El jardín del fin

Ángela Rodicio
Ángela Rodicio

Fragmento

1. Nubes negras

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Nubes negras

Ni tú ni yo conocemos los misterios de la eternidad,

Ni tú ni yo podemos descifrar este enigma;

Tú y yo sólo hablamos a este lado del telón;

Cuando el telón caiga, ni tú ni yo estaremos aquí.

Rubaiyat, OMAR JAYAM

Salus populi suprema est lex.

El bien del pueblo es la ley suprema.

De Legibus, CICERÓN

Encontrándose un día el califa Harun al-Rashid en Rei, y viendo a un tal que despachaba remedios para todas las enfermedades, exclamó:

—¡No creía que en mi reino se pudiese matar con impunidad!

Storia Universale, CANTÚ

El viaje a Irán comienza en el armario; en la búsqueda de ropajes negros y largos. Una cortina psicológica que se levanta con el visado de entrada, y se materializa con la llegada nocturna de todos los vuelos internacionales a la capital.

La identidad femenina puede descubrirse en la cabeza, las manos, los pies. Los pañuelos son obligatorios, en la esfera de la propia discrecionalidad, como el color del esmalte de uñas. Miro las de mis pies, apenas lacadas de un rojo-berenjena, vendetta.

He optado por llevar sandalias y, en el bolso, zapatos cerrados que calzaré justo antes de aterrizar en el aeropuerto Imán Jomeini; cuando las mujeres del vuelo, vía Roma, desaparezcan como de costumbre en los lavabos del avión para reaparecer veladas, mutadas en entes cubiertos por una palpable nube de oscuros presagios.

La maleta es negra, como el bolso. Los pantalones y la camisa que llega a las rodillas son negros, igual que el humor de los pasajeros que esperan la salida de su vuelo.

Los corredores del aeropuerto de Roma parecen interminables antes de llegar a la remota terminal de la que se parte a los lugares menos fiables del planeta. Las largas horas de espera se atenúan en las librerías del aeropuerto de Fiumicino. Europa, cristiana, libera. La mia vita tra veritá, libertá, fede e religione, valori e regole, el nuevo libro de Magdi Cristiano Allam. Cuando le conocí hace más de una década, era un periodista de origen egipcio cuyas ideas parecían obedecer al consenso y a un talante conciliador. Era simplemente Magdi Allam. Debe ser el nuevo signo de los tiempos, con estos humos de cruzada que vuelven a destacar la lejanía ideológica entre Oriente y Occidente.

En la enésima vuelta por el duty free, un grupo de iraníes, y otro de israelíes, coinciden en el estante de las ofertas de maquillaje. Los vuelos a Teherán y a Tel Aviv despegan prácticamente a la misma hora. Las últimas compras profanas y mundanas. Contemplo los avatares entre una mujer iraní y otra israelí, aparentemente separadas por un abismo de bombas nucleares y dialéctica ultrarradical, unidas por un mismo interés: la base de maquillaje líquido espolvoreado por moléculas de oro de 18 quilates. ¿Quién conseguirá quedársela? Aparecen los maridos.

LLEGADA NOCTURNA A TEHERÁN. PROFUSIÓN DE NEGROS.

ESPERANDO LA LIBERTAD. ESPERANDO EL TERREMOTO

Cada viaje es como una vida nueva. Esta vida, este viaje, parece pesar igual que las revistas adquiridas como regalos para las amigas. Los números de septiembre son tan densos como un cocido de domingo. Mis compañeros de asiento forman parte de un grupo de jóvenes vestidos con un peculiar uniforme de cazadoras beige estilo «Ahmadineyad», escasas y setenteras. Desisto de hojear las plúmbeas publicaciones por miedo a quedarme sin codo.

El sonido del farsi, la lengua de Irán, es complejo. Una sinfonía de palabras agudas, de eses silbantes como meandros; una lluvia cantarina que de repente escampa cuando terminan por abrirse paso las vocales. Fuera del avión anochece y por las pantallas la flecha en forma de avión va atravesando el sur de Europa, Turquía, Van; Urmía, el lago oriental de los armenios en el Kurdistán; el mar Caspio para, finalmente, descender en plena noche, la hora más negra que precede al amanecer. Es la llegada furtiva a Teherán; el negro dentro y fuera. Lo intempestivo de este aterrizaje en la complejidad simbólica de Irán que deja a cualquiera fuera de juego durante los primeros días de estancia. El jet lag iraní es espeso, una regresión marcada por la bienvenida de los dos guías supremos de la Revolución islámica, Jomeini y su sucesor Jamenei, cuyos retratos presiden la antesala del control de pasaportes; por las dos horas y media que se debe adelantar el reloj.

Mi maleta no ha llegado. El exceso de equipaje de los iraníes en la diáspora, en este caso procedentes de Canadá, no ha dejado huecos. Como ya lo había previsto, he traído conmigo los libros de trabajo. Empezando por Viaje a Oxiana, de Robert Byron. Byron y Christopher Sykes llegaron a esta capital en los años treinta recorriendo Oriente Medio en coche. Por diversas vicisitudes con su Chevrolet negro, su estancia en Teherán duraría más de la cuenta, y gracias a ese contratiempo, fueron escritas algunas de las páginas más bellas, valores permanentes de la literatura de viajes.

Teherán, 29 de enero, 1933. Todavía aquí. Para aliviar la claustrofobia, pasamos el día en las montañas de Darband donde Marjoribanks tiene un palacio. Christopher entabló conversación con uno de los jardineros reales. Parece que a Marjoribanks le gustan las flores.

Marjoribanks era el nombre en código para referirse a Reza Shah, el coronel de cosacos que se erigió en primer shah de la dinastía Pahlevi, en 1925, tras derrocar la anterior de los Qajar.

Le llamé la atención a Christopher sobre la indignidad de los ropajes de la gente:

—¿Por qué permite el shah que lleven esos sombreros?

—Shhh. No debes mencionar el shah tan alto. Llámale Mr. Smith.

—Yo siempre le llamo Mr. Smith a Mussolini cuando estoy en Italia.

—Entonces, llámale Mr. Brown.

—No. Ése es el nombre de Stalin en Rusia.

—Vale. Mr. Jones.

—Jones tampoco sirve. Hitler se lo tiene que quedar, ahora que Primo de Rivera ha muerto. De todas formas, siempre me confundo con estos nombres tan comunes. Mejor le llamamos Marjoribanks si queremos recordar a quién nos estamos refiriendo.

—De acuerdo. Escríbelo también en caso de que te confisquen el diario.1

La conversación entre Byron y Sykes sigue vigente. Los diversos cuerpos de seguridad continúan rigiendo los destinos de los iraníes. Como el cuidado de los jardines y la profusión de rosas y peonías que alegran la metrópoli de más de 15 millones de habitantes, con una de las tasas de contaminación más altas del mundo.

El palacio de Darband sigue en su sitio. De la estatua en bronce del hijo de Reza, Mohamed, el segundo y último shah de los Pahlevi, sólo queda una franja de piernas, por encima de las botas de su uniforme, en la entrada principal. La zona, en las laderas de la cordillera de los montes Alborz que coronan Teherán, es ahora un barrio de clase media alta, granado con las viviendas de profesionales cualificados, como la de Zahra, mi amiga médico.

Siempre que llego a Teherán, subo a Darband para cenar en uno de los restaurantes al aire libre, para saber qué me va a deparar el viaje. En contra de lo que se pudiera pensar, no es el Corán el libro de referencia de los iraníes, o de Persia, como se llamaba el país antes de la llegada del patriarca Marjoribanks, sino Hafez, el poeta de los poetas, su faro y puerto espiritual. Cuando desean un aviso sobre lo que les depara el destino, o disipar una duda, o buscar un seguro para su modo de pensar o actuar, abren su libro al azar y, apuntando con el dedo, leen el responso con la respuesta.

El diván de Hafez, el sufista, es el equivalente a la Biblia de los cristianos, o la Torá de los judíos; los tres pueblos del Libro. El diván, con sus estrofas en verso, es un canto a la vida y a la experiencia de los días; la auténtica alma de los persas, de los iraníes.

Por Darband, adonde los habitantes de Teherán ascienden para escapar del calor y la contaminación del centro y sur de la ciudad, pululan derviches, filósofos ambulantes cuyas raíces se ahondan en la tradición popular, previa y contemporánea al Islam. Algunos derviches aguardan con una jaula de mirlos y una profusión de miles de billetes de fino papel a que se paguen los riales de la consulta. Entonces toman suavemente al mirlo, apoyado apenas en uno de sus dedos para, con un ligero movimiento, acercar el pico al fajo hasta que, casi milagrosamente, elige uno, y sólo uno. La mía: «Echemos nuestras naves en el océano de vino. Confunde al religioso con la chica de la viña. Cuando muera, no me sepulten en la tierra. Sino en la cantina, en la tinaja de vino». Bien poco islámico. Muy poco iraní, en todo caso, donde está prohibido consumir cualquier tipo de alcohol, incluido el mismo vino, aunque ésa sea otra historia.

Según Zahra, mi responso indica que debo dejarme llevar; disfrutar de mi viaje, de mi estancia, de mi práctica de la vida, sin darle demasiadas vueltas. Lo dice Hafez.

Mi humor negro se transforma en un canto a la navegación y a la luz. Qué pena que estos descubrimientos siempre tengan lugar en Irán cuando las tinieblas de la noche ya se han cernido sobre el día. Cuando el negro de los ropajes se confunde con el paisaje. Como si siempre fuera demasiado tarde. Tal vez se trate de ver más allá. De trascender las tinieblas. Navegar en un océano de vino. De vida interior. ¿Cómo se podría vivir si no? Esto es Irán. Esto es Teherán.

Me alojo en Zafaraniya, uno de los barrios altos del norte, mil metros por encima del sur de la ciudad, con sus bulevares y amplias avenidas; sus frondosos árboles que proporcionan sombra y sombras a los viandantes. El jardín de la edificación Qajar parece un oasis en manos de un jardinero afgano a quien veo cada mañana cuidar con mimo los distintos rosales que despliegan una panoplia de colores en este retazo de ciudad concentrado en torno a un vergel en miniatura. El mayordomo es un viejo paquistaní que fuma en los intermedios de su deambular cotidiano asegurándose que todo esté siempre en regla.

En una garita de la calle en pendiente, un guardia vigila las entradas y salidas. Zahra dice que no vendrá a recogerme con su coche. El soldado de turno tiene entre sus cometidos apuntar las matrículas de todo el que se acerque a un extranjero.

Conocí a Zahra el 24 de mayo de 1997, el día de mi cumpleaños, cuando el reformista Mohamed Jatamí ganó las elecciones arrebatando el poder a los representantes más recalcitrantes del régimen. Con ella he visitado desde el mar Caspio hasta el golfo Pérsico.

Otra amiga trabaja para el ayuntamiento de Teherán donde intenta crear un plan urbanístico que funcione. El último data de 1970, cuando la población era de unos 3 millones (ahora se superan los 15 millones), y con la colaboración de expertos extranjeros, tratan de poner en marcha un plan de prevención de terremotos. Es la pesadilla de esta urbe, cuya construcción salvaje se ha comido los cinco valles que antaño ocupaban los cursos de tantos ríos desaparecidos con origen en la cordillera de los montes Alborz. El panorama es cuando menos dantesco. Después de ciento setenta y cinco años del último desastre, más de un ciclo completo, el peligro es cada día mayor.

Los canales de agua que todavía atraviesan Teherán, antes fuente de limpieza, son ahora recordatorio de amenazas crecientes. El último temblor de tierra data de 1836, y en él murieron decenas de miles de personas. La ciudad se ha levantado, dicen los expertos, sobre cien posibles fallas y debería ser «trasladada» a otro lugar. Todos los servicios, desde hospitales, con camas y servicios insuficientes, hasta transportes, generalmente ya colapsados, se verían incapaces de afrontar una tragedia de una magnitud inimaginable. El presidente Ahmadineyad ha ofrecido incentivos a quienes estén dispuestos a irse de Teherán. El mercado laboral del país es profundamente escaso y urbano. El debate es tal que incluso un teólogo conservador ha culpado a las mujeres —por su forma de vestir, según él, descarada— de ser la causa primigenia de los terremotos.

«Muchas mujeres que no van vestidas del modo adecuado... provocan la corrupción de los hombres jóvenes, lo cual incrementa el riesgo de temblores de tierra», ha dicho el joyatoleslam Kazem Sadighi en la televisión. Las mujeres en Irán deben seguir un código de vestuario que implica ir cubiertas de la cabeza a los pies, pero especialmente las jóvenes han ido imponiendo largas camisas cada vez más ajustadas, pañuelos o fulares en lugar de velos. «¿Qué podemos hacer para evitar acabar muertos bajo las ruinas —se preguntaba retóricamente Sadighi—, sino rezar y obedecer las reglas del Islam?» Incluso ha unido bajo el mismo epígrafe, terremoto, los disturbios tras las elecciones presidenciales de junio de 2009.

Otra autoridad religiosa de la ciudad de Mashad se ha sumado a Sadighi añadiendo que las mujeres que lleven maquillaje serán comidas por los reptiles en el más allá. «El chador es un regalo de Dios para preservar, como una concha, la pureza de las perlas», se lee en las calles. En la cultura tradicional religiosa iraní, los hombres son los destinados a ganarse la vida y a emprender toda suerte de acciones, mientras las mujeres pías deben esperar, y llevar la casa, planchando sus chadores. Basta darse una vuelta por las calles de Irán para ver que ha sido «superado».

A su condición de cruce de caminos cultural y geográfico, se suma otro, el geofísico. Irán se asienta sobre una gigantesca intersección subterránea de placas: la árabe, la euroasiática y la india, responsables, en última instancia, de la conformación de esta región. La presión que ejercen las placas ha provocado los imponentes macizos rocosos que rodean Irán, multiplicando los efectos sísmicos. Las montañas, a su vez, afectan a los cambios climáticos al impedir el paso de las corrientes de aire al interior. Esto causa los extremos que a su vez definen las precipitaciones, las temperaturas y su topografía.

En el centro y oriente de Irán están cubiertos por un desierto árido; pantanos y marismas en el sudoeste; densas forestas subtropicales en la región del Caspio; más de 2.500 kilómetros de costas escarpadas. Prácticamente ningún edificio levantado en Irán podría soportar más de seis grados en la escala de Richter. En 2003, el terremoto de Bam, en el sudeste del país, provocó más de 30.000 muertos.

Esperando la revolución dentro de la Revolución, y esperando el terremoto, en un escenario apocalíptico, tanto físico como psicológico. De esto habla un grupo de amigos con profesiones liberales. Recuerdan sus tiempos de juventud, cuando se fueron a estudiar a universidades europeas. Su memoria está repleta de recuerdos de las manifestaciones del 68. Igual que sus contemporáneos en todo el mundo. Un economista cuenta cómo era detenido periódicamente por la SAVAK, la policía política del shah, cuando volvía de vacaciones. Le preguntaban y él omitía incluir en su plan de estudios la asignatura de economía marxista. «Mi madre, que era del partido Tudeh, de orientación comunista, me dijo una mañana que habían venido a buscarme. Cogí un taxi y me fui para ser interrogado. Así eran las cosas. Me daban papeles para que les pusiera por escrito a qué me dedicaba. Les describía cómo ligaba, sobre mi novia japonesa, cómo salía y entraba, para distraerles.»

Contigua a la casa donde me alojo, se está levantando otra en la que los vaivenes de un grupo indeterminado de albañiles afganos, que viven en la obra, se repiten según horarios incomprensibles y anárquicos. Al parecer, construyen una mansión antisísmica para un gerifalte del régimen. Los ruidos pueden comenzar de madrugada, y callar en la mañana; provocar estruendos de noche y reinar de día la paz de los cementerios. En mis repetidos viajes no he podido atisbar ni el más mínimo progreso. La versión moderna del mito de Penélope. Según el hijo de mi amiga Zahra, es un ejemplo perfecto para entender el Irán de hoy. Absurdo y estancado.

A pesar de que ya ha transcurrido tiempo desde las revueltas de 2009, miles de estudiantes y profesionales cualificados han huido del país para evitar la cárcel. Otros siguen detenidos. Cada vez que se conmemora un aniversario, los tejados de Irán se vuelven plataformas sonoras con gritos nocturnos revolucionarios, como en 1979, sólo que antes iban dirigidos al shah y ahora tienen como diana al líder supremo del régimen islámico. Voces femeninas profieren: «Allah Akvar» (Dios es grande), y otras masculinas les responden. Así durante horas. Pido permiso para sumarme al coro.

«Puedes hacerlo si te vas al extremo del jardín. Así no saben de qué casa proceden», me indica mi anfitrión. Tal vez les confunda la que está en obras, pienso.

Nunca las cárceles de Irán, con su historia convulsa y traumática, han estado más llenas. Ni las pesadillas represivas han sido más reales. En agosto de 2010, Zahra Rahnavard, la esposa del candidato reformista Mir Husein Musaví, famosa por su activismo político, volvía a reclamar la liberación de los detenidos. «Pedimos que se libere incondicionalmente a todos los prisioneros, empezando por las mujeres y los presos sin nombre. El modo en que son tratados se contradice con un gobierno que ha proclamado buscar el Islam y creer en el advenimiento del Mahdi.»

Las informaciones sobre las condiciones de los detenidos en la sección 350 de la prisión de Evin son preocupantes.

La élite científica, académicos, periodistas, ganadores en varias olimpiadas, activistas de derechos humanos, se pudren en las celdas. La falta de atención médica es cada vez más preocupante. Incluso se les somete a trabajos forzados para extender la cárcel. Se han cancelado permisos, y no se les permite la visita de familiares. La prisión de Rejai Shahr, en Karaj, es terrorífica e inaccesible.

Un Leviatán islámico parece haberse apoderado de este último capítulo de la historia de Irán.

PERSIA Y LA ESENCIA DEL VIAJE

La ciudad de Rei se halla a las afueras de Teherán. Rei es la raíz de Teherán, el origen de esta metrópolis situada en la antigua Ruta de la Seda, cruce de caminos entre el oeste y el este de Persia, de diversas culturas y civilizaciones. Teherán es la sucesora de la vieja capital de Irán, Rei, la Rages de los griegos. Aquí fue donde Alejandro Magno se detuvo en su persecución de Darío III, rey de Persia, en el año 330 a.C. Teherán era entonces un barrio de Rei. Cuando la ciudad fue devastada, muchos de sus habitantes huyeron al norte.

En la llanura al sur de Teherán, Rei aparece embutida entre ruinas de monumentos y ciudadelas reducidas a muñones de barro y adobe; ruinas, ruinas, ruinas, en el sur del sur, que un día fuera norte supremo. Poblada desde el Neolítico, los restos de adobe sirven ahora de límites a huertos y jardines, vergeles de flores, frutas y verduras, tan imprescindibles a la hora de hablar de la mesa y la comida.

Sabst jordan es la mezcla exquisita de hierbas recién cortadas que se come a puñados. Tan sólo pueden durar un par de días lejos de la tierra y, según una leyenda, es el motivo principal del espléndido cutis de las persas. Yafán (el perejil dulce), puné (la hierbabuena local), taré y piaché (cebolletas), reijón (de hojas moradas), toropché (especie de rabanillos): un canto a la simplicidad a pesar de las elaboradísimas viandas, coloridas y delicadas como los antiguos bordados.

He tomado un taxi para ir a la búsqueda de la torre selyúcida de Rei que describe Byron en su Viaje a Oxiana. En la radio, los últimos test de misiles de corto alcance. El jefe del ejército iraní dice que, como fabrican tantos, su único problema es su almacenaje. La perorata del pulso, o el pulso de la perorata de Irán con la comunidad internacional.

Provistos de pan caliente, aliviamos la ardua tarea de preguntas y repreguntas para encontrar la torre. Nadie parece conocer su ubicación. Por la ventanilla, voy sacando su foto en la guía.

Rei es mencionado en la Biblia, en el Libro de Tobías (I,14), y en la Avesta, el libro sagrado de Zaratrusta. El dios de la luz, Ahura Mazda, lo convirtió en un lugar santo. Su nombre era Raga, o Ragés, y desempeñó un destacado papel tanto en la cultura aqueménida como seléucida o sasánida. En la época islámica se convirtió en un centro de producción de cerámica y un foco de cultura, lugar de nacimiento de prohombres y celebridades como el califa Harun al-Rashid, o el filósofo y médico Razés.

La palabra persa para hospital, bimaristán, ha pasado al diccionario árabe gracias al califa, quien, siendo el máximo líder político y militar de los abásidas en Bagdad, llamó a un médico cristiano para que creara el primer hospital musulmán en el siglo IX. Allí trabajaría un sabio de Rei, Abu Báker al-Razi. Conocido como Razés en la Edad Media, fue el médico más importante de su época. Se le atribuye una enciclopedia de la medicina traducida al latín como «Tratado de la viruela y el sarampión», que se utilizaría en Europa hasta el siglo XIX, como sus textos sobre la preparación de un «laboratorio» de destilación.2

El declive de Rei comenzó en el siglo XI, antes de ser destruida por los mongoles en 1220. No sería redescubierta hasta el siglo XIX. En la ladera de una suave colina se hallan las ruinas de una ciudad preislámica, donde se aprovecha una cascada de agua para lavar alfombras. Según una leyenda, posee la cualidad de revivir los colores.

La torre Toghrol, levantada en el siglo XII, el principal vestigio islámico de Rei, se nos aparece por sorpresa a la vuelta de una esquina de muros de adobe. Es el mediodía y la puerta de acceso está cerrada. Varios aldabonazos después, se deja ver un hombre de mediana edad, con la cara desfigurada.

De base estrellada, la torre funeraria de 20 metros de altura se conserva perfectamente. Es el lugar de reposo de uno de los primeros reyes selyúcidas, Tughril I, que la levantó en 1139. El techo y las decoraciones de la torre desaparecieron con las sucesivas restauraciones. Mejor así. En las paredes internas se ha formado un palomar. El cono de luz que invade la torre hace que el vuelo de los pájaros, sus vaivenes antes de recalar en un nido u otro al azar, embrujen al viajero. Mirando hacia arriba, en este microcosmos sin cubierta, coronado por el firmamento, todo parece quedar atrás. Un tiempo suspendido en el tiempo.

El guardián de la torre cuida también del jardín, un espacio mitológico de higueras y plantas exóticas. Ghasem Ghanbary escribe su nombre en un trozo de papel que guardo entre las páginas de mi guía. Se ha ofrecido a hacerme fotos, en posiciones cada vez más particulares. Se revelarán muy bellas, con unos magníficos encuadres.

Ghanbary me cuenta que vive en una dependencia a la entrada del monumento, que se mantiene gracias a una magra pensión y a las propinas de los visitantes, fundamentalmente peregrinos de visita al lugar del asesinato, en el año 860, de un pariente del Segundo Imán, Hasan, como se conoce a Hazrat-e-Abd-ol-Azim, y cuyo mausoleo se encuentra cerca del bazar.

Ghanbary fue herido de muerte en Majnum, los campos de la locura, las marismas que forman las desembocaduras de los ríos bíblicos, el Tigris y el Éufrates, antes de perderse en lo que los árabes llaman Chatt-el-Arab, y los iraníes, Arvand Rud, el golfo Pérsico como fuera bautizado por Alejandro Magno.

Ésa es la división natural entre el sudoeste de Irán e Iraq, entre Persia y Mesopotamia. Durante la guerra Irán-Iraq (1980-1988), decenas de miles de personas murieron en una contienda atroz. Majnum, los campos de la locura, se convirtieron en un cementerio durante aquella década absurda. Los que salieron con vida, imposibilitados como Ghanbary, son sostenidos por diversas asociaciones y fundaciones de mártires, uno de los pilares de la economía del régimen islámico actual. Ghanbary ha sido destinado al cuidado de un monumento histórico. De la trinchera al museo.

El olor de las rosas de Ghanbary es embriagador; el sabor de los higos que me ofrece, exquisito. Nos sentamos sobre el césped y comparte su historia. Entre la vida y la muerte, Ghanbary pasó meses en el hospital, hasta que pudieron recomponer su cara. Ya erguido, en este oasis de su propia creación, sin más heridas ya que las de su pasado, el veterano de guerra ha encontrado refugio en un jardín en el que ha cuidado árboles y plantado flores gozosas. Es el paraíso particular de un superviviente de los campos de la locura, del paraíso terrenal de la Biblia. Antes de irme, deposita un puñado de higos en mi mochila.

Harun al-Rashid, el califa abásida de las Mil y Una Noches, que convirtió Bagdad, la Medinat-as-Salam, la ciudad de la paz, en Al-Asimah, La Capital, el centro de cultura universal durante quinientos años, nació en Rei. Éste es el lugar del que partió aquel visionario guerrero, artista y constructor, que se paseaba de incógnito por los cafés de Bagdad.

Conocida como la ciudad de la paz, Bagdad no ha visto desde su fundación en el siglo VIII más que guerras e invasiones. Pero gracias a Harun al-Rashid de Rei, Bagdad se erigió en capital civil y militar de todo un imperio a orillas del Tigris, regada con las aguas del Éufrates; en símbolo de explosión de las artes. Los judíos, los cristianos nestorianos y jacobitas de Mesopotamia, y los zoroástricos de Persia hicieron que los productos de Mesopotamia y Persia, entonces los lugares más desarrollados del mundo, se prodigaran por doquier. La lengua árabe era entonces la de los negocios, con términos como «tarifa» o «cero» incorporados para siempre al vocabulario comercial. Los árabes controlaban desde España hasta India, lo que convertía al imperio en el intermediario entre Oriente y Occidente. Su dominio era tal que otros términos náuticos, como «cable», «almirante», «arsenal» y «corbeta», se adaptaron a las lenguas europeas.

Occidente descubrió a Persia gracias a Heródoto, con sus historias del siglo V a.C. en las que se plasma la esencia del viaje. El padre de la Historia nos cuenta las guerras de los medos empeñados en conquistar el Imperio aqueménida persa y la misma Grecia.

Esas mismas contiendas inspiraron a Esquilo su tragedia Los persas, del 471 a.C. Con Alejandro Magno, Occidente se encuentra con Susa, Persépolis, sus centros y sus riquezas. Alejandro escribía regularmente a su mentor, Aristóteles, cuyo sobrino, Calístenes, se hallaba entre su séquito de escribas-cronistas. De ellos beberán historiadores latinos como Quinto-Curcio, o Justiniano, y griegos como Arriano, Diodoro de Sicilia o Plutarco.

Tras un apagón de siglos, con Marco Polo y la Ruta de la Seda, se recupera la narrativa persa en el siglo XIII. Con los safávidas, gracias al respaldo del shah Abbas I a los contactos diplomáticos y comerciales con Occidente, persas y europeos se devuelven visitas en el siglo XVII. Los viajes filosóficos en forma de búsqueda de orígenes culturales se prolongan hasta la Ilustración, y las Cartas Persas de Montesquieu. El contrapeso al vacío de Europa antes de que comenzara la Edad Moderna.

Regreso a casa y sigo sin recuperar mi equipaje. El único consuelo es recrear la vista sobre el sofisticado frasco de maquillaje que pude quedarme en la tienda del aeropuerto de Roma, el origen ideal de cualquier viaje, mientras judías y persas discutían. Esencia de brillo de oro puro, que ahora es mío.

CAPITALIDAD DE TEHERÁN. SU FUNDACIÓN.

LA DINASTÍA QAJAR

Rei es ahora un simple apéndice del sur de Teherán y, curiosamente, su llanura es el lugar más seguro en caso de terremoto.

Teherán es mencionada por primera vez en el siglo X, con descripciones de bellos y extensos jardines, clima agradable; la abundancia de agua que, a través de jubés, pequeños canales que discurrían —como siguen haciendo— en paralelo a las avenidas, proporciona agua fresca de las montañas.

En el siglo XV, el embajador español Clavijo, en ruta a la corte de Tamerlán, la describe como una villa desprovista de murallas. A partir del siglo XVI, Teherán se convierte en un centro de veraneo para los reyes. El shah Tahmasp I construyó una ciudadela y ordenó que se levantaran ciento catorce torres, tantas como suras, o azoras, capítulos del Corán, así como un bazar.

En el siglo XVIII fue invadida por los afganos, quienes la reconstruirían en gran parte.

A partir de 1930 se abaten puertas y murallas, se conforman amplias avenidas que la atraviesan de norte a sur, y de este a oeste, así como inmuebles administrativos, hoteles y restaurantes al modo occidental. Se pasa de 200.000 habitantes en 1900, a 2.700.000 en el año 1966; a 6,5 millones en 1991. El primer shah de la dinastía Qajar, Muhamed Jan, nacido en Teherán, la proclamó capital en 1796, y se hizo coronar en ella.

En las faldas de los montes Alborz, el norte de Teherán se levanta a más de 1.700 metros de altura sobre el nivel del mar. Se pasa a los 1.200 del centro, y 900 del sur. Si uno va de un barrio residencial en el norte, al bazar en el centro-sur, o hasta Rei, al sur, los efectos físicos, y por ende psicológicos, son notables. Como las diferencias de paisaje social y humano: de la riqueza de la zona norte a la pobreza que se descubre a medida que se alcanza el llano.

La avenida más grande, que atraviesa 20 kilómetros de ciudad, es la Vali-e-Asr, por el imán desaparecido, el Mahdi, el Mesías de los chiítas. Antes de la Revolución se llamaba como su fundador, el primer shah de la dinastía Pahlevi, Reza Shah. Recorría entonces, en línea recta, la distancia que iba desde su palacio, Sad Abad, hasta la estación de ferrocarril, situada a poca distancia del Gran Bazar. A ambos lados de la avenida, todavía hoy, hileras de árboles de plátanos dan sombra a los canales de agua, y a los viandantes.

Hace años, provista de una vieja Guía Azul de Oriente Medio de los años sesenta, me perdí por Teherán preguntando aposta por direcciones de museos y calles, usando los viejos nombres de antes de la Revolución. Todo el mundo los conocía al dedillo, y respondían con toda naturalidad, dándome las indicaciones precisas.

Una de mis metas era el Museo del Vidrio, ubicado en uno de los palacios de la época Qajar, a un tiro de piedra de la plaza del Imán Jomeini. En el centro del cuadrilátero se halla todavía el pedestal de mármol blanco sobre el que se había colocado la estatua ecuestre del primer shah de los Pahlevi. La misma que, como se recogía en las televisiones en 1953, era derribada por la masa de manifestantes pro Mohamed Mossadegh, el primer ministro que nacionalizó el petróleo, contra los deseos de las multinacionales, y que fue apartado del poder por la fuerza, en una operación, «Ajax», puesta en marcha por la CIA para restaurar en el poder al último shah.

En la misma zona del Museo del Vidrio, creado por Farah Diba, se suceden las surtidas pastelerías armenias de estilo europeo. Los edificios conservan todavía el aire entre ingenuo y atrevido de la interpretación de la modernidad en la Persia del siglo XIX. Columnas de madera, finas y largas, sus capiteles trabajados con filigranas; los frontispicios de azulejos elaborados con grosores y bajorrelieves casi imposibles de concebir. Los colores son vivos, luminosos, osados; la explosión de un canto a la belleza en un mundo teñido de negro, de noche, de temor y de espera.

Es el Teherán Qajar. La época que va de 1795 a 1925, ciento treinta años. Aga Jan Mohamed, líder de la tribu turcomena de los Qajar, consiguió reducir a todos sus rivales y aglutinar todo Irán bajo una nueva dinastía. Los Qajar trataron de reclamar incluso la soberanía de Irán sobre Georgia y el Cáucaso, pero perdieron dos guerras con Rusia y, con ellas, su derecho.

Eso llevó a la entrada de agentes y cónsules rusos en Irán, y supuso el comienzo de la rivalidad diplomática entre Rusia y Reino Unido que tanto perjudicaría al país. Durante el período Qajar, la ciencia occidental, la tecnología, los nuevos métodos educacionales impusieron la modernidad. Bajo la presión popular, se aprobaría la primera constitución que recortaba el poder absoluto de los monarcas.

Según las teorías más verosímiles, los Qajar eran una tribu independiente que en el siglo XIV se había trasladado a tierras de Siria y Anatolia. Desde allí, hasta Azerbaiyán, Armenia y el noroeste de Irán. El reino que el shah Faz Alí heredó a finales del siglo XVIII parecía un estado largo tiempo descuidado por sus sucesivos gobernantes, especialmente en los períodos inmediatamente precedentes, los de las dinastías afsárida y zan (entre 1736 y 1795).3

En el primer año de los treinta y siete que duró su reinado, el shah Faz Alí se encontró con que nadie a su alrededor podía informarle, ya no sólo sobre los recursos materiales y humanos con que contaba, sino que todos parecían ignorar incluso las fronteras reales del país. A pesar de que en teoría su extensión, mucho mayor que la actual, equivalía a la del Imperio safávida (1501 a 1736), considerada la edad de oro de Persia, en lugares distantes como Jorasán, Lur, o Turquestán, o en Baluchistán, casi nadie mencionaba el nombre del shah como su soberano o gobernante. Pero al final del mandato de Faz Alí se volvía a hablar del reino de Persia.

Corruptos, brutales e ineptos, así han pasado a la historia los primeros líderes Qajar de Irán. Sin embargo, devolvieron a Persia la grandeza perdida. Su problema fundamental era el de sus límites geográficos. Las tribus fronterizas con el Imperio Otomano, o con Mesopotamia, iban de un lugar a otro indiscriminadamente. Los dos hijos de Faz Alí, Mohamed Alí Mirza y Abbas Mirza, comandaban las incursiones, a la espera de acuerdos firmes con los países vecinos.

Los intentos de forzar anexiones territoriales por el este fueron repelidos por la dinastía de los Durrani en Afganistán, y al oeste, por los pachás de Bagdad, ya que la antigua Mesopotamia formaba parte del Imperio otomano.

Otro logro de los Qajar fue el de devolver el esplendor a la corte. Shah desde los veintiséis años, Faz Alí había pasado su vida guerreando con las tribus Zand, siempre empeñado en una campaña militar u otra. Era hora de acabar con ese modo de vida hostil. Las ceremonias destinadas a celebrar el poder del monarca se sucedían con esplendor y magnificencia. Faz Alí era también indolente, vano y caprichoso, el típico Qajar, convencional y digno al mismo tiempo. Sobre su inteligencia, también hay teorías interesantes. James Mourier, autor de ese libro fundamental para entender Persia, Las aventuras de Haji Babá en Isfaján, lo representa como una figura cómica al estilo de las óperas de Rossini en las que el papel del shah es siempre motivo de risa y escarnio.4 No obstante, para otros europeos que le conocieron, eran destacables tanto su vivacidad como sus preguntas inquisitivas.

Sus casi cuatro décadas en el poder, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, contemporáneo de la Revolución francesa y de Napoleón, además de las derrotas con los rusos, le proporcionaron múltiples desengaños con los enviados diplomáticos de las potencias europeas empeñadas en lo que pasaría a ser conocido como el Great Game, el gran juego de influencias sobre Persia debido a su carácter estratégico.

Faz Alí sufría la falta constante de ingresos en metálico para las arcas del estado; las intrigas constantes y devastadoras entre cortesanos y ministros; las ambiciones de gobernadores locales y líderes tribales, y las rivalidades entre sus numerosos hijos, consecuencia de su voraz apetito sexual traducido en harenes siempre repletos.

Al estilo de las precedentes dinastías, Faz Alí siguió la norma de enviar a sus hijos como gobernadores a las provincias, en parte para alejarles de los peligros de la corte, en parte para evitar más cargas económicas. Dependiendo de la importancia de la provincia adjudicada variaban los recursos, y los principales gobernadores, beblerbegí, podían mantener o no su propia corte. Las administraciones provinciales contaban con visires y recaudadores, mustaufís; con retenes militares similares a los ghulams de la capital; todos los inevitables cazadores de privilegios que pululaban por los centros periféricos de poder a la búsqueda del patronato de un príncipe-gobernador. Si se lo podían permitir, además, nombraban un mentor y un tutor, con funciones equivalentes a las de los atabegs de la época selyúcida.

La oposición de los ulemas, juristas de las leyes islámicas, en el Irán Qajar tenía su origen en la creencia de que, en ausencia del Mahdi, el Imán Oculto, el ejercicio de la autoridad por un shah y sus agentes era ilegítima. Por otra parte, los trabajos prácticos de toda sociedad necesitaban al menos un grado de compromiso y colaboración por su parte hasta el punto de que un gobernante podía ser aceptado como una especie de representante, naibjas, del imán, en tanto en cuanto mostrara un mínimo de piedad y respeto por los ulemas. Faz Alí fue reconocido como tal.

Eso cambiaría con el tercer líder Qajar, el shah Muhamed, más inclinado a la fe sufista. Eran frecuentes los choques de los líderes políticos con autoridades religiosas locales, a pesar de que muchas de las funciones de gobierno en un estado moderno, en el Irán Qajar recayeran en los ulemas: casi todo lo relacionado con la educación, el trabajo legal y judicial, así como servicios caritativos y sociales. Por eso su riqueza era considerable, gracias a tasas religiosas varias ( jum, zakat, vaqf ) que se aplicaban como pagos de servicios, obligaciones y pensiones. Todo estaba muy mal repartido y convivían mulás pobres con ulemas terratenientes; algunos de entre estos últimos con importantes relaciones con comerciantes y artesanos. Incluso contaban con un ejército privado constituido por estudiosos religiosos y bravucones urbanos. Otro elemento importante para entender el Irán de hoy.

Los desencuentros con las potencias extranjeras se repetían por la falta de conocimiento de los burócratas. Es en estos años cuando oficiales europeos llegan a Irán para actuar como instructores de su ejército, una consecuencia directa de las rivalidades entre las grandes potencias europeas durante la era de las guerras napoleónicas, y de la visión europeo-centrista de la época.

La política de Irán en el siglo XIX poco difería de la del siglo XI, con sus invasiones masivas de tribus nómadas turcomanas o selyúcidas, y un sistema feudal que reforzaba el poder regional, tribal, y de otros líderes militares, en detrimento de un gobierno central fuerte.

Las tribus constituían la principal fuerza de choque de Irán. Su maestría con los caballos, con las armas más modernas, les daba ventaja sobre los habitantes de las ciudades. A principios del siglo XIX, la población nómada de Irán se calculaba entre un tercio y la mitad del total. No se ha estudiado convenientemente el impacto de estos grupos semiautónomos, tan influyentes en la vida política del país.

A este poder fáctico tribal, con su capacidad de formar un ejército leal en poco tiempo, se unían otros elementos clave para entender la dinámica de poder en el Irán Qajar.

La corte. Con el shah a la cabeza, incluía legiones de parientes reales, sobre todo la reina madre, y la esposa favorita, o favoritas. A menudo cuando un miembro de la familia real se trasladaba a la periferia para ejercer funciones de príncipe-gobernador, tenía que pagar por su cargo. Los tesoros centrales y regionales tenían un nombre, mustaufis, y solían ser hereditarios según códigos y técnicas que sólo a ellos les era dado entender. Una vez al año, durante el período Qajar, se llevaba a cabo una subasta general de cargos. Por una parte, el shah recaudaba dinero para sus arcas; por otra, provocaba el aumento de impuestos y tasas a los campesinos que quedaban bajo el nuevo señor.

Los terratenientes. Constituían otro estamento privilegiado del universo Qajar. La condición aristocrática también dependía de la puja al mejor postor. Como los derechos de la tasación de la tierra, lo cual implicaba que sólo un número reducido de oficiales del gobierno pudieran convertirse en propietarios. Con el tiempo, más y más comerciantes gozarían de esos privilegios aumentando entre todos los cultivos, y las exportaciones de opio y algodón. Si el señor vivía en la corte, o cerca de ella, también podía caer en desgracia y ver cómo le confiscaban sus tierras.

En este sistema, poca importancia se daba a construir o mejorar carreteras, caravasars o incluso formar un ejército digno de tal nombre. Las fuerzas armadas eran conocidas por su total desorganización, con la excepción de la Brigada Cosaca, tan importante como veremos. Cuando llegaba el momento, se convocaba a las tribus con la promesa de saqueos y enriquecimiento inmediato.

Careciendo de un ejército y de un cuerpo de policía, de carreteras y ferrocarriles que pudiesen llegar a todas las provincias, el gobierno central debía recurrir a métodos indirectos de control, como dividir a las fuerzas de la oposición, ofrecer sobornos en forma de pensiones, tomar rehenes y mantenerlos en la capital para asegurar el rescate o buena conducta por parte de poderosas familias y tribus.

Además, los shahs Qajar, todopoderosos autócratas, para compensar su falta de carisma espiritual se vieron forzados a conciliar sus relaciones con los ulemas y demostrar piedad a través de obras de caridad como la construcción o reparación de mezquitas y madrasas, escuelas islámicas. Algo que se convirtió en una constante hasta el mismo año de la Revolución, 1979.

Además de las potentes clases locales y tradicionales que hemos enumerado —la burocracia, la corte y la familia real, los líderes tribales, los terratenientes, los comerciantes y los ulemas—, el período Qajar fue testigo del nacimiento de un nuevo grupo que influiría de forma determinante en la historia de Irán: los extranjeros.

Aunque no llegaron en vasto número como a Egipto, al Levante en general, o a Turquía, Persia se vio tan afectada como el resto por las políticas de potencias extranjeras y por un pequeño grupo de hombres de negocios.

Empezando por el envolvimiento estratégico de Francia, Reino Unido y Rusia durante las guerras napoleónicas, Persia sufriría las consecuencias de sus diseños políticos. A los intereses económicos en el comercio del país, y más tarde en las concesiones de explotación de sus recursos, Reino Unido y Rusia sumaban poderosos intereses estratégicos. El primero, el control del golfo Pérsico, dejando fuera al resto, y por salvaguardar el sur y el este de Irán para la defensa de India. Rusia, después de hacerse con el control del territorio transcaucásico de Irán, quería hacer del norte un área de influencia, y para ello trató, como Londres, de influir poderosamente en el gobierno de Teherán.

Así, la independencia de Irán era meramente formal. No podía tomar decisiones que pudieran ser mal vistas. Los archivos diplomáticos de la era Qajar abundan en discusiones entre los ministros del shah con representantes rusos o ingleses, tratando de ganar su apoyo para una u otra política que en un estado normal hubieran sido exclusivamente asuntos internos.

Dada la posición privilegiada de los comerciantes occidentales, quienes, a diferencia de los persas, no tenían que pagar impuestos, y la desprotección de los comerciantes locales, Irán se volvió totalmente dependiente de Occidente. Los iraníes veían a los Qajar como meros agentes.

Fiesta en el domicilio de una familia de clase media en Teherán para celebrar la boda, que ya se ha consumado en Canadá, entre dos jóvenes que ahora quieren compartir con los parientes que no pudieron viajar al extranjero. La música del Mac suena en el amplísimo salón con vistas sobre una vasta área de la ciudad. Bajo los mantós, los rupus, y los chadores, las mujeres van vestidas a la última moda europea.

En un sofreh, o mantel, se reúnen los elementos tradicionales de la Aghd, o ceremonia de boda iraní. El espejo, para traer la luz y el brillo a los contrayentes; los candelabros, que simbolizan el fuego (de Zaratustra) y la energía; la bandeja con las especias, para guardarse del mal ojo y las envidias; el pan ácimo, para la prosperidad de la pareja; los huevos decorados, nueces, avellanas y almendras, de la fertilidad; granadas y manzanas, que aseguran un futuro armonioso; agua de rosas, el perfume de la vida en común; el azúcar cristalizado, por la dulzura; las monedas de oro, la riqueza; el Corán, para bendecir la unión; dulces y pasteles, para compartir la felicidad con los invitados; el Termeh, brocados que pasan de generación en generación, para simbolizar la continuidad y la tradición; el incienso que arde purificador.

Me siento con unas mujeres de mediana edad, elegantes y sofisticadas. Todas han pedido bebidas alcohólicas. Una, protestando por los pocos grados del combinado que había ordenado, saca de su bolso una petaca con vodka y lo refuerza. Le pregunto dónde lo ha conseguido. Los cristianos armenios son conocidos en Teherán por vender su vino casero, y servirlo en determinados restaurantes, camuflados en botellas de agua. Del mismo modo, me explica mi nueva amiga, si se llama por teléfono —con un sistema en clave—, sirven a domicilio pequeños barriles de 16 litros. Lo único que hay que cuidar, me subraya, sobre todo cuando se trata de vino, es de encargarlo en las fechas adecuadas porque no suele llevar conservantes.

Al final acabamos todos bailando los ritmos que suenan en todo el mundo. No sin antes charlar de la crisis económica. «Aquí es un desastre, pero anda que hay que ver cómo está España», me ha dicho socarronamente un empresario.

«Príncipe Kayhan Malek Mansur», figura en su tarjetón de visita blanco, con la corona Qajar impresa en la parte superior del rectángulo. En el reverso, con letra tupida, bajo el título «Ancestros», se lee:

Soy descendiente directo de los reyes Qajar que gobernaron Irán durante dos siglos, hasta 1925. Aga Jan Mohamed unió Irán y estableció el gobierno central con la capital en Teherán en 1790. El shah Faz Alí, el shah Muhamed y el shah Nasredín establecieron relaciones diplomáticas con Europa y Estados Unidos. Promovieron las artes, la literatura y la arquitectura. El príncipe heredero Abbas Mirza es el héroe de las guerras del siglo XIX con Rusia. Mi bisabuelo, el shah Mozafaredín, garantizó la monarquía constitucional en 1906, inauguró el Parlamento y, basándose en el artículo 37, la tradición Qajar y su historia, mi abuelo el príncipe y sultán Malek Mansur Mirza, mi padre el príncipe y sultán Fatolá Mirza, y ahora yo mismo, somos sus herederos legales y legítimos.

Una aproximación inaudita y única a la historia de Irán, de un imperio, reconcentrada en la parte posterior de una tarjeta de visita.

El príncipe Mansur, de exquisitas maneras, tiene unos setenta años, nunca se ha casado y vive en Teherán después de haberse jubilado como ejecutivo de la compañía aérea estadounidense PanAm. Aparece cargado de libros, enormes enciclopedias y manuales sobre cerámicas, fachadas, alfombras, testimonios gráficos del Irán Qajar, cuando sus antepasados vivían en el palacio Golestán, ahora museo, espectacular y grandioso, con una pátina de ingenuidad y de poder absoluto al mismo tiempo.

A un paso del Gran Bazar y de la plaza de Jomeini, en el centro de la capital, Golestán es una sinfonía de azulejos trabajados en relieve en composiciones grandiosas, tanto militares como festivas, unidos a maderas labradas y coloreadas, a cristales y espejos profusamente elaborados, cuyos estucos de colores atrevidos van del azul añil al verde esmeralda, a filigranas en infinitas gamas del dorado. Todo en una misma estancia. Por largos corredores y patios en los que uno se imagina la vida de la corte, como muestra la película de Mojsen Majmalbaf, Érase una vez el cine, de 1992. Su título en Irán es El shah actor Nasredín y el cine.

La película, otro ejemplo del emergente y genial modo de hacer cine en Irán, cuenta de forma magistral cómo un cinematógrafo de finales del siglo XIX, Mehdi Hashemi, pone películas al shah, interpretado por Ezatolá Entezamil, desde secuencias de cine mudo de la cinemateca nacional hasta otras más recientes. El shah Qajar es indolente, poderoso y frágil, permeable a los descubrimientos que le relatan sus enviados, o que él mismo trae de sus viajes. Acaba enamorándose de una actriz, Golnar (Fátima Motamed-Aria), una especie de cíngara con larga trenza. El nombre recurrente, Golnar, es para el shah como el Rosebud del Ciudadano Kane de Orson Welles.

El shah Nasredín se enamoró del tul de las bailarinas de ballet que vio por primera vez en París. A su regreso hizo que todo su harén se vistiese con los tutús, olvidando los imperativos de la gastronomía persa, y el modelo de mujer oronda que atiborraba la corte. Los movimientos torpes de las mujeres con los tutús, tan lejos de la gracilidad de las bailarinas francesas, son hilarantes. También nostálgicas y tristes, como aquella época simbolizada por Majmalbaf en el enamoramiento del shah Qajar de la actriz que entra y sale de la pantalla, como una metáfora de la relación de aquella dinastía con Occidente; con su propia realidad.

Desde mediados del siglo XIX, la idea de cambio comenzó a cuajar en la mente de muchos iraníes. Primero gracias al movimiento mesiánico Babi, equivalente al de las grandes revueltas europeas de 1830 y 1848. Alí Muhamed, más conocido como Bab, era un joven comerciante de la ciudad de Shiraz que, a través de las interpretaciones de las tradiciones referentes al Imán Oculto, proclamó la llegada de una nueva era y del Mesías. Sus ideas provocaron el entusiasmo de todas las clases sociales urbanas. Desafiando las mismas bases del orden religioso y político de su tiempo, los Babis se enfrentaron abiertamente a los ulemas en contacto con el poder. Hasta que el mismo Bab fue ejecutado en 1850, a lo que siguió un intento de asesinato del shah por parte de sus seguidores. Muchos de ellos serían torturados y asesinados, incluida Qurrat Alain, una de sus dirigentes. Muchos Babis, los actuales Bahai, encontraron refugio en Bagdad. Contemporáneo de este movimiento fue un ministro sacrificado por los corruptos opositores a cualquier reforma. Amir Kabir es el primer político moderno de Irán. Lo veremos en otro capítulo.

Para evitar casos como el del ilustrado primer ministro, el shah Nasredín probó a dividir el gobierno en seis ministerios: Justicia, Finanzas, Guerra, Exteriores, Pensiones, Religión e Interior. En 1859, viendo que su plan no funcionaba por las luchas intestinas y el desgobierno, volvió a cambiar la fórmula. Ahora habría un consejo compuesto por príncipes, notables, escribas, ulemas y militares. Tampoco tuvo éxito. Entonces pasó a otro consejo central, con tres ministerios. El shah se sentía impotente para solucionar el estado caótico tanto de las fuerzas armadas como de sus finanzas, un misterio permanente. Cómo se cobraban los diezmos, y cómo se distribuían, era una pesadilla constante para la corte.

Un invento milagroso ayudaría al shah a mantener y extender su poder desde el centro hasta las provincias: el telégrafo. El motín indio de 1857 contra los británicos hizo para éstos urgente un sistema de comunicación fiable atravesando Europa y el Imperio otomano, a través de toda la geografía de Irán, hasta el Golfo y de ahí a India.

La primera concesión del telégrafo lleva fecha de 1862. Gracias a él, el shah hacía llegar a todas partes proclamas contra la sedición y las rebeliones. Por otra parte, la oposición vio rápidamente sus ventajas. Lo usarían profusamente en los levantamientos de 1891 y 1892, así como en la Revolución constitucional entre 1905 y 1911. Irán y las nuevas tecnologías, un matrimonio de interés duradero.

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En 1870, el shah Nasredín emprendió su primer viaje al extranjero. Se desplazó a los lugares santos de Mesopotamia, el actual Iraq, entonces compuesto por tres provincias, o vilayets otomanos: Mosul, Bagdad y Basora. En otro episodio de consecuencias esenciales para Irán, el primer ministro Mirza Husein Jan, al tiempo que buscaba garantías de independencia y de integridad territorial por parte de Londres, pedía nuevas inversiones que ayudaran a modernizar la subdesarrollada economía de Irán.

Para ello entró en contacto con un hombre que se había hecho famoso tras fundar una agencia de noticias, el barón Julius de Reuter. Nacido en Kassel, Alemania, de padre rabino, convertido al cristianismo y al nuevo poder de las agencias de prensa para transmitir, en principio, sólo datos financieros, Reuter sería fundamental para conseguir el ferrocarril en la era postelegráfica.

La firma de la concesión del ferrocarril a Reuter en 1872 fue denominada por lord George Curzon, ministro de Exteriores y vicerey de India, como «la mayor garantía para controlar todos sus recursos, nunca dada por parte de un estado a un extranjero».5 Aunque el punto central del acuerdo consistía en la construcción del ferrocarril desde el Caspio al golfo Pérsico, también incluía cláusulas con derechos totales sobre factorías, minerales —a excepción de los que ya estaban siendo explotados—, trabajos de irrigación, mejoras agrícolas, nuevos medios de transporte y virtualmente cualquier forma de empresa moderna que pudiera ser acometida en Irán. Como hemos visto, la mirada crítica de los rusos hizo que el proyecto del ferrocarril se fuera posponiendo sine die. No así el resto.

El shah se fue a Rusia de viaje oficial y, a su regreso, canceló la concesión del ferrocarril a Reuter. Tanto rusos como ingleses sabían que un Irán sobre raíles dejaría de ser controlable. Sin embargo, aquella polémica sirvió a la oposición interna para crear el embrión de todos los movimientos rebeldes. Era una heterogénea coalición de notables, ulemas y gente común, algunos opuestos a las innovaciones occidentales, otros patrióticos y progresistas, unidos contra una operación que para ellos no era sino la venta de los recursos patrios a infieles extranjeros.

En 1888, sir Henry Drummond Wolf consiguió abrir al tráfico marítimo el río Karun, y recuperó para Reuter el permiso de un banco con el derecho exclusivo de emisión de billetes, y de explotación de nuevos minerales. Así fue como nació el Banco Imperial de Persia.

Las primeras víctimas fueron los comerciantes y cambistas persas. En algunas ocasiones consiguieron, retirando sin aviso grandes cantidades de plata, socavar la solvencia del banco. Le siguió el Banco de Rusia en Irán, cuyo objetivo era dar préstamos privilegiados a gente importante para ganarse su apoyo. Los rusos acabarían recibiendo las concesiones para construir carreteras.

En su viaje a Rusia de 1878, el shah Nasredín había quedado impresionado por las unidades de cosacos. En 1879, gracias a las funciones de oficiales rusos, creó la Brigada de Cosacos de Persia. Pronto se convertiría en la unidad mejor entrenada, pertrechada y organizada del ejército, con dos mil hombres en 1890. Una suerte de fuerza de élite encargada de la protección del shah y de su gobierno. Irán se hallaba en una balanza entre Londres y San Petersburgo.

La última década del siglo XIX fue testigo de otro fenómeno social, el impacto económico y político que provocó que trabajadores y artesanos del universo de las alfombras, vital en Irán, se tuviesen que reciclar a la fuerza en asalariados, a menudo pagados con su mero sustento. La caída de los precios de las exportaciones iraníes a favor de las importaciones de Europa, junto con la del precio internacional de la plata, referencia de la moneda iraní, hacía que el panorama fuera estremecedor.

En 1889, el shah Nasredín partió una vez más a Europa con el fin de aumentar todavía más la dependencia de Londres. Consiguieron incluso hacerse con una nueva concesión, esta vez de lotería. Como, según el Corán, el juego es pecado y no está permitido, la oposición religiosa lo acogió a su vuelta en pie de guerra. No tuvo más remedio que revocarla.

La gente se informaba de estas novedades por dos periódicos en el exilio, el reformista Qanun (Ley), que se editaba en Londres, y el más conservador Ajtar, en Estambul. El campo de batalla era ahora la concesión del tabaco, algo extraordinariamente delicado porque un gran número de influyentes comerciantes se habían hecho ricos con su fabricación y distribución. Los afectados eran también terratenientes, exportadores, pequeños comerciantes y tenderos.

La primera gran protesta tuvo lugar en 1891 en Shiraz. El movimiento revolucionario se extendió como la pólvora por todo el país. Las protestas culminaron en un boicot generalizado a la venta y consumo de tabaco, seguido incluso por las mujeres del shah y por los no musulmanes. Una masa tomó las calles donde fue tiroteada sin merced. Siguieron marchas hasta que no se canceló la concesión. Con la consiguiente deuda nacional al tener que compensar a la compañía británica que había firmado el acuerdo. El movimiento antitabaco fue el primer éxito popular del Irán moderno. Con la combinación de fuerzas progresistas, religiosas, comerciales y de trabajadores rurales, todos a una contra el gobierno.

Su coordinación, incluso con los sabios religiosos de Iraq, los mujtajids, máximas autoridades religiosas chiítas, fue posible solamente gracias al telégrafo. Aunque muchos de los ulemas fueron comprados posteriormente por el shah, la alianza radical-religiosa había mostrado su potencial de cambio de curso en la política iraní, y el gobierno no quiso continuar por la senda de las concesiones indiscriminadas. El movimiento del tabaco también permitió el fortalecimiento de la influencia rusa a expensas de la británica.

Eran los años de la película de Majmalbaf, cuando el shah se consolaba con mujeres, con eunucos, ignorando consolidar instituciones ni organismos que pudieran apuntalar el estado cuando le llegase la hora a su sucesor, un niño enfermizo, poco popular y con innumerables enemigos, empezando por gran parte de su propio clan, compuesto por cientos de familias reales, dentro de la familia real.

El legado de Nasredín no es, a pesar de todo, despreciable. Contribuyó a innovar la música, la pintura y la caligrafía. Era incluso un poeta. Los escritores, que tendrán tanta influencia en la Revolución constitucional, habían comenzado a cambiar el estilo de la prosa. Fueron traducidas muchas obras famosas en Europa. Se dio permiso a misioneros para que abrieran escuelas y hospitales de sesgo moderno. Gracias a un oficial austríaco se creó el primer cuerpo de policía en Teherán. En ese mismo período se crearon los servicios de limpieza, recogida de basura, pavimentado, iluminación o parques públicos. Durante el mandato del shah Nasredín se pusieron de moda las aseguradoras y se desarrolló el correo, aunque menos que en Egipto o el Imperio otomano.

En 1896, Nasredín fue asesinado y el nuevo shah Muzafaredín se alineó en principio con las reformas tan en boga. Así, contrató a varios expertos belgas para que llevaran las finanzas, empezando por las del harén que había heredado de su padre. Él mismo necesitaba dinero para viajar a Europa, donde los médicos le habían recomendado tomar las aguas. Como los británicos rechazaban darle crédito, en un pulso de poder, el shah se dirigió a los rusos. Éstos consiguieron un nuevo acuerdo que rebajaría las tasas al 5 por ciento ad valorem. Entre 1900 y 1905, Muzafaredín visitó Europa tres veces.

Se estaba fraguando una vez más el descontento. Sociedades secretas distribuían folletos, shahbnamas, o cartas nocturnas, porque se distribuían de noche. Otra vez una nueva coalición secular-religiosa tomaba cuerpo para pedir la deposición del shah que había vendido el país, esta vez a los rusos. Algunos ulemas aprovecharon la coyuntura para protestar contra las minorías y los extranjeros.

Planeaba la revolución. Un sentimiento potenciado por la guerra ruso-japonesa de 1904-1905. La inspiración de Japón, la única potencia constitucional asiática, al derrotar a la mayor fuerza sin Constitución de Europa, Rusia, alcanzó Irán con un interés inusitado.

La coronación del shah Ahmed, de diecisiete años, en julio de 1914, fue sólo ocho días antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Aunque en principio el gobierno se declaró neutral, Irán acabó convirtiéndose en un campo de batalla para las cuatro potencias. Los turcos avanzaron hacia Azerbaiyán en 1914, después de que los rusos retiraran las tropas que habían enviado con la excusa de apoyar a los reformistas del movimiento constitucional en la década anterior. Por entonces se iba ya por el tercer Majlis, o Parlamento.

En 1915, ingleses y rusos firmaron un tratado secreto por el que se prometía a Rusia el control de Estambul y los estrechos, a cambio de que Reino Unido, tras la guerra, se hiciera con la zona neutral de Irán, además del sur del país, que ya se les había asignado.

La guerra trajo consigo devastación, desorden y hambre. La crisis económica y política fue exacerbada por un shah indeciso y desequilibrado; por constantes disturbios tribales, por los movimientos rebeldes separatistas, y por la intervención extranjera. El sentimiento revolucionario fue reforzado por el éxito de las revoluciones de febrero, y especialmente de octubre, en Rusia. En junio de 1919, los bolcheviques renunciaron a los préstamos y tratados con Irán, que consideraban demasiado leoninos, ganando todavía mayor popularidad. Para empeorar la situación, la hambruna que sufrió Irán aquellos años, agravada por especuladores y prestamistas, puso al país de rodillas.

Con las tropas rusas en retirada, y las potencias centrales derrotadas en la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña era la única potencia militar y política sobre el terreno. Especialmente el secretario del Foreign Office, lord Curzon, pretendía extender la categoría de protectorado a todos los países de Oriente Medio, especialmente a los productores de petróleo: Irán e Iraq.

En 1919, los británicos firmaron el Tratado Anglo-Persa —conseguido tras haber comprado al primer ministro y a varios miembros del gabinete— por el que Londres sería el único proveedor de consejeros, oficiales, armas, comunicaciones, transporte y préstamos, además de la promesa de revisar los impuestos para que no les gravasen tanto. Un préstamo de dos millones de libras esterlinas venía a atestiguar que Persia, de facto, pasaba a ser un protectorado de la Metrópoli.

Los representantes de Estados Unidos y Francia protestaron. Los iraníes subrayaron que, según su Constitución, ninguna firma sería vinculante sin la aprobación del Parlamento. Haciendo oídos sordos, Curzon comenzó a actuar como si el acuerdo fuera vinculante y comenzaron a formarse misiones financieras, militares y administrativas. Los periódicos y las calles bullían con las protestas.

REZA SHAH. GOLPE DE 1921. FIN DE LA DINASTÍA QAJAR.

LOS PAHLEVI

Las rosas, las petunias y los geranios insisten en componer la primera línea del horizonte en la residencia donde me alojo en las alturas de Teherán. «Más que un territorio o una nación, Irán es un estado de espíritu, un sentido del hombre», escribe Patrick Ringgenberg.6 Irán es un espacio geográfico, vasto y frágil a la vez, horadado por mares, desiertos, forestas, estepas, ríos, lagos, el golfo; un maremagno de raros, potentes y sutiles contrastes. Es el segundo productor mundial de gas y debe importar el 20 por ciento; el tercero de petróleo, y debe comprar al extranjero el 40 por ciento de la gasolina que consume.

«¿Qué más hace falta para entender que todo esto es una sinrazón?», se pregunta un amigo cuando me explica los datos gráficos y devastadores, una de las claves de una realidad compleja y contradictoria, producto de una historia de intereses de las grandes potencias.

El verano vive sus últimos días en Teherán y comemos en una mansión de clase alta en el norte de la ciudad. A diferencia de la boda de los jóvenes iraníes-canadienses, en la que todos eran funcionarios o profesionales del mundo de las finanzas, aquí se trata de empresarios e inversores que suelen viajar con frecuencia al extranjero. La belleza de las mujeres ha sido trabajada con el bisturí. Un paisaje humano similar al de Miami o Mónaco, por mencionar dos posibles ejemplos.

Una de las damas me explica que es personal shopper, que se ocupa de comprar en París o Estados Unidos para clientas millonarias. Su capacidad de compra es tal, revela, que un bolso Hermès que requiere una lista de espera de varios años, ella lo consigue en un par de semanas.

Los anfitriones habían convocado inicialmente a los amigos para una cena, como era habitual, hasta que, con los nuevos tiempos, ha debido ser sustituida por una comida. Los controles en Teherán son asiduos, ubicuos y cada vez más peligrosos.

«Es increíble —cuenta alguien—. Te paran y te hacen fotos. En vez de armas, esgrimen cámaras. Es el auténtico terror psicológico, porque no sabes para qué van a usarlas. Y tienes la impresión de que te han atrapado y, al final, lo vas a tener que pagar. Son los paparazzis del miedo.»

Así que, en

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