Advertencia del autor
El lector debe saber que este libro ha sido concebido como una biografía general. Su intención lo aparta del estudio exhaustivo de períodos, relaciones específicas y aspectos secundarios de la vida de Baudelaire así como de la crítica de su obra, si bien ésta es constantemente invocada en cuanto manifestación de su existencia subjetiva y por tanto de su biografía. Desearíamos empezar de este modo a llenar aunque sólo sea modesta y parcialmente un sorprendente vacío en la bibliografía en lengua castellana, una lamentable falta que ha llevado a la simplificación de la personalidad y significado del poeta de Las flores del mal y los Pequeños poemas en prosa, quizá el más revolucionario hombre de letras de la época moderna en Europa. La primera biografía de Baudelaire en castellano se publicó en 1920; y la segunda y última en 1931, es decir, hace 75 años. Desde entonces, la investigación sobre el tema ha aportado abundante y sustanciosa información, especialmente gracias a hallazgos epistolares y notables ediciones críticas. Valiosos trabajos publicados en los últimos años no han podido, por su propio objeto y orientación, suplir la carencia biográfica. Con la intención mencionada, pues, he ordenado materiales que proceden de fuentes seguras y permiten, creo, ver al personaje en una complejidad acaso más fiel al original.
He atado mi mano a los hechos todo cuanto he podido, intentando sortear los tres mayores peligros que asechan a todo aquel que escribe sobre un clásico como Baudelaire: la hagiografía, la leyenda y el anecdotario, una familia que aunque a veces parezca fascinante siempre oculta, disimula o deforma al personaje que tratamos de conocer. No se encontrarán en estas páginas menciones a san Baudelaire. Por las mismas razones hemos prescindido de mayores consideraciones sobre el eros baudelaireano; su sadismo, por ejemplo, no es en absoluto biográfico: es cierto que en su obra los dioses o los demonios del amor tienen maneras violentas y usan aparejos de metal, objetos quirúrgicos y formas sanguinarias, pero nada nos autoriza a trasladar todo ello a su vida.
Me temo que en estos tópicos por ahora no hay manera de poner pie en tierra firme.
Como todo el mundo sabe, la descripción y el relato de hechos suponen ya una comprensión y una interpretación previa. El lector notará en estas páginas nuestra convicción de que lo político, o quizá sea mejor decir lo ético social, tuvo en la vida y la obra, en el pensamiento y en los sentimientos del poeta un rol persistente y en todo caso mayor y más decisivo del que se suele reconocer.
Deseo finalmente expresar mi gratitud a la Biblioteca Nacional de Francia y al Centro W.T. Bandy de Estudios Baudelaireanos, de la Universidad de Vanderbilt, de Estados Unidos, así como a diversas instituciones universitarias españolas, catalanas en particular, por la ayuda bibliográfica recibida. Más ferviente es mi agradecimiento a las numerosas personas que me animaron y apoyaron de diversos modos durante la investigación, redacción y corrección de este libro, es decir, a Aitana y José Arias, Esperanza Bielsa, Ligia Chadwick, Nela Filimón, Pere Gimferrer, Ester Gorch, Porfirio Mamami Macedo, Francisco Marín, Ana María Moix, Monserrat Peiró, Raquel Tellosa, Clara Usón y Enrique Verástegui. Si algún acierto hubiera en estas páginas, quisiera que estuviera dedicado a ellos.
Barcelona, 7 de octubre de 2005
Preliminar
Está el hombre de la pipa. Abismado. Sobre un libro.
Y el hombre del puro. El gigante que una noche alucinada mide su estatura con la columna Vendôme;
Está el histrión.
El que hubiera querido ser Papa. O comediante. El que juega con
Las palabras como con fuegos de artificios;
El imitador: el que habla
Con palabras de otros;
El hombre que cultiva la histeria con alegría y terror. Para ser otro.
Otros. Por voluntad propia.
Para vivir
Bien lejos de todos. Anywhere out of the world;
El que dice: «hay que estar siempre ebrio, de vino, de virtud o de poesía, pero Siempre ebrio»;
Y está el hombre de los pactos, el que una vez aprendió a pactar,
Mejor dicho, a negociar. Todos los días. Con dios y el diablo,
Por una idea fija.
«Tengo que escribir la historia de una idea fija», anotó.
Cuando se disponía a contar la vida de Théophile Gautier. El escritor,
Dice, es el hombre que hace de su deber una idea fija.
Porque él es un hombre de idea fija: tiene un destino.
Es decir, está el hombre que tiene un destino. El
Que ha aprendido por caminos misteriosos que hay un lugar en el Futuro, en el cielo glorioso de los hombres póstumos, con
Su nombre. El hombre
Que ha descubierto que la tarea de su vida, el arduo empeño de toda
Su existencia, es conseguir que ese destino
No se disipe, que adquiera el vigor y el espesor, la materialidad de su
Cumplimiento;
Y está también el hombre del martirio.
El que sabe que por ese destino alguien, quizá dios, quizá los otros
Hombres, no dejarán de pedirle un precio. Que pague un precio. Su-
Frimientos y vejaciones.
«La posteridad me concierne», dice, a los veinticuatro años. «Mi destino se cumplirá», insiste.
«Dime que tienes confianza en mi destino», pide a su madre.
Está el hombre fascinado por lo sobrenatural, el que busca lo infinito en lo finito. La poesía en las palabras.
Y el hombre del equívoco:
Mucha gente se volcó, con una cándida curiosidad, alrededor del autor de Las flores del mal. El autor de las Flores en cuestión no podía ser sino alguien de una excentricidad monstruosa. Todos esos canallas me han tomado por un monstruo, y cuando vieron que yo era frío, moderado, educado —y tenía horror de los librepensadores y de toda la estupidez moderna, decretaron (supongo) que yo no era el autor de mi libro… ¡Qué confusión cómica entre el autor y el tema! Ese maldito libro (del que estoy muy orgulloso) es pues muy oscuro, ¡bien ininteligible! Llevaré por mucho tiempo la pena de haber osado pintar el mal con algún talento.
En el origen, el equívoco:
«Pido a todo hombre que intente mostrarme lo que subsiste de la vida».
En el final, el equívoco:
«Los perros son los únicos vivos; son los negros de Bélgica».
«Capitulo sobre los perros, en quienes parece refugiarse la vitalidad ausente en otra parte».
He aquí un
Emblema, un propósito: «Glorificar el vagabundaje». El hombre
Que descubre «la verdadera
Grandeza del paria».
Es el hombre de la guerra. El de «la santidad de la pena de muerte»: «La pena de muerte es el resultado de una idea mística, totalmente incomprendida hoy». «No hay más gobierno razonable y firme que la aristocracia. Monarquía y República basadas en la Democracia son por igual absurdos y débiles».
«Sólo hay tres seres respetables:
«El sacerdote, el guerrero, el poeta. Saber, matar y crear. Los demás hombres son disponibles y sujetos a prestaciones personales, hechos para la caballeriza, es decir, para ejercer eso que llaman profesiones».
¿Un rebelde?
¿Un monstruo?
¿Un trasgresor?
El primer vidente, rey de los poetas, UN VERDADERO DIOS,
respondería Rimbaud.
El hombre que decide no establecerse en ningún lugar.
El que
Conoce nuestro más íntimo deseo:
«Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveu,
Plonger au fond du goufre, Enfer ou Ciel, qu’import?».*
Primera parte
1
Retratos
«Un pobre muchacho que no sabe nada de la vida», escribió Prosper Mérimée, en 1857, cuando Baudelaire acababa de publicar Las flores del mal. «Un pobre diablo», lo llamará en 1866. Mérimée había aprendido las cosas de la vida suficientemente bien como para ser nombrado senador y embajador del Segundo Imperio, y daba en el blanco. Baudelaire era consciente de ello: «Conozco la ciencia de la vida —escribió— pero no tengo la fuerza para ponerla en práctica». Conocer el principio y el final, pero no los medios: he ahí un drama. La descripción de Mérimée no es del todo gratuita; Baudelaire parecía inspirar esa cándida sensación de desvalimiento. Jacques Crépet, uno de sus mejores biógrafos, observa: «Baudelaire siempre experimentó la necesidad de un protector (“Protéjame”, exhortaba en 1852 a Gautier; “Mi querido protector”, llamaba a Sainte-Beuve, en 1856; “Tengo necesidad de un protector”, suplicaba a Hugo en 1859). Siempre estuvo poseído por la admiración, la gratitud, la deferencia».
Un protector, sí. He aquí un testimonio sobre sus años de adolescencia: «A título de niño idiota —dice Asselineau, su amigo y primer biógrafo— le fue otorgado el bachillerato». «Turbado sin duda por lo imprevisto de las preguntas, ese muchacho de un espíritu tan fino, de un saber tan real, parecía casi idiota.»
Un pobre muchacho, un pobre diablo, un hombre con necesidad de protección, un niño idiota... A los veinte años, no obstante, audazmente el muchacho usaba corbatas de cuadros, de Madrás de la India; de color amarillo-oro que combina con camisas azules o rojo sangre. Camisas blancas de muselina con las puntas plisadas sobresaliendo del traje negro. Los pantalones son de casimir, y ajustadísimos. El chaleco largo, cerrado hasta el más alto de los doce botones; los zapatos, de charol.
Es casi un maniquí.
A veces lleva sombrero; de copa alta. O va descubierto, con el pelo rapado. O luce una cabellera pintada de verde. Tiene las cejas negrísimas y en sus años mozos llevó una rala barba rizada. Sus guantes son blancos. O rosa pálido. Él mismo es pálido, delgado, débil, bajo de estatura: 1,65 metros, acaso; no más de 1,70. De rostro fino, translúcido. Sus maneras son exquisitas: hay algo femenino en él.
Admira al dandi: «La elegancia —dirá un día— es la encarnación máxima de la idea de lo bello traspuesta a la existencia material, que dicta la forma y regula las maneras».
Y sin embargo, el muchacho tiene en la boca un filo que resplandece con violencia. «Cortaba como el acero inglés», dice Alphonse Daudet. Cáustico y blasfemo, su terrible inteligencia excéntrica no persigue la verdad sino la voluptuosidad del debate: deviene devoto o impío con la misma celeridad, sólo por confundir a su rival, como el cazador cambia de sitio para atontar a la presa.
Es vagabundo: escapado de la casa de familia y de un despacho de abogados que debía encaminarle, camina libre, ligero, nervioso, con paso «casi rítmico». Visita bibliotecas y museos. Va al Louvre con un pintor, un crítico, una prostituta. Deambula con sus amigos. Van a la bodega de Duval, en la plaza del Odeón; a la Tour d’Argent, frente al Sena; al café Tabourey, en la rue Vaugirard, siempre en el barrio latino. Van a menudo a «un buen cabaret», más allá del barrio de Saint-Jacques, al Moulin de Montsouris, en las afueras de la ciudad. Allí, entre los árboles, tienen vistas espléndidas: el fuerte de Charenton, a un lado; la ciudad, al otro. «Un buen lugar para filosofar», dice Prarond, uno de ellos. Baudelaire dice entonces sus versos; le gusta recitarlos en voz alta; los memoriza, los declama. Con unción.
Así corrige.
Fuera de casa desde los veintiún años, discute en los salones, en las buhardillas, en la calle; en la madrugada, en la mañana. Por compulsión y necesidad y durante jornadas larguísimas, empezadas a mediodía y terminadas a medianoche. Puede vapulear a un notario, a un académico, a un camarero, en disputas improvisadas que terminan con un mutismo de perplejidad. O de rabia. En las sobremesas de intelectuales dirá que Homero no es más que Barbey D’Aurevilly, que Shakespeare es un invento de la crítica. El hombre enerva. Es desafiante. Se inclinaba ante lo que después llamó «el placer aristocrático de disgustar». Su brillante insolencia testimonia el brío de su juventud. Bebe a menudo. Como otros de su clase, es libertino: dispone de herencia familiar. Las chicas de la calle lo embriagan, lo fascinan, lo arrastran a lugares «de mala reputación». Vistió a una de ellas, a quien sacó de «una casa». Aun así, un día querrá ser santo. Héroe o santo. «El más grande de los hombres», se prometerá. Pero por ahora se hace acompañar de prostitutas en el Louvre. «La querida de un poeta es siempre más que la esposa de un notario», dirá a un escribano accionista de un diario que intenta reclamarle por presentar ante él y su familia a su amante, Jeanne. Es, en efecto, altivo. Un príncipe. Una de esas «incongruencias nocturnas» que Restif de la Bretonne encontraba en las calles de París en las vísperas de la revolución.
Frente a la eternidad de los astros, se siente inmortal. «Me creo inmortal, y espero serlo», dice en uno de los momentos de mayor histrionismo de su vida, a los veinticuatro años, redactando un testamento, poco antes de iniciar un falso intento de suicidio.
Se equivocaría quien lo creyera vanidoso. Lo suyo es orgullo. Es un aristócrata, «más que (lord) Byron». Un «espíritu de élite» incluso ante los ojos de un conde, el conde Louis de la Gennevraye, su antiguo compañero de clase. Refinado en todo, asombra a sus amigos bebiendo licores ingleses, pues es filobritánico; habla inglés como su lengua propia; dice que lo sabe desde siempre; desde la cuna.
Aunque es un solitario, teme la soledad. Para burlar a sus acreedores tiene dos domicilios y a veces, cuando la persecución aprieta, busca hospedarse en casa de sus amigos. Cierta vez pretendió que sus deudas fueran pagadas por su hermano, a quien hizo cuentas alegres. Porque hay que saber que contrae elevadísimas deudas que sólo muerto podrá satisfacer. «Qué grandes y qué poéticos somos con nuestras corbatas y nuestras botas acharoladas», dice.
Estamos en los años cuarenta. Siglo XIX. Una época que en Francia comenzó con la revolución de julio de 1830, que buscaba actualizar la de 1789; una era de insurrecciones revolucionarias, atentados, revueltas, leyes represivas. Todo culminaría en la revolución de 1848, que dio nacimiento a la Segunda República, primero, y al Segundo Imperio, después.
En 1867, inesperadamente, la historia termina: el pobre muchacho, el príncipe, muere. Muere en brazos de su madre. Infectado por la sífilis, intoxicado por el alcohol y el opio. Ha pasado diecisiete meses hemipléjico, afásico. Tiene cuarenta y seis años y el cabello blanco: es un viejo. No puede hablar. «Crenom, crenom», grita, exasperado.
«Nadie fue menos banal ni menos inocente que él», afirma Gustave Le Vavasseur, uno de sus amigos de juventud.
«Tenía el ojo del gato, la nariz del perro, el oído del salvaje», dice también.
«Los jóvenes de entonces —explica Alfred de Musset—, no querían oír hablar del pasado, en el que no tenían fe, pero el futuro era sólo un pigmalión, frío como una amante de mármol. Sólo les quedaba el presente... ángel del crepúsculo, que no es ni el día ni la noche; lo encontraron sentado en un saco de cal repleto de huesos.»
Jules Buisson, pintor amigo del poeta, escribió:
«Criados para tiempos prósperos, tuvimos que vivir en tiempos trágicos. Nuestros destinos —el suyo, más todavía— fueron más fuertes que nuestra educación, demasiado fuertes para nuestra educación.»
Eran nietos de la revolución, pero súbditos del Imperio.
El 9 de abril de 1821, cuando Baudelaire nace, su padre tiene sesenta y dos años. Lleva cinco como jubilado. Hombre canoso de gestos pausados, «labios apretados y mirada penetrante», Joseph-François Baudelaire (1759-1827) tiene un «espíritu cáustico» y es un «republicano inflexible». Un hombre templado en tiempos revolucionarios. Hijo de propietario de viñedos de la Marne, en la Champagne, fue a París en 1776, a los diecisiete años, a proseguir sus estudios en la comunidad de Sainte-Barbe. Allí, en el colegio del Plessis, fue premiado y distinguido. Era hábil escribiendo versos latinos y se destacaba en traducciones del latín y del griego y en disertación francesa. Entre los veinte y los veintidós años de edad asiste a clases de filosofía en la Universidad de París. Como tantos otros, por razones sociales y económicas abraza la vida religiosa, pero en 1781 inicia estudios de filosofía en la Sorbonne. A los veinticinco años es sacerdote y poco después inicia su actividad como preceptor privado de la nobleza: ese año es contratado por el conde Antoine de Choiseul-Praslin como maestro de sus hijos Félix y Alphonse, de siete y cinco años de edad, con quienes irá a vivir al barrio latino, en la rue du Bac.
Republicano de convicción, François Baudelaire, como tantos otros, tras la revolución abandonó el ministerio religioso. Hombre de mente aguda, tiene amigos en el partido revolucionario —se señala su amistad con Condorcet—, pero no se entrega a la política sino que continúa su vida de preceptor y compone un manual para la enseñanza del latín a sus discípulos. Durante la represión de 1793, que afectó también a Condorcet y al conde de Choiseul-Praslin, se encarga del sustento de sus pupilos y da muestras de una fidelidad admirable con sus amigos presos.
En 1797 se casó por primera vez. Tenía treinta y ocho años y contaba con una modesta pensión vitalicia que le había asignado el ya duque de Choiseul-Praslin. Su mujer es Rosalie Janin, una pintora que habría de aportar al matrimonio bienes muebles e inmuebles de valor. Al año siguiente Baudelaire entra en el servicio público y en enero de 1800 da el salto hacia una de las instancias del poder de Francia: es elegido secretario particular de la Comisión Administrativa del Senado, de la que forma parte su amigo Choiseul-Praslin y otros cuatro senadores, nombrados directamente por Napoleón. En esa posición tiene ingresos elevados, trata con la élite del poder político y artístico y accede a una vivienda en el palacio de Luxemburgo, sede del Senado. Cinco años después, en 1805, nace su primer hijo, Alphonse.
François Baudelaire continuará en el Senado hasta un año después de la caída definitiva de Napoleón en Waterloo, es decir, hasta 1816. Cuando la Restauración se abre paso en Francia él, después de dieciocho años de servicio, debe pedir su jubilación anticipada y dejar su casa en el palacio. Dos años antes había muerto su mujer Rosalie. Ahora, en 1816, a los cincuenta y siete años de edad es viudo y jubilado y debe emprender la mudanza a un piso de la rue Hautefeuille, a pocas calles del palacio de Luxemburgo, en el centro del barrio latino. Su hijo Alphonse crece con él.
El retiro obligado le permite por fin dedicarse a la pintura. «Pintor», en efecto, contestó al funcionario que le preguntó por su oficio el día de su primera boda, veinticuatro años atrás.
En 1819 el viejo Baudelaire contrajo matrimonio por segunda vez, con Caroline Dufays, treinta y seis años más joven que él, protegida de su amigo Pierre Pérignon, cuya casa familiar frecuentaba desde hacía mucho tiempo.
Ocho años después, en 1827, François Baudelaire muere. Charles, su segundo hijo, tiene seis años de edad.
Los biógrafos suelen negar la importancia que este hombre ha debido de tener en la vida del poeta. Camille Mauclari, por ejemplo, se refiere a él sólo como «un viejo burgués» a quien Charles «apenas tuvo tiempo de conocer».
Pero todo el mundo sabe que la impronta paterna está basada más en la fuerza simbólica que en la presencia física. No hace falta hurgar demasiado en las teorías para aceptar que una figura con sus perfiles y atributos siempre idealmente construidos, se torna simbólica por el lugar que ocupa en un universo imaginario: la figura paterna, su poder y los valores que puede llegar a transmitir poco tienen que ver con la accidentalidad de la presencia material. Baudelaire, el poeta, ha debido de recibir de su padre una impronta quizá difusa pero en todo caso decisiva. Baudelaire, el padre, que compuso versos latinos y en su juventud abrazó la vida religiosa y filosófica, que adquirió maneras refinadas y elegantes de su trato con la nobleza, que fuera un republicano «inflexible» y en su vejez se entregara a su pasión por las imágenes pictóricas y escultóricas, pudo representar para su hijo una especie de modelo sublime y remoto. Según Maxime Du Camp, cuando Baudelaire tenía diecisiete años se enfrentó una vez con su padrastro, a quien dijo: «Olvida usted que llevo un apellido que me toca hacer respetar». El apellido de su padre fue siempre importante. Hacia el final de su existencia, anotó en su diario: «Rezar a Dios todas las mañanas, depósito de toda fuerza y de toda justicia, a mi padre, a Mariette, a Poe como intercesores». El padre, la sirvienta noble y maternal, el maestro: intercesores ante Dios sólo pueden serlo si comparten con él una naturaleza divina, si están en su gracia. Baudelaire vio a su padre en la gracia de Dios, en su ejemplaridad. Era del padre el retrato que llevaba consigo en todo el intenso e incesante trasiego de su vida de un piso a otro, de un hotel a otro, de una casa a otra. Siempre el retrato de su padre, que pintara Jean Baptiste Regnaut, célebre pintor de la época, que él heredara y ahora ha desaparecido. En 1865, esto es, dos años antes de su muerte, en Bélgica, aún lo conservaba consigo, así como una de sus aguafuertes.
La madre del poeta, Caroline, recuerda a su primer marido como un hombre «muy distinguido, en todos los sentidos, con maneras completamente aristocráticas». Un hombre «apasionado por la literatura» que tenía «un gusto muy puro». «Había sido profesor de retórica en el colegio de Sainte-Barbe, en París, durante dos años. Él hubiera estado muy orgulloso de verle [a Charles] entrar en esta carrera», escribió.
Baudelaire, el poeta que ama las imágenes, ha debido amar la de su padre, la del hombre de finas maneras, de honor, de religión, de poesía, de pintura; y, como cree Ives Bonnefoy, ha debido también desarrollar un secreto sentimiento de culpa por la pérdida de sus restos en el cementerio común.
La historia de Caroline Dufays comienza también con la revolución: su madre, Julie Foyot, emigró a Inglaterra con veinticuatro años de edad, en 1792, apenas tres años después del gran estallido. Hija de burgueses de la Champagne, de un antiguo procurador del parlamento de París, bien se podía imaginar para ella un destino pacífico. Pero su apresurado y solitario exilio posrevolucionario, que parece aludir de modo impreciso a los cambios que la revolución provocó en Francia, habrían de lanzarla a un albur funesto. Cuando no es salvadora, la disensión es trágica. Esta historia lo es porque en Inglaterra, en Londres, Julie Foyot tiene una hija en 1794 y al año siguiente enviuda. El padre de la niña, un militar de apellido Dufays, murió «en acción» en Quiberon. La joven emigrada y su única hija sobreviven gracias al socorro que el gobierno inglés presta a los emigrados franceses, que la madre solicita una y otra vez. En 1800 Napoleón permite el regreso de los exiliados y la ínfima familia viaja a Francia. Julie cree que puede recomenzar, recuperar lo que perdió al marcharse, un lugar, un destino, pero diez días después muere en un hotel de París, sola, de una enfermedad desconocida, sin haber desecho su equipaje ni reencontrado a sus familiares; o acaso repudiada por ellos: en esos tiempos revolucionarios, la reaparición en la familia de una exiliada hubiera podido acarrear consecuencias imprevisibles.
Su hija sólo tiene seis años.
Más de cincuenta años después su nieto Charles Baudelaire, en su poema «Los búhos», cantaría con pesar esta advertencia:
L’homme ivre d’une ombre qui passe
Porte toujours le châtiment
D’avoir voulu changer de place.*
Por «haber querido cambiar de lugar» pudo haber muerto Julie, en efecto. Tampoco a ella, a la joven Julie, le fue perdonado ese pecado de soberbia frente al destino. Su hija Caroline Dufays, madre del poeta, huérfana de padre cuando contaba un año y de madre cuando apenas tenía seis, no intentó cambiar el suyo: creció en París al cuidado no de la familia de su madre, siempre temerosa, sino de la del barón Pierre Pérignon, antiguo amigo y compañero de oficio del padre de Julie, un abogado de éxito y señor de «una casa señorial por el lujo y el dispendio». Vivió en un pensionado religioso para señoritas y en las vacaciones visitaba a sus protectores. De ese modo conoció a François Baudelaire, antiguo condiscípulo de Pierre Pérignon, como hemos dicho, y viejo amigo de toda su familia, un gran señor ante los ojos de la niña —adolescente solitaria; un hombre que usaba coches del senado y era atendido por un criado personal. Ese hombre que así podía hacer soñar a la joven huérfana era, como sabemos, viudo desde 1814, jubilado desde 1816 y criaba sólo a su hijo. La viudez, pero acaso más aún la jubilación, llevaron en 1819 a François a pedir en matrimonio a Caroline.
La pareja fue a vivir al piso de la rue Hautefeuille. Él murió ocho años más tarde.
Cuando se casó por segunda vez, Caroline dedicó sus cuidados menos a Charles, su único hijo, que a su nuevo esposo, a quien acompañó fielmente en una envidiable carrera militar, diplomática y política, coronada por el cargo de senador imperial.
No se conserva ningún retrato de ella. En una de sus primeras viviendas, Baudelaire tenía uno, un pequeño medallón, ahora perdido. Madre e hijo mantuvieron siempre una relación tensa e intensa. Atormentada. Conservadora y burguesa, Caroline nunca pudo aceptar los valores que su hijo abanderaba con tanta vehemencia. Él se quejó siempre de su madre, de una «obcecación nerviosa y esa violencia» que le era particular, como le dice en carta de 8 de diciembre de 1848. Asselineau cenó un día con ella y al cabo anotó esta impresión: «Madame Baudelaire, con su delicada actitud de reserva de mujer de tribunal, me ha fastidiado. Escuchándola, comprendí todo lo que el pobre Charles ha debido sufrir con su familia».1 Otro gran amigo, Auguste Poulet-Malassis, la conoció también en los tiempos de la enfermedad del poeta y escribió que la pobre mujer «no comprende ni ha comprendido jamás el carácter de su hijo, y es sin duda, pese a su excelencia maternal, una de las personas más ineptas para ocuparse de él y comprender sus deseos». Fue el mismo Malassis quien observó que ella pronunciaba las palabras «con tanta pureza como Baudelaire, determinando y acentuando con gran precisión», y que madre e hijo se semejaban «mucho de rostro, sobre todo en la frente y la boca».2
Charles Pierre Baudelaire Dufays nació pues en el seno de una familia burguesa de vocación aristocrática compuesta por un hombre vinculado a los altos círculos de poder, provecto, de aspecto cansado, y una joven marcada por la educación en los ambientes de la nobleza y la temprana pérdida de sus padres, que sucumbieron a la búsqueda de un nuevo destino. Una honorable familia que habría de durar poco, extrañamente acosada por el aislamiento: ella huérfana; él, viudo, solo en París, señalado ya por la muerte, que le advendría pocos años después. El niño no tiene abuelos, muertos todos más de veinte años antes: los padres de su padre, originarios también de la Champagne, murieron en 1773 (el padre) y 1782 (la madre); los de su madre en 1795 (el padre) y 1800 (la madre). Tampoco tiene tíos: su madre es hija única y su padre también. Él mismo es hijo único de Caroline.
«Mis ancestros —escribirá el poeta años después— idiotas o maníacos, en apartamentos solemnes, todos víctimas de terribles pasiones.»
Signo de soledad: también su padrastro, Aupick, será huérfano e hijo único. Eran tiempos revolucionarios, y la muerte golpeaba las puertas con violencia inesperada.
La familia extensa del poeta se compondrá únicamente de primos segundos, los Levaillant; son cuatro, una chica fallecida pronto y tres varones dedicados a la carrera militar, pero sólo con el mayor de ellos, con Jean Jacques, Baudelaire tendrá contacto.
Jacques Aupick, el padrastro de Baudelaire, era hijo de irlandeses y huérfano de padre desde los cinco años. Militar de carrera, se desempeñaba como ayudante de campo del príncipe de Hohenlohe cuando contrajo matrimonio con la viuda Caroline Dufays, el 8 de noviembre de 1828. Ella, no hay que olvidarlo, era hija de un hombre que también optó por el oficio de las armas y que murió en un campo de batalla. Aupick había estado en las campañas de Austria, España y Sajonia. Soldado de la primera Restauración, estuvo también con Napoleón en su fracasado intento de volver al poder de Francia. Recién casado, debió embarcarse para la campaña de Argelia, y en 1831 y 1834 fue uno de los encargados de aplastar la rebelión de los obreros de Lyon, por cuyo éxito fue inmediatamente promovido.
Aupick fue protegido del régimen monárquico burgués de Luis Felipe. En París era un invitado frecuente de las recepciones de la Casa Real. Sin embargo, desde 1848 estuvo con la República, a la que representó en Constantinopla. Y con la misma fidelidad al final sirvió al Imperio de Luis Napoleón Bonaparte.
El investigador Jacques Crépet trazó el siguiente esquema de su exitosa carrera, desde la fecha en que se convirtió en padre de Baudelaire:
1831, jefe de Estado mayor de la 7.ª División Militar (Lyon); 1836: jefe de Estado mayor de la 1.ª (París); 1839, mariscal de campo (general de brigada); 1840, comandante de la 2.ª Brigada de Infantería de la guarnición de París; 1 de marzo de 1841, comandante de la Escuela de Aplicación del Estado Mayor; 11 de noviembre de 1842, comandante del Departamento del Sena y de la plaza de París; 22 de abril de 1847, teniente general; 28 de noviembre de 1847, comandante de la Escuela Politécnica; 15 de abril de 1848, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Francia en Constantinopla; 18 de junio de 1851, embajador de Francia en Madrid; 8 de marzo de 1853, senador.3
Baudelaire lo quiso; lo tuvo por su padre y por su amigo, pero los dos hombres no tardaron en desentenderse. Aupick debía de representar todo lo que el poeta rechazaba: el orden burgués, la disciplina, el acatamiento social.
Murió en 1857, antes de ver a su hijastro condenado por un tribunal correccional por atentar contra la moral pública.
El primer hijo de François Baudelaire se llamaba Alphonse. Era dieciséis años mayor que Charles. En 1821 vivía aún en la casa familiar y cuando, años después, falta, el futuro poeta lo añora. Estudió en el colegio Louis-le-Grand, uno de los centros educativos de las clases altas de París, y se encaminó enseguida hacia el estudio del derecho. De porte «colosal», «fuerte, brusco, de movimientos impetuosos, sacudidos, un Baudelaire con gesticulaciones galvánicas» (así lo recuerda el poeta Prarond), Alphonse cuidó desde lejos el crecimiento y la educación de su hermanastro; le hacía regalos y lo animaba a competir: pensaba en el futuro. Le tocó ejercer su magistratura en Fontainebleau, cerca de París, y desde allí siguió los pequeños pero peligrosos avatares de la vida de su joven hermano. Primero lo aconseja; después, lo reprende; quizá lo denuncia. El díscolo hermano nunca se lo perdonará. Alphonse fue elegido consejero municipal de Fontainebleau y con esfuerzo logró alcanzar el nivel de juez de instrucción, pero el feroz celo vigilante de los tribunos del Segundo Imperio vio en él a un ser débil, de una debilidad impropia de un magistrado y lo devolvieron a su condición inicial. Simple juez.
Consultado sobre su hermanastro, Alphonse dijo siempre que sí a las iniciativas del general. Sí a los mares del sur. Sí a un curador judicial para el poeta pródigo.
«Me gusta más la gente mala que sabe que lo es, que la gente buena y estúpida», sentenció el poeta, recordándolo.
Alphonse murió hemipléjico, aplastado por el poder del Estado. Baudelaire se abstuvo de despedirlo.
«Mi paralítica», dice. «No quiero que pongan a mi paralítica en la puerta... que la cuiden hasta que se agoten todos los medios para curarla»: Baudelaire, entonces —1859— retirado en un pequeño pueblo de la costa normanda en plena efervescencia creativa, pidió así a su amigo Poulet-Malassis que enviara 150 francos a la clínica Dubois, del barrio de Saint Denis de París, donde ingresara poco antes Jeanne Duval atacada de hemiplejia.
La relación amorosa de Charles con Jeanne, intermitente, tortuosa, funesta, salvadora, duró catorce años, desde 1842 hasta 1856, cuando ella intentó abandonarlo; o un tiempo más largo, pues en 1859 Baudelaire volvió a casa de su amante. Sólo en 1861 parece producirse una separación física definitiva: diecinueve años. Más aún: la historia íntima de pasión, complicidad, abnegación y traiciones creó un lazo tan poderoso que jamás habría de romperse del todo. Por deseo, por amor, primero, por deber y caridad, después, Baudelaire, desde lejos, separados, cuidará siempre de ella; la incluye en sus previsiones económicas, la hace blanco de sus más nobles anhelos. Cuando la enfermedad lo agobia y una gran crisis lo embarga, llevándolo al borde del suicidio, anotará en uno de sus escritos íntimos: «Demasiado tarde, quizá. Mi madre y Jeanne —mi salud por caridad, por deber. Enfermedades de Jeanne. Enfermedades y soledad de mi madre». Y a su madre le confiesa, en octubre de 1860: «Las dos ideas de caridad que me retienen son tú y Jeanne».
Caridad y deber: la suerte, la desdicha de Jeanne lo conmueven. Pero antes fue el deseo. Jeanne inspiró el más vasto ciclo de Las flores del mal, casi una veintena de poemas. A veces Baudelaire le dictaba sus versos, cuando temía olvidarlos; ella anotaba y «enriquecía» sus rimas. Joven, alegre, exótica, insaciable, Jeanne, en los primeros años, fue para él una «bestia cruel e implacable», una «rara deidad, oscura como la noche», que caminaba como si bailara, «como esas serpientes que agitan los encantadores».
«Demonio sin piedad, viérteme menos fuego», le dice en uno de sus versos.
Reina de traiciones, Jeanne, que parece haber llegado al extremo de convivir con un amante (presentándolo como su hermano) en la casa que compartía con Baudelaire, fue también capaz de sacrificar dos veces sus joyas y sus muebles para pagar deudas de él. La señora Aupick aseguraba tener en su poder una gran cantidad de cartas de Jeanne a Charles, y que nunca vio en ellas palabras de amor.
Su belleza se apagó con la enfermedad. De su vida infortunada no han quedado huellas. El fotógrafo Nadar la vio por última vez, más de diez años después de la muerte de Baudelaire, cruzando una avenida, apoyada en dos muletas.
2
Infancia y adolescencia: París y Lyon
«¡París cambia!... Todo para mí deviene alegoría», escribió Baudelaire. Período de transformaciones: de la ciudad medieval emerge la ciudad moderna. La luz de gas, que reemplaza a los faroles de aceite, casi enceguece a los paseantes que se lanzan a las calles en las noches sin término. Viejos barrios son demolidos y a los antiguos bulevares les suceden otros que atraviesan la ciudad antigua. Los cafés irrumpen con sus mesas en las terrazas y las aceras. Se inauguran nuevos templos: los grandes almacenes convocan a las multitudes como antes las catedrales.
Cuando Baudelaire nace, Napoleón muere. El mismo año: 1821. En esa fecha, los combates continúan, libre el espacio que el arrebato bonapartista había ocupado audazmente. El histórico acontecimiento de 1789 continuará dirimiéndose entre republicanos y monárquicos, entre revolución y restauración, a lo largo de casi un siglo, hasta el triunfo definitivo de la República moderna en 1880. Aunque la Restauración se sigue abriendo paso, no consigue revocar ni la herencia de 1789 ni la napoleónica. Al Terror Blanco responden numerosas sociedades secretas revolucionarias; la conspiración no cesa, el olor insurreccional no se disipa, la atmósfera se caldea cada vez más. En julio de 1830 en París reviven las conflagraciones y el rey Carlos X es obligado a abdicar. París es la capitana de las insurrecciones, la ciudad de las barricadas, un gran laboratorio político y el objeto de la transformación urbana más importante experimentada en Europa en el siglo XIX. Entre la revolución de julio de 1830 y el golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte de 1851, los levantamientos populares se suceden constantemente. En febrero de 1831 ocurren en un acto en memoria del duque de Berry, mientras en noviembre tienen lugar en Lyon. En junio de 1832, el entierro del general republicano Lamarque da lugar a la toma popular de la parte este de la ciudad. En 1834 hay una nueva insurrección en Lyon y revueltas y masacre en París. En 1839, la marcha de Blanqui y Babès amenaza al gobierno. En 1848, de la revolucçión de febrero emerge la Segunda República, custodiada por la rebelión socialista de junio.
Baudelaire nació en un piso de la rue Hautefeuille, número 13. La dirección está en el centro del barrio latino, uno de los más antiguos de la ciudad vieja. El que fuera el centro universitario, el de los jóvenes, era también uno de los núcleos de la resistencia, un barrio de grandes barricadas. Sus calles estrechas se atestaban de montículos de piedra y toneles de madera; allí, en su infancia y en su juventud Baudelaire será contemporáneo de las rebeliones llevadas a cabo bajo el signo de los hombres de 1789. Crecerá con el estrépito de los cortejos militares, el olor de la pólvora, el humo de las fogatas y las barricadas, el coro que entonan las multitudes en marcha. Baudelaire vivió en el barrio latino hasta los once años, hasta 1832, cuando la familia fue a Lyon. Al regresar en 1836, volvió a las mismas calles, en las que pasó más de la mitad de su vida, cerca del Sena, Notre Dame, la Sainte Chapelle, el Liceo Louis-le-Grand, antiguo, prestigioso y monumental, que habían frecuentado Voltaire y Diderot, Robespierre, Sade y Hugo. Hacia arriba, por el bulevar Saint-Michel, a pocas calles estaban los jardines de Luxemburgo; hacia abajo, las islas de la Cité y de Saint-Louis.
Esa casa de la rue Hautefeuille, ya desaparecida, fue evocada por el hombre maduro, nostálgico: «viejo mobiliario Luis XVI, antigüedades, estilo consulado, dibujos a pastel, sociedad del siglo XVIII».
La infancia —escribió Baudelaire— es el tiempo de la novedad y la ebriedad; cuando «la sensibilidad ocupa casi todo el ser del niño».1
Según el testimonio de sus amigos, él solía recordar los paseos de la mano de su padre, un hombre de largos cabellos blancos, por el Jardín de Luxemburgo, cuando aún era un niño.2 Desde la casa familiar, situada a pocos pasos de lo que hoy es el encuentro de los bulevares Saint-Michel y Saint-Germain des Pres, padre e hijo subían una leve colina para llegar al palacio que mandara construir María de Médicis. Ese museo al aire libre, con sus dos grandes fuentes y su galería de dioses, santas y reinas, ayudaba a François Baudelaire a impartir bajo los árboles las primeras lecciones de arte a su hijo. El viejo espantaba a los perros con su bastón, revivía su antigua condición de preceptor privado y su nunca desmentida pasión artística, mientras el pequeño Charles iniciaba en silencio su intensa afición a las imágenes, conservada como una hermosa prebenda a lo largo de su vida, que le llevó a convertirse después en el gran crítico de arte de su siglo en Francia y a proponerse «glorificar el culto a las imágenes (mi gran, mi única, mi primitiva pasión)».
La casa familiar albergaba en ese tiempo a los esposos François y Caroline, a Charles y a Alphonse, dieciséis años mayor que el pequeño, y a dos sirvientas. El piso, grande y digno, tiene muebles antiguos, estilo Luis XVI, y está colmado de imágenes. François conservaba los cuadros de su primera esposa, y los suyos: veintiún acuarelas y ocho óleos cubrían las paredes del salón, que ostentaba en los flancos esculturas de pedestal de Apolo y Venus y bustos de Cleopatra y Hermafrodita. Grabados y dibujos, visibles aquí y allá, eran otras huellas de que la primera familia Baudelaire amaba el arte. Caroline llegó allí en 1819, fecha del matrimonio, pero su carácter no parece haber prevalecido en ese escenario del pasado. «Gusto permanente, desde entonces, por todas las imágenes y todas las representaciones plásticas», escribirá Baudelaire en una nota autobiográfica.
En esa casa cada uno tiene su habitación, pero la de François es la más grande, tanto que le sirve de despacho, biblioteca y alcoba. Como en toda vivienda familiar de esa clase, hay una mesa de billar, junto a la cual el pequeño Charles habrá contemplado con admiración el solaz, las pocas o muchas habilidades de su padre y hermanastro. Tal vez fue en aquellos días que se originó su afición a ese juego, testimoniada más tarde por Gabriel de Gonet, que afirmaba que Baudelaire amaba con pasión el billar y lo jugaba con una coquetería extrema, tomando la punta del taco como una pluma de escribir.3
Pero el viejo Baudelaire murió en 1827 a los sesenta y ocho años de edad, sin que sepamos la causa. Su viuda tenía treinta y tres años; su hijo mayor, veintidós; Charles, apenas seis. La familia así reducida vio menguados sus ingresos y después de pocos meses tuvo que dejar el hogar y vender parte del mobiliario, enseres domésticos, acuarelas, dibujos, grabados, óleos, pasteles, esculturas de yeso y algunos libros. No sabemos qué sintió Baudelaire ante la pérdida de su padre, pero en la vida adulta nunca dejó de honrar su memoria; como hemos dicho, por mucho tiempo llevó consigo su retrato en las inacabables mudanzas, en su erranza interminable, y un día lejano —treinta y cinco años después— en que se siente solo, solo y abatido, sin amigos, sin amante, sin perro y sin gato a quien quejarse, aún sentirá su presencia trascendente, acompañándole: «Sólo tengo el retrato de mi padre —dirá— que está siempre mudo».
En 1827, la muerte del padre habrá tenido para el niño Baudelaire un significado demasiado recóndito para el registro objetivo. A la luz de algunos recuerdos del poeta, quizá sea legítimo imaginar a la madre volcada sobre el hijo, tratando de conjurar el fantasma del desamparo. En todo caso, la viuda y el pequeño pasaron el verano de 1828 en la vecina población de Neuilly, acompañados de una sirvienta. De esa casa veraniega, de esos meses, ha quedado una hermosa evocación en un poema de Las flores del mal citado a menudo cuando se habla de ese período:
Je n’ai pas oublié, voisine de la ville,
Notre blanche maison, petite mais tranquille;
...
Et le soleil, le soir, ruisselant et superbe
Qui, derrière la vitre où se brisait sa gerbe,
Semblait, grand oeil ouvert dans le ciel curieux,
Contempler nos dîners longs et silencieux.*
Compuesta ahora por Caroline y los dos hermanastros, la pequeña familia se mudó primero a un piso (en el número 58) y luego a otro (en el 30) de la rue Saint-André-Des-Arts, muy cerca del Sena y de la primera casa familiar, en el barrio latino. Baudelaire iba a añorar siempre este breve tiempo de intimidad con la madre que la vida le ofreció, este corto interregno en que el primer padre ya no estaba y el segundo aún no hacía su aparición; en que la madre fue sólo suya y gozó del calor del regazo de dos mujeres, Caroline y la buena Mariette, «la sirvienta de gran corazón», de felices memorias:
La servante au grand cœur dont vous étiez jalouse,
Et qui dort son sommeil sous une humble pelouse,
Nous devrions pourtant lui porter quelques fleurs.*
Hay otros recuerdos, pocos pero intensos, que permanecieron cuidadosamente conservados y revivieron en una carta que Baudelaire dirigió a su madre en 1861, a los cuarenta años de edad:
Hubo en mi infancia una época de amor apasionado por ti; escucha y lee sin pudor... la Place Saint-André-Des-Arts y Neuilly. ¡Largos paseos, ternuras perpetuas! Recuerdo los muelles, tan tristes en la tarde. ¡Ah! Ese fue para mí el buen tiempo de las ternuras maternales. Te pido perdón por llamar «buen tiempo» a aquel que fue sin duda malo para ti. Pero yo estaba siempre vivo en ti. Tú eras sólo para mí. Eras a la vez un ídolo y una camarada.
Pero ese tiempo mítico de felicidad propiciado por la exclusividad del amor materno fue pronto interrumpido: el 31 de octubre de 1828, un año y medio después del acontecimiento familiar fúnebre, el Consejo de Tutela de Charles, constituido después de la muerte de François Baudelaire, recibió la notificación de la viuda de su intención de volver a casarse. El elegido era Jacques Aupick, de treinta y nueve años de edad, soltero, francés de origen irlandés, de profesión militar, oficial de la Legión de Honor y ayudante de campo del príncipe de Hohenlohe.
El matrimonio tuvo lugar con una celeridad sorprendente: el 8 de noviembre de 1828, cuando Baudelaire tenía siete años y medio de edad. Casi inmediatamente Caroline Dufays, ahora Aupick, viajó a Creil, un pueblo situado 51 kilómetros al norte de París donde poco después, el 2 de diciembre de ese mismo año, tuvo un parto prematuro y clandestino, una niña muerta. Cuando Caroline se casó estaba pues en un estado de embarazo avanzado. En esos días Charles quizá permaneció en París con Mariette, pues Aupick había regresado a sus ocupaciones militares.
En todo caso, la nueva familia se radicó en el número 17 de la rue du Bac, cerca de la vivienda de la rue Saint-André-Des-Arts, ahora habitada sólo por Alphonse, que permaneció allí hasta el año siguiente, fecha de su matrimonio. En su nueva vida Baudelaire experimentó la añoranza de su hermanastro, que faltaba en casa y por quien preguntaba con frecuencia.4
Fue Jules Buisson, compañero de juventud de Baudelaire, el primero en hablar de una grieta producida en el poeta a causa de este segundo matrimonio de Caroline. «Hubo en su e
