Ghostgirl 1 - Ghostgirl

Tonya Hurley
Tonya Hurley

Fragmento

 indice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

¿Alguna vez te has sentido invisible?

Morirse por ser popular

Despertar

¿Por qué yo?

Muerte para principiantes

Sobre muertes y citas

Ni siquiera sabe que existo

El corazón de las tinieblas

Al volante

Últimos escritos

Tan viva

Entrelazadas

La caída de la casa Usher

Frenesí

A vida o muerte

La princesa y las imitadoras

Mientras tú no estabas

Escógeme

Sucio secretito

Desear cosas imposibles

Los muertos también bailan

Todo corazón

El fantasma que hay en ti

Descanse en popularidad

Epílogo. Hay una luz

Agradecimientos

Notas

Sobre la autora

Créditos

Dedicatoria

Para Isabelle y Oscar.

Cp1
cita1

Que hablen mal de uno es terrible.
Pero es peor que no lo hagan en absoluto.
—Oscar Wilde

intro1

Nunca piensas que te pueda pasar a ti.

Piensas cómo será. Le das vueltas una y otra vez, alterando el escenario un poco en cada ocasión, pero en el fondo no crees que te vaya a pasar nunca, porque siempre es a otro a quien le sucede, no a ti.

cap1

Charlotte Usher cruzó con paso decidido el aparcamiento en dirección a la puerta principal de Hawthorne High repitiéndose su mantra positivo: «Este año es diferente. Éste es mi año». En lugar de permanecer grabada para siempre en la memoria de sus compañeros de instituto como la chica que sólo ocupaba espacio, la ocupasillas, la que succionaba ese aire tan preciado al que bien podía haberse dado otra utilidad mucho más provechosa, este año empezaría con otro pie, un pie enfundado en los zapatos más exclusivos y más incómodos que el dinero puede comprar.

Había malgastado el año anterior sintiéndose como la hijastra no deseada del alumnado de Hawthorne High, y no tenía la menor intención de darse por vencida. Este año, el primer día de curso iba a ser el primer día de su nueva vida.

Al acercarse a la escalinata de entrada, contempló cómo destellaban contra las puertas los últimos flashes de las cámaras de los reporteros del anuario del colegio mientras Petula Kensington y su pandilla se adentraban altivas en el vestíbulo. Siempre llegaban las últimas y luego succionaban a los demás tras ellas en una especie de resaca de popularidad. Su entrada marcaba el arranque oficial del curso. Y Charlotte estaba sola allí fuera y empezaba con retraso. Como siempre. Hasta entonces.

El bedel encargado de la puerta asomó la cabeza y echó un vistazo por si faltaba alguien por entrar. No había nadie. Bueno, sí que había alguien pero, como siempre, no se percató de Charlotte, que apretó el paso cuando él empezó a cerrar la gigantesca puerta metálica. A ella se le antojó la de la cámara de seguridad de un banco. Pero sin dejarse intimidar, por una vez, Charlotte alcanzó las puertas a tiempo de poder colar por el resquicio la punta de su zapato nuevo y evitar así que se cerraran del todo.

—Perdona, no te había visto —murmuró el bedel con indiferencia.

Nadie la veía, lo que era de esperar, pero por lo menos había conseguido cierto reconocimiento y una disculpa. Al parecer, su «Plan de Popularidad», una larga lista que había confeccionado meticulosamente con el fin de atrapar al objeto de su deseo, Damen Dylan, empezaba a funcionar.

Al igual que muchos otros de su condición, Charlotte había pasado el verano entero trabajando, sin embargo, a diferencia de la mayoría, ella había estado trabajando para sí. Se había dedicado en cuerpo y alma a estudiar el anuario del año anterior, casi como si le fuera la vida en ello.

Había estudiado a Petula, la chica más popular del instituto, y a las dos lameculos que tenía por mejores amigas, las Wendys —Wendy Anderson y Wendy Thomas—, del mismo modo que algunas fans estudian a su famoso predilecto. Quería que todo le saliera a la perfección. Justo como a ellas.

Se dirigió confiada al primer destino marcado en su agenda: la hoja de inscripción para las pruebas de animadora. Animadora. La hermandad más cotizada y exclusiva de todas las hermandades femeninas, el Billete Dorado con el que conseguir no sólo que se fijaran en ella sino que la envidiaran. Charlotte agarró el viejo bolígrafo que pendía del tablón de anuncios colgado de un cordel deshilachado remendado con cinta adhesiva de papel y se dispuso a inscribir su nombre en el último recuadro que quedaba en blanco.

No había terminado de escribir la ce, cuando sintió unos rudos golpecitos en el hombro. Charlotte dejó de escribir y se giró para ver quién osaba interrumpir su primera tarea del día, o, mejor dicho, la primera tarea de su nueva vida, y vio una fila de chicas que habían acampado toda la noche para inscribirse. Más que para una prueba parecía que estaban allí para un casting.

La chica de los golpecitos la miró de arriba abajo, le arrebató el bolígrafo y de un plumazo inscribió su nombre y tachó el de Charlotte. Luego abrió la mano y dejó que el bolígrafo se precipitara sin remisión cuan largo era el cordel del que pendía.

Charlotte contempló cómo el bolígrafo se mecía contra la pared como un ahorcado.

Mientras se alejaba, escuchó a su espalda las risitas de la jauría de aspirantes a animadoras. Charlotte ya había experimentado antes esa clase de crueldad, tanto a la cara como a sus espaldas, y siempre había tratado de que no le afectase lo que los demás pensaban o decían de ella. Pero ni maquillada había conseguido dotarse de una piel tan gruesa como para soportar la peor de las humillaciones.

Se sacudió su malestar, decidida a no perder los nervios ni su dignidad. Consultó la agenda y murmuró para sí: «Asignación de taquillas». Lo tachó de la lista y se dirigió a toda prisa hacia su próximo destino.

Mientras caminaba, por su mente se sucedía a toda velocidad el itinerario que había seguido aquel verano. Para hacer honor a la verdad, debía reconocer que había hecho un esfuerzo desmesurado en su intento por lograr que él se fijara en ella. Se diría que se había pasado y mucho. No es que hubiera recurrido al bisturí, no, a tanto no llegaba la cosa, pero pelo, régimen, armario, preparación y estilismo habían consumido la totalidad de sus vacaciones. Después de todo, se estaba dando una oportunidad, y con todo lo dicho y hecho, ¿qué daño iba a hacerle una gigantesca dosis de autosuperación?

Naturalmente, sabía que aquello era casi todo... está bien, que era todo superficial, pero ¿y qué? Si su vida hasta ahora servía de ejemplo, era evidente que, de todas formas, toda esa historia de la belleza interior no era sino una bobada. La «Belleza Interior» no sirve para que te inviten a las mejores fiestas con la gente guapa. Y está claro que no sirve para que Damen Dylan te invite al Baile de Otoño.

En definitiva, Damen era prioritario, y las fechas tope como ahora lo era el baile siempre conseguían motivar a Charlotte. La vida es una sucesión de elecciones, y ella había hecho la suya.

Justificaba su deriva hacia la superficialidad como jugada estratégica. Desde su punto de vista, sólo había dos maneras de acceder a Damen. Una era a través de Petula y su pandilla. Pero dada la reputación de Charlotte, o más bien la ausencia de ella, las probabilidades eran ciertamente escasas. Aquellas chicas siempre habían sido populares. Y lo iban a ser siempre. Es más, la esencia misma de la popularidad radicaba en su cualidad de inalcanzable. No era algo a lo que uno pudiera optar o que pudiera conseguir. Era algo que le era otorgado a uno; cómo o por quién, pensó Charlotte, era todo un misterio.

Pero, y era aquí donde el plan de actuación de Charlotte adquiría tintes más sutiles, si lograba un aspecto lo suficientemente parecido al de Petula y las Wendys, si conseguía actuar de forma similar a ellas, pensar como ellas, «encajar» con la gente con la que Damen encajaba, tal vez entonces tuviera alguna posibilidad. Había muchas razones por las que bien valía la pena cambiar de aspecto, y ella pensaba que hasta ahí lo había conseguido.

Esto la llevaba a la otra manera de acceder a Damen. La mejor de las dos opciones. La que ella prefería: evitar a las chicas por completo y abordar a Damen directamente. Se trataba de una jugada arriesgada, sin lugar a dudas, puesto que a ella lo de ligar no es que se le diera demasiado bien. El cambio de apariencia era el primer paso necesario, pero la fase siguiente suponía la diferencia entre el éxito o el fracaso. Se había apuntado a todas las clases a las que tenía la certeza de que él asistiría y había planeado rondar su taquilla, la cual tenía intención de localizar acto seguido.

Como los demás, Damen nunca le había prestado a Charlotte la menor atención, y un poco de maquillaje y un alisado profesional era poco probable que fueran a cambiar su actitud. Aun así, Charlotte no perdía la esperanza. La esperanza de que si conseguía pasar un tiempo valioso con él, sobre todo ahora que había mejorado su aspecto exterior, la cosa saldría bien.

Y no era sólo que se hiciera ilusiones, se trataba de una conclusión a la que Charlotte había llegado después de observar a Damen detenidamente. En los centenares de fotografías que le había hecho a escondidas a lo largo de varios años, Charlotte creía haber detectado cierta decencia, por qué no decirlo, en él. Estaba en sus ojos, en su sonrisa.

Damen era imponente y atlético y se comportaba como puede esperarse de un auténtico guaperas, es decir, con superioridad, aunque sin que por ello dejara de ser agradable. No era de sorprender que fuese esa decencia el rasgo de Damen que menos le gustaba a Petula. Quizá era la cualidad que más detestaba por tratarse precisamente de aquella de la que más carecían ella y todas sus amigas.

Con la risa de las candidatas a animadoras resonando todavía en sus oídos, Charlotte, de camino al gimnasio, deseó con todas sus ganas que la suerte se pusiera de su parte. Las asignaciones de las taquillas estaban expuestas en la doble puerta, y Charlotte se dirigió directamente hacia ellas. Recorrió despacio con el dedo la columna de nombres dispuestos por orden alfabético en la hoja de la pe a la zeta, echando un vistazo a los números de taquilla correspondientes mientras buscaba el suyo.

Todos los nombres le eran familiares; eran compañeros con los que había crecido, a los que conocía desde preescolar, primaria o secundaria. Sus rostros se encendieron y apagaron sucesivamente en su cabeza como un pase de diapositivas. Luego llegó a su nombre: «Usher, Charles. Taquilla 7».

«¡Siete! ¡Número de buena suerte!», se dijo interpretando aquello como un buen augurio. «Un número bíblico, es más.» Rebuscó en su mochila y extrajo un lápiz, lo devolvió al interior y pescó un bolígrafo. Corrigió su nombre de forma permanente de «Charles» a «Charlotte». No quería ningún error, y menos en este día.

Otra inspección con el dedo por la lista le reveló que la taquilla de Damen estaba en la otra punta del edificio. Echó a andar hacia la suya propia, dándose ánimos mentalmente.

«No pasa nada», se consoló Charlotte, que probó la combinación de su candado un par de veces, abriendo y cerrando la puerta de su taquilla cada vez, antes de salir en busca de la de Damen.

Continuó andando y hablando para sí, mientras gesticulaba como un histrión que ensaya un monólogo, y de repente sintió como si se ahogase.

Preocupada, advirtió que había alcanzado la pasarela, la cual aparecía atestada de fumadores que daban una última calada antes de clase. La exhalación sincronizada de monóxido de carbono producía una densa niebla acre y ya era demasiado tarde para contener la respiración. Así que apretó el paso. Las conversaciones fueron apagándose una a una al paso de Charlotte. Las colillas, extinguidas en vasos de café extragrandes o pisoteadas en el cemento mientras las últimas virutas de humo se elevaban en torno a ella.

Cuando hubo dejado atrás la neblina y se acercaba a las puertas del extremo opuesto de la pasarela, Charlotte vio cómo un puñado de estudiantes se arremolinaba y retrocedía por el corredor, igual que cazadores de autógrafos a la puerta de la entrada de artistas de una representación que ha colgado el cartel de localidades agotadas.

—¡Damen! —exhaló sobrecogida.

Por encima de la multitud no acertó a divisar más que su espesa y hermosa cabellera, pero era cuanto necesitaba ver. Tenía la certeza de que era su pelo. Ni moldeador, ni cera, ni crema, ni gomina, gel, champú de volumen, espuma o rastro alguno de metrosexualidad. Nada más que una imponente cabeza de pelo ondulado. Sin perder de vista su presa, Charlotte echó a andar con aquella insólita modalidad desesperada de paso atropellado que ya empleara esa mañana para alcanzar la parada del autobús, y se precipitó jadeando hacia la taquilla contigua a la de él. Llegó un instante antes que Damen y su multitud de adoradores, que había abierto una brecha para dejarle paso.

Hacía mucho que no estaba tan cerca de él, y aquello la afectó más de lo que habría pensado. Le había visto, en fotos al menos, durante todo el verano, pero ahora lo tenía allí, en persona.

Se sentía deslumbrada. Al aproximarse, la muchedumbre se cerró en torno a él. Cuanto más cerca lo tenía, menos divisaba. Se internó en el tumulto que le rodeaba, tratando de acercarse algo más, pero a cada intento acababa asfixiada por la vorágine. Así, en su primer día, Charlotte se descubrió ocupando una posición sobradamente familiar: en el exterior mirando hacia dentro.

Cp2
cita2

En el mundo yo era sólo una persona más,
pero anhelaba ser el mundo para una persona.
—gg

intro2

Que pase lo que tenga que pasar.

Creer en ello puede ser bueno y no tan bueno. Puede servir de consuelo cuando nos cuesta asimilar o dar explicación a un suceso. Pero también puede desposeernos por completo de toda voluntad, pues nos exime de responsabilidad. Si todo sale a pedir de boca, entonces el empeño para conseguirlo habrá sido inútil porque lo que fuera tenía que pasar de todas formas, con o sin nuestra intervención. Charlotte trataba de decidir si tenía más fe en sí misma que en el Destino.

cap2

Sonó el timbre para la primera clase, y la muchedumbre que rodeaba a Damen se dispersó. El parloteo del pasillo se fue apagando al tiempo que los estudiantes se dirigían a clase, y el único sonido que se podía escuchar ya era el eco metálico de los portazos en las taquillas y el de la banda del instituto entonando un ridículo arreglo de lo que parecía ser el Why Can‘t I Be You de The Cure.

A pesar de los contratiempos matutinos, Charlotte se esforzó por conservar el optimismo. Después de todo, su primera clase era Física, con el profesor Widget. Y con Damen. Y con Petula también, todo hay que decirlo. La clase de Física se le presentaba a Charlotte como un documental de mundo animal. Tendría la oportunidad de estudiar el exótico comportamiento de chicas tan populares como Petula, las Wendys y sus amigas, y lanzarse a la caza de Damen.

Charlotte se coló discretamente en clase y a su izquierda vio cómo los estudiantes ocupaban sus sitios preferidos, dejaban caer bolsas y abrían y cerraban las cremalleras de sus mochilas en busca de cuadernos, bolígrafos, lápices, calculadoras. Se podía adivinar que era el primer día de clase porque todos estaban... tan bien preparados, por no decir que completamente felices de estar allí.

Los únicos asientos libres que pudo localizar se hallaban al fondo, detrás de Petula y las Wendys. Uno de ellos era probable que se lo estuvieran reservando a Damen, pensó. ¡Genial! El resto del curso pasaría la primera hora al ladito de la Lista A de Hawthorne. Una situación perfecta. Mientras se dirigía hacia el fondo del aula, sin embargo, Charlotte se percató de que su presencia no era precisamente bienvenida.

Ni un «choca esos cinco», ni un «¿qué tal el verano?», ni siquiera un «hola» por parte de los compañeros a su paso. Ni un solo comentario acerca de su tan trabajado cambio de aspecto ni tampoco el más mínimo gesto de cortesía. Únicamente desaprobación en el ceño fruncido de las dos Wendys y cara de «¿quién se ha tirado un pedo?» por parte de Petula cuando se aproximó al pupitre que permanecía desocupado detrás de ellas.

Charlotte tomó asiento y miró al frente con ojos inexpresivos mientras contaba cabezas. ¡Ni rastro de Damen! ¡Al final iba a resultar que no estaba en esa clase! Pero tenía que estarlo. Al menos eso era lo que ponía cuando abrió al vapor el sobre de su preinscripción. Hacerse con ese retazo de información había sido el único objetivo de las prácticas de verano en la oficina del director. Sintió que se le revolvía el estómago.

En la pizarra se podía leer en grandes letras mayúsculas atracción y magnetismo y debajo aparecían los cuatro pelos repeinados del a todas luces decrépito y calvo profesor Widget. Estaba encorvado, y lucía su camiseta la física mola un ion que se ponía cada año a principio de curso.

—Buenos días a todos. Soy el profesor Widget —dijo levantándose de un salto al sonido del timbre. Su pose sufrió una repentina transformación. De la de viejo científico loco a la de presentador de un concurso. Su nombre siempre levantaba alguna que otra risita cuando se presentaba, y ese año no iba a ser la excepción. Pero las risas se apagaron con la misma rapidez con que habían brotado y dieron paso a un mar de miradas entornadas y cuellos estirados. Todos estaban al tanto de los rumores, pero muy pocos habían tenido la oportunidad de observarle así de cerca.

Aunque no resultara obvio a primera vista, a medida que el profesor Widget continuó hablando, advirtió cómo paseaba la mirada sin mover la cabeza un ápice. Es más, parecía capaz de observar a todos los estudiantes a la vez. «Una herramienta muy útil para un profesor», pensó Charlotte, salvo que no se trataba ni mucho menos de una habilidad. Tenía un ojo de cristal.

—Todos ustedes cuentan con algunos conocimientos básicos sobre biología, química y ciencias o de otro modo no estarían aquí, ¿verdad? —dijo con cierto sarcasmo—. De modo que el primer tema que tocaremos este cuatrimestre será —y para acompañar sus palabras se giró de medio lado con una gracia inusitada y señaló, con la palma levantada, la pizarra— atracción y magnetismo, las leyes de la atracción.

»A todos ustedes les interesa la atracción, ¿correcto? —continuó haciendo vibrar las erres. Charlotte tuvo que sujetarse el brazo para evitar que éste saliera disparado hacia arriba y expresar cuán de acuerdo estaba con él—. Y puesto que yo siempre he creído que la mejor forma de aprender es la experimentación... nuestra primera tarea será escoger pareja para las prácticas de laboratorio. De modo que levántense, por favor, y busquen pareja.

Los alumnos empezaron a mirarse unos a otros y señalaban a sus amigos en diferentes puntos del aula, algunos gritaban y daban saltitos como si acabaran de entrar en la Academia de Operación Triunfo. Las Wendys ya formaban un combo y Petula seguro que quería a Damen, aunque no lo suficiente como para esperarle mucho más tiempo. Pasados unos breves segundos de impaciencia, tiró hacia sí de la más próxima de las dos Wendys, Wendy Thomas, para no quedarse colgada y emparejada a un perdedor.

Wendy Anderson, a su vez, se emparejó a toda velocidad con el último guaperas que encontró, mientras los demás hacían su elección frenéticamente. Charlotte se quedó sola, la única a la que nadie había escogido. Tanto la había distraído la ausencia de Damen que no había prestado atención a nadie más. Pero ahora, al verse allí humillada hasta el tuétano, la totalidad de su historia escolar se le vino encima como un jarro de agua fría.

«¿Cómo es posible sentirse tan sola en una habitación repleta de gente?», pensó al tiempo que sentía que sus orejas empezaban a arder.

Widget paseó la mirada por el aula y detectó a unos cuantos rezagados que entraban en el último minuto, y procedió a hacer un llamamiento nada entusiasta en favor de Charlotte.

—Vamos, chicos, parece bastante... capaz.

Charlotte estaba esperando que se lanzara a dar voces como un subastador, pero se equivocó, a Dios gracias.

—¿Nadie que quiera emparejarse con...? —Widget la señaló y farfulló torpemente tratando de dar con el nombre de Charlotte, pero no consiguió recordarlo—. Esto... ¿con ella?

Pero antes incluso de que acabara de formular su pregunta, los estudiantes estaban ya todos emparejados. El sonido de la banda de música que ensayaba en el pasillo pareció ganar intensidad ahora en los oídos de Charlotte. Y las risas que dejara atrás junto a la hoja de inscripción para animadoras retumbaron de nuevo en su mente.

Justo cuando la situación no podía ser más embarazosa, la puerta se abrió de golpe.

—Siento llegar tarde —se apresuró a disculparse Damen ante el profesor Widget.

¡Allí estaba! Las nubes se habían dispersado y el sol volvía a brillar.

—Vaya, precisamente la persona que andábamos buscando —contestó Widget, consciente de que emparejarle con Charlotte era castigo más que suficiente por su tardanza. Y continuó—: Le presento a la que será su pareja este cuatrimestre.

—Tengo una nota —imploró Damen con la mirada desorbitada.

Charlotte no cabía en sí de gozo. Ya era una suerte que él estuviera en su clase, pero que además fuera su pareja de laboratorio era el culmen de la felicidad. ¿De veras estaba sucediendo? Sin saber cómo, consiguió mantener la compostura cuando Damen se dirigió hacia ella, resignado.

El profesor Widget se acercó para decirle algo a Damen pero, debido al ojo de cristal, Charlotte pensó que tal vez fuera a ella a quien se dirigía. Ninguno de los dos estaba seguro del todo y ninguno quería empezar con mal pie, de modo que ambos prestaron atención.

—Creo que debería aprovechar este emparejamiento. Yo diría que es cosa del Destino —dijo Widget, guiñando su ojo sano.

Charlotte estaba loca de contenta y completamente conforme, mientras que Damen parecía algo deprimido y un poco confuso, tanto por la afirmación como por el ojo de cristal de Widget, el cual veía de cerca por primera vez. El profesor Widget se inclinó hacia Damen en un gesto muy suyo.

—Le diré algo, van a presionar mucho a los estudiantes atletas este año. Hay una nueva política. O conserva una media de aprobado en todas las asignaturas o le echan del equipo —advirtió.

Charlotte, viendo una oportunidad para avanzar en su estrategia, sonrió y espetó:

—¡Me encanta la física!

El profesor Widget y Damen la miraron con cara rara, como quien observa a un loro amaestrado graznando palabras absurdas desde su jaula. Widget se alejó con una sonrisita burlona en el rostro y empezó a recoger sus cosas. Damen se inclinó hacia Charlotte, tratando de ser discreto.

—Oye... —susurró Damen—, esto... —tartamudeó, al tiempo que trataba con torpeza de dar con su nombre.

—... Charlotte —contestó ella amablemente, apuntándose a sí misma con un dedo.

—Eres lista... —continuó él como si tal cosa.

—Gracias —repuso ella, y cruzó las manos a la espalda de forma modesta, como si él le hubiese hecho un cumplido insinuante.

—Me pregunto si... —prosiguió.

—¿¿¿Sí??? —contestó ávidamente Charlotte, ¡como si él fuera a pedirle salir en ese mismo momento y lugar!

—¿Estarías interesada en, bueno, ya sabes, en darme unas clases o así? —le preguntó.

Charlotte no era tan ingenua como para interpretar aquello como un gesto romántico, o amistoso siquiera. Sabía que él tenía un motivo oculto primordial. Con todo, desterró la idea y se concentró en el lado bueno. No era una invitación al baile, pero sí una oportunidad para pasar algún tiempo a sola

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