Bianca Rocamora consultó la hora de reojo: era tardísimo, las nueve y media de la noche.
—¡Bianca! —Irene Mattei detuvo el piano y la fulminó con sus ojos verdeazulados—. ¡Estás desconcentrada! Has fallado en esa nota y has hecho que todo el grupo pierda el hilo.
Percibió las miradas compasivas de sus cuatro compañeras y el calor que le trepaba por las mejillas.
—Disculpe, profesora —susurró.
No se le habría ocurrido tutearla ni llamarla por el nombre de pila. La mujer había fijado las reglas el primer día: «Para mis alumnos soy profesora, y nada de tutearme, como hacéis los jóvenes, hasta para dirigiros al Papa».
—¿Por qué estás desconcentrada?
—Es tarde —se atrevió a señalar.
Hacía tres horas que ensayaban en el estudio de Irene Mattei, una de las mejores profesoras de canto lírico de Buenos Aires. Habían comenzado hacia las seis y media con ejercicios de respiración para relajar el cuello y las cuerdas vocales y para «ubicar» el diafragma, como decía la profesora, y habían continuado con vocalizaciones antes de lanzarse a practicar las piezas que entonarían en la catedral el Domingo de Pascua. No estaba cansada: estaba exhausta. De todos modos, no era eso lo que la preocupaba y distraía, sino imaginarse el caos en su casa: sus hermanitos sin cenar y su madre tirada en la cama con las típicas náuseas nocturnas que la asaltaban durante los primeros meses de gestación. Sabía lo que su madre estaba sintiendo por una simple razón: ella experimentaba lo mismo. «Debido a que tu Luna está muy cerquita de Neptuno (a esto, los astrólogos lo llamamos conjunción Luna-Neptuno), percibes lo que tu madre siente —le había explicado la astróloga Alicia Buitrago hacía poco—. Las dos tenéis una conexión casi telepática. Neptuno tiene poderes mágicos. Es el brujo, el hechicero del zodíaco. No te asustes».
Sí, se había asustado. La lectura de su carta astral —regalo de cumpleaños de Camila Pérez, su íntima amiga— la había asustado muchísimo porque le había revelado aspectos de sí misma que ella negaba, y también porque le había confirmado una sospecha: aquel 29 de enero de 1995, a las 7.25 de la mañana, cuando asomó la cabeza en la sala de parto, los astros se habían asegurado de que su vida nunca sería simple, ni fácil.
—Sí, es tarde —admitió la profesora Mattei—, pero tenemos menos de un mes para ensayar, y como solo podéis venir dos veces por semana, es poco tiempo. Una profesional se debe a su trabajo, Bianca. Si quieres llegar a ser una profesional, tienes que hacer sacrificios.
«Sí, pero yo tengo que ir a bañar y dar de cenar a mis hermanos», replicó para sí, con la cabeza echada hacia delante. La levantó de pronto al recordar lo que la astróloga Linda Goodman afirmaba acerca de los acuarianos que es frecuente que dejen caer la cabeza cuando meditan o tienen un problema.
Oyó el bufido de Irene Mattei y, enseguida, sus palabras de claudicación:
—Está bien. Puedes irte. ¿El resto puede quedarse un momento más?
—Sí —contestaron a coro las demás.
Bianca no sabía cómo afrontar la siguiente conversación con la profesora Mattei. Fue recogiendo las partituras y metiéndolas lentamente en su bolso —al cual Lorena, su hermana mayor, calificaba de «boliviano»—, mientras buscaba las palabras y la fortaleza necesarias. Rehuía los conflictos y los enfrentamientos, eso era un hecho, y, según Alicia, se debía a otra típica característica de los nacidos con el Sol en Acuario. De algún modo la tranquilizaba que Linda Goodman dijera que no eran cobardes, sino que simplemente no estaban creados para el combate. «Como sí lo está Leo», reflexionó. Leo, su opuesto complementario. Leo, el signo de Sebastián Gálvez.
La profesora la acompañó por el largo pasillo hacia la salida. Se trataba de un apartamento viejo, con techos altos y ambientes amplios, en el último piso de un edificio de la década de los cuarenta. Irene Mattei lo había remodelado y acondicionado de modo tal que el sonido no molestase a los vecinos.
—Profesora —susurró en un punto donde la oscuridad se acentuó—, no voy a cantar el Domingo de Pascua en la catedral.
—¡Qué! —la mujer se detuvo en seco—. ¿Qué estás diciendo, criatura? ¡Bianca, mírame cuando te hablo!
Levantó la vista y la fijó en la rabiosa de Irene Mattei. «¡Qué guapa es!», se dijo por enésima vez, y la recordó en los vídeos que había visto en YouTube, cuando, de joven, la gran Mattei cantaba en los teatros líricos de Europa, Estados Unidos y Asia, maquillada y vestida con los trajes de los personajes que encarnaba. Sin duda, gran parte de la seguridad que había desplegado provenía de la certeza de ser magnífica. «Igual que Lorena», concluyó.
—¿Qué me estás diciendo? ¿Que no vas a cantar en la catedral? ¿Por qué?
—No puedo cantar el Avemaría de Schubert, sola, frente a toda esa gente. No estoy preparada.
—¡Soy yo la experta! ¡Soy yo la profesora! ¡Soy yo la que dice cuándo estás preparada!
«¡Soy yo! ¡Soy yo! —la emuló la voz interior de Bianca—. ¿Quién podría negar que esta mujer nació el 13 de agosto y que es leo?».
—Hace más de un año que estás bajo mi tutelaje, Bianca. Sé muy bien que estás preparada. El Domingo de Pascua vas a cantar. No se hable más.
La tozudez de la Mattei se convirtió en un impacto doloroso para Bianca. Estaba amenazando lo que su naturaleza protegía con mayor celo: la libertad.
—No —insistió—, no lo haré.
Fue evidente el desconcierto de la profesora, que se quedó mirándola con los ojos como platos.
¿Era su libertad lo que estaba en juego o la horrorizaba convertirse en el centro, en el punto de análisis de cientos de personas? Según Alicia, en su carta existía una tensión muy marcada entre la energía de Urano —el loco, el excéntrico— y Saturno —el deber, la responsabilidad—, y esto le provocaba pánico al rechazo y a no «encajar», a no ser aceptada, por lo que prefería encerrarse detrás de su sonrisa amable y sus ojos melancólicos a mostrar su verdadera naturaleza, que era vibrante, distinta y rara, como la de toda personalidad acuariana.
—¿Adónde vas? —la increpó Mattei.
Bianca había reanudado la marcha hacia la salida. Necesitaba irse, escapar.
—A mi casa. Es tarde.
—¡No te irás antes de arreglar este asunto! ¡No cambiaré el programa, Bianca! Ya están impresos los carteles y los anuncios publicados en la red, y tu nombre está en ellos. No puedes decir primero que sí y después que no. Con esa actitud no llegarás jamás a ser una profesional.
Se le nubló la vista. Añoraba ser una cantante lírica profesional, y la sola mención de que no lo lograría le desgarraba el corazón. Se pasó el dorso de la mano por los ojos, sin éxito: las lágrimas siguieron brotando. Aturdida y con la respiración entrecortada, alcanzó el vestíbulo. La Mattei seguía despotricando a su espalda.
Dio un paso atrás al escuchar el ruido de llaves: alguien iba a entrar. La puerta se abrió, y Bianca no logró contener una exclamación. De todos los mortales, ¿qué hacía Sebastián Gálvez en el apartamento de la Mattei? Se acordó de que tenía los ojos llorosos, la nariz roja y el pelo hecho un desastre. «¿Alguien me puede pegar tres tiros? Gracias».
Si por un instante pensó que Gálvez no la reconocería, su ilusión se hizo añicos.
—¡Bianca! ¿Qué haces aquí?
Pocas veces la había llamado por su nombre por una simple razón: rara vez le hablaba. Y rara vez le hablaba no porque para él la elocuencia fuese un problema, todo lo contrario. La culpa era de ella, que se escondía al verlo y lo rehuía como si fuese el conde Drácula. Se acordó de las palabras de Camila cuando, por fin, se animó a confesarle que estaba enamorada de él desde hacía años. «¿De verdad? —se había sorprendido—. ¿Quién lo diría? Jamás me preguntas por él, y eso que sabes que Seba y yo somos muy amigos. Nunca lo miras, nunca dices nada acerca de él».
Lo miraba ¡y cómo! Pero lo hacía sin quedar expuesta; era una experta en eso. Y como para él, todo un rey león, resultaba vital que lo mirasen y admirasen, quienes no lo hacían se convertían en seres invisibles, como ella. «Para él no existo, soy lo mismo que el aire. Claro, sin el aspecto vital del elemento».
—Hola —saludó con voz temblorosa, como en falsete. Pasó junto a él y salió al rellano.
—¡Eh! —insistió Gálvez—. ¿Adónde vas?
—Déjala, Sebastián —intervino la Mattei, más calmada—. Déjala que se vaya, que es tarde. Mañana tú y yo vamos a hablar —añadió, y con el índice apuntó hacia Bianca—. A mí nadie me viene con caprichitos. Tengo una reputación que cuidar —cerró la puerta sin despedirse.
Bianca se quedó temblando en el descansillo, los ojos bien abiertos perforando la oscuridad. No conseguía librarse del estupor. ¿Qué hacía Gálvez donde la profesora Mattei? ¿Por qué tenía las llaves del estudio? Escuchó las voces elevadas que se filtraban por los resquicios de la puerta y se aproximó con paso tímido e inseguro. Apoyó la oreja, y el frío de la chapa blindada le provocó un escalofrío.
—¿Por qué estaba llorando? Te conozco, Irene. Sé lo borde que puedes ser. Y Bianca es solo una cría.
El comentario la sacudió del estupor. «Oh, bueno, no soy tan cría, Mr. Músculo. Mi primera menstruación la tuve a los diez años. ¿Eso no cuenta?».
—No es ninguna cría, Sebastián —replicó la Mattei—. ¿De qué la conoces?
—Somos compañeros del instituto. ¿Por qué estaba llorando?
—Pretende dejarme plantada para la presentación del Domingo de Pascua cuando ya tengo todo armado en torno a ella. Tiene una voz extraordinaria, la necesito.
«Ah, esta es buena. ¿Así que la gran Mattei piensa que tengo una voz extraordinaria? Me habría gustado que me lo dijera a mí en lugar de decirme que canto mal. Pero me gusta que se lo diga a Mr. Músculo».
—Hay que presionarla, de lo contrario, ella no la sacará fuera.
Temió seguir escuchando. Se retiró de la puerta y, sin encender la luz del descansillo, llamó el ascensor. Una calidad irreal la dominaba. «¿De qué te sorprendes? —se quejó—. ¿Acaso Linda Goodman no afirma que a un acuario puede pasarle cualquier cosa, y subraya lo de cualquier cosa?».
Si no hubiese estado tan ajustada con el dinero, habría tomado un taxi. Tenía miedo. Estaba sola en la parada del autobús, y en la calle no había un alma. Hechos delictivos y de violencia protagonizaban los informativos, sin mencionar que andaba suelto un violador al que la policía no conseguía atrapar y que había atacado en distintos puntos de la ciudad.
Se sobresaltó al sonido de un timbre, y enseguida se dio cuenta de que correspondía al portón automático del edificio de la Mattei, que se abría. Los faros de un automóvil bañaron de luz la acera antes de que apareciera el morro de un Peugeot 206, que avanzó lentamente y bien pegado al bordillo. Se detuvo en la parada, y Bianca retrocedió unos pasos, lista para huir.
La ventanilla tintada del copiloto descendió, y apareció la cara perfecta de Gálvez. Su sonrisa de anuncio de Colgate le dejó la mente en blanco.
—Te llevo a tu casa. No puedes estar aquí sola en la parada. Son casi las diez de la noche. ¿Qué pretendes? ¿Que te agarre el violador?
Bianca acertó a pensar: «Tengo un problema con este tío: cada vez que lo veo se me seca la boca y el corazón se me sube a la garganta, por lo que no puedo emitir palabra. Jamás conseguiré hablarle. No quiero subir al coche con él». Negó con la cabeza y soltó un «no, gracias» sin aliento. Gálvez debió de leerle los labios, puesto que dijo:
—¿Cómo que «no, gracias»? Si tu amiga Camila se entera de que te dejé aquí sola para que el hijo de puta del violador se haga un festín contigo, me mata.
La amistad entre Camila y Sebastián Gálvez se cimentaba desde los días vividos en las sierras cordobesas el año anterior. Se trataban con la confianza y el cariño con los que ella jamás podría relacionarse con él.
—Vamos, Bianca. No me hagas bajar para obligarte a subir al coche.
Le gustaba que la llamase por su nombre. Con nadie le sucedía, jamás reparaba en cómo la llamaban. En cambio, con Gálvez cada detalle contaba, hasta un simple pestañeo. La enfadó la dependencia a la que se sometía a causa de ese chico, por lo que se aproximó al Peugeot con paso decidido y cara de fastidio. Gálvez abrió la puerta desde adentro, haciendo gala de su brazo apenas cubierto por la manga corta de la camiseta Lacoste. Era largo, fibroso y grueso, y un pelo rojizo le cubría el antebrazo. Horas de levantar pesas habían modelado los músculos y remarcado los tendones. «Mientras se infla como un sapo con las pesas, el cerebro se le achica como un cacahuete», concluyó, para atizar el fuego de la ira.
Subió embanderada en su enojo y lo usó como un escudo. Cerró con un golpe un poco más fuerte del necesario y fijó la vista en el parabrisas. Gálvez levantó el volumen de la radio, y Wake Me Up When September Ends comenzó a sonar. Esa canción fue su perdición. La gustaba la voz de Billie Joe Armstrong, sobre todo en Wake Me Up When September Ends, que él había compuesto inspirado en lo que le pidió a su madre al regresar del entierro de su padre: «Despiértame cuando termine septiembre». Apretó las manos en torno a su bolso «boliviano» y se mordió el labio para reprimir el llanto.
«Cualquier cosa», recordó. En verdad, a los de acuario les suceden las cosas más disparatadas. Si no, ¿cómo se explicaba que ella se hallase confinada en el habitáculo de un coche, con el chico por el que suspiraba desde los trece, el cual jamás se había dignado a dirigirle una mirada, y a punto de echarse a llorar como lo hacía su hermanita Lourdes cuando tenía hambre, sueño y los pañales sucios?
Wake me up when September ends.
Here comes the rain again falling from the stars…
No seguiría por ese camino, no repetiría los versos de la canción, de lo contrario rompería, no a llorar, sino a gritar. «¿Qué me pasa?». Esa sensiblería no le resultaba conocida. Se aferró al pensamiento de su hermanita Lourdes, y se la imaginó en ese momento, hambrienta y fastidiosa, cranky, como decía la abuela Kathleen, que a pesar de haber llegado de Inglaterra más de treinta años atrás, no abandonaba su lengua materna.
En el primer semáforo en rojo, Gálvez la aferró por el mentón y la miró. Ella le permitió que lo hiciera hasta darse cuenta de lo que estaba sucediendo: Sebastián Gálvez estaba tocándola y mirándola con ojos seductores, de esos que usaba a menudo con otras. Bajó los párpados y apartó la cara.
—¿Por qué lloras?
A continuación sonó la canción de James Blunt You’re Beautiful, y Bianca habría jurado que el locutor de la radio se había confabulado con Gálvez y en su contra para hacerla quedar como una idiota.
—Pasa de Irene. A veces es una borde. ¿Qué te ha hecho?
Jamás conseguiría articular palabra. Segundo tras segundo, la pelota en la garganta adquiría dimensiones alarmantes. Entonces, recordó que ella, en el último año, había adquirido una gran habilidad para controlar su aparato respiratorio, no solo como consecuencia de los ejercicios para el canto lírico, sino por las técnicas que su tía Claudia le enseñaba para meditar. Y las aplicó. Respiró lenta y profundamente. Gálvez jamás habría adivinado lo que estaba haciendo porque utilizaba partes que los comunes mortales jamás usan, y su plexo solar no se movía. No obstante, sentía cómo el aire se deslizaba por su pecho, como si se tratara de un cilindro que comenzaba en la nariz y terminaba bajo el diafragma. La tensión la abandonaba, los músculos se relajaban, y ella adquiría el control.
—La profesora Mattei…
—¿Sí? —la animó él.
—Ella… Ella tiene razón.
—¿Sí? ¿Por qué?
Guardó silencio y estudió los movimientos precisos y seguros de esas manos sobre el cambio de marchas y el de las piernas sobre los pedales. Llevaba unos jeans azules y ajustados, de esos elásticos, que destacaban el trabajo de los cuádriceps cada vez que apretaba el acelerador. Extrañamente, eso le transmitió seguridad, algo que poca gente le inspiraba porque su primer impulso era desconfiar.
Alicia afirmaba que la raíz de su desconfianza destacaba claramente en su carta astral. «No solo eres desconfiada porque así lo marca tu naturaleza acuariana, sino porque tienes Urano en la Casa XII, la casa de las vidas pasadas, de lo oculto, de lo misterioso. Tienes que volver a tu pasado, tal vez a cuando eras muy pequeña, tal vez a cuando estabas en el vientre materno, y comenzar a investigar si existió allí algún hecho que te haya marcado de una manera negativa. Y tu padre… —había dicho la astróloga, antes de estudiar con un ceño el mandala que era su carta—. Tu padre es una figura muy fuerte. ¿Ves? Tienes Saturno en la Casa I, la de la personalidad, lo cual te convierte en una persona muy responsable, que quiere agradar al padre, cumplir con los cánones de la sociedad. Sin embargo, tu padre…».
—Con Camila te veo charlar todo el tiempo, como una cotorra.
«¿Ah, sí? ¿Me ves charlar? ¿De verdad me ves, Gálvez?».
—Y ahora parece que se te ha comido la lengua el gato.
Sonrió para mostrar un signo de normalidad.
—Es que estaba pensando que la Mattei tiene razón. Me comporté como una cría.
—¿Por qué? —la acicateó él al caer en la cuenta de que no agregaría nada más.
—Primero le dije que sí cantaría en una presentación y hoy le he dicho que no.
—Bueno, uno puede arrepentirse.
—No una profesional, sobre todo faltando menos de un mes. Es poco tiempo para este tipo de funciones.
—¿Cuándo es?
—El 8 de abril, el Domingo de Pascua.
—¿Dónde?
Bianca giró el rostro hacia la izquierda y se concentró en el perfil de líneas armónicas y regulares al que tantas veces había estudiado como bajo un microscopio. Lo conocía de memoria.
—¿Dónde? —insistió Gálvez, y, aprovechando el semáforo en rojo, la miró a la cara y le sonrió. Parecía feliz, como si el sentido de su existencia dependiera de esa respuesta. No se dejaría engañar, conocía bien sus dotes de seductor.
—En la catedral —respondió, sin convicción.
—¿A qué hora?
«¿A qué hora? ¿Por qué quieres saberlo? —sabía por qué: estaba planeando ir. La sola idea le convirtió las piernas en gelatina—. No te preocupes —se dio ánimos—. No irá. Sabes bien que los Ascendentes en Piscis son los eternos seductores y que dicen que te llamarán o que volverán a verte simplemente porque no pueden evitar halagarte y hacerte feliz. Pero no irá. Quédate tranquila». Agradecía a su amiga Camila que le había conseguido los datos de Gálvez para que Alicia trazase su carta astral, y le agradecía a esta que le hubiese cobrado poco para leérsela.
—A las seis.
—¡Voy a ir! Va a estar genial, ¿no? Oírte cantar como esas gordas de la ópera —rio con un sonido cristalino e inocente, casi de niño, que Bianca habría querido que repitiese—. Me cuesta imaginarte. Tan chiquitita…
—Pero no voy a cantar. Ya te he dicho que acabo de retirarme de la presentación.
—¡Ni se te ocurra! Irene dice que eres muy buena.
—¿De qué la conoces? —disparó, cuando su querido Urano, «el loco» para los amigos, y regente de su signo, Acuario, se decidió a entrar en escena. Aunque «el loco» habría seguido preguntado («¿Qué hacías en su estudio?», «¿Por qué tienes las llaves?», «¿Por qué te fuiste tan rápido? ¿Por mí?»), su Saturno en la Casa I entró corriendo y lo mandó callar.
Gálvez se puso nervioso: ajustó los dedos en torno al volante, frunció las cejas y se mordió el labio inferior. No había visto varios capítulos de Miénteme en vano; resultaba evidente que algo «fishy», como decía la abuela Kathleen, se cocinaba bajo esos gestos.
—Desde que era pequeño —contestó, con acento vago.
—¿Es amiga de tu madre?
—Fueron amigas en una época. Era nuestra vecina en el edificio en el que vivíamos cuando yo era niño, así nos conocimos.
—Entonces sabes que era muy famosa en el circuito de los teatros líricos durante los ochenta y al principio de la década de los noventa.
—Sí, sí.
—¿Cuántos años tiene?
—Casi cincuenta… Creo.
—No los aparenta para nada. Es guapa, ¿no?
—Sí… No sé.
—Un día dejó todo para casarse con un empresario argentino —estaba claro, le costaba mucho menos hablar de los demás que de sí misma.
—Sí, lo sabía.
—Me resulta increíble.
—¿Qué?
—Que haya dejado todo por un hombre. Era muy famosa.
—¿Por qué te resulta increíble? —Bianca se lo quedó mirando, desconcertada por la hostilidad que él mostró de repente—. ¿Acaso tú no lo harías por el hombre al que amas?
«No», habría dicho. En cambio, guardó silencio porque sabía que a él no le habría gustado la respuesta. Su ego leonino no lo habría aceptado. Ella estaba convencida de que, en una pareja, cada miembro debía realizarse y sentirse pleno; de lo contrario, no podía funcionar. No sabía de dónde nacía esta certeza porque nunca había tenido novio. «Nace de la sabiduría milenaria de Acuario», le susurró una vocecilla.
—¿Y? —la provocó Gálvez—. ¿No lo harías?
«Ese Saturno en la Casa I —recordó que le había explicado Alicia— te exige encajar en esquemas muy rígidos que van en contra de tu naturaleza uraniana. Tu desafío en esta vida, Bianca, es ser tan libre y distinta como Acuario te exige y no sentirte culpable por eso».
—No, la verdad es que no —admitió, y se sintió orgullosa. Nada más ni nada menos que al magnífico Gálvez, al amor de su vida, le presentaba su cara rebelde, rara y contestataria.
—¿No? —se escandalizó él—. ¿Por qué no? Estamos hablando del hombre de tu vida.
«Sí —pensó Bianca—, estoy hablando de ti».
—Sí, el hombre de mi vida. Pero si me ama, va a querer lo mejor para mí, y eso significará dejarme cumplir mi sueño de ser cantante.
—Pero esa vida implica viajes la mayor parte de año, estar lejos, separados.
—¿Y?
—¡Es intolerable! Un hombre no aceptaría que su mujer anduviese sola por el mundo.
—Podría acompañarme.
—¿Y si no puede? ¿Y si tiene que trabajar en Buenos Aires?
—Confiará en mí. Jamás lo traicionaría.
—Eso dicen todas.
—Yo no soy todas, Gálvez.
Él giró la cabeza y la observó sin molestarse en ocultar que la vehemencia y la convicción de Bianca lo habían sorprendido.
—Si Camila te quiere tanto, es porque no eres como las demás.
«Camila, siempre Camila. Y yo, ¿qué? ¿Qué piensas de mí, Mr. Músculo?».
—Soy como soy, y te aseguro que jamás le sería infiel al hombre que amo.
—De todos modos, el amor de tu vida puede estar tranquilo porque no vas a viajar a ningún lado.
—¿Cómo que no voy a viajar a ningún lado?
—¿No me has dicho que no piensas cantar en la catedral?
—Eso no quiere decir que no vaya a ser una cantante lírica.
—Pero no estás poniéndole ganas. Irene te ofrece una presentación en la catedral, nada menos, y la rechazas.
—No estoy preparada.
—Ella dice que sí. ¿Por qué dices que no estás preparada?
Se encogió de hombros. Hablar de sí misma no formaba parte de sus talentos. Cruzó los brazos y volvió a fijar la vista al frente. «¡Maldito barrio de Almagro que queda en la otra punta del mundo! ¿Podríamos llegar pronto, por favor? Ya no aguanto a este leonino metomentodo, engreído y pagado de sí mismo».
—Aquí —indicó Bianca, y Gálvez detuvo el Peugeot frente al portal de su edificio.
Se preparó deprisa para descender. En las últimas manzanas, el encierro la había sofocado tanto como la presencia de Mr. Músculo, cuyo Sol en Leo la quemaba. Necesitaba retirarse para volver a armarse. Tenía la impresión de que se iba desintegrando o disolviendo, y le resultaba imperioso entender por qué. Alicia le habría recordado: «Es tu Sol en la Casa XII, que te vuelve hipersensible y permeable a todas las energías que te rodean. La meditación al atardecer es una buena herramienta para volver al eje y evitar la desintegración».
Sin embargo, la meditación tendría que esperar. Se imaginaba el cuadro que la esperaba al cruzar la puerta de su casa.
—¿Te jodió que te preguntara por qué no estás preparada para cantar en la catedral? Discúlpame —dijo, sin esperar la respuesta—. Te aseguro que no lo hago por ser curioso o cotilla. A mí tampoco me gusta que me digan lo que tengo que hacer, ni que me pregunten por qué hago esto o aquello.
—No me ha molestado.
—¿Entonces?
—Es que no sé la respuesta, y eso me pone de mal humor.
Sebastián rio, ya no con la cadencia cristalina de un niño, sino con una risa profunda, masculina, que le movió la nuez de Adán de arriba abajo. Ese simple gesto, el de la risa, le provocó un aumento de las pulsaciones y, por supuesto, la sequedad en la boca. Necesitaba un caramelo. Y huir.
—Gracias por traerme —dijo, sin mirarlo, mientras tanteaba la puerta.
Gálvez estiró el brazo y la abrió. Le rozó el vientre con el codo, y Bianca habría jurado que saltaron chispas en el punto de contacto, porque una suave y, al mismo tiempo, potente corriente eléctrica se disparó en varias direcciones; donde más la sintió fue en los pezones, que le cosquillearon como cuando estaba a punto de tener la regla. La experiencia le resultó desconcertante, novedosa, impresionante. Camila se lo había explicado, pero, para ser honesta, ella no le había creído, segura de que se trataba de las ilusiones de una tauro romántica y venusina.
—Gracias por traerme —consiguió articular de nuevo, y al mirarlo fugazmente, supo que el contacto tampoco había pasado inadvertido para él.
«¡Sal de aquí! ¡Ahora!», le gritó su vocecilla sabia.
Debería de haber recordado la frase de su tía Claudia: «Pian piano si va lontano», porque en el apuro se le enredó la correa del bolso en los pies y algunos cedés cayeron al suelo del automóvil. «¡Mierda!».
Sin dificultad, Gálvez volvió a estirar el brazo, que a esas alturas parecía medir dos metros y ser telescópico, y recogió la mayoría. Por supuesto, devolvérselos sin husmear no era una opción. Los revisó, uno por uno: todos tenían su nombre, Bianca Rocamora, y la pieza que había cantado. Era una práctica usual de la Mattei grabar a sus alumnas para después marcarles los errores.
Bianca hizo el intento de quitárselos, pero él los puso fuera de su alcance.
—¿Qué haces?
—Creo que es obvio. Voy a escucharlos.
—¡No! ¿Para qué? ¡Es tardísimo! En serio, Gálvez, devuélveme los cedés, tengo que irme.
—¿Me los prestas? ¿No puedes llamarme Sebastián o Seba?
—¡Claro que no!
—Claro que no ¿a qué? ¿A prestarme los cedés o a llamarme Seba?
—Claro que no a todo. No te presto los cedés y «Gálvez» te va muy bien.
—Mañana te los devuelvo en el insti.
—No.
—Entonces, los escucho ahora.
Insertó uno en el equipo. Bianca esperó con el aliento contenido el inicio de la música. Era el aria La habanera. Había fallado en varias notas, pero él no se percataría.
L’amour est un oiseau rebelle, que nul ne peut apprivoiser.
Et c’est bien en vain qu’on l’appelle, s’il lui convient de refuser.
Se tranquilizó. Tan mal no lo había hecho. Aunque la profesora no lo hubiese admitido, del grupo, ella era la que mejor pronunciaba el francés y la que había cantado esa aria de Carmen con más pasión, quizá porque se identificaba con el espíritu libre de la gitana.
La tomó por sorpresa la actitud de Gálvez, que miraba el equipo con una seriedad reconcentrada inusual en él. Así como la risa le había iluminado las facciones, en reposo se destacaron las líneas suaves y delicadas de su frente, su nariz y sus labios. Muchas afirmaban que se parecía al actor William Levy, y sí, era inútil negarlo: se le parecía. ¿Y ella, la Pulga, como la llamaban en su casa, se enamoraba de semejante espécimen? Alicia tenía razón: con Venus en Sagitario, el centauro que apunta la flecha hacia arriba, en el amor siempre se fijaría metas difíciles de conseguir. «O tal vez la persona por la que te sientes atraída esté muy idealizada», había agregado la astróloga. Fuera lo que fuese, idealizado o no, Sebastián Gálvez, el más guapo del instituto, del barrio, de la ciudad, del país (¿acaso no se parecía a William Levy, por Dios santo?), estaba fuera de su alcance, y punto. «A ver si bajas de la estratosfera en la que habita Acuario y pones los pies en la tierra». Sin embargo, cuando terminó el aria de Carmen, fue incapaz de apartar la vista de esos labios por los cuales cualquier mujer lo habría dado todo.
Gálvez se volvió para mirarla, y el fuego que refulgía en sus ojos verdes le dio miedo y la atrajo, las dos cosas al mismo tiempo. Quería tocarlo, aunque se quemara.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Y dices que no estás preparada? ¡Venga ya, Bianca! Cantas perfecto. No puedo creer que esa voz salga de ahí —dijo, y le apuntó el pecho.
«Gracias, Mr. Músculo, por recordarme que estoy plana, no como Camila, cuya exuberancia deja bizcos a los chicos y envidiosas a las chicas».
—Cometí muchos errores —apuntó, mientras retiraba el cedé del equipo y le quitaba los que él aún tenía en la mano, cuidando de no tocársela. «Basta de chispazos y descargas eléctricas por esta noche».
—¡Y una mierda! ¿Qué errores?
—Fallé en varias notas. Tú no te das cuenta porque no sabes nada de canto lírico.
—¡Ey, Pulga! —Bianca dio un respingo y soltó un grito—. ¿Qué haces aquí? —su hermana Lorena se asomó dentro del Peugeot, por el lado del copiloto, y clavó la mirada en Gálvez—. Hola —dijo, y le destinó una de sus sonrisas, las que derretían a un muñeco de nieve.
—Hola —contestó sensual Gálvez, y Bianca elevó los ojos al cielo. «Dios los cría y ellos se juntan».
—Gracias de nuevo por traerme. Buenas noches —se despidió deprisa, e intentó descender del automóvil.
—Pulga, ¿no vas a presentarnos?
«¿Podrías guardarte el “Pulga” en el bolsillo? Gracias».
—Gálvez, esta es mi hermana Lorena. Lorena, este es Gálvez, un compañero del insti.
Lorena, haciendo gala de la flexibilidad de su cuerpo sin fallas, se estiró dentro del habitáculo para salir al encuentro del beso que Gálvez le plantó en la mejilla delante de los ojos de Bianca.
—¿Solo Gálvez? ¿No tiene nombre, Pulga?
—Mi nombre es Sebastián, pero a tu hermana no le gusta, así que me llama Gálvez.
—¿Qué hacéis aquí? ¿No quieres bajar, Sebastián?
—Sí, claro.
—Pues hale, baja. ¿Ya has cenado?
—No, y me comería una vaca.
—Perfecto. Yo llego ahora de la uni.
«Sí, claro, de la uni», masculló Bianca.
—También tengo hambre. ¿Pedimos unas empanadas y unas cervezas?
«¿Que vomitarás en cuanto te lleguen al estómago?».
Bianca observó el intercambio con desapego, abrumada por la sensación de derrota, la cual, paradójicamente, la puso en movimiento: salió del automóvil, pasó junto a su hermana y caminó rápidamente hacia el edificio. Abrió la puerta y subió corriendo por las escaleras. No quería esperar el ascensor, no quería mirar hacia la calle, no quería verlos juntos.
Los presagios de Bianca resultaron ciertos: su casa parecía un campo de batalla —juguetes, cuadernos, medias y zapatillas por doquier—, sus hermanitos estaban sin cenar, sin bañar, y su madre iba de la cama al baño, del baño a la cama, atacada por las náuseas. Moquito —así había bautizado Felipe, su hermano de cuatro años, al beagle regalo de la tía Claudia— exigía su alimento con ladridos constantes. ¿Alguien lo habría sacado a pasear? No, claro que no.
Al poner pie en casa, sus cinco hermanos menores, cuyas edades iban desde los diez hasta los dos años, la rodearon y le hablaron al unísono.
—Mañana tengo que llevar un mapa político de la Argentina —anunció Pablo, el que pronto cumpliría once—. ¿Lo has comprado?
—Juan Pedro me pegó porque yo quería ver el canal de Disney y él, no —se quejó Felipe.
—El canal de Disney es un bodrio —opinó el acusado, que, pese a tener siete, se las daba de adulto.
—Tengo hambre —se quejó Martina, la de nueve.
—¡Banqui! ¡Banqui!
Lourdes, la más pequeña, su tía Claudia y su padre eran los únicos de la familia que no la llamaban Pulga, sino Bianqui; bueno, su padre, en realidad, la llamaba Bianca, y Lourdes intentaba pronunciar «Bianqui», mientras se aferraba a sus rodillas y le impedía avanzar. La levantó en brazos y confirmó otra presunción: tenía el pañal cargado de pis y de otras cosas. Se preguntó por dónde empezar.
—¡A bañarse! ¡Todo el mundo!
—¡Jo! —despotricó Juan Pedro.
—¡A bañarse! O podéis olvidaros de la cena.
—¿Y mi mapa?
—¿A estas horas te acuerdas del mapa?
—Te mandé un mensaje al móvil para que me lo compraras.
—No tuve tiempo de ver los mensajes. Mañana por la mañana te compro uno en la librería de la esquina, que abre temprano.
—¿Dónde has estado hasta ahora? —Pablo la miró directo a los ojos, una mirada cargada de suspicacia y con aire ofendido. Era muy apegado a Bianca y dependía de ella para todo, algo que la preocupaba—. Llamé a la tía Claudia y no estabas trabajando en el kiosco con ella.
—Estaba estudiando con Camila —le dolía mentirle, pero no se arriesgaría: nadie de su familia debía enterarse de que estudiaba canto lírico o su padre terminaría por descubrirlo y se lo prohibiría. Solo Lorena y la tía Claudia lo sabían, pero confiaba en que jamás la delatarían; la tía Claudia, porque siendo una acuariana rebelde y archienemiga de su padre, la apoyaba; en cuanto a Lorena, no se atrevería a traicionarla: el secreto que le guardaba era tan estremecedor que se cuidaría bien de abrir la boca.
Como un sonido lejano, que nada tenía que ver con ella, escuchó la puerta del ascensor que se cerraba y las voces alegres de Lorena y de Gálvez. Suspiró y se puso en marcha. Sus hermanos la siguieron como si fueran la cola de un cometa.
—¿Ya podemos ir a la cocina? —preguntó Juan Pedro por tercera vez—. Estamos todos bañados y con el pijama. Queremos ver al amigo de Lorena.
—No, todavía no podéis ir —dijo Bianca, mientras terminaba de colocar el pañal a Lourdes.
—¡Jo! ¿Por qué?
—Porque todavía no han llegado las empanadas, por eso. Cuando lleguen, vamos.
—¡Sí que han llegado! —replicó Martina—. Hace un ratito tocaron el timbre.
—Pero hay que calentarlas porque deben de estar frías.
—¿Y váis a pedir helado?
—No sé, Feli.
En realidad, necesitaba hacer algo antes de que Gálvez conociera a sus hermanos. Colocó una camiseta liviana a Lourdes, la puso dentro de la cuna y ordenó:
—Martina, pásale el peine fino a Felipe. Está lleno de liendres.
—¡No, Martina no! Hazlo tú. Martina me hace daño.
—No le hagas daño, Martina, o mañana no vas al cumple de Lola, te lo juro. Juan Pedro, ponte las zapatillas de andar por casa. Nadie sale de aquí hasta que yo vuelva. ¿Está claro?
—Sí —Pablo fue el único en contestar; con eso bastaba.
Cerró la puerta de la habitación y se quedó quieta en la oscuridad para ubicar los sonidos de la casa. El golpeteo de la vajilla y de los cubiertos le indicó que Lorena preparaba la mesa en el comedor. Su madre veía televisión en el dormitorio. Alguien estaba usando el baño de los invitados, el toilette, como lo llamaban; tenía que ser él.
Gálvez abrió la puerta y, antes de que atinase a apagar la luz, Bianca lo empujó dentro y volvió a cerrar. Si la situación no hubiese sido tan apremiante e insólita, habría disfrutado de la cara de estupor del William Levy argentino.
—Bianca, ¿qué demonios…?
—Escúchame bien, Gálvez. Nadie de mi familia sabe que estudio canto. No abras la boca, no insinúes nada, que no se te escape. ¿Está claro?
—Sí… Sí, me queda claro. Pero…
—Perfecto —dio media vuelta para regresar con sus hermanos, pero Sebastián se lo impidió. La aferró por el brazo y la obligó a mirarlo.
—¿Adónde te habías metido? ¿Por qué te escapaste así del coche? ¿No querías que me quedara a cenar? ¿Te molesta?
«Cualquier cosa —recordó—. A los acuario puede pasarnos cualquier cosa. Y si el Ascendente también está en Acuario, como es mi caso, ya ni hablamos». Si no, ¿cómo se explicaba que el chico más guapo que conocía, que le había robado el corazón años atrás, que hasta hacía un rato no sabía de su existencia, que ocupaba sus últimos pensamientos cada noche y los primeros de la mañana, se hallara confinado con ella en el toilette de dos metros cuadrados de su casa y la mirase con ojos tiernos?
Desde pequeña, en ocasiones, se apoderaba de ella un deseo incontrolable, lo disparaban las cosas más absurdas, y tenía la impresión de que sería imposible controlar el rugido de frustración que se le escaparía si no lo conseguía —una muñeca, un helado, un par de zapatillas, una salida al cine—. Varias broncas de su padre bastaron para aprender a domar el deseo y matarlo antes de que naciera. Gracias a la astrología, había comprendido que esa urgencia y ansiedad estaban impresas a fuego en ella. Alicia le había explicado: «Tienes Marte en Leo, lo que te convierte en una persona con muchos deseos y con una necesidad de que se cumplan ya; te vuelve impaciente. Si a eso le agregamos que tu Marte está en cuadratura con Plutón, los deseos se exacerban y te dominan. Pero tu estructura saturnina tan fuerte te hace temer ese desenfreno y terminas por reprimirlos. Con un esquema así, por ejemplo, podrías hacerte monja para no ser prostituta. Y no quiero olvidarme de mencionar tu Luna en Capricornio, que te obliga a conformarte con poco, a no pedir nada». Las energías de su carta se divertían poniéndose unas en contra de las otras. ¡Genial!
En ese instante, se habría dejado llevar por Marte, por Leo, por Plutón en cuadratura, y por Urano, el loco, y mandado a pasear a Saturno y a su Luna en Capricornio, con tal de saber cómo era besar al chico que amaba. Él la besaría a su vez, no porque la deseara —con la Claudia Schiffer argentina a pocos metros, ¿qué podía atraerle de ella?— sino a causa de su energía pisciana en el Ascendente, que lo convertía en un seductor por naturaleza, ansioso por complacer a todas para verlas felices. «Es muy duro amar a un hombre con Ascendente en Piscis», había admitido Alicia. «¿No me digas?».
—No me molesta que te quedes a cenar.
—No lo parece. ¿Estás cabreada? ¿Dónde te habías metido? Espera un momento. Quería saber qué empanadas te gustan antes de pedir, pero tu hermana me dijo que estabas ocupada. ¿Qué estabas haciendo? ¿Te gustan las empanadas de carne picante?
Bianca le apoyó la punta del índice y del corazón sobre los labios.
—Haz una pregunta cada vez, Gálvez.
«¿Podrías pedirle a tu Mercurio en Leo, que encima está en la Casa V (la que se relaciona con el rey Leo), que se calle un momento? Habla demasiado». El pensamiento le dio risa. La reacción de él fue automática: sus labios se desplegaron en la sonrisa más hermosa que ella le había visto. «Mio Dio!».
—Creo que es la primera vez que me sonríes. A veces creo que me odias, Bianca —le tomó la mano, la misma con que ella lo había hecho callar, y se la llevó a los labios. Cerró los ojos antes de besarle una a una la yema de los dedos.
—¡Ey, Sebas! ¿Dónde te has metido? —Lorena lo llamaba desde el comedor—. Las empanadas se van a enfriar.
Bianca retiró la mano y salió del baño. Frenó de golpe. Sus cinco hermanos la observaban con curiosidad e inocencia.
—¿No os he dicho que me esperarais en el dormitorio?
—Martina me ha hecho daño con el peine fino.
—¡Mentira!
—¿Y estos? —escuchó la voz de Gálvez detrás de ella—. ¿Quiénes son?
—Somos sus hermanos —contestó Pablo, y se agarró de la mano de Bianca.
—Uno, dos tres… ¡Cinco! Alguno tiene que ser un amiguito o un primo. ¡No puedes tener cinco hermanos!
—Tiene seis —corrigió Juan Pedro—. Falta Lorena.
—¿Qué hacías en el baño con él?
—Nada importante, Pablo. Vamos a comer —dijo, y levantó a Lourdes en brazos.
Caminaron en silencio hasta el comedor. Pablo lanzaba vistazos ceñudos a Gálvez, que paseaba la vista azorada sobre las cabecitas que lo circundaban.
—Trato de imaginar cómo es tener seis hermanos —nadie hizo comentarios—. Tú eres el mayor, ¿no? —revolvió el cabello todavía húmedo de Pablo, que apartó la cabeza con una sacudida.
—Tengo casi once. Y Lautaro, un amigo de mi hermana, me enseña karate.
—A mí también —agregó Juan Pedro.
—Lautaro también es amigo mío —les contó Gálvez, y recibió a cambio muecas desconfiadas.
Entraron en el comedor, y Bianca supo, al ver cómo se le endurecían las facciones perfectas, lo que Lorena diría a continuación:
—¡Ah, no! La chiquillería no. ¿Qué hacen aquí? Son casi las doce de la noche. ¿Por qué están levantados?
—¡Tenemos hambre! —proclamó Martina.
—No han cenado —interpuso Bianca—. Acabo de terminar de bañarlos. Ahora tienen que cenar.
—Pues lo siento. Lo harán en la cocina.
—Vamos a la cocina —indicó Bianca.
—Comed aquí, con nosotros —propuso Sebastián—. Estaría genial.
—¿Genial? —se escandalizó Lorena—. Sí, de lujo. Ni de broma. A la cocina. Vamos, fuera de aquí.
—Quiero una empanada de jamón y queso —pidió Martina.
—Nada de empanadas para vosotros. He comprado empanadas para nosotros. No habrá para todos.
—¿Qué? —Bianca giró sobre sus talones y fulminó a Lorena con una mirada que tuvo el poder de congelarla—. ¿No has pedido empanadas para ellos?
—No —confirmó, con temor—. No sabía que…
—Idiota —masculló, y enfiló hacia la cocina. La sola idea de ponerse a cocinar con el cansancio que traía le provocó una náusea. Tenía ganas de correr al dormitorio de su madre y acurrucarse junto a ella.
Gálvez la aferró de la mano y la obligó a detenerse. Ella la retiró, al tiempo que advertía cómo los enormes y almendrados ojos celestes de Lorena se fijaban en el punto en el que ellos habían hecho contacto. No se detuvo a analizar cómo le cosquilleaban los dedos.
—Ahora mismo llamo por teléfono —dijo Gálvez, mientras apretaba los botones de una Blackberry último modelo— y pedimos más empanadas. ¿Cuántas pido? ¿Qué os gusta, chicos? ¿Carne, verdura, pollo…?
—Sebastián —habló Bianca, y esa palabra, expresada por primera vez en voz alta, una voz cargada de cansancio y dulzura, y que se propagó en el ambiente como una onda suave, afectó a grandes y pequeños por igual.
Gálvez levantó la vista. Lorena detuvo el recorrido de la copa de agua a centímetros de su boca cargada de gloss. Los pequeños giraron las cabezas para observarla; incluso Lourdes detuvo la succión del chupete.
—No llames. Es tardísimo.
—Les pido que se den prisa.
—Igualmente, tardarán como mínimo media hora. Y ellos están muertos de hambre y tienen que irse a dormir.
—Les doy las mías —ofreció.
—¡De eso nada! —se enfadó Lorena.
—¿Y qué van a comer?
—No te preocupes. Hiervo unas salchichas y hago un puré de caja.
—¡Yo quería empanadas! —lloriqueó Martina.
—¿Habéis pedido para mí?
—Pues claro que sí, para ti pedimos.
—¿Cuántas?
—Tres.
—Dámelas.
Gálvez se adelantó y colocó tres empanadas en un plato. La miró con fijeza y seriedad al entregárselo.
—Son las normales de carne. No sabía si preferías picante o mechada o de…
Era tan emocionante verlo preocupado y en actitud servicial, tan poco frecuente también.
—¿No hay de jamón y queso o de verduras?
—¿No te gustan las de carne?
—Los más pequeños no pueden comer carne mechada. Es peligroso.
—Ah… No sabía. Pero pensé que las empanadas eran para ti.
—No, son para ellos, para que vayan comiendo mientras preparo las salchichas y el puré. Están muertos de hambre. ¿Hay de jamón y queso o de verdura?
—Sí, claro que hay. ¿Cuántas quieres?
—¿Cómo que cuántas quieres? —intervino Lorena—. Ya he dicho que, para ella, hay tres.
—Dame una de verdura y dos de jamón y queso, por favor.
Gálvez regresó con las empanadas.
—¿En serio no quieres más?
—Con estas me arreglo. Gracias —de manera deliberada evitó que sus ojos se encontraran antes de marchar hacia la cocina.
Bianca se mordía el labio para evitar que el llanto la doblegase. Al igual que Tita, la protagonista de Como agua para chocolate, terminaría derramando lágrimas sobre el puré que estaba preparando, y sus hermanos, después de comerlo, chillarían a coro.
Se acordó de lo que Gálvez le había dicho en el baño durante ese instante compartido: «A veces creo que me odias, Bianca». La frase tenía connotaciones, a saber: significaba que, a veces, él la observaba y la estudiaba; que, a veces, él pensaba que lo odiaba; que su indiferencia, que en realidad era miedo e inseguridad y nada de apatía, lo afectaba. «Por supuesto, un Leo no soporta la indiferencia. Él es el centro del centro, y todos debemos admirarlo».
Escuchó las risas que provenían del comedor. Hacía tiempo que no escuchaba la risa de Lorena, esa sincera y musical que le salía del corazón. Se había apagado tiempo atrás, y cuanto más brillo y dinero inundaban su vida, más rápido se apagaba la luz de sus ojos celestes.
Sentó a Lourdes en la trona y le dio de comer. Apenas picoteó la media empanada, que terminó engullida por Moquito. Necesitaba que finalizase el día, retirarse a meditar, a recoger los pedazos de Bianca que habían ido quedando en el camino.
Los sobresaltó el timbre del portero automático y se miraron con desconcierto.
—¿Quién puede ser a esta hora? —se preguntó Pablo.
Lorena y Gálvez entraron en la cocina, contentos y sonrientes. Él la buscó con la mirada y, tras compartir un intercambio significativo, Bianca desvió la vista hacia su hermana.
—¿Qué pasa?
—Sebas ha comprado helado en Freddo —explicó Lorena, y atendió el portero automático.
—He comprado para todos —aclaró Sebas, y los chicos gritaron de alegría—. ¿Crees que con un kilo y medio va a alcanzar? —Bianca no tuvo tiempo de responder—. He pedido los gustos más clásicos. Dulce de leche, chocolate con almendras, fresa, vainilla. No quise venir a preguntaros porque quería que fuese una sorpresa. Bajo a buscarlo.
—Voy contigo —propuso Lorena.
—¡Yo quiero de chocolate y fresa!
—¡Yo de dulce de leche!
—¡No, el dulce de leche es para mí!
—¿Qué te pasa, Pulga? —Pablo, dada su sensibilidad piscis, había advertido la desazón que ella se esmeraba por disimular. Siempre había existido un vínculo especial entre ellos, tal vez porque, de todos los hermanos Rocamora, ellos eran los únicos «oscuros», con el cabello de un profundo castaño y los ojos pardos.
Le sonrió, y se propuso no inventar una excusa. Había leído que los niños piscis son enormes radares, capaces de detectar energías que ningún mortal notaría, oscuras y misteriosas. Cuando las revelan, los adultos las niegan y, en ocasiones, los tratan como si estuviesen locos. Por esa razón, el niño comienza a desconfiar de lo que percibe y lo oculta, avergonzado del don maravilloso, aunque sobrecogedor, con el que ha nacido.
—Gálvez no es amigo de Lorena, Pablo. Es compañero mío.
—¿Del instituto?
—Sí. Me ha traído a casa.
—¿De donde Camila?
—No, de otra parte, pero no puedo hablarte de eso. No ahora —Pablo asintió—. Nos encontramos con Lorena en la puerta y ella lo ha invitado a cenar.
—A ti te gusta, ¿no? —Bianca asintió—. ¿Te ha dado un beso en la boca?
—negó con la cabeza—. Él te quiere besar.
—¿Eso crees?
—Sí.
—Y Lorena quiere besarlo a él.
—También.
Bianca se llevó el índice a los labios para indicarle que se callase al escuchar que su hermana y Gálvez regresaban. Se puso de pie para preparar los cuencos y las cucharas. Al menos, esa amarga cena terminaría con sabor dulce.
A propuesta de Gálvez, comieron el helado todos juntos, en la cocina. Lorena se ausentó, y Bianca supo que iba al baño, a vomitar las empanadas. En otra ocasión, habría intentado impedírselo, pero no esa noche. Su hermana regresaría tan entera como se había marchado, y nadie notaría que había echado fuera cada gramo de alimento.
En efecto, regresó más bonita. Se había peinado, perfumado con la nueva fragancia de Givenchy, retocado el maquillaje y pintado los labios. Traía el iPad en la mano, su última adquisición tecnológica, y la Blackberry en la otra. El conjunto de camisa en tonalidad lavanda y falda de seda color chocolate de Carolina Herrera le realzaba las líneas de su cuerpo escultural. Ella se miró la camiseta de algodón violeta, los pescadores amarillos, los calcetines verdes y las bailarinas blancas, y suspiró.
Lorena se estiró para alcanzar una taza del último estante, y Bianca le estudió las piernas, que parecían de dos metros, exacerbadas por los tacones de las sandalias Ricky Sarkany. ¿Cómo conseguía un ser humano montarse en esos zancos y caminar? Le había advertido que terminaría con las vértebras y las cabezas de los fémures destrozados, y Lorena se había reído.
Hizo un cálculo rápido y concluyó que su hermana llevaba varios miles de dólares encima. Después estudió a Gálvez, también vestido con ropa de marca, y se acordó de la Blackberry, del Peugeot y de lo que había gastado en empanadas y en helado (el de Freddo era carísimo), y se preguntó de dónde sacaría el dinero para costear sus gustos cuando, hasta pocos meses atrás, andaba contando los centavos.
—¿Qué sabor quieres, Lorena?
«No te molestes en ofrecerle helado, Gálvez. No lo va a aceptar. Ya vomitó por esta noche».
—No, gracias, Sebas. Tal vez más tarde. He comido mucho. ¿Tienes un cigarrillo?
—Ni se te ocurra fumar aquí, delante de los niños —la amenazó Bianca, y Gálvez devolvió la cajetilla al bolsillo, con aire contrito.
—¡Eres un coñazo!
—Fumar da cáncer —expresó Martina.
—Y ser tan plasta, te hace fea, que es peor que el cáncer.
Martina le sacó la lengua y pidió más helado.
—No, basta, no más helado —ordenó Bianca.
—¿Por qué no? —terció Gálvez—. Todavía queda.
—Con todo el azúcar que han comido, están más que alterados. Tienen energía para rato y no se van a dormir ni en diez años.
Como si deseara confirmar las palabras de su hermana, Lourdes aplaudió y soltó un chillido.
—Ah… No lo sabía. ¿He hecho mal en comprar, entonces?
—No, no has hecho mal —le concedió una sonrisa porque no soportaba la desolación de sus ojos.
—Sebas, ¿puedo hacerte unas fotos con el iPad? Así mañana se las enseño a mi agente.
Bianca reacomodó a Lourdes en sus brazos y se irguió en la silla.
—¿Para qué quieres que tu agente vea sus fotos?
—¿Para qué va a ser, Pulga? No ves lo bueno que está. En la agencia, ninguno de los modelos son la mitad de guapos que él.
—No exageres, Lorena.
—En serio, Sebas. Hay cada callo. Ni uno te llega a la suela del zapato. Ricardo, mi agente, puede hacerte famoso y llenarte de pasta.
«Llenarte de pasta, seguro. Pero ¿famoso?».
—¿En serio nunca has pensado en ser modelo? ¿Nadie te lo ofreció?
—Una vez, en Pinamar, gané un concurso en la playa, un timo, pero el que lo organizaba me ofreció sacarme unas fotos y hacerme un book. Le dije que no porque el tipo tenía pinta de marica, y me daba mal rollo.
—¿Qué es «marica»? —quiso saber Felipe.
Gálvez buscó a Bianca con la mirada, y ella pensó que se le veía aún más atractivo con esa mueca de turbación; su rostro había adoptado una belleza casi seráfica gracias al aire de arrepentimiento. Bianca no logró retener la carcajada.
—No preguntes tonterías, Felipe —lo amonestó Lorena—. Esta es una conversación de adultos, no te metas. ¿Ves lo genial que es estar con los enanos?
—«Tener pinta» —le explicó Bianca— quiere decir «parece».
—¿Y «marica»?
—«Marica» no es una palabra bonita, Feli. No la repitas. Se dice «gay» u «homosexual».
—¿Y qué quiere decir eso?
—Es cuando a un chico no le gustan las chicas, sino los chicos.
—¿Así que hacéis karate con Lautaro? —Gálvez salió al cruce para acallar al precoz Felipe—. Él y yo somos amigos —insistió, como quien presenta sus cartas credenciales.
—Lauti es lo más —aseguró Pablo.
—Sí —admitió Sebastián—, es un tío estupendo. El año pasado me salvó la vida.
—Sí —dijo Juan Pedro—, lo vimos por la tele, y Pulga nos contó todo.
—¿Tú sabes karate? —le coqueteó Martina.
—No, karate no, pero Lautaro y yo estamos aprendiendo otra disciplina, Wing Chung.
—Wing Chung —repitieron Pablo y Juan Pedro.
—Sebas —los interrumpió Lorena—, ¿te apetece ir mañana a un desfile que tengo en el Unicenter? Así, de paso, te presento a Ricardo.
«¡Qué manía con ese plasta de Ricardo!».
—Y también me ves desfilar —añadió—. Me encantaría que estuvieras ahí.
—Dale.
«No va a ir, Lorena. Los Ascendentes en Piscis siempre dicen “te llamo”, “te escribo”, “nos vemos”, y no cumplen. Son poco fiables. ¿No ves que ni siquiera te ha preguntado a qué hora es?».
—Es a las seis y media, en el patio de comidas.
—OK.
Moquito, echado a los pies de Pablo, levantó la cabeza y soltó un ladrido.
—¿Qué le pasa? —se interesó Gálvez.
—Está llegando mi padre —explicó Bianca, y vio que Gálvez miraba fugazmente la hora antes de abandonar su silla.
—Tengo que irme. Ya es tardísimo.
Bianca acomodó a Lourdes, que cabeceaba en sus brazos, y se puso de pie con dificultad. Se aproximó a Gálvez, le clavó los ojos y le susurró:
—No lo tutees, apriétale fuerte la mano y llámalo «señor».
—¿Por qué? —preguntó él, con una sonrisa de ir sobrado—. ¿Te importa lo que tu viejo piense de mí?
—Sí.
La respuesta le borró la sonrisa, y se quedó mirándola con deliberada seriedad y sin pestañear.
—¿Qué pasa? ¿Qué cuchicheáis? —exigió Lorena.
—Vamos a la cama —dijo Bianca a sus hermanitos, que la abandonaron al sonido de las llaves y de la puerta que se abría.
Permaneció en la cocina, con Lourdes en brazos, atenta al intercambio entre Gálvez y Lorena, que le pedía el número del móvil y le preguntaba si tenía Facebook.
—Buenas noches —saludó Pablo Rocamora padre, desde la entrada a la cocina, donde permaneció con gesto poco amistoso y la vista fija en el extraño.
—Papá —se adelantó Lorena—, te presento a Sebastián Gálvez, un amigo.
—Buenas noches, señor —Gálvez se acercó con la mano extendida—. Encantado.
Rocamora se limitó a aceptar la mano tendida e inclinar la cabeza.
—Bianca, ¿por qué están tus hermanos levantados a estas horas?
—He llegado tarde y así los encontré. Mamá se sentía muy mal y no podía atenderlos.
—¿Por qué has llegado tarde?
—Estaba estudiando con Camila.
—Que no se repita. Sabes que, con tu abuela de viaje y tu madre en su estado, tienes que estar temprano en casa.
—Sí, papá.
«¿Y Lorena? ¿A ella no le preguntas por qué no se ocupó de los más pequeños? ¿Ella sí puede llegar a las mil sin que nadie la cuestione? ¿Tan ciego estás que no ves que tu hija mayor se viste como Máxima de Holanda y no como la hija de un empleado bancario al que no le alcanza el sueldo? ¿Nunca ves más allá de tu religión, tus rezos, tus rosarios, tus Biblias?».
El señor Rocamora acababa de regresar de su encuentro semanal con los católicos que frecuentaba y con los que rezaba el rosario y meditaba el Evangelio. Al finalizar, cenaban juntos.
Bianca temía a Pablo Rocamora, cuyo sentido de la responsabilidad y del deber y la claridad con la que distinguía entre el bien y el mal solo servían para poner en evidencia que ella carecía de esas cualidades. Desde hacía un tiempo se cuestionaba las actitudes, incluso la personalidad de su padre, y había comenzado la tarde de la lectura de su carta astral, cuando Alicia le dijo: «Tu padre es una figura muy fuerte. ¿Ves? Tienes Saturno en la Casa I, la de la personalidad, lo cual te convierte en una persona muy responsable, que quiere agradar al padre, cumplir con los cánones de la sociedad. Sin embargo, tu padre no es todo lo que parece. Además de Saturno, el Sol también representa al padre, y como tu Sol está en la Casa XII, la de los misterios, esto habla de que hay algo en él que no cuadra».
Era cierto, había un misterio en torno a ese hombre que en ese momento la castigaba con una mirada severa y la humillaba frente a Gálvez. La tía Claudia le había confesado que, cuando ella y Lorena eran muy pequeñas —Bianca, apenas un bebé—, sus padres se habían separado. Volvieron a juntarse tras cuatro años de distanciamiento, y empezaron a nacer sus hermanitos, uno tras otro. «Ese grupo de católicos de ultraderecha que tu padre conoció en el banco lo indujo a volver con tu madre —le había contado su tía—. Ellos no tendrían que haber vuelto. Mi hermano y Corina son como el agua y el aceite. Pero divorciarse era pecado. Y también usar condones o tomar la píldora».
—Bueno, señor… ¿Cómo dijo que se apellidaba?
—Gálvez, señor. Sebastián Gálvez.
—Pues bien, señor Gálvez, creo que llegó la hora de irse. Mañana todos tenemos responsabilidades que afrontar.
—Sí, señor.
«Tierra, ¿podrías abrirte y tragarme?», rogó Bianca. La avergonzaban las maneras pomposas de su padre. Parecía sacado de una novela de Jane Austen. El señor Darcy no habría lucido tan vanidoso ni afectado.
—Te acompaño abajo, Sebas —propuso Lorena, con el mismo buen humor que habría empleado si su padre hubiese sido todo sonrisas y cumplidos. Ella vivía en su mundo de luces, pasarelas y dinero; lo demás, le resbalaba.
Gálvez se volvió para despedirse de Bianca.
—Chao —se inclinó y la besó en la mejilla. Y se aprovechó del beso que le dio a Lourdes, cuya cabecita descansaba sobre el hombro de Bianca, para advertirle—: Mañana, tú y yo vamos a hablar.
A la mañana siguiente, mientras Bianca se vestía a la carrera —tenía que ir a la librería a comprar el mapa para Pablo—, Lorena, sentada en la cama, hacía gala de una alegría y una locuacidad que no la caracterizaban a esas tempranas horas del día. Por cierto, ¿qué hacía despierta a esa hora? Ella no separaba los párpados hasta las diez.
—¡Sebas es la caña, Pulga! ¿Qué sabes de él? ¿Se ve con alguien?
Habría contestado: «Con todas y con ninguna», pero se limitó a encogerse de hombros. En realidad, no conocía la vida de Sebastián Gálvez más allá del perímetro del instituto, pues si bien era muy amigo de Camila, ella prefería no indagar.
—Es un cañón total. Me recuerda a alguien, pero no sé a quién.
«¿A William Levy?».
—¡Qué alto que es! Yo, con los tacazos que tenía, no lo pasaba. No veo la hora de verlo hoy, en el desfile.
«En tu lugar, yo no me haría ilusiones».
—Pensé que me besaría anoche cuando nos despedimos. Pero no lo hizo. ¿Crees que yo le gusté? ¿Que soy su tipo?
—¿Por qué quieres saberlo?
—¡No seas idiota! Lo sabes de sobra.
—No, Lorena, la verdad es que no lo sé —detuvo el ir y venir para mirarla a la cara. Su hermana tuvo la decencia de bajar la vista—. Hace un tiempo me dijiste que no querías comprometerte con nadie, primero, porque no crees en el amor, y segundo, porque te complicaría la vida y te quitaría la libertad para hacer tu trabajo.
—Ser modelo no me impide…
—¡Sabes bien que no hablo de tu trabajo como modelo! —era tan infrecuente la ira en Bianca, que Lorena se quedó boquiabierta—. Te hablo de lo que realmente te da el dinero para comprar todo lo que te compras. Hablo de tu trabajo como prostituta.
—¡Baja la voz! Y deja de decir «prostituta» porque no lo soy. No soy un putón.
—¿Ah, no? ¿Y cómo llamarías a cobrar para que te usen para el sexo?
—Nadie me usa. Yo me acuesto con quien quiero. ¿Por qué debería hacerlo gratis? Ya que soy muy buena y los tipos disfrutan, que me paguen.
—¡Lorena, por favor!
—¡No me vengas con tu moralina! ¡Es demasiado temprano!
Bianca la miró con ojos desorbitados.
—Mira, Lorena, por mí, puedes acostarte con Bob Esponja y cobrarle. La verdad, no me importa. Pero te aseguro que Gálvez, que es muy vanidoso y orgulloso, no va a aguantarlo.
—No tiene por qué enterarse. Una cosa es mi trabajo, otra mi vida privada.
—No creo que él opine lo mismo.
—¿Y cómo va a descubrirlo? ¿Se lo vas a contar tú para quedártelo?
Bianca rio sin nada de alegría y sacudió la cabeza.
—Eras una chica inteligente, me acuerdo. Pero has usado tan poco el cerebro en estos últimos años que te has embrutecido. Solamente así se explica que no seas capaz de darte cuenta de que, poniendo en contacto a Gálvez con tu agente, que es tu chulo (no pases por alto el detallito), no pasará mucho antes de que lo sepa.
No esperó la respuesta. Arrancó la mochila de la silla y se marchó.
En honor a la verdad, no había sido Ricardo Fischer, el agente de Lorena, el que la había iniciado en el tráfico del sexo. Bianca conocía la historia porque la misma Lorena se la había contado la noche en que la descubrió: se había iniciado ella solita a los dieciséis, en un bar del que se quería ir, pero no tenía dinero ni para el autobús. Un compañero del colegio se le acercó y le confesó: «Tengo ganas de darte un beso». Ella lo estudió antes de proponerle: «Si me das treinta pesos, te dejo que me beses». La transacción fue rápida y nada desagradable, y consiguió lo que buscaba: irse. En taxi.
Sus primeros clientes fueron los chicos del instituto y los amigos de los chicos del instituto. Al principio, se limitaba a dar besos, tocar y dejarse tocar y hacer mamadas —costaban el triple de los besos— en los baños de las discotecas, en los del instituto o en la casa de un cliente, si los padres no estaban. Las ganancias aumentaban, y Lorena se divertía. Compraba lo que su padre le habría negado y se daba caprichos impensables para la economía familiar.
Su virginidad la vendió a un precio muy alto, dos mil dólares, uno sobre otro, y la compró el padre de uno de sus clientes cuando se enteró de por qué su hijo le pedía dinero cada dos por tres. Se trataba de un empresario cuarentón muy buen mozo, que usaba un Rolex y andaba en un cuatro por cuatro. Todavía era su cliente, y Lorena le tenía un cariño especial. También seguía atendiendo al hijo, aunque nunca juntos. Esas perversiones se las ahorraba.
Bianca la descubrió una noche de Año Nuevo, en la finca de uno de los amigos católicos de su padre. Hacía meses que notaba cambios en los hábitos de Lorena, sin contar la cantidad de ropa, zapatos, carteras y otros accesorios que aparecían de la nada. La siguió hasta la casita de los guardeses, evidentemente desocupada, ubicada en el límite de la propiedad, después de verla cruzar unas palabras con el hijo mayor del anfitrión, un chico bastante atractivo, que la había devorado con la mirada desde que entraron en la casa.
Se quedó congelada en su escondite mientras observaba a través de una ventana cómo tenían sexo en un futón. No conseguía apartar los ojos de la escena que componían esos cuerpos entreverados y, con malsano interés, los observaba y escuchaba.
Lo peor ocurrió cuando terminaron. Se acomodaron la ropa, él sacó la billetera, le entregó dinero, ella lo contó y se lo guardó en el bolsillo de los pantalones.
Lorena no intentó negar ni disfrazar la verdad cuando Bianca le plantó cara. Se reía y le reprochaba que fuera tan santurrona. «Lo que pasa es que nunca has follado, ni siquiera has besado a un chico, por eso no sabes lo bueno que es. Estás hablando sin saber». Aquellos fueron días muy duros para Bianca, quien, con tal solo quince años, no sabía qué hacer con el descubrimiento. Delatar a Lorena no constituía una opción. Intentó disuadirla hasta que se dio cuenta de que era imposible. «Al final —reflexionó—, ¿quién soy yo para decirle cómo debe vivir su vida?». No obstante, la atormentaba la certeza de que esa era la salida fácil y de que no estaba ayudando a su hermana. El instinto le marcaba que Lorena se equivocaba y que la vida terminaría por cobrarle los excesos, porque a su oficio de prostituta había que sumarle que padecía bulimia y que consumía drogas de diseño: éxtasis, cristal y esas basuras.
Ricardo Fischer entró en acción la noche en que divisó a Lorena en una fiesta. Se le acercó con su andar elegante y ropas caras, le sonrió, le extendió su tarjeta personal y le aseguró: «Puedo hacerte famosa. Una belleza sajona como la tuya es poco común en nuestro país».
Bianca no sabía de qué manera Fischer se había enterado de que su hermana practicaba el oficio más antiguo del mundo. Lo que sí sabía, porque había escuchado una conversación telefónica entre ellos, es que le conseguía clientes «vip», que pagaban cifras elevadísimas en dólares o en euros. Por supuesto, una comisión iba a parar al bolsillo del agente.
Bianca aprendió de la manera más dura lo que significa el refrán «no hay peor ciego que el que no quiere ver» al darse cuenta de que ni su madre, ni su padre, ni su abuela advertían lo que ocurría delante de ellos: Lorena vivía una realidad paralela que los habría destrozado de haberla conocido. ¿Tal vez por eso miraban hacia otro lado, para no terminar destrozados? ¿O para no asumir sus culpas y responsabilidades? ¿O tal vez porque una familia de siete hijos era demasiado y la atención se dispersaba? La tía Claudia, que si bien era acuariana, tenía los pies en la tierra, en una oportunidad notó la cartera de lujo de Lorena y se lo comentó a Bianca, que se hizo la tonta. Como Lorena y Claudia no se llevaban bien, se veían poco, por lo que allí acabó la preocupación de la tía.
Lorena había creado una fachada que la mantenía a salvo de las preguntas indiscretas y de las sospechas, y su habilidad para aparentar habría provocado la envidia de la mejor actriz o del mejor agente encubierto de la CIA. Dividida entre su carrera como modelo y los estudios en la facultad —se había matriculado en la carrera de Relaciones Públicas—, nadi



