El rapto de la Bella Durmiente (Saga de la Bella Durmiente 1)

Anne Rice

Fragmento

 

 

 

 

 

 

A S. T. Roquelaure con amor

 

LA LLAMADA DEL PRÍNCIPE

 

Durante toda su juventud, el príncipe había oído la historia de la Bella Durmiente, condenada a dormir durante cien años, al igual que sus padres, el rey y la reina, y toda la corte, después de haberse pinchado el dedo en un huso.

Pero no creyó en la leyenda hasta que estuvo dentro del castillo.

Ni siquiera la había creído al ver los cuerpos de otros príncipes atrapados en las espinas de los rosales trepadores que cubrían los muros. Ellos sí habían acudido movidos por un convencimiento, eso era cierto, pero él necesitaba ver con sus propios ojos el interior del castillo.

El príncipe, imprudente por efecto del dolor que sentía tras la muerte de su padre y demasiado poderoso bajo el reinado de una madre que lo favorecía en exceso, cortó de raíz las imponentes trepadoras, impidiendo de este modo que lo apresaran entre su maraña. No era el deseo de morir sino el de conquistar el que lo empujaba.

Avanzando con tiento entre los esqueletos de los que no habían logrado resolver el misterio, se introdujo a solas en la gran sala de banquetes.

El sol brillaba en lo alto del cielo y las enredaderas habían retrocedido permitiendo que la luz cayera en haces polvorientos desde las encumbradas ventanas.

Todavía instalados ante la mesa de banquetes y cubiertos por varias capas de polvo, el príncipe descubrió a los hombres y mujeres de la antigua corte que dormían con los rostros inanimados y rubicundos envueltos por telas de araña.

Se quedó boquiabierto al ver a los sirvientes dormidos contra las paredes, con las ropas consumidas y convertidas en andrajos.

Así que la antigua leyenda era cierta. Con la misma osadía de antes, inició la búsqueda de la Bella Durmiente, que debía hallarse en el centro de todo aquello.

La encontró en la alcoba más alta de la casa. Finalmente, tras sortear los cuerpos de doncellas y criados dormidos, y respirar el polvo y la humedad del lugar, se halló en el umbral de la puerta de su santuario.

Sobre el terciopelo verde oscuro de la cama, el cabello pajizo de la princesa se extendía largo y liso, y el vestido, que formaba holgados pliegues, revelaba los pechos redondeados y las formas de una joven.

Abrió las contraventanas cerradas. La luz del sol resplandeció sobre ella. El príncipe se acercó un poco más y soltó un ahogado suspiro al tocar la mejilla, los labios entreabiertos y los dientes y, después, los delicados párpados.

El rostro le pareció perfecto; y la túnica bordada, que se le había pegado al cuerpo y marcaba el pliegue entre sus piernas, permitía adivinar la forma de su sexo.

Desenvainó la espada con la que había cortado todas las enredaderas que cubrían los muros y, deslizando cuidadosamente la hoja entre sus pechos, rasgó con facilidad el viejo tejido del vestido que quedó abierto hasta el borde inferior. Él separó las dos mitades y la observó. Los pezones eran del mismo color rosáceo que sus labios, y el vello púbico era castaño y más rizado que la larga melena lisa que le cubría los brazos hasta llegar casi a las caderas por ambos costados.

Separó de un tajo las mangas y alzó con suma delicadeza el cuerpo de la joven para liberarlo de todas las ropas. El peso de la cabellera pareció tirar de la cabeza de ésta, que quedó apoyada en los brazos de él al tiempo que la boca se abría un poco más.

El príncipe dejó a un lado la espada. Se quitó la pesada armadura y a continuación volvió a alzar a la princesa sosteniéndola con el brazo izquierdo por debajo de los hombros y la mano derecha entre las piernas, el pulgar en lo alto del pubis.

Ella no profirió ningún sonido; pero si fuera posible gemir en silencio, la princesa gimió con la actitud de su cuerpo. Su cabeza cayó hacia él, quien sintió la caliente humedad del pubis contra su mano derecha. Al volver a tenderla, le apresó ambos pechos y los chupó suavemente, primero uno y luego el otro.

Eran éstos unos pechos llenos y firmes, pues era joven cuando la maldición se apoderó de ella. Él le mordisqueó los pezones, al tiempo que le meneaba los senos casi con brusquedad, como si quisiera sopesarlos; luego se deleitó palmoteándolos ligeramente hacia delante y atrás.

Al entrar en la estancia el deseo le había invadido con fuerza, casi dolorosamente, y ahora le incitaba de forma casi cruel.

Se subió sobre ella y le separó las piernas, mientras pellizcaba suave y profundamente la blanca carne interior de los muslos. Estrechó el pecho derecho en su mano izquierda e introdujo su miembro sosteniendo a la princesa erguida para poder llevar aquella boca hasta la suya y, mientras se abría paso a través de su inocencia, le separó la boca con la lengua y le pellizcó con fuerza el pecho.

Le chupó los labios, le extrajo la vida y la introdujo en él. Cuando el príncipe sintió que su simiente explotaba dentro del otro cuerpo, la joven gritó.

Luego sus ojos azules se abrieron.

—¡Bella! —le susurró.

Ella cerró los ojos, con las cejas doradas ligeramente fruncidas en un leve mohín mientras el sol centelleaba sobre su amplia frente blanca.

Le levantó la barbilla, besó su garganta y, al extraer su miembro del sexo comprimido de ella, la oyó gemir debajo de él.

La princesa estaba aturdida. La incorporó hasta dejarla sentada, desnuda, con una rodilla doblada sobre los restos del vestido de terciopelo esparcidos encima de la cama, que era tan lisa y dura como una mesa.

—Os he despertado, querida mía —le dijo—. Habéis dormido durante cien años, igual que todos los que os querían. ¡Escuchad, escuchad! Oiréis cómo este castillo vuelve a la vida, algo que nadie antes que vos oyó nunca.

Un agudo grito llegó desde el corredor, donde la sirvienta estaba de pie con las manos en los labios.

El príncipe se acercó hasta la puerta para hablar con ella.

—Id a buscar a vuestro amo, el rey. Decidle que el príncipe que había de liberar esta casa de la maldición ha llegado y también que ahora permaneceré reunido a puerta cerrada con su hija.

Cerró la puerta, echó el cerrojo y se volvió para observar a Bella.

Se tapaba los pechos con las manos. Su larga y lisa cabellera dorada, espesa e increíblemente sedosa, caía a su alrededor, abriéndose sobre la cama.

La princesa reclinó la cabeza de manera que el pelo cubriera su cuerpo. Pero miraba al príncipe, y éste se sorprendió al ver aquellos ojos carentes de miedo o malicia. Estaban abiertos de par en par, sin expresión alguna, como los de uno de esos tiernos animales del bosque instantes antes de caer abatidos en una cacería.

El seno de la princesa se agitaba al compás de su respiración anhelante. Él se echó a reír, se aproximó un poco más y le retiró el pelo del hombro derecho.

Ella alzó la mirada y la mantuvo fija en él. Un rubor novicio afluyó a sus mejillas y, de nuevo, el príncipe la besó.

Le abrió la boca con los labios y con la mano izquierda le sujetó las muñecas, bajándoselas hasta el regazo desnudo para poder así cogerle los pechos y examinarlos mejor.

—Beldad inocente —susurró.

Sabía lo que ella estaba viendo: un joven algo mayor que la princesa cuando se convirtió en la Bella Durmiente. Él era apenas un hombre, pero no temía nada ni a nadie. Era alto, con el pelo negro; su figura delgada le daba un aspecto ágil.

Le gustaba pensar en sí mismo como en una espada: ligero, directo, muy preciso y absolutamente peligroso.

Había dejado a muchos tras él que podían corroborarlo.

En aquel momento, no albergaba orgullo sino una inmensa satisfacción. Había llegado hasta el centro del castillo maldito.

En la puerta se oían golpes y gritos.

No se molestó en contesar. Volvió a tender a Bella sobre la cama.

—Soy vuestro príncipe —dijo—, así os dirigiréis a mí, y por este motivo me obedeceréis.

Al separarle otra vez las piernas, vio la sangre de su inocencia sobre la tela y, riéndose tranquilamente para sus adentros, volvió a entrar en ella con suma suavidad.

Bella soltó una suave sucesión de gemidos que en los oídos del príncipe sonaron como besos.

—Contestadme como corresponde —susurró.

—Mi príncipe —dijo.

—Ah —suspiró—, qué delicia.

 

 

Cuando abrió de nuevo la puerta, la habitación estaba casi a oscuras. Comunicó a los sirvientes que cenaría entonces y que recibiría al rey de inmediato. Le ordenó a Bella que cenara con él, que se quedara a su lado y, en tono firme, le dijo que no debía llevar ropa alguna.

—Es mi deseo que estéis desnuda y siempre disponible para mí —sentenció.

Podría haberle dicho que estaba inmensamente bonita cubierta sólo por su cabello dorado, por el rubor de sus mejillas y por sus manos, con las que intentaba en vano resguardar el sexo y los pechos. Pero aunque lo pensaba no lo dijo en voz alta.

En vez de esto, la cogió por las muñecas, se las sostuvo a la espalda mientras los sirvientes traían la mesa, y luego le ordenó que se sentara frente a él.

La anchura de la mesa le permitía alcanzar sin dificultad a Bella; podía tocarla y acariciar sus pechos si así le apetecía. Estiró el brazo y le levantó la barbilla para inspeccionarla a la luz de las velas que sostenían los criados.

Sirvieron asados de cerdo y ave, y frutas dispuestas en grandes y resplandecientes cuencos de plata. Al instante, el rey apareció en el umbral de la puerta. Ataviado con sus pesadas vestimentas ceremoniales y una corona de oro ceñida a la cabeza, se inclinó ante el príncipe y esperó la orden para entrar.

—Vuestro reino ha estado desatendido durante cien años —dijo el príncipe mientras levantaba su copa de vino—. Muchos de vuestros vasallos han escapado para irse con otros señores y buenas tierras están sin cultivar. Pero conserváis vuestra riqueza, vuestra corte y vuestros soldados. Es mucho lo que os queda por delante.

—Estoy en deuda con vos, príncipe —respondió el rey—. Pero ¿podéis decirme vuestro nombre, el de vuestra familia?

—Mi madre, la reina Eleanor, vive al otro lado del bosque —dijo el príncipe—. En vuestra época, era el reino de mi bisabuelo: él era el rey Heinrick, vuestro poderoso aliado.

El príncipe advirtió la sorpresa reflejada en el rostro del rey y luego su mirada de confusión. El príncipe lo comprendió perfectamente. Al ver el rubor que cubría la tez del soberano, le dijo:

—En aquella época, durante un tiempo prestasteis vasallaje en el castillo de mi bisabuelo, ¿no es cierto?, y quizá también vuestra reina, ¿no?

El rey apretó los labios con gesto de resignación y asintió lentamente:

—Sois descendiente de un poderoso monarca —susurró, y el príncipe se percató que el rey no levantaba los ojos para no ver a su hija desnuda.

—Me llevaré a Bella para que preste servidumbre —afirmó el príncipe—. Ahora ella es mía. —Con su largo cuchillo de plata cortó el caliente y suculento asado de cerdo y dispuso varios pedazos en su propio plato. Los sirvientes competían entre ellos para aproximarle más bandejas.

Bella estaba sentada con las manos de nuevo sobre los pechos; tenía las mejillas humedecidas por las lágrimas y temblaba levemente.

—Como deseéis —dijo el rey—. Estoy en deuda con vos.

—Habéis recuperado vuestra vida y vuestro reino —continuó el príncipe—. Y yo tengo a vuestra hija. Pasaré aquí la noche y mañana partiremos hacia el otro lado de las montañas para convertirla en mi princesa.

Se había servido algo de fruta y más pedazos de asado. A continuación, con un suave chasquido de los dedos, le dijo a Bella en un susurro que se acercara a él.

Advirtió la vergüenza que sentía ella ante los sirvientes.

Pero aun así le quitó la mano de su sexo.

—No volváis a taparos de este modo, nunca más —dijo. Pronunció estas palabras casi con ternura, al tiempo que le retiraba el pelo de la cara.

—Sí, mi príncipe —susurró ella. Tenía una vocecita encantadora—. Pero es tan difícil.

—Por supuesto que lo es —sonrió él—. Pero lo haréis por mí.

Entonces la cogió y la sentó sobre el regazo, abrigándola con su brazo izquierdo.

—Besadme —dijo, y al experimentar de nuevo la cálida boca sobre la suya, sintió que el deseo le invadía de nuevo, demasiado pronto para su gusto, pero decidió saborear este leve tormento.

—Podéis marcharos —le dijo al rey—. Ordenad a vuestros criados que tengan mi caballo preparado por la mañana. No necesitaré caballo para Bella. Sin duda habréis encontrado a mis soldados a las puertas de vuestro castillo —el príncipe se rió—. Les daba miedo entrar conmigo. Decidles que estén dispuestos al amanecer, entonces podréis despediros de vuestra hija, Bella.

El rey alzó la vista breve y rápidamente para acatar las órdenes del príncipe y con una cortesía inagotable retrocedió hasta salir por la puerta.

El príncipe centró toda su atención en Bella.

Levantó una servilleta y le enjugó las lágrimas. Ella mantenía obedientemente las manos sobre los muslos, mostrando su sexo, y él observó con aprobación que no intentaba esconder sus endurecidos pezones rosados con los brazos.

—A ver, no os asustéis —le dijo con dulzura mientras le acercaba un poco de comida a su boca temblorosa. Luego le palmeó los pechos que vibraron ligeramente—. Podría haber sido viejo y feo.

—Pero entonces yo podría sentir lástima por vos —dijo con voz dulce, tímida.

Él se rió:

—Voy a castigaros por esto —le dijo con ternura—. Aunque de vez en cuando alguna pequeña impertinencia femenina resulta divertida.

Ella se sonrojó fuertemente y se mordió el labio.

—¿Tenéis hambre, hermosa? —le preguntó él.

Advirtió que le daba miedo responder.

—Cuando os pregunte diréis, «Sólo si os place, mi príncipe», y sabré que la respuesta es sí. O, «no, a menos que así os plazca, mi príncipe», y entenderé que la respuesta es no. ¿Me entendéis?

—Sí, mi príncipe —contestó ella—. Tengo hambre sólo si os place, mi príncipe.

—Muy bien, muy bien —dijo con sincera emoción. Cogió un pequeño racimo de brillantes uvas púrpuras y se las llevó a la boca una a una, sacando a continuación las pepitas y dejándolas a un lado.

Luego observó con evidente placer cómo ella bebía a grandes tragos de la copa de vino que le sostenía en los labios. Después le enjugó la boca y la besó.

Los ojos de Bella centelleaban pero había dejado de llorar. El príncipe palpó la suave carne de su espalda y sus pechos una vez más.

—Excelente —susurró—. ¿Así que antes estabais terriblemente consentida y os concedían todo lo que deseabais?

Ella, confundida, volvió a sonrojarse y luego asintió con cierta vergüenza.

—Sí, mi príncipe, creo que quizás...

—No tengáis miedo de contestarme con muchas palabras —le instó— siempre que sean respetuosas. No habléis nunca a menos que yo os hable antes, y aseguraos cuidadosamente de tener en cuenta qué es lo que me complace. Estabais muy malcriada y os lo concedían todo, pero ¿erais testaruda?

—No, mi príncipe, creo que no lo era —dijo—. Intentaba ser una alegría para mis padres.

—Y seréis una alegría para mí, querida mía —dijo cariñosamente.

Sin dejar de rodearla firmemente con el brazo izquierdo, el príncipe siguió cenando.

Comía con entusiasmo: cerdo, ave, algo de fruta y varias copas de vino. Luego les dijo a los sirvientes que lo retiraran todo y que salieran.

Habían puesto sábanas y colchas limpias sobre la cama, almohadas mullidas, rosas en un jarro próximo, y también varios candelabros.

—Y bien —dijo el príncipe mientras se levantaba y la colocaba ante él—. Tenemos que acostarnos puesto que mañana se presenta una larga jornada. Y aún tengo que castigaros por la impertinencia de antes.

Las lágrimas asomaron de inmediato a los ojos de Bella, que imploró al príncipe con su mirada. Casi alargó los brazos para cubrirse los pechos y el sexo, pero recordó las instrucciones anteriores y apretó con impotencia los pequeños puños a ambos lados del cuerpo.

—No os castigaré mucho —dijo él con ternura, levantándole la barbilla—. No fue más que una pequeña falta y, al fin y al cabo, la primera. Pero, Bella, para ser sinceros, os diré que me encantará castigaros.

Ella se mordía el labio y el príncipe se percató de que quería hablar; el esfuerzo por controlar la lengua y las manos era casi excesivo para ella.

—Está bien, preciosidad, ¿qué queréis decir? —preguntó.

—Por favor, mi príncipe —rogó—. Me dais tanto miedo.

—Descubriréis que soy más tolerante de lo que pensáis —le dijo.

Se quitó el largo manto, lo arrojó sobre una silla y echó el cerrojo a la puerta. Luego apagó casi todas las luces, a excepción de unas pocas velas.

Iba a dormir con la ropa puesta, como hacía la mayoría de noches que pasaba en los bosques, en las posadas del campo o en las casas de esos humildes campesinos en las que se detenía en ocasiones, puesto que eso no era un gran inconveniente para él.

Al acercarse a ella pensó que debía ser clemente y llevar a cabo el castigo con rapidez. Se sentó a un lado de la cama, se estiró para alcanzarla y, sujetándole las muñecas con la mano izquierda, atrajó su cuerpo desnudo y lo tumbó sobre su regazo de modo que las piernas pendían inútilmente sin tocar del suelo.

—Preciosa, preciosísima —dijo mientras recorría lánguidamente con su mano derecha las redondas nalgas, obligándolas a separarse ligeramente cada vez un poquito más.

Bella lloraba a viva voz pero amortiguaba el llanto contra la cama, con las manos sujetas ante sí por el largo brazo izquierdo del príncipe.

Entonces él, con la mano derecha, le dio un azote en el trasero y comprobó cómo el llanto subía de volumen. La verdad, no había sido un palmetazo tan fuerte, pero dejó una marca roja sobre la piel. Él volvió a zurrarle, sintió cómo la princesa se retorcía contra él, notó el calor y la humedad de su sexo contra la pierna y, una vez más, le propinó otro azote.

—Creo que sollozáis más por la humillación que por el dolor —le regañó con voz suave.

Ella forcejeaba por amortiguar el sonido de sus quejas.

El príncipe abrió

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