Una fuerza para el bien

Daniel Goleman

Fragmento

Capítulo 1
Reinventar el futuro

La BBC —British Broadcasting Company— transmite su noticiario a todo el mundo. Las señales de onda corta llegan hasta Dharamsala —la remota ciudad del Himalaya— incluida su parte más alta, McLeod Ganj, donde vive Tenzin Gyatso, el 14° Dalai Lama.

El Dalai Lama comenzó a escuchar la BBC en Tibet durante su juventud y se cuenta entre sus más devotos oyentes. Dado que le otorga gran importancia a su confiabilidad como fuente de información, cuando está en casa la sintoniza siempre a las 5.30 a.m., la hora en que desayuna.

“Escucho la BBC todos los días, y las noticias me cuentan sobre asesinatos, corrupción, abuso, locura”, me dijo el Dalai Lama. La diaria letanía de injusticias y sufrimiento humano lo ha llevado a comprender que la mayoría de las tragedias causadas por el hombre son resultado de una sola deficiencia: la falta de piadosa responsabilidad moral.

En su opinión, nuestra moral debe señalarnos nuestras obligaciones para con los demás como reflejo de lo que desearíamos para nosotros mismos. Pero cualquier noticiario matutino puede servirnos como barómetro de la ausencia de ese timón moral. Las informaciones fluyen como un mar de negatividad que nos invade: niños cuyas casas son bombardeadas; gobiernos que suprimen brutalmente el disenso; devastación de áreas naturales. Oímos sobre ejecuciones sangrientas, invasiones, trabajo esclavo, incontables refugiados, trabajadores que no logran proveerse de vivienda y alimento. El listado de las faltas humanas parece interminable.

Hay en todo esto una rara sensación de déjà vu. Las noticias de hoy replican las del año anterior, la década anterior, el siglo anterior. Estos relatos de infortunio y tragedia solo son las actuales versiones de hechos muy antiguos, los errores más recientes en el curso de la historia.

Si bien podemos enorgullecernos de los progresos realizados durante ese largo trayecto, ante la persistencia de la destrucción y la injusticia, de la corrupción y la inequidad, no podemos sino angustiarnos.

¿Dónde están las fuerzas capaces de construir el mundo que deseamos?

El Dalai Lama nos insta a crearlas. Su perspectiva singular nos ofrece un claro sentido de la orientación equivocada que ha seguido la familia humana y de lo que podemos hacer para comenzar a recorrer una historia mejor que, en lugar de repetir constantemente las tragedias del pasado, enfrente los desafíos de nuestro tiempo con recursos internos para modificar el relato. Él es capaz de imaginar el necesario antídoto: una fuerza para el bien.

Más que cualquiera de las personas que he tratado, el Dalai Lama encarna y promueve esa fuerza. Lo conocí en los años ochenta, a lo largo de las décadas lo he visto en acción docenas de veces, siempre expresando algún aspecto de su mensaje , y ha pasado horas detallando para este libro esa fuerza para el bien que él imagina.

Esa fuerza comienza por contrarrestar las energías de la mente que impulsan nuestra negatividad. Para evitar que el futuro vuelva sobre las huellas del pasado el Dalai Lama nos dice que debemos transformar nuestra mente, debilitando la influencia de nuestras emociones destructivas y fortaleciendo así lo mejor de nuestra naturaleza.

Sin ese cambio interior somos vulnerables a reacciones instintivas como la ira, la frustración y la desesperanza, que solo nos conducen a los mismos infortunados senderos. Pero con este cambio interior positivo podemos encarnar más naturalmente el interés por los demás y actuar con piedad, la esencia de la responsabilidad moral. De esta manera nos preparamos para llevar a cabo una misión más amplia con una nueva claridad, calma y compromiso. Así seremos capaces de afrontar asuntos que parecen inextricables: la corrupción de los dirigentes, la desidia de las elites, la codicia y el egoísmo como principio rector de las acciones, la indiferencia de los poderosos hacia los indefensos.

La visión del Dalai Lama aspira a que una revolución social que comience en nuestra mente evite los callejones sin salida con que se toparon anteriores movimientos en pos de un mundo mejor. Pensemos, por ejemplo, en el mensaje de Rebelión en la granja, la premonitoria parábola de George Orwell. La obra nos habla de la manera en que la codicia y el ansia de poder corrompen las “utopías” que deberían derrocar a los déspotas y ayudar a todos por igual. Y que, por el contrario, recrean los desequilibrios de poder y las injusticias del pasado que habrían debido erradicar.

El Dalai Lama observa nuestros dilemas a través de la lente de la interdependencia. En palabras de Martin Luther King: “Estamos ineludiblemente atrapados en una red de mutua dependencia, atados a la vestidura del destino. Lo que afecta de manera directa a uno de nosotros, afecta de manera indirecta a todos”.

Dado que somos parte de los problemas, algunas de las soluciones están a nuestro alcance. En consecuencia, la fuerza para el bien se encuentra potencialmente en cada uno de nosotros. En la medida y la manera en que nuestras posibilidades nos lo permitan, podemos empezar a movernos en la dirección correcta. Todos juntos somos capaces de crear un movimiento, una fuerza más visible en la historia para delinear el futuro que nos libere de las cadenas del pasado.

El Dalai Lama afirma que las semillas que plantemos hoy pueden cambiar el curso de nuestro futuro compartido. Tal vez los frutos de algunas de ellas puedan obtenerse inmediatamente y otros sean cosechados por las generaciones venideras. Pero si fundamos nuestro esfuerzo conjunto en este cambio interior la diferencia puede ser enorme.

En el transcurso de su vida el Dalai Lama ha recorrido un complejo trayecto que lo condujo a esta visión. A los fines de este libro consideraremos el tramo final, el que comienza cuando adopta el enfoque de un mundo sostenible.

UN PREMIO AL PACIFISMO

El lugar es Newport Beach, California. La fecha, el 5 de octubre de 1989.

El Dalai Lama ingresa en la sala. Un coro de cámaras cliqueantes y el staccato de los flashes lo recibe allí, donde se realizará una conferencia de prensa porque acaba de anunciarse que le han otorgado el Premio Nobel de la Paz.

Han pasado apenas unas horas desde que él se enteró de la noticia, que aún está asimilando. Un periodista le pregunta que hará con el dinero del premio, cercano a un cuarto de millón de dólares.

Sorprendido al saber que el premio incluye dinero, responde: “Maravilloso. Hay en India una colonia de leprosos a la que desearía donar dinero”.

Al día siguiente me dijo que inmediatamente después pensó que también podría hacer donaciones a personas que padecían hambre. Tal como suele recordarnos, él no se ve a sí mismo como el alabado “Dalai Lama” sino como un simple monje que no necesita el dinero del Premio Nobel. Cuando recibe dinero, invariablemente lo dona.

Recuerdo por ejemplo una conferencia con activistas sociales que se realizó en San Francisco. Al finalizar las sesiones se dieron a conocer las cifras del evento. La venta de entradas había producido, una vez descontados los gastos, alrededor de 15.000 dólares. Allí mismo el Dalai Lama hizo un anuncio que causó grata sorpresa en el auditorio: haría una donación a una de las agrupaciones participantes, que trabajaba con jóvenes pobres en Oakland y se había inspirado en ese evento para llevar a cabo otros similares. Ocurrió hace años. Desde entonces lo he visto repetir ese generoso gesto (es así como ha donado las utilidades que resulten de la venta de este libro).

La noche anterior a las 10 p. m. —como de costumbre, el Dalai Lama se había retirado a dormir a las 7 p. m.— un llamado desde Noruega informó que el embajador había partido para anunciar en persona a quién correspondía el Premio Nobel de la Paz 1989.

A la mañana siguiente el Dalai Lama hizo sus ejercicios espirituales, que comienzan a las 3 a. m. y finalizan alrededor de las 7 a. m. (con un intervalo para desayunar y escuchar la BBC). Nadie se atrevió a interrumpirlo para informarle sobre el premio, de modo que la noticia se hizo pública antes de que alguien pudiera ponerlo al tanto de la novedad.

Entretanto su secretario privado rechazaba un tsunami de pedidos de entrevistas de los medios más destacados del mundo. Un repentino contraste con la situación de los años anteriores, en que con frecuencia los periodistas eran reticentes a ofrecer información sobre él. De pronto la prensa mundial lo aclamaba. Al parecer, todas las grandes cadenas televisivas y los diarios más importantes del mundo querían entrevistarlo.

Aunque los teléfonos no dejaban de sonar, esa mañana el Dalai Lama indicó serenamente a su secretario que continuara con los compromisos de la agenda. Ese día tenía prevista una reunión con neurocientíficos que no se cancelaría. Por lo tanto, los pedidos de entrevista debían ser rechazados o pospuestos. Solo admitía agregar a su agenda una conferencia de prensa a última hora de la tarde.

Para esa hora casi un centenar de reporteros y fotógrafos había llegado hasta el salón del hotel donde se realizaría la improvisada conferencia de prensa. Los fotógrafos armaban una suerte de scrum de rugby para conseguir la mejor ubicación desde donde capturar imágenes.

Muchos de los periodistas —reclutados con urgencia entre los equipos que cubrían la industria cinematográfica en el cercano Hollywood— estaban habituados a un tipo de celebridad totalmente distinto. En esta ocasión se enfrentaban a una persona que no ansiaba fama, dinero ni la atención de la prensa mundial.

En la era del selfie, cuando tantos de nosotros nos sentimos obligados a exhibir todo lo que hacemos y comemos, con su actitud radical este ser parece decirnos que no somos el centro del universo, que nos relajemos, que abandonemos la obsesión por nosotros mismos y que reduzcamos nuestras ambiciones personales para poder pensar también en los demás.

Consideremos su reacción al ganar el Premio Nobel. Estuve presente en su conferencia de prensa porque había terminado de moderar un diálogo de tres días sobre acción compasiva entre un puñado de psicoterapeutas y activistas sociales y el Dalai Lama. Un día después de que recibiera el premio, le hice una entrevista para el New York Times. Le pregunté una vez más cómo se sentía. En su “inglés básico”, como él suele calificarlo, me dijo: “Yo no siento mucho, que digamos”. En cambio, le agradaba la alegría de quienes habían trabajado para otorgarle ese premio. Una reacción que expresaba lo que su tradición denomina mudita: sentirse dichoso por la dicha de los demás.

El Dalai Lama tiene su veta jocosa. Al parecer el arzobispo Desmond Tutu, su querido amigo, estimula esta faceta alegre y traviesa. Ambos conversan y bromean como dos niños. Más allá del decoro que un evento requiera, el Dalai Lama siempre parece dispuesto a reír. Recuerdo que durante una reunión con científicos contó un chiste sobre sí mismo (como lo hace a menudo). Había participado antes de muchas reuniones similares y según me dijo le traían a la memoria un antiguo relato tibetano sobre un yeti que capturaba marmotas. El yeti se apostaba frente a la entrada de la madriguera de unas marmotas. Cuando una marmota salía, la capturaba y se sentaba sobre ella. Pero cada vez que se levantaba para capturar una nueva presa debía ponerse de pie y la marmota que ya había atrapado se escapaba.

Sonriente, el Dalai Lama dice que lo mismo le ocurre a su memoria con todas las lecciones de ciencia que ha estudiado.

En una oportunidad participó de un panel de discusión con científicos en una universidad. Previo al comienzo del coloquio un coro de estudiantes de escuela secundaria cantó para agasajar al auditorio. Cuando empezaron a cantar el Dalai Lama fue hasta el escenario y allí permaneció, junto a los coreutas, escuchándolos embelesado.

Fue un hecho fuera de protocolo. Los demás integrantes del panel y las autoridades de la universidad que se disponían a saludarlo formalmente permanecieron en sus lugares, desconcertados. El Dalai Lama sonreía a los cantantes sin prestar atención al auditorio, que le sonreía a él.

Invitados a una reunión con el Dalai Lama, dos docenas de directivos de empresa ocuparon sus asientos en torno a una gran mesa, con él a la cabecera. Mientras los participantes conversaban un fotógrafo contratado para documentar la ocasión se tendió en el piso, junto a la silla del Dalai Lama, y comenzó a cliquear su cámara con gran teleobjetivo. El Dalai Lama interrumpió la frase que estaba pronunciando, miró perplejo al fotógrafo y riendo le sugirió que permaneciera allí para hacer una siesta. Finalizada la reunión el hombre tomó una foto formal del grupo. Mientras los ejecutivos se congregaban para ser retratados el Dalai Lama fue hacia él, lo abrazó y posó para una foto con ese fotógrafo.

Considerados individualmente esos momentos parecen irrelevantes. Pero se cuentan entre las miríadas de datos que revelan la singularidad de la configuración emocional y los algoritmos sociales del Dalai Lama: una sintonía empática con quienes lo rodean, humor y espontaneidad, y un sentido ecuánime de la unidad de la familia humana, así como una notable generosidad, por mencionar solo algunos rasgos.

Su negativa a presentarse como un santo y su disposición a reírse de sus debilidades son para mí sus cualidades más sorprendentes y dignas de admiración. La compasión es para él aliada de la alegría, nada tiene que ver con tediosas perogrulladas.

Sin duda estos rasgos se fundan en los estudios y prácticas en los que el Dalai Lama ha estado inmerso desde la niñez, a los que hasta la actualidad dedica cinco horas diarias (cuatro por la mañana y una por la noche). Esta práctica cotidiana modela su sentido moral y su imagen pública.

Su autodisciplina para cultivar cualidades como la curiosidad investigadora, la ecuanimidad y la compasión sustentan una jerarquía de valores única que le otorga una perspectiva radicalmente distinta del mundo, de la que fluye su visión.

Nos conocimos a principios de los años ochenta, cuando visitó Amherst College. Su viejo amigo Robert Thurman —por entonces profesor de esa universidad— nos presentó. Recuerdo que el Dalai Lama nos hizo saber que esperaba una discusión seria con los científicos, lo que resonó tanto con mi trayectoria como psicólogo como con mi trabajo de periodista científico para el New York Times.

En los años siguientes organicé para él varios encuentros con colegas de mi especialidad —o participé de ellos— y le envié artículos sobre descubrimientos científicos publicados en el Times. Mi esposa y yo nos habituamos a asistir a sus conferencias. Y así, cuando me pidió que escribiera este libro no lo dudé.

Si bien la mayoría de mis libros exploran con cierto detalle nuevas tendencias científicas y aun cuando la visión del Dalai Lama se apoya más en la ciencia que en la religión, este no es un libro científico. Si ofrezco evidencia científica es para apoyar esa visión o para ilustrar un tema. Los lectores que deseen más información pueden recurrir a las fuentes que cito.

Sin duda, la visión que surge de mis entrevistas con el Dalai Lama está influida por mis propios intereses y pasiones, al igual que la narración. Aun así, me esfuerzo por ser fiel a sus conceptos básicos y a la esencia de su convocatoria.

EL HOMBRE

Tenzin Gyatso llegó a desempeñar su rol internacional como consecuencia de accidentes históricos. Durante más de mil años ningún Dalai Lama —la máxima autoridad religiosa y política de Tibet— residió fuera de los territorios budistas tibetanos. En la infancia el 14° Dalai Lama recorría el enorme Palacio Potala en Lhasa, donde al igual que sus predecesores era entrenado en asuntos tales como filosofía, debate y teología, y en la manera de desempeñar sus roles rituales.

En la década de 1950, la invasión de Tibet por parte de China lo arrojó al mundo exterior a los muros del palacio. En 1959 huyó a India. Desde entonces ha vivido allí. Nunca regresó a su tierra natal.

“Perdí mi libertad a los 16 años”, señala. Fue cuando asumió el rol de máxima autoridad religiosa y política de Tibet. Y afirma que perdió su país cuando se marchó. El film Kundun, que rastrea los primeros años del Dalai Lama, refleja esa pérdida. En su huída hacia la India el joven cae de su caballo. Al mirar atrás ve a los guardias tibetanos que lo han escoltado hasta allí. La atmósfera es algo melancólica, porque lo han abandonado en esa tierra extraña y porque tal vez nunca vuelva a verlos. Sus custodios regresan a un país en peligro por el cual posiblemente deban arriesgar la vida. Cuando esos rostros conocidos se pierden en la distancia, el Dalai Lama da media vuelta. Mientras sus anfitriones indios le dan la bienvenida a su nuevo hogar se siente entre extraños.

Hoy, en cambio, “se siente entre amigos dondequiera que vaya”, tal como afirmó su viejo amigo, el actor Richard Gere, al presentarlo en un acto público.

Antes de nuestra generación, las personas que vivían fuera de Tibet nunca tuvieron la posibilidad de ver a un Dalai Lama. Ahora Tenzin Gyatso viaja constantemente por el mundo. Conversa un día con buriatos budistas en la Federación Rusa y a la semana siguiente, con científicos en Japón. Como quien juega a la rayuela, salta de las aulas a los auditorios colmados de espectadores.

Tal vez el único obstáculo para tener contacto con más personas sea su imposibilidad de obtener visado para ingresar en distintos países del mundo que, presionados por China, temen las consecuencias económicas que esto pudiera acarrearles: en los últimos años los gobernantes chinos parecen ver en cada actividad del Dalai Lama un sesgo político, una intención de socavar el dominio de China sobre Tibet.

Aun así, si observamos un itinerario del Dalai Lama lo vemos disertar sobre “ética secular” ante estudiantes en Nueva Delhi para luego viajar a ciudad de México donde —entre muchos otros compromisos— hace una exposición sobre armonía religiosa dirigida a un millar de sacerdotes católicos, dialoga con un obispo y ofrece una conferencia pública en un estadio acerca de la compasión en acción. A continuación parte rumbo a New York para ofrecer sus enseñanzas durante dos días, y en el viaje de regreso a Nueva Delhi hace una breve escala en Varsovia para participar de una Cumbre por la Paz.

Aunque con lentitud al comienzo, gracias a esta inmersión global el Dalai Lama fue transformándose en un estadista a escala mundial. Antes de recibir el Premio Nobel sus conferencias de prensa congregaban solo a un centenar de periodistas. Recuerdo el desánimo de su representante oficial en Estados Unidos, cuando en 1988 el Dalai Lama hizo una gran concesión a los chinos al decir que su objetivo era conseguir la autonomía de Tibet, resignando así de la independencia.

Si bien su declaración tenía fundamental importancia para los defensores de la causa tibetana —y posiblemente fue una de las razones por las que recibió el Nobel al año siguiente— el New York Times se limitó a publicar en una de las páginas interiores un párrafo tomado de un cable.

Pero después de ser premiado por el Comité Noruego del Nobel sus actividades comenzaron a despertar un creciente interés en la prensa y el público en general. El 14° Dalai Lama se ha convertido en un ícono, incluso para la cultura popular. Su rostro apareció en un anuncio publicitario de Apple, en un sticker que alienta a surfear una ola con la consigna “¡Anímate!” y en una lista casi interminable —aunque a veces engañosa— de frases que se le atribuyen.

Su actitud al respecto es amplia. Tal vez sus seguidores opinen que debería limitarse a hacer sus ejercicios al amanecer pero la publicidad, la fama y el torbellino de los medios pueden utilizarse para el bien. Ahora su mensaje compasivo tiene “un micrófono más potente”, tal como lo describe Thupten Jinpa, su intérprete.

El Dalai Lama se cuenta entre el puñado de figuras públicas admiradas que hoy son encarnación de profundidad interior y gravitas. Son pocos —tal vez ninguno— los famosos que igualan su estatura moral o el poder de su presencia, por no mencionar la atracción que despierta. En todo el mundo sus presentaciones convocan a gran cantidad de personas que a menudo llenan estadios.

Durante décadas el Dalai Lama ha recorrido el mundo. Se ha reunido con personas de diversos orígenes, niveles sociales y puntos de vista. Desde habitantes de asentamientos precarios en Sao Paulo o Soweto hasta jefes de estado y científicos galardonados con el Premio Nobel. A toda esta vasta gama de encuentros lleva su infatigable motivación: la compasión. En lugar de perderse en las diferencias del “nosotros” y “ellos”, comprende a la humanidad como un todo. Las dificultades que enfrenta “la familia humana” —tal como él la denomina— son globales, trascienden las fronteras. Es lo que ocurre con la brecha creciente entre ricos y pobres y con el inexorable deterioro que las actividades humanas ocasionan en los sistemas planetarios que sostienen la vida.

A partir de esta combinación el Dalai Lama ha diseñado un plan que nos ofrece esperanza, guía y objetivo a todos nosotros. Un mapa que podemos seguir para orientar nuestras vidas, para comprender el mundo, para evaluar qué hacer y cómo delinear nuestro futuro compartido.

La visión del Dalai Lama para la humanidad implica una manera de ser y de percibir que modifica los valores que hoy prevalecen. Él imagina un mundo más solidario y compasivo, capaz de afrontar con más sensatez los desafíos comunes. Un mundo más adecuado a las exigencias de un planeta interconectado. Y esta visión de lo que podría ser va más allá de la esperanzada idea de ofrecer el germen para desarrollar los antídotos pragmáticos que necesitamos con más urgencia que nunca.

UNA VOZ TRANSFORMADORA

Un joven, hijo de aldeanos analfabetos que vivían en un pueblo apartado, se vio obligado a huir de su tierra. Durante más de medio siglo fue un hombre sin patria. Nunca tuvo un hogar, un auto o un salario, y menos aún inversiones de algún tipo.

Nunca tuvo una familia. Nunca asistió a una escuela común. Su formación consistió en una serie de enseñanzas sobre arcanos métodos filosóficos, rituales, y un plan de estudios desarrollado hace unos 600 años.

Sin embargo mantiene regularmente profundas discusiones con algunos de los científicos más avanzados del mundo. Visita con frecuencia a líderes poderosos, al igual que a estudiantes y a todo tipo de ciudadanos, incluidos aquellos que viven en los barrios marginales de todo el mundo. Viaja sin cesar, siempre dispuesto a aprender.

Por supuesto, la persona que describo es el Dalai Lama, un hombre sumamente raro en este planeta, libre de muchas obligaciones que delimitan las inquietudes de la mayoría de nosotros con respecto a nuestra vida, nuestra familia y amigos, nuestra comunidad, nuestro país.

Aunque carece de formación en una especialidad, es especialista en ciertas dimensiones de la vida. En lugar de conocimiento, ha acumulado sabiduría. La suya es una destreza singular. Es experto en reflexión y calma, en altruismo y compasión. Casi nadie consideraría siquiera la posibilidad de meditar cinco horas diarias como lo hace el Dalai Lama. No obstante, es mucho lo que podemos aprender de esta práctica. La comprensión y el afecto que resultan de ella contribuyen a llevar una vida plena.

En materia de inversiones, consultamos a un experto en finanzas; sobre cuestiones de salud, a un médico. Cuando se trata de nuestra vida interior, de cómo ser una fuerza para el bien en este mundo, podemos confiar en que el Dalai Lama es un experto cuya guía puede beneficiarnos a todos.

Él nos dice que deberíamos comenzar por mirar hacia adentro, gobernar nuestra mente y nuestro corazón. Nos aconseja impedir que las terribles noticias que oímos nos desalienten porque en realidad solo reflejan una pequeña parte de la historia humana. Debajo de ese glaciar se halla un vasto reservorio de sensibilidad y bondad, que cada uno de nosotros puede acrecentar.

En los últimos años he escrito sobre liderazgo. En el Dalai Lama encuentro diversas lecciones útiles para cualquier líder. Como veremos, su visión de un mundo mejor a nadie excluye. Por el contrario, incluye a todos los estratos de la sociedad y a todas las personas del mundo. En su mensaje no hay parcialidad, a todos nos ofrece su guía.

Sin embargo, aun cuando tiene en mente ciertos objetivos, no indica qué acciones debemos realizar: cada persona debe tomar libremente la decisión de seguir el camino que él propone y las acciones que realizará en consecuencia.

El Dalai Lama no tiene interés en nuestro dinero, nuestra admiración o nuestra dirección de e-mail para agregarla a alguna lista o para formar una colección de “devotos”. Nos ofrece gratuitamente su perspectiva de la vida, la pone a disposición de quien desee adoptarla.

A partir de su comprensión de la red de conexiones humanas surge en él un auténtico interés por todos nosotros. En lugar de ocultar una agenda egoísta, su mensaje de liderazgo gira en torno a un principio: la genuina compasión.

Si converso con líderes, tanto en Davos como en Washington, oigo siempre las mismas quejas: los valores que rigen el mundo hacen que los ricos se olviden de los pobres, que los sistemas planetarios se degraden y que los gobiernos se paralicen frente a tan urgentes desafíos. Según me dicen, necesitamos un nuevo tipo de liderazgo que excluya la combinación de cinismo y egoísmo que nos ha dejado frente a un futuro distópico.

Cuanto más grande es nuestra esfera de influencia, tantas más son las personas que pueden recibir nuestra guía. En este sentido el Dalai Lama desempeña un rol global que alcanza a millones de seres humanos. Se ha convertido de facto en un ciudadano del mundo. Lleva más de medio siglo recorriendo incesantemente el globo. Cada año pasa meses en lugares remotos donde conoce a todo tipo de personas. Los problemas del mundo son sus problemas.

Los líderes orientan nuestra atención, dirigen nuestros esfuerzos hacia lo importante. En general, para atender las urgencias en el corto plazo: los objetivos del trimestre, la próxima novedad, la elección venidera. La prensa económica nos dice que los mejores líderes son aquellos cuyas astutas estrategias obtienen porciones de mercado y mayores ganancias para sus compañías. Destaca a los ejecutivos que han conducido a sus empresas a un excelente desempeño fiscal. Y aun cuando en ocasiones los gobernantes intentan una visión que se eleve por encima del impulso gravitacional de las políticas mezquinas, muy a menudo la inercia del sistema lo impide.

Si bien muchos de los actuales líderes se ajustan a los límites que imponen los hechos, beneficiando a un grupo en particular, estas dificultades o restricciones no limitan al Dalai Lama. Su ilimitada capacidad le permite expandir nuestro pensamiento para que comprendamos de qué manera pueden transformarse nuestros sistemas y beneficiar así al mayor espectro posible de personas. Puede decirse ent

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