Leona pensaba que aquello no funcionaría mucho si de verdad entraba un ejército a la ciudad.
Estaba con su tío y sus primos en la sala vacía. De rato en rato, ella se levantaba y caminaba hasta la ventana, corría la pesada cortina negra a un lado y se asomaba por el pequeño espacio. Esperaba ver todo lo que le habían dicho del ejército de Hidalgo, hombres de campo con machetes en las manos, corriendo por las calles… y ella se preguntaba: ¿era cierto todo lo que le habían contado o sólo exageraciones? ¡Había tantas historias!
En lugar de aquello, sólo vio las calles vacías. Las calles no estaban pavimentadas, así que estaban llenas de tierra en la cual podían contarse los pasos de caballos, mulas y personas que iban de aquí para allá, siempre cubriéndose la boca con un pañuelo para no respirar las polvaredas que se levantaban cada vez que el viento soplaba por la ciudad.
—¡Leona! Ven para acá, no te asomes por la ventana —la regañó su tío, y ella obedeció.
Volvió al sillón y se sentó junto a su primo Manuel. Andrés Quintana Roo se paseaba de un lado al otro, sin decir una palabra. Los criados se habían encerrado en la cocina.
Esperaban lo peor. Y no hay peor forma de pasar el tiempo que estando con tantas personas que sienten miedo latiendo dentro de su corazón.
Cayó la tarde y el cielo se pintó de un rojo amenazador, intenso, como si el sol se hubiera convertido en una gran toronja y hubiera vertido cada gota de su jugo carmín en las nubes esponjosas.
¿Dónde estaba el ejército de Hidalgo? ¿Por qué no entraba a la ciudad?
El tiempo pasaba muy lento, más de lo que debería.
“Tic, tac…”, pensaba Leona. “Tic, tac…”
Sintió que el estómago tenía un hueco enorme, pues no había comido nada desde la mañana, pero ni ganas tenía de probar bocado.
Manuel había sugerido ir por una baraja que le habían mandado desde Madrid para pasar el tiempo, pero aquella idea no le gustó a Agustín Pomposo porque sabía que no eran juegos propios para una dama como Leona. Claro, no sabía que cuando él no estaba en casa, Leona se reunía con su primo y jugaban a las cartas, apostando frijolitos como si se tratara de monedas de oro.
Tic, tac… no había forma de burlar al tiempo.
Cuando llegó la noche, la espera ya se había vuelto insoportable. Agustín Pomposo les pidió a los criados que llevaran a la sala un poco de leche caliente y pan dulce que había quedado del día anterior, lo que fuera para matar un poco el hambre. Leona tomó una taza de leche y un bollo con sabor a chocolate. El pan estaba duro, así que comió poco.
Los criados les llevaron mantas para que pudieran pasar la noche en la sala, mientras ellos se quedaban en sus cuartos en el primer piso.
Nadie durmió esa noche, pensaban que los hombres de Hidalgo aprovecharían la oscuridad para entrar a la Ciudad de México y saquearla.
Leona se encontraba acostada en uno de los sillones, cubierta por una manta tejida, y pensaba que una nueva batalla podría darse en cualquier momento. Trataba de escuchar, en aquel silencio, cualquier ruido lejano que se pareciera a la explosión de un cañón cargado.
Sin embargo, aquello no sucedió.
Toda la sala se encontraba en silencio, envuelta en la noche azulada típica del otoño; apenas se oía un crujido cada vez que alguien cambiaba de posición. Sus primas se habían acostado juntas en un sillón largo; mientras que su tío, su primo Manuel y Andrés Quintana Roo se encontraban sentados en tres sillas del comedor, incómodos, con los ojos cerrados, como si durmieran, pero en realidad estaban despiertos.
“¿Cuánto tardaría el ejército de Miguel Hidalgo en entrar a la Ciudad de México?”, se preguntaba Leona.
Capítulo II
La petición de Andrés Quintana Roo
1811 - 1812
Cuando llegó la mañana, la ciudad seguía sin noticias de los hombres de Hidalgo, así que Agustín Pomposo envió a Andrés por noticias sobre qué sucedía exactamente.
No tardó en volver. Toda la familia y los criados de la casa escucharon atentamente lo que les contó Andrés Quintana Roo:
—Los hombres y mujeres de Hidalgo acampan afuera de la ciudad, en el Monte de las Cruces. No se mueven, dicen que hay muchos heridos, que casi no tienen pólvora y que hay muchos muertos. Dos enviados intentaron hablar con el virrey para pactar la entrada a la ciudad, pero el virrey no quiso recibirlos porque dice que no trata con rebeldes. No están listos para entrar a la ciudad y, según me contaron los soldados apostados en las puertas, no tarda en llegar el ejército del general Calleja a protegernos a todos.
Eso era lo que Agustín Pomposo necesitaba escuchar. El color le volvió a la piel y una sonrisa amplia le apareció en el rostro.
Seguro de que ya se encontraban fuera de peligro, Leona vio a su tío ordenar que todo volviera a su respectivo lugar. Se bajaron muebles y cuadros del techo, se desenterraron los cubiertos de plata, se sacaron de los baúles las figuritas de porcelana y se desempolvaron las alfombras enrolladas que se habían escondido debajo de las camas.
Todos en la casa ayudaron en la ardua labor de regresar cada objeto a su lugar. Hubo mucho que lavar, que guardar y, por supuesto, que tirar, porque se cayeron dos figuritas de porcelana que representaban a pastores en el campo y otro más de los jarrones que había heredado Leona de su madre.
Esa noche, cada quien durmió en su respectiva cama. Era tal el cansancio que Agustín Pomposo, sus hijos, y todos los criados se fueron a dormir temprano, y despertaron hasta tarde la mañana siguiente.
Leona, en cambio, no durmió esa noche. Salió al patio de su casa y levantó la mirada. El cielo estaba azul, apenas adornado por nubes esponjosas que se pintaban de rosa mientras se movían al oeste. Cerró los ojos, respiró profundo y se preguntó: “¿en qué estaría pensando el padre Hidalgo? ¿Tendría miedo? ¿Planearía entrar a la ciudad a pesar de la llegada de los hombres del general Calleja? ¿Dudaba de los gritos que había dado la madrugada del 16 de septiembre y por eso se negaba a entrar?”.
Cuatro días después de aquellas preguntas encontró una especie de respuesta, cuando Matea regresó de las puertas de la ciudad con una noticia que sorprendió a todos.
