Cien horas con Fidel
Daban las dos de la madrugada y llevábamos horas conversando. Nos hallábamos en su despacho personal del palacio de la Revolución. Una pieza austera, amplia, de techo alto, con anchos ventanales cubiertos por cortinas de color claro que dan a una gran terraza desde donde se divisa una de las principales avenidas de La Habana. Adosada a la pared del fondo, una inmensa biblioteca y, delante de ella, una larga y maciza mesa de trabajo repleta de libros y de documentos. Todo muy ordenado. Dispuestas en las estanterías o sobre mesitas a ambos extremos de un sofá: una figura en bronce y un busto del «apóstol» José Martí, así como una estatua del «Libertador» Simón Bolívar, otra del mariscal Antonio José de Sucre y un busto de Abraham Lincoln.
En un rincón, realizada con alambre, una escultura del Quijote a lomos de Rocinante. Y en las paredes, además de un gran retrato al óleo de Camilo Cienfuegos, uno de sus principales lugartenientes en la Sierra Maestra, tres documentos enmarcados: una carta autógrafa de Bolívar, una foto dedicada de Hemingway exhibiendo un enorme pez espada («Al doctor Fidel Castro, que clave uno como éste en el pozo de Cojímar. Con la amistad de Ernest Hemingway»), y una foto de su padre, don Ángel, llegado de su lejana Galicia hacia 1895.
Sentado frente a mí, alto, corpulento, con la barba ya casi blanca y su impecable uniforme verde olivo de siempre desprovisto de toda condecoración, sin un asomo de cansancio pese a lo tardío de la hora, Fidel contestaba con calma. A veces en voz tan baja, como susurrada, que apenas lo alcanzaba a oír. Estábamos a finales de enero de 2003 y empezaba la primera serie de nuestras largas conversaciones que me harían regresar de nuevo a Cuba varias veces en los meses siguientes, y hasta diciembre de 2005.
La idea de este diálogo había surgido un año antes, en febrero de 2002. Yo había ido a La Habana a dar una conferencia en el marco de la Feria del Libro. También estaba allí Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001. Fidel Castro me lo presentó diciendo: «Es economista y norteamericano, pero es lo más radical que he visto jamás. A su lado, yo soy un moderado». Nos pusimos a hablar de la globalización neoliberal y del Foro Social Mundial de Porto Alegre, del que yo acababa de llegar. Quiso saberlo todo, los temas en debate, los seminarios, los participantes, las perspectivas… Expresó su admiración por el movimiento altermundialista: «Se ha levantado una nueva generación de rebeldes, muchos de ellos norteamericanos, que utilizan nuevas formas, métodos distintos de protestar, y que están haciendo temblar a los amos del mundo. Las ideas son más importantes que las armas. Menos la violencia, todos los argumentos deben emplearse para enfrentar la globalización».
Como siempre, a Fidel le salían ideas a borbotones. Stiglitz y yo lo escuchábamos impresionados. Tenía una visión global de la mundialización. Analizaba sus consecuencias y los medios para hacerles frente, con argumentos de una modernidad y de una audacia que ponían de relieve esas cualidades que muchos biógrafos han subrayado en él: su sentido de la estrategia, su capacidad para «leer» y valorar una situación concreta, y su rapidez de análisis. A todo ello se añadía la experiencia acumulada en tantos años de gobierno, de resistencia y de combate.
Escuchándolo, me pareció injusto que las nuevas generaciones no conocieran mejor su trayectoria, y que, víctimas inconscientes de la constante propaganda contra Cuba, tantos amigos comprometidos con el movimiento altermundialista, sobre todo los más jóvenes, en Europa, lo consideren a veces como un hombre de la guerra fría, un dirigente de una etapa superada de la historia contemporánea y que poco puede aportar a las luchas del siglo XXI.
Para muchos, y en el seno mismo de la izquierda, Cuba suscita hoy recelos, críticas y oposiciones. Y aunque en América Latina la Revolución cubana sigue provocando entusiasmo en los movimientos sociales y en muchos intelectuales, en Europa es objeto de controversias. Un tema apasionado que fragmenta y divide. Cada vez resulta más difícil encontrar a alguien —a favor o en contra de la Revolución cubana— que, a la hora de hacer un balance, consiga dar una opinión serena y desapasionada.
Yo acababa de publicar un breve libro de conversaciones con el subcomandante Marcos, el héroe romántico y galáctico de los zapatistas mexicanos.1 Fidel lo había leído y le había interesado. Le propuse al comandante cubano hacer algo parecido con él, pero de mayor amplitud. Él no ha escrito sus memorias, y es casi seguro que, por falta de tiempo, ya no las redactará. Sería, pues, una suerte de «biografía a dos voces», un testamento político en forma de conversación, un balance oral de su vida hecho por él mismo al alcanzar los casi ochenta años, y cuando se ha cumplido más de medio siglo desde aquel ataque al cuartel Moncada de Santiago de Cuba, en julio de 1953, donde, en cierta medida, empezó su epopeya pública.
Pocos hombres han conocido la gloria de entrar vivos en la historia y en la leyenda. Fidel es uno de ellos. Es el último «monstruo sagrado» de la política internacional. Pertenece a esa generación de insurgentes míticos —Nelson Mandela, Ho Chi Minh, Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Che Guevara, Carlos Marighela, Camilo Torres, Mehdi Ben Barka— que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la guerra fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Como miles de intelectuales y de progresistas a través del mundo, y entre ellos hasta los más brillantes, esa generación pensaba con sinceridad que el comunismo anunciaba un porvenir radiante, y que la injusticia, el racismo y la pobreza podían ser extirpados de la faz de la Tierra en pocos decenios.
En aquella época, en Vietnam, en Argelia, en Guinea-Bissau, en más de medio planeta se sublevaban los pueblos oprimidos. La humanidad aún estaba entonces, en gran parte, sometida a la infamia de la colonización. Casi toda África y una buena parte de Asia seguían dominadas, avasalladas por los viejos imperios occidentales. Mientras, las naciones de América Latina, en teoría independientes desde hacía siglo y medio, permanecían explotadas por minorías privilegiadas, y a menudo sojuzgadas por crueles dictadores (Batista en Cuba, Trujillo en República Dominicana, Duvalier en Haití, Somoza en Nicaragua, Ydígoras en Guatemala, Pérez Jiménez en Venezuela, Stroessner en Paraguay…), instalados en el poder y amparados por Washington.
Fidel escuchó mi propuesta con una sonrisa leve, como medio divertido. Me miró con ojos maliciosos, y me preguntó con ironía: «¿De verdad quiere usted perder su tiempo charlando conmigo? ¿No tiene cosas más importantes que hacer?». Por supuesto, le contesté que no. Decenas de periodistas de todo el mundo, y entre ellos los más célebres, llevan años esperando la oportunidad de conversar con él. Para un profesional de la prensa, ¿qué entrevista más importante puede haber que el diálogo con una de las personalidades históricas más significativas de los últimos sesenta años? ¿No es acaso Fidel Castro el jefe de estado que más tiempo lleva ejerciendo su cargo?2 A título de comparación, recordemos que el mismo día —el 8 de enero de 1959— que Fidel, entonces con treinta y dos años, después de haber vencido al ejército de Batista, entró victorioso en La Habana, en Francia el general De Gaulle tomaba posesión de su cargo de primer presidente de la V República.
Fidel Castro ha tenido que lidiar nada menos que con diez presidentes estadounidenses (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo). Tuvo relaciones personales y a menudo amistosas con algunos de los principales líderes que marcaron la marcha del mundo después de 1945 (Nehru, Nasser, Tito, Jruschov, Olof Palme, Willy Brandt, Ben Bella, Boumedienne, Arafat, Indira Gandhi, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, Mitterrand, Jiang Zemin, Juan Pablo II, el rey Juan Carlos, Nelson Mandela, etcétera). Y ha conocido a algunos de los principales intelectuales, artistas y personalidades de nuestro tiempo (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Ernest Hemingway, Graham Greene, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Oswaldo Guayasamín, Henri Cartier-Bresson, Oscar Niemeyer, Julio Cortázar, José Saramago, Gabriel García Márquez, Claudio Abbado, el comandante Cousteau, Harry Belafonte, Angela Davis, Jesse Jackson, Danielle Mitterrand, Costa-Gavras, Gérard Depardieu, Dany Glover, Robert Redford, Jack Nicholson, Steven Spielberg, Eduardo Galeano, Maradona, Oliver Stone, Noam Chomsky y muchísimos otros).
Bajo su dirección, su pequeño país (cien mil kilómetros cuadrados, once millones de habitantes) ha podido conducir una política de gran potencia a escala mundial, llegando incluso a echarle un pulso a Estados Unidos, cuyos dirigentes no han conseguido derribarlo, ni eliminarlo, ni tan siquiera modificar el rumbo de la Revolución cubana.
La Tercera Guerra Mundial estuvo a punto de estallar en octubre de 1962 a causa de la actitud del gobierno estadounidense que protestaba contra la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba, cuya función era, sobre todo, defensiva y disuasiva para impedir un nuevo desembarco como el de 1961 en la bahía de Cochinos, realizado esta vez directamente por los estadounidenses con el objetivo de derrocar el régimen cubano.
Desde 1960, Estados Unidos lleva a cabo una guerra económica contra Cuba y le imponen unilateralmente, a pesar de la oposición cada vez más viva de la ONU,3 un devastador embargo comercial (acentuado en la década de 1990 por las leyes Torricelli y Helms-Burton, y reforzado de nuevo por la Administración Bush en mayo del 2004), que obstaculiza su normal desarrollo y contribuye a agravar la difícil situación económica,4 con consecuencias trágicas para sus habitantes.
Estados Unidos prosigue, además, una guerra ideológica y mediática permanente contra La Habana a través de las potentes Radio Martí y Televisión Martí, instaladas en la Florida para inundar la isla de propaganda como en los peores tiempos de la guerra fría. Las autoridades estadounidenses, a través, en ocasiones, de oficinas pantalla —como la National Endowment for Democracy (NED), una «ONG» creada por Ronald Reagan en 1983—, financian en el extranjero a grupos que difunden propaganda hostil a Cuba.5
Por ejemplo, según la agencia de prensa norteamericana Associated Press, en 2005 la NED distribuyó 2,4 millones de dólares a organizaciones que militan en Europa por un cambio de régimen en Cuba. Por otra parte, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), que depende directamente del Gobierno de Estados Unidos, ha entregado, desde 1996, más de 65 millones de dólares a grupos comprometidos contra Cuba con base, principalmente, en Florida. En mayo de 2004, la administración Bush creó un fondo suplementario de 80 millones de dólares destinado a reforzar la ayuda a estos mismos grupos.6 Decenas de periodistas en diferentes lugares del mundo son pagados por difundir informaciones inventadas contra Cuba.7
Una parte de estas sumas sirven para subvencionar a varias organizaciones terroristas hostiles al régimen cubano —Alpha 66 y Omega 7, entre otras—, que tienen sus bases en Florida, donde poseen campos de entrenamiento y desde donde envían regularmente a la isla comandos armados para cometer sabotajes y atentados, con la complicidad pasiva de las autoridades estadounidenses. Cuba es uno de los países que más víctimas de atentados ha tenido (cerca de tres mil quinientos muertos y dos mil lisiados de por vida) y que más ha sufrido por el terrorismo en los últimos cuarenta años.8
Despreciando la soberanía de Cuba y considerando que la isla es, por así decirlo, un «asunto interno», Washington no dudó, en 2005, en nombrar un «coordinador para la transición en Cuba», Caleb McCarry (anteriormente destinado en Afganistán).
El 10 de julio de 2006, un informe de la Comisión de Ayuda para una Cuba Libre, copresidido por la secretaria de Estado Condoleezza Rice y el secretario de Comercio Carlos Gutiérrez, reclamó que se hiciera todo lo necesario «para que la estrategia de sucesión del régimen de Castro no se vea coronada por el éxito». El documento, que fija el montante de la subvención de Estados Unidos a sus aliados del interior de la isla —esos que el escritor norteamericano Ernest Hemingway,9 en un contexto muy diferente, calificaba de «quinta columna»— en más de 62,8 millones de euros, precisa que estas sumas serán remitidas directamente a los «disidentes», que serán entrenados y recibirán equipos y material.
Se trata de una ingerencia innegable de una gran potencia para desestabilizar un pequeño país y, a la vez, de un verdadero «beso de la muerte» para los opositores.10 Porque, como ha subrayado el presidente del Parlamento cubano Ricardo Alarcón, «mientras exista esa política, habrá cubanos implicados que conspiren con los americanos, que acepten su dinero, y […] no conozco ningún país que no califique semejante actividad como un delito».11 Con mayor motivo aún si se piensa que el «plan» americano incluye un «anexo secreto […] por razones de seguridad nacional» para garantizar su «realización efectiva». En materia de «medidas secretas», la historia de América Latina —desde el Chile de Salvador Allende a la Nicaragua de los sandinistas— no permite ninguna ingenuidad. De lo que se trata aquí, sin duda, es más bien de una «guerra secreta».
A pesar de los ataques tan persistentes por parte de Estados Unidos y de los seiscientos intentos de asesinato fomentados contra él, Fidel Castro nunca ha respondido haciendo uso de violencia. Desde hace cuarenta y ocho años, no se ha producido en Estados Unidos un solo acto violento promovido por Cuba. Fidel Castro declaró, al contrario, después de los odiosos atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington, que «su actitud en contra nuestra no disminuye en nada el profundo dolor que sentimos por las víctimas de los ataques terroristas del 11 de septiembre. Hemos dicho en muchas ocasiones que, cualesquiera que sean nuestras relaciones con el Gobierno de Washington, nunca saldrá nadie de Cuba para cometer un atentado en Estados Unidos». Y añadió también: «Que me corten una mano si alguien encuentra aquí una sola frase dirigida a mancillar al pueblo norteamericano. Seríamos una especie de fanáticos ignorantes si fuésemos a echar la culpa al pueblo americano de las diferencias entre nuestros dos gobiernos».
Como reacción ante las agresiones constantes venidas de fuera, el régimen ha preconizado en el interior del país la unión a ultranza. Ha mantenido el principio del partido único, y a menudo ha sancionado con severidad las discrepancias aplicando a su manera el viejo lema de san Ignacio de Loyola: «En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición». Por eso, el informe anual de 2006 de Amnistía Internacional critica la actitud del gobierno en materia de libertades (libertad de asociación, libertad de opinión, libertad de movimiento) y recuerda que en Cuba «siguen encarcelados unos setenta presos de opinión».12 Sea cual fuere la causa, se trata de una situación que no se justifica. Como tampoco se justifica la aplicación de la pena de muerte, hoy día suprimida en la mayoría de los países desarrollados (con las notables excepciones de Estados Unidos y de Japón). Ningún demócrata puede aceptar la existencia de presos de opinión y el mantenimiento de la pena capital.13
Los informes críticos de Amnistía Internacional no indican, sin embargo, que existan en Cuba casos de tortura física, de «desapariciones», de asesinatos de periodistas, crímenes políticos o manifestaciones reprimidas con violencia por la fuerza pública. Tampoco se ha registrado ningún levantamiento popular desde 1959. Esos mismos informes señalan, en cambio, que en algunos estados de la región que no despiertan la atención de los grandes medios de comunicación —como Guatemala, Honduras, El Salvador, República Dominicana, y también México, por no hablar de Colombia—,14 mujeres, sindicalistas, opositores, periodistas, sacerdotes, magistrados, alcaldes y líderes de la sociedad civil siguen siendo impunemente asesinados, sin que estas violaciones ordinarias de los derechos humanos susciten ningún tipo de emoción mediática internacional.
A ello habría que añadir, en estos países y en la mayoría de los países pobres del mundo, la violación permanente de los derechos económicos, sociales y culturales de millones de ciudadanos, la escandalosa mortalidad infantil, la escasa esperanza de vida, el hambre, el analfabetismo, los sin techo, los sin empleo, los excluidos del sistema sanitario, los mendigos, los niños de la calle, los barrios de chabolas, la droga, la criminalidad y toda clase de delincuencias; fenómenos, todos ellos, desconocidos o casi inexistentes en Cuba. Igual que es inexistente el culto oficial de la personalidad. Aunque la imagen de Fidel está muy presente en la prensa, en la televisión y en las calles, no existe ningún retrato oficial ni hay ninguna estatua, moneda, avenida, edificio o monumento dedicado a Fidel Castro ni a ninguno de los líderes vivos de la Revolución.
A pesar del incesante hostigamiento exterior, este pequeño país, apegado a su soberanía, ha obtenido resultados muy notables en materia de desarrollo humano: abolición del racismo, emancipación de la mujer, erradicación del analfabetismo, reducción drástica de la mortalidad infantil,15 elevación del nivel cultural general… En cuestiones de educación, de salud, de investigación médica y de deporte, Cuba ha alcanzado niveles que muchos países desarrollados envidiarían.16
La diplomacia cubana es una de las más activas del mundo. La Revolución, en los años 1960 y 1970, apoyó a los movimientos de oposición armada en numerosos países de América Central (El Salvador, Guatemala, Nicaragua) y del Sur (Colombia, Venezuela, Bolivia, Argentina). Sus fuerzas armadas, proyectadas al otro lado del mundo, participaron en campañas militares de gran envergadura, en particular en las guerras de Etiopía y de Angola. La intervención que realizaron en este último país concluyó con la derrota de las divisiones de élite de la República de Sudáfrica, lo cual aceleró de forma indiscutible la caída del régimen racista del apartheid y permitió la liberación de Nelson Mandela, quien no pierde ocasión de recordar la amistad que le une a Fidel Castro y su deuda para con la Revolución cubana.
En los años ochenta, Cuba se puso a la cabeza del Movimiento de los No-alineados y dirigió una intensa campaña internacional para rechazar el pago de la deuda pública exterior de los países latinoamericanos. Después de la debacle del campo socialista de Europa del Este y el hundimiento de la Unión Soviética en 1991, la Revolución cubana vivió años muy difíciles, calificados de «período especial», pero consiguió sobrevivir, para gran sorpresa de la mayoría de sus adversarios.
Por primera vez en su historia, Cuba no depende de un imperio; ni de España, ni de Estados Unidos, ni de la Unión Soviética. Plenamente independiente por fin, ha iniciado una especie de segunda vida política, a la izquierda de la izquierda internacional, asociada a todas las fuerzas progresistas internacionales, e incorporándose a la vasta ofensiva contra el neoliberalismo y la globalización.
En este nuevo contexto geopolítico, la revolución cubana es todavía, gracias a sus éxitos y a pesar de sus importantes carencias (dificultades económicas, colosal incompetencia burocrática, corrupción a pequeña escala generalizada, dureza de la vida cotidiana, penurias alimentarias, apagones, escasez crónica de transportes, problemas de alojamiento, racionamiento, restricciones de ciertas libertades), una referencia importante para millones de desheredados del planeta.
Aunque Cuba no se propone en absoluto «exportar» su modelo político-social, aquí o allá, en numerosas regiones del globo, mujeres y hombres protestan, luchan y a veces mueren intentando conseguir objetivos sociales como algunos de los logrados por la Revolución cubana. Esto es particularmente cierto en América Latina, donde la solidaridad hacia Cuba y la reivindicación de la figura de Fidel Castro nunca habían sido tan fuertes.
Desde la victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela en diciembre de 1998, y hasta diciembre de 2006, los escrutinios han permitido, democráticamente, la elección (o la reelección) de candidatos de izquierda: Néstor Kirchner en Argentina, Lula da Silva en Brasil, Tabaré Vázquez en Uruguay, Martín Torrijos en Panamá, René Préval en Haití, Michelle Bachelet en Chile, Evo Morales en Bolivia, Daniel Ortega en Nicaragua y Rafael Correa en Ecuador. En otros países, solo las presunciones de fraude han impedido la victoria del representante de la izquierda (como, en julio de 2006, en México, la de Andrés Manuel López Obrador, ¡por el 0,56 por ciento de los votos!).17
Esta situación en América Latina es totalmente inédita. No hace tanto tiempo, bajo pretextos diversos, un golpe de Estado militar (la tentativa más reciente se remonta al 11 de abril de 2002, en Venezuela contra el presidente Hugo Chávez) o una intervención militar directa de Estados Unidos (la última tuvo lugar en diciembre de 1989 en Panamá contra el presidente Manuel Noriega) ponía fin rápidamente a cualquier proyecto de reforma económica y social, por más que contara con la aprobación de la mayoría de los electores. Hay que recordar que gobernantes elegidos democráticamente, como Jacobo Arbenz en Guatemala, João Goulart en Brasil, Juan Bosch en la República Dominicana o Salvador Allende en Chile, por citar sólo cuatro casos entre los más célebres, fueron derrocados —respectivamente en 1954, 1964, 1965 y 1973— por golpes de Estado militares apoyados por Estados Unidos, para impedir la realización de reformas estructurales en sociedades muy desigualitarias, reformas que hubieran afectado los intereses de Estados Unidos y que —era la época de la guerra fría (1947-1989)— hubieran podido comportar una modificación de alianzas que Washington no tenía intención de consentir.
En el contexto geopolítico de la época, la única experiencia de izquierda que consiguió sobrevivir fue la de Cuba. Pero hemos visto a qué precio. Las presiones y las agresiones la forzaron a endurecerse más de lo necesario y a privilegiar durante más de veinte años —para escapar a un aislamiento político y a un estrangulamiento económico fomentados por Estados Unidos— una alianza poco natural con la muy lejana Unión Soviética, cuya desaparición repentina en diciembre de 1991 le ocasionó graves dificultades. Con la excepción del caso cubano, todas las tentativas realizadas para cambiar las estructuras de la propiedad o distribuir más justamente las riquezas de ese continente fueron brutalmente interrumpidas.
¿Por qué lo que no ha consentido Estados Unidos durante decenios lo acepta hoy? ¿Por qué una marea rosa y roja puede cubrir tantos estados latinoamericanos sin ser frenada como antes? ¿Qué ha cambiado para que esto ocurra? En primer lugar habría que mencionar un elemento de capital importancia: el fracaso, en el conjunto de América Latina, de las experiencias neoliberales, a veces muy radicales, de los años noventa. En numerosos países, estas políticas han dado lugar a múltiples privatizaciones que han significado la venta a precios de saldo del patrimonio nacional, a una descomunal corrupción, a un saqueo descarado, al empobrecimiento masivo de las clases medias y populares, a la destrucción de sectores enteros de las industrias nacionales, y finalmente, a la rebelión de los ciudadanos. En Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, en Perú y en Argentina, verdaderas insurrecciones cívicas han provocado, a veces, el derrocamiento de presidentes elegidos de forma democrática, pero que consideraban que, habiendo ganado las elecciones, tenían carta blanca durante el curso de su mandato para actuar a su antojo y, finalmente, traicionar el programa propuesto a los electores.
En este sentido, la revuelta popular en Argentina de diciembre de 2001, que provocó la salida del presidente Fernando De la Rua, y sobretodo el dramático fracaso de las políticas neoliberales aplicadas de 1989 a 1999 por Carlos Menem, constituyen en cierto modo el equivalente, para este continente, de lo que representó para Europa la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, es decir, el rechazo definitivo de un modelo dogmático, arrogante y antipopular.
Otro elemento fundamental: los Estados Unidos, «padrinos» (en el sentido mafioso) de esta región considerada como su «patio trasero», desviaron, desde la guerra del Golfo de 1991 y más aún desde el 11 de septiembre de 2001, lo esencial de sus preocupaciones geopolíticas hacia el Próximo y el Medio Oriente, donde se encuentran el petróleo y sus principales enemigos actuales. Este cambio de eje ha favorecido la eclosión, en América Latina, de diversas experiencias de izquierda y sin duda ha evitado que estas fueran, como antaño, rápidamente ahogadas en germen. Una oportunidad para La Habana, que ha visto aumentar el número de sus nuevos y sólidos aliados en la región, con los que multiplica los acuerdos políticos y las asociaciones económicas y comerciales. En particular con la Venezuela bolivariana de Hugo Chávez. También, en la Cumbre del Mercosur, en Córdoba (Argentina), Fidel Castro firmó, el 21 de julio de 2006, un importante acuerdo comercial con los países miembros de esta unión, entre ellos Brasil y Argentina, que de este modo lanzaban un franco desafío al embargo norteamericano y mostraban ostensiblemente su respaldo a un pequeño país que, desde hace casi cincuenta años, rechaza someterse ante la primera potencia mundial.
¿Qué ocurrirá cuando desaparezca, por causas naturales, el presidente cubano? Es obvio que se producirán cambios, ya que nadie en la estructura de poder (ni en el Estado, ni en el Partido, ni en las Fuerzas Armadas) posee su autoridad. Una autoridad que le confiere su cuádruple carácter de teórico de la Revolución, jefe militar victorioso,18 fundador del Estado y estratega, desde hace cuarenta y ocho años, de la política cubana. Algunos analistas vaticinan que, como ocurrió en Europa del Este después de la caída del Muro de Berlín, el régimen actual será muy pronto derrocado. Se equivocan. Y son víctimas del mismo espejismo que los neoconservadores norteamericanos, que se autointoxicaron con la convicción de que todos los regímenes autoritarios sin excepción eran solo fachadas huecas que iban a derrumbarse al primer golpe, convicción que, como es sabido, ha conducido a Estados Unidos a la trampa afgana y al cenagal iraquí. Es muy poco probable que asistamos en Cuba a una transición semejante a la de Europa oriental, donde un sistema impuesto desde el exterior y detestado por una parte importante de la población se desmoronó en muy poco tiempo.
El 31 de julio de 2006 tuvimos la prueba de ello cuando, a resultas de la complicada intervención quirúrgica que siguió a una «crisis intestinal aguda que provocó una fuerte hemorragia», Fidel Castro cedió —por primera vez desde 1959 y «a título provisional»— todas sus funciones a un equipo de siete personas presidido por Raúl Castro.19 Numerosos adversarios se apresuraron a anunciar entonces la caída inminente del régimen y la insurrección de la población. La Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA) llamó enseguida, desde Florida, a un «levantamiento militar o civil» para derrocar el régimen. Y el 2 de agosto, George W. Bush instigaba también a la insurrección y lanzaba este mensaje a los habitantes de la isla: «Os apoyaremos en vuestros esfuerzos para establecer […] un gobierno de transición comprometido en el camino a la democracia», amenazando con represalias a los partidarios de la revolución que se opusieran a una «Cuba libre».20 Sin embargo, los días pasan, y a finales de diciembre de 2006, todos los observadores continuaban señalando que la vida en Cuba seguía su curso normal.
Aunque los adversarios de Fidel Castro no lo acepten, la lealtad de la mayoría (aunque no de la totalidad) de los cubanos a la Revolución es una realidad política. Y se trata de una lealtad fundamentada en un patriotismo que, al contrario de lo que ocurrió en los países comunistas del Este europeo, tiene sus raíces en la resistencia histórica contra las ambiciones anexionistas de Estados Unidos.
Guste o no a sus detractores, Fidel Castro tiene un lugar reservado en el panteón mundial de las figuras que han luchado por la justicia social y que han dado pruebas de solidaridad en favor de los oprimidos de la Tierra. Como ha dicho Frei Betto, teólogo católico brasileño y ex consejero del presidente Lula: «Fidel Castro no sólo ha liberado a su pueblo del hambre, sino también del analfabetismo, de la mendicidad, de la criminalidad y de la sumisión al imperio».
Por todas estas razones —a las que vino a añadirse, después de los acontecimientos de marzo y abril de 2003, mi desacuerdo con la condena a largas penas de unos setenta disidentes no violentos y la ejecución de tres secuestradores de un barco—, me parecía inconcebible que un dirigente de tal envergadura, criticado de modo tan feroz por numerosos medios occidentales, no ofreciese su versión personal, su propio testimonio directo sobre los principales combates que han marcado su existencia.
Fidel Castro, tan prolijo en sus discursos, ha concedido en su vida pocas entrevistas de gran amplitud. Sólo se han publicado cuatro conversaciones largas con él en cincuenta años: dos con el periodista italiano Gianni Miná, otra con Frei Betto y una última con el escritor nicaragüense y antiguo ministro sandinista Tomás Borge. Después de casi un año de espera, Fidel Castro me hizo saber que aceptaba mi propuesta y que mantendría conmigo su quinta entrevista larga, que al final resultó la más completa de cuantas ha concedido. Me preparé, pues, a fondo, como para una maratón. Leí o volví a leer decenas de libros, artículos e informes, y consulté con numerosos amigos, mejores conocedores que yo del complejo itinerario de la Revolución cubana, que me sugirieron cuestiones, temas y críticas. A ellos les debo el interés que puedan tener las preguntas planteadas a Fidel Castro en este libro-entrevista.
El libro-entrevista es un género literario o periodístico mestizo. Es a la vez antiguo, ya que una de sus obras fundacionales, Conversaciones de Goethe con Eckermann,21 data de 1835, y contemporáneo, porque las técnicas recientes de grabación han favorecido la multiplicación de este tipo de obras; y pertenece, al mismo tiempo, al ámbito del periodismo y al del ensayo. Del periodismo, porque la entrevista es uno de los procedimientos periodísticos por excelencia, aun siendo menos reciente de lo que pudiera creerse: la primera entrevista moderna —entre el líder mormón Brigham Young y el periodista Horace Greeley— fue publicada por el New York Tribune el 20 de agosto de 1859.22 Y del ensayo, porque la amplitud y la lentitud de elaboración del libro liberan de algún modo a la entrevista de su aspecto superficial, rápido e improvisado que le han conferido sobre todo los medios de la velocidad y del directo, como la radio, la televisión e internet.
El tiempo del libro es, en efecto, más lento, y su estatus diferente, lo que autoriza por definición al entrevistado a releer sus declaraciones, a realizar eventuales enmiendas, correcciones y a añadir, si hace falta, algunas precisiones útiles. Liberado de las coerciones del directo, el entrevistador puede, por su parte, reordenar las preguntas, clasificarlas mejor para conferir mejor ritmo al diálogo. Porque la entrevista es también un género literario. En el presente caso he querido que sea asimismo un libro de historia contemporánea, lo que me ha llevado a completar las declaraciones del presidente cubano con un indispensable y copioso aparato de notas destinadas a esclarecer el contexto, informar sobre personalidades citadas o recordar acontecimientos; por no hablar de la necesidad de aportar complementos obligados, como una bibliografía bastante amplia y una necesaria cronología, inédita, que proporciona referencias útiles en el tiempo y en la geografía.
Antes de sentarnos a trabajar en la quietud, la penumbra y el silencio del despacho personal de Fidel Castro —ya que una parte de las entrevistas se filmaba para un documental—,23 quise conocer un poco mejor, en proximidad, al personaje, descubrirlo en sus quehaceres diarios, en su manejo de los asuntos cotidianos. Hasta entonces sólo había conversado con él en breves encuentros profesionales sobre temas muy precisos: con ocasión de reportajes en la isla o de mi participación en algún congreso o algún evento como el ya mencionado de la Feria del Libro de La Habana. Él aceptó la idea, y me invitó a acompañarlo durante varios días en diversos recorridos, tanto por Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como por el extranjero (Ecuador).
Durante todo ese tiempo, a bordo de su vehículo oficial, un pesado Mercedes negro blindado de los años ochenta —con una metralleta rondando por el suelo—, en su avión presidencial, un vetusto Ilyushín Il-18 soviético —un modelo que dejó de fabricarse en 1970—, o también caminando, almorzando o cenando, conversamos sobre las noticias del día, sobre sus experiencias pasadas y sus preocupaciones presentes, sobre todos los temas imaginables, y sin grabadora. Yo reconstruiría luego esos diálogos, de memoria, en mis cuadernos, ya que habíamos convenido que él podría releer y enmendar sus respuestas antes de la publicación.
Descubrí así un Fidel íntimo, casi tímido, muy bien educado y afable, que presta atención a cada interlocutor y habla sin afectación. Con modales y gestos de una cortesía un poco anticuada que le vale, a veces, el calificativo de «último caballero español». Siempre atento a los demás, y en particular a sus colaboradores, a sus escoltas, y sin emplear nunca una palabra más alta que la otra. Nunca le oí dar una orden. Pero ejerce una autoridad absoluta en su entorno. Por su aplastante personalidad. Donde está él, sólo se oye una voz: la suya. Él es quien toma todas las decisiones, pequeñas o grandes. Aunque consulta con las autoridades políticas que dirigen el Partido y el Estado, y se muestra muy respetuoso con los procedimientos de toma de decisión colectiva, en última instancia es él quien toma la decisión final. No hay nadie, desde la muerte de Che Guevara, en el círculo de poder en el que se mueve, que tenga un calibre intelectual comparable al suyo. En ese sentido, da la impresión de ser un hombre solo. Sin amigo íntimo, ni socio intelectual de su talla.
También es un hombre que vive, por lo que pude apreciar, de manera modesta, austera, casi espartana: lujo inexistente, mobiliario sobrio, comida sana, frugal, macrobiótica. Hábitos de monje-soldado. La mayoría de sus enemigos admiten que figura entre los pocos jefes de Estado que no se han aprovechado de sus funciones para enriquecerse.
Apenas duerme cuatro horas y, de vez en cuando, una o dos horas más en cualquier momento del día. Su jornada de trabajo, siete días a la semana, suele terminar a las cinco o las seis de la madrugada, cuando despunta el día. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la madrugada para ir a participar, cansado pero sonriente, en una «reunión importante»… Es también un gran madrugador. Viajes, desplazamientos, reuniones, visitas e intervenciones se encadenan sin tregua, a un ritmo intenso. Sus asistentes —todos jóvenes, de unos treinta años, y brillantes—, al final de la jornada, acaban molidos. Se duermen de pie, agotados, incapaces de seguir el ritmo de este infatigable señor de ochenta años.
Fidel reclama notas, informes, cables, noticias de la prensa nacional y extranjera, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, resultados de encuestas de opinión nacionales… Continuamente hace y recibe llamadas con el móvil de su asistente personal, Carlitos Valenciaga. De una curiosidad infinita, no cesa de pensar, de cavilar, de animar a su equipo de asesores. Siempre alerta, en acción, «conspirando» a la cabeza de un pequeño estado mayor —el grupo que constituyen sus asistentas y asistentes —, librando una batalla nueva. Rehacer la Revolución una y otra vez. Nada más contrario a él que el dogma, el precepto, la regla, el sistema, la verdad revelada. Es el antidogmático por antonomasia. Un transgresor instintivo y, aunque parezca obvio decirlo, un rebelde permanente.
Ver a Fidel Castro en acción resulta apasionante. Es contemplar la política en marcha. Siempre con ideas, pensando lo impensable, imaginando lo inimaginable. Con una creatividad que hay que calificar de genial. En este sentido podría decirse de él que es un creador político, como otros son creadores en el campo de la pintura o de la música. Incapaz de concebir una idea que no sea descomunal, su atrevimiento mental es espectacular.
Una vez discutido y aprobado un proyecto, ningún obstáculo lo detiene. «La intendencia seguirá», decía el general De Gaulle. Fidel piensa igual. Dicho y hecho. Cree con pasión en lo que está haciendo. Su entusiasmo mueve las voluntades. Debe de ser eso el carisma. Las palabras se transforman en realidades. Dice a menudo: «Son las ideas las que transforman el mundo, como las herramientas transforman la materia».
Antes de su accidente de salud del 26 de julio de 2006, Fidel Castro era, a pesar de su edad, un hombre dotado de un físico impresionante, de elevada estatura (1,85 m), atlético y robusto. Sobre los numerosos visitantes que recibe, a menudo extranjeros, el comandante cubano ejerce una poderosa atracción, y sabe utilizar, como los grandes actores, su innegable seducción.
Brillante y barroco, tiene una necesidad visceral de comunicar con el público. No ignora que una de sus cualidades principales es la palabra, con la que convence y persuade. Sabe como nadie captar la atención de un auditorio, mantenerlo subyugado, electrizarlo, entusiasmarlo y provocar tempestades de aplausos. No hay espectáculo comparable al del Fidel Castro orador. Siempre de pie, balancea el cuerpo, palmea el micrófono, hace retumbar su voz, marca largos silencios, fija los ojos en la multitud, agita los brazos como un desbravador, alza su dedo índice y apunta al público de pronto amansado. Pues bien cierto es, como afirma el ensayista español Gregorio Marañón, que «un gran orador de masas debe tener gestos de domador».
El escritor Gabriel García Márquez, que lo conoce bien, relata así su modo de dirigirse a las multitudes: «Empieza siempre con voz casi inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia. Es la inspiración, el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo». Su dominio del arte de la oratoria, tantas veces descrito, resulta prodigioso. No me refiero a sus discursos públicos, bien conocidos, sino a una simple conversación de sobremesa: un torrente de palabras, sencillas, impactantes. Una avalancha verbal que acompaña siempre con la bailarina gestualidad de sus manos largas y finas.
El ex presidente de Ecuador Rodrigo Borja contó en La Habana, el 1 de diciembre de 2006, que, conversando una vez con el entonces presidente francés François Mitterrand, le preguntó: «¿Qué dirigente político, que usted haya conocido personalmente, le ha impresionado más?». Y Mitterrand le contestó: «Le voy a citar tres: De Gaulle, Gorbachov y Fidel Castro». «¿Por qué Fidel Castro? —se extrañó Borja—. Por su capacidad de anticipar el futuro, y su sentido de la historia», declaró Mitterrand.
En efecto, Fidel posee un sentido de la historia profundamente anclado en él, y una sensibilidad extrema hacia todo lo que concierne a la identidad nacional. Cita a José Martí, el héroe de la independencia de Cuba, cuyas obras lee y relee, mucho más que a ninguna otra personalidad de la historia del movimiento socialista u obrero. Le fascinan las ciencias, la investigación científica. Le apasiona el progreso médico. Curar a los niños, a todos los niños. Y la realidad es que miles de médicos cubanos se hallan en decenas de países pobres curando a los más humildes.24
Movido por la compasión humanitaria y la solidaridad internacionalista, su ambición, mil veces repetida, es sembrar salud y saber, medicina y educación, por todo el planeta. ¿Sueño quimérico? No en vano su héroe favorito en literatura es don Quijote. La mayoría de sus interlocutores, e incluso algunos de sus adversarios, admiten que Fidel Castro es una persona que actúa por aspiraciones nobles en sí mismas, por unos ideales de justicia y de equidad. Esta cualidad suya, que hace pensar en la frase de Che Guevara «Una gran revolución sólo puede nacer de un gran sentimiento de amor», impresionó profundamente al realizador norteamericano Oliver Stone: «Castro —declaró Stone— es un interlocutor excepcional. Te mira directamente a los ojos. Da la impresión de que te otorga su confianza, y esto me gustó […]. Castro es uno de los grandes sabios del mundo, una especie de superviviente de don Quijote. Yo admiro su resolución, su confianza en sí mismo y su honestidad».25
Le gusta la precisión, la exactitud, la puntualidad. A propósito de cualquier tema, realiza cálculos aritméticos de una celeridad pasmosa. Con él, nada de aproximaciones. Consigue acordarse del mínimo detalle. Durante nuestras conversaciones lo acompañaba a menudo el excelente historiador Pedro Álvarez Tabío, que lo ayuda, si es menester, a puntualizar algún dato, alguna fecha, algún nombre, alguna circunstancia… A veces la precisión es sobre su propio pasado («¿A qué hora llegué yo a la granjita Siboney la víspera del ataque al Moncada?» «A tal hora, comandante», responde Pedro) o sobre cualquier aspecto marginal de un acontecimiento lejano («¿Cómo se llamaba aquel segundo dirigente del Partido Comunista de Bolivia que no quería ayudar al Che?» «Fulano», contesta Pedro). Una segunda memoria al lado de la suya, que ya es de por sí portentosa, y tan rica que a veces parece impedirle reflexionar de manera sintética. Su pensamiento es arborescente. Todo se ramifica. Se encadena. Todo tiene que ver con todo. Digresiones constantes. Paréntesis permanentes. El desarrollo de un tema le lleva, por asociación de ideas, por recuerdo de tal o cual situación o personaje, a evocar un tema paralelo, y otro, y otro, y otro, alejándose así del problema central. A tal punto que el interlocutor teme, un instante, haber perdido el hilo. Pero Fidel Castro desanda luego lo andado y vuelve a retomar la idea principal.
En ningún momento, a lo largo de un total de más de cien horas de conversación, Fidel puso un límite cualquiera a las cuestiones que habríamos de abordar. Nunca pidió, aunque no hubiera sido extraño en un proyecto de tanta amplitud, la lista de las preguntas o de los temas a abordar. Sabía —lo habíamos discutido previamente— que yo quería retomar, sin excepción, toda la larga lista de reproches, críticas y reservas que suscita la Revolución cubana, tanto entre algunos de sus amigos como entre todos sus adversarios. Como intelectual que es, no le teme al debate. Al contrario, lo necesita, lo requiere, lo estimula. Siempre dispuesto a litigar con quien sea. Con argumentos a espuertas. Y con una maestría retórica impresionante. Con gran respeto hacia el otro. Con mucho tacto. Es un discutidor y un polemista temible, culto, a quien sólo repugnan la mala fe y el odio.
Si alguna pregunta o algún tema faltan en este libro, ello se debe a mis carencias de entrevistador y jamás a su rechazo de abordar tal o cual aspecto de su larga experiencia política. Por otra parte, hay que reconocer que algunos diálogos, debido a la disparidad intelectual entre los dos interlocutores, acaban por convertirse en monólogos. No se trataba, en estas conversaciones, de polemizar ni de debatir —el periodista no es un estadista—, sino de recoger la «interpretación personal» del itinerario biográfico y político de un hombre que ya forma parte de la historia.
Nunca me han gustado los entrevistadores narcisistas, que no dejan de atacar a su interlocutor y tienen la ambición de demostrar que son más listos, más sabios y están mejor documentados que la persona que tienen enfrente. Estos periodistas no escuchan al entrevistado, a menudo le impiden razonar, y nos atormentan con su conducta. Tampoco me gustan los que conciben la entrevista como un interrogatorio policíaco en el que supuestamente habría un justiciero en un lado y un culpable en el otro. Una relación de tipo inquisitorial con un verdugo frente a un ajusticiado al que se debe arrancar una «confesión». Para estos el periodismo es ante todo un «encausamiento», un poder de coerción por encima de los otros poderes.
Existe, además, la concepción deshonesta y más cobarde de la entrevista, como género periodístico que permite apuñalar por la espalda al entrevistado bajo el pretexto de que el periodismo es libre (en nombre de una concepción pervertida de la libertad de prensa) y hacer lo que se quiera con las declaraciones recogidas: conservar ciertos pasajes pero no otros, aislar una declaración de su contexto, omitir ciertas precisiones o no permitir nunca al entrevistado que relea sus propias declaraciones antes de la publicación.
Uno de los objetivos de estas conversaciones con Fidel Castro era el de «oír» los argumentos de una de las personalidades más implacablemente atacadas, y al mismo tiempo más censuradas, por los grandes medios de comunicación. Parece que, para algunos, el coraje periodístico consiste en someterse a la «censura del consenso», es decir, en repetir perezosamente lo que los grandes medios no dejan de entonar a coro desde hace lustros a propósito de los mismos temas. A la manera del adiestramiento pavloviano, el simple enunciado de la palabra Cuba desencadena así automáticamente, en algunos países, una letanía de tópicos, repetidos ad nauseam por aquellos que han aceptado el axioma goebbelsiano según el cual una repetición equivale a una demostración. Ya nadie se toma el trabajo de verificar la versión única y unilateral de los hechos que algunos se atreven a presentar —miseria del periodismo— como el resultado de «revelaciones» o, más a la moda, de «investigaciones».
Otro objetivo de la obra era tratar de desvelar el «enigma Fidel Castro». ¿Cómo un niño nacido en un medio rural aislado y rústico, de padres ricos, conservadores y poco cultos, educado por jesuitas franquistas en establecimientos católicos reservados a las élites, y que se codeó con los hijos de la alta burguesía en los bancos de la facultad de derecho, acaba por convertirse en uno de los grandes revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX?
Se trataba también de sacar a la luz, tras la coraza de sus diversas funciones públicas, el yo íntimo de Fidel Castro, partiendo del principio de que un individuo tal vez consiga ocultar su verdadera personalidad en una entrevista de diez minutos, o de una hora o dos, pero nadie puede lograrlo durante un período tan largo como el de estas conversaciones. En un intervalo de esta magnitud, nolens volens, el entrevistado desvela su alma, deja caer la máscara, nos entrega su verdadera humanidad y nos revela quién es realmente. El lector podrá percibirlo aquí.
Las largas sesiones de trabajo con Fidel Castro, en enero, febrero, y luego en mayo de 2003, dieron como resultado un primer borrador de este libro. Sin embargo, los meses fueron pasando y el texto no estaba listo para la imprenta. Mientras tanto, en Cuba y en el mundo, la vida y los acontecimientos siguieron su curso. El desfase entre los temas abordados y los nuevos problemas que habían aparecido (la guerra de Irak, la nueva situación en América Latina, la amplitud de la corrupción en Cuba, la fractura de la rodilla del presidente cubano en Santa Clara) se acentuaba. En otoño de 2004 regresé, pues, a La Habana y tuve otro encuentro con Fidel para completar algunos temas abordados en nuestras primeras conversaciones. Por último, a finales de 2005, largas horas de entrevista suplementarias nos permitieron actualizar y acabar el libro.
En respuesta o como complemento de respuesta a ciertas cuestiones, el comandante cubano, considerando que era inútil repetir lo que ya había dicho, me sugirió en contadas ocasiones que me remitiera a algunos de sus discursos recientes, declaraciones u otras intervenciones. Y me autorizó a introducir, con la asistencia de uno de sus colaboradores, el historiador Pedro Álvarez Tabío, varios de estos extractos en el texto de nuestra entrevista. Él deseaba retomar sus propias palabras, y me pareció esencial que quisiera verlas reproducidas en este libro que constituye, en definitiva, un balance de su vida y de su pensamiento, dotándolas así de un alcance y un significado nuevos.
Finalmente, decidimos también, de común acuerdo, añadir notas que permitieran al lector conocer hechos nuevos y la evolución de algunos de los temas abordados a lo largo de nuestras conversaciones. Me he limitado a insertar esas notas de «puesta al día» en los casos en que me pareció indispensable para la comprensión de los acontecimientos. En ningún instante me pasó por la mente evocar su vida íntima, sentimental, a su esposa y a sus hijos…
Fidel Castro me había prometido releer atentamente todas sus respuestas; pero sus obligaciones no se lo permitieron, y la primera edición del libro apareció en España en abril de 2006, así como en Cuba al mes siguiente, sin que lo hubiera releído personalmente.
Al comandante, sin embargo, le gusta cumplir sus promesas, y emprendió la tarea de releer y enmendar sus respuestas cuando el libro ya había sido publicado, decidiendo entonces, como es costumbre en él, consagrarse totalmente a esta labor. Añadió así este trabajo minucioso y fastidioso a sus múltiples tareas ordinarias, reduciendo aún más sus cortas noches para aportar aquí una precisión, completar allí una frase y cambiar las expresiones orales en estilo escrito. Llegó incluso a consultar a ciertas personalidades mencionadas en las conversaciones para verificar que lo que decía sobre ellas se ajustaba a la realidad. Varias de estas personalidades —por ejemplo, Raúl Castro o Hugo Chávez— le recordaron entonces interesantes detalles suplementarios que decidió incluir en sus respuestas.
Todos los que estuvieron en contacto con Fidel Castro durante estos meses de junio y julio de 2006, y en particular sus asistentes más próximos, han resaltado cuánto le acaparó este trabajo de relectura, que una vez más puso de manifiesto su obsesión casi maníaca de perfeccionismo. Algunos no excluyen que esta tarea absorbente, añadida a los esfuerzos realizados unos días antes con ocasión de la Cumbre del Mercosur de Córdoba (Argentina), pudiera haber contribuido al estrés extremo que le provocaría, el 26 de julio de 2006, una crisis intestinal aguda y una fuerte hemorragia.
Desde los primeros días de agosto, después de una complicada intervención quirúrgica, Fidel Castro reanudó, en su lecho de convaleciente, la relectura de los últimos capítulos del libro. Él mismo ha relatado al escritor argentino Miguel Bonasso: «Seguí corrigiendo el libro en los peores momentos, desde los primeros días. Quería terminarlo porque no sabía de qué tiempo dispondría».
Esta versión de la obra que llega hoy a los lectores ha sido, pues, enteramente revisada, enmendada y completada personalmente por Fidel Castro, que terminó su total relectura a finales de noviembre de 2006.
¿Cuáles son las principales diferencias en relación con la primera edición en español? Se ha añadido un capítulo inédito, el 24, «Fidel y Francia», que no había podido integrarse en la primera edición por no estar listo a tiempo. Ha sido el último que Fidel ha releído, corregido y completado. Por lo demás, la inmensa mayoría de los retoques efectuados por el presidente cubano —posiblemente un día los historiadores establecerán la lista exhaustiva— son modificaciones estilísticas y precisiones de detalles y descripciones —sobre todo en el capítulo 8, «En la Sierra Maestra»— que aclaran mucho mejor el contexto, pero que no cambian en nada el contenido y el fondo de sus respuestas.
En cuatro ocasiones, sin embargo, quiso aportar complementos importantes que enriquecen enormemente la obra. En el primer capítulo alargó considerablemente sus consideraciones y comentarios sobre su madre Lina. Fidel Castro, hombre reservado y casi púdico, nunca se había expresado públicamente con tanta amplitud sobre ella.
En el capítulo 13 añadió las importantes cartas intercambiadas con Nikita Jruschov con ocasión de la crisis de los misiles de octubre de 1962, que llevó al mundo al borde de una guerra nuclear. Estas cartas no son totalmente inéditas, pero eran documentos conocidos solo por muy pocos especialistas.
El capítulo 25, «América Latina», es quizás el que más modificaciones ha sufrido. En particular, toda la parte en la que Fidel Castro relata su actuación durante el golpe de estado contra el presidente Hugo Chávez de Venezuela, el 11 de abril de 2002. Con los aportes nuevos, enteramente inéditos —sobre todo la retranscripción de conversaciones telefónicas con los altos oficiales fieles al presidente Chávez—, este capítulo constituye ahora un documento histórico excepcional.
Finalmente, en el capítulo 26, en el que se evoca la guerra del Golfo de 1991, Fidel Castro hace públicas por primera vez las dos cartas personales que dirigió a Saddam Hussein, en las que conminaba al dirigente iraquí a retirarse de Kuwait.
En una sola ocasión, el comandante cubano «censuró» sus primeras declaraciones. Precisamente en relación con Saddam Hussein, también en el capítulo 26. En la primera edición del libro, a la pregunta: «¿Qué piensa usted de Saddam Hussein?», había respondido: «Cómo decirlo… Un desastre. Un estratega errático. Cruel con su pueblo», palabras eliminadas en esta versión. ¿Por qué? He aquí mi explicación: cuando Fidel Castro me hizo su primera declaración, en mayo de 2003, después de la toma de Bagdad por el ejército estadounidense, Saddam Hussein era un hombre libre, y podía pensarse incluso que se había puesto a la cabeza de una parte de la resistencia armada. Juzgando a un hombre que combate con las armas en la mano, el presidente cubano no oculta los sentimientos que le inspira el dictador iraquí: «Un estratega errático. Cruel con su pueblo». Tres años y medio más tarde, siendo Saddam Hussein prisionero de los norteamericanos, condenado a muerte y en vísperas de ser ejecutado, Fidel Castro retira sus palabras. No se juzga con tanta severidad, sin que importe lo que haya hecho, a un hombre disminuido y humillado.
La caída del muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética y el fracaso histórico del socialismo autoritario de Estado no parecen haber modificado el sueño de Fidel Castro de instaurar en su país una sociedad de nuevo tipo, menos desigual, más sana y mejor educada, sin privatizaciones ni discriminaciones, con una cultura global integral. Y su nueva y estrecha alianza con la Venezuela del presidente Hugo Chávez, la Bolivia de Evo Morales y con otros países de América Latina consolida sus convicciones.
En el invierno de su vida, alejado del poder por un accidente de salud, sigue movilizado en defensa de la revolución energética, del medio ambiente, contra la globalización neoliberal y contra la corrupción interna. Permanece en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en las que cree. Y a las cuales, según parece, nada ni nadie le harán renunciar.
IGNACIO RAMONET,
Limeil-Brévannes, 31 de diciembre de 2006
1
La infancia de un líder
Infancia en Birán – Don Ángel – El batey – La madre – La «casita del hambre» – El colegio de La Salle – Ecos de la guerra de España – Los jesuitas del colegio de Dolores
Son importantes las raíces históricas y, precisamente, quería preguntarle: usted nace en el seno de una familia relativamente acomodada, estudia en escuelas religiosas de ricos, hace luego estudios de Derecho. Con ese tipo de formación, globalmente usted podía haber sido un dirigente conservador ¿verdad?
Perfectamente, porque el hombre no es totalmente dueño de su destino. El hombre también es hijo de las circunstancias, de las dificultades, de la lucha. Los problemas lo van labrando como un torno labra un pedazo de metal. El hombre no nace revolucionario, me atrevo a decir.
¿Cómo surge en usted el revolucionario?
Yo me convertí en revolucionario. He meditado a veces sobre los factores que influyeron en eso. Partiendo de la situación de la zona donde yo nací en pleno campo, en un latifundio.
¿Podría usted describir el lugar donde nació?
Yo nací en una finca. Hacia el centro norte de la antigua provincia de Oriente, no lejos de la bahía de Nipe, y cerca del central azucarero de Marcané. El lugar se llamaba Birán. No era un pueblo, ni siquiera una pequeña aldea; apenas unas casas aisladas. La casa de la familia estaba allí, a orillas del antiguo Camino Real, como le llamaban al sendero de tierra y fango que iba de la capital del municipio hacia el sur. Los caminos eran entonces grandes fanguizales. Se iba a caballo o en carretas de bueyes. No existían aún vehículos motorizados, ni siquiera luz eléctrica. Cuando yo era pequeño nos alumbrábamos con velas de cera y lámparas de kerosén.
¿Recuerda usted su casa natal?
Era una casa con arquitectura española o más bien gallega. Debo señalar que mi padre era de origen español, gallego, de la aldea de Láncara, en la provincia de Lugo, hijo de campesinos pobres. Y ellos tenían en Galicia la costumbre de proteger a los animales debajo de la casa. Mi casa se inspiraba en aquella arquitectura de Galicia porque estaba edificada sobre pilotes. Tenía unos horcones de más de seis pies de altura, como era la costumbre en Galicia. Yo recuerdo que, cuando tenía tres o cuatro años, las vacas dormían debajo de la casa. Las llevaban allí al anochecer. También allí se ordeñaban, amarrándolas a algunos de los pilotes. Había, igual que en Galicia, debajo de la casa, un corralito con cerdos y aves. Por allí se paseaban gallinas, patos, guineas, pavos y hasta algunos gansos.
He visitado Birán. Y he visto esa casa donde nació usted, que es efectivamente de una arquitectura muy original.
Era una casa de madera. Los horcones eran de madera muy dura, de caguairán y otras similares, y encima de aquellos pilotes estaba el piso. Imagino que la casa inicialmente era cuadrada. Después se alargó hacia un área de baño, un espacio para guardar alimentos, comedor y cocina. Con posterioridad recibió una instalación adicional: en una esquina se construyó una especie de oficina. Sobre el área cuadrada original de la casa, había un segundo piso más pequeño llamado el «mirador». En esa casa nací yo el 13 de agosto de 1926, a las dos de la madrugada, según cuentan.
En ese ambiente, desde muy temprano, me acostumbré a las imágenes y al trabajo del campo, a los árboles, a la caña de azúcar, a las aves, a los insectos.
Lo que impresiona en Birán es que se constata de manera casi palpable el fuerte carácter emprendedor de don Ángel, su padre.
Era un hombre con mucha fuerza de voluntad. Aprendió a leer y a escribir por sí mismo, con grandes esfuerzos. Indiscutiblemente era un hombre muy activo, se movía mucho, era emprendedor y tenía una capacidad natural de organización.
¿En qué circunstancias vino su padre a Cuba?
Mi padre era hijo de campesinos sumamente pobres. Cuando visité Galicia en 1992 estuve en su pueblo, Láncara, y vi la casa donde nació. Es una casita pequeña, de unos 10 metros de largo por unos 6 de ancho. Una casa de lajas de piedra, material abundante en aquel lugar, usado tradicionalmente por los campesinos gallegos para construir sus viviendas. En esa casita rústica vivía toda la familia, y supongo también los animales. En la única pieza estaban el dormitorio y la cocina. No tenían allí tierras propias, ni siquiera un metro cuadrado. Las familias cultivaban parcelas aisladas y esparcidas.
Muy joven, con 16 o 17 años, reclutan a mi padre en España para el servicio militar, pero cuenta con más de 20 cuando viene a Cuba a la segunda guerra de independencia, que comienza en 1895. No se sabe exactamente en qué condiciones vino. Cuando yo tuve uso de razón no hablé sobre estos temas con mi padre. Él contaba, de vez en cuando, en una comida, con un grupo de amigos, algunas de esas cosas. Pero mi hermana mayor, Angelita, y Ramón, el segundo —ambos viven—, tal vez deben saber algo, porque hablaron más con él. También cuando yo andaba ya estudiando en La Habana o en actividades revolucionarias, organizando el ataque al Moncada, preso y más tarde expedicionario del Granma, mis hermanos más jóvenes, como Raúl, al que llevo como cuatro años y tanto, y después dos hembras, Emma y Juana, que permanecían allá en la casa, conversaban bastante con mi padre, y ya él tal vez hablaba más sobre su vida, pero yo no lo pude escuchar.
Por ellos me he enterado de algunas cosas, y la teoría es que mi padre fue uno de aquellos jóvenes pobres de Galicia a los cuales algún rico entregaba una cantidad de dinero para que lo sustituyeran en el servicio militar. Y parece ser muy cierto que mi padre fue un campesino de aquéllos, a los que reclutaban de esa forma. Usted sabe cómo eran esas guerras.
Se reclutaba por sorteo, y los ricos podían pagar a los pobres para que fueran en su lugar al servicio militar o a la guerra.1
Bueno, debe ser como usted dice, había muchos casos en que, cuando le tocaba a un rico cumplir el servicio militar o ir a la guerra, buscaba una cantidad de dinero y se la daba a aquel que no tenía, que vivía muy pobre, en un pedacitico de tierra o de cualquier trabajo en el campo.
A mi padre lo mandan para acá de soldado español, y lo ubican en la trocha2 de Júcaro a Morón. Y, entre otras cosas, se produce el cruce de la trocha aquella por los invasores orientales, bajo el mando de Máximo Gómez y Maceo, poco después de la muerte de Martí.
La trocha había que cruzarla de todas formas, una operación difícil. Era una línea fortificada de norte a sur, en la parte más estrecha del centro del país, larga de bastantes kilómetros, podían ser casi 100 kilómetros de Morón al norte hasta Júcaro, un puerto en el sur. Sé que mi padre estuvo destacado en esa trocha. Pero pienso que cuando pasó Maceo no estaba todavía allí. Por allí cruzaban constantemente los cubanos, o andaban muy al norte, se metían por un lugar llamado Turiguanó, una especie de isla unida a Morón por un área muy pantanosa. Allí, en esa trocha, estaba mi padre, destacado como soldado. Es lo que sé, tal vez mis hermanos sepan más.
¿Usted no recuerda ninguna conversación con su padre sobre esta historia?
Alguna vez le escuché algo de eso, cuando me iba para los campamentos obreros en los Pinares de Mayarí, porque a mí me gustaba estar en cualquier lugar menos en la casa. La casa representaba la autoridad y me animaba ya el espíritu rebelde que empezaba a crearse en mí.
¿Ya de pequeño era usted rebelde?
Yo tuve varias razones para serlo. Frente a cierto autoritarismo español, y más el español que manda, y era la autoridad, el respeto generalizado. A mí la autoridad no me gustaba, porque en esa época también se usaba algún pequeño castigo corporal, algún cocotazo o algún cintarazo; nosotros corríamos el riesgo, pero ya íbamos aprendiendo a defendernos de eso.
¿Era autoritario su padre?
Tenía su genio. No se puede haber hecho lo que él hizo —construirse solo, tan joven, primero en la guerra, lejos de su familia y de su país, y más tarde obtener a partir de nada, sin un centavo, sin relaciones, siendo al principio analfabeto, con su único esfuerzo, un latifundio, una riqueza—, si no se tiene un carácter fuerte. Como la mayoría de los inmigrantes gallegos, poseía un espíritu modesto y trabajador. Mucha voluntad y carácter. Pero nunca fue injusto. Jamás le dio una respuesta negativa a alguien que solicitara su ayuda. Atento siempre a las dificultades de los demás. Él mismo pasó muchas necesidades desde niño. Sé que quedó huérfano desde muy temprano —con 11 años—, huérfano de madre. Su padre se volvió a casar y, en fin, su infancia fue bastante sufrida y azarosa; pero traía en sí las virtudes nobles del emigrante gallego: bondad, hospitalidad, generosidad.
Muchos testimonios coinciden en que fue un hombre generoso. Hasta bondadoso. Con muy buen corazón. Que siempre ayudó a sus amigos, a los trabajadores, a las personas que se encontraban en dificultad. A veces se quejaba, refunfuñaba, pero a nadie dejaba sin respuesta. Cuando venía el tiempo muerto, cuando finalizaba la zafra y había muy poco empleo, llegaba uno y le decía: «Mire, que mis hijos tienen problemas, que estamos sin nada, que necesito algún trabajo». Había entonces un sistema de ajuste: «Usted limpia esto por tanto». El tal ajuste era otra de las formas implantadas en Cuba para abaratar los costos en beneficio de los terratenientes: consistía en un contrato con una familia o con un trabajador para que limpiara un campo de caña y usted le daba tanto por caballería o por roza,3 no se usaba la hectárea. Creo que la caballería tenía como 18 rozas. En todos estos países de Centroamérica y Sudamérica había una medida diferente; menos mal que vino el sistema métrico inventado en época de la Revolución francesa. Entonces, hacían un contrato: «Bueno, por 20 pesos te ajusto este trabajo». Mi padre inventaba alguna nueva limpia o tareas que no eran imprescindibles para distribuir empleo, aunque no resultase económico. Yo podía darme cuenta de ello cuando ya un poco mayor me ponían a trabajar en la oficina de la finca durante las vacaciones. Allí entregaba órdenes de compra a los trabajadores para adquirir mercancías en las tiendas aun cuando no tenían contrato de trabajo. Era un hombre bondadoso y noble.
¿Después de la guerra de independencia, en 1898, su padre decide quedarse en Cuba?
No, a él lo repatrían a España después de la guerra, en 1898, pero parece que le agradó Cuba y, entre los tantos inmigrantes gallegos, él regresa a Cuba al año siguiente. Consta en documentos que desembarca en el puerto de La Habana en diciembre de 1899. Sin un centavo y sin ninguna relación, empieza a trabajar. Termina, no sé cómo, en las provincias orientales. Era la época en que grandes plantaciones norteamericanas se extendían por los bosques de maderas preciosas que se cortaban y utilizaban como combustible en los centrales azucareros. Esa misma madera preciosa con la que se hizo el palacio de El Escorial y otras obras o barcos famosos, como el Santísima Trinidad, el más grande y poderoso navío de guerra de la época, construido en los astilleros de La Habana, hundido por un temporal después de ser apresado por los ingleses en la batalla de Trafalgar en 1805.
Los norteamericanos empleaban gente para talar los árboles y para sembrar caña. El terreno es siempre fértil donde había un bosque, las primeras cosechas son muy buenas.
¿Su padre trabajaba para los norteamericanos?
Mi padre comienza a trabajar en Oriente como simple trabajador en la famosa United Fruit Company, que se estableció en el centro norte de esa provincia. Luego organiza a un grupo de trabajadores, y hace contratas a la empresa yanqui con un grupo de hombres subordinados a él. Creo que mi padre llegó a tener bajo su mando —alguna vez oí el dato— hasta 300 hombres y eso dejaba plusvalía. Algunas cualidades de organizador tenía. Pero él no sabía leer ni escribir, fue aprendiendo con mucho trabajo. Comenzó por una pequeña empresa que cortaba bosques para sembrar caña y producir leña para los centrales. Así empezó a obtener alguna ganancia como organizador de aquel grupo de trabajadores, quienes, me imagino, eran inmigrantes, muchos de ellos españoles y antillanos: haitianos o jamaicanos.
¿Cuántas tierras acabó teniendo, propiedad de él?
Llegó a adquirir alrededor de unas 900 hectáreas de su propiedad, y después arrendó varios miles de hectáreas a dos generales cubanos de la Guerra de Independencia. Nadie sabe todavía de dónde las sacaron. Enormes extensiones de pinares, vírgenes la mayoría. Esas tierras se extendían por valles y montañas, entre ellas una gran meseta a unos 600 metros de altura, donde crecían los pinos, un bosque natural. Mi padre explotaba los pinares de Mayarí. Diecisiete camiones cargados de madera de pino bajaban todos los días de allí. El ingreso, además, por concepto de caña y ganado era bastante porque poseía también tierras propias, gran parte llanas o de premontaña. En conjunto, más de 10 mil hectáreas.
Una extraordinaria cantidad.
Si usted suma, mi padre tenía, como propietario de una parte y como arrendatario de la otra, no menos de 11 mil hectáreas de tierra.
Una cantidad considerable.
Sí, era considerable. Le puedo decir esto, porque yo, efectivamente, en aquellas condiciones, pertenecía a una familia que era más que «relativamente» pudiente. Era, en aquella escala, bastante pudiente. No lo digo como mérito ni mucho menos, sino por precisar, por exponer las cosas con toda precisión.
Así que es usted hijo de millonario.
Bueno, de millonario no. De mi padre nunca se dijo que fuera millonario. En aquellos tiempos, millonario era algo colosal, alguien que tenía realmente mucho dinero. Millonario, por ejemplo, en esa época en que el dólar valía algo y un trabajador ganaba un promedio de un dólar diario, era aquel que tenía un millón de veces lo que una persona ganaba en un día. Las propiedades de mi padre no se podían valorar a un precio tan alto. No se puede decir que mi padre fuese millonario, aunque era bastante pudiente y tenía buena posición económica, al menos a los hijos nos trataban en aquella sociedad pobre y sufrida como hijos de ricos. Te aseguro que mucha gente se acercaba a nosotros y era amable por puro interés, pero apenas nos dábamos cuenta.
En Birán, su padre no solo edificó una casa, sino que fue añadiendo, al borde de ese camino real, otros edificios: una panadería, un hostal, una taberna, una escuela, casas para los trabajadores haitianos… Un verdadero pequeño pueblo.
Donde vivíamos no había pueblo, sino algunas instalaciones. Era lo que podría llamarse un batey. Cuando yo era pequeño, debajo de la casa estaba la lechería. Después hicieron una lechería como a 40 metros de la casa; y enfrente, un taller donde se arreglaban las herramientas, arados, todo eso. Y muy cerca se construyó un pequeño matadero. También a unos 40 metros, en otra dirección, estaba la panadería, y no lejos la escuela primaria, una pequeña escuelita pública. Junto al camino también había una tienda, con un almacén de víveres y otros artículos, y al otro lado el correo y telégrafo. No lejos se levantaban algunos barracones muy pobres, unas chozas, de piso de tierra y techo de hojas de palma, donde vivían, en efecto, muy pobremente, algunas decenas de inmigrantes haitianos que trabajaban en el cultivo y los cortes de caña, la principal actividad de aquella finca. Cerca de la casa había un naranjal grande que mi padre personalmente hacía podar con una gran tijera de dos manos; tenía como doce o catorce hectáreas y, además de las matas de naranja, toda clase de árboles frutales, aislados o en pequeños grupos: plátanos, frutabomba, cocos, guanábanas, anones, de todo, y hasta tres colmenares con 40 y tantas colmenas de abejas que daban abundante miel. Todavía podría recorrer con los ojos cerrados aquel naranjal, del que sabía dónde estaba casi cada variedad de cítrico, que pelaba a mano, y disfrutaba en las vacaciones de verano o de Navidad. Nadie consumió más cítricos que yo.
Y había también una espectacular gallería. ¿Había peleas de gallos?
Sí. Como a 100 metros de la casa, y a lo largo también de aquel camino, estaba la valla de gallos de la que usted habla. Era un lugar donde todos los domingos, en época de zafra, y también los días de Navidad y Año Nuevo, Sábado de Gloria y Domingo de Resurrección, se efectuaban lidias de gallos. En el campo ése era el deporte.
Una distracción local.
Sí, porque distracciones había muy pocas. Se jugaba al dominó. Se jugaba también a las cartas; a mi padre, de joven y de soldado, le gustaba mucho jugar a las cartas, parece que había sido un excelente jugador de barajas. Y en mi casa había, además, desde que yo tenía unos tres años, un fonógrafo de esos a los que se les da cuerda, de marca, creo, RCA Victor, para escuchar música. Nadie tenía ni siquiera radio. Creo que mi padre era el único que lo tuvo, y yo ya era grande casi cuando llegó un radio allí, quiero decir, tendría 7 u 8 años. ¿Qué? ¡Más! Tendría yo 10 o 12 años, pues fue hacia 1936 o 1937, ya había comenzado la Guerra Civil española cuando tuvimos allí un radio y una plantica eléctrica, un motorcito que funcionaba unas dos horas cada día, cargaba varios acumuladores. Casi todos los días había que suministrarle un poco de agua de lluvia.
¿Todo eso era propiedad de su padre?
Menos la escuelita y el correo, que eran públicos, todo lo demás era propiedad de mi familia. Cuando yo nazco, en 1926, ya mi padre había acumulado bastantes bienes y era muy pudiente como dueño de tierras. Don Ángel, «don Ángel Castro», le decían, una persona muy respetada, de mucha autoridad en aquella especie de feudo. Por eso le digo que yo era hijo, en realidad, de una familia que tenía tierras; mi padre las fue comprando poco a poco desde hacía años.
Hábleme de su mamá.
Se llamaba Lina. Era cubana, de Occidente, de la provincia de Pinar del Río. De ascendencia canaria. También de origen campesino y de familia muy pobre. Mi abuelo materno era carretero, transportaba caña en una carreta de bueyes. Cuando se mudaron para la zona de Birán, mi madre, que tenía entonces unos 13 o 14 años, venía, junto a sus padres, hermanos y hermanas, de Camagüey, adonde habían viajado en tren desde Pinar del Río, buscando mejor fortuna. Luego recorrieron largos trayectos en carreta, primero hasta Guaro y finalmente hasta Birán.
Mi madre era prácticamente analfabeta y, como mi padre, aprendió a leer y a escribir casi sola. Con mucho esfuerzo y mucha voluntad también. Nunca le oí decir que hubiese ido a la escuela. Fue autodidacta. Extraordinariamente trabajadora, no había detalle que escapara a su observación. Era cocinera, médico, guardián de todos nosotros, suministraba cada cosa que necesitáramos, paño de lágrimas cotidiano ante cualquier dificultad. No nos malcriaba; exigía orden, ahorro, higiene. Administraba todo lo cotidiano dentro y fuera de la casa, era la económica de la familia. Nadie sabe de dónde sacaba tiempo y energías para tanta actividad; no se sentaba nunca, nunca la vi descansar un segundo en todo el día.
Trajo al mundo siete hijos, nacidos todos en aquella casa, asistidos siempre por una comadrona campesina. Nunca hubo ni pudo haber allí un médico, no existía en toda aquella apartada región. Nadie se esforzó tanto para que sus hijos estudiaran, quería para ellos lo que ella no tuvo. Sin ella, yo, que sentí siempre el placer del estudio, sería hoy, no obstante, un analfabeto funcional. Mi madre, aunque no lo expresara a cada minuto, adoraba a sus hijos. Tenía carácter, fue valiente y abnegada. Supo soportar con entereza y sin vacilación los sufrimientos que algunos de nosotros involuntariamente le ocasionamos. Aceptó sin amargura la Reforma Agraria y el reparto de aquellas tierras, a las que sin duda amó.
Sumamente religiosa, en su fe y sus creencias, que siempre respeté, encontró consuelo en su dolor de madre, y aceptó también con amor de madre la Revolución por la que tanto sufrió, sin haber tenido por su origen de humilde campesina pobre la más mínima posibilidad de conocer la historia de la humanidad y las causas profundas que en Cuba y en el mundo originaron los acontecimientos que tan de cerca le tocó vivir. Murió el 6 de agosto de 1963, tres años y medio después del triunfo de la Revolución.
Y su padre, ¿cuándo murió?
Él falleció antes. Era bastante mayor que mi madre. Murió el 21 de octubre de 1956. Dos meses después de haber cumplido yo los 30 años, y dos meses antes de iniciar nosotros el regreso a Cuba desde México en la expedición del Granma.
¿Su padre hablaba gallego?
Sí, pero nunca lo usaba.
¿Usted le oyó hablar gallego alguna vez?
Alguna vez le oí pronunciar algunas frases en gallego. Allí vivían otros gallegos, y es posible que mi padre hablara en gallego con ellos, es posible. Pero también había españoles de otras provincias, asturianos, por ejemplo, que no hablaban gallego. Parece que ya los gallegos se habían adaptado al español, podían hablarlo, lo conocían, se entendían mejor, y, además, no iban a hablar en gallego con los cubanos, porque nadie los iba a entender. Con un trabajador se veían obligados a hablar en español, con todo el mundo, hasta con la novia o la mujer, porque éstas no sabían gallego; por eso yo nunca lo escuché hablar en gallego.
Cuando empieza la Guerra Civil en España, usted tiene unos 10 años.
No he cumplido todavía los 10 años. Nací el 13 de agosto de 1926 y la guerra de España se inicia el 18 de julio de 1936. Yo tenía nueve años y once meses; ya sabía, por supuesto, leer y escribir.
¿Usted, por ejemplo, recuerda si su padre estaba preocupado por esa guerra o hablaba de la Guerra Civil española?
En Birán había dos facciones, en el grupo de 12 o 14 españoles que vivían y trabajaban allí.
¿Españoles que se reunían con su padre, que venían a su casa?
Que trabajaban con él en distintas funciones o como obreros. Allí había un asturiano que era el tenedor de libros y tenía una buena cultura. Decía él que hablaba siete idiomas y estoy por creerlo, porque él también, cuando llegó la radio a mi casa y difundía algo en inglés o hasta en alemán, lo traducía; tenía una letra gótica preciosa, sabía latín. Este asturianito —digo asturianito porque era más bien bajito— era sin duda la persona que más sabía allí, el que tenía más cultura. Sabía de Grecia, hablaba de Demóstenes; fue el primero a quien yo escuché hablar de Demóstenes, el gran orador, y cómo era Demóstenes, que si se ponía en la boca una piedrecita para arreglar su tartamudeo. Fue este asturiano el que me habló de estas y otras cosas.
Ese grupo, y algunos más, cuando estalla la guerra eran partidarios de los rebeldes, como se les llamaba a los que estaban contra la República.
¿De los franquistas?
Sí. Y había otro grupo, que apoyaba a los republicanos. Eran peones, y algunos no sabían leer ni escribir. Aunque allí estaba también un cubano, Valero, que era el jefe de la oficina telegráfica, del despacho de correos, también republicano, igual que un número importante de aquellos trabajadores. Entre ellos uno era cocinero, porque siendo peón de ganado empezó a padecer de un tipo de reuma, se quedó casi sin poder caminar y lo pasaron a cocinero de la casa. Por cierto —con todo respeto a su memoria, y yo lo estimaba mucho—, no era muy buen cocinero, o por lo menos en mi casa se quejaban muchísimo de su manera de cocinar. Se llamaba García. Era totalmente analfabeto.
¿Analfabeto?
Sí, de mi infancia puedo dar fe de que en Birán menos del 20 por ciento de los que vivían allí sabían leer y escribir, y aun éstos con muchas dificultades. Muy pocos llegaron al sexto grado. Allí pude vivir lo que hoy me sirve para comprender cuánto sufre un analfabeto. No se lo imagina nadie; porque hay algo que se llama autoestima… ¿Qué es un analfabeto? El que está en el último escalón social y tiene que pedirle a un amigo que le redacte una carta para la novia. En Birán quien no sabía escribir pedía a los que sí sabían que le redactaran una carta para la mujer que pretendía. Pero no es que le dictara una carta diciendo, por ejemplo, que soñó toda la noche con ella y que no come pensando en ella, digamos, si el campesino hubiese querido enviar ese mensaje, sino que le decía al que sabía leer y escribir: «No, no, escríbele tú lo que tú crees que debo escribirle». ¡Para conquistar a la novia! No exagero. Yo viví una época allí en que eso era así.
¿Usted, personalmente, recuerda algo de las discusiones sobre la Guerra Civil española?
En 1936 yo estaba interno en una escuela de Santiago de Cuba, y aquel verano en que comenzó esa guerra me hallaba de vacaciones en Birán, estaría yo sin cumplir todavía los 10 años, no sé si finalizado el segundo grado.
¿Qué ocurría? Cuando yo llegaba de Santiago para pasar las vacaciones en Birán, como sabía leer y escribir, Manuel García, el cocinero que cojeaba de un pie, muy trabajador, y que en ese período vivía en una casita cerca del correo, se precipitaba para pedirme que le leyera el periódico. Era un republicano rabioso —para que usted vea lo que es el espíritu de clase, muchas veces me pregunto por qué era republicano tan rabioso, y muy anticlerical también, hay que decir la verdad—, y entonces le leía el periódico y le daba noticias de la guerra de España. Así me enteraba yo de esa guerra desde antes de cumplir 10 años. Le leía distintos periódicos. A Birán llegaba uno que se llamaba —creo— Información y algunos más, como El Mundo, El País y Diario de Cuba; pero el principal periódico que llegaba allí era el Diario de la Marina.
Que era un periódico de La Habana.
No, de La Habana no, de toda la República. Era un periódico proespañol desde la guerra de Independencia y el más derechista de todos los que existieron en el país hasta el triunfo de la Revolución. Tenía también un suplemento de fotograbados, que se publicaba los domingos. Era muy famoso. Traía muchas páginas de anuncios, era muy grueso, y llegaba yo a su casita de madera a leerle al cocinero. Le leía todo. A los «rebeldes»; los llamaban así en la prensa, casi como un elogio…
A los de Franco.
A los «nacionalistas», a los que también llamaban de aquel modo. Los otros eran los «rojos», los «rojillos», con cierta connotación despectiva, y de vez en cuando, amablemente, ese periódico los llamaba los «republicanos». Era el principal órgano de prensa que llegaba a Birán, el más notable, voluminoso, con muchas noticias, buen papel y anuncios; yo iba leyéndole a García. Aunque a veces aparecía algún otro periódico, el que más noticias daba sobre la guerra de España era el Diario de la Marina.
Recuerdo esa guerra, casi desde el principio. Recuerdo, por ejemplo, la toma de Teruel por las tropas republicanas.
¿El frente del Ebro?
Ya lo del Ebro fue más adelante, casi al final.
¿La batalla de Madrid?
Sí. Madrid sitiado. La paliza que les dieron los republicanos a los soldados de Mussolini en Guadalajara cuando avanzaban sobre Madrid; y, como le dije, cuando
