París rebelde

Ignacio Ramonet
Ramón Chao
Ignacio Ramonet

Fragmento

PARTE I

I

RUE DES CAPUCINES, 22-24, I. LA REVOLUCIÓN DE 1848

Como cualquier revolución que se respete, la francesa de 1848 se engendró en medio de confusión, terror y sangre. Para explicarla, descartamos los dos últimos elementos, explotando el primero a saciedad y tratando de transgredir la consigna de Eugenio d’Ors: «Si eres incapaz de ser profundo, trata al menos de ser confuso».

Con este consejo del filósofo nos disculpamos de antemano y os podemos convocar en la estación del metro Madeleine. Desde allí cogéis por el bulevar del mismo nombre hasta la primera a la derecha, la rue des Capucines. En el siglo XIX se alzaba, en los números 22 y 24 el Hôtel de la Colonnade. En él vivió Bonaparte con Josefina de Beauharnais, y en él estaba cuando fue nombrado general por los galones conseguidos en la evacuación de la iglesia de Saint-Roch.

El 23 de febrero de 1848 se produjeron en este lugar serias escaramuzas entre habitantes del barrio y un destacamento del 14 ligero, que se ampliaron hasta concluir en la caída de Luis Felipe. Con exigencias reformistas y gritos contra el presidente Guizot, se juntaron los amotinados en el boulevard des Capucines por el que vinimos; mientras tanto, el ejército ocupó la ciudad, el rey destituyó al primer ministro y en su puesto nombró a Molé. Todo parecía resuelto cuando hacia las diez de la noche estalla una descarga de fusilería delante del Ministerio de Asuntos Exteriores. A continuación sale un disparo de los rangos de la tropa, lo que deriva en una violenta batalla con heridos y muertos, entre ellos una mujer. Los sublevados amontonan los cadáveres en carros y cargan a cuestas el de la mujer. Así formado, el cortejo atravesó la ciudad por los bulevares y se instaló en la place de l’Hôtel de Ville, donde predicó la insurrección.

Al día siguiente todo París reventaba de barricadas; al rey no le quedó más remedio que abdicar por la tarde. Los triunfadores invadieron el palacio de Tullerías, se apoderaron del trono y lo exhibieron por calles y avenidas, y al final terminó en ceniza al pie de la columna de Juillet, en la place de la Bastille.

Recomendaciones

Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX, 1914-1991, Crítica, Barcelona, 2004.

Rémond, René, Introducción a la Historia de nuestro tiempo, vol. 2, El siglo XIX: 1815-1914, Vicens-Vives, Barcelona, 1980-1983.

Weber, Eugen, Histoire de l’Europe. Des Lumières à nos jours, Fayard, París, 1987. Inédita en castellano.

RUE DES PETITS CHAMPS, 43, I. CLAIRE LACOMBE (1765-?)

Estábamos en la rue de Richelieu. Cuando forma esquina con la Biblioteca Nacional topamos con la de Petits Champs. En el número 34 se alojó Claire Lacombe, componente de la trinidad de mujeres rebeldes de 1789, junto con Olympe de Gouge y Théroigne de Méricourt.

Según Mao Zedong, los pueblos hacen la historia y la escriben los amos. Plagiándolo, podemos añadir que las mujeres la inician, los hombres la enredan, y en la sombra quedan precursoras como las antedichas.

Nacida en 1765, Claire inicia una prometedora carrera de actriz en Marsella; la abandona en 1792 para desempeñar un papel de estrella en la Revolución. Al filo de sus treinta años viene a París, donde comparte la buhardilla de la rue Petits Champs, 43, con la ciudadana Justine Thibaut, animadora del Club des Cordeliers.[1] Simpatizante del movimiento de los sans-culottes,[2] Claire se coloca al frente del combate femenino. Con un batallón de Federados,[3] el día 10 de agosto participa en el asalto de las Tullerías y crea la Sociedad de Republicanas Revolucionarias, algo así como la sección femenina de los Enragés.[4] Reclama la destitución de todos los nobles del ejército, la depuración del gobierno y exige el derecho de llevar armas para combatir a la reacción de Vandea, lo que no aceptan los machos. Tampoco se acomoda con los miembros del Comité de Salvación ni con el mismísimo Robespierre: «Es un cobarde que teme por sus días; lleva el miedo en la cara».[5]

Entonces la atacan los jacobinos,[6] cuyas acusaciones refuta con vigor: «El pueblo nos dio nuestros derechos; si nos los queréis quitar, sabremos defenderlos».

Las Republicanas Revolucionarias y los demás clubes femeninos serán prohibidos y Claire es arrestada el 31 de marzo de 1794. Se libró de la guillotina por los pelos y se ignora la fecha de su muerte.

Recomendaciones

Fabien, Michèle, Claire Lacombe, Éditions Actes Sud Papiers, París, 1989. Inédito en castellano.

Larue-Langlois, François, Claire Lacombe: citoyenne révolutionnaire, París, Punctum, col. «Vies Choisies», 2005. Inédito en castellano.

PLACE VENDÔME, 12, I. FEDERICO CHOPIN (1810-1849)

Chopin abandonó Polonia después de la invasión rusa. Irritado con Francia por su falta de ayuda a los independentistas polacos, eligió el exilio en Inglaterra. En el pasaporte que le dieron en Viena constaba «de paso por Francia», lo cual confirma que no pensaba quedarse aquí; sin embargo, en la escala parisina descubrió la capital de la música y sintió el flechazo: «Esta ciudad es de las más bellas del mundo —escribe a Titus, su amigo de la infancia—; colma todas mis esperanzas». Se instala en una modesta dependencia del Hôtel Baudard de Saint-James, que hoy alberga la joyería Chaumet, en el primer piso del número 12 de esta plaza.

Cuando la caída y el saqueo de Varsovia en otoño de 1831, Chopin vivía en el número 27 del boulevard Poissonnière. Se dice que al enterarse de la tragedia se lanzó al piano e improvisó el Estudio revolucionario que tanto nos ha hecho sufrir por las semicorcheas vertiginosas de la mano izquierda, diríase una estampida de muchedumbre, y en la derecha, los acordes triunfantes de los invasores.

Pese a las instancias de su padre, Chopin se niega a respetar las reglas impuestas por Rusia y no solicita un pasaporte a la embajada de Moscú, prefiriendo el estatuto de emigrante sin papeles, como un subsahariano avant la lettre. Será pues un militante de la independencia polaca, refugiado político cortado de su patria. Con ese estatuto permanecerá dieciocho años en Francia, hasta su muerte.

Revolucionario de la técnica pianística, Chopin adaptó el instrumento a los tiempos del romanticismo. Hubo de crear nuevos timbres y sonoridades; su interpretación sólo fue igualada por su amigo Franz Liszt, que vivía en la rue du Mail, 13, con la familia del fabricante de pianos Erard. El pianista rebelde se doblegó ante la tuberculosis en 1849.

Recomendaciones

Pourtalès, Guy de, Chopin ou le poète, Gallimard, París, 1946. Inédito en castellano.

Querlin, Marise,Chopin. Explication d’un mythe, Editions du Scorpion, París, 1962. Inédito en castellano.

PLACE VENDÔME, I. (GUSTAVE COURBET (1819-1877)

Prosiguiendo la paseggiata llegamos a la avenue de la l’Opéra; de allí a la place Vendôme, uno de los lugares más bellos y armoniosos de la ciudad. Durante la Revolución se conocía por place des Piques, porque aquí se plantaban en picas las cabezas de los aristócratas, al tiempo que Théroigne de Méricourt despanzurraba burgueses a voleo.

En 1871, la Comuna le puso de nombre de Place Internationale, y tiró su célebre columna a mazazo limpio, sin dañar ningún palacete de los banqueros instalados aquí en tiempos de Luis XIV, como el inventor del papel moneda John Law.[7] Aunque la evocación de la plaza sugiera lujo y riqueza, creemos que, por tantos avatares por los que pasó, merece figurar en esta guía sui géneris.

Los revolucionarios se la apropian el 11 de agosto de 1792. Danton ocupa la Cancillería del Reino e instala el gobierno provisional de la República. Una de sus primeras decisiones consiste en derrocar la estatua del Rey Sol que imperaba en el centro.

En el número 8 vivía Delpech de Chaumot, diputado de la nobleza y defensor de la Revolución, así como Louis-Michel Lepeletier de Saint-Fargeau, quien, por su parte, había votado la ejecución de Luis XV. Saint-Fargeau fue asesinado el día 20 de enero de 1793 y la Revolución organizó sus exequias. Su cuerpo yacía cubierto de sangre en medio de la plaza, tapado por una sábana que permitía ver las heridas; todo un montaje neoclásico de Jacques-Louis David.

La nueva estatua central (destruida y reemplazada) se tumba de nuevo el 28 de julio de 1833 en favor de otra realizada por Seurre con Bonaparte en sus tradicionales levita y bicornio. Y venga otra vez: Napoleón III la quita y se la lleva a la place de la Defense, de donde la arrancarán los comuneros para hundirla en el Sena. Rescatada de las profundidades, la arrinconan en el patio de honor de los Inválidos. La estatua que en 1863 sustituyó a ésta en la place Vendôme era obra de Auguste Dumon, autor (dicho sea para complicar aún más el cuento) del Genio de la Libertad que domina la Columna de Julio en la place de la Bastille. Encargada por Napoleón III, sobrino del emperador, representaba a éste con pintas de César romano, y ahí seguiría si a su vez no la abatiera la Comuna al caer el Segundo Imperio el 14 de septiembre de 1870. Para ello, Gustave Courbet, presidente de la Comisión de Bellas Artes, había propuesto:

Considerando que la Columna Vendôme es un monumento sin valor artístico alguno que perpetúa las nociones de guerra y de conquista propias de una dinastía imperial, pero que condenan los sentimientos de una nación republicana;

Considerando que por ello mismo resulta incompatible con los valores de la civilización moderna y la unidad de la fraternidad universal que debe prevalecer entre los pueblos;

Considerando igualmente que hiere sentimientos legítimos y es perjudicial para la imagen de Francia ante las democracias europeas,

Proponemos que el gobierno de la Defensa nacional se digne desmontar dicha columna o tome la iniciativa de transportarla al Museo de Artillería.

De antemano estaba lista la respuesta del gobierno:

Considerando que la columna imperial de la place Vendôme es un himno a la barbarie, símbolo de la fuerza bruta y de vana gloria, afirmación del militarismo, negación del derecho internacional, insulto permanente a los vencidos y atentado perpetuo a la Fraternidad, uno de los grandes principios de la República francesa, decretamos:

Único artículo. - La columna de la place Vendôme será derribada.

El 12 de abril de 1871, cuando la Comuna decide tirarla, Courbet ya había dimitido del gobierno. Fue el 17 de mayo, a las doce del mediodía. La plaza y las calles adyacentes estaban abarrotadas; los miembros del gobierno de la Comuna presenciarían la ceremonia desde el balcón de lo que es hoy el Ministerio de Justicia, en el número 13 de la plaza. Hacia las tres y media de la tarde suena la trompeta para que se inicie el tambaleo, mas uno de los cabrestantes flaquea. Venga los obreros un par de horas con picos y palas hasta reforzar el torno endeblucho, y la columna se recuesta en un lecho de verdura muy bien dispuesto.

Pero la Comuna fue vencida y cuando se restableció el orden burgués, la primera medida de los versalleses fue lanzarse a la captura de Courbet, que se refugia en la factoría de instrumentos Lecomte, situada en el número 121 de la rue Saint-Gilles, donde será detenido. Un consejo de guerra lo condena a seis meses de cárcel y a 500 francos de multa.

Poco después, la Asamblea Nacional adopta un proyecto para la reposición de la dichosa columna con cargo al antiguo ministro Courbet. Se calcula su valor en 323.091 francos, que el pintor podría pagar «por plazos anuales de 10.000 francos, al ritmo de dos entregas semestrales». Lo encierran en la Conciergerie, y en vista de su estado de salud, le permiten residir en el sanatorio del doctor Duval de Neuilly, de donde sale el 2 de marzo de 1872.

¿Por qué tal obstinación en castigar a Courbet? Se dice que más que una persecución de los poderes políticos, se trató de una venganza de sus «colegas»: artistas, pintores y escritores reaccionarios. Como muestra, he aquí lo que decía Alejandro Dumas (hijo): «¿Bajo qué campana, con qué estiércol, gracias a qué mezcla de vino, de cerveza, de fermento corrosivo y de edemas pestilentes ha podido crecer esta calabaza sonora y puntiaguda?». No se le perdonaban sus posiciones contra el arte oficial. «El Estado es incompetente en materia artística —escribió en 1870 al ministro de Bellas Artes, anunciándole que rechazaba la Legión de Honor—: Mis opiniones de ciudadano se oponen a que acepte una distinción que depende esencialmente del orden monárquico. El honor no reside en los títulos ni en las condecoraciones, sino en los actos y en sus móviles. La intervención del Estado es funesta para el arte, pues lo encierra en las convenciones oficiales y lo condena a la más mediocre esterilidad. El día en que nos deje libres habrá cumplido con su principal obligación.»

Aquel año, como el anterior, el artista envía dos cuadros al Salón: Manzanas rojas en una mesa de jardín y Mujer de espaldas. Al pasar frente a estas obras, Meissonnier[8] aconseja: «Señores, no vale la pena ver eso; no por una cuestión artística, sino por dignidad. Hay que excluir a Courbet de las exposiciones; para nosotros está muerto».

El autor de cuadros soberanos como El origen del mundo y La pereza y la lujuria ha de refugiarse en Suiza, donde lo esperan muchos otros comuneros proscritos. Viejo y enfermo, en 1877 le permiten regresar a Francia y fallece el último día de ese mismo año.

Recomendaciones

Riat, George, Gustave Courbet, peintre, París, 1906. Inédito en castellano.

PLACE VENDÔME, I. HUBERTINE AUCLERT (1848-1914)

Sin aprobar, ni por pienso, el castigo de Courbet, no cabe duda de que la sentencia contribuyó a formar a la primera sufragista francesa.

Cuando en 1804 los juristas festejaban en la Sorbona el primer centenario del Código Civil, Hubertine quemó un ejemplar de dicho documento al pie de esta columna. Con este gesto simbólico quiso denunciar la misoginia de los leguleyos, todos hombres, que habían parido unas reglas sin tener en cuenta la existencia de las mujeres. Como bien se sabe, no les permitían ejercer un oficio, recurrir a la Justicia, ni comprar o vender sin autorización de sus maridos; eso y mil humillaciones más.

«El marido debe protección a su mujer —ordena el artículo 213 del famoso Código. Y por si no estuviera claro, remacha—: y la mujer obediencia a su marido.» El hombre podía solicitar el divorcio sin justificación alguna, mientras que ella habría de probar que el tipo vivía con una concubina en el domicilio conyugal.

Adolescente aún, Hubertine decide que un día formaría parte del gobierno de su país. Desde ese puesto, soñar no cuesta nada, aprovecharía la relativa libertad de que se gozaba en la Tercera República para situar a la mujer en su lugar. Se larga de un convento y viene a París para defender sus ideas. El título del periódico que funda resume su programa: La Ciudadana. Con la provocación se crea una identidad política a fuerza de actos cívicos: inscripción en las listas electorales, huelga de impuestos y rechazo del empadronamiento, pues si la mujer no puede votar, de nada le sirve estar censada. Toda su teoría política se basa en el feminismo, desoyendo las advertencias de sus mayores que le recomiendan moderación por el peligro que suponía su programa para el régimen liberal. No obstante, sin temor a menoscabar un sistema progresista amenazado por la monarquía, la joven provinciana arrecia su lucha por el sufragio universal.

Ninguna de sus aliadas acepta su estrategia, que ya lo quiere todo; no sólo el derecho de voto, sino también cambiar el estatuto de la familia, mejorar la vida de los obreros y un proyecto global sobre la igualdad de sexos.

Prosigue su combate en Argelia, adonde se traslada con su marido a finales del siglo XIX. Redacta un informe sobre la situación social de esta colonia en un trabajo que dejó inconcluso: «La instrucción es el único instrumento que puede ayudarles a conseguir igualdad y libertad». Algunas batallas ganará, mas no la principal, pues fallece en 1914, treinta años antes de que las mujeres alcancen el derecho de votar.

Recomendaciones

Barthélémy, Joseph, Le Vote des femmes, Félix Alcan, París, 1920. Inédito en castellano.

Joran, Théodore, Le Suffrage des femmes, A. Savalète, París, 1914. Inédito en castellano. Del mismo autor: Alrededor del feminismo, F. Sempere y Compañía, Valencia, c. 1911.

Leclère, André, Le Vote des femmes en France, les causes de l’attitude particulière à notre pays, Marcel Rivière, París, 1929. Inédito en castellano.

PLACE VENDÔME, 22, I. GENERAL CLAUDE-FRANÇOIS DE MALLET (1754-1812)

En el número 7 de esta plaza fue detenido Claude-François de Mallet, general republicano, autor de un intento de golpe de Estado contra Napoleón. Pertenecía a los Philadelphes, sociedad secreta y republicana.

Desde el consulado, Mallet no ocultaba su hostilidad hacia el emperador. El 22 de octubre de 1812 anuncia su muerte y organiza la sedición con la complicidad de otros oficiales. En un momento de la conjura se presenta en el Hôtel de Ségur, en el número 22 de esta plaza, donde vivía el general Pierre-Augustin Hulin. Le propone que se incorpore al complot. El general no para de inquirir sobre esto y estotro hasta que Mallet se abronca y concluye el desacuerdo con un tiro en la mandíbula que ningún sacamuelas podrá extraer. Desde entonces, los soldados le colgaron el mote Tragabalas («Bouffe-la-balle»). Cuando sucede todo esto se halla presente el jefe de batallón Laborde, quien se echa encima de Mallet, lo paraliza y desarma.

El general republicano comparece ante un tribunal de guerra el 29 de octubre de 1812. Condenado a muerte por intento de magnicidio, cae fusilado esa misma tarde en la explanada de Grenelle.

Si queréis terminar revolucionaria —y agradablemente— el paseo de hoy, dirigíos por la rue de Castiglione al número 400 de Saint-Honoré. En el fondo del patio existe aún el local de una antigua carpintería en la que se reunían los dirigentes de la Revolución de 1789. Danton le llamaba «el templo del cepillo y de las comidillas», y Robespierre dormía en un cuarto del primer piso, que todavía se puede visitar.

Hay al lado un restaurante polivalente que, como es lógico, se llama Le Robespierre. A mediodía resulta de medio pelo, y a él acuden los empleados de las muchas oficinas y de algunos ministerios cercanos; de noche se convierte en un lugar íntimo y agradable, a la luz de candelabros que, dicen, alumbraron más de una conspiración.

Recomendaciones

Besson, André, L’homme qui fit trember Napoléon, France-Empire, París, 2002. Inédito en castellano. Del mismo autor: El seguro obligatorio de automóviles en el derecho francés, Madrid, 1964.

RUE DE SAINT- HONORÉ, 96, I. MOLIÈRE (1622-1673)

Unos historiadores dicen que aquí, y otros que más allá, en el 31 de la rue Pont Neuf, nació Jean Baptiste Poquelin, actor y autor como Shakespeare, más conocido por Molière.

Sus comedias, realmente geniales —Las preciosas ridículas (1659), Escuela de mujeres (1662), Tartufo (1664), Don Juan (1665), El misántropo (1666), El avaro (1668), El burgués gentilhombre (1670), El enfermo imaginario (1673)—, revelaron al mundo las taras más penosas de las clases dirigentes de su época. Por ello aguantó furibundos ataques de los reaccionarios, entre ellos Bosuet y la Iglesia católica, quienes consiguieron la prohibición de sus dos obras más iconoclastas, Don Juan y Tartufo.

En medio de la cuarta representación de El enfermo imaginario, el 17 de febrero de 1673, a los cincuenta y un años, en el teatro de la Ancienne Comédie sufrió un desmayo que le causó la muerte. El párroco se negó a darle cristiana sepultura por ser actor.[9] Consiguieron enterrarlo clandestinamente el 21 de febrero de 1673 de noche, bajo antorchas y sin ceremonia religiosa, en el cementerio Saint Joseph, situado a la altura del número 144 de la rue Réaumur. Pese a todo, asistieron al sepelio más de ochocientas personas. Sus restos fueron trasladados al cementerio Père-Lachaise en 1817 y allí están, en la división n.° 35.

Recomendaciones

Duchêne, Roger, Molière, Fayard, París, 1998. Inédito en castellano.

Grimarest, La Vie de M. de Molière, Le Febvre, París, 1705. Reedición crítica de Georges Mongrédien, París, M. Brient, 1955, y Slatkine, 1973. Inédito en castellano.

Jurgens, Madeleine y Elisabeth Maxfield-Miller, Cent ans de recherches sur Molière, sur sa famille et sur les comédiens de sa troupe, Archives Nationales, París, 1963. Inédito en castellano.

RUE DE PRÊTRES SAINT- GERMAIN DE L’AUXERROIS, I. LA BOHEMIA DE MURGER (1822-1861)

Si seguimos hacia la place du Louvre llegamos a la rue de Prêtres Saint-Germain de l’Auxerrois. En el número 17 funciona hoy la Clínica del Louvre; hacia 1840 albergaba el café Momus, uno de los lugares más frecuentados por artistas y literatos; nunca faltaba Murger, autor de las Escenas de la vida bohemia, ni los personajes Rodolfo, Marcel, Schaunard y Colline, quienes de la vida real entraron en su libro. Pasaban aquí días y noches sin que se notara en la caja. Marcel ya habitaba en un cuarto que no podía pagar; recorriendo París en busca de un prestamista, cae en la misma mesa que Colline. Con una borrachera de órdago, los dos nuevos amigos vienen a parar a este café donde se hallaba Rodolfo, amigo de Colline. El trío termina en la habitación de Schaunard, quien la había dejado la víspera. Al fin Marcel y Schaunard deciden alquilar el desván.

El escritor Murger sacó a sus personajes de la vida real. En la descripción de Rodolfo se reconoce al propio autor; el compositor Schaunne se convierte en Schaunard y así seguido.

También se juntaban en el café Momus los escritores del Journal des Débats, Renan, Chateaubriad, Sainte-Beuve...; Beaudelaire conoció al periodista Champleury, el futuro autor de Las aventuras de mademoiselle Mariette.

Recomendaciones

Introducción de Loïc Chotard en las Escenas de la vida bohemia, Espasa Calpe, Madrid, 1924.

IGLESIA DE SAINT-GERMAIN DE L’AUXERROIS, I. LA MASACRE DE SAN BARTOLOMÉ (1572)

Frente al metro Pont Neuf nace la rue de l’Arbre Sec. En ésta, cuando hace esquina con la iglesia de Saint-Germain de l’Auxerrois, hay una farola que es el centro de París, según Alexandre Arnoux. Dicen que trae buena suerte ponerse debajo de su resplandor, lo mismo que en Saint-Amand de Montrond, centro geográfico de Francia, o en el pozo de Armórica, ombligo del mundo, según cuenta una leyenda celta.

Antes de volver a la explanada, atraviese la rue de Rivoli y asómese a la rue du Roule. En el número 4 tenía su taller Géricault, y en él dialogaba continuamente con los muertos, tema constante de su obra. En los armarios conservaba miembros de cadáveres, putrefactos y descuartizados. Le servían de modelo, por la forma y el olor, pues necesitaba los efluvios para pintar.

Vuelva hacia la iglesia de Saint-Germain de l’Auxerrois, que data del siglo XIII. La entrada es de estilo flamígero (siglo XV). Recae en esta iglesia la enorme responsabilidad de haber redoblado las campanas el 24 de agosto de 1572, señal para que los católicos iniciaran la matanza de la Noche de San Bartolomé, una de las más bárbaras de la historia. Muy de mañana, una muchedumbre de católicos se encaminó en procesión al cementerio de los Inocentes para celebrar el milagro de la floración del espino. Las puertas de los protestantes estaban pintadas de cruces rojas, lo que concedía bula a quien quisiera asesinarlos. «Fue una especie de consentimiento que dio el Cielo a una carnicería que excitaba el furor de los asesinos —escribió Alejandro Dumas—; mientras que cada plaza, cada calle y encrucijada de la ciudad ofrecían un espectáculo desolador, ya el Louvre había servido de fosa común a todos los protestantes que se encontraban dentro cuando las campanas dieron la señal.» En unas horas perecieron asesinados diez mil protestantes.

Nuestro rey Felipe II tuvo mucho que ver en la matanza. Él y el duque de Alba apoyaban al de Guisa, cabecilla del partido católico en pugna con los hugonotes, mandados por el almirante Coligny. El Nuncio, el papa Pío V y Catalina de Médicis animan al duque de Guisa, y éste, ayudado por un espadachín, asesina a Coligny el 24 de agosto. Suenan las campanas y empieza la masacre: «Matadlos a todos, para que no quede uno que pueda reprochármelo», dice Carlos IX, al tiempo que dispara desde un balcón del Louvre. «Se mataba a hombres, mujeres y niños, incluso a niños por nacer, para extirpar las familias y evitar las futuras venganzas», escribe el cronista.

Enrique de Navarra, futuro Enrique IV, encarcelado en el Louvre, consiguió fugarse por la cadena destinada a cerrar el paso a los barcos del Sena. Desde entonces, y hasta que el 14 de mayo de 1610 Ravaillac le alcanzó el corazón en la rue de la Ferronnerie, el rey depuesto se afanó en recuperar el poder y con el Edicto de Nantes instauró la paz.

Recomendaciones

Crouzet, Denis, Les Guerriers de Dieu. La violence au temps des troubles de religion vers 1525-vers 1610, Champvallon, París, 1990. Inédito en castellano. Del mismo autor: Calvino, Ariel, Barcelona, 2001.

La Nuit de la Saint-Barthélemy. Un rêve perdu de la Renaissance, Fayard, col. «Chroniques», París, 1994. Inédito en castellano.

Le haut cœur de Catherine de Médicis. Une raison politique aux temps de la Saint-Barthélemy, Albin Michel, col. «Histoire», París, 2005. Inédito en castellano.

QUAI DE L’HORLOGE, I. PIERRE-FRANÇOIS LACENAIRE (1800-1836)

En una mañana soleada como la de hoy, no viene mal un buen paseo por el centro de la ciudad, el Sena de un lado y los buquinistas del otro. Caminando por los muelles se distinguen las diversas existencias de los tenderuchos. Queda tiempo para admirar el paisaje del río meandroso, con sus caravanas de barcazas y golondrinas desbordantes de turistas, que te saludan inútilmente como si te conocieran.

El término bouquin, os explicamos, procede del flamenco boeckin (librito). Pronto adquirió una connotación peyorativa, como objeto de poco valor. El Dictionnaire du commerce comenta así la definición de buquinistas, a los que llama estaleurs, mostradores: «Pobres libreros, que al no disponer de tiendas ni ofrecer nada nuevo, muestran libros usados en el Pont Neuf, en algunas calles y en otros lugares de la ciudad».

Cuando dieron en aparecer en el siglo XVI, los buquinistas fueron perseguidos por vender libros prohibidos, panfletos políticos o antirreligiosos. Un edicto del 27 de junio de 1577 los asimilaba a los cacos y encubridores.

Husmeamos entre volúmenes y acuarelas al tiempo que gozamos del paisaje. Como los turistas no suelen ser madrugadores, aprovechamos para bajar por una escalera disimulada detrás de la grupa del caballo de Enrique IV y bajamos a un jardín en medio del Sena. El escritor surrealista Pieyre de Mandiargues calificó este lugar de «sexo de París» —femenino, se entiende—, por su forma que recuerda una vagina y unos muslos abiertos por donde entra el agua, en una especie de coito con el paisaje. La semana pasada vinimos aquí una docena de amigos con el hijo de Mercedes Iturbe, una de las mujeres más enteras, anticonformistas y bellas de América Latina. Emilio trajo de México sus cenizas para dispersarlas en este rincón tan querido por su madre. Brindamos a su salud eterna con champán y luego fuimos a cenar en su memoria. No incluimos a Mercedes en este repertorio de rebeldes famosos; su muerte es demasiado reciente y se requiere tiempo para tramitar la canonización laica. Por otra parte, sería difícil encontrarle un abogado del diablo; muchísimo más que a Juan Pablo y dos palitos.

Subamos al caballo y sigamos en el sentido de su trote. Pronto vemos el Palacio de Justicia. Su arquitectura impresiona porque evoca voces profundas de la Historia. Dentro comprobamos que, con tenacidad infatigable, los arquitectos consiguieron borrar las huellas de lo que fue antecámara de la muerte. Ahí proclamaron emperador a Juliano en el año 360. No consta que Clodoveo[10] haya vivido en ese palacio; en cambio se sabe que Carlomagno residió en él cierto tiempo y que en él nació y se casó Felipe Augusto.[11]

En tono mayor diremos que sirvió de prisión desde el siglo XIV. Antes de subir al cadalso, estuvieron en capilla María Antonieta, los Girondinos y Robespierre. El 10 de termidor de 1794, a las cinco de la tarde, salen por la puerta dos carruajes encaminados a la guillotina; en el primero van Robespierre, su hermano Agustín y Saint Just,[12] y en el segundo se apretujan los seguidores del Incorruptible.[13]

Aquí redactó sus memorias Pierre-François Lacenaire, hijo de una esposa sumisa (esto es casi un pleonasmo) y de un negociante lionés devoto y mediocre (y este otro). Ellos fueron los padres del poeta que encarna Marcel Herrand en la película de Marcel Carné Les Enfants du Paradis.

Lacenaire abandona el seminario a los diecisiete años, después de una experiencia que lo marcará para toda la vida; luego lo expulsan de tres colegios por indisciplina e insultos a los profesores. Va por mal camino, y empieza a comprender que va a bailar con la sindientes el día en que su padre le muestra la guillotina de Lyon, prediciéndole que en ella terminaría de seguir haciendo las mil y una.

Ya entonces utilizaba cualquier pretexto para colmar su ansia de notoriedad e inclinación mórbida por el crimen. Antes de emprender los estudios duda entre dos futuros: escritor o asesino. Se decanta por las letras, pero como el éxito literario tardase, cambia la pluma por el puñal. En esa profesión no alcanza la gloria, mas sí la fama: nunca ningún bandido interesó tanto a la opinión pública.

Tras algunos años de vida anodina en varias ciudades, se instala en París en 1829 y empieza a despilfarrar su herencia en el juego. En este momento —lo cuenta en sus Memorias—, cierto día en el que calculaba los pros y los contras, le alcanza la llamada del más allá: «¿Me siento en el pretil y me tiro al agua? No; que debe de estar muy fría ¿Y el veneno? Tampoco; no quiero que me vean sufrir. ¿Entonces el hierro? Sí; tal vez sea la muerte más suave. Desde ese momento mi vida se convirtió en un largo suicidio. Sería con hierro, pero en vez de puñal elegí la hoja de la guillotina. Y deseaba que fuese una venganza: La sociedad obtendría mi sangre, pero yo le chuparía la suya». En 1835 este hombre culto y elegante se presenta a su juicio como un defensor de la humanidad y a la vez un insaciable adepto del mal.

Para comprender esta marcha voluntaria al abismo, sus Memorias muestran los resortes de un asesino que persiste y firma. Este libro influye en el conde de Lautréamont, como si hubiese cargado su pluma; lo mismo que en René Char, Guy Debord o André Breton, quien escribió: «Desde el punto de vista moral, creo que nunca un asesino tuvo la conciencia más tranquila. La víspera de morir bromeaba con los curas que le importunaban, con los frenólogos y los anatomistas que lo disecaban».

Son como las ocho y media de la mañana cuando sale el reo seguido de un confesor y se dirige al cadalso: «Llego a la parca por mal camino y la alcanzo por una escalera». Sube los peldaños sin apoyo alguno y pasea una mirada por el tendido, que lo recibe con vítores y aplausos tal Manolete en la plaza de Linares cuando más lucía el sol. Ni que fuera a brindar la faena, saluda y se coloca en el podio empuercado con sangre cuajada. Algunos periódicos que tenían los titulares preparados, «¡Lacenaire murió como un cobarde!», hubieron de cambiarlos: la cuchilla se atrancó dos veces a pocos centímetros del cuello; pasan diecisiete segundos angustiosos; diecisiete siglos para los espectadores que miran con espanto cómo el delincuente cambia de sitio la cabeza, sin mover el cuerpo, para ayudar al verdugo y mirar de frente a la muerte. Al final termina cayendo la cuchilla, pero con tan poca fuerza, que el tajo no fue ni seco ni limpio. Ironía del destino —o de la parca—, Lacenaire había escrito poco antes un poema premonitorio:

¡Te saludo, guillotina, expiación sublime

que al hombre arranca del hombre

y del crimen perfecto!

Recomendaciones

Obras de Pierre-François Lacenaire:

Mémoires et autres récits en José Corti, ed., 1991. Inédito en castellano.

Historia de un verdugo: ojeada histórica acerca de los suplicios, Tusquets, Barcelona, 1970.

Sanson, Henri-Clément, Sept générations d’exécuteurs, 1688-1847, Futur Luxe Nocturne, París, 2003.

PLACE DES VICTOIRES, I. MARQUÉS DE SADE (1740-1814)

Imposible empezar mejor nuestro periplo cotidiano que desde esta admirable place des Victoires, que puede rivalizar con otras plazas parisinas, como la de Vosges o Vendôme. Fue diseñada en 1685 por el célebre Mansart.[14] A dos pasos se encuentra la muy frecuentada iglesia des Victoires; de las más famosas también, en parte porque al salir de misa un domingo, el marqués de Sade se topó con la pordiosera Rose Keller. A los treinta años la chica se hallaba a un paso de la miseria y posiblemente a dos de la prostitución; en todo caso, lo bastante cerca como para aceptar una sesión de libertinaje con un buen postor. Sade le ofrece un empleo de gobernanta en su domicilio. Rose acepta y él se la lleva a Arcueil, le enseña la casa y en una de las habitaciones la encadena en una cama, la zurra bien zurrada, le unta las heridas con un mejunje de Fierabrás y vuelta a latigazos hasta el orgasmo (del marquesito), a la par que la amenaza de muerte si chilla demasiado. Como el innoble es buen católico y coincide con la fiesta de Pascua, la confiesa y no tiene reparo en absolverla. Rose logra evadirse por una ventana sin cumplir la penitencia y encima alerta al pueblo. El consiguiente proceso concluye con siete meses de condena para el torturador. Parece ser que la imitación de Cristo y el sacrilegio de la falsa confesión contaron más en el castigo que la crueldad del tratamiento infligido a la pobre desgraciada. Todo el mundo convino en que la sentencia fue demasiado severa; al menos desproporcionada con lo que les caía en aquella época a los señores por semejantes deslices. Pero todo se explica; el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing inventará la noción de «sadismo» para designar el placer que algunos sienten con el dolor del prójimo, y asunto concluido.

No bien liberado a los siete meses, el sádico se recluye en el castillo de La Coste, muy puesto para una bacanal con un batallón de rameras a las que un lacayo excita con ritos orgiásticos. Para mayor regodeo, montan un cónclave de zurriagazos activos y pasivos, ennoblecidos éstos con la adjetivación del apellido de un conde llamado Masoch. Juzgados por envene

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