Trilogía de Mozambique

Mia Couto
Mia Couto

Fragmento

libro-4

1. Estrellas desenterradas

La vida se crea como una cuerda, dice la madre. Hay que trenzarla hasta que los hilos entre los dedos dejen de distinguirse.

Todas las mañanas se levantaban siete soles sobre la llanura del río Inharrime. En aquellos tiempos, el firmamento era mucho más vasto y en él cabían todos los astros, los vivos y los que habían muerto. Desnuda como había dormido, nuestra madre salía de casa con un tamiz en la mano. Se disponía a escoger el mejor de los soles. Con el tamiz recogía las restantes seis estrellas y las traía a la aldea. Las enterraba junto a un termitero que había detrás de nuestra casa. Aquel era nuestro cementerio de criaturas celestiales. El día que lo necesitáramos, iríamos allí a desenterrar estrellas. Gracias a ese patrimonio no éramos pobres. Eso decía nuestra madre, Chikazi Makwakwa. O simplemente mame, en la lengua materna.

Quien nos visitara conocería la otra razón de tal creencia. Y es que en el termitero se enterraban las placentas de los recién nacidos. Sobre el montículo de las termitas creció una mafurreira. Alrededor de su tronco las telas blancas. Allí hablábamos con nuestros difuntos.

Con todo, el termitero era lo contrario de un cementerio. Era el guardián de las lluvias, y en él habitaba nuestra eternidad.

Una vez, tamizada ya la mañana, una bota pisó el Sol que mi madre había escogido. Era una bota militar, como las que usaban los portugueses. Sin embargo, en esa ocasión la calzaba un soldado nguni, que venía por orden del emperador Ngungunyane.

Los emperadores tienen hambre de tierra, y sus soldados son bocas que devoran naciones. Aquella bota rompió el Sol en mil pedazos. Y el día se oscureció. Los días siguientes también. Los siete soles murieron bajo las botas de los militares. Nuestra tierra estaba siendo devorada. Sin estrellas con las que alimentar nuestros sueños, aprendimos a ser pobres. Y a perdernos en la eternidad. Sabiendo que la eternidad no es más que otro nombre que se da a la Vida.

*

Me llamo Imani. El nombre que me pusieron no es un nombre. En mi lengua materna imani significa «¿quién es?». Llaman a una puerta y, al otro lado, alguien pregunta: Imani?

Fue esa pregunta la que me dieron por identidad. Como si yo fuera una sombra sin cuerpo, la eterna espera de una respuesta.

En Nkokolani, nuestra tierra, se dice que el nombre del recién nacido proviene de un susurro que se oye antes de nacer. En la barriga de la madre no se gesta solo un cuerpo. Se fabrica un alma, el moya. Estando aún en la penumbra del vientre, ese moya se va formando a partir de las voces de quienes ya han muerto. Uno de esos antepasados pide al nuevo ser que adopte su nombre. En mi caso, me susurraron el nombre de Layeluane, mi abuela paterna.

Como manda la tradición, nuestro padre acudió a un adivino. Quería saber si habían interpretado bien la verdadera voluntad de aquel espíritu. Y sucedió algo que no esperaba: el vidente no confirmó la legitimidad del bautismo. Hubo que consultar a un segundo adivino que, por amabilidad y tras el pago de una libra esterlina, le garantizó que todo estaba en orden. Sin embargo, como durante los primeros meses de vida lloraba sin parar, la familia llegó a la conclusión de que se habían equivocado con el nombre que me habían puesto. Consultaron a la tía Rosi, la adivina de la familia. Después de lanzar los huesecillos mágicos, nuestra tía aseguró: «En el caso de esta niña, no es el nombre lo que está equivocado; es su vida lo que necesita resolver bien».

Mi padre desistió de su misión. Que mi madre se ocupara de mí. Y eso hizo ella al bautizarme con el nombre de «Ceniza». Nadie entendió la razón de ser de aquel nombre que, en realidad, duró poco tiempo. Cuando mis dos hermanas fallecieron al ser arrastradas por las grandes crecidas, pasé a ser conocida como «la Viva». Así me llamaban, como si el hecho de haber sobrevivido fuera la única marca que me distinguiera. Mis padres ordenaban a mis hermanos que fueran a ver por dónde andaba «la Viva». Eso no era un nombre. Era una manera de no decir que sus otras hijas estaban muertas.

El resto de la historia es más oscuro todavía. Un día, mi padre recapacitó y, al fin, se impuso. Su hija tendría un nombre que no sería un nombre: Imani. Así se restablecía el orden en el mundo. Atribuir un nombre es un acto de poder. La primera y más definitiva ocupación de un territorio ajeno. Mi padre, que tanto protestaba contra el imperio de los otros, volvió a asumir la condición de un pequeño emperador.

No sé por qué me entretengo tanto en estas explicaciones. Porque no nací para ser persona. Soy una raza, soy una tribu, soy un sexo, soy todo lo que me impide ser yo misma. Soy negra, soy de los vachopi, una pequeña tribu del litoral de Mozambique. Mi gente tuvo la osadía de oponerse a la invasión de los vanguni, esos guerreros que vinieron del sur y se instalaron como si fueran los dueños del universo. En Nkokolani se dice que el mundo es tan grande que en él no cabe ningún dueño.

Sin embargo, nuestra tierra se la disputaban dos supuestos propietarios: los vanguni y los portugueses. Por eso se odiaban tanto y estaban en guerra: por parecerse tanto en sus intenciones. El ejército de los vanguni era bastante más numeroso y poderoso. Y sus espíritus más fuertes, pues mandaban a ambos lados de la frontera que rasgó nuestra tierra por la mitad. A un lado, el Imperio de Gaza, dominado por el jefe de los vanguni, el emperador Ngungunyane. Al otro lado, las Tierras de la Corona, donde gobernaba un monarca que ningún africano conocería nunca: don Carlos I, rey de Portugal.

Los demás pueblos, nuestros vecinos, se amoldaron a la lengua y las costumbres de los invasores negros, esos que venían del sur. Nosotros, los vachopi, somos de los pocos que habitan las Tierras de la Corona y que se aliaron con los portugueses en el conflicto contra el Imperio de Gaza. Somos pocos, fortificados por el orgullo y cercados por los kokholos, las murallas de madera que levantamos alrededor de nuestras aldeas. A causa de esta defensa, nuestro lugar se volvió tan pequeño que hasta las piedras tenían nombre. En Nkokolani bebíamos todos del mismo pozo, una única gota de veneno habría bastado para matar a la aldea entera.

*

Una infinidad de veces nos despertábamos con los gritos de nuestra madre. Gritaba en sueños, rondando por la casa, sonámbula. Durante esos delirios nocturnos conducía a la familia en una jornada sin fin, atravesaba pantanos, riachuelos y quimeras. Regresaba a nuestra antigua aldea, donde habíamos nacido, junto al mar.

En Nkokolani hay un proverbio que dice lo siguiente: si quieres conocer un lugar, habla con los ausentes; si quieres conocer a una persona, escucha sus sueños. Y es que ese era el único sueño de nuestra madre: volver al lugar donde habíamos sido felices y donde habíamos vivido en paz. Su añoranza era infinita. Pero ¿acaso hay alguna que no lo sea?

Las fantasías que yo tengo son muy distintas. No grito ni deambulo por la casa. Pero no hay noche que no sueñe que soy madre. Y hoy he vuelto a soñar que estaba embarazada. La curva de mi vientre rivalizaba con la redondez de la luna. Sin embargo, esta vez ha ocurrido lo contrario de un parto: era mi hijo el que me expulsaba a mí. Quizá esto sea lo que hacen los nonatos: liberarse de las madres, abrirse paso rasgando ese cuerpo indistinto y único. Porque en mi sueño mi hijo, esa criatura sin rostro y sin nombre, se desembarazaba de mí con dolorosos y violentos espasmos. Me he despertado sudada, y con terribles dolores en la espalda y las piernas.

Después lo he entendido: no ha sido un sueño. Ha sido una visita de mis antepasados. Me traían un recado: me alertaban de que, a mis quince años, empezaba a tardar en ser madre. Me decían que, en Nkokolani, todas las niñas de mi edad ya habían quedado encinta. Solo yo parecía estar condenada a un destino seco. Porque yo no solo era una mujer sin nombre. Era un nombre sin persona. Una envoltura. Vacío como mi vientre.

*

En nuestra familia, cuando nace una criatura no se cierran las ventanas. Es lo contrario de lo que hace el resto de la aldea: incluso cuando el calor es más fuerte, las demás madres envuelven a los niños en paños gruesos y se emparedan en la oscuridad de la habitación. En nuestra casa no: puertas y ventanas permanecen abiertas de par en par hasta que se da el primer baño al recién nacido. Esta desagradable exposición es en realidad una forma de protección: la nueva criatura queda impregnada de luces, ruidos y sombras. Ha sido así desde el inicio del Tiempo: solo la Vida nos defiende del vivir.

Aquella mañana de enero de 1895, al quedar abiertas las ventanas, los demás creyeron que un niño acababa de nacer. Volví a soñar que era madre, y un olor a recién nacido impregnaba toda la casa. Al poco rato empecé a oír el movimiento sincopado de una escoba arrastrándose. No solo me estaba despertando a mí. Aquel dulce rumor despertaba a la casa entera. Era mi madre, que se ocupaba en limpiar el patio. Fui hasta la puerta y me quedé mirándola, elegante y delgada, mientras se balanceaba arqueada, como si bailara y de ese modo se fuera convirtiendo en polvo.

Los portugueses no entienden el cuidado que ponemos en barrer alrededor de las casas. Para ellos solo tiene sentido barrer dentro de los edificios. No se les pasa por la cabeza limpiar la arena suelta del patio. Los europeos no lo comprenden: para nosotros, el exterior sigue siendo el interior. Una casa no es como un edificio. Es un lugar bendecido por los muertos, esos habitantes que desconocen puertas y paredes. Por eso barremos el patio. Mi padre nunca estuvo de acuerdo con esta explicación, demasiado rebuscada a su modo de ver.

—Barremos la arena por otro motivo, más bien práctico: queremos saber quién entró y salió durante la noche.

Aquella mañana, la única huella era de un simba, esos felinos que aprovechan la calma de la noche para husmear por nuestros gallineros. Mi madre fue a contar las gallinas. No faltaba ninguna. El fracaso del animal se sumaba a nuestra decepción: de haber visto al animal, lo habríamos cazado. La piel moteada de las ginetas era codiciada como un signo de prestigio. No había mejor prenda para agradar a los grandes jefes. Sobre todo a los comandantes del ejército enemigo, que se ornamentaban hasta perder la forma humana. Para eso sirven los uniformes: para despojar al soldado de humanidad.

La escoba reprendió con firmeza la nocturna osadía. El recuerdo del felino desapareció en cuestión de segundos. Después mi madre se alejó por las veredas para ir a buscar agua al río. Me la quedé mirando mientras desaparecía por el bosque, elegante y erguida en sus ropas vistosas. Mi madre y yo éramos las únicas mujeres que no vestíamos los sivanyula, las telas de corteza de árbol. Nuestros vestidos, que comprábamos en el colmado del portugués, nos cubrían el cuerpo, pero nos exponían a la envidia de las mujeres y la codicia de los hombres.

Cuando llegó al río, mi madre batió palmas, pidiendo así permiso para acercarse. Los ríos son moradas de espíritus. Inclinada sobre la orilla, echó una mirada a la ribera para prevenir la posible emboscada de un cocodrilo. Todos en la aldea creen que los grandes lagartos tienen «dueño» y solo obedecen sus órdenes. Chikazi Makwakwa recogió el agua con la boca del cántaro vuelta hacia la desembocadura, para no estorbar la corriente. Cuando se disponía a regresar a casa, un pescador le ofreció un hermoso pez, que envolvió en un trapo que llevaba atado a la cintura.

Ya cerca de la casa sucedió algo imprevisto. De entre la espesura de los matorrales surgió un grupo de soldados vanguni. Chikazi retrocedió unos pasos, pensando: me he librado de los cocodrilos para caer en las fauces de monstruos aún más feroces. Las tropas de Ngungunyane no rondaban por nuestras tierras desde la guerra de 1889. Durante unos seis años, habíamos saboreado la paz pensando que duraría para siempre. Pero la paz es una sombra en el terreno de miseria: basta con que transcurra el tiempo para que desaparezca.

Los soldados rodearon a nuestra madre, pero enseguida se dieron cuenta de que los entendía cuando le hablaron en txizulu. Chikazi Makwakwa había nacido en tierras del sur. Su idioma de la infancia era muy parecido a la lengua de los invasores. Su madre era una mabuingela, de esos que se adelantan en el camino para limpiar el rocío de la maleza. Así llamaban los invasores a los hombres que utilizaban para abrir los caminos en la sabana. Mis hermanos y yo éramos el resultado de tal mezcla de historias y culturas.

Después de tantos años, los intrusos regresaban con la misma arrogancia amenazadora. Confirmando antiguos temores, aquellos hombres rodearon a mi madre con la extraña embriaguez que sienten los adolescentes por el simple hecho de ser muchos. La espalda tensa de Chikazi sostenía, con vigor y elegancia, la carga de agua sobre la cabeza. Era una forma de exhibir su dignidad frente a la amenaza de los desconocidos. Los soldados entendieron la afrenta y sintieron aún más viva la urgencia de humillarla. De repente tiraron el cántaro y celebraron con gritos el modo en que se rompió al caer contra el suelo. Y se rieron al ver cómo el agua empapaba el cuerpo flaco de aquella mujer. A continuación, a los soldados no les costó nada rasgarle el vestido, hacía tiempo desvaído y desgastado.

—No me hagan daño —imploró—. Estoy embarazada.

—¿Embarazada? ¿Con la edad que tienes?

Dirigieron la vista al pequeño bulto que se advertía bajo los paños, donde guardaba secretamente el pescado que le habían ofrecido. Y, de nuevo, le escupieron la duda a la cara:

—¿Tú? ¿Embarazada? ¿Y de cuántos meses?

—Estoy embarazada de veinte años.

Eso era lo que le habría gustado decir: que sus hijos nunca habían salido de sus entrañas. Que guardaba en su vientre a sus cinco hijos. Pero se contuvo. Y en su lugar, con sutileza, rebuscó entre los trapos el pescado envuelto. Los soldados miraban cómo recorría los lugares secretos de su cuerpo bajo la capulana. Sin que ninguno se diera cuenta, con la mano izquierda agarró la prominente espina dorsal del pez y, con ella, se cortó la muñeca derecha. Dejó correr la sangre, y luego entreabrió las piernas como si estuviera pariendo. Así, empezó a sacar el pez de debajo de la tela como si este emergiera de sus entrañas. A continuación levantó el pez con los brazos cubiertos de sangre y proclamó:

—¡He aquí mi hijo! ¡Mi niño ya ha nacido!

Los soldados vanguni retrocedieron, espantados. Aquella no era una simple mujer. Era una noyi, una hechicera. Y no podía haber dado a luz una descendencia más siniestra. Para los invasores, el pez era un animal tabú. Y al animal prohibido se sumaba, en un mismo instante, la más grave de las impurezas: sangre de mujer, esa suciedad que contamina el universo. Aquel espeso y oscuro aceite chorreó por las piernas hasta oscurecer la tierra a su alrededor.

El relato de este episodio desconcertó a las huestes de los enemigos. Cuentan que muchos soldados desertaron por miedo al poder de la hechicera que paría peces.

*

Y así, con el alma y el vestido rasgados, mi madre, Chikazi Makwakwa, se presentó en casa hacia el mediodía. Narró lo sucedido en la puerta, sin llanto ni emoción. La sangre le caía de la muñeca como si el relato se deletreara gota a gota. Mi padre y yo la escuchábamos sin saber cómo reaccionar. Al final, mientras se lavaba las manos, mi madre murmuró con una voz irreconocible:

—Hay que hacer algo.

Mi padre, Katini Nsambe, frunció el ceño y argumentó: quedarse quietos y callados es el mejor modo de responder. Éramos un país ocupado y convenía pasar desapercibidos. Nosotros, los vachopi, habíamos perdido la tierra que nos pertenecía, a nosotros y a nuestros antepasados. Los invasores no tardarían en pisar el cementerio donde sepultábamos placentas y estrellas.

Mi madre reaccionó con firmeza: solo los necios topos vivían en la oscuridad. Mi padre sacudió la cabeza y replicó a media voz:

—Pues a mí me gusta la oscuridad. En la oscuridad no se perciben los defectos del mundo. Siempre he soñado con ser un topo. Tal como está el mundo, solo podemos dar gracias a Dios por estar ciegos.

Angustiada, mi madre suspiró ruidosamente mientras se inclinaba sobre la lumbre para remover la ushua. Mojó la punta del dedo para hacer como que tanteaba el calor de la olla.

—Un día seré como un topo. Y me cubrirá toda la tierra —murmuró mi padre, anticipándose a la pena del destino anunciado.

—Eso nos llegará a todos —dijo mi madre.

—No tardaré mucho en marcharme a las minas. Haré como mi padre: me iré de aquí y haré vida en Sudáfrica. Eso haré.

Aquello no era un anuncio. Era una amenaza. Se sacó del bolsillo una pizca de tabaco y una hoja vieja de papel de fumar. Con el cuidado de un cirujano, se puso a enrollar lentamente un cigarrillo. No había en toda la aldea un negro capaz de alardear de hacerse su propio tabaco como él lo hacía. Solo él. Con pose de rey, se aproximó a la hoguera y retiró una brasa para encenderse el cigarrillo. Después, muy recto y con el mentón levantado, soltó una bocanada sobre el rostro de su indiferente esposa.

—Tú, mi querida Chikazi, insultas a los topos a sabiendas de que eso ofende a mi difunto padre.

Mi madre canturreó una vieja canción, un ngodo tradicional. Era un lamento de mujer, quejándose de haber nacido ya viuda. Despechado, mi padre se retiró ruidosamente.

—Me voy de aquí —declaró.

Quería demostrar que estaba dolido, que su esposa no era la única que sangraba. Se separó de su propia sombra y se fue hasta el gran termitero, esperando volverse más visible con su ausencia.

Luego aún le vimos dar una vuelta alrededor de la casa para alejarse, al fin, en dirección al valle. La pequeña incandescencia del cigarrillo fue desapareciendo en la oscuridad, como la última luciérnaga de este mundo.

*

Mi madre y yo nos quedamos sentadas, tejiendo uno de esos silencios de los que solo las mujeres son capaces. Sus dedos flacos escarbaban la arena como si así confirmaran su intimidad con el suelo. Su voz tenía un dejo de tierra cuando me preguntó:

—¿Has traído vino de la tienda del portugués?

—Aún quedan unas botellas. ¿Tiene miedo de que padre le pegue?

—Ya sabes cómo es: cuando bebe, pega.

El modo en que mi padre conciliaba en sí mismo almas tan opuestas era un misterio incomprensible. Cuando estaba sobrio, tenía una delicadeza propia de un ángel. Embriagado se convertía en la más maléfica de las criaturas.

—Es increíble que padre nunca haya sospechado que usted miente, madre.

—¿Acaso miento?

—Claro que miente. Cuando él le pega y llora de dolor. ¿No es eso mentir?

—Esta enfermedad es un secreto, tu padre no puede sospecharlo. Cuando me pega, cree que mis lágrimas son auténticas.

Se trataba de una enfermedad congénita: Chikazi Makwakwa no sentía dolor. Su marido se extrañaba de las constantes marcas de quemaduras que tenía en manos y brazos. Sin embargo, pensaba que aquella falta de sensibilidad se debía a los amuletos encargados a su cuñada Rosi. Solo yo sabía que era un defecto de nacimiento.

—¿Y el otro dolor, madre?

—¿Qué otro dolor?

—El dolor del alma.

Ella se rio, encogiéndose de hombros. ¿Qué alma? ¿Qué alma le quedaba después de la muerte de dos hijas y de que dos hijos se hubieran ido lejos de casa?

—¿A su madre también le pegaban?

—A la abuela, a la bisabuela y a la tatarabuela. Es así desde que la mujer es mujer. Prepárate, porque a ti también te pegarán.

Una hija no discute las certezas de sus mayores. Imité el movimiento de su mano y, en el hueco de la mía, sostuve un puñado de arena que, después, dejé deslizarse en una cascada. Aquella arena roja era, según la costumbre de nuestra gente, alimento para embarazadas. Entre los dedos se escurría el desperdicio de mi existencia. Chikazi Makwakwa interrumpió mis pensamientos:

—¿Sabes cómo murió tu abuela? —no esperó a que respondiera—. Fulminada por un relámpago. Así murió.

—¿Y por qué se acuerda de eso ahora?

—Porque yo también quiero morir así.

Era el desenlace que esperaba: sin cuerpo, sin peso, sin restos que sepultar. Como si una muerte sin dolor extinguiera el sufrimiento de toda una vida.

*

Siempre que se desataba una tormenta, nuestra madre salía a correr por los campos y allí permanecía, con los brazos alzados, como un árbol seco. Esperaba la descarga fatal. Cenizas, polvo y hollín: eso soñaba que sucedería. Este era el destino que anhelaba: volverse polvo indistinto, leve, tan leve que el viento la haría viajar por el mundo. Y ese deseo, el mismo que tenía mi abuela, era la razón de ser de mi anterior nombre. Mi madre quiso recordármelo.

—Me gusta Ceniza —dije yo—. Me hace pensar en ángeles, no sé por qué.

—Te puse ese nombre para protegerte. Cuando se es de ceniza, nada duele.

Por mucho que los hombres me golpearan, jamás me harían daño. Ese era el propósito de aquel bautismo.

Sus manos rascaban el suelo: cuatro ríos de arena caían entre sus dedos. Permanecí callada, aterrada por el polvo que brotaba de sus manos.

—Ahora ve a buscar a tu padre. Tiene celos de nosotras.

—¿Celos?

—De mí, por no dedicarle toda mi atención; de ti, porque te educaron los curas. Tú perteneces a un mundo al que él nunca tendrá acceso.

Me explicó que los hombres son así: tenían miedo de las mujeres cuando estas hablaban, y más aún cuando callaban. Que lo entendiese: mi padre era un hombre bueno. Solo temía no estar a la altura de los demás hombres.

—Tu padre se ha marchado enfadado. Aprende una cosa, hija mía. Lo peor que una mujer puede decirle a un hombre es que haga algo.

—Voy a buscar a padre.

—No te olvides del vino.

—No se preocupe, madre. Ya he escondido las botellas.

—Al contrario, hija; ¡llévale una para que beba!

—¿No le da miedo que luego le pegue?

—Ese viejo miedoso no puede dormir en el campo. Tráelo de vuelta, sobrio o borracho. Lo demás, ya se verá.

Y volvió a sumirse en la tristeza, como un animal doméstico que regresa al corral. Cuando se alejaba, se dio la vuelta para decirme:

—Pídele que nos vayamos a vivir a Makomani, pídele que volvamos junto al mar. A ti te escucha. ¡Pídeselo, Imani, por amor de Dios!

libro-5

2. Primera carta del sargento

Lourenço Marques, 21 de noviembre de 1894

Excelentísimo señor consejero José d’Almeida:

Le escribe el humilde subordinado de Vuestra Excelencia, el sargento Germano de Melo, destacado para capitanear el puesto de mando de Nkokolani, con el objeto de representar los intereses de los portugueses en esa parte de la frontera con el enemigo Estado de Gaza. Es la primera vez que dirijo un informe a Vuestra Excelencia. Trataré de no aburrirle, ciñéndome a los hechos de los que, a mi entender, debe tener conocimiento.

Llegué a Lourenço Marques la víspera del día en que los rebeldes landins atacaron la ciudad. Sucedió de madrugada: se oyeron tiros y, en la ciudad, negros, indios y blancos se amedrentaron. Me hallaba yo instalado en la pensión de una italiana, situada en el mismo centro de la población. Los demás huéspedes llamaron a la puerta de mi habitación exigiéndome entre gritos y llantos que los defendiera si el enemigo echaba abajo la puerta del hostal. Me habían visto entrar la noche anterior con las armas y el uniforme. Yo era un ángel venido del cielo para protegerlos.

La dueña de la pensión, una italiana que responde al nombre de doña Bianca, tomó las riendas de la situación: reunió a los asustados huéspedes en un sótano y los encerró con llave. Luego me pidió que la acompañara a una azotea desde la que se divisaba buena parte de la ciudad. Aquí y allá se elevaban columnas de humo, pero junto al estuario sonaban disparos y explosiones. Saltaba a la vista que nuestra oposición al ataque de los nativos era casi inexistente.

En poco tiempo, el único foco de resistencia era la fortaleza. Los asaltantes —que eran landins, y no vatuas como insisten en decir por ahí— campaban a sus anchas por las calles. Tras haber vencido todas las líneas de defensa de la ciudad, asaltaron y saquearon tiendas y demás establecimientos, y no mataron a más gente porque no quisieron. Los que estábamos en la pensión nos salvamos de la vorágine de los cafres porque creyeron que todos los portugueses se habían refugiado en la fortaleza.

En la azotea desde la cual contemplábamos la aproximación de nuestro fin, asistí a una escena que me impresionó sobremanera: entre las espesas cortinas de humo aparecieron dos caballos galopando. Los montaban dos portugueses, uno en uniforme, el otro en ropas de civil. Este último fue el que más despertó mi curiosidad, pues, a falta de un brazo, cabalgaba sosteniéndose con la fuerza de las piernas. Con la mano que le quedaba sujetaba las riendas y empuñaba un arma con la que disparaba más o menos al azar. La dueña de la pensión lo identificó como Silva Maneta, un desertor que había escapado a la República de Transvaal y allí había sufrido un accidente mientras manipulaba una carga de dinamita. Al regresar a Mozambique, y tras demostrar la veracidad de diversos actos de valentía, lo absolvieron del delito de deserción.

Tras el tal Silva iba un militar montado en un caballo blanco que perdía velocidad cabalgando al trote, de forma más contenida. Tan pronto como se creó una distancia entre los dos jinetes, el garboso militar fue rodeado por una horda de negros que blandían lanzas y escudos. Desesperado, el hombre disparó unos cuantos tiros hasta agotar las balas. Viendo que el cerco se estrechaba al tiempo que adivinaba el final que le aguardaba, el caballero se disparó en la cabeza. El caballo se sobresaltó con el tiro y aceleró el paso entre coces y cabriolas. Más adelante redujo la marcha dejando que el jinete, casi desprovisto de cabeza, permaneciese sentado sobre la silla, chorreando sangre como una copiosa fuente. Y, de este modo, el caballo siguió avanzando lentamente hasta desaparecer entre la bruma. Yo creo que aquella marcha fúnebre debió de prolongarse más allá de la ciudad y se perdería por la agreste región africana hasta que el cuerpo del suicida no fuera más que un esqueleto balanceándose sobre la silla del solitario animal.

Unos cañonazos me despertaron de esa funesta ensoñación. Eran nuestros navíos, que bombardeaban la población desde la bahía de Espíritu Santo. Era nuestra última defensa posible. Y, gracias a Dios, dio resultado. Los cafres acabaron retrocediendo, dejando a su paso un rastro de destrucción y caos.

Con todo, fíjese en el contrasentido: para liberarnos del enemigo, tuvimos que bombardear nuestra propia ciudad, una de las grandes poblaciones de la costa oriental portuguesa. La pensión en la que me hallaba fue alcanzada por una de esas balas de cañón. La dueña del establecimiento lloró con desesperación junto al muro destrozado, pues sabía que a nadie podría reclamar la reparación de aquellos daños. Tan copiosamente lloraba Bianca que no se percató de que junto a la pared derribada yacía el cuerpo de un soldado portugués. Me arrodillé a su lado para cubrirlo con una tela. Y vi que en el antebrazo llevaba tatuado un corazón con las palabras «¡Amor de madre!». Aquel tatuaje me conmovió más que la visión del muerto.

Vuestra Excelencia dispondrá de informes más concisos sobre este infortunio que se abatió sobre Lourenço Marques. Sugiero que indague sobre las verdaderas causas que desencadenaron la revuelta de los régulos de los territorios colindantes a la ciudad. Le recomiendo, no obstante, que no recurra a las fuentes habituales. He sabido, por vías indirectas, que el mismo alto comisario solicitó un informe al misionero suizo Henri Junod. Este informe se elaboró a partir de las declaraciones de negros cristianos que apuntan, como origen de la revuelta, razones que no nos son muy favorables. Sugiero a Vuestra Excelencia que lo consulte.

Cualquiera que sea la verdadera explicación, lo cierto es que he estrenado de la peor manera posible mi presencia en África. Desde la azotea de aquella pensión, la italiana me hizo ver en cuestión de minutos aquello que yo ya sospechaba: que nuestros dominios, a los que tan pomposamente llamamos «Tierras de la Corona», están entregados al desgobierno y la inmoralidad. En realidad, en la mayor parte de esos territorios nunca hemos estado presentes durante los últimos siglos. Y en las tierras donde hemos hecho acto de presencia sucede algo aún más grave, y es que siempre nos han representado degenerados y delincuentes. Nuestros oficiales están convencidos de que nunca podremos derrotar a Gungunhane y su Estado de Gaza.

El nuevo alto comisario, António Enes, tiene una misión dificilísima, pues está rodeado de adversarios y adversidades. Casi todos los militares lo ven con malos ojos, al considerarlo un simple civil, que encima es escritor y periodista. Por otro lado, el comisario no obtendrá apoyo ni respuesta desde Terreiro do Paço. Los monárquicos están demasiado ocupados en sobrevivir. Y los consejeros militares que le han asignado desde el Ministerio de la Marina y las Colonias no saben nada de África. Más nos valdría tener a personas como Vuestra Excelencia, con años de experiencia en Mozambique, Angola y Guinea. Le pido, con toda la humildad, que no me prive de sus valiosos y permanentes consejos.

A causa de todas estas preocupaciones, con el corazón encogido parto hacia Nkokolani, a más de quinientas millas de aquí, en esa vasta y agreste región de Inhambane. Espero que se cumplan las promesas de convertir aquel inacabado puesto en un verdadero acuartelamiento. Y tengo fe en que me envíen un contingente de angoleños para poder ejercer mis funciones de forma presta y cabal.

La italiana, que conoce íntimamente a muchos de nuestros oficiales, me ha dicho que debo olvidarme de las promesas que se me hicieron. Porque, según ella, solo soy un militar en apariencia. Afirma que para saberlo le bastó con la serenidad de mi mirada. Pasando por alto la liviandad de este juicio personal, la verdad es que doña Bianca enunció otros motivos para argumentar su precipitada opinión. Me preguntó ante quién respondía, y me tomé la libertad de decirle que el consejero José d’Almeida era el superior al que yo rendía cuentas. Ella se rio. Y a continuación comentó con cierto cinismo: «Usted no disparará un tiro jamás. ¡Y tendrá suerte si nadie le dispara a usted!».

Añadió que conocía otros casos de eterna espera de un prometido puesto militar. En el momento de despedirnos, la italiana me aseguró que vendría a visitarme a Nkokolani. Realizaría aquel viaje porque sabía que Mouzinho había sido destacado para el regimiento de Inhambane. Quería volver a encontrarse con aquel caballero, como si no tuviera otro destino en la vida.

Reflexioné sobre el vaticinio de Bianca, y dudo que tenga ningún fundamento. Todo el mundo conoce aquí mi pasado republicano, todos saben la razón de mi presencia en tierras africanas. Mi participación en la revuelta del 31 de enero en la ciudad de Oporto tampoco debe de ser un secreto para doña Bianca. No puedo quejarme de la condena que me tocó, teniendo en cuenta la sentencia que se impuso a la mayoría de los sublevados, a los que encarcelaron con penas perpetuas. En mi caso, decidieron deportarme a la remota y agreste región de Inhambane. Actuaron con la esperanza de que allí fuera a dar con una cárcel sin rejas, más asfixiante por ello que cualquier otra. Aun así, tuvieron la prudencia de confiarme una falsa misión militar. La italiana tiene toda la razón: dentro de este uniforme no hay un soldado. Hay un desterrado que, a pesar de todo, acepta la responsabilidad de sus deberes. Sin embargo, no tengo ninguna intención de dar la vida por ese Portugal mezquino y deteriorado. Por ese Portugal que me expulsó de Portugal. Mi patria es otra que está por nacer. Sé que estos desahogos exceden el tono que debería mantener este informe. Pero espero que Vuestra Excelencia entienda la absoluta soledad en que me hallo y cómo este aislamiento empieza a arrebatarme la capacidad de discernir.

Solo quiero añadir una nota final: esta mañana, el alto comisario me ha recibido para un breve encuentro de cortesía. Aunque parco en sus palabras, António Enes me ha confesado que se apoya en dos mandos de confianza a los que ha escogido para trabajar en Mozambique: el capitán Freire de Andrade y el teniente Paiva Couceiro. Incluso ha llegado a anunciar que, justo después de nuestro encuentro, se disponía a trazar —junto con sus dos fieles consejeros— el llamado Plan de Acción para los Distritos del Sur de la colonia. Para ello no han invitado ni a Ayres de Ornelas ni a Eduardo Costa. Consideré que debía ponerle al corriente de este pormenor.

Hubo un momento en que, pese a la preocupación que mostraba António Enes, en su rostro brilló la alegría durante un brevísimo fulgor tras esas gafas que no disimulan el ligero estrabismo que padece. Tal alegría se hizo patente cuando exhibió un telegrama de Paiva Couceiro que revelaba que la población de Marracuene había sido rebautizada como Vila Luiza, en homenaje a la querida hija del comisario. Era el mismo brillo que se le encendió en el alma al recordar que, más al norte, habíamos fundado un pueblo con el nombre de la reina doña Amelia. Por lo que parece, de entre todas las personalidades de Lisboa, solo la reina se preocupa de animar al abandonado comisario. Pues del rey y demás eminencias lisboetas no llega ni una palabra de consuelo. Pobre reino el nuestro, que no reina ni aquí ni en Portugal. Pobre Portugal.

Disculpe, Excelencia, por esta larga y triste retahíla de confesiones de carácter personal. Creo que entenderá que veo en Vuestra Excelencia la figura tutelar de un padre que, confieso, siempre me faltó.

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3. La página del suelo

Hete aquí el ardid de la gloria: cuanto mayor sea la victoria, tanto más será el héroe acechado o perseguido por el pasado. Ese pasado devorará el presente. No importa cuántas condecoraciones recibió o recibirá: la única medalla que al final le quedará es la triste y fatal soledad.

Las sombras ya eran alargadas cuando salí en busca de mi padre, con una cesta bajo el brazo donde gorgoriteaba una botella de vino, en cuya etiqueta se podía leer en letras gruesas: «Vino para negros». La luna llena encendía el paisaje durmiente. Mis pies calcaban sobre la arena las recientes pisadas del viejo Katini. ¿Quién más, aparte de él, usaba botas en la aldea? Al poco rato me sorprendí de lo mucho que se había alejado.

—¡Padre! ¡¿Padre?!

Mi llamada trémula se apagaba sin eco ni respuesta. Al fin, llegué a un campo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Parecía un terreno de labranza. Confirmando la vocación del paisaje, allí estaba mi padre, ocupado en escarbar la tierra. Los hombres vachopi son los únicos que labran la tierra con las mujeres. Aunque, a decir verdad, donde más labraba mi padre era en el alambique.

Cuando estuve cerca me di cuenta: aquello que me había parecido una azada era un palo con la punta afilada. Mi padre no estaba cavando la tierra, sino que removía el suelo como si dibujara sobre una tela infinita.

—Estoy escribiendo —dijo al notar mi presencia.

—¿Escribiendo?

—Tú no eres la única que sabe escribir…

—¿Y qué escribe, padre?

—El nombre de todos los que murieron en la guerra.

Miré al suelo y vi que la tierra removida se extendía más allá del horizonte. Aun así, incluso bajo la intensa luz de la luna, los garabatos en la arena eran ilegibles.

—¿Y quién va a leer todo esto?

—¡Dios!

Apuntó con el bastón a ninguna parte con un gesto vago, más impreciso que su propia voz. Repitió, balbuceando: «¡Dios! ¡Dios me leerá!». Giró sobre sí mismo para luego sentarse en el suelo, derribado por un empujón invisible.

—Esa madre que tienes…

No terminó la frase. Quedó ciego de palabras. Aquella ceguera lo acometía siempre que quería hablar de su mujer. Masticó el silencio como si fuera una fruta amarga. Y así se quedó, inmóvil y vencido.

Unas nubes pasajeras taparon la luna. La oscuridad había engullido los nombres de los muertos rubricados en el suelo cuando mi padre volvió a hablar.

—¿Has venido a buscarme? Pues ve y dile a tu madre que no pienso volver. Debe aprender a respetarme. Soy su marido. Y, además, soy el hombre más viejo de los Nsambe.

—Le he traído esto, padre. Madre es quien me ha mandado entregárselo —dije, y le tendí la botella de vino.

Un fulgor le iluminó el rostro. Arrancó el tapón con los dientes y, con lentitud ceremoniosa, vertió sobre la arena las primeras gotas. A continuación se sirvió con ruidoso deleite. Y se puso a beber como si esa fuera la única ocupación en este mundo. Sus manos huesudas hacían girar infinitamente la botella, como si quisiera marear el vino que acababa de abrir. En la etiqueta casera, las letras ya casi se habían borrado y solo quedaba la palabra «negro». Mi padre no era de ningún color, pero a medida que iba bebiendo se volvía más y más oscuro. Temí que también fuera a tragárselo la noche. Tendí la mano para salvarlo. Cuando notó mis dedos, preguntó:

—¿Tienes miedo, Imani?

Asentí con la cabeza. Conmovido, quiso tranquilizarme. ¿Me preocuparía, como a mi madre, que bebiera demasiado?

—Todos dicen que soy un borracho. Tú que me conoces, ¿qué crees que bebo?

—No sé, padre. Bebe vino, bebe nsope. Bebe tantas cosas…

Tantas cosas era decir poco. El viejo Katini se lo bebía todo. En una ocasión se tragó un frasco entero de agua de colonia que había robado en casa del sargento. Tuvimos que reanimarlo, y el hálito dulce que exhaló apestó la noche. Pero, al parecer, él tenía una opinión bien distinta:

—Soy un hombre solitario y con miedo. Tu madre no lo entiende. Yo solo bebo personas. Bebo los sueños de los demás.

En nuestra familia el alcohol tenía antiquísimas raíces: bebíamos para huir de un lugar. Y nos emborrachábamos porque no sabíamos huir de nosotros mismos.

*

Al fin, mi viejo padre cedió al sueño. Me enrosqué junto a su cuerpo, obviando el olor a alcohol que este exudaba. Buscaba protección en él, pero sucedía lo contrario: él era el más frágil, el más indefenso de todos nosotros.

Una jauría de hienas empezó a ganar confianza hasta rodear nuestro escondite. Los animales que más miedo nos dan son aquellos que más se asemejan a los humanos. Y las hienas parecían bastante más embriagadas que mi padre.

El coro aterrador de las quizumbas debió de producir un efecto de alarma en los dominios subterráneos de Katini, pues despertó de repente. Corrió hasta los matorrales y, de espaldas a mí, se puso a orinar parsimoniosamente. No se trataba solo de una necesidad fisiológica. Con la orina, estaba marcando los límites de su pequeño imperio. Luego agitó los brazos con vigor y dio unos cuantos gritos. Las hienas se distanciaron con sus risas de alcahuetas.

*

Quien conoce las noches de mi tierra sabe que cuando las cigarras se calman comienza una noche distinta. Esa otra oscuridad es tan espesa que los sueños pierden su camino. Mi padre escuchó ese silencio y dijo:

—Dios acaba de dormirse.

—Vamos, padre. Volvamos a casa. Tengo miedo.

—Deja que me ocupe del último.

—¿Qué último?

—El último muerto.

Con demorado cuidado, garabateó el nombre de su padre, el abuelo Tsangatelo. Un escalofrío me recorrió el alma y, presa de la desesperación, corrí a sujetar sus largos brazos.

—No lo haga, padre.

—Cállate, Imani. Esto es una ceremonia, tú no tienes edad para estar aquí…

—¡El abuelo aún no ha fallecido!

—Ya ha fallecido. No hay ninguna duda.

—¿Alguien ha visto su cuerpo?

—En las minas no hay cuerpos. Todo es tierra, piedras y gente, vivos y muertos: todo tierra, dentro de la tierra.

*

Murmuró una suerte de letanía antes de partir juntos por un atajo que se entreveía a la tenue luz de la madrugada. Acabábamos de llegar al primer claro cuando unas voces procedentes de la maleza nos sorprendieron. En cuestión de segundos, media docena de hombres nos rodearon gritando en txizulu. No habría hecho falta que dijeran nada, pues las orejas agujereadas y las coronas de cera sujetas al pelo decían suficiente sobre su identidad. Eran militares vanguni y tenían la evidente intención de amedrentarnos. Mi padre me susurró:

—¿Tenías miedo de los animales? Pues acaban de llegar las verdaderas hienas.

Nuestro mayor temor era que se tratara de las timbissi, las temidas brigadas que el emperador empleaba para sus carnicerías. Timbissi es la palabra zulú para nombrar a las hienas. Sin embargo, los hombres que nos emboscaban no exhibían los típicos adornos del maldito escuadrón (dos cuernos de cabrito colgados sobre el pecho). Por suerte, los salteadores eran simples soldados, y estaban allí para recaudar los impuestos que, según ellos, se les debían. El más corpulento, al dudar de si lo habíamos entendido, acercó la mano al rostro de Katini y anunció:

—Escúchame, perro: estamos aquí para recoger las pieles.

—¿Para quién son esas pieles?

—¿Y para quién iban a ser? Para el dueño de estas tierras, el emperador Ngungunyane.

—Pero nosotros ya entregamos las nuestras.

—¿A quién se las disteis?

—A los blancos.

—¿A qué blancos?

—A los portugueses.

—Los portugueses ya no mandan aquí.

—No lo sabíamos. Por aquí pasó el intendente portugués para recoger las pieles. Así que ahora no nos quedan pieles. Solamente la nuestra, si es que la queréis.

—Buscad bien. A Ngungunyane no le hará ninguna gracia saber que habéis desobedecido. ¿Y esa niña? —preguntó el soldado, señalándome a mí—. ¿Esa niña de quién es?

Los militares me rodearon y empezaron a darme empujones y a palparme los muslos. Para mi sorpresa, mi padre se interpuso; con el pecho tan grande y los brazos tan abiertos, se me antojó una de esas murallas que protegían nuestra aldea.

—¡Esta muchacha es mi hija!

—Puede que sea hija tuya, pero su cuerpo ya ha empezado a desarrollarse. ¿Y qué hacíais los dos solos en la oscuridad?

—¡A mi hija no la toca nadie!

La actitud de Katini Nsambe y su creciente rabia eran una afrenta inaceptable. Uno de los vanguni avanzó hacia nosotros con el reflejo del odio en el gesto. Con un gruñido, tomó impulso para dar una patada a mi viejo padre. Pero entonces, de súbito, el soldado dio un mal paso y cayó, impotente, al suelo. Por un momento se retorció sobre la arena sin poder levantarse. Los demás tuvieron que ayudarle a recomponerse. Fue en ese instante cuando reparé en que el agresor se había caído al pisar el suelo donde estaban escritos los nombres. Los demás vanguni también notaron algo extraño en aquellas arenas. Todos a la vez se pusieron a pisotear la tierra con violencia. Volvieron a apuntar con el dedo hacia mí y sentenciaron:

—La próxima vez le llevaremos esta prenda a Ngungunyane. Ya sabéis que Ngonyamo tiene una virgen en cada sitio. ¿O es que hay que recordároslo?

Escupieron al suelo y desaparecieron profiriendo improperios. Sobre la arena, la saliva empezó a hervir cual ponzoñosa maldición. A lo lejos, aún oyeron las carcajadas de los militares. No había ninguna duda: aquellos hombres eran hienas. O peor: eran de esas criaturas que solo se sienten vivas bajo la embriaguez de matar.

*

Cuando al fin nos quedamos a solas, mi viejo padre, preso de la rabia, creció de tamaño, dio unas vueltas de puntillas y gritó en portugués:

—Vosotros tendréis armas, pero yo tengo todo este suelo donde escribir el nombre de los difuntos. Cuidado conmigo… —y refunfuñó para sí mismo, como si masticara veneno—: Malditos…, no tenéis nombre ni para decir «papel» en vuestra lengua.

Y apoyándose en el bastón reanudó a toda prisa el camino a casa. Yo lo seguía a paso ligero por los senderos mojados de rocío.

—En casa no cuentes nada de lo que nos ha ocurrido, solo conseguirás asustar a tu madre. Y avivarás el ansia de guerra del tío Musisi.

Por un momento pensé que no sería tan malo que me raptaran. Y me llevaran a un lugar donde un rey me escogiera por esposa. Por fin sería mujer. Al fin sería madre. Y como reina y como madre, tendría poder sobre los vanguni. Y traería la paz a nuestros pueblos. Mis hermanos regresarían a casa, mis hermanas volverían a la vida, mi madre dejaría de vagar, sonámbula, por la oscuridad.

Tal vez ese soberano al que todos temían había levantado tan inmenso imperio porque era un hombre solitario que sufría. ¿Y si el único imperio que Ngungunyane buscaba era el del amor? O acaso, durante todos esos años de guerra, su propósito había sido otro: encontrar a una mujer como yo, capaz de una pasión infinita. Eso explicaría sus interminables matrimonios. Decían que el emperador tenía tantas mujeres que creía que todos los niños del mundo eran sus hijos. La cuestión era: cuando me presentara en su corte, ¿me tomaría como esposa o como hija? ¿O me mandaría matar para consolidar el miedo que sustentaba su trono?

*

En nuestra tierra sabemos que nos aproximamos a una población por las voces, los cantos y los lloros de los niños. Esto era lo que oíamos en aquel momento, aún bastante lejos de la aldea. El vocerío de los pequeños nos llegó mucho antes de entrar en ella.

Chikazi Makwakwa aguardaba en la puerta de casa nuestro regreso. Incluso desde la distancia percibí que en esa ocasión ella también había bebido. Anticipándose al desatino de su marido, avanzó hacia nosotros, dedo en ristre:

—¡Yo a ti no te gusto, Katini!

—¿Pero qué dices?

—Entonces ¿por qué solo me tienes a mí? Hay muchos por ahí que tienen varias esposas…

—Porque yo no soy como esos vatsonga que acumulan mujeres como si fueran cabezas de ganado… Además, nosotros decidimos ser civilizados, ¿o no?

—Lo decidiste tú. Y por culpa de tu decisión, nuestros hijos nos abandonaron…

—Aún tenemos a Imani.

—Imani se marchará. Es más, hace ya tiempo que no está con nosotros.

Hablaba como si no me viera. Me acerqué a ella y le toqué el brazo:

—Estoy aquí, madre.

—Tú ya te has ido, hija. Nos hablas en portugués, duermes con la cabeza hacia poniente. Y ayer mencionaste tu fecha de cumpleaños.

¿Dónde había aprendido yo a medir el tiempo? Los años y los meses, dijo, tienen nombre y no números. Les damos nombres como si fueran seres vivos, de esos que nacen y mueren. A los meses los llamamos el tiempo de las frutas, el tiempo en que los caminos se cierran, el tiempo de las aves y las espigas. Y otros muchos nombres.

Más grave aún era mi enajenación: los sueños de amor que tuviera no serían en nuestra lengua, ni serían con nuestra gente. Así habló mi madre. E hizo una larga pausa antes de interrumpir a Katini:

—Conoces bien mi gran deseo, esposo. Quiero que regresemos al mar. Allí vivíamos en paz, lejos de esta guerra. ¿Por qué no volvemos allá?

—Es la pregunta equivocada, mujer. La pregunta debería ser: ¿por qué motivo nos fuimos de allí? Y la respuesta, que sabes bien, es lo que te da miedo. Y ese miedo es mayor que tu deseo.

Entonces mi padre se levantó, se tambaleó unos instantes y se agarró al brazo de su esposa. Parecía estar apoyándose, pero en realidad la forzaba a entrar en la habitación. Yo también me retiré a mis aposentos. Me acosté y me tapé la cara con la capulana por miedo a que el techo de paja se viniera abajo. Las casas son criaturas vivas y hambrientas. De noche devoran a sus moradores y, en su lugar, dejan sueños que deambulan con torpeza, la misma de mi padre borracho. Y nuestra casa tenía, más que cualquier otra cosa, un apetito inagotable. Veíamos entrar y salir a los muertos durante toda la noche. En la oscuridad, la casa nos engullía. Y de madrugada volvía a escupirnos.

*

Mis hermanos eran la mitad del mundo que me quedaba. Pero ahora vivían lejos de nuestro hogar. Y por eso la casa se había partido en dos. Mi madre soñaba con el mar. Yo soñaba que mis hermanos regresaban. De noche me despertaba llamándolos por sus nombres: Dubula y Mwanatu. Sentada en la oscuridad, en mi interior desfilaban las épocas en que eran niños y compartían nuestro espacio.

Desde muy pronto, Dubula se mostró inteligente y desenvuelto. Le pusieron un nombre zulú, y tal decisión ya evidenciaba su extraña fascinación por los invasores vanguni. Dubula significa «disparo de bala». Mi padre le puso ese nombre porque, cansado de esperar durante el parto de ese hijo, empuñó la vieja carabina y disparó contra el techo de la casa. Fueron los nervios; después se disculpó. En realidad, aquel estruendo aceleró el parto del niño. Dubula fue fruto de un sobresalto, de una chispa. Como la lluvia, era hijo de un trueno.

En cambio Mwanatu, el más joven, era lerdo e incapaz. Desde niño vivió fascinado por los portugueses. Mi padre alentó esta simpatía enviándolo, a una tierna edad, a clases de catequesis. Y como a mí, lo internó en la Misión. A su vuelta estaba aún más alelado. Por orden paterna, Mwanatu se puso a trabajar como ayudante del sargento Germano, prolongando así la función que había desempeñado al servicio del cantinero. Residía en el cuartel noche y día, y ya nunca nos visitaba. Hacía las veces de centinela, fingiendo vigilar la puerta del portugués. Le habían dado una vieja casaca militar y una gorra de cipayo. Le encantaba el uniforme, y no entendía que aquella escenificación era motivo de regocijo para los portugueses que pasaban por allí. Mwanatu era un esbozo de persona, una caricatura de soldado. Su empeño daba pena: nadie se había tomado nunca tan en serio un trabajo. En contrapartida, nunca se habían burlado tanto de alguien por ello.

No estaba empeñado tanto en vestir el uniforme como en una promesa: embarcar un día hacia Lisboa y, allí, ingresar en una escuela militar. Él vivía aquel viaje como un regreso. Volvía para estar con los «suyos». La lealtad de Mwanatu para con la Corona portuguesa avergonzaba a nuestra familia. A excepción de mi padre, que pensaba de otra manera: mientras estuviéramos bajo la protección de la Corona lusitana, aquella fidelidad, fuera genuina o fingida, nos convenía.

*

Las diferencias entre mis dos hermanos simbolizaban los dos lados de la frontera que separaba a toda la familia. Corrían tiempos difíciles, y nos pedían que escogiéramos el bando al que deber lealtad. A Dubula, el mayor, no le hizo falta escoger. La vida escogió por él. Siendo aún niño, acató los rituales de iniciación, según las antiguas tradiciones. A los seis años lo llevaron al bosque, donde fue circuncidado e instruido en asuntos de sexo y mujeres. Durante semanas durmió entre los árboles, cubierto por entero de manojos de hierba, para no ser reconocido ni por vivos ni por muertos. Cada madrugada nuestra madre le llevaba comida, pero no entraba en la parte del bosque donde se reunían los iniciados. La desgracia eterna caería sobre la mujer que atravesara aquel territorio prohibido.

La misma prohibición se repetía ahora, desde que Dubula había huido de casa y vivía en algún lugar incierto. Decían que cada noche dormía en un rincón distinto del bosque. Durante la aurora, mi hermano rondaba en la penumbra por el huerto, pues sabía que mi madre había dejado, a escondidas, un plato de comida en lo alto del termitero. Las huellas que mi padre buscaba en la arena no eran de animales. Pertenecían a su propio hijo.

Pero Mwanatu, el más pequeño, fue educado en las letras y los números. Sus rituales fueron los de los blancos: católicos y lusitanos. Nuestra madre advertía: el alma que le habían dado al nacer ya no se sentaba en el suelo. La lengua que había aprendido ya no era una manera de hablar. Era una manera de pensar, vivir y soñar. Y en eso él y yo nos parecíamos. Los temores de mi madre eran evidentes: de tanto comer la lengua portuguesa, no tendríamos boca para ninguna otra habla. Y ambos seríamos devorados por esa boca.

Hoy pienso que mi madre tenía razón con esos temores. Donde su hijo veía palabras, ella veía hormigas. Y soñaba que esas hormigas se salían de las páginas y se comían los ojos del que leía.

*

Revivo tantas veces la última visita de Dubula que a veces tengo la sensación de que nunca llegó a marcharse. Recuerdo esa remota tarde en que, al entrar en casa, vi a mi hermano mayor sentado de espaldas a la puerta. La luz tenue hacía brillar el sudor que le corría en abundancia por los hombros. Cuando estuvo más cerca, lo entendí: no era sudor. Era sangre.

—¿Ha sido padre? —pregunté entre sollozos.

—He sido yo —respondió.

Me acerqué a él con miedo, rodeando su cuerpo escultórico. La sangre brotaba de las orejas, lenta y espesa.

—¿Por qué lo has hecho, Dubula?

Los lóbulos desgarrados no dejaban lugar a dudas: Dubula había escrito en su cuerpo la marca de otro nacimiento. Ya no era nuestro. Era un nguni, igual que aquellos que negaban nuestra existencia. Lo abracé como si no fuera a volver a verlo jamás. O como si ya hubiera dejado de verlo. Y le pedí que se marchara antes de que llegara nuestro padre.

Observé su figura delgada desvaneciéndose por el camino y deslicé las manos por el pecho como si yo misma me perdiera. Entonces sentí la sangre de mi hermano sobre mi piel.

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4. Segunda carta del sargento

Chicomo, 15 de diciembre de 1894

Excelentísimo señor consejero José d’Almeida:

Empezaré por pedir que Vuestra Excelencia sea indulgente para con aquello que le relaté acerca del encuentro con el alto comisario. Acepte Vuestra Excelencia mis sinceras disculpas. Aquel relato fue un absoluto sinsentido, y nada tiene que ver con ninguna particular simpatía que pueda tener por la persona de António Enes. Desconocía por completo la antipatía recíproca entre Vuestra Excelencia y el alto comisario. Ahora sé que tal animosidad es antigua y se remonta a la primera misión que el alto comisario realizó en Mozambique durante el año 1891. No me inmiscuiré nunca en ese conflicto y guardaré toda lealtad para con Vuestra Excelencia, ante quien respondo con un sentimiento de probidad que va más allá de los deberes de la jerarquía.

Sin embargo, no podía dejar de transmitir a Vuestra Excelencia la animosidad que António Enes manifestó cuando le hablé de los servicios que prestaré en Nkokolani, haciendo acto de presencia entre las gentes que, con tanto riesgo y sacrificio, nos apoyan. Claro está, el comisario no manifestaba animadversión contra mí, sino contra Vuestra Excelencia y las negociaciones que está llevando a cabo con el Estado de Gaza, que en opinión del comisario se presentan excesivamente tarde. Es evidente, aunque en ningún momento lo manifestó con claridad, que el comisario sospecha que se ha llegado demasiado lejos en las cesiones que se están haciendo a Gungunhane. También se lamentó de que, debido a la tardanza, la eficacia de nuestras campañas militares pueda quedar gravemente comprometida. Por último, António Enes se quejó del mando militar de Inhambane, a cargo del coronel Eduardo Costa, que a su parecer acumula argumentos para no avanzar sobre el terreno.

«Ese retraso puede ser fatal para nosotros.» Tales fueron las palabras de Enes. Y dijo algo más sobre este hecho, con insinuaciones malévolas acerca de los buenos propósitos de Vuestra Excelencia. Afirmó literalmente lo siguiente: «A ese tal José d’Almeida ¡jamás le han importado un comino los intereses nacionales!». E insinuó que Vuestra Excelencia se estaría beneficiando de las intenciones de Gungunhane, que son hacernos perder la guerra mucho antes de que haya ninguna batalla. Según dice, esa guerra la perderemos si mantenemos nuestros contingentes en las ciudades, sin voluntad ni destreza para ubicar a las tropas en el interior del territorio enemigo. Moriremos en nuestros campamentos, cercados por la inercia y el miedo, a merced de las fiebres y la desesperación de la espera. Y nuestros enemigos europeos, con Inglaterra a la cabeza, lo celebrarán con júbilo, para demostrar nuestra incapacidad para poseer colonias en África. António Enes se lamentó diciendo que la guerra pide guerreros y a él solo le han dado funcionarios. Todo esto dijo el comisario. Y todo esto siento que debo comunicar en este informe, que ya empieza a alargarse demasiado.

Permítame decirle, Vuestra Excelencia, que, como militar, no pueden dejarme indiferente los argumentos de António Enes. Lo cierto es que el peor modo de perder una guerra es esperar eternamente a que esta suceda. Es preciso decir que nuestras victorias en Marracuene, Coolela y Magul supusieron un paso extraordinario en la recuperación de la moral portuguesa y la promoción de nuestra imagen entre los indígenas. Allí por donde he pasado en mi viaje a Nkokolani —jornada que relataré más adelante—, he visto que en muchos lugares un sinnúmero de jefes locales han alterado su lealtad después de esas gloriosas batallas, y ahora están con nosotros. Pero hay que decir que la victoria se obtuvo sobre los vatuas, que son esclavos de los ngunis, y no sobre las fuerzas de Gungunhane. En lo que respecta a este potentado, aún queda mucho por hacer.

A continuación relataré los hechos que se sucedieron en mi viaje hacia Nkokolani. Ayer llegamos a Chicomo después de un trayecto de dos semanas a pie a través de una vasta región salvaje que me fascina tanto como me amedrenta. Allí donde hay bosque imagino siempre una emboscada. En la oscuridad de cada noche adivino una celada. Ser atacado por bestias monstruosas o negros indomables…, ¿qué más da cuando uno va a morir?

Debo confesar que, pese a mis temores, el viaje transcurrió sin grandes percances. En el camino pasé por aldeas de cafres y, en todas partes, me impresionó el modo en que los niños, aterrorizados, huían a gritos en cuanto nos veían. Alarmadas, las madres cogían a sus hijos del brazo y los arrastraban a sus cabañas de paja. Cierto es que basta la palabra de un jefe local para que la alarma se desvanezca. En algunos casos ese sentimiento inicial se convierte en una efusiva declaración de bienvenida, al saber que hemos llegado para combatir a Gungunhane. Pero hay una pregunta que me persigue: ¿por qué temen tanto a las personas de raza blanca? Entiendo que la mayoría de las veces se espanten por no haber visto nunca antes a un europeo. Sin embargo, el pavor que les inspiramos solo puede compararse al que produce la visión de un alma en pena.

Y así es como he empezado a reflexionar en profundidad sobre el asunto: ¿qué piensan los negros de nosotros?, ¿qué historias se inventan a propósito de nuestra presencia? Sé muy bien que, como soldado, estas dudas no deberían atormentarme. Tal vez me haga demasiadas preguntas para ser un militar. Tal vez nunca llegue a ser soldado. Cuando menos, al servicio de este régimen. No porque sea un republicano convicto, sino porque, como ya he dicho en otras ocasiones, no ingresé en la Academia Militar por vocación. En casa no me dieron alternativa. Me dejaron a la entrada de la Academia con la maleta hecha. Y mi familia no fue a visitarme nunca más. Como tampoco conocen ni quieren conocer mi paradero actual. El ejército fue el que se encargó de mi educación. Y seguramente el ejército se encargará de mi funeral.

En el campamento de Chicomo, donde he pernoctado estos días y desde donde escribo esta carta, he tenido la oportunidad de conocer al capitán Sanches de Miranda. Al escuchar sus historias de África, no he podido dejar de preguntarme: ¿quién más, entre nuestros oficiales, conoce tan bien a los africanos? ¿Cómo podemos gobernar a quien tanto desconocemos? ¿A qué ejército vamos a vencer si lo ignoramos todo de nuestro enemigo?

Le hablé a Sanches del pavor inicial que causaba nuestra llegada a los poblados. Él me sonrió y dijo: El miedo que ellos tienen no es muy distinto del nuestro, que nos creemos que los negros comen carne humana. Y es que esta gente cree que los caníbales somos nosotros. Y que nos los llevamos a los barcos para comérnoslos en alta mar. Es cierto que los europeos somos totalmente diferentes de los africanos. Nadie duda, ni siquiera los pobres negros, de la superioridad de nuestra raza. Y, aun así, ¡qué semejantes son nuestros miedos, a un lado y otro del océano!

Y el capitán Sanches de Miranda dijo más: que había leído los informes sobre el ataque a Lourenço Marques y que le parecía que había una gran confusión al respecto. No fueron las tropas de Gungunhane las que nos atacaron. Nuestros enemigos, en este momento, son algunos jefes tsongas. No los vatuas de Gaza. Se inventaron soldados de Gungunhane donde no los había. Y Sanches de Miranda se preguntaba: ¿por qué insistimos tanto en no entender? ¿Por qué metemos en el mismo saco a aquellos que, de conseguir dividirlos, nos situarían en una posición de gran ventaja?

Diré una última palabra sobre este gran portugués, el valeroso Sanches de Miranda. Los nativos acreditan que es hijo de Diocleciano das Neves, el famoso mafambatcheca que, como sabe Vuestra Excelencia, fue un viajero y comerciante muy apreciado entre los cafres, y mantuvo una estrecha amistad con Muzila, el padre de Gungunhane. Este equívoco resulta tan conveniente que Sanches de Miranda ha tenido la sabiduría de no desmentirlo. Es más: nuestro capitán defiende que Diocleciano le hizo ciertas confesiones en su lecho de muerte. Y que él, como hijo predilecto, prometió a su pobre padre que haría justicia al legado africano y respetaría el cariñoso apellido con que lo apodaron los landins, mafambatcheca, que en la lengua de los negros significa «el que se ríe mientras camina». No me parece descabellada la similitud que los cafres han encontrado entre estos dos personajes lusitanos. Todos llevamos el mismo bigote y el mismo corte de pelo. Hasta tal punto que un negro me preguntó si los portugueses ya nacían así, con el bigote puesto.

Sanches de Miranda alardea de ser hijo del difunto Diocleciano das Neves, ignorando lo mucho que sublevaría al propio Diocleciano el beneficio que obtiene de esta confusión. Igual que ignora lo mucho que su pretendido progenitor se distanció de nuestras autoridades cuando se sublevó contra la prepotencia de los gobernantes y la constante práctica de la venta de esclavos. Tampoco sabe que a Diocleciano le repugnaba la ciudad de Lourenço Marques. Entre mis documentos encontré una declaración suya en la que dedicaba palabras poco favorables a la ciudad. He aquí un extracto: «Lourenço Marques está compuesta de poca arena y mucho lodo; cada quince días, grandes mareas la cubren por completo. Las emanaciones pestilentes que los infelices habitantes absorben les envenenan rápidamente los pulmones. En tres años han sucumbido dos terceras partes de los europeos que se han establecido allí, y los demás tienen una vida tan deteriorada que les es imposible ser útiles para sí mismos o para su país».

Yo también me alegro de estar lejos de esa infecta ciudad. Mañana se unirá a mí Mariano Fragata, el agregado de Vuestra Excelencia, y juntos descenderemos el río Inharrime en piragua. Tardaremos unas horas en desembarcar en nuestro destino final, donde espero desempeñar con destreza y valentía la misión que se me ha encargado.

Por último, me han dicho que en Nkokolani hay una familia de chopes que nos tiene mucha simpatía y está totalmente dedicada a nuestra lucha contra el diablo de Gungunhane. Es más, dicen que el jefe de esa familia cristiana ya ha puesto a mi disposición a un hijo y una hija, ambos hablantes de portugués y educados bajo los preceptos lusitanos. Doy gracias a Dios por esa ayuda providencial.

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5. El sargento que escuchaba ríos

Suerte la de aquellos que, al dejar de ser humanos, se convierten en fieras. Infelices aquellos que matan acatando las órdenes de otros, y más infelices aún aquellos que matan sin acatar las de nadie. Por último, desdichados aquellos que, tras matar a otro, se miran al espejo creyendo que todavía son personas.

Recuerdo el día en que el sargento Germano de Melo llegó a Nkokolani. En realidad, el mismo día que llegó vimos que aquel portugués era distinto de los europeos que nos habían visitado hasta entonces. Tan pronto como desembarcó de la canoa, se arremangó los pantalones y caminó por su propio pie. Los demás blancos, fueran portugueses o ingleses, se subían a cuestas de los negros para llegar a tierra firme. Él fue el único que declinó esa ayuda.

Me acerqué a él con curiosidad. El sargento me pareció más alto de lo que era, pues las botas llenas de barro provocaban ese efecto. Lo que más me llamó la atención fue la sombra que le cubría el rostro. Tenía los ojos claros, de un color casi ciego. Una nube de tristeza, sin embargo, le ensombrecía la mirada.

—Soy Imani, señor —me presenté con torpe cortesía—. Mi padre me ha enviado para ayudarle en lo que haga falta.

—¿Eres tú la muchacha de la que me han hablado? Pero ¡qué bien hablas portugués! ¡La pronunciación es correctísima! ¡Alabado sea Dios! ¿Dónde lo has aprendido?

—Me enseñó el cura. Viví en la Misión de la playa de Makomani durante años.

El portugués dio un paso atrás para verme y apreciar mejor mi figura, y luego dijo:

—Pero ¡si tienes una cara muy bonita!

Bajé el rostro, sintiendo vergüenza y culpa a la vez. Caminamos junto al río hasta que el visitante se detuvo y cerró los ojos, pidiéndome que no hablara. Guardamos silencio hasta que declaró:

—En mi tierra esto no existe.

—¿No hay ríos?

—Claro que hay ríos. Pero hemos dejado de escucharlos.

El portugués desconocía aquello que en Nkokolani era un lugar común: que los ríos nacen en el cielo y nos atraviesan el alma como la lluvia cruza el cielo. Al escucharlos, no nos sentimos tan solos. Pero permanecí callada, esperando mi turno.

—Es bueno que un río te dé la bienvenida —comentó en voz baja, y añadió—: Un río y una muchacha como tú.

Luego me ordenó que esperáramos allí. Entonces me di cuenta de que detrás venía otro portugués, un civil muy moreno y distinguido. Después supe que se trataba de Mariano Fragata, agregado del intendente portugués del Estado de Gaza. Fragata venía a montado a espaldas de un hombre de nuestra aldea, pero en una posición inestable y ridícula, escurriéndose sobre la espalda de quien cargaba con él. El negro parecía no querer soltar al portugués, que suplicaba con creciente vehemencia:

—¡Déjame en el suelo! ¡Déjame en el suelo inmediatamente!

No llegaron a caerse porque hice que se detuviera mi paisano, que, divertido, me confesó en txichopi:

—Es para que sepan que el que está encima no siempre manda al que está debajo.

El agregado del intendente recuperó su postura altiva, se desenrolló las perneras de los pantalones y me miró de un modo inquisitivo. El militar procedió a las presentaciones.

—Esta es Minami…

—Imani —corregí.

—Es la muchacha del poblado que nos ha venido a recibir. No te vas a creer lo bien que habla… Di alguna cosa, niña… Vamos, ¡habla un poco para que mi compañero te oiga!

De repente me quedé muda, se me olvidó todo el portugués. Y cuando intenté hablar en mi lengua natal, me enfrenté al mismo vacío. De manera inesperada, no sabía ningún idioma. Solo era capaz de emitir sonidos, ecos indistinguibles. El militar me libró del bochorno.

—A la pobre ahora le da vergüenza. No tienes que hablar si no quieres, es suficiente con que nos lleves al cuartel.

Por el equipaje que cargaba, me di cuenta de que el sargento venía a alojarse con nosotros un tiempo. El otro, que iba vestido de civil, tendría una estancia breve. Acompañé a los visitantes al establecimiento del Sardinha, el único portugués que había en nuestra región, al que habíamos rebautizado como Musaradina.

Los dos europeos se entretuvieron contemplando algunos rincones de la aldea.

—Fíjate en este pueblo, querido Fragata. Está todo limpio, todo bien barrido. Estoy asombrado: las calles son anchas, con árboles frutales…, ¿qué negros son estos, tan distintos de los otros que hemos visto?

*

Francelino Sardinha estaba en la puerta y recibió efusivamente a sus compatriotas, como si descubriera, después de siglos de soledad, a los únicos seres humanos del planeta. El tendero era un hombre bajo y gordo, que no soltaba en ningún momento un pañuelo grasiento que usaba para limpiarse el abundante sudor. Lo cierto es que el pringoso pañuelo ya formaba parte de su cuerpo. En la entrada, se dirigió a mí con aspereza:

—Tú, cría, te quedas fuera. Ya sabes que aquí dentro vosotros no podéis entrar.

—¿Y por qué no va a entrar? —preguntó el militar.

—Es que aquí, querido sargento, ellos ya lo saben, aquí hay unas normas. Aquí esta gente no entra.

—Pues las normas, a partir de ahora, las pongo yo —afirmó el sargento—. Esta muchacha habla portugués mejor que muchos portugueses. Y como ha venido conmigo, entrará conmigo.

—De acuerdo, de acuerdo, si así lo ordena Vuestra Excelencia —y volvió a dirigirse a mí dándome la espalda—: Siéntate ahí, en la cocina, en esa sillita.

Luego dejaron de prestarme atención. Observé el techo de la casa y me fijé en los apaños que habían hecho en las tejas. Y temí que sucediera aquello que decían en la aldea: que la obra había quedado para siempre inacabada porque una mano invisible deshacía, de noche, lo que los portugueses levantaban de día. Esos fantasmas aún vagaban por allí, balanceándose en el techo como enormes murciélagos.

Los dos recién llegados se adentraron en el establecimiento con dificultad, cuidando de no tropezar con el caos de mercaderías esparcidas por el lugar. Lejos quedaban los días en que yo solía mirar por la ventana de la cantina, enamorada de las telas y zapatos que allí se acumulaban. Desde entonces, el desorden había crecido: cajas y grandes paquetes apilados, bultos rasgados de los que asomaban latas y botellas que se desparramaban por el suelo.

Mis ojos se detuvieron en una tela de cuadros azules y blancos. El militar me adivinó el pensamiento y me preguntó en voz alta:

—¿Sabes qué es eso?

—Ropa, patrón.

—Llámame «sargento». ¿Y dices que es ropa? En la etiqueta pone que estas piezas están hechas de lino rayado y de sarga, pero hace falta mucha imaginación para llamarle a esto «ropa». En Europa nadie, ni el pobretón más harapiento, aceptaría una prenda así.

Rasgó un trozo de tela y la pasó por la cara del agobiado cantinero:

—Fíjate en esto: ¡están completamente impregnadas de almidón! En cuanto se laven, este polvo blanco se disolverá y solo quedará una tela de araña. Es como ese brebaje al que llaman «vino para negros».

El comerciante se tragó la ofensa: al fin y al cabo, el oficial era un ocupante. Los motivos militares prevalecían sobre sus negocios privados. Cuando respondió, lo hizo en un tono contenido, que revelaba que se había rebajado de Sardinha a Musaradina:

—Estos tejidos, Excelencia, son los que se venden aquí. A los negros no les interesa la comodidad de la ropa; les gustan los adornos.

Y luego se quejó de que la gente de Nkokolani no compraba tanto como los demás negros. A nosotros, los vachopi, nos basta con los recursos de la tierra y el bosque.

—Estos brutos comen hasta serpientes: no me extraña que esos otros, los vatuas, los desprecien —se lamentó el tendero.

—No son vatuas. Los vatuas no existen —osé corregirlo, desde mi rincón, con un hilo de voz tan suave que nadie me oyó.

El militar se detuvo frente al mostrador de madera y, de una vez, tiró al suelo las piezas de tela. La serenidad con que habló contrastaba con la determinación de su gesto:

—No sé cómo decir esto. Pero no hay otra manera más amable de comunicarlo. Querido Sardinha, he venido a instalarme en esta cantina. Pero existe otro motivo por el que estamos aquí: hemos venido a detenerlo.

—¿A detenerme?

—Mañana unos cipayos vendrán para llevárselo a Inhambane.

—¿Cipayos?

La sonrisa desconcertada del cantinero no se desvaneció ni por un instante de su rostro. Era como si no hubiera oído la sentencia. «Les serviré una bebida», decía mientras terminaba de enrollar las telas desparramadas por el suelo. «Este vino es del bueno, es de lo mejor», comentaba al tiempo que servía a los visitantes en jarritas de metal.

—¿Vienen a detenerme? ¿Y puedo saber por qué motivo?

—Usted sabe muy bien lo que anda vendiendo por ahí. Y no se lo está vendiendo a los vatuas ni a los chopes…

—Ya sé de dónde vienen esos rumores… De ese monhé,[1] de ese monhé negro, Assane, que tiene una cantina en Chicomo. Le juro por Dios Nuestro Señor…

—Dejémonos de rodeos. Usted ya sabe por qué va a ser detenido.

—A decir verdad —respondió el cantinero—, lo único que me importa es que Vuestras Excelencias estén aquí, conmigo. Me da bastante igual que me detengan. Hacía tanto tiempo que no veía a un blanco que ya me había olvidado de mi propia raza. Empezaba a verme como un negro después de vivir rodeado de cafres. Por eso digo que Vuestras Excelencias no han venido a detenerme. Han venido a liberarme.

Y sacó del armario una botella. Quería celebrar aquel momento pese a estar basado en una triste contrariedad. Al principio, los forasteros reaccionaron con cautela. Pero al poco tiempo los tres portugueses estaban vaciando sucesivas botellas, y a medida que bebían se iban volviendo una familia, aun cuando a ratos discutían acaloradamente.

En un momento dado, el sargento hizo ademán de sentarse sobre una caja de madera. Estaba atontado por la bebida, e indispuesto a causa del calor. El cantinero Sardinha corrió a interrumpir el intento del militar.

—No se siente ahí, sargento: ese cajón contiene una carga muy valiosa; son botellas de vino de Oporto. ¿Y sabe para quién son? Para Gungunhane… Vino del mejor para nuestro peor enemigo.

—Nuestro peor enemigo es otro. Y usted sabe quién es…

Sardinha se mostró turbado. Se oía a las lechuzas atravesando la noche, la parafina amenazaba con agotarse en los quinqués, y una súbita melancolía se apoderó del cantinero:

—¿Van a llevarme los cipayos? ¿No puedo ir yo solo? Prometo que no huiré. Es que pasar delante de esta gente escoltado por dos negros…

—¿Quién le ha dicho que van a ser dos?

Y Fragata y Germano se rieron.

—Sea como sea —añadió el agregado del intendente—, lo escoltarán cipayos, no Gungunhane —y se rieron aún más.

—No es «Gungunhane». Se dice «Ngungunyane».

Los portugueses me miraron, sorprendidos. No podían creerse que hubiera hablado, y encima para corregir su mala pronunciación.

—¿Qué has dicho? —preguntó, atónito, Fragata.

—Debe pronunciarse «Ngungunyane» —insistí con delicadeza.

Se miraron entre ellos con la mirada vacía. Fragata imitó mi dicción, burlándose de mis propósitos puristas. Después volvieron a la bebida y a sus lamentaciones en voz baja. En cierto momento oí que el militar murmuraba:

—Lo que más me inquieta no es que ese tal Gungunhane nos odie. Es que no nos teme.

—¿Sabe qué podemos hacer? —preguntó Sardinha—. ¡Meterle veneno en esas botellas que ustedes insisten en regalarle! No hace falta una bala: basta con una gota. Una sola gota, y el Imperio de Gaza se derrumba.

—Tenemos órdenes de no matarlo.

—Ahora soy yo el que se ríe —comentó Fragata—. ¿Que tenemos órdenes de no matarlo? Tendremos suerte si él no nos mata a todos.

El cantinero salió un momento y regresó con una escopeta en las manos, pero se apresuró a tranquilizar a la pareja que venía a detenerlo.

—No se asusten, estimados caballeros, que está descargada.

Era la escopeta a la que dormía abrazado todas las noches. La exhibía con el orgullo del dueño, no ya de una cantina, sino de un polvorín. Y acto seguido declaró:

—Este es el único idioma que entienden. ¿O acaso quieren ustedes ganar la guerra con obsequios y zalamerías?

Y murmurando improperios y palabras de despecho, anunció que iba a acostarse. Dispuso unos paños sobre una estera y se echó a dormir en el suelo, abrazado a la vieja escopeta.

Germano arrastró una silla para sentarse a mi lado. Después se me quedó mirando, como si estudiara un mapa. Su mirada era de fuego. Me hizo pensar en las mariposas alrededor de la luz de los quinqués. El cantinero se dio cuenta del interés del visitante y, con los ojos entrecerrados, advirtió:

—Tenga cuidado con esa niña. Es muy joven pero tiene cuerpo de mujer. Y las negras usan artes del demonio. Sé muy bien de lo que hablo.

Sin embargo, bastaron unos pocos minutos para que el portugués dejara de prestarme atención y se pusiera a contemplar detenidamente la pared donde apoyaba los pies. Permaneció así un rato, hasta que murmuró:

—Ahí, en esa pared, está mi tierra.

Y señaló una mancha en la pintura. Era un rectángulo descolorido, de caliza levantada por la humedad.

—Eso de ahí, en esa pared, es Portugal.

Haciendo un esfuerzo por mantener el equilibrio, se subió a la silla y, con las uñas, rascó la mancha. Se quedó mirando la cal esparcida por el suelo, como si estuviera ante un animal en agonía. Y el cantinero, diligente, señaló al instante una escoba.

—Pero ¿qué haces, niña? ¿No ves que hay que barrer el suelo? No te quedes ahí parada.

El militar se me adelantó, levantó la escoba en el aire como si fuera una espada y proclamó:

—Yo lo limpiaré. Para eso he venido. Para limpiar la porquería que han dejado los demás.

Aproveché el silencio que siguió para estudiar la mejor manera de anunciar mi retirada. Mi timidez me había enseñado que los tímidos y los invisibles se exponen de manera insufrible cuando se despiden. Era de noche, y yo no era más que una mujer con unos desconocidos. El cantinero se levantó de su improvisado lecho y se acercó a mí con una caja en brazos.

—Lleva este vino de Oporto a tu padre. Es mi modo de agradecerle todo lo que ha hecho por mí. Cuidado, que pesa.

Encorvada por el peso, avancé tambaleándome a través del patio oscuro, hasta que la voz de Sardinha me hizo parar.

—Espera, te acompaño, te ayudaré hasta el camino —y, volviéndose hacia dentro, preguntó al militar—: ¿Puedo, sargento? Serán solo cinco minutitos. No me escaparé.

En cuanto se cerró la puerta, el cantinero, con su aliento pestilente, me hizo una extraña petición: que le hablase en txichopi mientras él iba a recoger unas hierbas.

—¡Vamos! Habla, pequeña. Habla conmigo, que soy Musaradina.

—¿Qué quiere que diga, señor?

—Cualquier cosa, tú habla, habla, habla sin parar…

Y se inclinó sobre el suelo, como un perro husmeando un rastro. Se puso a recoger hojas y semillas, y luego se las acercaba al rostro para aspirar el aroma largo y tendido. Al poco, enderezó la espalda y declaró:

—Lo vi aquí, en este descampado.

—Perdone, señor Musaradina, ¿a quién vio?

—A Gungunhane. Vino aquí. Quería matar a su amada. Y él también quería morir.

—¿Gungunhane estuvo aquí?

—Vino en secreto, en busca del veneno del murre-mbava, ese árbol que crece cerca, en la laguna de Nhanzié.

Miré al cantinero y vi la oscuridad, con la piel de Sardinha y el alma de Musaradina. El portugués era un muchope, uno de los nuestros. No solo porque hablaba nuestra lengua, sino por el modo en que hablaba con todo el cuerpo. Y Sardinha prosiguió, mezclando idiomas:

—Ngungunyane pensó en lo que podía sobrevenirle. Él quería morir y matar. Y todo por amor, porque tenía un amor prohibido. Bonito, ¿verdad?

—¿Qué es bonito? No lo entiendo.

—Que un hombre como él, que tiene todas las mujeres que quiere, al final no tenga a aquella a la que realmente ama.

—Sardinha, dígame: ¿hay algo que quiera contarme?

El cantinero no respondió. Regresó a casa y, ya en la puerta, agitó la mano no sé si para decir adiós o para indicarme que me diera prisa en marcharme.

No había dado ni diez pasos cuando oí el disparo. Detrás de las cortinas se adivinaba un alboroto de sombras y murmullos. Volví atrás para encontrar a Francelino Sardinha agonizando en medio de un charco de sangre. El cantinero se convulsionaba sin soltar en ningún momento la vieja escopeta. Murió abrazado a ella en la misma posición en que había dormido siempre.

Sobresaltado por el disparo, mi hermano Mwanatu salió del cuarto en el que se alojaba. Sin pronunciar palabra, ayudó a los portugueses a arrastrar el cuerpo a la parte de atrás de la casa, y después corrió al almacén a buscar palas para cavar el hoyo. Al volver, encontró al sargento postrado, con la cabeza caída sobre el pecho. Germano de Melo tenía los ojos tan azules que temí que pudiera quedarse ciego para siempre si lloraba. Pero no hubo lágrimas. El blanco solo rezaba por el cantinero muerto. Fragata le llamó la atención, diciéndole que se recompusiera e interrumpiera los rezos. Los suicidas no tienen alma. No se reza por ellos. Eso le dijo Fragata.

El militar se levantó y empuñó una de las palas que Mwanatu había traído del almacén. Empezó a cavar con furia entre los duros terrones. Me quedé mirando cómo los dos portugueses se afanaban y no pude evitar fijarme en su poca habilidad. Y pensé para mis adentros: nosotros, los negros, sabemos manejar una pala incomparablemente mejor que ninguna otra raza. Nacemos con esa habilidad, la misma que nos hace bailar cuando queremos reír, rezar o llorar. Tal vez porque hace siglos que nos vemos obligados a enterrar a nuestros muertos, que son más numerosos que las estrellas. Es posible que hubiera otra razón para ello: los europeos seguramente tendrían, allá en su tierra natal, esclavos negros que les harían el trabajo. ¿Y si en Portugal me esperaba un hombre de mi raza? ¿Y si el amor me esperaba allí donde solo llegan los barcos y las gaviotas?

libro-9

6. Tercera carta del sargento

Nkokolani, 12 de enero de 1895

Excelentísimo señor consejero José d’Almeida:

Escribo a Vuestra Excelencia para transmitirle las nuevas de mi llegada a Nkokolani junto con el agregado Mariano Fragata, ayer a media mañana. Las noticias que le comunicaré a continuación no son las mejores, de modo que manifiesto mi desazón anticipada por estas líneas, pues sé que no corresponderán, seguramente, a lo que Vuestra Excelencia querría oír. Al contrario de lo que habría cabido esperar, el tendero Francelino Sardinha no fue a recibirnos. Nos ayudó la muchacha a la que me referí en la última carta. Bien educada y eximia hablante de nuestra lengua, ella fue quien nos recibió. Se llama Imani y será un apoyo providencial para los propósitos de mi misión.

Debo señalar que el aseo y la envergadura de la población nos han impresionado mucho, y no hay nada semejante en los territorios de los vecinos bitonga y de los vatsonga. Pregunté a la muchacha si estaba orgullosa de la dimensión y el esmero de su aldea. Y me dio una respuesta curiosa, al decirme que todos los habitantes sentían esa vanidad, salvo ella. Pues para ella la causa de ese crecimiento no era sino el miedo. Nkokolani había crecido en la misma medida en que el número de sus habitantes había menguado. Así habló Imani, exactamente con estas sofisticadas palabras. Y añadió que las gentes se aglomeraban allí con la ilusión de que, unidas, estaban más protegidas. Pero en realidad las gobernaba el terror, dijo mientras señalaba los frondosos naranjos que flanqueaban las calles. Son los árboles sagrados de los chopes. Estos cafres creen que los naranjos los defienden de los conjuros, sus peores enemigos. Quizá hasta yo plante uno en mi huerto. Si no me da protección, al menos siempre dará fruto y sombra.

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