100% memoria

Pedro Bekinschtein

Fragmento

“Fabricar recuerdos lleva tiempo, pero ella

era tan impaciente que vivió amnésica.”

Fragmento de “Un cuento que no recuerdo”,

de un autor cuyo nombre he olvidado.

¿QUÉ ES LA MEMORIA?

Cuando somos chicos, las primeras referencias acerca de la amnesia vienen de los dibujos animados y de los comics. En mi caso, una de ellas venía del libro de Asterix conocido como El combate de los Jefes o El golpe de menhir. En él, Obelix, el compañero de Asterix, de huesos grandes y fuerte porque cayó en una marmita de poción mágica cuando era bebé, hace y reparte menhires, una especie de obeliscos de piedra tallada de gran tamaño. En este episodio, Obelix golpea al druida, quien no solo pierde la memoria sino que cambia su personalidad.

De más grandes, nos vamos encontrando con casos similares, como aquel individuo que tuvo un accidente de moto y se golpeó la cabeza, que repetía: “¿Y Candela?” Es decir, es común asociar un golpe en la cabeza con la pérdida temporaria de la memoria. Lo que no es tan común es que un nuevo golpe de menhir o un nuevo accidente hagan que se recupere la memoria, eso ya es ficción. Ya hablaremos de dónde puede que esté la memoria en la cabeza. Por ahora quiero que te quedes con la idea de que la memoria tiene un sustrato físico, no se trata de ondas que viajan por el aire ni de partículas microscópicas flotando en el neuroéter que nos atraviesa.

La pregunta acerca de qué es la memoria es complicada de responder. Uno se vive enfrentando a cosas que no sabe qué son, por ejemplo, cuando vas a una restaurant étnico y te sirven algo indescifrable. Te preguntás qué es, nadie te quiere decir, o tiene un nombre como “ghkúndrkbgbg gogó”. Entonces lo que hacés es dar una definición que tiene que ver con las características de eso que te sirvieron. Es rosado, con manchas negras que parecen ojos, parecería que un cordero se comió un pollo que se había comido un langostino y vomitó esto en mi plato. La textura es similar a la de una bombita de agua. De hecho es como si hubieran puesto a un seamonkey dentro de una morcilla transparente. Tiene gusto a una mezcla de mejillón con té de hace dos días y olor a media sucia de adolescente que viene de jugar al fútbol. Esto, mi querido lector, es una definición operacional. Este tipo de definición es muchísimo más útil que un simple nombre de algo de lo que no conocemos nada, porque nos da información, podemos imaginarnos de qué se trata.

Con la memoria ocurre algo parecido, los científicos tenemos muchísima información acerca de lo que se necesita para construir recuerdos, para almacenarlos, para recuperarlos y hasta olvidarlos, pero todavía no podemos decir exactamente qué son los recuerdos. No obstante, es probable que nos estemos acercando peligrosamente. Pero es necesario que entiendas el problemita que tenemos los que estudiamos la memoria. Podemos hacer manipulaciones del cerebro que van desde un batazo en la cabeza hasta apagar un grupo de neuronas en un pedacito muy chiquito de tejido nervioso y producir la pérdida de la memoria. Así podemos saber que la perturbación que hicimos produjo amnesia, porque dejamos de observar evidencias de que la memoria está. La pregunta es si esa amnesia aparece porque destruimos o interferimos en el sustrato biológico de ese recuerdo o en el mecanismo biológico involucrado en su recuperación. En el primer caso, el recuerdo no está, porque destruimos su almacenamiento. En el segundo caso, el recuerdo está, aunque no es accesible. Como desconocemos exactamente la naturaleza física de los recuerdos, no podemos distinguir entre estas dos posibilidades. Se trata de un pequeño detalle que deberás tener en cuenta a lo largo de tu lectura, lo siento mucho.

Como vamos a construir juntos una definición operacional de lo que es la memoria, te propongo que sigamos adelante y vayamos armando este rompecabezas para ver hasta dónde llegamos. En ese sentido, este libro es una aventura, puede que sea un embole de aventura, pero una aventura al fin.

CÓMO ME SACO ESTO DE LA CABEZA

Resulta que estás apurado porque llegás tarde a una cita romántica con alguien que te copó, que conociste por una aplicación del teléfono, pero estuviste chateando y luego hablando y decidiste que quizás sea tu última oportunidad de formar una pareja duradera y no morir solo, consumido por el odio y las moscas que se alimentaron de tu hediondo cuerpo cuando estabas semi-muerto, y de tan deprimido ni te molestaste en sacártelas de encima.

Te tomás un taxi porque no sería bueno parecer impuntual en esta cita importante, la muerte no será impuntual a la hora de llevarte cuando estés pudriéndote entre restos de latas de atún y sopas instantáneas. El taxista te habla, pero vos estás concentrado en no cagarla esta vez, al menos no como en la última cita, que te pusiste nervioso y con la transpiración de las manos se te resbaló la jarra de gazpacho que cayó al suelo haciendo que el mozo que pasaba patinara y dejara volar unos langostinos empanados. Uno de ellos fue a parar a la boca de tu cita que resultó ser alérgica a los mariscos y desarrolló un edema de glotis. Por suerte un médico de la mesa de al lado llevaba Decadrón y se lo inyectó. Luego tu cita se fue con él, se casaron y tuvieron unos hijos adorables.

Por fin tus pensamientos se interrumpen por algo que están diciendo en la radio. Presentan el nuevo tema de la banda de reaggeton-death-metal llamada “El Calzón Diarreico de Hulk”. Definitivamente no es tu tipo de música, pero no querés pedirle al taxista que baje el volumen, porque preferís la radio antes que una conversación que seguro termina en un “a esos hay que matarlos a todos”. La canción se llama “La danza de las nalgas” y es horrible, pero tiene un estribillo muy pegadizo que dice “Tus nalgas se mueven como en un terremoto, con ese trasero me saco una foto”. El estribillo se repite hasta el hartazgo y aun luego de bajarte del taxi, es imposible sacártelo de la cabeza.

Te encontrás con tu cita y a la media hora de conversación, cuando te pregunta qué opinás de su posición respecto del conflicto palestino-isrealí, te das cuenta de que no escuchaste casi nada, porque tu cabeza estaba intervenida por El Calzón Diarreico de Hulk y su pegadizo estribillo. Ya es tarde cuando te avivás de que hablaste pero de tu boca sólo salió la frase “con ese trasero me saco una foto”.

Este fenómeno de palabras que quedan dando vueltas en la cabeza fue analizado hace mucho tiempo por dos psicólogos alemanes, Georg Müller y su discípulo Alfons Pilzecker. En esa época no existía la versión en alemán de “La danza de las nalgas” porque corría el año 1900, pero ahora sí podés escuchar “Tanz-Gesäß” que es un hit en las discos de Berlín. Por el año 1900 entonces, estos dos psicólogos publicaron una monografía de 300 páginas intitulada “Experimentelle Beiträge zur Lehre vom Gedächtnis” o “Contribuciones experimentales para la ciencia de la memoria” en el que describían 40 experimentos desarrollados entre los años 1892 y 1900. En algunos de esos experimentos, les enseñaron a los sujetos experimentales listas de sílabas sin sentido que estaban asociadas de a pares, por ejemplo “rit-zir” o “mur-geim”. Notaron que cuando evaluaban la memoria para una lista que recientemente habían aprendido, aparecían incorrectamente sílabas pertenecientes a una lista anterior. Es decir, el recuerdo de la lista anterior perseveraba, permaneciendo en la cabeza como una canción que no se quiere ir o un jingle de una publicidad de quitamanchas. No obstante, la cantidad de errores por intrusión de sílabas de otras listas disminuía a medida que pasaba el tiempo y al día siguiente, ya no aparecían.

En ese momento, los científicos especularon que esta perseverancia de las sílabas era el resultado de una actividad transitoria en el cerebro que codificaba una forma de memoria de corto plazo. Era como si los circuitos tuvieran que reverberar y mantener las asociaciones en la memoria para que de alguna manera se estabilizaran y no rompieran más las pelotas provocando errores en otros aprendizajes. Por “reverberación”, me refiero a una especie de eco que deja la estimulación de los circuitos, aunque los estímulos ya no estén presentes. Como cuando te rompieron el corazón y aún escuchás las angustiantes palabras “tenemos que hablar”. De esta forma Müller y Pilzecker empezaron a pensar que quizás esta perseverancia de las sílabas en la memoria de corto plazo era necesaria para reforzar las asociaciones y realizaron una predicción que iba a tener enormes consecuencias para el estudio de la memoria, hasta el presente.

Ellos dijeron que si la perseverancia era necesaria para reforzar la memoria, impidiendo que ocurriera deberían poder interferir en la formación de estas memorias asociativas. Imaginate que tu pareja que se va de viaje te acaba de pedir que te acuerdes de darle el medicamento al gato, 3 gotas, dos veces por día, porque si no se hincha de líquido y puede explotar, y justo al final de su explicación ves que subieron a Netflix toda la saga de Star Wars, cosa que captura por completo tu atención. Al cabo de un rato, tu pareja se fue y vos pensás: “¿Me dijo que hiciera explotar a 3 gatos 2 veces por día o se acaba el mundo?” Es posible que si no te hubieras distraído con Star Wars, el mensaje se hubiera almacenado con más fuerza. Esta era la hipótesis de Müller y Pilzecker hace más de un siglo y para determinar si tenían razón, por supuesto, hicieron los respectivos experimentos que fueron 10. No te puedo contar los 10 experimentos por una simple razón, mi alemán es casi nulo y no hay traducción al inglés para la monografía de Müller y Pilzecker, así que sacaré la información de lo que algunos autores lograron traducir.

Los sujetos experimentales atravesaron dos condiciones diferentes. En una de ellas, debieron aprender una lista de sílabas (lista A) que les fue leída ocho veces. Para evitar que las sílabas de la lista A perseveraran en la memoria, 34 segundos después de la lectura, los sujetos tuvieron que aprender una nueva lista de sílabas (lista X). Al día siguiente, los psicólogos evaluaron la memoria para las sílabas de la lista A. En la segunda condición, tuvieron que aprender otra lista (lista B), pero no se interpoló una nueva lista, permitiendo que las sílabas perseveraran en el cerebro. Al día siguiente evaluaron la memoria para la lista B. Al analizar los resultados de este experimento, Müller y Pilzecker observaron que los sujetos experimentales recordaban mucho mejor las sílabas de la lista B (que no había sido seguida por otra lista) que las de la lista A, cuya perseverancia había sido interrumpida por una lista X. La conclusión fue que, efectivamente, si se interrumpía este proceso de perseverancia, la memoria no se fortalecía lo suficiente. Más tarde realizaron un experimento similar, pero en vez de interpolar una lista X después de la lista A, utilizaron material visual. Inmediatamente después de las ocho lecturas de la lista A, presentaron tres imágenes consecutivas con paisajes y les pidieron a los participantes que las describieran durante seis minutos. Al comparar con una condición sin la presentación de las imágenes, hallaron resultados similares a los del experimento anterior, cuando no se interpolaba material la memoria era mejor que cuando debían prestarle atención a los paisajes. En un tercer experimento, retardaron seis minutos la presentación de la lista X luego de la lectura de la lista A y no observaron diferencias en la retención de la memoria entre las listas A y B. De esta manera concluyeron que este proceso necesario para el reforzamiento de la memoria duraba un tiempo que ellos estimaron en diez minutos. Pasado ese tiempo, la memoria ya no podía ser debilitada por nuevos aprendizajes. Müller y Pilzecker acuñaron el término “consolidación” para referirse a este proceso por el que la memoria se estabilizaba con el tiempo y una vez estable, ya no era susceptible a intervenciones por aprendizajes de nuevo material.

Este trabajo sentó las bases para muchos otros estudios sobre la consolidación de la memoria que llegan hasta la actualidad. Sin embargo, dentro de la psicología, pasaron muchos años hasta que se pudieron unir dos teorías que parecían contrapuestas. Otros psicólogos encontraron una manera distinta de explicar los resultados de Müller y Pilzecker, pero para comprender de qué se trata, te voy a pedir que pienses en alguna vez que te hayas agarrado un pedo de novela. Es vox populi que el alcohol ingerido en altas cantidades produce amnesia. El mecanismo es complejo, pero parte de los efectos que produce la ingesta de alcohol se debe a que disminuye la actividad de ciertas neuronas, impidiendo que muchos de los procesos cerebrales ocurran con normalidad o que simplemente ocurran. Volvamos a esa noche de pedo atómico en la que empezaste con un sutil daikiri de albahaca, pero terminaste tomándote la leche cortada de la heladera con la esperanza de que se tratara de fermentación alcohólica. Sabías que era láctica, pero la mezcla de tinto, fernet, y ese licor de algo desconocido que encontraste en un armario y tenía flotando una oruga en medio de su metamorfosis impidió que pensaras claramente. Claro que no recordás nada de esto, confiás en el testimonio de otras personas que, en comparación, en la fiesta deben haber parecido expertos en ceremonial y protocolo. Lo interesante es que recordás con extrema claridad los eventos previos a la ingesta desenfrenada de bebidas espirituosas. Te acordás de haberte juntado con amigos a cenar, comieron pizza napolitana y te tocó una porción en la que el tomate tenía la cara de la virgen. Te acordás de cada uno de los mensajes que recibiste en tus 20 grupos de whatsapp en las dos horas anteriores a la debacle en la que quedaste abrazado a la maceta del ficus que se convirtió en tu único amigo.

La pregunta es cómo sucedió que tuviste una amnesia profunda de lo que ocurrió en la fiesta, pero una memoria casi perfecta de lo que pasó antes. Los psicólogos idearon la teoría de la interferencia, que sostiene que las memorias adquiridas en tiempos cercanos compiten por su espacio en el cerebro. De la misma manera en la que la mitad de las galletitas se quedan afuera de tu boca si intentás comerte un paquete entero al mismo tiempo, las memorias pueden quedar fuera del sistema cerebral si querés meter muchas al mismo tiempo. Y como no hay memoria fuera del cerebro, no pasa como con las galletitas que te las podés comer con pelusa, la oportunidad para aprender pasó. Entonces, ¿qué hace el alcohol? Al disminuir la actividad de ciertas partes del cerebro que participan del aprendizaje, bajo su efecto, no aprendemos ni retenemos casi nada. Por lo tanto, existe muy baja interferencia sobre los aprendizajes inmediatamente anteriores que, ante la poca competencia, permanecen frescos e irreductibles. O sea, no se produce lo que los científicos conocemos como “inhibición retroactiva” que es la interferencia de nuevos aprendizajes con aprendizajes anteriores, pero cercanos en el tiempo. Bueno, ¿pero cómo juntamos todo esto? Con paciencia, con fe, con esperanza, pero sobre todo con mucha ciencia y grandes ideas.

UN CACHO DE CULTURA NEUROBIOLÓGICA

Antes de que entre en los detalles de la biología de la memoria, necesito que nos pongamos de acuerdo en cierta terminología, pero sobre todo que te familiarices con la manera en la que la información fluye en el cerebro. Para eso, hay que hablar del material del que está hecho este baboso órgano, porque hueco no está. Seguro escuchaste frases como “la memoria está almacenada en circuitos dentro del cerebro” o “los recuerdos se hallan en las conexiones sinápticas entre determinadas neuronas”. Pero si no sos neurocientífico es probable que te hayas preguntado qué quiere decir todo esto, por qué se dice que hay circuitos en el cerebro si yo no siento la electricidad y qué diablos es una sinapsis y por qué rompen tanto las bolas con ellas. Bueno, el tema es apasionante, y no lo digo porque yo lo estudie. La idea de que podamos representar información que viene de nuestro ambiente externo en un sistema biológico es casi fantástica.

Como este es un libro sobre la memoria, voy a utilizar un recuerdo propio para ilustrar un fenómeno de la historia de la ciencia. Cuando yo era chiquito tenía un juego en el que armaba canaletas por las que tiraba unas bolitas de vidrio que iban cayendo con continuidad desde la parte superior hasta el piso. El problema es que si había un espacio entre las canaletas y no estaban alineadas exactamente una abajo de la otra, la bolita se caía al piso y no terminaba su recorrido. Otro ejemplo usado para la comunicación es el de los tubos neumáticos en los que unas cápsulas con mensajes u objetos en su interior son transportados por tuberías mediante vacío. Como todas las tuberías están interconectadas en una sola red, el mensaje puede llegar adonde uno quiera. De hecho, a principios del siglo XX se pensaba que en el cerebro la información se transmitía de esa manera. Y esa explicación no había salido de la galera, uno de sus principales impulsores fue el médico y citólogo Camillo Golgi, que era un estudioso de las células, no uno que daba consejos para citas románicas. Golgi, el mismo del “aparato de Golgi” —organela celular que debés recordar de la escuela primaria junto a la palabra “vacuola”— había desarrollado una técnica para poder observar el tejido cerebral al teñir a sus componentes y hacerlos visibles al microscopio. Se veía como algo así:

Cuando Golgi empezó a ver esas imágenes, le pareció lógico pensar que el cerebro era como una red de tubitos muy finos conectados unos con otros. Sabía que había células ahí, porque podía ver los núcleos celulares, pero pensó que estaban todas unidas entre sí en lo que se llama “sincicio” que es como una célula gigante con muchos núcleos. Esta observación iba a contramano de la recientemente aceptada teoría celular. Propuesta por el histólogo y fisiólogo Theodor Schwann y el botánico Jakob Schleiden, esta teoría sostiene que los seres vivos están compuestos de células individuales. Es decir, la célula es la unidad funcional de la vida. No obstante, existen ejemplos de sincicios en la naturaleza, por ejemplo, el moho del fango que está formado por amebas que se unen entre sí, formando una masa citoplasmática multinucleada que se come todo lo que haya a su paso, incluso ese guiso espantoso que cocinan los ingleses en esa húmeda tierra ideal para que crezca el moho. En esa época ya existía la idea de que la información en el cerebro se transmitía mediante impulsos eléctricos y, si se trataba de un circuito todo conectado, la electricidad se transmitía a través de esos cables sin solución de continuidad. Me gusta decir “solución de continuidad”, suena científico, pero no entiendo mucho por qué se usa el término. La cuestión es que, al no haber baches o zonas en las que los cables estén separados, no había razón para pensar que la transmisión no era puramente eléctrica. Igual, seguro escuchaste hablar de los neurotransmisores, así que hay algo que falló en toda esta serie de interpretaciones bien lógicas.

La teoría del sincicio se denominó reticularista, nombre que provenía de pensar al cerebro como una red de cables. Si Golgi hubiera tenido una banda de música popular brasilera, se hubieran llamado “Os Rechicularistas”. Y cuando “Os rechicularistas” estaban en la cresta de la ola de popularidad apareció un solista que empezó a opacar su fama. Se llamaba Santiago Ramón y Cajal, Santiago de nombre, Ramón y Cajal de apellido. Así, este individuo con crisis de triple personalidad utilizó la misma técnica de tinción de tejido que Golgi pero su interpretación fue otra. Ramón y Cajal vio el tejido así:

Su apreciación del tejido sugería que la estructura del cerebro no desafiaba a la teoría celular, sino que simplemente las neuronas eran unas células muy complejas, con ramificaciones que hacían contactos, pero sus membranas no estaban unidas en un continuo de lípidos. Llamaron a esta explicación la doctrina neuronal que se resumía en la idea de que las neuronas eran las unidades funcionales de los circuitos cerebrales y no un monstruo multinucleado que te comía la cabeza. Los científicos estuvieron debatiendo durante décadas estas dos posibilidades, abriendo una grieta que habrá generado discusiones apasionadas y probablemente haya destrozado familias enteras de investigadores. La historia es irónica, porque ambos científicos utilizaron la misma metodología y sin embargo sus conclusiones fueron extremadamente diferentes y hasta opuestas. Ambos investigadores fueron galardonados con el premio Nobel de Fisiología y Medicina en el año 1906, cosa un poco ridícula porque los dos no podían tener razón. Años de investigación dieron mucho más soporte a la doctrina neuronal y en el presente no caben dudas de que las neuronas son las unidades funcionales que transmiten la información en el sistema nervioso. No obstante, existen casos poco frecuentes en los que las neuronas comparten sus citoplasmas y son capaces de transmitir señales eléctricas en forma continua.

El problema con la doctrina neuronal es que, si las neuronas son células individuales, ¿cómo hace la información para llegar de un lugar al otro si no hay continuidad entre las unidades funcionales? Unos años antes del premio a Golgi y Ramón y Cajal, el neurofisiólogo inglés Charles Sherrington había propuesto teóricamente la existencia de contactos funcionales entre las neuronas a los que llamó sinapsis, que, como toda palabra científica que se precie, viene del griego “synaptein” (“syn” juntos y “haptein” apretar”). Pasaron alrededor de 50 años hasta que la sinapsis fue observada al microscopio electrónico y los más imaginativos dijeron que se parecía a un beso apasionado entre dos membranas plasmáticas. Pero esto planteaba un problema comunicacional, porque si las neuronas están separadas por un estrecho espacio, ¿cómo le pasa un mensaje una a la otra? Dicen que la respuesta se encontró en los sueños de otro científico.

PODRÁN DECIR QUE SOY UN SOÑADOR

Soy de aquellos que nunca se coló en el subte, tampoco me copié en ningún examen. Una vez en pleno parcial de química orgánica fui al baño acompañado por un ayudante y otros alumnos, el ayudante estaba ahí para que no nos pasáramos las respuestas. Sin embargo, al entrar al baño, el docente mismo nos dijo: “Bueno, ¿qué necesitan saber?” No pregunté nada, pero no pude evitar escuchar las respuestas y me dio mucha culpa. Nunca me copié, pero sí ayudé a varios a completar sus exámenes y a terminar la secundaria. Sin embargo, hay impedimentos a la hora de asistir a un amigo en su ignorancia y falta de estudio, sobre todo si está sentado en la otra punta del aula ¿Cómo hacer para pasar información a través de ese abismo que nos separa? Obviamente gritar no es una opción, a menos que tengamos una docente sorda y ciega, lo que hablaría muy bien de las políticas de inclusión del establecimiento educativo. Pero no, los docentes están afilados y el sonido dispara la búsqueda incesante de la infracción. Aunque como ese grillito que deja de hacer ruidito cuando lo buscamos desesperadamente para volver a empezar cuando abandonamos la búsqueda, los alumnos también encuentran sus estrategias de superviviencia a la completa ignorancia. Una estrategia podría ser la de escribir las respuestas en un papel y enviarlo tipo avioncito o como bollo a su destino. Si es “multiple choice”, es más fácil, agarrás una bolsita de M&M y tirás rojo si la respuesta es “A” y azul si es “B”, y si no sabés, mandás marrón que quiere decir que todo es una mierda y van a desaprobar los dos. En cualquier caso, como la información no puede ser leída directamente, tiene que transformarse para viajar en otro formato.

A fines del siglo XIX ya había bastantes evidencias de que la transmisión de información en el sistema nervioso era de naturaleza eléctrica, pero la doctrina neuronal y la idea de que no había continuidad entre las neuronas planteaba un problema para la transmisión eléctrica. Como en toda comunicación, existe una parte que emite un mensaje y otra que lo recibe. En el mundo neuronal la comunicación se establece en las sinapsis, que son los puntos de contacto. De un lado de la sinapsis está la neurona pre-sináptica (la portadora del mensaje) y del otro lado la célula post-sináptica (la que tiene que recibir el mensaje), que normalmente es una neurona, pero también puede ser una célula muscular, como por ejemplo las del corazón. Como no existe continuidad entre las membranas plasmáticas de ambas células, existe un espacio sináptico que pone un freno a la transmisión eléctrica que viene de la neurona pre-sináptica. Además se sumaba otro problema. En algunos casos la estimulación de una neurona pre-sináptica estimulaba a una neurona post-sináptica, pero a veces hacía lo opuesto, o sea la desactivaba, , una cuestión muy difícil de explicar si la transmisión fuera solo eléctrica. Por eso, los científicos empezaron a pensar en un tipo de transmisión química. Para eso la electricidad se tenía que transformar en alguna sustancia que atravesara ese abismo sináptico y volviera a transformarse en electricidad del otro lado. Parece ciencia ficción, lo sé, lo cuento y suena completamente lógico y descabellado a la vez. Pero los sueños, sueños son y a veces la ciencia los hace realidad. Por los años ‘20, el fisiólogo alemán Otto Loewi tuvo un sueño, el de ser rey de una tierra lejana de chocolate y helado de vainilla de la heladería que estaba a la vuelta de la casa de sus padres. Bueno, no, perdón, ese era un sueño mío. El de Otto Loewi fue diferente porque soñó con un experimento, y no de esos fallidos que generan superhéroes y villanos, sino un experimento factible que involucraba corazones de batracios. Por suerte los científicos somos bastante resistentes a la batraciofagia, nos comemos pocos sapos. Es una de las pocas ventajas de haber tenido entrenamiento en el uso de este tipo de herramientas del pensamiento. Otto Loewi no soñó con ancas de rana saltadas ni con besos que transformaban ranas en princesas que se acariciaban. No, no fue uno de esos sueños eróticos. Sabía que besar ranas podía ser peligroso, algunas son venenosas y pueden matarte, otras dejarte en un estado del que despertarás en un autobús lleno de estudiantes de teatro desnudos llevando pollos enteros en la cabeza. Dicen que luego de tener ese sueño, se levantó y se fue al laboratorio con una idea que cambiaría la historia. Otto Loewi quitó el corazón de dos ranas y los llenó con una solución fisiológica tibia que los mantenía latiendo por varias horas. Se veían más o menos así:

Luego, el investigador estimuló eléctricamente el nervio vago —un conjunto de fibras que inerva el corazón— de uno de los corazones. Su estimulación produce una reducción en la frecuencia cardíaca. El corazón cuyo nervio no había sido estimulado mantenía una frecuencia normal. Pero entonces Otto hizo algo científicamente espectacular, quitó el líquido del corazón estimulado y lo inyectó dentro del corazón no estimulado y observó que el segundo corazón ahora empezaba a latir más lentamente. Luego hizo un experimento similar en el que estimuló otro nervio llamado “simpático”. Esta estimulación aceleró al corazón estimulado y el líquido de este corazón provocó un aumento en la frecuencia cardíaca del no estimulado. Había algo que se producía por la estimulación que no era eléctrico, era químico, porque se disolvía en la solución fisiológica y mantenía su efe

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