Ostras para Dimitri

Juan Bas

Fragmento

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A mi querida amiga Tatiana Pigariova

 

 

 

 

«Había canarios que regresaban a la jaula, sí, pero también había cangrejos que se lo jugaban todo a una carta, avanzando por el descampado en busca de su última aventura.»

 

DAVID TORRES,

Niños de tiza

 

 

«El espanto y la risa son hermanos incestuosos.»

 

GUILLERMO SACCOMANNO,

77

 

 

«¿Qué puede importarme mi salvación si mi hijo está en el fuego?»

 

ALFRED TENNYSON,

Rizpah

 

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Citas

 

Primera parte. Perros bípedos o Las encarnaciones del kitsch

1. Mendigar en Gotham City

2. El hotel de Gran Canaria

3. Sólo los tontos se permiten ser optimistas

4. Una gruesa de ostras

5. El lacónico primo Iván

Segunda parte. Animal de cresta roja recién comulgado y bebido o Cómo meter a quince navarros en un seiscientos

6. No creo en Dios ni en el Licor del Polo

7. Una paja no es una masacre

8. El huesero

9. La descendiente del general Zumalacárregui

10. La curiosidad de las vacas

Tercera parte. El balazo en el árbol o Los feroces gemelos siameses

11. Si de verdad quieres ir a París, mátalo

12. Vera y el Cardenal Mendoza

13. Los hijos únicos

14. La niña que jugaba al escondite

15. Los cazadores de pobres

16. Un billete de cinco mil rublos

17.Balas perforadoras de calibre cincuenta Browning

Cuarta parte. El más atroz de los asesinatos o La culpa indeleble

18. El perdón imposible

19. Muerto de miedo

Epílogo

Algunas recetas con ostras

Agradecimientos

 

PRIMERA PARTE

Perros bípedos

 

o

 

Las encarnaciones

del kitsch

 

 

 

 

«Antes de que se nos olvide, seremos convertidos en kitsch. El kitsch es una estación de paso entre el ser y el olvido.»

 

MILAN KUNDERA,

La insoportable levedad del ser

 

1

Mendigar en Gotham City

 

El cabronazo del niño me ha enganchado bien la pantorrilla, con ganas. La reducida alimaña no se limita a un mordisco, a clavarme un par de segundos los dientes negruzcos. Es un profesional: ha hecho presa y no la suelta. Siento un dolor agudo y profundo que me electrocuta la espina dorsal. Si me pusieran ahora una bombilla en la boca, se encendería.

Aúllo.

La descarga de adrenalina me marea, pero también sirve de paliativo a la tundidora resaca de acuerdo con el principio de que cuando te aplican un hierro al rojo dejas de sentir de momento el dolor de muelas.

La magna y desaforada bacanal fue ayer, en realidad hoy, hasta el amanecer. Tengo una resaca demoledora que me lacera las sienes y el alma y ha desvanecido cualquier atisbo de confianza en mí mismo. Hace buena pareja con el miedo rotundo que me embarga, un pavor sostenido que mantiene mis ojos tan abiertos que se me anquilosan los músculos faciales en una expresión llena de espanto.

Un microperro pilonero, al que han hecho un trabajo de peluquería que lo ha convertido en un ser de pesadilla cursi, se asusta por mi aullido, gime, salta del panorámico busto de su vasta ama —una repisa capaz de sostener a un oso de los Urales en letargo invernal— y se interna espantado en la calzada de siete carriles, tres por cada lado y uno central para los conductores más aguerridos. El tráfico es intenso. El perro logra pasar entre las ruedas de los dos primeros coches, pero con el tercero no lo consigue. En otro tiempo no tan lejano, la muerte de este asqueroso perrillo me habría dado lástima. Ahora ya no. Tengo la escasa capacidad de conmiseración que me resta ocupada en mí mismo hasta el overbooking.

El grito de horror de la gorda tetona al ver a su adefesio lamecoños aplastado se impone sobre mi muestra de dolor.

Mientras tanto, el niño caníbal sigue a lo suyo, o sea, a mi pierna; es concienzudo; un perfeccionista con el futuro asegurado como genocida o torturador si alguien no lo remedia a tiempo a base de redención educativa o, en su defecto, plomo.

Para llevar a cabo la carnicería en condiciones, previamente me ha levantado la pernera del pantalón y, antes de hundir los dientes de mala leche —tiene que apestarle la boquita a sepulcro fresco— en mi carne trémula, se ha aferrado a la pantorrilla con sus garritas de uñas largas coronadas de jiña. Si no perezco desangrado, lo haré por la infección: tumbado por el tétanos, o con la pierna amputada a serrucho para intentar ganarle la carrera a la gangrena.

Así que llevo al desgraciado infante colgado de la pantorrilla cual reo con el grillete que lo encadena al bolón de hierro. Y es que no he dejado de andar a trompicones durante el prolongado mordisco, no sé si en un intento de librarme de la alimaña o por puro pánico ante el cruento ataque. Una estampa que estaría bien como gag de dibujos animados de la Warner, mas no en la realidad; si es que a toda esta delirante situación y a este escenario de gran guiñol se le puede llamar realidad.

La renga carrera al menos me sirve para huir de la gorda airada, que barrita mientras carga contra mí bamboleando las lorzas. Deduzco por su arranque de hostilidad que me considera responsable del óbito de su simulacro de can. Está tan torpe debido a las mórbidas adiposidades que, aun con engendro mordiente encima, le saco un décimo de versta de distancia y me libro de que me ejecute en un ojo por ojo aplastándome con su mole.

El niño es una especie de albino, tiene una cabeza lechosa que brilla en la noche como si fuera material radiactivo. Y luce un pelillo ralo con el cuero cabelludo cuajado de pústulas sarnosas; un perfecto calabacillas de los que pintaba Velázquez.

Someto a consideración meterle a la tierna fiera —tierna sólo en edad, cinco o seis años tendrá el fenómeno— un patadón con el pie libre en la difícil testa y mandarlo volando por la amplia acera, pero desisto al valorar que tanto al inmundo Boris como a mí nos vigilan todo el tiempo un par de hombres de Dimitri y los gemelos siameses. Y ya sé cómo se las gasta Dimitri Urroz con quienes maltratan a los niños.

¿Por qué el peligroso párvulo me ha atacado con tanto ahínco como saña? Pues por una bagatela, por una puta mierda: un asqueroso billete de diez rublos, de misérrimo valor, que he conseguido mendigar antes que él. La fiera infantil había ojeado también al dadivoso en potencia, pero yo he sido más rápido. Y mi mordiente competidor no acepta el resultado del duelo pedigüeño. Quiere el billete. Vaya si lo quiere, el muy hijo de perra.

Me rindo.

Al cambio de moneda, un euro equivale a unos treinta y cinco rublos, el precio, por ejemplo, de un paquete de Marlboro Made in Russia, es decir, altamente venenoso.

Detengo mi lastimero cojear —voy a desmayarme por el dolor de un momento a otro—, hago una pelotita con el billete de diez rublos y, con la esperanza de dejarlo tuerto, se lo lanzo a uno de los afiebrados ojillos de nictálope con los que no ha dejado de mirarme mientras me clava los dientes.

Le he dado en el entrecejo.

La bolita de diez rublos rueda por la acera.

El carnívoro deja de morderme, me suelta la pierna y trota a cuatro patas tras el dinero rodante; por un momento me ha parecido que también ladraba. Lo atrapa de un bocado, se sienta sobre los cuartos traseros, se saca el billete de la boca y lo desenvuelve con las pezuñas preso de un ansia tal que parece que dentro va a encontrar el mejor caramelo del mundo, con sabor a hueso.

Me alejo del pequeño antropófago lo más rápido que puedo, no vaya a parecerle poco el magro botín disputado y trate de engancharme de nuevo para proceder al remate y desuello.

Intento recuperar el aliento cerca de los edificios, parado delante de uno de los emporios horteras plagados de agresivas luces y colorines. También me dispongo a evaluar la gravedad de la lesión. El mordisco se ha puesto tumefacto y sangra. Me da grima verlo; presenta peor aspecto que una llaga abierta de leproso. Al momento se me echan encima los gorilas, dos ortoedros tamaño armario ropero de cuatro puertas que ofician de porteros del enésimo casino, bingo o bar de putas que invaden esta calle. Y gimnasios. Hay un montón de gimnasios. Supongo que los frecuentan los numerosísimos gorilas de portería para mantenerse en forma. Es decir, para poder arrancarle la cabeza con una sola mano a cualquiera.

Para colmo de malestares, estoy ensordecido. Cada establecimiento proyecta su propia música infernal a todo volumen, con altavoces que dan a la acera. Así, como están, cada uno al lado del otro, sin interrupción, los estruendos se solapan. Resulta insoportable y desquicia.

Los sosias de King Kong hacen algo parecido a golpearse el pecho y mostrarme los dientes para que me vaya ipso facto del pedazo de jungla que custodian.

Vuelvo al centro de la acera, todavía sin resuello. En una decena de metros a la redonda no veo más mendigos. Quizá pueda pedir durante unos segundos, tal vez incluso un par de minutos, sin bronca ni agresión asegurada. Porque lo más difícil aquí no es conseguir limosna de la gente, aunque desde luego sacarle un misérrimo rublo suponga una ardua tarea. Estos indocumentados de rostro esculpido por el embrutecimiento tienen el corazón encurtido en una solución al cincuenta por ciento de alcohol de quemar y salmuera, y no se echan la mano al bolsillo más que para rascarse los huevos. Lo realmente difícil es poder intentarlo: ejercer la mendicidad. Esta populosa y larga calle cuajada de tugurios de entretenimiento atrae a cientos de mendigos de pelaje variopinto. Acuden guiados por la lógica errada de que si los que la frecuentan disponen de líquido para gastos superfluos como el juego o los espectáculos eróticos, bien podrían entregarles un poquito de ese excedente a ellos, aunque a cambio no puedan corresponder más que dando asco o, en el mejor de los casos, pena.

La tropa más numerosa entre la legión de menesterosos está formada por el batallón de beodos babeantes. La mayoría farfulla mantras de idiotizado y todos ellos se tambalean y beben a morro vodka de ínfima calidad, ese deprimente licor insípido y propio de mujiks. Abundan los borrachos ciegos, con los ojos abrasados por las adulteraciones con alcohol metílico. Alguno lleva las cuencas oculares vacías a la vista —de los demás; pésimo chiste—, sin cubrírselas con gafas oscuras o siquiera una venda de tipo prefusilado, y compone una estampa espantosa.

Después de los borrachos, el enjambre más nutrido es el de los niños, algunos muy pequeños. Siempre solos. Corretean como roedores entre las piernas de los viandantes y les tiran de la ropa hasta llevarse una limosna, un manotazo espantabichos o una hostia en condiciones.

Luego vienen los viejos, no por decrépitos menos agresivos.

Y por último, los monstruos y los tullidos. Una amalgama de Freaks, de Tod Browning, y Los olvidados, de Buñuel.

Todas las caras posibles de la adversidad; un gran fresco de la miseria y la desolación humana; un espectáculo extremadamente desagradable y antiestético del que formo parte, para colmo, como advenedizo.

Así pues, cada mendigo se ha ganado su trozo de acera en una carga a la bayoneta o pertenece a una red organizada que cuenta con resolutivos protectores que evitan las perturbaciones en el ejercicio de la industria del óbolo. Por tanto, la soberanía sobre cada palmo de asfalto conquistado se ejerce al más puro estilo de la ley del más fuerte, sin el menor atisbo de contemplaciones.

Como hasta el momento soy en esta particular carrera de Oklahoma un Juan Sin Tierra, aparte del mordisco ya me he ganado un par de hostias muy bien dadas, una patada en el culo y unos cuantos escupitajos por mendigar en territorio ajeno.

Se limosnea al paso —los que pueden andar, rodar o reptar—, yendo y viniendo constantemente por el dominio que, debido a la superpoblación mendicante, nunca supera los cincuenta metros cuadrados. Los que están impedidos mendigan quietos, de pie si se sostienen, aunque sea con andamiaje, o semiderrumbados. Lo que no permite la expeditiva policía rusa —se llama a los maderos musorá, «basura»— es pedir al estilo europeo, con el campamento montado en una esquina estratégica o sentado contra una pared. A no ser que se gane el privilegio con periódicas mordidas.

En esta ciudad es posible conseguir de todo, absolutamente de todo, hasta lo inimaginable, si se paga por ello.

Nadie toca la flauta ni instrumento alguno, pues no se oiría en el fragor de la calle, aunque se tratara de un estremecedor bombo, una obsesiva txalaparta o una lacerante gaita gallega.

Se permite tender la mano a cualquier hora, pero de noche es cuando hay más limosneros. Aparecen cuando se oculta el sol, como los vampiros y las bestezuelas noctámbulas. El famoso verso de Góngora parece pergeñado ex profeso para estas piltrafas del arroyo: «Infame turba de nocturnas aves.»

Como ya he anotado, en este momento y en este sector no hay chusma mendicante a la vista. Quizá acabo de encontrar una plaza libre, una parcela sin dueño en la que voy a poder hincar mi bandera y salvar todavía la noche.

Y la vida.

La ocasión la pintan calva y con risa de clown.

Para Jacques Tourneur, la mayor causa de un susto terrorífico sería que sonara el timbre de tu casa a medianoche y que al abrir la puerta te encontraras a un payaso de circo perfectamente vestido y maquillado, serio e inmóvil.

Pongo mi mejor cara de pena y desolación, y extiendo la mano a todo transeúnte que se me cruza. Ya no tengo que fingir la cojera. El mordisco me arde. No puedo caer más bajo, a no ser que excave.

Pasado un buen rato, sólo he conseguido unas pocas monedas: dos de cinco rublos y tres de uno. Y en todo el tiempo que llevo mendigando a salto de mata no he juntado ni doscientos rublos.

Estoy jodido.

Noto que los pelillos del cogote —el único cabello que me queda— se erizan por el incremento de miedo.

De repente, oigo hablar en español, cosa nada habitual por estos pagos. Un mortecino rescoldo de esperanza se convierte en tímida llama que me dispongo presto a avivar.

Es un grupito de españoles, media docena, todos disfrazados de turista según el ridículo uniforme globalizado. Los seis están parados en la acera y dudan a la entrada de un casino cuya fachada luce el fuselaje azul cielo metalizado de Mazinger Z, un robot de dos pisos de altura copiado de unos viejos dibujos animados japoneses; buena imagen para un mal sueño. Me acerco a ellos con timidez. Por su corta estatura y el generoso volumen de la cabeza podrían ser extremeños: comedores de garbanzos y, por lo tanto, gente árida de pesadas digestiones que acarrean mala leche.

Me parece improcedente extender la mano o entrelazar las dos en ademán melodramático. Opto por lo peor: alzo las zarpas sobre mis hombros con las palmas por delante, como si estuviese anunciando el segundo advenimiento de Dios es Cristo. Recuerdo lo que decía Bogart cuando pide dinero al propio John Huston al comienzo de El tesoro de Sierra Madre. Se me antojan las palabras adecuadas para entrarles a estos paletos.

—Por favor, señores. Amigos. Una pequeña ayuda para un compatriota en apuros, muy lejos de la patria y muy venido a menos.

El grupúsculo de miserables cabezones criadores de marranos me escudriña un instante con una mezcla de asco y temor. Acto seguido todos se arraciman para cerrar mejor su círculo de iniquidad —como si fueran los carromatos de una caravana de cuáqueros cercada por los comanches—, darme la espalda y pasar de mí. Es increíble. Qué hijos de puta. Me alejo de la mezquina escoria con paso titubeante, aturdido por la humillación. Quel dommage!

El tráfico se detiene por el sempiterno atasco y distingo mejor en la acera de enfrente al inmundo Boris, que pide limosna a los transeúntes utilizando la técnica machacona de rendirlos por agotamiento. Va persiguiendo a cada uno lo que sea necesario, soltándole una inacabable retahíla, y al final todos terminan por darle algo para quitárselo de encima. Yo también he intentado esta estrategia, pero enseguida, al poco de mosconear, me han enseñado unos puños semejantes al martillo de Thor.

El inmundo Boris no tiene problemas con la hostilidad de los demás mendigos por invadir sus territorios. El belicoso es él. Aunque se trata de un desperdicio de paritorio que mide metro y medio y pesará como mucho cincuenta kilos, su marrullería y explosiva capacidad para la violencia suplen con creces el enclenque físico.

Un mendigo grandón, al que se le nota la capa de mugre desde mi distante acera y que parece por la traza contemporáneo de Iván el Terrible, le corta el paso al inmundo Boris, le increpa y le da un empujón que lo derriba. No sabe el infeliz lo que acaba de hacer ni lo que le espera.

El inmundo Boris parece que lleva muelles en la espalda y que rebota en el suelo, tal es la velocidad con la que se ha puesto de pie. Visto y no visto: ya le está repartiendo leña al pobre grandón, nunca mejor dicho. Se ha debido de calzar la manopla de hierro. Da saltos para llegar al rostro del gigante y sacudirle mejor los tremendos puñetazos herrados. El grandón cae entre dos contenedores de basura y el inmundo Boris se ceba con él en el suelo. Dejo de contar cuando lleva asestados doce puñetazos y ocho coces. Nadie los separa.

En mi acera también reinan la paz y la filantropía. De un McDonald’s adosado al casino —al que deseo que hayan entrado por

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos