Matar al virrey

Miguel Betanzos

Fragmento

I

Venían de Angola, de Mozambique, de Guinea, de Senegal, después de atravesar el océano en bodegones mugrosos y húmedos en los que apenas había sitio para acurrucarse. Echados sobre tablones y ligados con hierros en los tobillos, los esclavos negros traídos por la fragata Elizabeth pasaban las horas hundidos en aquel hoyo infecto, hacinados como animales y revueltos entre la pesada oscuridad que inundaba la bodega. Mientras aguardaban el desembarco se removían entre los cadenajes, algunos se rascaban las sarnas, se despiojaban o disputaban algún trozo de pan arrojado por los cocineros. En la cubierta superior, bajo los aires fríos del otoño, don Antonio Velazco trataba los últimos detalles con el capitán del barco inglés. Como funcionario oficial del Virreinato del Río de la Plata, se le ordenaba registrar el cargamento, comprobar el buen estado de salud de los esclavos y sólo entonces firmar la autorización para el desembarco. Vestía un pomposo atuendo de oficial real, llevaba las manos a la espalda, el mentón erguido y hablaba con un acento tan engolado que semejaba uno de los actores del teatro de La Ranchería. A su izquierda, asomado al estrecho ventanuco de la bodega, su sobrino Augusto curioseaba los rostros de la negrada, sus magras estampas y sus pieles amorenadas y relucientes. Su mirada se cruzaba con aquellos ojos temerosos y ardientes que parecían espiarlo con un temor de fiera acorralada, mientras sentía los espesos vahos a catinga que emanaban desde el fondo. Era mediados de mayo y comenzaban los primeros fríos. El Elizabeth se mecía sobre el oleaje manso del río, anclado a una milla de la costa bajo un cielo que amenazaba con descargarse en tormenta de un momento a otro. Después de echar una mirada a los registros del barco, don Antonio Velazco hizo un gesto a su asistente, un cirujano oficial que llevaría a cabo la inspección sanitaria de los negros. ¿Está usted listo doctor?, le preguntó. Cuando Su Merced lo ordene, asintió el otro. Un minuto después ambos descendieron a la bodega seguidos del capitán, apretando las narices entre el amontonamiento de cuerpos sucios, enfermos, llenos de úlceras, arrojados como cadáveres en medio de aquella suerte de fosa mortuoria. Era necesario revisar minuciosamente a aquellos negros que, luego de tres o cuatro meses de viaje, solían llegar atacados de escorbuto, comidos por la tisis, por la viruela, por calenturas de toda especie o infectados por alguna peste mortal y contagiosa que era imperioso descubrir antes de que bajasen a tierra. Con una notable pericia el cirujano se movía entre los cuerpos malolientes de la negrada. Echaba un vistazo general, luego examinaba detenidamente las axilas, las ingles, la boca y por último los dedos de los pies, que con frecuencia estaban agusanados y en carne viva. Iba seguido de cerca por el capitán inglés, quien se veía preocupado y temeroso de que alguna peste hubiese caído ya entre los negros de su cargamento, obligándolo a permanecer allí, anclado a bordo del navío, en una forzosa cuarentena que tal vez acabase por liquidar a todos los esclavos. La sola presencia de un negro enfermo era suficiente para desechar toda la carga, aunque casi siempre era posible sobornar al cirujano o aliviar el problema echando al negro infectado al agua. Velazco iba detrás del cirujano y observaba de reojo su poco envidiable tarea, mientras de a ratos llevaba a sus narices un lienzo perfumado en agua de colonia. Entretanto, se ocupaba de registrar el número de esclavos sanos, de los aptos para el trabajo y la servidumbre, y anotaba prolijamente los defectos de éste, tuerto del ojo derecho, o la destemplanza y flaqueza de aquél, víctima del hambre padecida durante el viaje, o la frecuente enfermedad de la melancolía a la que llamaban banzo, y que tantas veces se apoderaba de los negros alejados de sus tierras y abandonados a la deriva, reduciéndolos al extremo de no tomar alimento alguno y dejarse morir, de a poco, en esos oscuros ataúdes en que se transformaban los sollados de los barcos negreros. En un momento dieron con uno de esos negros moribundos, que yacía tirado sobre sus propios orines y estaba hecho casi una mortaja. Éste no cuenta, dijo Velazco mirando al capitán, mientras pateaba el hombro del negro que apenas se removía en el suelo. ¿Por qué no?, protestó el inglés, usted sabe muy bien que el contrato dice que cuenta toda pieza viva. Éste no cuenta señor, insistió Velazco, y no quiera usted meterme el perro; lléveselo a otro puerto si quiere, o déjelo en Martín García, pero no voy a dejar que baje a tierra este saco de huesos. El capitán simuló un gesto de indignación. Sabía que ése y muchos negros más de su cargamento, reventados por las pésimas condiciones del viaje, no eran piezas vendibles en ningún mercado del mundo. Pero aun así procuraba sacarle partido a la situación. La culpa no es mía señor, rezongó, hace ocho días que tengo el barco anclado aquí; ¡ocho días, y ustedes ni siquiera se dignan a aparecer! ¡este negro estaba bien cuando llegamos! Enseguida pareció ofuscarse aun más, y como atacado en su buena fe de negociante se largó a resaltar la excelente calidad de su mercadería, negros jóvenes y fuertes, oriundos de la franja costera del África y por lo tanto en mejor condición física que aquellos atrapados en el interior del continente, que sólo eran embarcados tras una fatigosa marcha de cientos de millas que los debilitaba demasiado y hacía mermar su valor como pieza de trabajo. ¡Pero con los fríos de aquí, siguió, se pierde tanto infeliz negro que si ustedes se empecinan en sus demoras me van a echar abajo el negocio! En eso intervino el cirujano. Nadie le manda a llegar a este puerto en invierno, dijo, y además, con esos borujones de carne sancochada que les da de comer a los negros, me extraña que todavía le queden algunos en pie. ¡No me diga cómo hacer mi trabajo!, chilló el capitán, y dirigiéndose una vez más a Velazco le advirtió: Señor, no se sorprenda si un día de éstos le cae una demanda de parte de la Compañía. ¿Demanda?, repitió Velazco en un tono de leve ironía, pues se me hace que usted no está en posición de entablar ninguna demanda, capitán. Y luego, con un cierto aire de sorna en la mirada, señaló una pequeña portezuela contigua a la bodega, tras la cual se adivinaban largos pasillos repletos de mercaderías de fabricación inglesa, cuchillos, cucharas, peines de asta, tijeras de acero, tornillos, botones de metal, medias de seda, vasos, sombreros, que el capitán inglés traía consigo para vender de contrabando. Aquellos depósitos constituían el verdadero negocio, ya que el comercio negrero siempre estaba sujeto a pérdidas, naufragios, motines, epidemias fatales o alguna violenta fluctuación de la moneda que arreciaba con las ganancias. En cambio, la portentosa variedad de las mercancías inglesas cautivaba a los mercados españoles, cuya precaria industria se agotaba en el trabajo de unos pocos artesanos faltos de herramientas e incapaces de competir contra las manufacturas inglesas. El capitán advirtió las intenciones de Velazco, supo que era mejor callarse la boca antes que ser denunciado por contrabandista y se arrepintió de su anterior bravuconada. Está bien, está bien, balbuceó, usted gana señor Velazco, pero le repito que ese negro estaba bien cuando llegamos... Sin embargo, el otro ya no lo escuchaba, metido de lleno en su tarea y revisando las cuentas de un registro que daba, entre varones y hembras, un total de 325 negros guardados en la bodega del Elizabeth, siete de ellos enfermos, cuatro moribundos y un cadáver que alguien había arrojado entre unos sacos de carbón. Un minuto después, luego de estampar su rúbrica en el registro, Velazco extendió el papel al capitán. Su autorización de desembarco, gruñó, y tras señalar una vez más la bodega repleta de mercancías, añadió: En cuanto a aquello..., ya sabe lo que tiene que hacer. Luego pegó un chistido a su sobrino Augusto, asomado aún al hueco de la bodega, y ambos enfilaron hacia la barandilla de estribor escoltados por el cirujano, listos para transbordar sobre una barcaza que los llevaría a tierra. Antes de bajar Augusto advirtió que el capitán inglés hurgaba en su chaqueta, extraía una pequeña bolsa de piel y la entregaba a manos de Velazco, quien a su vez agradecía el gesto con una sobria inclinación de cabeza. Pero no se atrevió a preguntar, aun cuando sospechara del evidente soborno, pues sabía que el fabuloso negocio del contrabando operaba así, con oficiales como su tío, escasos de escrúpulos y cuya mayor destreza consistía en hacer la vista gorda por un puñado de doblones.

Regresaron hacia la costa sobre una barcaza de remos que avanzaba con parsimonia, animados en un diálogo en el que el tío, arrojado sobre unas mantas raídas, escuchaba las impresiones de un Augusto que no cabía en sí del asombro. El muchacho no paraba de hablar del curioso espectáculo que sus ojos habían contemplado por primera vez a bordo del Elizabeth. Conocía a los negros como cualquiera, los trataba a diario en la ciudad y hasta había algunos que servían en su casa. Pero jamás había visto negros bozales, de los recién llegados del África, con su hablar gutural y sus ojos cargados de espanto. En casi nada se parecían a los negros afincados en la ciudad, hijos, nietos o bisnietos de africanos cuyas maneras y modales se habían acriollado hacía tiempo bajo la tralla del látigo. En cambio, aquellos negros del Elizabeth, enredados en la oscura promiscuidad de la bodega, parecían criaturas infernales y llenas de misterio, venidas de entre las brumas de una jungla tan remota como extraña. Ahora llegaban a Buenos Aires y pronto irían a servir en las haciendas del interior, en las factorías o en los saladeros. Algunos quedarían en la ciudad como parte del servicio doméstico; y por fin, con motivo de ciertas cortesías establecidas, la compañía negrera donaría algunos negros al virrey y otros al obispo de la ciudad.

Cuando un rato después la barcaza alcanzó la costa, se arrimó a un pequeño tablado y los tres hombres echaron pie a tierra. Un ir y venir de gentes hormigueaban en las inmediaciones del puerto, ocupados en trajinar cargas y acomodar los embalajes en los depósitos. El lugar estaba repleto de bueyes, caballos y grandes carretones que salían del río trayendo pasajeros desde los barcos. Augusto y su tío se despidieron del cirujano y marcharon hacia los despachos aduaneros a rendir el informe sobre las condiciones del Elizabeth. Al entrar advirtieron una escena inusual. Dos hombres se trenzaban en una acalorada disputa acerca de El Retiro, un depósito en el que se guardaban esclavos antes de ser vendidos. ¿Y qué diablos voy a hacer ahora con los negros?, preguntaba uno de ellos impaciente, mientras asomaba una de sus manos bajo el suntuoso poncho de lana. Ése no es mi problema, le respondía el otro sin dejarse amedrentar, sepa usted que se trata de una decisión del propio Cabildo. Al aparecer Augusto y su tío, el primer hombre interrumpió la discusión y se dirigió al recién llegado. ¿A usted le parece señor Velazco?, rezongó, ¡ahora resulta que el Cabildo me quiere negar el permiso para alojar a los negros en El Retiro!, ¡justamente ahora, después de haber gastado una fortuna en reparar esa mole! Don Manuel de Sarratea hablaba con un tono encendido y nervioso. Como apoderado de la Real Compañía de Filipinas era el encargado de recibir los embarques de esclavos y alojarlos en tierra hasta que los mercaderes pudiesen venderlos en la ciudad. Había comprado los galpones de El Retiro y puesto una gran suma de dinero para acondicionarlos. Pero ahora, cuando ya estaba a punto de concluir los trabajos, un grupo de regidores del Cabildo le impedía utilizar el lugar como depósito de esclavos. ¡Dicen que el edificio corta varias calles de acceso a la ciudad!, protestaba Sarratea ofuscado, mientras intentaba explicar que aquél era un argumento ridículo y traído de los cabellos, más aún, agregaba, en atención al magno servicio que todo comerciante de esclavos prestaba a la ciudad. En ese momento intervino el otro hombre, quien se presentó a sí mismo como regidor del Cabildo. El señor Sarratea olvida las protestas de los vecinos, dijo tratando de serenar la discusión, mucha gente se queja de que El Retiro se convertirá en un chiquero. Y luego se refirió a las graves penurias que un asiento de tal naturaleza traería a los vecinos del lugar, ya que soliendo venir los negros medio apestados, llenos de sarnas y alimañas, y largando aquellos olores pestilenciales que tan propios eran de sus cuerpos, su cercanía podía inficionar los aires y causar un grave daño a las gentes de la vecindad. Ni qué decir de los terrenos adyacentes, agregó el regidor, ¿quién va a querer comprarlos con semejante estercolero en las cercanías? ¡Pues sepa usted que ya es demasiado tarde!, exclamó Sarratea, ¡no me he gastado una fortuna para dejar el lugar abandonado a los perros! Créame que lo siento señor Sarratea, observó el otro, pero esto no es un capricho del Cabildo; son los propios vecinos quienes han elevado el reclamo; de todos modos, el Cabildo le reconocerá a usted una indemnización por sus pérdidas. ¡Que se la guarden en los bolsillos!, gritó Sarratea, ¡no quiero unas pocas monedas por lo que me costó un dineral! Hágame caso, volvió a decir el regidor, acepte lo que le ofrezcan; usted sabe cómo se manejan estas cosas. Luego hizo una pausa y agregó: Ahora, si me disculpan caballeros, tengo otras obligaciones que cumplir. Se tocó ligeramente el sombrero, hizo una breve inclinación de cabeza y luego abandonó los despachos de la aduana en medio del remolino de gentes que asaltaban el lugar. Una mueca de impotencia se pintó en el rostro del apoderado de la Real Compañía de Filipinas. ¡Diablos!, gimió con un ligero bufido de irritación, todo esto me huele a una artimaña de Romero. ¿Romero?, le preguntó Velazco intrigado. Así es, dijo el otro, es un negrero español amigo del virrey; demasiado amigo diría yo; y no sería raro que haya armado todo esto para perjudicarme. Velazco miró al apoderado con un gesto de complicidad. Pues si es así, déjeme ver qué es lo que puedo hacer por usted, dijo en tono confidencial, tengo algunos amigos en el Cabildo que tal vez puedan arreglar las cosas... Pues me sacará usted de un aprieto, murmuró Sarratea. Luego pareció olvidar el asunto y antes de retirarse de la aduana preguntó: A propósito, ¿algún inconveniente en el Elizabeth, señor Velazco? Nada fuera de lo corriente, respondió el otro, un negro muerto y una docena de inservibles; el resto bien. Pues en realidad no sé si alegrarme, dijo Sarratea, si no encuentro rápido un sitio para alojarlos en tierra, se van a acabar pudriendo todos en la bodega del barco...

II

Don Antonio Velazco tenía por costumbre almorzar los jueves en casa de su hermano Fernando. Solía llegar hacia el mediodía y acomodarse frente a una mesa ornada con vajillas de loza, cubiertos de plata y manteles adamascados. Sin embargo, sabía que tales opulencias no eran sino aparentes, ya que los avatares del comercio amenazaban desde hacía tiempo con llevar a su hermano a la ruina. Unos meses atrás don Fernando había obtenido un contrato con el gobierno para alumbrar la ciudad, pero ciertas maniobras y contubernios le habían quitado sus prebendas y ahora se hallaba al borde de la quiebra. Sentado a la diestra de su padre, como todos los jueves, Augusto acompañaba a sus mayores sin prestar demasiada atención a sus charlas. Prefería atosigarse con pescados de río y carnes de buey, royendo de vez en cuando los huesos de alguna paloma bajada a hondazos o la dura piel de un cuis atrapado entre los juncales de la ciudad. Su madre Matilde ocupaba el otro flanco de la mesa, resignada a su obligado silencio de mujer, mientras el propio dueño de casa atendía las peroratas de su hermano Antonio, que en sus aires de funcionario real gustaba de hacer oír su voz estentórea entre bocado y bocado. Una negra joven, senegalesa, de una extravagante y sutil hermosura, iba de meneos por el salón llevando las carnes, el vino y los aderezos en anchos fuentones de plata que depositaba sobre la mesa con cierto garbo provocativo. Bajo las tenues faldas de paño se le adivinaban dos muslos firmes, rumbosos, que despertaban la atención de un Augusto cuyos ojos se abrían como dos uvas ante el grácil zarandeo. Parece que el mocoso le ha echado el ojo a la mulata, decía don Antonio a su hermano entre gestos de complicidad, mientras el propio Augusto se descubría a sí mismo en la contemplación de aquellas inquietantes sinuosidades, advirtiendo la textura de una piel que imaginaba tersa y caliente, y exaltado cuando los muslos de la negra le rozaban el hombro al acercarse a servir la comida.

Ese jueves, luego de hartarse con un vino francés traído por Antonio, don Fernando aprovechó para quejarse una vez más de las trampas políticas que conspiraban contra su negocio. ¿Te has enterado?, preguntó con cierta irritación, el gobierno le ha cedido la concesión del alumbrado público a Taybo. Ya lo sabía, respondió Antonio mientras se limaba las uñas, ¿y qué hay con eso? ¿Cómo qué hay?, dijo Fernando, ¡ese Taybo es un rufián! ¡debe de haber comprado hasta a la madre del virrey para obtener el contrato! Antonio bebió otra copa de vino y se acomodó en su silla. Debes reconocer que sus precios son menores que los tuyos, observó. ¿Menores?, replicó Fernando, ¡pues por supuesto que son menores! ¿pero has visto tú cómo están las calles? ¡ese bribón lleva apenas una semana de contrato, y ha puesto faroles tan malos que ya toda la ciudad está a oscuras! Luego se puso de pie y comenzó a dar vueltas en derredor de la mesa. ¡Todo esto es un arreglo!, gritó entre dientes, ¡un evidente arreglo! Y casi sin respirar agregó que Taybo era demasiado amigo de engaños y truhanerías, y que si cobraba apenas dos reales por cada farol, era porque hacía unas velas tan raquíticas que rara vez pasaban de las once de la noche, fabricadas con un sebo de baja estofa y con una mecha tan delgada que apenas iluminaba el muro al que estaba asido el farol. ¡Y para colmo, exclamó enojado, ha puesto faroles en sitios donde no hacen ninguna falta! ¿y sabes por qué? ¡pues sólo para poder cobrar más...!

Continuaron hablando mientras saboreaban una deliciosa compota de ciruelas, hasta que cerca de una hora más tarde Antonio se despidió de la familia y regresó a sus menesteres oficiales. Fernando se recluyó en su despacho, sepultado entre papeles, libros de comercio y mil proyectos con los que lidiaba en los últimos tiempos para reflotar sus negocios. En cuanto a Augusto, luego de acabar su compota aprovechó el momento para largarse de la casa. Se calzó una chaqueta de paño y enfiló hacia la Calle de las Torres, eludiendo el sinfín de charcos y fangales que atestaban la ciudad. Una lluvia reciente había anegado las calles y todo era un inmenso y profundo barrial. Como todo el mundo, Augusto maldecía las pésimas condiciones de la ciudad, cuyos paseos y avenidas se inundaban con demasiada frecuencia. Bastaba un leve chubasco para que todo se transformara en una ciénaga. Las gentes solían resbalar en los charcos, las carretas se hundían hasta los ejes y algunos animales eran tragados por las zanjas. A veces, mediando algún temporal violento, el agua llegaba a calar los muros y derrumbaba una casa entera en cuestión de minutos. Y era preciso andar con cuidado entre la greda lodosa, a fin de no mancillarse las ropas con aquel barro pegajoso, molesto, que siempre arrancaba el rezongo de quienes transitaban las estrechas callejas. Respirando un olor de barrial, de basura, de estiércol de animales, Augusto dobló por la Calle de la Merced y enseguida advirtió el caserón de los Vianes, erguido entre un cerco de sauces que acariciaban sus muros. Cruzó el enorme enrejado, se acercó hasta la puerta y sonó el badajo de una hermosa campana de bronce que pendía de la pared. Unos ojos grandes, muy negros, enmarcados por una suave melena oscura, aparecieron tras la puerta. Hola Victoria, saludó Augusto. La joven sonrió dulcemente y lo hizo pasar, mientras llevaba a sus labios un diminuto lienzo en el que apagaba su delicada tos, una tos de niña que irritaba su pecho los días de humedad. ¿Quieres algo de tomar?, preguntó la muchacha apenas entraron al salón. Algo caliente no me vendría mal, murmuró Augusto. Entonces te haré preparar un chocolate. Enseguida hizo sonar una campanilla y al rato apareció una criada negra. Lorenza, tráenos dos chocolates; el mío con canela por favor. Luego se dirigió una vez más hacia Augusto: Verás que es el mejor chocolate que hayas probado, dijo mientras tomaba asiento junto al fuego, el propio obispo Azamor se lo regala a papá.

Augusto se había enamorado de la tristeza de sus ojos, grandes y melancólicos, a los que había descubierto alguna vez entre las penumbras de la iglesia de la Merced. ¿Quién era aquella criatura delicada y celestial que se erguía encantadora entre los demás, que le despertaba sensaciones nuevas, que atraía su mirada como si fuese el único ser en el mundo? Tras haberla imaginado hasta en sueños el muchacho había probado mil formas de acercarse a ella, de hablarle, de sortear la adusta vigilancia de sus padres. Al principio había intentado hacerle llegar billetes furtivos con algún mensaje, pero ante el fracaso de varias tentativas había terminado por entrar a la casa disfrazado de ayudante de aguatero, con harapos andrajosos, cargando pesadas tinajas con agua mientras procuraba espiar a la muchacha y ganar su atención. Victoria se prestaba al inocente juego, agraciada por verse el objeto de tan curiosas artimañas, y fingía indiferencia ante los esfuerzos de un Augusto que a duras penas conseguía arrastrar los pesadísimos tinajones. No imaginas cuánto me dolían las manos, le había confesado él, tiempo después, al recordar aquellos días. ¿Y tú crees que no me daba cuenta?, respondía ella entre sonrisas, tu cara se arrugaba toda del esfuerzo; parecías un gallito de riña desplumado...

María Victoria de las Mercedes Vianes era hija de don Francisco Vianes, un aristocrático y celoso padre cuya enorme fortuna lo encumbraba entre los hombres más ricos de la ciudad. La niña había sido criada entre normas rígidas, hábitos que la sociedad imponía duramente a las muchachas de su clase. Sin embargo, cuando parecía destinada a las estrecheces de un convento de monjas, su vida había cambiado inesperadamente. Una mañana de mediados de 1781, siendo apenas una niña, había salido fuera de la casa atraída por una confusa algazara que parecía haberse adueñado de la ciudad y quebrado su mortecina calma. Hombres, mujeres y niños pasaban corriendo y saltando entre los charcos, desenfrenados como en una acalorada juerga, mientras gritaban ¡mataron al indio! ¡mataron al indio! Sólo más tarde Victoria se había enterado de la razón de tales festejos: allá en el lejano Cuzco peruano, un hombre llamado Túpac Amaru había sido apresado por encabezar una vasta rebelión contra las autoridades españolas. Lo habían encarcelado, torturado y por fin condenado a una muerte brutal, amarrándolo a cuatro caballos que le habían descoyuntado los huesos después de tironear durante horas. Aquella misma noche, mientras la ciudad continuaba en el jolgorio, Victoria lloraba a oscuras en su cama. Le era imposible consolarse ante el horror de aquel espectáculo de odios y rencores. Se sentía traicionada, vulnerada en su inocencia al descubrir la infamia de aquel crimen sangriento perpetrado a manos de quienes se decían seguidores y devotos de Cristo. No comprendía aquellos rostros de júbilo, esas gentes alborozadas por el descuartizamiento de un hombre, aquellos mismos vecinos a quienes solía ver una y otra vez los domingos postrados sobre los reclinatorios de la iglesia y bebiendo la dulzura y la piedad de la religión de Jesús. Y aquel recuerdo la atormentaba de continuo: los rostros desencajados, la algarabía general, los gritos de quienes ahora tenía por hombres despiadados e ignorantes. A partir de entonces, una madurez precoz la había acompañado durante toda su adolescencia. Comenzó a rehuir de las habituales costumbres de las niñas de su edad, se tornó algo taciturna, distante con sus mayores y hasta a veces un tanto irreverente. Odiaba el destino de sus hermanas mayores, siempre metidas entre cajas de costura, agujas, tejidos, canastillas de palma y constantes ruegos a San Antonio por la gracia de un novio que nunca llegaba, en parte por la fealdad de las muchachas, pero más aún por la recia imposición del padre, a quien tocaba decidir en tales materias aun contra la voluntad de sus hijas. Victoria formaba parte de un ambiente rígido y formal. Era costumbre que una joven de su condición no saliera a la calle sino sólo tres veces en su vida: la primera para su bautismo, la segunda para su matrimonio y la tercera para su entierro. El trágico destino de toda mujer era el de ser una criatura ignorante, beata, sumisa, y si venía al caso, voluptuosa. Pero Victoria se rebelaba ante las normas. Había aprendido a leer a escondidas y se deleitaba con las Églogas de Garcilaso, con los relatos del Amadís y con la prosa de los filósofos franceses, en una sociedad en la que apenas el Catecismo era lectura permitida a las muchachas. Ya en edad de contraer matrimonio se había negado a casarse con el hijo de un ricachón de familia amiga, y a causa de tal insolencia su padre la había encerrado en la Casa de Ejercicios durante un mes. Poco más tarde había conocido a Augusto y se había enamorado de él. Transcurrido un tiempo había rogado a su padre la dispensa para casarse con el muchacho. Pero don Francisco Vianes se había negado rotundamente. Augusto carecía de fortuna y apellido, y eso era suficiente para rechazar sus pretensiones. No obstante, Vianes cambiaba su humor al respecto. Había pasado de echar al joven a rebencazos, una noche, al descubrirlo rondando la casona, a dejar que visitara a su hija algunas tardes, como ahora, en la secreta esperanza de que Victoria advirtiese por sí misma las asperezas de quien no pertenecía a su clase.

Esa tarde, mientras sorbían su chocolate junto al hogar de leños, Augusto y Victoria se dejaban envolver por el calor de las llamas. Hablaban y reían de cualquier cosa, recordaban algún lejano paseo por la Alameda o soñaban con visitar Europa alguna vez. Sin embargo, el muchacho no podía disimular una cierta inquietud. Amaba demasiado a Victoria, pero transcurría el tiempo y don Francisco Vianes continuaba obstinado en su rigidez. No estaba dispuesto a ceder de ningún modo a las pretensiones de Augusto y de su hija, y era tan severo en su postura que hasta había amenazado a Victoria con recluirla una vez más en la Casa de Ejercicios. Ahora, mientras el rostro se le encendía por el calor de los tizones, Augusto pensaba una y otra vez en algún artilugio que lograra vencer definitivamente la resistencia de Vianes. ¿Te sucede algo?, le preguntó Victoria al notarlo impaciente y algo nervioso. Estoy bien, no te preocupes, respondió Augusto. Y para tranquilizar a la joven añadió: ¿Por qué no tocas algo de música? Victoria sonrió un tanto desconcertada, pero luego se dirigió hacia un pequeño clavecín arrinconado a uno de los muros y se acomodó sobre una banqueta. ¿Qué quieres oír?, le preguntó. El muchacho dudó un instante y luego respondió: Bach, toca algo de Bach. La joven se acercó aun más al instrumento, deslizó sus manos sobre el teclado y de pronto la habitación se inundó de un alegre cabrilleo de notas. Tocaba con un fino sentido de la armonía, con un especial encanto que llenaba el aire de sensaciones tenues y delicadas. No obstante, mientras sus dedos fraseaban sobre el teclado, Augusto seguía algo inquieto y no lograba refrenar su preocupación. Continuaba pensando en algún medio, en alguna forma de persuadir a Vianes y derribar sus prejuicios de una vez. Caminaba en derredor de la joven, se apoyaba contra los muebles, se sentaba, volvía a ponerse de pie y aun así le era imposible recuperar la calma. De pronto detuvo sus pasos a un lado del clavecín, se hincó de rodillas frente a Victoria y sin demorarse en preámbulos le susurró al oído: ¿Y si quedaras embarazada? Los dedos de la muchacha se enredaron súbitamente sobre el teclado. Llevó ambas manos a sus mejillas, se ruborizó y miró a Augusto como si de pronto hubiese visto a un fantasma. Aquello le resultaba tan fuera de lo común, tan riesgoso, tan inquietante que apenas prestaba crédito a sus oídos. Sé lo que estás pensando, se apresuró a decir el muchacho, pero no es ningún disparate; si quedaras embarazada tu padre se vería forzado a aceptar una boda entre nosotros. Mi padre no aceptaría eso jamás, replicó Victoria entre sollozos. ¿No?, volvió a insistir Augusto, ¿y supones que aceptaría a una hija convertida en madre soltera?, ¿crees que le gustaría tener un bastardo en la familia? Victoria pareció salir de su aturdimiento y recuperó el semblante. En el fondo, la insólita sugerencia de Augusto no era tan descabellada. Tal vez estuviera en lo cierto, acaso su padre prefiriese verla casada antes que sumida en la infausta condición de madre soltera. Cualquier cosa era preferible a mancillar su apellido y suscitar el escarnio ante los miembros de la alta sociedad. Quizá tengas razón, murmuró con cierta prudencia. Ambos permanecieron un instante mirándose, sin hablar. Victoria descorrió la tapa del clavecín y lo cubrió con una funda de terciopelo. En sus ojos brillaba una chispa de temor. Se sentía agobiada, presa de una suerte de vahído ante la propuesta de Augusto. De pronto se descubría en la piel de una mujer madura, ella que apenas emergía de su niñez, de su inocencia, de los juegos infantiles que hasta ayer animaban sus días. De repente sintió un acceso de calor. ¿Pero cómo iremos a hacerlo?, preguntó sonrojada, ¿y cuándo?, ¿y dónde? Eso déjalo por mi cuenta, dijo Augusto mostrándose firme, algo se me irá a ocurrir. Afuera sonó el campanario de la iglesia de la Merced. Ahora tengo que irme, dijo Augusto al advertir lo avanzado de la hora, y gracias por el chocolate. Dio unos pasos y atravesó el portalón, dejándola inquieta, sumida en el íntimo resquemor de una idea que sonaba tan precipitada que le encendía el rostro de vergüenza.

III

Con las botas de cordobán enlodadas hasta el tope, esa noche, Augusto marchaba por la Calle de la Concepción guiado por la tosca luz de unos farolillos que apenas le dejaban entrever el suelo. A cada rato lo azuzaba algún perro rabioso al que sacudía de un violento patadón en el lomo, maldiciendo aquellas eternas jaurías nocturnas que eran el flagelo de la ciudad, siempre al acecho de algún caminante, y que solían aparecer de golpe desde atrás de un yuyal, de un muro o de entre las ruedas de alguna carreta en un atronador revuelo de ladridos y mordiscos. Todo el mundo vivía fastidiado por las bandadas de perros, y aunque el Cabildo solía pagar hasta medio real por cada lengua de perro muerto, la ciudad parecía estar cada vez más atestada de animales. Por lo demás, el muchacho continuaba su marcha por callejas que se le aparecían bajo un aspecto apacible y lúgubre, recortadas por casuchas de una sola planta cuyos muros, iluminados por el fúnebre resplandor de los faroles, se pintaban de un ocre amarillento y desgastado. Algún ombú fantasmal se le aparecía de pronto, aplastando la tierra con su enorme fuste centenario. Amarrado a un palenque, un buey manso estremecía sus cueros ante el paso del extraño. A lo lejos se oían los ecos de algún apagado rasguido de guitarras, venido desde el interior de algún café o de alguna pulpería en donde se templaban los ánimos entre juegos de tresillo y ruedas de aguardiente.

Después de torcer por Monserrat y atravesar la Plaza de la Concepción, el muchacho se detuvo por fin ante dos hombres parados en la esquina, enfundados en ponchos que les cubrían hasta las narices. Perdón por la demora, se disculpó en voz baja, esos malditos perros... no hay con qué detenerlos. No te preocupes, murmuró uno de los hombres. Y enseguida, con un ligero ademán de cortesía presentó al tercero del grupo. Augusto, él es Emilio Lafuente, abogado; desde hoy se une a nosotros. Es un placer conocerte, susurró el muchacho. El placer es mío, contestó el otro mientras le daba la mano. Poco después los tres hombres cruzaron la plaza en silencio, caminaron un par de cuadras más y por fin se detuvieron frente a una pequeña puerta. Un rayo de luna descubría las diminutas letras de una cartela, grabadas a fuego con la leyenda: “Carpintería de Robles”. Golpearon la puerta y un minuto después acudió a abrirles un hombre de estatura baja y cerrado de barbas. Adelante señores, dijo en un hilo de voz, son los últimos en llegar. Cruzaron la puerta, atravesaron un largo pasillo y entraron en u

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