El escritor y el mundo

V.S. Naipaul

Fragmento

cap-2

A mitad del viaje

Al ser de una isla pequeña —Trinidad no es mayor que Goa—, siempre me había fascinado el tamaño. Ver el ancho río, la alta montaña, hacer el viaje de veinticuatro horas en tren; esos eran algunos de los placeres que ofrecía el mundo exterior, pero después de seis meses en la India mi fascinación por lo grande se ha teñido de inquietud. Pues aquí la inmensidad escapa a la imaginación, un cielo tan extenso y profundo que no puede abarcarse la puesta de sol de una sola mirada, sino que hay que examinarla por partes, un paisaje que resulta monótono por su tamaño y aterrador por su misma simplicidad y la sensación especial de agotamiento: miserables sembrados asfixiados en pequeños campos torcidos, personas desmedradas, animales desnutridos, aldeas y pueblos ruinosos que, aunque se desarrollen, tienen un aire de decadencia. Amanece, cae la noche; llegas y te marchas de las estaciones de tren indistinguibles entre sí, con el tablón del nombre hábilmente disimulado, entreactos bruscos y desconcertantes de ruido y gentío, y aun así el viaje continúa, hasta que la inmensidad deja de tener sentido y se hace insoportable, y deseas escapar de esa infinita repetición de agotamiento y decadencia.

Decir esto es decir lo evidente, pero en la India lo evidente es agobiante, y en los últimos meses he conocido con frecuencia momentos rayanos con la histeria, en los que deseaba olvidarme de la India, en los que me he cambiado a la sala de espera de primera clase o a un coche cama no tanto por la intimidad y la comodidad como por la protección, para cerrar los ojos ante los delgados cuerpos postrados en los andenes, los perros famélicos limpiando a lengüetazos las hojas de la comida, y para taparme los oídos ante el gañido del perro juguetonamente agredido. Conocí uno de esos momentos en Bombay, el día de mi llegada, cuando percibí la India únicamente como una agresión a los sentidos. Conocí uno de esos momentos cinco meses más tarde, en Jammu, donde la geografía simple y aterradora se hace patente: al norte, las montañas, una cordillera elevándose tras otra; al sur, más allá de las agujas de los templos, las llanuras, cuya inmensidad, ya experimentada, únicamente suscitaba desasosiego.

Pero entre esos momentos recurrentes ha habido muchos otros en los que el entusiasmo y el placer ocuparon el lugar del miedo y la inquietud, en los que la ciudad, al explorarla más allá de lo que se ve desde el tren, revela que el aire de decadencia es solo aparente, que en la India, más que en ningún otro país que he visitado, pasan cosas. Oír los ruidos del martillo y el metal en un pueblecito del Punyab, visitar una planta de productos químicos en Haiderabad, en la que gran parte del equipamiento es de diseño y fabricación indios, es comprender que estás en medio de una revolución industrial en la que, quizá por una publicidad deficiente, nunca habías creído de verdad. Ver las nuevas colonias de viviendas en los pueblos de todo el país era comprender que, ajeno a tanta palabrería sobre la ancestral cultura india (ante la que invariablemente voy a por mi lathi), el sentido estético indio ha revivido y es capaz de crear, con materiales que son internacionales, algo esencialmente indio. (En un alarde de insolencia, la ancestral cultura india ha hecho del hotel Ashoka uno de los edificios más ridículos de Nueva Delhi, un absurdo solo comparable con la Alta Comisión de Pakistán, insolente defensora de la Fe.)

He estado en aldeas dejadas de la mano de Dios, sin desarrollar y a medio desarrollar. Y donde antes solo había percibido desesperación, ahora tengo la sensación de que la desesperación está más en el observador que en la gente. He aprendido a ver más allá de la suciedad y las figuras acostadas en hamacas y a buscar las señales de mejora y esperanza, por tenues que sean: la carretera revestida de ladrillo, aunque pueda estar cubierta de porquería; el arroz sembrado en hileras en lugar de a voleo; el grado de tranquilidad con que el aldeano se enfrenta al visitante o al representante de la autoridad. He aprendido a buscar esas pequeñas cosas; mi mirada se ha ido ajustando con el paso de los meses.

Sin embargo, lo evidente siempre agobia. Uno es un viajero, y en cuanto la familiaridad ha aliviado el temor a un distrito concreto, ya ha llegado el momento de ponerse otra vez en marcha, de atravesar enormes extensiones que nunca resultarán familiares, que entristecen, y vuelve el deseo de escapar.

Aun así, el tamaño del país es en muchos sentidos solamente un hecho físico. Porque, acaso por el propio tamaño, los indios parecen sentir la necesidad de clasificar minuciosamente, de delimitar, de reducir a proporciones manejables.

«¿De dónde es usted?» Es la pregunta india, y para quienes piensan en términos de aldea, distrito, provincia, comunidad o casta, mi respuesta, que soy de Trinidad, solo sirve para confundirlos.

—Pero parece indio.

—Y soy indio, pero llevamos varias generaciones viviendo en Trinidad.

—Pero parece indio.

El diálogo se repite tres o cuatro veces al día, y ahora a menudo renuncio a dar explicaciones.

—En realidad soy mexicano.

—Ah. —Gran satisfacción. Pausa—. ¿A qué se dedica?

—Escribo.

—¿Periodismo o libros?

—Libros.

—¿Novela negra, del Oeste, romántica? ¿Cuántos libros escribe al año? ¿Cuánto gana?

Así que he empezado a inventármelo.

—Soy profesor.

—¿Qué estudios tiene?

—Soy licenciado en filosofía y letras.

—¿Nada más? ¿Y de qué da clases?

—De química. Y algo de historia.

—¡Qué curioso! —dijo el hombre del autobús de Pathankot a Srinagar—. Yo también soy profesor de química.

Iba en el asiento al otro lado del pasillo, y nos quedaban varias horas de viaje.

En esta inmensa tierra de la India tienes que explicarte, definir tu función y tu situación en el universo. Es muy difícil.

Si yo pensara en términos de raza o comunidad, esta experiencia de la India seguramente habría ahuyentado ese planteamiento. Indio como soy, nunca he estado en calles en las que todo el mundo es indio, en las que me mezclo inadvertidamente con la multitud. Me ha resultado curiosamente humillante, porque toda la vida he esperado cierto reconocimiento de mi diferencia, y solo en la India he comprendido cuánto necesito este estímulo, lo mucho que me han condicionado la sociedad multirracial de Trinidad y mi vida de forastero en Inglaterra. Siempre me ha parecido atrayente formar parte de una comunidad minoritaria. Ser uno de los cuatrocientos treinta y nueve millones de indios resulta aterrador.

En mi condición de ciudadano colonial, en el doble sentido de haberme criado en una colonia de la Corona y de haber quedado aislado de la metrópoli, de Inglaterra o de la India, llegué a este país esperando encontrarme actitudes metropolitanas. Imaginaba que la magnitud de la tierra se reflejaría de alguna manera en la actitud de la gente. Como ya he dicho, me he encontrado con la psicología de la colmena. Y me han sorprendido las semejanzas. En la India, como en la diminuta Trinidad, he descubierto la sensación de que la metrópoli está en otra parte, en Europa o América. Donde me esperaba grandeza, arraigo y confianza, he encontrado todas las actitudes coloniales de la desconfianza.

«Yo, loca por extranjero», dijo la esposa de un contratista de demasiado éxito.

Y esta locura abarcaba desde la comida extranjera hasta los accesorios de baño alemanes, pasando por una posible esposa europea para su hijo, que, para dar mayor peso a sus pretensiones, anunció en la mesa a la hora de comer: «Por cierto, ¿le he dicho que gastamos tres mil rupias al mes?».

«Usted es un turista y no lo sabe —dijo el profesor de química en el autobús de Srinagar—, pero este país es terrible. Yo me marcharía a la mínima oportunidad.»

Porque entre cierta clase de indios, por lo general los más afortunados, existe una irrefrenable necesidad de explicarle al visitante que no se les debe considerar parte de la India pobre y sucia, que sus valores y exigencias son más elevados y que viven continuamente indignados con el país que les da el sustento. Para ellos, el artículo extranjero de segunda categoría, ya sean personas o productos, es preferible al indio. Dan a entender que para ellos, tanto como para el «técnico» europeo, la India es solo un país al que explotar temporalmente. Y resulta extraño encontrar, en la India libre, esta actitud del conquistador, del saqueador —una actitud frenética, como si pudieran arrebatarles la oportunidad en cualquier momento—, en las mismas personas a las que la sociedad en desarrollo ha ofrecido tantas oportunidades.

Esta actitud de saqueo es la de la sociedad colonial de inmigrantes. Como en Trinidad, ha fomentado el lamentable filisteísmo del renonçant (excelente palabra francesa para definir al nativo que renuncia a su propia cultura y que se desvive por lo francés). Y en la India ese filisteísmo, la vulgaridad combinada de Oriente y Occidente —esas tristes pistas de baile, esos tristes cabarets «occidentales», esos transistores que sintonizan Radio Ceilán, esos donjuanes de cazadora de cuero o chaqueta de cuadros—, resulta especialmente aterrador. A este filisteísmo va ligado cierto glamur, como va ligado cierto glamur a los indios que, tras dos o tres años en un país extranjero, aseguran no ser ni de Oriente ni de Occidente.

Hay que reconocer que el observador raramente ve la dificultad. La esposa del contratista, tan empeñada en demostrar su occidentalización, consultaba con frecuencia a su astrólogo e iba a diario al templo para asegurarse de que su buena suerte iba a continuar. El profesor, que se quejaba con pesar de la indisciplina y la ordinariez de los indios, en cuanto llegamos a la estación de autobuses de Srinagar se puso a cambiarse de ropa en público.

El trinitense, sea cual sea su raza, es un auténtico ciudadano de las colonias. El indio, diga lo que diga, está arraigado a la India, pero mientras que el trinitense, colonial, aspira a lo metropolitano, el indio del que he hablado, metropolitano en virtud de la singularidad de su país, sus logros del pasado y sus múltiples logros de la última década, aspira a lo colonial.

Donde esperabas orgullo, encuentras el espíritu de saqueo. Donde esperabas lo metropolitano, encuentras lo colonial. Donde esperabas grandeza, encuentras estrechez. Goa, apenas liberada, es motivo de una pelea interestatal inadmisible. Quince años después de la independencia, parece que el político como líder nacional ha sido sustituido por el político como cacique de pueblo (un tipo que yo creía exclusivo de la comunidad colonial india de Trinidad, para el que la política era un pasatiempo en el que lo que había en juego eran poco más que contratos del Ministerio de Obras Públicas). Para el cacique, la India es tan solo una multitud de aldeas. De modo que la visión de la India como gran país parece algo impuesto desde fuera, y su inmensidad resulta al final extrañamente engañosa.

Sin embargo, queda un concepto de la India como… ¿qué? Algo más que la clase media urbana, los políticos, los industriales, las distintas aldeas. ¡Cuántas veces nos dicen que la India «real» no es ni esto ni lo otro, y qué bien empezamos a comprender por qué se emplea esa palabra! Quizá la India sea solo una palabra, una idea mística que abarca todas esas vastas llanuras y los ríos que atraviesa el tren, todas esas figuras anónimas dormidas en los andenes de las estaciones y las aceras de Bombay, todos esos campos miserables y animales raquíticos, toda esa tierra saqueada y agotada. Quizá sea esto, esta inmensidad que nadie puede llegar a conocer: la India como dolor, por la que se siente una gran ternura, pero de la que al final siempre deseas apartarte.

1962

cap-3

Jamshed y Jimmy

—Ha venido a Calcuta en mal momento —dijo el editor—. Mucho me temo que nuestra vieja ciudad está cayendo en la respetabilidad burguesa casi sin resistirse.

—¿No quemaron un tranvía el otro día? —pregunté.

—Sí, pero era el primero en cinco años.

Y la verdad es que me esperaba algo más de Calcuta, «la experiencia de pesadilla» del señor Nehru, «el leviatán pestilente» de un escritor norteamericano moderno, al borde de la histeria, una ciudad que, pensada para dos millones de personas, en la actualidad alberga a más de seis millones en sus aceras y bastees, en unas condiciones que en 1960 amedrentaron a la Comisión del Banco Mundial, que despachó el asunto con lo que The Economic Weekly de Bombay definió como «documento sorprendentemente humano».

Como cualquier lector de prensa, yo conocía Calcuta por ser la ciudad de los incendiarios de tranvías y los estudiantes que «chocaban» a menudo con la policía. En un breve artículo de The Times de 1954 se insinuaban sus problemas laborales, algo memorable: unos trabajadores descontentos habían echado a su capataz al horno. Y en la temporada que pasé en la India seguí las actividades de su ayuntamiento, controlado por el Congreso, que, del reducto progresista de los años veinte, había degenerado en lo que los estudiosos de los asuntos indios consideran el más abiertamente corrupto de los numerosísimos organismos públicos indios: la mitad de los 550 vehículos municipales inutilizados, muchos de ellos despojados de partes vendibles, impedimentos a la labor de los mecánicos, atrasos de cuatro años en los pagos, todo obstáculo posible a la «intromisión» del Gobierno estatal, Nueva Delhi y una desesperada Fundación Ford.

Descubrí que Calcuta disfrutaba de una reputación fabulosa en todos los aspectos. El bengalí era insoportablemente arrogante («El vendedor de pan ni siquiera te mira si no le hablas en bengalí»); el bengalí era vago; las aceras estaban teñidas de rojo con el jugo de betel y el parque principal, sembrado de compresas usadas («Una gente muy descuidada», según el novelista del sur de la India). E incluso en Bombay, sede de la gastroenteritis, se hablaba con horror del suministro de agua, inadecuado y contaminado (trece de los veintidós pozos entubados del ayuntamiento no funcionaban).

Por consiguiente, yo me esperaba mucho. Y la estación de Howrah parecía prometedora. Los empleados de los ferrocarriles eran más esquivos y apáticos de lo habitual; el vendedor de cigarrillos no me miró, y en el restaurante de la estación un sonriente camarero me señaló una rata parcialmente depilada que deambulaba lánguida por el suelo de baldosas, pero yo no estaba preparado para la ciudad de ladrillo en la otra orilla del río que, si se conseguía no prestar atención a las muchedumbres, los puestos callejeros, los conductores de rickshaws y los que meaban acuclillados, sugería no una ciudad oriental o tropical, sino el centro de Birmingham. No estaba preparado para el Maidan, salpicado de árboles, desdibujado por la neblina del anochecer y evocador de Hyde Park, con Chowringhee como una Oxford Street más brillante. Y tampoco estaba preparado para ver en el Maidan al general Cariappa, de traje oscuro, erguido como un inglés, pronunciando un discurso ante una pequeña y tranquila multitud sobre la invasión china en un indostánico con acento de Sandhurst, mientras los tranvías, de color gris acorazado, metían el morro en forma de cuña entre el tráfico a una velocidad constante de diez kilómetros por hora; el famoso tranvía de Calcuta, pesado y vulnerable, reventando en las puertas de entrada y salida con los oficinistas vestidos de blanco, con las luces de neón detrás del Maidan alegres en la neblina, invitaciones a cafeterías, cabarets, viajes en avión. Inesperadamente y por primera vez en la India, te veías en medio de la gran ciudad, la metrópoli reconocible, con nombres de calles —Elgin, Allenby, Park, Lindsay— que parecían discordar extrañamente con las multitudes apresuradas, una incoherencia que aumentaba a medida que la neblina se transformaba en denso esmog y, camino de las afueras, se veían las chimeneas humeantes de las fábricas entre las palmeras.

Y en aquel brillante centro, prescindiendo de los meones, ¿dónde estaban los montones de basura y porquería de los que me habían hablado? ¿Y las compresas? En realidad, tal como me había dicho el editor, había ido a Calcuta en mal momento. Poco antes, los «voluntarios» del nuevo ministro principal de Bengala habían sometido la ciudad a una limpieza sucinta y frenética, con la esperanza de que la tarea colmara de «entusiasmo» a los profesionales del ayuntamiento. Con la «Operación Toro» intentaron librar a las calles principales de los toros que el hindú devoto suelta en el centro de Calcuta para que cubran a la vaca sagrada. La idea era que las vacas siguieran a los toros. Al final las vacas no se movieron y los toros empezaron a volver. Y ningún habitante de Calcuta dudaba de que con la retirada de los voluntarios, y con tantas cosas en suspenso en la India por el estado de emergencia —la suspensión y la prohibición, por entonces sustitutos de la actuación de la administración—, también volvería la porquería, pero de momento se mantenía algo del insólito lustre.

Los británicos desarrollaron las cuatro ciudades principales de la India, pero ninguna tiene un sello tan británico como Calcuta. La Nueva Delhi de Lutyens es un desastre, una parodia imperial, ni británica ni india, una ciudad construida más para los desfiles que para las personas, actualmente con una escala correctamente grotesca gracias a los ruidosos autorickshaws que corretean por las largas avenidas y las rotondas sin fin. Madrás, aunque posee en el fuerte de St. George uno de los mejores complejos de la arquitectura británica del siglo XVIII fuera de Gran Bretaña, es por lo demás perezosamente colonial. Bombay le debe mucho a su comunidad parsi, emprendedora, con conciencia cívica, culturalmente ambigua; el norteamericano medio histérico ya mencionado habla de la «arquitectura de los adosados» de Bombay y, efectivamente, esta ciudad, la mejor gestionada de la India, es cosmopolita hasta el extremo de la impersonalidad. Solo Calcuta parece haber sido creada a imagen y semejanza de Inglaterra, siguiendo la costumbre imperialista, insólita en los británicos, de franceses y portugueses. Y el resultado en Calcuta es una magnificencia más arraigada que la de Nueva Delhi: llamaban a Calcuta «la ciudad de los palacios», palacios, indios o británicos, construidos en un estilo que quizá podría definirse como corintio de Calcuta; Calcuta, durante mucho tiempo capital de la India británica, la segunda ciudad del Imperio británico.

En ningún otro lugar de la India era más violento el enfrentamiento entre Oriente y Occidente que en Calcuta, violencia que se refleja en dos edificaciones, actualmente consideradas monumentos, el palacio de Mullick y el edificio conmemorativo de la reina Victoria. Muy deteriorado en la actualidad, con los sirvientes que cocinan en las galerías de mármol, el palacio de Mullick sigue pareciendo un plató. Está dominado por altas columnas corintias; en los jardines corre el agua de las fuentes; las habitaciones de mármol, con demasiadas arañas, están atestadas con el revoltijo de cien tiendas de antigüedades europeas decimonónicas: por aquí una polvorienta copia en yeso de una ninfa griega que oculta el cuadro desvaído y nada memorable de soldados de casaca roja repeliendo un ataque nativo por allá. Las cuatro estatuas de mármol del patio representan los grandes continentes, y en la planta inferior la monumental escultura de una reina Victoria juvenil empequeñece una habitación grande. Ninguno de los polvorientos tesoros del palacio de Mullick es indio, salvo acaso un retrato del coleccionista: el primer babu bengalí, deseoso de demostrar al desdeñoso europeo cuánto valoraba la cultura europea. Y en el Maidan se yergue el monumento conmemorativo de Victoria, la respuesta de Curzon al Taj Mahal, tan deliberadamente imitativo como el palacio de Mullick, que aquí recuerda al Taj y allá recuerda a la Salute. «Al pasar del vestíbulo de la reina al salón de la reina bajo la cúpula —dice la guía de Murray, que, por supuesto, dedica el doble de espacio a este Taj del Imperio británico que al templo de Kailasa en Ellora— vemos la magnífica estatua de la reina Victoria a la edad en la que ascendió al trono (obra de sir Thomas Brock, miembro de la Real Academia de Bellas Artes), y que marca la tónica de todo el edificio.»

Pero de este enfrentamiento surgió algo nuevo en la India, una mezcla explosiva de Oriente y Occidente, una cultura única que, por mucho que el bengalí que no es de Calcuta la tache de presuntuosa y amanerada, dio al nacionalismo indio muchos de sus profetas y héroes. El bengalí te dirá que se incitaba a las autoridades británicas a tratar al indio del sur como a un esclavo, al punyabí como a un amigo y al bengalí como enemigo, pero el bengalí te habla de esto como del esplendor perdido, porque hoy en día, con la independencia y la división de Bengala (en Calcuta son sinónimos), Calcuta ha dejado de ser el centro. Es una ciudad sin zona de desarrollo, una ciudad moribunda. Incluso el río Hooghly se está obstruyendo con los sedimentos, y todos coinciden en que Calcuta ha dejado de crecer en el terreno económico, por mucho que se expanda físicamente. Aunque quedan encantadores vestigios de la mentalidad del palacio de Mullick en, por ejemplo, la crítica literaria del catedrático Sadhan Kumar Ghosh (a quien Malcolm Muggeridge trató compasivamente en The New Statesman), Calcuta está agotada y sus gentes, encerradas en sí mismas. Tiene a Satyajit Ray, el director de cine; tiene a Sunil Janah, fotógrafo de talla mundial, y la tipografía bengalí, vigorosa y elegante, quizá sea la mejor de la India, pero el esplendor reside en el pasado, en Tagore, en Bankim Chandra Chatterjee, en los terroristas, en Subhas Chandra Bose. (Mil novecientos sesenta y dos fue un buen año para la leyenda de Bose: una demanda por difamación entablada por un miembro de la familia contra una inglesa, y otra supuesta reaparición, en esta ocasión como sadhu, en el Himalaya.)

Calcuta sigue siendo lo que siempre ha sido gracias al crecimiento, el desorden creativo, la quiescencia. A pesar del poderoso desafío que plantea Bombay, es aún la principal ciudad comercial de la India, y el elemento de la cultura de Calcuta que podría considerarse dominante es el que representan los edificios de oficinas de Dalhousie Square y los locales de negocios de Imperial Tobacco y Metal Box en Chowringhee. En esas oficinas con aire acondicionado se puede encontrar a los jóvenes ejecutivos indios, los box-wallahs, la nueva élite india.[1] Una generación antes no hubiera sido aceptable semejante puesto para ningún indio de nacimiento, y casi con toda seguridad no lo habrían admitido para el trabajo, pero el talento del indio para transigir no es menor que el del británico. La cultura del box-wallah de Calcuta posee una riqueza especial, y si los escritores indios aún no la han explorado es porque se han dedicado a plagiar o a escribir historias conmovedoras de chicas que se dejan arrastrar a la prostitución para pagar las facturas médicas de la familia e historias sobre chicas, pobres o guapas, que mueren de una forma inexplicable. Esta cultura, aunque propia de Calcuta, no es necesariamente bengalí. Los británicos controlan el comercio, y desde la independencia lo hacen cada vez más los marwaris (el bengalí te dirá casi con orgullo que no hay hombre de negocios bengalí merecedor de tal nombre). Los marwaris son indios, pero en toda la India hablan de ellos como de una comunidad aún más foránea que los británicos; la animadversión de que son objeto en Calcuta puede cortarse con un cuchillo. Nadie de cierta posición desea que lo empleen directamente los marwaris. Las condiciones no son tan buenas como las que ofrecen los británicos, personas formales; la opinión pública asocia a los empresarios marwaris con el mercado negro y la especulación. Por consiguiente, no puede considerarse realmente box-wallah a nadie que trabaje para los marwaris; el auténtico box-wallah solo trabaja para las mejores empresas británicas. («Una cosa. Ese retrato tan grande de la reina, ¿lo pusieron con ocasión de la visita de la reina?», preguntaron en Imperial Tobacco. «No. Siempre está ahí», respondió el box-wallah.)

Nadie en Calcuta sabe con certeza de dónde procede la palabra box-wallah. Algunos proponen que del cajón del vendedor ambulante, pero en Calcuta el vocablo tiene un significado demasiado imponente y restringido, y a mí me parece más probable que derive de la escribanía angloíndia de la que Kipling habla con tanta emoción en Algo de mí mismo. Quizá la escribanía, como el salacot (que todavía llevan con actitud lúgubre y desafiante los funcionarios del ICS, el Servicio Civil Indio, que han perdido la esperanza de ascender), fuera un símbolo de autoridad, y aunque los símbolos han cambiado, la autoridad ha sido traspasada y persiste.

El box-wallah de Calcuta es de buena familia, del ICS, el ejército o los grandes negocios; incluso puede tener parientes principescos. Ha estudiado en un colegio privado inglés o indio y en una de las dos universidades inglesas, cuyo acento mantiene rigurosamente superando los peligros que rodean a la entonación india. Cuando empieza a trabajar en una empresa, su nombre cambia. El nombre indio Anand, por ejemplo, puede transformarse en Andy; Dhandeva, en Danny; Firdaus, en Freddy; Jamshed, en Jimmy. Cuando no se puede adaptar el nombre indio, lo más normal es que al box-wallah lo llamen Bunty. Una de las condiciones del trabajo de Bunty consiste en que juegue al golf, y podemos verlo en el campo de golf con un Andy igualmente desgraciado, ambos sobrellevando la mezcla de negocio y placer prescrita por Londres.

Por supuesto, Bunty se casará bien, y sabe que contará en su favor que contraiga un matrimonio mixto, que, por ejemplo, si es punyabí hindú se case con una bengalí musulmana o una parsi de Bombay. Bunty y su esposa vivirán en uno de los pisos de lujo de la empresa; sus dos hijos anglohablantes los llamarán «papá» y «mamá». La decoración de su casa exhibirá una feliz combinación de Oriente y Occidente (la cerámica india empieza a ponerse de moda), y también su comida (almuerzo indio y cena al estilo occidental), sus libros, sus discos (música clásica india difícil, música de cámara europea) y sus cuadros (miniaturas del norte de la India, reproducciones de Van Gogh de Ganymed).

Liberados de una serie de normas de casta, Bunty y su esposa adoptarán otras. Si el despacho de Bunty tiene decoración clásica, sabrá mantener las distancias con Andy, cuya decoración es funcional, y llevar a Andy, que comparte despacho con aire acondicionado con Freddy, a casa de Bunty, que tiene despacho propio, es una metedura de pata. Su nueva casta le impone a Bunty rituales nuevos. Todos los viernes almorzará en Firpo’s, en Chowringhee, y la alegre tarde señalará el final de la semana laboral. En la época británica, con este almuerzo del viernes en Firpo’s se celebraba la salida del barco correo hacia Inglaterra. Las cartas como las que Bunty envía ahora a Inglaterra van por vía aérea, pero Bunty tiene conciencia de las tradiciones.

Es imposible escribir sobre Bunty sin hacerlo parecer ridículo, pero Bunty es el primero de su grupo en cotillear maliciosamente, y ya se ha dicho bastante para demostrar cuán digno de admiración es en el contexto indio. Mientras que el esfuerzo físico es considerado degradante y las lorzas de grasa siguen siendo para muchos una señal de prosperidad, Bunty juega al golf y hace natación. Mientras que las elecciones se ganan con campañas centradas en las comunidades, Bunty se casa con alguien ajeno a su comunidad. Bunty es inteligente y muy leído; como la mayoría de los indios cultos, habla bien; aunque ha abandonado las obligaciones sociales de la familia extensa india, es generoso y hospitalario; patrocina las artes. No es la menor de sus virtudes el que mantenga el retrete inmaculado. En él se funden fácilmente Oriente y Occidente. Para Bunty, que ha crecido en una India independiente, la occidentalización no supone un problema, como para su abuelo o incluso su padre. No es un resentido, no tiene la necesidad de hablarle al visitante de la cultura ancestral de la India.

De vez en cuando, muy de vez en cuando, se rompe la calma. «¡Malditos ingleses! —exclama Bunty—. ¿Cuándo se enterarán de que 1947 existió de verdad?» Las palabras son como un eco del palacio de Mullick, pero a Bunty se le pasa enseguida. Pronto volverá al campo de golf con Andy. Y el golf es un deporte que ahora les encanta a los dos.

1963

cap-4

Una segunda visita

1

EL SENTIDO INEXISTENTE DE LA TRAGEDIA

El rajá está reclinado bajo una araña rota en una habitación estrecha y oscura al fondo del palacio. La habitación está en el tercer patio, la única parte del palacio que sigue habitada. El sillón del rajá forma parte de un vasto «tresillo» —clase media inglesa, 1930— repartido a lo largo de la habitación; la tapicería de color magenta está mugrienta. Una alfombra de retazos cubre el suelo por completo. La han cortado de una pieza aún más gigantesca, y la han doblado por los sitios en que no encaja. Tiene un fondo chillón de amarillos y verdes que camufla los miles de moscas que zumban entre los retazos. Hay una fotografía del padre del rajá en la pared, inclinada hacia delante; pegadas a la pared, una instantánea de un grupo familiar, un grabado de una escena de caza con marco rústico y arriba del todo, con los colores amarillentos de un proceso de reproducción fallido, una hilera de brumosos paisajes europeos.

Con este telón de fondo, el rajá, joven, regordete, fresco con su ropa holgada de algodón blanco, escucha inexpresivo a su último cortesano, que, sentado a sus pies en la alfombra con un largo memorando mecanografiado todo arrugado, resume una vez más las complicaciones del litigio interfamiliar por la propiedad que queda. El cortesano es flaco; su rostro, huesudo, más delicado que el de su señor; su ropa, menos pulcra. Es licenciado en filosofía y letras, un logro aún reciente en su memoria. Entró al servicio de la familia del rajá hace casi cincuenta años, y ahora —su propio hijo ha muerto— no tiene otro sitio adonde ir.

Se pide el almuerzo para las visitas. El hermano menor del rajá, delgado, de elegantes movimientos —es un atractivo jugador de bádminton—, se ofrece a enseñar los lugares de interés. El palacio es del estilo indefinido de Lucknow, y no muy antiguo. La mayor parte de lo que vemos fue construido en los años veinte, con un coste de medio millón de libras. Los ingresos de la familia ascendían por entonces a 60.000 libras. Un jardín de forma ovalada en el patio delantero, descuidado. Altas puertas de madera tallada procedentes de una exposición provincial de 1911 (el Imperio británico en todo su esplendor a la sazón, con al menos dos revistas de sociedad en Calcuta, la capital). El patio de la torre del reloj, con toscos medallones en el pórtico; una pareja inglesa entre lo hindú y lo musulmán, él con chaqueta de solapas anchas y salacot, ella con la línea holgada de los años veinte. Detrás, los aposentos de las esposas del anterior rajá, palacios en miniatura, motivo del litigio en curso.

El hermano menor del rajá dice que hay seiscientas habitaciones en total. La afirmación es turbadora, seguramente una exageración. La exageración no se corresponde con la tragedia; destruye la emoción. Y en su momento, hace veinticinco, treinta años, quinientos sirvientes cuidaban de los veinticinco miembros de la familia. Otra vez números redondos, sin duda. Pero el palacio tenía su propia instalación de energía eléctrica, cuadras para caballos y elefantes, un zoo, un aljibe. Todo esto se enseña desde la torre del reloj, con la maquinaria estropeada y el enlucido resquebrajado, pero la torre del reloj no presenta a la vista ningún otro edificio de importancia; solamente los techos de hierba del bazar situado a las puertas del palacio y los campos llanos y abrasados.

El entusiasmo del hermano del rajá desmiente la tristeza. Y no puede haber tristeza. Porque nunca hubo verdadera grandeza, tan solo exceso y exageración, que se acabaron con un plumazo del legislador que abolió las grandes fincas. El palacio surgió de ese polvo; era expresión de ese polvo, nada más; está volviendo al polvo, y el ciclo ha sido infructífero (el tresillo, los grabados de paisajes). Lo campesino, brevemente pródigo, vuelve a lo campesino, como demuestran las cocinas del tercer patio. No hay vacío alguno; el pleito ocupa por completo la mente tranquila. No hay tragedia. Lo que hay, y quizá siempre ha habido, es monotonía. En este paisaje insulso, la riqueza misma ha sido otra simpleza, algo que ocurre, como la decadencia.

Esta es la trampa de la India. Nos tomamos el país de una forma demasiado personal. Vamos con sentido de la tragedia y de la urgencia, con la costumbre de considerar al hombre como hombre, con ideas de acción, y vemos que nada nos respalda.

Hubo una hambruna en Bihar. Tardó cierto tiempo en gestarse, y en ese tiempo los graciosos de Delhi la llamaban «la deshonruna». Llegó a ser real: treinta millones de personas hambrientas, unos cuerpos destrozados sin remedio, pero la hambruna nunca era tema de conversación; hablaban más de ella en los periódicos extranjeros que en los indios, que seguían ocupándose de las maniobras y los discursos postelectorales de los políticos. El Departamento de Cine rodó una película sobre la hambruna; en Bombay y Delhi fue debatida como un filme, como un avance del cine documental. La hambruna era como algo de un país extranjero, como la guerra de Vietnam. Era algo a lo que ibas; ponía a prueba la originalidad de los artistas.

El funcionario de Calcuta dijo: «¿Hambruna? ¿Y eso es noticia para nosotros?». El director de periódico de Delhi dijo: «¿Hambruna? ¿Y voy a sacar eso como noticia todos los días?».

Así era el modelo de la conversación india. Después de la exaltación, el catálogo razonado de desastres y amenazas —China, Pakistán, la corrupción, la falta de dirigentes, la devaluación, la falta de dinero y de comida—; después de todo esto la exaltación se extinguió, y alegaron que en realidad no tenía importancia, que no era noticia. El joven poeta que conocí en Delhi así lo expuso en un largo poema en inglés en el que había trabajado durante meses. El poema era un diálogo entre la India histórica y la India espiritual; el tema, «la intemporalidad metafísica» de la India, palabras absurdas que tenían un significado. El poeta decía, como el funcionario y el director de periódico, que no suponía ninguna catástrofe ni ninguna novedad, que la India era infinitamente antigua y seguiría adelante. No había ningún objetivo y, por consiguiente, ningún fracaso. Lo único que había eran sucesos. No había tragedia.

Era lo mismo que, con su peculiar estilo, dijo el maharishi Mahesh Yogui en la reunión inaugural de su Movimiento de Regeneración Espiritual. La bandera roja y negra ondeaba sobre la Carretera de Circunvalación de Delhi, junto al Instituto Indio de Administraciones Públicas, y dentro, en la penumbra de las contraventanas cerradas, el maharishi, menudo, de guedeja negra, barbado, con una túnica de seda de color crema y flores y guirnaldas por todas partes, estaba sentado con las piernas cruzadas ante el micrófono, acompañado en el estrado por estadounidenses, canadienses y otros discípulos blancos sentados en sillas, los hombres con traje oscuro, las mujeres y las chicas con saris de seda; podría decirse que la India estaba recibiendo una dosis de su propia medicina administrada por Occidente.

El maharishi reprendió a sus reverentes oyentes indios de clase media por correr en pos de «los ismos» y no ser capaces de mantenerse en armonía con el infinito que yace bajo el continuo fluir. No era de extrañar que el país fuera un desastre. Los glamurosos personajes del estrado insistieron en la regañina uno por uno ante el micrófono, que habían levantado, y dieron testimonio de los poderes de la meditación, la puerta hacia el infinito. El maharishi definió a un canadiense canoso más bien joven como un hombre que había cambiado las perforaciones en busca de petróleo por las perforaciones en busca de la verdad. El hombre dio testimonio y, a continuación, al parecer en nombre del mundo entero, dio las gracias a la India. De modo que al final estaba todo bien. La gente solo había hablado; no había ningún problema; todo seguía como antes.

El infinito, la intemporalidad metafísica; siempre desembocaba en eso. Empezaran por donde empezasen —el maharishi incluso había mencionado Bihar y, de refilón, arremetido contra la estupidez de dar tierras a los campesinos ignorantes, como si eso fuera a solucionar el problema de los alimentos—, siempre llegaba un momento en que los indios (el administrador, el periodista, el poeta, el santón) se deslizaban como anguilas hacia la abstracción farragosa. Abandonaban el intelecto, la observación, la razón, y se ponían «misteriosos».

Es en esa misma zona que desconecta a la India de la comprensión donde reside la deficiencia india. Ver misterio significa excusar el fracaso intelectual o ignorarlo. Significa caer en la trampa india, aceptar que la pobreza de la tierra india debe extenderse también a la mente india. Significa explotar el romanticismo de Un lancero bengalí o el pintoresquismo de Pasaje a la India. Es, en realidad, la simple expresión del asombro.

Porque es la simplicidad de la India lo que decepciona y acaba por cansar. Ese pintoresquismo es engañoso. Los bárbaros ritos religiosos del hinduismo son bárbaros, propios del mundo antiguo. La vaca sagrada es absurda; es, como sugiere Nirad Chaudhuri en The Continent of Circe, una ignorante corrupción de un culto ario ancestral. Las marcas de casta y los turbantes son propios de un pueblo que, incapaz de considerar al hombre como hombre, no conoce otra manera de definirse. La India lo sitúa todo en la superficie. Una vez aprendidas ciertas cuestiones básicas, es posible prepararlo todo, planear el curso de las conversaciones, calcular el límite de la comprensión. Yo fui capaz incluso de anticipar gran parte de lo que dijeron en la inauguración del Movimiento de Regeneración Espiritual. Donde no hay juego intelectual no hay sorpresas.

Los beatniks de Norteamérica, Australia y otros países han reconocido la India como su territorio, y su intuición no los ha engañado. Ginsberg dejó Estados Unidos hace cinco años para iniciar una exploración. Los indios le parecieron amistosos; a ellos los halagaba que les prestara atención una persona con un nombre tan deslumbrante y moderno, otro tributo de Occidente a Oriente. Ahora los beatniks están por todas partes, retraídos, no alegres, en ocasiones en conmovedores grupitos familiares: papá beatnik, mamá beatnik, niño beatnik, el hombre protegido por su barba y sus vaqueros, la mujer, joven y delgada, más desvalida, con la suciedad visible en los pies con sandalias y en la piel bronceada pero pálida de su rostro huesudo y con finas arrugas. Son invitados en los templos (los sijs dan de comer a todo el mundo); hacen dedo en las carreteras y viajan en tercera en los trenes; a veces compiten con los mendigos en las ciudades y se incorporan a los campamentos de los santones, como uno del que me hablaron en Haiderabad cuyo gran truco consistía en sacarse de la boca una verga (no llegué a averiguar de quién). En la India han vuelto a descubrir la vida viajera de la Edad Media.

Hay una diferencia, por supuesto. Lisiados contra lisiados, Occidente devuelve misterio y negación a Oriente, mientras se firman tratos humillantes en Nueva Delhi y Washington a cambio de armas y alimentos; es como una broma cruel y vengativa que le gasta el Occidente rico y multifacético al Oriente pobre que solo posee misterio, pero la India no le encuentra la gracia a la broma. En la satinada revista Indian Hotelkeeper and Traveller de marzo empezaba una serie titulada «Videntes y sabios de la India»:

Los videntes y sabios de la India tienen algo que ofrecer al mundo exterior. Para algunos extranjeros de rincones remotos del mundo, prósperos en lo material pero enfermos en lo psicológico y a la deriva en lo espiritual, los santones y sadhus de la India son imanes de atracción irresistible. La India, impregnada de espiritualidad, tiene una faceta única y singular que presentar al mundo exterior que se granjea de inmediato atención y admiración.

El absurdo de la India puede ser absoluto. Parece como si dejara en ridículo el análisis, y el espectador pasa de la furia y la desesperación a la neutralidad.

Estábamos lejos de la zona de sequía y hambruna, pero allí tampoco llovía desde hacía tiempo, y en los árboles sin hojas del recinto del administrador el intenso sol de primavera había hecho brotar las buganvillas como gotas de sangre. A treinta kilómetros de allí, el granizo había destruido la cosecha de una aldea. Disfrutando el drama, la excusa para un viaje, los campesinos vinieron en masa a informar. Fuimos a echar un vistazo. En el camino hicimos paradas por sorpresa.

Primero nos detuvimos en una escuela primaria, un pequeño albergue de ladrillo de tres habitaciones al lado de un baniano. Lo dirigían dos brahmanes vestidos de blanco impoluto, ambos lavados y aceitados, ambos con su coleta de casta, ambos con las noventa rupias que cobraban al mes. En el suelo de ladrillo resquebrajado había veinticinco niños sentados con sus tablillas, plumas de caña y tarritos de arcilla líquida. Los brahmanes afirmaron que en la escuela había doscientos cincuenta niños. El administrador dijo:

—Pero aquí solo hay veinticinco.

—La asistencia es de ciento veinticinco.

—Pero aquí solo hay veinticinco.

—¿Y qué podemos hacer, sahib?

Al otro lado de la carretera, varios niños que no habían ido a la escuela se revolcaban en los campos polvorientos. Incluso con veinticinco niños las dos habitaciones estaban llenas. En la tercera, protegidas del sol y los robos, estaban las bicicletas de los profesores, tan aceitadas y cuidadas como sus dueños.

En la siguiente escuela, a pocos kilómetros por la misma carretera, el maestro se había quedado dormido a la sombra de un árbol, un hombre menudo tumbado en su minúscula mesa con los pies sobre el respaldo de la silla, de modo que parecía que lo estuvieran hipnotizando. Los alumnos estaban sentados en filas irregulares sobre tiras de estera que habían empapado y apretado contra la tierra y que tenían su mismo color. El maestro estaba tan profundamente dormido que, aunque nuestro todoterreno se paró a unos dos metros de su mesa, no se despertó inmediatamente. Cuando al fin abrió los ojos —los niños se pusieron a salmodiar la lección a la manera india en cuanto nos vieron—, dijo que no se encontraba bien. Tenía los ojos muy enrojecidos, por la enfermedad o el sueño, pero la rojez desapareció cuando el hombre se animó. Dijo que la escuela tenía trescientos sesenta alumnos; nosotros solo vimos sesenta.

—¿Cuál es el cometido de un maestro?

—Enseñar.

—Pero ¿por qué?

—Para crear mejores ciudadanos.

Sus alumnos iban andrajosos, sin más lavado que los mocos, con el pelo, rojo por el sol y la malnutrición, tieso y rubio de polvo.

«Dos o tres y basta.» El eslogan en hindi en las paredes del centro de planificación familiar parecía serio, pero el centro propiamente dicho estaba vacío, salvo por unos gráficos, más eslóganes, una silla, una mesa y un calendario, y pasó un rato hasta que salió un funcionario, un joven bien parecido vestido de blanco con bigote finamente recortado y reloj de pulsera de fabricación india. Dijo que dedicaba doce días al mes a la planificación familiar. Dirigía debates y «motivaba» a la gente para que se sometiera a la vasectomía. El administrador preguntó:

—¿A cuántas personas motivó el mes pasado?

—A tres.

—Su objetivo es cien.

—Aquí la gente se ríe de mí, sahib.

—¿Cuántos debates dirigió el mes pasado?

—Uno.

—¿Cuántas personas había?

—Cuatro.

—¿Qué estaba haciendo usted cuando llegamos?

—Comiendo y descansando un poco.

—¿Qué ha hecho esta mañana?

—Nada.

—Enséñeme su agenda.

De esta cayeron unos formularios de gastos de viaje. En la agenda no se había escrito nada desde hacía dos meses. El joven llevaba dos años en su puesto de trabajo; cobraba 180 rupias al mes.

—Intente motivarme a mí —dijo el administrador—. Vamos. Dígame por qué debería hacer planificación familiar.

—Para elevar su nivel de vida.

—¿Cómo puede elevar el nivel de vida la planificación familiar?

Era una pregunta improcedente, por su concreción y porque nunca se la habían hecho hasta entonces. No respondió. Solo conocía la abstracción del nivel de vida.

Control de natalidad ahí y, no muy lejos, el centro de inseminación artificial. Había un campesino sentado en la alcantarilla de cemento de un macizo de flores abandonado, con su vaca blanca sujeta con una cuerda. En una caseta al otro lado del jardín estaba el cebú negro. Anticoncepción, inseminación; fuera cual fuese el objetivo, en aquel distrito la naturaleza seguía su propio camino. Saltaba a la vista que lo que estaba a punto de ocurrir no iba ser artificial; los hombres del pueblo estaban congregándose para mirar. Y el centro estaba bien equipado. Tenía refrigerador; tenía la obscena parafernalia necesaria para la inseminación artificial, pero, según dijo el funcionario, al cebú ya no le gustaban los estímulos artificiales, lo que no era de extrañar. El animal estaba agotándose. Las autoridades le habían asignado unas raciones muy potentes, pero no las habían recogido. En el último año se habían practicado setenta inseminaciones naturales, pero no se conocía el porcentaje de éxito, a pesar de los libros mayores de los archivadores y los gráficos multicolores de las paredes. Al funcionario encargado del seguimiento no se le había ocurrido que tenía que hacer un seguimiento.

—¿Cuál es el objetivo de la inseminación artificial?

—Permite a un macho cubrir muchas hembras.

Eso lo explicaba todo. El objetivo más amplio, la mejora gradual del ganado en el distrito, le había pasado inadvertido. Cuando la mente no se ocupaba de las abstracciones, por pura confusión se ocupaba de lo literal y lo inmediato.

A la abstracción misma, entonces: al college del distrito, las humanidades y el catedrático de literatura. Era un hombre diminuto con camisa blanca y pantalones de un amarillo fulgurante sujetos con un cinturón que no llegaba a oprimir una tripita indicadora de una satisfacción completa. Pareció asustarse mucho; la visita era improcedente. Tenía la boca abierta sobre los dientes de arriba, saltones y cortos, pegados unos a otros, formando un arco de marfil perfecto. Dijo que enseñaba las cosas normales.

—Empezamos con Eshakespeare. Y después… —Le entró la timidez.

—¿Los románticos? —apuntó el director, como para brindarle apoyo.

—Sí, sí, los románticos. Eshelley.

—¿Y los modernos? —preguntó el administrador—. Ezra Pound y gente así.

El profesor soltó un gemido. Con los hombros contra la mesa del director, se dobló por la tripita, con la boca hundida y mirada de terror, pero siguió con lo de los escritores modernos.

—Sí, sí. He estado leyendo mucho de Esomerset Maugham.

—¿Qué finalidad cree usted que tiene la enseñanza de la literatura en un país como este, profesor?

—El autodidactismo. —Ya se lo habían preguntado antes—. Incluso si hay suciedad y porquería, la mente cultivada tiene esa purga, como dice Aristóteles. Y esta catarsis, como la llaman, favorece el autodidactismo. Porque es la mente cultivada la que puede sacar incluso de la suciedad y la porquería la educación que no puede sacar la mente más baja.

—¿Y lady Chatterley? —intervino el director. Misteriosamente, había comprendido.

El catedrático le lanzó una rápida mirada de gratitud y concluyó con alivio:

—Ese es el valor de la literatura.

Pobre catedrático, pobre India. Pero no tan pobre; eso era solo la opinión del observador. El catedrático y los demás funcionarios que habíamos conocido consideraban que les iba bien. En medio de la inseguridad, cobraban sus rupias. Las rupias eran escasas pero llegaban con regularidad; te hacían diferente. La India segura estaba organizada sobre esta delicada base de protección mutua; nadie aplicaría a otros las sanciones que temía que un día pudieran aplicarle a él. Lo único que importaba era la supervivencia, la regularidad de las rupias. Los estándares, de riqueza, nutrición, bienestar, eran bajos, e, inevitablemente, también los del éxito. No se necesitaba mucho para hacer feliz a una persona y liberarla del esfuerzo. El deber era algo irrelevante; lo último que había que preguntar en cualquier situación de seguridad era «por qué». Un colega del catedrático dijo que los profesores del distrito tenían dos problemas, «el estatus y los emolumentos». (Pero es que le gustaba la aliteración: definió a sus alumnos como «rústicos o rufianes».)

Así que las abstracciones y buenas intenciones de Nueva Delhi —la peligrosa ciudad administrativa, toda palabras y edificios, en la que los charlatanes triunfaban y malinterpretaban los intereses del mundo, donde los analistas que jamás habían reflexionado sobre el vacío en el que trabajaban reducían los problemas de la India a las maquinaciones del día a día de los políticos, y los periódicos, que nunca se habían planteado su función, informaban sobradamente de esas maquinaciones convencidos de que habían cumplido con su deber para con un país de quinientos millones de habitantes—, las abstracciones de Nueva Delhi, decía, seguían siendo abstracciones, progresiva e interminablemente endebles. La inseguridad se fundió con el fracaso intelectual indio y pasó a formar parte de la grisura india.

Y la grisura física misma respondía a la grisura mental; también eso sostenía la deficiencia india. La pobreza por sí sola no la explicaba. La pobreza no explicaba las alfombras raídas del hotel Ashoka de Nueva Delhi, de cinco estrellas, los sillones mugrientos del salón desatendido, la escoba abandonada allí por el sirviente de caqui que había estado limpiando las rejillas de ventilación. La pobreza no explicaba la mala calidad de los hoteles, caros y con demasiado personal, la suciedad de los vagones de tren de primera y el horror chabolista de sus comidas. La pobreza no explicaba la ausencia de árboles; incluso las laderas del Himalaya cerca del complejo turístico de Nainital habían quedado reducidas a un desierto pardo que reflejaba el calor. La pobreza no explicaba las apestosas cloacas al aire libre de la nueva zona residencial de Lake Gardens en Calcuta, de clase media. Eso estaba en el plano de la seguridad, de las rupias que llegaban con regularidad. No solo hablaba de una negación ascética de los sentidos o de la arena que el viento traía desde el desierto invasor. Hablaba del quebranto común de la sensibilidad, de unas gentes barbarizadas e indiferentes que se autolesionan y que, por una percepción superficial del mundo, no tienen sentido de la tragedia.

Eso es lo que horroriza de la India. El palacio se reduce al polvo del campo, pero el príncipe siempre ha sido campesino, y no se pierde nada. El palacio podría erigirse otra vez, pero, sin una revolución del intelecto, no habría renovación.

2

MAGIA Y DEPENDENCIA

Hace como un año, un santón indio anunció que había cumplido una antigua aspiración y que al fin era capaz de andar sobre el agua. Un semanario progresista de extensa tirada de Bombay reivindicaba la figura del santón. Se organizó un espectáculo. Las entradas no eran baratas; fueron a parar a los más poderosos. El día señalado había equipos cinematográficos. El tanque de agua fue examinado por varias personas del público, conocidas o escépticas. No encontraron mecanismos ocultos. A la hora prevista el santón pisó el agua y se hundió.

Fue algo más que un bochorno. Fue una pérdida. La magia es una necesidad en la India. Simplifica el mundo y lo hace seguro. Complementa la percepción superficial del mundo, el fracaso intelectual indio, que no es tanto un fracaso del intelecto individual cuanto la deficiencia de una civilización cerrada, dominada por el ritual y el mito.

El Congreso Nacional Indio había sido derrotado en las elecciones en el estado de Madrás. Las banderas rojas y negras del partido dravídico ondeaban por todas partes, y al principio parecía una colonia celebrando la independencia, pero era una victoria que solo podía comprenderse plenamente desde el punto de vista hindú. Era la venganza del Sur sobre el Norte, de lo dravídico sobre lo ario, de los no brahmanes sobre los brahmanes. Les habían ajustado las cuentas incluso a las epopeyas hindúes, textos sagrados de victoria aria; ya no hacía falta reescribirlas desde el lado dravídico, como habían amenazado.

Los estudiantes de un college celebraron una asamblea para «congratular» —la palabra angloíndia— a un ministro de reciente nombramiento. «La tarde es fresca y un suave viento nos acaricia», dijo un estudiante en el discurso inaugural. Lo interrumpieron; la tarde era calurosa, pero ya nos habíamos apartado de la realidad: el estudiante invitaba al ministro de reciente nombramiento a anegar al público «en la miel de su oratoria». El ministro respondió con una serie de consejos. El hombre astuto jamás sonríe; al mismo tiempo, no está bien reírse todo el tiempo. Algunas personas jamás pueden olvidar que han perdido una moneda; otras pueden perder seis buques mercantes en el mar y quedarse tan tranquilas. La realidad había quedado destruida, y nos habíamos adentrado en las profundidades del viejo mundo de la fantasía: la sabiduría popular, la miel, sustitutos satisfactorios de la observación, la experiencia analizada y la investigación, incluso entre los estudiantes con actividad política.

El periódico de tirada nacional que cubrió la información de la recepción también ofrecía detalles sobre un discurso religioso:

LA MEDITACIÓN SOBRE DIOS, ÚNICO CAMINO DE LA REDENCIÓN

Madrás, 9 de marzo

Incluso una persona excepcionalmente intelectual y sagaz pu

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