Contenido
Prólogo
PRIMERA PARTE: ECLIPSE
1. Calcedonia
2. Zircón
3. Jade
4. Ágata
5. Hematite
6. Cacoxenita
7. Aguamarina
8. Granate
9. Perla
10. Magnetita
11. Crisoberilo
12. Turquesa
13. Celestina
14. Calcopirita
15. Howlita
16. Andalucita
17. Calcita
18. Piedra de luna
19. Angelita
20. Rubí
21. Berilo
22. Labradorita
23. Cuarzo ametrino
24. Amatista
25. Turmalina
26. Ópalo
27. Piedra del sol
28. Coral
29. Alejandrita
30. Kunzita
31. Larimar
32. Esmeralda
SEGUNDA PARTE: LUNA NUEVA
33. Diásporo
34. Aventurina
35. Epidota
36. Apofilita
37. Cuarzo rutilado
38. Rodocrosita
39. Sodalita
40. Peridoto
41. Azurita
42. Rodonita
43. Obsidiana
44. Zafiro
45. Corniola
46. Dioptasa
47. Topacio
48. Cuarzo ahumado
49. Ojo de halcón
50. Quiastolita
51. Crisocola
52. Ágata musgosa
53. Blenda
54. Cuarzo rosa
55. Ámbar
56. Amazonita
57. Diamante
Epílogo
Del cuaderno del abuelo Pietro
A Diego, que ha escrito esta historia conmigo
¿La felicidad? —dijo la hermosa ave, y rio con su pico dorado—. La felicidad, amigo, está en todas partes, en los montes y en los valles, en las flores y en los cristales.
HERMANN HESSE
Prólogo
Decidir quién sería el que durmiese en la cama del lado de la ventana era un asunto de suma importancia, y tanto Leo como yo estábamos decididos a hacer valer nuestros derechos.
Por eso levanté la cabeza con brusquedad cuando por fin dejó de asfixiarme con la almohada. ¿Que se preocupaba de si yo continuaba respirando? ¡No era propio de él!
Me tiró de la manga del pijama.
—¡Luna, mira!
Intrigada, desvié los ojos hacia donde me guiaban los suyos, y me encontré con el abuelo Pietro.
Estaba de pie contra la ventana y su perfil se alzaba oscuro y poderoso a la luz de la luna. Un gigante bueno, sus hombros anchos y fuertes habrían podido sostener fácilmente el mundo entero.
Nos quedamos observándolo unos segundos, hasta que cedí.
—¿Qué miras, abuelo?
Me respondió sin siquiera volverse, como si aquello que estaba observando fuera a desaparecer si él apartaba la vista.
—Miro la luna.
Leo se levantó de la cama y fue a su lado con el rostro atento en el cielo.
—¿Por qué?
Él suspiró.
—Porque es la única piedra que hace brillar mi cielo.
No entendí lo que quería decir con aquella respuesta extraña. Leo, sin embargo, lo miró en silencio y asintió con convicción. Luego volvió con paso resuelto a la cama, como tras una larga conversación de hombre a hombre.
—¿Qué quería decir?
Se encogió de hombros.
—No tengo ni idea...
Alcé los ojos al cielo, resoplando, y volví a mirar al abuelo. Si no lo conociera tan bien, habría podido pensar que estaba a punto de llorar. Pero, ya se sabe, los gigantes nunca lloran y el abuelo era el rey.
Había cabalgado a lomos de elefantes cuando estuvo en Birmania persiguiendo rubíes, había surcado las aguas del río Abaetezinho a la búsqueda del mítico diamante rojo; en Sudáfrica se vio, incluso, arrastrado en la vorágine oscura de la mina de oro más profunda del mundo. Un explorador sin miedo, un aventurero indómito. Nada lo atemorizaba.
—¿Estás enfadado con nosotros? —le pregunté, titubeante, volviendo a pensar en el pequeño incidente con su microscopio para gemas que Leo y yo habíamos tenido aquella tarde.
Suspiró de nuevo, antes de venir hacia nosotros con paso pesado.
—Nunca me podría enfadar con vosotros dos —nos aseguró con una sonrisa melancólica—. Sois mi tesoro más preciado. Mis diamantes.
Nos abrazó con tanta fuerza que me temí que estuviera mintiendo y que lo que buscara fuera asfixiarnos contra su camisa de lino.
Luego nos besó en la frente y se alejó, conminándonos a dormir o llamaría a mamá.
Después de un rato, mirando al cielo estrellado más allá de la ventana, volví a pensar en las palabras del abuelo.
—Ha dicho que somos sus diamantes... ¿Qué crees que ha querido decir? —pregunté, dudosa.
Leo se volvió sobre su costado para mirarme, sus ojos oscuros brillaban a la luz de la luna.
—Mmm... ¿El diamante no es la piedra que los adultos se regalan cuando se prometen? —preguntó frunciendo el ceño.
Asentí.
Se encogió de hombros.
—Entonces, tal vez quería decir que vamos a estar juntos para siempre...
—¡Qué asco! —exclamé horrorizada.
También él se dio cuenta del despropósito que acababa de enunciar y su cara se contrajo en una mueca de disgusto.
—Ya. ¡Qué mierda!
—¡Te apestan los pies! —le señalé.
—¡Y tú roncas! —me echó en cara.
Crucé los brazos a la altura del pecho, con rabia.
—¡No es verdad!
Su cara era un poema.
—No, en serio... ¡No quiero estar contigo para siempre!
—¡Ah, vale! ¡Yo tampoco! —respondí, indignada.
Nos quedamos en silencio unos minutos, presagiando la terrible desgracia de esa eventualidad. Búsqueda de tesoros emocionantes, lucha a muerte y risas ruidosas: en el fondo, después de todo, no habría estado tan mal...
Al final, fue él quien cedió.
—Está bien, a lo mejor podría quedarme un poco... —murmuró, abriéndose a esa posibilidad.
—¿Un poco como cuánto? —pregunté, vacilante.
Se tomó un tiempo para reflexionar.
—Mmm... Bastante.
Me pareció un plazo aceptable.
—Ok, entonces estaremos juntos bastante.
—¿Lo prometes? —me preguntó, elevando el meñique.
Hice un gesto afirmativo con la cabeza y entrelacé el mío con el suyo.
—Lo prometo.
Al otro lado de la ventana la luna llena selló esa pequeña promesa con su luz de plata.
PRIMERA PARTE
ECLIPSE
1
Calcedonia
Piedra de la comunicación; gracias a su energía agradable y calmante permite la apertura de uno mismo y elimina el miedo a expresar los propios pensamientos o sentimientos. Favorece la elocuencia, la escucha y la comprensión de uno mismo y de los demás. Mantenida en la mano durante una conversación, ayuda a expresarse de manera pacífica eliminando la ira.
Nunca he terminado de comprender cómo la lluvia en Milán consigue caer al mismo tiempo en vertical y en horizontal, desafiando las leyes físicas.
Con vergonzante retraso entro en la tienda, empapada como si acabara de salir de la ducha y hubiese olvidado secarme.
Desde que el abuelo ha trasladado la actividad familiar al centro, hace casi un año, llegar puntual al trabajo por la mañana se convierte en una odisea, especialmente si quien me acompaña es Giulio.
Como un empleado impecable de la oficina de tráfico, mi novio guarda un reverencial respeto por el sagrado código de circulación y los correspondientes límites de velocidad, tanto que ir en coche con él es como viajar en papamóvil.
El Corazón de Jade me acoge con su calor perfumado de incienso, las gemas dispuestas en las repisas de cristal de la vitrina capturan la luz e inundan la estancia de suaves resplandores coloreados.
—Aquí estoy, perdona la tardanza —digo, desenrollándome la bufanda.
El abuelo levanta la cabeza canosa, un movimiento burlón atraviesa los ojos de zafiro.
—Oh, no te preocupes, cariño. Mamá me dijo que te acompañaba Giulio. No te esperaba antes de mañana por la tarde.
Alzo los ojos al cielo; no lo soporto cuando esparce su discutible sentido del humor cebándose en mi novio; o sea, casi siempre.
Lo ignoro.
—¡Eh, hola! ¿Cómo estás? —digo en cambio a Britta, sentada a la mesa frente a él. Brigitta Engström es la mejor cliente que tenemos: con todas las piedras que nos ha comprado en los últimos años podría pavimentar el Camino de Santiago.
—¡Hola, Luna! —Cuando me ve, su rostro parece iluminarse desde dentro—. Todo bien, gracias. Aunque iría mejor si no tuviera que afrontar el juicio más importante de mi vida dentro de una hora...
Alta y rubia, con su físico estatuario, Britta podría ser modelo si no fuera una de las abogadas más brillantes de la ciudad, digna heredera de su padre, magistrado de renombre, y de su abuelo, ilustre notario de Estocolmo.
—¡Irá muy bien, ya lo verás! —le infundo ánimo, y lo digo en serio. Con ni siquiera cuarenta años, está a punto de convertirse en socia del bufete para el que trabaja desde hace poco tiempo.
Me sonríe nerviosa.
—Por eso estoy aquí. Esperaba que Pietro pudiera hacer uno de sus habituales trucos de magia —dice, volviéndose hacia el abuelo.
—No soy yo el que hace magia, querida mía. —Le sonríe él, de espaldas—. Son las piedras las que tienen poderes extraordinarios.
—Ya —asiente ella con un suspiro de sincera admiración.
Me precipito hacia la parte posterior antes de que se me lea en la cara mi profundo escepticismo. El hecho es que mi abuelo tiene toda una filosofía en lo que respecta al mundo de las gemas y sus increíbles propiedades. Yo, en cambio, ya no. Me limito a ocuparme de la administración del negocio y, cuando es preciso, también de la venta.
Y es que para mí esto es solo un trabajo; para él es toda su vida.
—Entonces, Pietro... ¿dices que esta me ayudará? —Oigo la voz estridente de Britta.
—¡Claro! La calcedonia es la piedra de los oradores —le asegura—. Aleja los miedos y las dudas, e infunde confianza en nosotros mismos, mejorando la capacidad de comunicar.
Frunzo el ceño con una mueca de duda mientras enciendo el ordenador y me quito la chaqueta empapada. Pongo la radio para silenciar las palabras del abuelo; ya no soporto sus historias sobre las leyendas de las piedras duras y las vibraciones de los cristales.
Aprovecho que Alfredo está en una feria de orfebrería en Arezzo para poner mi emisora favorita, puesto que hay una gran diferencia entre mi gusto musical y el de nuestro querido artesano: él no tiene ninguno.
Paso el resto de la mañana registrando facturas y ajustando cuentas, hasta que hacia el mediodía el abuelo aparece en la puerta de la trastienda envuelto como el hombre de las nieves.
—Tengo que salir. Estaré fuera un par de horas.
—¿Se puede saber adónde vas todos los días a esta hora? —pregunto con tono de sospecha, como una esposa celosa. Hace más de una semana que desaparece un rato cada día sin dar demasiadas explicaciones.
Él se encoge de hombros con una mezcla de diversión y misterio en los ojos.
—¿Sabes? Tengo una vida social muy intensa, cielo...
—¿Te reclaman los otros viejos en la bolera? —lo provoco.
—Sí... y no hacen más que preguntarme cuándo vendrá también Giulio... —Y se ríe burlón.
Sacudo la cabeza, pero no soy capaz de ocultar una sonrisa.
—Eres malo.
Él se acerca y me acaricia la cabeza como cuando era pequeña, y bajo el confortable calor de su manaza mi enfado se desmorona.
Sé que quiere a Giulio, por eso no me lo tomo a pecho. Y que el abuelo ha viajado por todo el mundo, ha excavado las vísceras de la tierra y ha dormido bajo las estrellas. Lo más aventurero que ha hecho jamás Giulio es cambiar de marca de cereales por la mañana.
Lo acompaño hasta la puerta mientras veo horrorizada las marcas de lluvia en el vidrio que había limpiado a fondo ayer antes de cerrar. El universo la ha tomado conmigo.
Mientras cierro, me percato de una chica que atraviesa la calle con la bolsa sobre la cabeza para protegerse de la lluvia. Se dirige hacia mí y le dejo la puerta abierta.
—¡Gracias! —exclama con una sonrisa luminosa, entrando jadeante—. ¡Vaya tiempo!
—Sí —murmuro mientras la observo doblar un papelito rojo y metérselo en el bolsillo.
Le hago señas de que se acomode, estudiándola furtivamente. Es una chica guapísima. Esbelta, rubia, ojos ámbar.
—Entonces... ¿en qué puedo servirte? —le pregunto, y veo que lleva una hermosísima capa rosa casi beige. Estoy casi segura de que mi madre empeñaría toda su colección de berilos por verme al menos una vez vestida con algo tan femenino y sofisticado.
Por fortuna, los berilos de mi madre no corren ningún peligro.
—Querría un anillo. —Sus labios esbozan una sonrisa incierta—. Bueno... un anillo con una de vuestras piedras de las que... umm... dan felicidad...
Las Piedras de la Felicidad: así es como llaman por ahí a las piedras de mi abuelo, porque se dice que hacen realidad los sueños y cumplen deseos. No me sorprendería que hubiera sido la propia Britta la que pusiera a circular esa expresión. A veces, pienso que mi abuelo debería darle un porcentaje de las ventas, a juzgar por la cantidad de amigas y conocidos que nos manda cada día.
—Bien. ¿Qué piedra te gustaría? —le pregunto.
—A decir verdad, no sabría... pensaba que tú eras la que me iba a sugerir... He leído que aconsejáis la piedra exacta según la persona.
Me llama la atención que haya dicho que lo ha leído en alguna parte y me pregunto dónde, pero en lugar de preguntárselo me apresuro a responderle, deseosa de volver lo antes posible a mis facturas.
—¡Oh, bien! Digamos que es mi abuelo el experto en esas cosas, pero justo ahora no está. Si quieres volver en otro momento... —respondo, rezando para que se largue.
—No, lamentablemente tengo que regresar al trabajo. Tal vez puedas mostrarme alguna cosa... —Su tono se vuelve confidencial.
—Por supuesto —cedo con poco entusiasmo.
2
Zircón
Gema de los enamorados, hace indisolubles los lazos de amor. Ayuda a amarse a uno mismo y a los otros, y a hacer emerger los aspectos positivos interiores de quien la utiliza. Útil en caso de depresión; en las dificultades esta piedra permite observar los problemas de un modo ordenado para ser capaces de resolverlos fácilmente.
Daba vueltas en la silla giratoria del abuelo con los pies colgando de uno de los brazos y la cabeza en el otro.
Estaba convencida de que con aquel empuje lograría realizar por lo menos diez vueltas sin parar. Lo único cierto, sin embargo, es que solo tenía el estómago revuelto.
Era una tarde de febrero y había llegado al despacho de mi abuelo después de haber hecho los deberes que, puesto que estaba en primaria, afortunadamente no eran muchos.
Me encantaba aquella habitación, en pocos metros cuadrados había conseguido concentrar un pequeño mundo en miniatura.
En las paredes colgaban tapices de batik de Indonesia y máscaras de madera de África, y en las estanterías de la enorme biblioteca se dispersaban diversos objetos artesanales de cada rincón del globo.
Entrar allí era, para mí, como dar la vuelta al mundo.
El abuelo intentaba tasar un collar de oro blanco y, con el microscopio de las gemas, estaba analizando un colgante: un hermosísimo zircón Ratanakiri de Camboya; su color azul era el más brillante que jamás había visto.
Por la ventana del estudio entraban los gritos de los niños del barrio que se lanzaban bolas de nieve en el parque delante de casa. Yo prefería estar con mi Súper Abuelo que con ellos. Me sentía diferente. Y, en efecto, lo era.
Baja y delgada como una anchoa, parecía más un duende divertido que una niña.
—¡Cuéntame otra vez nuestra historia, abuelo! —le pedí quejumbrosa, con la cabeza dándome vueltas.
El abuelo levantó la vista del collar y sonrió paciente.
Me encantaban sus historias, las hubiera escuchado durante horas. La historia que quería que me contara aquel día, además, era mi preferida ya que era la de nuestra familia, que desde siempre gravita en torno al mundo de las piedras.
La había escuchado como poco mil veces, pero siempre me producía un cierto efecto pensar que en mis venas no corría sangre como la de otros niños, sino el potente espíritu de los «cazadores de gemas».
El primero en enamorarse y caer víctima de su magia fue el bisabuelo Arturo, amante del juego y el buen vino.
Durante la Segunda Guerra Mundial estaba en Etiopía y un día, en las arenas del Nilo Azul, encontró por casualidad unas piedras brillantes. Oro.
Intrigado, empezó a querer saber más y, con ayuda de algún amigo lugareño, visitó algunas de las más profundas galerías de la zona. La gente del lugar las llamaba «las antiguas minas del rey Salomón», de las que se decía que procedía el oro que la reina de Saba le regalaba al rey. Y, entonces, el hechizo de las piedras se cumplió, y el bisabuelo Arturo sucumbió: la fascinación del mito, el encanto de una historia legendaria, la emoción del misterio, el placer de la búsqueda, la excitación del descubrimiento...
Muy pronto la ebriedad de la aventura sustituyó a la del vino y el juego, y al bisabuelo Arturo no solo le brotó la fiebre del oro, sino también la del platino, la del zafiro, la del rubí...
Cuando volvió a Italia ya había contraído el virus de los cazadores de gemas y no se pudo hacer nada para curarlo. El primer síntoma claro de su enfermedad fue el nombre que le puso a su primogénito: Pietro.
—¿Cuántos años tenías la primera vez que el bisabuelo Arturo te llevó a Tailandia? —pregunté al abuelo.
—Apenas había cumplido los dieciocho, cielo. —La sombra de una sonrisa nostálgica se asomó a su rostro—. Mi padre me llevó justamente a Chanthaburi, el centro neurálgico del comercio mundial de gemas.
Sí, Chanthaburi. La tierra prometida para todos los apasionados de las piedras preciosas, la Meca de los cazadores de gemas. Bastaba ese nombre, tan exótico y musical, para hacerme soñar con los ojos abiertos.
—¿Y después? ¿Qué pasó después, abuelo?
—Decidí parar y me quedé allá más de un año. —Suspiró—. A la caza de zafiros y otras piedras.
—¿Y después? —lo insté.
—Al principio vendía pequeñas cantidades de gemas seleccionadas en Chanthaburi, luego me trasladé a otros mercados, y cuando por fin volví a Italia, abrí nuestro negocio, El Corazón de Jade.
—¿Y mamá?
—También tu madre lo sabe todo sobre los poderes de las piedras y los cristales, y ni siquiera tenía catorce años cuando empezó a trabajar con nosotros. Su pasión, de todas formas, siempre han sido las ferias del sector y la selección de joyas de diseño exclusivo y singular. Nadie como ella conoce más expertos artesanos disponibles, los mejores a la hora de exaltar las propiedades de las piedras.
Ni mi madre había resultado inmune a la fascinación de las piedras; por lo tanto, no me quedaba ninguna duda: también mi destino estaba ya escrito.
—¡A mí me gustaría ser una gran cazadora de piedras como tú, abuelo! —exclamé, creyéndomelo de veras.
—Claro que lo serás. Ese es tu destino, tesoro mío. —Me sonrió como si fuera obvio.
Arrugué la nariz.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Las piedras me lo susurraron, Luna. Ellas lo saben, lo saben siempre todo...
Posé los ojos sobre el collar que mi abuelo estaba tasando y las piedras incrustadas chispearon bajo la luz de la lámpara de mesa. En aquel brillo hallé la confirmación: las piedras verdaderamente me hablaban.
Asentí.
—¡Y un día yo encontraré zircones relucientes como ese! —sentencié con convicción.
—Estoy seguro. —Y su sonrisa llena de confianza se imprimió a fuego en mi mente.
Sí, sería como él. Audaz e indómita, escalaría montañas y atravesaría bosques para hundirme en las profundidades de la tierra, hasta tocar su corazón palpitante.
Yo también encontraría mis gemas, preciosas amigas con increíbles virtudes para sacar lo mejor de nosotros mismos. Junto a estas fieles compañeras estaba segura de que podría superar cualquier obstáculo, porque —mi abuelo lo decía siempre— las piedras nos guían hacia la felicidad.
Sí, las amaría incondicionalmente por el resto de mi vida.
3
Jade
Amuleto de la suerte por excelencia, evocador de sabiduría y sinceridad, esta piedra otorga fuerza, difunde paz y curación, aporta prosperidad, fertilidad, amor y larga vida. Ayuda a evolucionar espiritualmente, a estimular los sueños, a aportar claridad sobre la propia vida afectiva y a tomar las riendas de la propia existencia. Delicado y sedoso al tacto, el jade es una de las gemas más resistentes del mundo, junto con el diamante.
Durante media vida pensé que el nacimiento de una gema era algo mágico.
Todos los elementos fundamentales —fuego, aire, agua y tierra— participan en su formación en las vísceras del planeta. Mi abuelo las ha llamado siempre «hijas de la tierra»: concebidas en su vientre cálido, perpetúan hasta el infinito el latido de su corazón ardiente.
También el corazón de mi abuelo late al mismo ritmo, y así lo hacía el mío, hasta que se rompió en mil pedazos.
Desde entonces he dejado de creer en los sueños y las fábulas, en las piedras y la magia.
Un día abrí finalmente los ojos y me di cuenta de que era solo sugestión, que todas las historias que mi abuelo había contado siempre no eran sino fábulas. Lo he vivido en carne propia, lo he experimentado en mi corazón.
Así, desde aquel día he dejado de creer en las piedras y sus poderes fantasmagóricos, aunque sigan formando parte de mi mundo. Pero ahora ya no hay más energía ni calor.
—¡Oh, Dios mío! ¡Si son preciosas! —La voz de la chica me trae de nuevo al presente y sus ojos se iluminan en la claridad cambiante de las gemas que poso en la bandeja de plexiglás.
Su entusiasmo me enternece, por eso no le diré que no he elegido una piedra para ella, porque no existe.
Y tampoco le diré que solo me limito a proponerle las gemas más apreciadas de la clientela, segura de que ella misma encontrará entre ellas una que le guste y que se llevará, satisfecha y feliz.
Después de todo, ese es mi trabajo, es el mismo que el de mi abuelo, pero con una única y sustancial diferencia: él vende la magia de las piedras, yo solo vendo piedras de colores.
—¿Sabes? Este es el regalo de parte de mi compañero, para celebrar que hace un año que estamos juntos —explica la chica con un suspiro enamorado.
La miro un poco perpleja.
—¿Y él no te ayuda a elegirlo?
—¡Oh, no! —salta ella—. Él no entiende nada de joyas y piedras preciosas, ¡dice que no distinguiría una perla de una pelotita de futbolín!
Sonrío ante su tono divertido y ella continúa.
—Me ha dicho que elija lo que más me guste. —Se lleva la mano a un lado de la boca como si estuviese revelando un secreto—. ¡Pero que no se salga del presupuesto!
Me río.
—De acuerdo.
Pongo en la bandeja unas cuantas piedras formando una rosa. Paso rápidamente a ilustrarle una por una, pero su atención parece centrarse en la gema verde del centro.
—¿Qué es?
—Un jade de Myanmar, la antigua Birmania.
—Si no me equivoco es la piedra que favorece la fertilidad... ¿Correcto?
Me encojo de hombros, tratando de camuflar mi indiferencia ante ese asunto.
—Eso dicen...
Ella me mira con duda, un asomo de desilusión en su hermoso rostro. Esperaba dar con alguien que la ilustrara sobre los efectos que las piedras ejercen sobre los seres humanos, que le hablara de su excepcional energía y de la vida que late en su interior.
Y desde luego ese alguien no soy yo.
—Vale, entonces quiero esta. —Me sonríe por fin, un poco intimidada—. ¿Sabes?, me gustaría tener un niño, pero... —Levanta los ojos al cielo—. Bueno, él no quiere. Pero tal vez con esta piedra...
Freno la broma sarcástica que tengo en mente y me limito a sonreírle.
El repentino resplandor de un rayo ilumina la tienda y el fragor del trueno que le sigue nos sobresalta.
—¡Vaya! Será mejor que le pida a mi compañero que venga recogerme en coche, si no antes de llegar al final de la calle pareceré un pollo mojado —dice, sacando el móvil del bolso—. Debería estar cerca de aquí.
Después de verla escribir un rápido SMS, le muestro algunos tipos de montura de plata india en la cual fijar el cabuchón del jade. Elige uno de gruesas incrustaciones que encierra la piedra en un abrazo apretado.
—Bien, te lo preparo —le digo, metiendo la piedra en un sobrecito de papel donde anoto su nombre, Lavinia Nardi—. Estará listo en una semana.
Anoto en una ficha sus datos de contacto, cuando la puerta se abre de repente y me hace dar un respingo. Un joven de cabello castaño, sobre la treintena, lucha de espaldas contra las ráfagas de viento tratando de cerrar el paraguas. Una ventolera de aire frío invade la tienda y, a mis espaldas, la puerta de la trastienda golpea tan fuerte que parece un disparo.
—¡Maldición! —exclama para sí, y al sonido de aquella voz mi corazón se detiene.
No, no puede ser.
Y, sin embargo, es. Por si existiera la menor duda, esta se desvanece en cuanto el muchacho se vuelve. Entra chorreante y jadeando, dirigiéndose directamente a la cliente.
—¡Aquí estoy, cielo! —la saluda—. He aparcado justo... —Se interrumpe en cuanto me ve. El estupor lo paraliza de golpe, los ojos de par en par son el espejo de los míos.
El universo decide realzar el momento con el rugido de otro trueno, para perforar el glacial silencio caído de repente. Justo a tiempo, querido mío.
4
Ágata
Potente piedra protectora, infunde valor y aleja la timidez y el miedo. Promoviendo la introspección ayuda en las elecciones sensatas en cualquier ámbito de la vida y es excelente para quienes tienden a actuar por impulso, sin reflexionar.
Conocí a Leonardo Landi la última semana de vacaciones antes de empezar segundo de primaria.
Ambos teníamos siete años y él acababa de mudarse con su madre a nuestro barrio de la periferia de Milán.
Era una tarde cálida de comienzos de septiembre. El sol se filtraba entre las ramas nudosas del viejo cerezo del fondo del jardín, bajo el cual estaba yo sentada, junto a mi abuelo.
Con la nariz hundida entre las páginas de su viejo cuaderno de cuadriculado, sorbía leche caliente con chocolate, ajena al hecho de que hubiera al menos 32 ºC a la sombra.
Los niños del barrio corrían en bicicleta a lo largo de la calle, y a través de mis gruesas gafas los miraba de vez en cuando, esperando, en secreto, que se fundieran en el asfalto.
—Pero ¿cuántos son? No sabría cuál escoger... —Suspiré delante del catálogo de cuatrocientos treinta minerales diferentes que sostenía entre mis manos. Para muchos, el cuaderno escrito por el abuelo y arrugado por el tiempo, podía parecer únicamente un simple fichero que describía las características mineralógicas y las propiedades terapéuticas de los principales minerales presentes en la naturaleza, pero para mí era como un libro de magia que había que hojear con el máximo respeto.
Cada una de las piedras descritas tenía poderes extraordinarios y yo me sentía como una aspirante a bruja, deseosa de comprender sus más recónditos secretos.
Mis ojos fascinados se perdían en medio de las imágenes de todas aquellas piedras de colores variopintos que el abuelo había retratado con su vieja Polaroid en cincuenta años de actividad: el blanco irisado de la perla, el misterioso esplendor azul del zafiro, el azul encantador de la aguamarina, el fuego verde de las esmeraldas o el rojo del rubí.
—Las piedras están vivas y nos llaman, Luna. Son ellas las que nos eligen —me respondió el abuelo, dejando por un instante de afilar uno de sus cinceles para la captura de gemas.
Levanté la vista y arrugué la nariz.
—¿Qué significa eso?
—Que ejercen sobre nosotros una atracción particular, fruto de la resonancia energética que tenemos con ellas. —Sonrió ante mi expresión de duda—. Es como con las personas —siguió explicando con la calma que lo caracterizaba—. Tienes que buscar una piedra que te guste de verdad mucho, sin detenerte en su apariencia. Antes de evaluar la pureza, la perfección o el valor comercial hay que dejarse arrastrar a la búsqueda de un «alma gemela», es decir, una piedra que te inspire verdadera simpatía. ¡Es ella y solo ella la que ha de ser!
Mi «piedra gemela». ¡Era eso lo que tenía que buscar!
—Lo importante es elegir basándonos en su reclamo, así sabrás que has encontrado una piedra que vibra con tu misma energía. Si la eliges es porque tu corazón consigue sentirla. Hay que fiarse siempre del corazón, cielo. No se equivoca nunca.
—¿Y qué sucede cuando has encontrado tu piedra gemela? —le pregunté, ladeando la cabeza.
—En el momento en que la lleves, la piedra desencadenará su poder extraordinario, vinculándose a ti de manera indisoluble. Y, entonces, seréis inseparables.
Inseparables. No tenía muchos ejemplos de ese concepto en mi propia vida. Mi padre y mi madre se separaron poco después de mi nacimiento. A causa de sus largos viajes a la búsqueda de gemas preciosas, mi abuelo se separaba de la abuela muy frecuentemente, y luego ella faltó del todo, separándose de él para siempre. Por lo que sabía, todos se separaban continuamente... O quizá no.
—Inseparables... ¿como la leche y el chocolate? —dije, al azar, poniendo como ejemplo mi binomio favorito.
El abuelo rio.
—Sí. Como la leche y el chocolate, Luna.
Satisfecha, había abandonado la lectura de las páginas del cuaderno, cuando unos sollozos a lo lejos atrajeron mi atención. Me volví y bajo el plátano majestuoso de la entrada del parque vi a un niño hecho un mar de lágrimas que trepaba por el tronco oscuro con la rapidez de una ardilla.
—Y aquel, ¿quién es? —pregunté.
El abuelo levantó los ojos de su caja de herramientas y siguió mi propia mirada con curiosidad.
—Debe de ser el niño que ha venido a instalarse al final de la calle. Vi el camión de mudanzas anteayer.
—¿Y por qué llora? —A veces era como si considerase a mi abuelo como un enorme Libro de Respuestas de carne y hueso, con la solución a punto para cada pregunta mía. Y yo, en materia de preguntas, tenía siempre tantas...
Pero para aquella tampoco él tenía respuesta.
—No lo sé, pero puedes ir a averiguarlo, cariño. A lo mejor puedes ayudarle —dijo mientras parpadeaba en dirección a la mochila de tela donde guardaba celosamente mis piedras.
Me llevó unos segundos analizar la situación. Sin duda, la causa estaba en Iván el Terrible y su ejército de oscuros sirvientes. Iván Grimaldi, llamado «el Terrible», era el niño más malo del barrio: desde la separación de sus padres se había transformado en una especie de bestezuela dispuesta a dar guerra a cosas, animales y personas, sin distinción alguna.
Desde el comienzo de la escuela elemental me había convertido en su objetivo favorito, pero algo me decía que ahora había encontrado a otro con quien desahogarse.
Por eso sentí una repentina corriente de solidaridad hacia aquella extraña especie de niño ardilla que se había refugiado en la frondosidad del árbol.
—¡Ánimo, Luna! ¡Puedes lograrlo! —me incitó el abuelo.
Y yo asentí.
Encaramarme al plátano no fue tan fácil como aquel niño lo hacía parecer. Cuando al fin le di alcance, con un gran suspiro me acomodé en el cruce de dos grandes ramas y me aclaré la voz.
—La belleza de las piedras reside toda ella en sus defectos —sentencié con tono de quien recita los Diez Mandamientos.
El niño ardilla me miró con aire confuso, con los ojos negrísimos anegados de lágrimas.
—¿Eh?
—El abuelo dice que si los otros niños me toman el pelo porque no soy tan guapa como Alessia o Elena, otras dos niñas del barrio, no tengo que llorar, porque yo soy guapa por dentro —asentí, resuelta.
Visiblemente confuso, continuaba mirándome fijamente. Suspiré, con un deje de experta navegante.
—A ver, ¿qué te han dicho? ¿Que con tus orejas se pueden captar canales de los satélites?
Enarcó las cejas, espantado.
—¡No soy un orejudo! —exclamó, dejando al menos claro que entendía nuestra lengua.
Miré sus orejas, pequeñas y perfectas, y tuve que admitir que tenía razón.
—Vale —murmuré, rascándome la barbilla con gesto pensativo—. ¿Entonces te han dicho que tus dientes de conejo podrían servir de abrelatas?
—¡No! —Daba bufidos, impaciente.
—¿Te han llamado Colmillo Blanco, Cuatro Ojos, Dumbo...? —insistí, enumerando lo mejor del repertorio que había escuchado a Iván.
—Me han dicho que soy un ladrón, como mi padre, que está en la cárcel —aclaró.
—Vaya —me sobresalté. Esa no la tenía—. ¿En la cárcel?
—Sí. Mi madre dice que cogió cosas que no eran suyas y ahora tiene que estar en la cárcel.
—¿Y debe estar ahí para siempre?
—¡No para siempre! —Abrió los ojos como si me hubiera convertido en un alienígena—. Por poco tiempo...
—Muy poco, espero —dije, sincera. El mío, mi padre, se había ido para siempre y no era bonito saber que no volvería, «nunca, nunca, ni en un millón de vidas más», como repetía mi madre cada vez que intentaba preguntárselo.
—Sí, yo también lo espero —suspiró.
No le pregunté si también él era un ladrón; el hecho de que su padre lo fuera no lo condenaba automáticamente. «Jamás juzgues por las apariencias, cielo», era una de las frases que el abuelo repetía a menudo.
Y, además, el niño ardilla no parecía en verdad un ladrón. Sus ojos eran buenos, increíblemente vivos. Sentí que podía fiarme. A fin de cuentas el corazón no se equivoca nunca, ¿verdad?
Abrí mi mochila y elegí con cuidado un regalo para él.
—Aquí está. Quédatela, es tuya —le dije, tendiéndole la piedra.
Él la miró con reservas.
—¿Qué es?
—Mi piedra de ágata. Sirve para dar valor y te hace dejar de llorar.
Una leve sonrisa afloró en su carita incrédula.
—Dejé de llorar cuando llegaste.
Me encogí de hombros.
—Está bien. De todos modos, quédatela. A mí ya no me sirve. Soy mayor y ya no lloro.
La risotada de Iván el Terrible nos sobresaltó.
—¡Eh, mirad! ¡Vaya parejita! —gritó desde abajo con su habitual desprecio.
De repente mi labio inferior empezó a temblar peligrosamente y me apresuré a mordérmelo. Me contuve solo cuando vi una mano temblorosa tenderme una parte de la piedra de ágata para que la cogiera,
