Cárceles

Eduardo Alfredo Anguita
Daniel Cecchini

Fragmento

Prólogo

Por Federico Delgado*

En La persecución y el arte de escribir, Leo Strauss afirmó algo que se me vino a la cabeza tras la primera lectura de este potente texto. Dijo Strauss que “la literatura exotérica presupone que hay verdades básicas que ningún hombre decente pronunciaría en público porque dañarían a muchas personas que, habiendo sido dañadas, se sentirían naturalmente inclinadas a lastimar por su parte a aquel que pronuncia esas verdades desagradables. Presupone, en otras palabras, que la libertad de investigación, y la publicidad de todos los resultados de la investigación, no está garantizada como un derecho básico”. Esto significa que ciertos textos admiten una lectura literal y otra más profunda. Este es uno de ellos.

Se trata de una forma que el filósofo tiene de protegerse frente a los vientos de su tiempo. Por eso los textos que se inscriben en esa matriz están plagados de insinuaciones, ironías, denuncias, impugnaciones y otros recursos de intervención política que permanecen alojados en la lectura literal de una historia de vida. A veces el “sentido común” no está en condiciones sociales de escuchar o leer determinadas formas de ver el mundo. Debido a múltiples factores hay algunas construcciones sociales que se petrifican y luego se naturalizan. Así, permanecen como “verdades naturales” que logran, increíblemente, no ser corroídas por el inexorable paso del tiempo. De allí que aguijonear el “sentido común” a veces requiere de estrategias de protección y otras veces de estrategias que buscan llegar a impugnar el sentido común mediante un rodeo. Este libro se vincula con un rodeo.

Ello es así, porque a través de la narración de las historias de vida de los detenidos en las cárceles de nuestro país, los autores están diciendo más cosas. Trabajan al menos en dos niveles. El literal, que tiene que ver con crudas biografías. Y el otro, el que de algún modo describe el sistema de castigo social que la propia sociedad edificó. A veces por acción, a veces por omisión u otras por simple comodidad.

Decíamos que el texto admite una lectura literal. Ella es dinámica, ágil, seductora y revela las razones más profundas que llevan a las personas a la cárcel y humaniza a quienes están privados de su libertad sin ningún tipo de sentido normativo; es decir, trata de presentar las historias tal como son.

Gisela y las consecuencias de un amor complejo; Liz, que condensa la triste historia de las mulas que usan los narcos; Carla y una vida envuelta entre las drogas, la violencia callejera y la violencia estatal que la golpea para salvarla; Estefanía y una detención que es hija de una vida dura desde la infancia; Vanesa y su vida atravesada por delitos como medio para conseguir drogas; Dánika, que en el camino por reconfigurar su identidad se topó con la cárcel; Franco y su descripción antropológica de los hábitos carcelarios; Rodrigo y la ilusión de la libertad para empezar de nuevo; Luis, que explicó cómo el delito se convirtió en una forma de sentir que estaba vivo. Todos ellos, además, tienen un punto en común: destacan la extrema violencia de un sistema carcelario que, como mínimo, es tolerada por el Estado, y como máximo, auspiciada.

A la par, el libro invita a una lectura exotérica que a través de la prisión permite mirar el diseño del mundo en un momento histórico.

Un rápido repaso de la biografía de los detenidos muestra una característica común: la exclusión social. Una lectura más profunda del texto a partir de esa premisa permite especular alrededor de una denuncia que tiene que ver con el formato social. La relación social capitalista durante varios siglos generó una estructura social que giró en derredor del trabajo, pero en la actualidad, la transferencia del trabajo desde el sector industrial hacia los servicios siguiendo el desplazamiento de la economía, arrojó a un número considerable de personas hacia la marginalidad. En el capitalismo global se transformaron las relaciones del trabajo, de modo tal que se necesita poca mano de obra muy calificada para reproducirse. En esto consiste esa denuncia. Esa transformación social de las relaciones del trabajo provocó la existencia de un grupo de personas que no puede vender lo único que tiene para ofrecer: su fuerza de trabajo. En otras palabras: al mundo le sobra gente.

Las historias de vida narradas por los autores invitan a pensar si la cárcel es la única alternativa a la exclusión. La cárcel perdió el sentido iluminista de castigar la falta y suministrar las herramientas para que el infractor regrese a la sociedad “resocializado”. La cárcel quizá funciona como un depósito. Un depósito que, además, puede convertirse en un espacio de circulación de mercancías. Los presos son personas a las que hay que cuidar, vigilar, alimentar, etcétera. Algo así como mercancías sujetas a las leyes de mercado. Con crudeza: lo que expulsa el capitalismo regresa como negocio.

Loïc Wacquant señaló con precisión el paso del Estado Providencia al Estado Penitencia en Las cárceles de la miseria. La traducción material de ese desplazamiento se vincula con el encierro masivo por medio del endurecimiento de las leyes que reglan la libertad de las personas. Se facilitó el uso de la prisión preventiva y de la negativa a las excarcelaciones como elemento de control social. Estas políticas públicas aparecen ancladas en sofisticados soportes teóricos que crearon la necesidad social de una “justicia exprés”, capaz de condenar rápidamente a los culpables y capaz también de crear más cárceles. Presos y cárceles parece ser la receta apropiada para combatir la inseguridad que golpea a los ciudadanos. De paso, se convirtió en un negocio.

Ausencia de trabajo como eje vertebrador de la sociedad, personas arrojadas al vacío que son convertidas en prisioneros y luego en mercancías sujetas a explotación comercial y una fábrica social de pobres que no cesa de producir personas que nacen condenadas.

Esas perspectivas cuentan con la complicidad estructural de fuerzas de seguridad y sistemas de administración de justicia ineficientes, desmotivados y con esquemas de trabajo propios del Estado de bienestar que, aunque a la criolla, también se hizo presente en estas tierras.

La reacción político-judicial frente a este nuevo paradigma que se impuso de hecho fue de adaptación. Las políticas públicas no buscan cerrar la fábrica social de pobreza. Se focalizan en los efectos del formato social pero no en las causas que lo edifican. Por ejemplo, las legislaciones en materia de libertad se endurecen día tras día, las facultades de las fuerzas de seguridad se incrementan y los tribunales se adecuan a esa situación, como se puede. El libro, creo, admite esta lectura también. Ella es cruel, potente y necesaria.

Esta me parece la gran contribución de Cárceles: narrar historias de vida que son el fruto de nuestra sociedad y hacerlo de tal forma que nos invite a reflexionar sobre nuestra propia responsabilidad en ese diseño social. Sobre todo, en tiempos en que el modo de pensar se divide entre lo posible y lo imposible, entre lo racional y lo irracional, como si las fuerzas sociales tuviesen algún límite exterior, casi desafiando heréticamente la sentencia que nos legó Spinoza: nadie sabe lo que puede un cuerpo. En este contexto es inevitable traer hacia nosotros a Jean-Paul Sartre, el filósofo de la libertad no casualmente censurado de facto por el occidente biempensante. En el célebre prólogo a Los condenados de la Tierra, de Franz Fanon, Sartre nos dijo algo así como que, para romper los lazos coloniales, el Tercer Mundo no solo debía luchar contra los imperialismos instituidos sino también contra sí mismo. Para ser libre hay que ser autónomo y ser autónomo implica, entre otras cosas, no temer a la libertad y comprender que la existencia presupone a la esencia.

* Federico Delgado es abogado, sociólogo y, desde 2005, titular de la Fiscalía Federal Número 6 de la Capital Federal.

Introducción
Rompecabezas

La pena carcelaria se pretende como remedio reformatorio y, además, como ejemplo para una sociedad cargada de violencias. Las instituciones destinadas al encierro y la pérdida de la libertad proclaman la utopía de cambiar las conductas de las personas que transgredieron la ley. Las visiones sobre la vida en las cárceles tienen dos vertientes claras: quienes denuncian la crueldad del trato penitenciario y la corrupción judicial, por un lado, y quienes quieren castigos que llaman ejemplares con la idea de que un delincuente muerto o encerrado de por vida es una buena noticia para la sociedad.

Esta última idea, rectora de muchas visiones punitivas, parece desmoronarse cuando el cronista se encuentra en las cárceles reales, con jóvenes de familias pobres, que por dos o tres generaciones no conocieron el trabajo formal y que, en muchos casos, asumen la cultura del delito a partir de la experiencia de un par de generaciones anteriores. La Argentina, lo dicen las estadísticas más variadas, tiene cárceles pobladas de morochitos que conocieron al dentista o al oftalmólogo recién después de recibir algunas tundas en los pabellones de ingreso al penal.

En las cárceles hay sometimiento de personas y no solo cumplimiento de condenas. Es más, la cantidad de hombres y mujeres que tienen sus procesos penales abiertos es excesivamente elevada. Esas personas, con prisión preventiva y muchas veces sin siquiera condena de primera instancia, no viven en institutos penales distintos a los de los condenados, tal como establecen las leyes. Las cárceles están pobladas de injusticias y, además, de injusticias al margen de la ley. El bautismo a los presos no es más que golpizas, a veces brutales, no pocas con métodos de tortura.

Contar la cárcel, de eso se trata este libro. Los presos cuentan las horas, los días. Dicen que dormir es robarle horas al juez y que tomar brebajes tumberos (propios de la cárcel, o “tumba”) o consumir pastenacas (psicofármacos) les permite evadirse por un rato. Contar las horas, de modo obsesivo, rutinario, melancólico, es la tarea del preso que quiere volver a la libertad. Contar la cárcel, de modo aséptico, rudo, austero, parece la tarea de los cronistas. La crónica es una llave para entrar en las cárceles. También una llave para ventilar historias plagadas de carencias. Nos propusimos recorrer prisiones con el abc de todo cronista: mirar, observar, registrar, contar.

Sin más herramientas que esas, decidimos patear penales, recorrer institutos carcelarios, preguntar a distintos presos y presas si querían contar sus vidas, con apenas la idea de restituir algunas voces conflictivas. Y muchos quisieron contarlas. No son casos ilustrativos de un muestreo sociológico ni historias moralizadoras. Son —o intentan ser— el eco de esos seres ajenos a una sociedad que desconfía de cualquier tratamiento penitenciario y que, además, suele dar la espalda al día después a aquellos que recuperan la libertad.

Las prisiones son un territorio donde, además de los presos, están los expertos en administración y ejecución del castigo. La obsesión de las autoridades penitenciarias es mantener bajas las tasas de suicidios, de muertes evitables y de fugas. Los funcionarios de las prisiones tienen por misión, además de imponer disciplina, impulsar el estudio y el trabajo. La realidad es que muchos de ellos saben que pueden ganar plata extra si dejan entrar drogas, teléfonos celulares y hasta ser cómplices de alguna fuga.

En este contexto, si para los presos es difícil evadirse de la prisión, para los cronistas no es sencillo entrar. Trámites, documentos, una burocracia que se pone en marcha para medir la paciencia de quienes saben que los laberintos institucionales forman parte de la lógica penitenciaria. Una vez que algunas de las barreras cedieron, no solo se abrió el mundo de los presos y presas que dieron testimonios. Los detenidos firmaron papeles de conformidad para que sus nombres y apellidos pudieran ser publicados en estas páginas.

POR QUÉ ESTAS HISTORIAS Y NO OTRAS

Cuando nos propusimos escribir este libro pensamos que una idea rectora de las historias que queríamos contar es que las cárceles son un subsuelo de la Patria. El concepto lo tomamos prestado de aquella fuerte pincelada de Raúl Scalabrini Ortiz cuando dijo que el 17 de octubre de 1945 era el subsuelo de la Patria sublevado. La Argentina tiene muchos subsuelos, muchas culturas que viven y se desarrollan por debajo de los relatos visibles, los que circulan como si se tratara de modelos homogéneos, aceptados por los valores hegemónicos.

Las historias que contamos aquí no están centradas en las arbitrariedades que padecen los presos. Casi por el contrario, el libro pretende bucear en las propias identidades de algunas personas que están en prisión sin poner el eje en la crueldad sino en sus vidas personales. No pretendemos que constituyan casos representativos, porque el esfuerzo de estos cronistas estuvo dirigido a indagar en sus movimientos, sus gestos, su lenguaje, sus deseos, su infancia, su futuro. La obsesión de esos meses fue registrar y relatar vidas singulares, historias irrepetibles. La prioridad fue encontrar personas que estuvieran dispuestas a hablar, a repasar sin reparos ni hipocresías sus vidas frente a cronistas que tomaban nota durante horas, casi sin hablar, y con un puñado de preguntas abiertas.

En este sentido, Cárceles no es un ensayo sociológico, no está pensado para que el lector pueda extrapolar cada historia y a través de ella sentir que está ante un grupo etario o sector social determinado. No buscamos casos representativos para construir un edificio conceptual. Entonces, ¿por qué estas historias y no otras? Nos llevó mucho tiempo lograr que nos permitieran entrar a los penales y, además, que nos dieran la posibilidad de hablar con decenas de presos y presas para luego poder elegir nosotros a quiénes entrevistar. Tomamos varias historias de institutos del Servicio Penitenciario Federal donde se llevan a cabo programas con múltiples estímulos para que los presos puedan lograr más beneficios. Desde ya, esos programas no reflejan ni por asomo la media de los regímenes carcelarios, no solo por las ideas que los motivan sino porque insumen muchos recursos. Allí, los presos y las presas tienen trabajo, asisten a la escuela y tienen acceso a programas universitarios, entre otras actividades. Por el contrario, en la mayoría de los sistemas carcelarios hay superpoblación y hacinamiento, entre otras tantas arbitrariedades derivadas de tratos crueles combinados con presupuestos escasos. El capítulo sobre la cárcel de Villa Urquiza, en Tucumán, es muy elocuente en este sentido. El informe sobre el cual se basa lo que escribió el cronista Pedro Noli gracias a que el fotoperiodista Pablo Toranzo logró pasar larguísimas jornadas dentro de ese infierno con su cámara y su destreza para sobreponerse a situaciones riesgosas. Sin embargo, el lector notará que las voces de los presos de Villa Urquiza son mínimas, apenas un grito desgarrador, una botella en el mar de la impunidad y el trato inhumano a los detenidos en ese penal.

La realidad es que los institutos penitenciarios restringen al máximo el ingreso del periodismo a las cárceles. En todo caso, deciden dónde permiten el acceso. Ese es un factor por el cual en este libro no están relatadas las vidas en muchas cárceles de la miseria. El otro es que esos presos que viven en condiciones miserables son rehenes de sus palabras: no pueden contar qué les pasa porque al día siguiente, además de estar privados de libertad, son prisioneros de las normas no escritas. Y quienes escribimos estas páginas sabemos que, por encima de las cosas que contamos, están las vidas de aquellos que nos hacen depositarios de esas historias.

ZAPATOS DE BAILE

Escribir crónicas es internarse en un territorio donde se puede partir de alguna hipótesis pero solo para dejarla de lado cuando la realidad la derriba y así construir otra hipótesis que será nuevamente derribada. Leer crónicas, de la misma ma

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