Buenos muchachos

Diego Gualda

Fragmento

Capítulo 1
El tiburón y la rémora

El peje guerrero va pasando

recorriendo el reino que domina

pobre del que caiga prisionero

hoy no habrá perdón para su vida.

VICENTICO

“La rémora es un pececito de lo más interesante.” Con esa frase comienza la nota de tapa de la revista Noticias del 10 de mayo de 2014 (la misma que comparte autor con este libro). La rémora es un bicho fascinante, sobre todo para ser usado como metáfora. Una de sus grandes curiosidades es que tiene ventosas en la cabeza, con las que suele adherirse al abdomen de un tiburón. ¿Qué gana la rémora? Movilidad (el tiburón nada mucho más rápido), protección —ningún depredador se va a atrever a meterse con una rémora que vaya prendida a una máquina de matar— y, además, sustento. Porque la rémora se alimenta de dos cosas: los parásitos en la piel del tiburón y los restos de comida que caen de la boca del animal más grande. ¿Qué gana el tiburón? Higiene. La rémora lo mantiene desparasitado, le saca la mugre de encima.

Esta simbiosis tendría más ventajas para la rémora que para el tiburón. Pero al tiburón no parece molestarle. Al fin y al cabo, si la rémora fuera un problema, se la almorzaría en el primer descuido.

La relación personal y profesional entre Jorge Rial y Luis Ventura podría equipararse, acaso de modo antojadizo, con la del tiburón y la rémora. Son mutuamente funcionales, pero cumplen roles muy distintos que, con el paso del tiempo, parecen haber tomado aún más distancia, al punto de que la distancia actual parece definitoria. Aunque nunca se sabe.

Rial es un tiburón hecho y derecho. Se mueve en silencio, puede oler la sangre y, ante todo, es despiadado a la hora de la cacería.

Los expertos aseguran que el tiburón data de hace millones de años, que es uno de los animales vivos que menos modificaciones ha sufrido durante la evolución y que más ha perdurado. Una similitud y una diferencia. Porque, aunque aún es un tipo joven —y aunque hace menos de dos décadas era apenas un lacayo de Lucho Avilés, su primer gran irrupción en la pantalla—, Jorge Rial parece ancestral, mitológico. Da la impresión de haber estado ahí siempre. Sin embargo, la mutación del chico humilde de Munro al magnate multimediático actual habla a las claras de una evolución. De un crecimiento que hizo a esta máquina de matar más y más poderosa con el tiempo. Y que Luis Ventura se haya convertido en su “segundo” es, como poco, curioso. Al fin y al cabo, Ventura es mayor —le lleva cuatro años—, viene de una tradicional familia de periodistas y se inició mucho antes en el gremio. En la prehistoria de esta relación, de esta sociedad, todas las condiciones estaban dadas para que Luis Ventura fuera el líder. Y, sin embargo, no.

Aun cuando una máxima como “la información es poder” pueda sonar trillada, nadie la hace más cierta que la dupla Rial-Ventura. A lo largo de tantos años han logrado crear una red de fuentes y contactos envidiable, que hace que cuenten con mucha información. Sobre todo información personal y escandalosa sobre celebridades del espectáculo, los medios, el deporte e incluso de la política. Muchos les temen por lo que saben. Y valoran el silencio del tiburón, aunque la rémora de tanto en tanto se vaya de boca.

Porque también de eso se trataría durante años la simbiosis Rial-Ventura: el segundo era el que muchas veces parecía estar haciendo el trabajo sucio del primero.

“En cada una de las peleas a lo largo del ciclo Intrusos, Ventura fue su lugarteniente. De hecho, llevó la bandera tan lejos que quedó más expuesto que el propio Rial”, afirmaba la revista Pronto en su edición del 27 de agosto de 2014. “Lo que pasa es que para Luis tener códigos es poner el pecho a la balas que iban para su amigo” [la ausencia de comas en la aposición y los problemitas de concordancia verbal corresponden al texto original de la revista].

En gran medida, de eso se trata la historia de esta dupla: de códigos —cumplidos y violados—, de funciones y de una relación de poder que fue alterándose hasta que, finalmente, el tiburón acabara desayunándose a la rémora.

Ahora, si de compararlos para poder entenderlos se trata, el duo de periodistas más temidos por la farándula local también podría equipararse con cierta famosa dupla literaria: Don Quijote y Sancho Panza. Aun cuando es enorme la tentación de construir la imagen mental de un Rial con una armadura maltrecha y de Ventura a lomo de burro, la comparación es aún más profunda.

En la novela de Miguel de Cervantes, Quijote está loco. Sancho, en cambio, desde esa posición en la frontera con la vulgaridad, es el personaje con los pies en la tierra. El que entiende más allá de la locura de su jefe. El camino del héroe de Quijote es el de encontrar su propia cordura. Su travesía es un viaje interior para convertirse, en su lecho de muerte, en un hombre sabio y, ante todo, cuerdo. Sancho, en cambio, acaba por contagiarse la locura de Quijote y, en el final, los roles se han invertido: Quijote es el cuerdo; Sancho es el loco.

El camino de Rial y Ventura tiene sus similitudes con la literaria gesta contra molinos de viento. Porque Rial —aunque sería un poco audaz decir que alguna vez estuvo chiflado— evolucionó hacia una posición más madura, más sensata; hacia una versión más pacífica de sí mismo. Su incursión en la radio lo llevó a buscar posicionarse como un periodista “serio”, de esos que llaman a los funcionarios a la mañana para sacarlos al aire y son atendidos. El “viaje” de Rial, su esfuerzo por reinventarse, fue el de buscar, sin desmerecer sus orígenes en el periodismo de corte popular, un cierto prestigio. Rial tiene su propia línea de ropa. Rial es el padre amoroso y compasivo que todos hubiéramos querido tener. Rial habla con ministros. Rial es amigo de Scioli desde que era motonauta (y su padre, accionista de Canal 9), de Macri desde que solo era el hijo del otro Macri, de Massa desde que solo era el muchachito que habían puesto en la Anses (según su propia versión, los políticos se le acercan porque lo ven más cercano a los intereses populares que los acartonados periodistas de política).

Todo el tiempo crece hacia una versión corregida y aumentada de su propio personaje.

Luis Ventura, en cambio, parece recorrer el camino de Sancho hacia la locura: de trabajador incansable del fútbol y de la prensa, de hombre remador, de forjador de su propia historia; a un tipo superado por las circunstancias. Sus propios escándalos personales lo llevaron, en los últimos tiempos, a perderlo casi todo. Su familia quedó al borde del abismo —aunque tanto él como su esposa se esfuercen en minimizar el impacto de la crisis— cuando se le descubrió un hijo extramatrimonial que solo sería la punta de un iceberg de excesos. Perdió su posición de privilegio en América TV, co-conduciendo con su Quijote favorito, y acabó internado con problemas de salud. Pasó del exabrupto en las pantallas (la de la tele y la de la computadora, porque la red social Twitter fue uno de sus terrenos favoritos para el papelón) a quedar al borde del ostracismo mediático.

A partir de 2012, la vida personal de Jorge Rial tomó una relevancia pública que antes no había tenido: divorcio de Silvia D’Auro, romance con “la niña Loly”, ruptura tras un malogrado flirteo por WhatsApp con Marianela Mirra y un proceso de reconciliación que ocupó espacios tan disímiles como la revista Paparazzi y la pantalla del programa de Marcelo Tinelli. Luis Ventura sumó su cuota de sainete personal a fines de mayo de 2014 cuando, en el programa radial de Jorge Lanata por Radio Mitre, se reveló la existencia del hijo extramatrimonial que Ventura tuvo con la vedette cordobesa Fabiana Liuzzi.

A diferencia de Rial, que ya llevaba dos años ejerciendo el arte de ser a la vez chimentero y foco de los chismes, toda la situación puso a Ventura en una posición a la que no estaba acostumbrado: el cazador convertido en presa; el hombre de las noticias convertido en objeto noticioso involuntario.

Jorge Rial probablemente sea el más claro (y casi único) exponente vernáculo de una forma de periodismo que quizás los académicos de un futuro no muy lejano estudien e incluyan en sus ensayos sobre comunicación social. Es el mago de la auto-edición. Es el periodista de chimentos que saltó la medianera para convertirse en una celebridad con peso propio, en protagonista y a la vez narrador de sus propias aventuras. Jorge Rial se convirtió en el editor de su propia vida en abril de 2012, cuando se fue de viaje a Venecia con Mariana “Loly” Antoniale, seguido de cerca por los flashes y llevando su propia historia a las tapas de las revistas del género periodístico que él mismo ejerce.

Pero el proceso de ser el personaje protagónico de su propio relato no comenzó con el Lolygate ni se limita únicamente a eso. Desde el lanzamiento de Ciudad GótiK, su programa en la segunda mañana de Radio La Red, ha intentado —y probablemente logrado, al menos en cierto aspecto— despegarse del estigma de “chimentero” para posicionarse como un periodista comprometido con temas de actualidad y política.

Además, se nota en la pantalla su aspecto físico trabajado y un esfuerzo de resultados visibles por ser un poco más cool. En su entorno se comenta incluso que el plan es alejarse progresivamente de las marcas Intrusos (aunque de esto se habla desde hace más de tres años, sin señales visibles de que vaya a suceder) y Paparazzi (aun cuando es accionista minoritario de la revista, nunca nadie lo vio pasar ni cerca de la redacción). El tiburón está afilando los dientes.

Mientras tanto, la rémora parece estar recorriendo el camino inverso. Cuanto más se acerca Rial a un estilo atildado y un periodismo serio, más parece alejarse Luis Ventura. Su aspecto —suena frívolo, pero esta es gente que vive de la televisión, por lo que es esencial— parece circular a contramano del de su histórico partenaire.

Quizás el momento consagratorio, ese que hizo estallar las mediciones del bizarrómetro, fuera la nota publicada en marzo de 2014 en la revista Gente. En las fotos, junto a su esposa Estelita, se los ve lisa y llanamente desaliñados. Él, en short y ojotas, la chomba manchada de sudor. De telón de fondo, el desorden de la cocina de una casa que casi parece de clase media. Una heladera plagada de imanes, un arbolito de Navidad aún sin desarmar. La tapa de Paparazzi (su propia revista) posterior a la bomba sobre su flamante hijo natural, lo muestra tomando mate junto al calefón de su cocina con un título que pretende sintetizar la crisis llevándola al registro del culebrón: “Amo a Estela y voy a recuperarla”. El abismo entre el glamour que proyecta Rial y el “barrio” de Ventura —“yo soy de Lanús y me la banco”, desafiaría a través de Twitter a Beto Casella en medio de la tormenta mediática— parece ensancharse en forma inexorable.

Pero, además, cuanto más se involucra Rial con la actualidad, más pareciera que Ventura se encarga de la parte más cruda del periodismo chimentográfico. Mientras uno brilla, el otro se hunde en su propio barro. El gran interrogante, abierto a todas las interpretaciones, es si esta diferenciación tanto estética como periodística es un proceso natural, parte de la evolución de cada uno de ellos, o si se trata de una cuidada construcción de personajes; de un impecable trabajo de edición.

Unidos desde hace décadas por profesión y amistad, los tiempos más turbulentos los han distanciado. Y la distancia es grande; va de lo simbólico a lo contractual. En cuanto las vidas de estos dos personajes empiezan a cambiar y se encaminan a convertirse en los protagonistas de sus propios chismes, algo se quiebra. A través del tiempo empieza a verse una diferenciación de estilo en cómo se visten, en cómo hablan, en los nombres de los lugares donde se los puede ver cenando.

Rial, aunque a fuerza de discurso siempre recuerda y afianza sus orígenes humildes en el almacén de su padre en Munro, tiene un estilo que busca ser cada vez más cercano a lo que muchos entenderían por “tener clase” y lo que muchos otros despreciarían como una farsa de alguien que quiere pertenecer a un estrato social que no le corresponde.

Rial es un bon vivant al que no le tiembla la voz a la hora de confesar su fanatismo por los habanos Cohiba Behike (la línea más exclusiva de los legendarios cigarros cubanos, la caja de diez vale no menos de 400 dólares), por el ron guatemalteco Zacapa —1.800 pesos— y el whisky Macallan escocés de veintiún años, que cotiza la friolera de 8.000 pesos la botella.

Como buen fumador de los mejores tabacos, Rial es feliz propietario de un humidificador: una máquina que se encarga de mantener los habanos con la humedad exacta para que no se sequen y se malogren (de hecho, si se resecan, se resquebrajan hasta desintegrarse y no se puede consumir). Según el periodista, cuando se separó de Silvia D’Auro, ella vendió el artefacto en 2.500 dólares. Claro que son pocos en la ciudad los que consumen esa calidad de cigarros y tienen “juguetitos” así de caros. En cuanto el humidificador salió al mercado, Rial se enteró —dice que a través de Matías Garfunkel y Gerardo Werthein, también aficionados— y tras un altercado con el dueño de la tabaquería, pudo recuperarlo.

Solo viaja en primera. No porque le esquive a compartir la cabina de un avión con la gran masa del pueblo. Simplemente porque puede. Y porque disfruta de que lo alimenten un poco mejor y de poder dormir durante un vuelo largo.

Fanático de los costosos anillos de Bulgari, Rial cuida su look —en cámara y fuera del aire— al detalle. Tiene su propia línea de ropa, Agustino, cuyas prendas luce en cámara y cuyos “chivos” son la constante de Intrusos (chivos o no tanto, quizás solo privilegios de ser el dueño de casa). Asociado al diseñador cordobés Gustavo Arce, desde mayo de 2014 opera un local de 240 metros cuadrados en la coqueta aunque ya algo anacrónica avenida Santa Fe.

Agustino podría ser considerada emblemática a la hora de ejemplificar esta “disforia de clase social” que parece caracterizar a Jorge Rial. “Agustino Collezioni representa al hombre moderno y distinguido, es el producto de la combinación de los valores de calidad y vanguardia”, es la frase que le atribuyen a Arce en la campaña de difusión de la marca. Sin embargo, el personaje seleccionado para ser la cara visible es el futbolista Juan Sebastián “La Bruja” Verón, que según el diseñador cordobés “contribuye a transmitir los atributos de nuestra marca”. Cuando el boxeador Marcos “Chino” Maidana llegó al hotel MGM Grand de Las Vegas para enfrentar a Floyd Mayweather en mayo de 2014, llevaba ropa de Agustino. Curioso: un producto que pretende emular lo mejor del prêt-à-porter masculino, en una esquina “paqueta” de Buenos Aires, promocionado por figuras populares del deporte. Acaso Sergio Massa, amigo personal de Jorge Rial —una relación fluida que, así y todo, supo tener sus altibajos—, sea lo más parecido a un personaje top en portar ropa de la marca: para su gira por Estados Unidos a principios de 2014, Rial mandó a confeccionar para Massa un traje a medida que “le quedó impecable”, afirmaría el periodista.

En el otro extremo, la rémora Ventura no quiere parecer un empresario, sino apenas un trabajador que, según él mismo afirma en una entrevista a la revista Paparazzi —de la cual es en parte propietario, siempre es bueno recordarlo— necesita trabajar para pagar las cuentas. Aun cuando sus trajes no son baratos y maneje un auto importado, su postura y su forma de hablar siguen reivindicando una identidad casi arrabalera. Un abismo que lo separa de quien fuera su amor, su cómplice y todo.

Es un poco curioso que, de los dos periodistas, el que vivió la crianza en una familia humilde —Rial— sea el que más parece querer proyectar una imagen de ascenso social; mientras que su partenaire, hijo de una familia de clase media mejor formada y posicionada, reivindique una pertenencia a la clase trabajadora que jamás tuvo. Como si ambos buscaran construir su persona escénica más desde lo que no son que desde lo que realmente dice su historia; como si quisieran conectar con el público, en el caso de Ventura, por identificación y —en el de Rial— como objeto aspiracional.

Esta distancia simbólica, de imágenes, de estilos, acabaría transmutándose en una distancia profesional. En tiempos de crisis, Rial nunca ha perdido la calma o el control de su personaje. Ventura sí, y eso le ha costado, entre otras cosas, su salida de Intrusos. La gran pregunta es si el tiburón puede mantenerse limpio sin la rémora, y si la rémora puede alimentarse por sus propios medios, sin la protección del tiburón.

El resultado de haber quebrado la simbiosis, en todo caso, aún está por verse.

“En todos los tiempos, las noticias más atractivas son las vinculadas con la salud, el dinero y el amor”, afirma el viejo manual de periodismo de Alfredo Serra y Edgardo Ritacco con el que se criaron varias generaciones de comunicadores. Salud, dinero y amor son los tres temas básicos completamente transversales a todas las épocas y las culturas. Por supuesto, cada uno de ellos tiene derivaciones, puede ser llevado más lejos. La prensa puede atraer audiencias hablando de enfermedad y muerte, como contracaras de la salud. De riquezas y pobrezas extremas o incluso de chantaje y corrupción como la forma de llevar al extremo el interés popular por el dinero. De sexo, infidelidad y escándalo como hermanos bastardos del mal amor. Pero, a la larga, los tres ejes siguen siendo los mismos, ya sea que se los considere salud, dinero y amor o muerte, corrupción y sexo.

Y, a fin de cuentas, las historias personales y profesionales de Jorge Rial y Luis Ventura, en conjunto y por separado, están marcadas por todos estos factores. De movida, por el escándalo ajeno como una forma de hacer periodismo. Pero, en los últimos tiempos, por el derrape personal como una forma —casual u orquestada— de ser el centro de atención, de ser los chicos de la tapa.

Sus biografías están plagadas de quiebres y rupturas. Las mujeres y los hijos (la familia, la estructura social más básica, algo que siempre “vende” y genera identificación) son materia de conflicto para estos dos hombres. Las mujeres de Rial son motivo de conventillo y sus hijas —adoptivas, conflictuadas, víctimas de las decisiones de sus padres— no logran evitar la exposición pública.

Ventura, por su parte, más allá de la curiosa seguidilla de incidentes en que sus hijos casi mueren intoxicados con monóxido de carbono, se exhibe feliz y unido a su inefable Estelita hasta que... ¡Zas! No solo le es infiel, sino que se ha llevado anticoncepción a marzo y tiene un venturita cordobés del que jura se hará cargo al grito de “todo lo que lleve mi sangre”, como si de una épica gauchesca se tratara.

Muchos los critican por tener una ética periodística flojita de papeles. Otros directamente los acusan de extorsionadores y hasta de operadores a sueldo de los servicios de inteligencia, aunque pocas de estas imputaciones hayan llegado alguna vez a los tribunales y ninguna, de hecho, haya logrado un fallo que los condene.

Lo que no se puede negar es que, en la radio, en la televisión y en los medios gráficos, son un éxito, tanto a la hora de contar las historias de los otros como de construir las suyas y salir a vendérselas a propios y ajenos.

¿Es todo cierto lo que se dice de ellos? ¿Son así de satánicos como los muestran los detractores? ¿Son así de caballeros y honorables como se pintan a sí mismos? ¿Quiénes son, allá, en el fondo de sus historias, Jorge Rial y Luis Ventura, el tiburón de los medios y la rémora que durante años nadara a su lado?

Póngase cómodo, pase la página y conózcalos.

Capítulo 2
Apuntes para una biografía o dos

Probablemente en el pueblo se les recordará

como cachorros de buenas personas.

JOAN MANUEL SERRAT

Cuenta la leyenda que a los dieciséis años consiguió un número de teléfono de Jorge Luis Borges. Lo llamó y, por supuesto, tuvo que enfrentar el clásico “bloqueo” que hacen los asistentes y mucamas de las celebridades: Borges nunca estaba disponible para atenderlo. Pero una tarde, tuvo suerte: al otro lado del teléfono, la voz ligeramente ronca del autor de “El Aleph” acababa de atender el teléfono en persona. Entonces, mintió. Se presentó como un pobre periodista con una familia por mantener y en riesgo de ser despedido si no conseguía una nota. El escritor se apiadó y dio la entrevista. Lo recibió en el legendario 6ºB de Maipú 994 y hasta se sacaron una foto que el improvisado entrevistador aún atesora.

La entrevista acabó publicándose en el periódico escolar del colegio La Salle de Florida, partido de Vicente López. Jorge Ricardo Rial —con mucho ingenio, y aún sin haber pisado una universidad— acababa de “graduarse” de periodista. O algo así.

Nació el 16 de octubre de 1961 en el barrio de Belgrano, pero a los cinco meses su familia se mudó a la localidad bonaerense de Munro, un lugar que a lo largo de su carrera habría de mencionar incontables veces, estableciéndolo como parámetro de sus orígenes humildes. Munro, Villa Adelina, Carapachay y Villa Ballester conforman una zona de inmigrantes. Es el lado de clase trabajadora de la paquetísima —y por eso estigmatizada— zona norte del conurbano. Ballester es el gran bastión alemán, con alguna ligera infiltración polaca, aunque los tentáculos del imperio germano se extienden hasta ciertas partes de Carapachay. Villa Adelina es territorio mayormente italiano (de hecho, en esa localidad está una de las pocas escuelas italianas con reconocimiento oficial del gobierno peninsular, la Alessandro Manzoni), aunque hay muchos inmigrantes españoles. Munro —el lugar debe su nombre al terrateniente británico que supo ser propietario de todo ese territorio— es más parecido a Villa Adelina (Adelina era, a la sazón, la esposa del señor Munro). Aunque desde hace un par de décadas el público general identifique a Munro con los outlets y las casas de ropa de segunda selección, lo cierto es que es un barrio de casas bajitas y cuadradas, de esas cuyo frente termina contra la vereda: es que el inmigrante concentra una prole numerosa y una familia extendida dentro de la propiedad, y no puede permitirse el lujo de desperdiciar espacio en tener un jardincito delantero.

El barrio está mayormente poblado por esa mezcla genética tan constitutiva del porteño y del ser conurbánico: cruza de tano con gallego. Y la familia Rial no era una excepción.

Ramón Rial, el padre de Jorge, era un inmigrante español, completamente calvo como secuela del paludismo que se había contagiado durante su servicio militar en España, de profesión carpintero (los mismos inmigrantes suelen admitir, riéndose de sí mismos, que cuando bajaron del barco, eran todos carpinteros o albañiles). Pese al oficio, tenía un almacén en la intersección de las calles Alvear e Italia. Porque tampoco era inusual que, en estas zonas donde la vida era tranquila y, en materia de infraestructura, había poco y nada, muchas gentes de oficios reencarnaran en los primeros comerciantes. Algunos de ellos, incluso, prosperarían tantísimo. En su libro Periodistas en el barro (Sudamericana), el jefe de redacción de revista Noticias, Edi Zunino, cuenta sobre la infancia del personaje en cuestión: “Debe saberse que Jorge Ricardo Rial fue criado a manguerazo limpio. Su mamá, Victoria, una inmigrante española con segundo grado completo, lo hizo crecer convencido que un sopapo, quizás un cinturón bien puesto contra las costillas, puede valer más que cien consejos. Una vez lo intoxicó con lavandina: le tiró un sachet con tal violencia, que el proyectil estalló y el líquido se le quedó impregnado al hijo único durante horas en el pelo y la ropa. Casi no cuenta el cuento”.

La casa familiar tenía un único dormitorio —el de los padres—, una cocinita, un único baño y un patio. Al lado, el almacén.

A falta de un espacio más adecuado, el único descendiente de Ramón y Victoria Rial dormiría hasta los nueve años en el almacén, en una cama plegable, entre frascos de aceitunas y latas de conserva. Todas las mañanas, apenas amanecía, lo despertaba el ruido de los proveedores que llegaban con mercadería fresca. No fue exactamente una infancia de película. O quizás sí: de una película de Vittorio De Sica. Vivían en la frontera de una marginalidad digna. “Cenaba un café con leche porque ‘a la noche hay que comer livianito’, me decía mi mamá”, confesaría Rial durante la presentación de su autobiografía, solo para admitir la mentira piadosa: cuando no había para comer, el café con leche llenaba la panza antes de dormir. “Mamá rellenaba las botellas con agua de la canilla y me decía que era agua mineral”, agregaba.

El trato personal era el de esa gente, el de esos tiempos, el de los que habían sobrevivido a la guerra en Europa —la civil, para los españoles; la Segunda, para los italianos— y, con el carácter encallecido, habían llegado a “hacerse la América” o, por lo menos, a alejarse del horror. “Un te quiero a papá hubiera pasado por simple mariconada”, narra Zunino, que agrega, como marca de esa vida humilde: “Si logró tener una pelota número cinco propia, fue gracias a la unidad básica del barrio”, la de la esquina de Malaver y Mitre, en Munro; un reducto montonero.

“Soy peronista, ¿y qué? Me hice peronista el miércoles 1º de mayo de 1974, el día que Perón echó a los montoneros de Plaza de Mayo”, narra Rial en su autobiografía. “Tenía apenas 13 años […] Yo estuve ahí […] Cuando llegamos era tanta la cantidad de gente que nos tuvimos que quedar allá al fondo […] Desde allí vimos cómo, de golpe, la mitad de la plaza ‘se dio vuelta’ […] No entendíamos demasiado lo que pasaba. Solo escuchábamos los cánticos de las columnas que abandonaban la plaza y repetían: ‘¡Qué pasa / qué pasa / qué pasa General / Está lleno de gorilas el gobierno popular!’ […] Para qué voy a mentir: yo estaba exultante.” Cuando los montoneros, armados hasta los dientes, abandonaron la plaza y todo fue caos, el jovencísimo Rial y los compañeros de escuela que habían ido con él corrieron. Cuatro horas de caminata más tarde habían regresado, con los pies doloridos, a Munro. Pero habían pasado un rito de iniciación: “Desde ese momento le tomé cariño al peronismo”, confiesa Rial en Yo, el peor todos (editorial Margen Izquierdo, 2014).

Aquel peronismo de preadolescente lo marcó. “A mí la política siempre me gustó, de hecho milité en política”, le confesaría a Juan Pablo Varsky durante una entrevista para el programa El Péndulo (que transmitía Canal á) en agosto de 2012. “Soy un peronista de barrio, en Munro no podías ser otra cosa que peronista. Voy camino al periodismo político, pero soy un tipo de transiciones lentas.” Con la llegada de la democracia, mientras estudiaba periodismo, militaría en el Partido Intransigente. En 1983, espantado por los candidatos del PJ (sobre todo por Herminio Iglesias) acabó afiliándose al partido del “Bisonte” Oscar Alende porque “era el que representaba, en ese momento, lo que yo sentía como ‘peronismo de izquierda’. Además —y esto es lo más importante, hay que admitirlo— el PI estaba lleno de lindas minas”. Esa militancia le costaría la expulsión del Instituto Grafotécnico por pegar pancartas y formar un centro de estudiantes.

Pero, volviendo al pasado más remoto, en 1970, la situación habitacional de la familia Rial mejoraría tras una esperada mudanza a una nueva casa, a pocas cuadras del almacén, donde el pequeño Jorge tendría, por primera vez, un dormitorio propio. Su padre, a su vez, cambiaría de rubro para dedicarse al sector gastronómico, donde haría de todo: desde ser mozo de La Fusta (luego Selquet, en la esquina de Alcorta y Pampa, donde era el mesero favorito de Mercedes Sosa y sus siempre generosas propinas) hasta tener su propio bar —tuvo uno en Pompeya y otro en Liniers— donde el pequeño Rial haría sus primeras armas atendiendo mesas, además de hacerse alguna que otra moneda con pequeñas changas, incluyendo repartir sifones para Pianetti, el sodero del barrio. En sus últimos años, Ramón Rial era el encargado del ya desaparecido restaurante Negro el 11, en Olivos (Villate y Panamericana, un clásico de zona norte donde la carta estaba más cerca de Rico y abundante que de MasterChef).

Una característica indeleble, una verdadera marca registrada de los inmigrantes italo-españoles de aquella época, era la tendencia a invertir en la educación de sus hijos. Aspiraban a que llegaran más lejos de lo que ellos mismos, hombres de oficio, habían llegado. Soñaban con descendientes profesionales. Así, los Rial, esfuerzo financiero mediante, inscribieron a su hijo Jorge en el colegio La Salle de Florida, aunque “le costaba horrores sentirse un par entre los nenes bien de una escuela privada”, afirma Zunino. El mismo Rial confesaría, en el año 2008, en una entrevista para el programa Terapia en América TV que “fui un resentido durante mucho tiempo y no me arrepiento […] Mi resentimiento era energía pura y me sirvió como un método de superación […] Sigo odiando el colegio al que fui, cada momento que pasó y cada cosa que me dijeron”. Todo esto en un tiempo en el cual la palabra bullying no existía.

La crianza en un barrio “peronista”, el maltrato escolar y la intrepidez de aquella anécdota borgiana son pinceladas del cuadro de carácter del pequeño Rial que, a su manera, empezaba también a descubrir la pasión por el periodismo, aunque nunca dejaría de sentirse culpable por haber logrado, justamente, lo que su padre esperaba de él: tener una mejor educación y soltura económica.

Aun cuando estudió en el Instituto Grafotécnico —en su época era casi la única escuela que enseñaba un oficio cuya tendencia era, como todo oficio, la de aprenderlo “en la trinchera”—, su principal lugar de formación fue el almacén de don Ramón, su padre. En las calurosas tardes de verano, descansaba bajo unos tanques de kerosene (el lugar más fresco del almacén infernal), escuchaba Radio Colonia en una Spika —era fanático del conductor Ariel Delgado, con el cual luego trabajaría como columnista, en sus inicios en Radio Splendid— y leía el diario Crónica.

Eso mamó desde la infancia: prensa de corte popular, lo cual explica en parte su estilo y el de sus productos.

En algún momento del año 2008, escribiría Hernán Casciari en su blog Orsai: “La mentira tiene mala prensa porque en general se utiliza con mezquindad: para sacar provecho, para vengarse de otros, para obtener crédito espurio, para fingir o alardear. Esa es la mala mentira. La buena mentira, en cambio, es generosa: ahí reside la única virtud de la mentira y de las mujeres feas. Ese pequeño detalle es lo que convierte a la mentira en arte, lo que le da categoría de ficción”. Con este párrafo, definía la esencia de lo que el autor de Más respeto que soy tu madre llama cariñosamente “la anécdota mejorada”: un hecho que, aun anclado en circunstancias absolutamente reales e incuestionables, ha sido “embellecido” con detalles pintorescos y sutiles exageraciones imposibles de comprobar; pequeñeces que hacen del “relato” (una palabra tan usada y, quizás, en este contexto, tan acertada) una especie de versión con esteroides de la realidad. Artificial, pero un poquito mejor, sin cruzar el límite de ser mentira.

La escasa información biográfica más o menos oficial que circula sobre Luis Ventura deja siempre la impresión de estar plagada de estas anécdotas mejoradas, de estas idealizaciones del pasado. Porque, si bien algunos nacen en cuna de oro, otros promulgan la prosapia del que nació en cuna de papel periódico. Al menos esa es la épica que Luis Ventura intenta imponer sobre su propia historia, ya desde la solapa biográfica de su primer libro (Toda la verdad y nada más que la verdad. Los expedientes V), donde afirma: “Luis Antonio Ventura nació un 14 de enero de 1956 en San Pablo, Brasil, hijo de padres argentinos y descendiente de una familia de periodistas. A los diez días de haber llegado al mundo, su papá lo llevó de visita a la primera redacción gráfica: la del prestigioso diario Folha de S. Paulo. Desde ese momento, nunca más se fue del periodismo, un oficio que transitó entremezclado con las mayores celebridades artísticas, deportivas, políticas y faranduleras de la Argentina”.

¡Alto ahí, mi amigo! ¿Cómo que “desde ese momento”? ¿Desde los diez días de vida? Entendemos que aquella entrevista a Borges convirtiera a Rial en un periodista precoz, pero esto… ¿no será mucho? Solo falta que intente convencer al amable e inocente lector de que le llenaban las mamaderas de tinta.

Sin embargo, al igual que en el caso de Rial, una de las formas más interesantes de empezar a entender a Luis Ventura es desmenuzando la historia de su padre. Porque es probable que haya pocos personajes tan diametralmente opuestos como los ya difuntos Ramón Rial y Antonio Ventura; y no hace falta ser la reencarnación de Sigmund Freud para darse cuenta de que diferentes crianzas generaron adultos que —aun siendo íntimos amigos, socios periodísticos y “cómplices” en la gestación de todo un estilo de hacer prensa de farándula— tienen personalidades diferentes.

Luis Antonio Ventura se parece a su padre. No solo físicamente, también han sabido tener dos pasiones compartidas: el periodismo y el fútbol. Ambos ejercieron el oficio de la información, pero también el de los treinta y seis gajos. Explica al respecto una crónica minuciosa que publicara la revista Anfibia en octubre de 2013: “Su papá era jugador de fútbol y participó de la primera huelga de futbolistas en 1948. La medida triunfó pero la dirigencia tomó represalias. En 1949 grandes jugadores emigraron a Colombia y México. Antonio Ventura, a diferencia de sus compañeros, eligió Brasil. Allá jugó en equipos como el Santos donde estuvo haciendo pases con un joven que prometía: Pelé. Dos lesiones de rodilla le impidieron seguir su carrera. Para no deprimirse fue a los carnavales: ahí conoció a la bailarina Amelia Luna; al poco tiempo se casaron y fueron a vivir a San Pablo, y Antonio empezó a trabajar de periodista deportivo en Folha de S. Paulo”. Luiz Antonio Ventura Luna nació el 14 de enero de 1956. Su nombre, en el DNI brasilero, figuraba con “z”.

El mismísimo Ventura diría, en esa entrevista para Anfibia, que en la redacción de Folha de S. Paulo se codeaba, desde pequeñísimo, con celebridades deportivas como Pascual Pérez, Martiniano Pereyra o René Pontoni, siempre bien dispuestos a jugar un rato con Luisito. Un dato del que gusta jactarse —aunque no hay registros de que no sea una leyenda urbana— es que fue su padre el que “empujó” al Folha de S. Paulo a migrar del formato sábana al tabloide, convirtiéndolo en el primer diario brasilero en publicar en este tamaño, mucho más práctico y manuable para el lector.

Antonio Ventura era hijo de Bartolomé Ventura, un inmigrante italiano humilde pero con inquietudes, que tomaba el tranvía para ir al Colón a escuchar ópera. Dedicado al noble oficio de la carnicería, era el abuelo de Luis Ventura ni más ni menos que el que le hacía las entregas a domicilio al “patilludo” Hipólito Yrigoyen. Sí, era el carnicero presidencial.

Aun cuando los Ventura eran prósperos en Brasil, pegaron la vuelta. Es que doña Encarnación Marzocco (uruguaya, viuda, mamá de Antonio, abuela de Luis), estaba enferma. Eso devolvió a la familia a sus tierras de origen. Narra el siguiente capítulo de la aventura de los Ventura la revista Anfibia:

Los Ventura volvieron a la Argentina cuando Luis iba al preescolar. Se instalaron en Lanús. Los hermanos Antonio y Alberto consiguieron trabajo en el diario Democracia primero, y en Crítica después. Un día, el papá de Luis se reencontró con su viejo amigo Héctor Ricardo García, que le contó un sueño: fundar un diario.

—¿Te gusta el nombre Crónica?

Antonio terminó participando del nacimiento del proyecto. En aquella redacción, con apenas ocho, nueve años, el niño Luis jugaba a ser periodista.

—Para que no molestara me mandaban a escribir o a dibujar o que vaya a buscar una foto. Fue mi lugar de juego pero a la vez mi gran escuela —se detiene un segundo y mira por la ventana que da al Río de la Plata—. La verdad, tuve una infancia y una juventud maravillosa. Me gustaría repetirlas. Extraño cosas que me han pasado. Si volviera a vivir trataría de disfrutar mucho más y de darle más relevancia a todos esos mome

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