Prólogo
Este libro salda una deuda personal con todas aquellas personas con las que he compartido buenos y malos momentos durante mis coberturas de conflictos armados, cuando he trabajado como enviada especial. Unas me sacaron de apuros, otras me ayudaron a alcanzar mis objetivos, y algunas, aunque me lo pusieron difícil, reforzaron mi empeño de mostrar, a toda costa, la cara oculta de la guerra, aquella que es más dura de contar, pero que es su historia principal. Las víctimas siempre estarán ahí, aunque cambien los escenarios.
También pretendo poner de relieve la importancia de informar adecuadamente sobre los conflictos armados, así como de la necesidad de enviar a más periodistas a las zonas de peligro y de permitirles permanecer el tiempo que sea preciso en unas condiciones dignas, tanto profesionales como de seguridad.
En otras épocas, el corresponsal de guerra estaba especializado en cubrir únicamente conflictos armados y saltaba de uno a otro, conforme transcurrían los acontecimientos y dependiendo del interés informativo que despertase. Ahora, hablamos más de enviados especiales todoterreno, capaces de cubrir noticias vinculadas a catástrofes naturales, migraciones, elecciones y, cómo no, si el cuerpo te aguanta, conflictos armados. No todo periodista está preparado para ir a una guerra, pero tampoco hay reporteros especializados solo en cubrirlas.
Muchas compañeras se han quedado en el camino intentando ejercer esta profesión. Informar de una guerra es una de las experiencias más duras por las que puede pasar una periodista: significa ser testigo de una violencia y una deshumanización muy difíciles de sobrellevar. De ahí mi voluntad de recoger opiniones sobre el trabajo de los periodistas, técnicos, cámaras y fotógrafos, tanto hombres como mujeres, que conviven a diario con esta realidad.
Quiero recordar a todas las víctimas inocentes de la guerra más allá de su sexo, a mujeres, niños, ancianos, enfermos y heridos, que suponen el 90 por ciento de las bajas civiles que se producen en zonas de conflicto, así como a los refugiados de todo el planeta que se ven obligados a huir para ponerse a salvo.
Todas las periodistas que protagonizan este libro han sido y son fieles testigos, además de hábiles narradoras, de las desgarradoras historias que atraviesan una guerra. Esta obra les rinde tributo, pues no considero justo que sean ignoradas, cuando no discriminadas e infravaloradas, por más tiempo. Su trabajo es igualmente importante y tanto o más arriesgado que el de sus compañeros varones.
Con interés e ilusión, las reporteras me concedieron entrevistas, respondieron a mis cuestionarios y proporcionaron documentación de prensa escrita, radio y televisión, y consulté archivos y hemerotecas para analizar sus trabajos.
Esta obra es el inicio de un proyecto que se verá completado con los testimonios de periodistas de reconocido prestigio de otras partes del mundo, que entrevisté cuando vivía en Washington D.C. Ellas también merecen ser incluidas.
Así pues, esta obra recoge los testimonios de primera mano de periodistas españolas que informan sobre zonas de guerra desde la década de 1980 hasta la actualidad. Sus palabras tienen un valor incalculable, pues han conseguido, con profesionalidad y esfuerzo, formar parte de la élite del periodismo español contemporáneo. Las entrevistas que conforman este libro han supuesto clases magistrales de reporterismo. En ellas queda patente la pasión por el periodismo de todas, una profesión hoy desprestigiada que debe soportar el intrusismo profesional, el mal uso de las redes sociales, la mediocridad y la propaganda.
Sus opiniones versan sobre cómo informar desde zonas en conflicto, el criterio profesional y ético que aplican a su trabajo, las ventajas y desventajas derivadas de su condición de mujeres, los problemas que les surgen estando en medio de una guerra o los objetivos que se marcan en circunstancias tan extremas y que constituyen una valiosa lección de vida. Todas han tenido que superar la discriminación y demostrar una y otra vez su profesionalidad como reporteras de guerra. Relatan cómo han logrado esquivar la censura y los intentos de manipulación inherentes a las zonas en conflicto, las dificultades técnicas y de movilidad que han debido afrontar para transmitir la información, la satisfacción con su trabajo, la competitividad y el compañerismo entre colegas, la relación con la redacción central, las fuentes que manejan o el mensaje que buscan trasladar en sus crónicas. Porque, además del riesgo a ser asesinadas, violadas o secuestradas (igual que sus compañeros varones), han de lidiar, aún hoy, con el paternalismo de muchos editores que recelan cuando ellas quieren informar desde zonas de peligro. Sus experiencias son valiosas para las nuevas generaciones de periodistas que se preparan en las universidades.
Durante décadas, desde que lograron hacerse un hueco en las redacciones, el trabajo de las mujeres periodistas ha sido examinado con lupa, y aún hoy tienen que seguir haciéndose valer.
A ellas va dedicado el presente libro.
Introducción
Nunca deben quedar en el olvido las precursoras de las reporteras de hoy: recorrieron el mundo y recogieron sus experiencias en diarios, epistolarios, artículos o libros; eran intrépidas y valientes, y viajaban solas, superando las restricciones que se les imponían por su condición de mujeres. Tuvieron que valerse de todo tipo de artimañas, como seudónimos y disfraces de hombre, para lograr alcanzar su meta; arriesgaron su vida para lograr ver el mundo y contar sus viajes y experiencias.
Podemos encontrar su antecedente más remoto en la española Egeria que, en el siglo IV, abandonó su hogar siguiendo los pasos de Helena, madre del emperador Constantino I, y peregrinó a Tierra Santa, Jerusalén y el Sinaí, y luego viajó a Constantinopla, Egipto y Mesopotamia, y cuya experiencia nos ha llegado a través de las cartas que escribió a sus hermanas, compendiadas en el libro Itinerario de la virgen Egeria.[1]
Muchos siglos después de que Egeria decidiera rendirse a su deseo de verlo todo, las mujeres continuaban obligadas a abrirse su propio camino. Ya fueran monjas, damas viajeras (por su propia voluntad o siguiendo a sus maridos como esposas que eran), peregrinas o herederas, se convirtieron en precursoras, en mujeres que lograron presenciar la historia y contarla en lugar de contentarse con vivirla a través de los relatos de otros. Sus historias llegaban en forma de epistolarios, artículos o libros. Algunas incluso lograron cobrar por ello. Y aunque en un primer momento no consiguieron seducir ni a editores ni a lectores, con el tiempo su forma de ver y entender el mundo que las rodeaba les permitió hacerse un hueco en la prensa y en el universo literario.
Fue durante los siglos XVIII, XIX y XX cuando la mujer adquirió relevancia y protagonismo en una serie de actividades hasta entonces llevadas a cabo exclusivamente por hombres. El viaje proporcionaba, a las pocas mujeres que lograban emprenderlo, la oportunidad de romper moldes, obtener conocimientos y ampliar su formación y escribir y publicar sus impresiones. Pese a todo, hubo que esperar hasta el siglo XIX para encontrar a una mujer que ejerciera el periodismo de manera profesional, fuera admitida en la Academia por el valor de sus investigaciones o se le reconociera su papel como asesora experta en cuestiones de diplomacia internacional.
No sería hasta muchos siglos después de la crónica de Egeria cuando aparecerían en España las primeras periodistas: en los siglos XVI y XVII, Francisca de Aculodi y Beatriz Cienfuegos. El siglo XIX fue el escenario de las primeras luchas por los derechos de la mujer, cuyas abanderadas fueron Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal y Concepción Gimeno de Flaquer. En las postrimerías de dicho siglo y principios del siguiente aparecieron las primeras mujeres periodistas profesionales y las reporteras de guerra pioneras: Carmen de Burgos, Colombine; María Teresa de Escoriaza; Consuelo González Ramos, Doñeva de Campos o Celsia Regis; Josefina Carabias, o Sofía Casanovas, la primera corresponsal destacada permanentemente en el extranjero. Durante el primer tercio del siglo XX las hermanas Nelken y Cecilia G. de Guillarte, junto con muchas otras, vivieron la Guerra Civil e informaron sobre ella.
Para mantener la certeza de que seguir al pie del cañón es hoy tan necesario como entonces, hay que conocer a las mujeres que nos precedieron, las batallas que libraron y las dificultades que debieron afrontar para lograr incorporarse de pleno derecho a la profesión del periodismo.
Francisca de Aculodi, pionera mujer periodista y una de las primeras editoras, es un buen ejemplo de constancia y tesón.[2] Entre 1685 y 1689 editó Noticias Principales y Verdaderas, una revista quincenal que reproducía las crónicas de un periódico que Pedro de Cleyn editaba en Bruselas y al que añadía noticias de acontecimientos que tenían lugar en San Sebastián, donde vivía. Las nuevas sobre los tercios de Flandes, entonces pertenecientes a España, suscitaban gran interés en nuestro país. Poco antes de su muerte, el marido de Francisca autorizó que esta heredara el título de «Impresora de la muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa», con un salario asignado de treinta ducados y cincuenta pesetas mientras ostentase el cargo.
Beatriz Cienfuegos (1701-1786), cuya verdadera identidad suscita dudas entre críticos y estudiosos,[3] escribía semanalmente en el diario La Pensadora Gaditana sobre usos y costumbres de la época y sobre los intereses de la corte. Estos temas eran recurrentes en la prensa de la época destinada al público femenino, como El Correo de las Damas, publicado en Madrid entre junio de 1833 y enero de 1836.
Los conflictos armados en los que se vio envuelto nuestro país durante la segunda parte del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, como las tres guerras carlistas (1833-1876), la guerra de Cuba (1868-1878), la pérdida de Filipinas (1896-1898) y las guerras del Rif (1909-1925) marcaron un antes y un después en el periodismo español. Los periodistas informaron por primera vez al público lector sobre la que hasta entonces había sido la cara oculta de la guerra: las bajas militares y civiles, la dureza de las batallas, las condiciones de vida de los prisioneros españoles, el miedo y la soledad de todas las partes involucradas en el conflicto.
Concepción Arenal relató la tercera guerra carlista (1872-1876), y unas décadas más tarde, Teresa de Escoriaza y Carmen de Burgos fueron destinadas como corresponsales a la guerra hispano-marroquí. Visto con la perspectiva de los años, no les debió resultar nada fácil ser elegidas para ser enviadas en igualdad de condiciones que las de sus compañeros varones, pero su trabajo fue reconocido entonces y ahora.
La Constitución de 1876, que en su Artículo 20 garantizaba la libertad de prensa, supuso un enorme avance para el periodismo, que pudo por fin tratar temas como la libertad religiosa, la emancipación femenina o el divorcio, hasta entonces considerados tabú. Mujeres como Emilia Pardo Bazán (1851-1921), Concepción Arenal (1820-1893) o Concepción Gimeno de Flaquer (1850-1919) no desaprovecharon esta oportunidad para convertirse en las pioneras del reporterismo de guerra y firmar sus crónicas sin tener que recurrir a seudónimos.
Concepción Gimeno de Flaquer ya era una figura conocida en el mundo literario español cuando, en 1883, tras su traslado a México, fundó la revista El Álbum de la Mujer. Ilustración Hispano-Americana, publicación que retomaría a su vuelta a España en 1890 con el título de El Álbum Ibero-Americano.[4] También vivió durante unos años en Francia y Portugal, donde trabajó como editora para la revista La Ilustración de la Mujer. Además escribía regularmente sobre política y sociedad para La Revista de Aragón. Muchas de sus obras se centraban en los derechos de la mujer, de los cuales fue siempre firme defensora.
Emilia Pardo Bazán fue toda una rompedora de moldes y una de las máximas exponentes de la vida intelectual de la segunda parte del siglo XIX y una de las mejores novelistas de su generación. En 1880 se hizo cargo de la dirección de la Revista de Galicia y fundó la cabecera de divulgación cultural El Nuevo Teatro Crítico,[5] que editó entre 1891 y 1893 y que escribía ella en su totalidad. Fue autora de un gran número de cuentos, artículos y relatos de viajes que publicaba por entregas en revistas y periódicos para después recopilarlos en colecciones como Cuentos de Marineda. El diario El Imparcial publicó sus crónicas sobre la Exposición Universal de París, que más tarde compendió en el libro Cuarenta días en la Exposición. En 1916, Carlos Saavedra Llamas, entonces ministro de Instrucción Pública, la nombró catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central.
Concepción Arenal fue una de las pioneras del feminismo en España. En 1921, firmemente decidida a alcanzar su sueño de ser abogada, acudió a la universidad disfrazada de hombre para burlar la prohibición de ingreso a las mujeres. Fue descubierta, pero se las arregló para terminar sus estudios. En 1870, aprovechando la experiencia que se había granjeado tras trabajar en diarios como La Iberia, Las Novedades y La Soberanía Nacional, colaboró en la fundación del periódico La Voz de la Caridad, con lo que logró culminar otro de sus sueños.
En 1880 escribió Cuadros de guerra,[6] una magnífica obra en la que reproduce los estremecedores testimonios de unos soldados que se saben cerca de la muerte durante la tercera guerra carlista. Durante semanas Concepción Arenal convivió con ellos, entrevistándolos y observando sus condiciones de vida y las penurias que padecían. La autora descubrió allí la dureza de la guerra y, sin dudarlo, decidió incorporarla a sus temas habituales de escritura, que hasta entonces habían sido, entre otros, el sufragio universal, el divorcio, los derechos de la mujer o la abolición de la pena capital. También recogió los testimonios de las madres, las viudas, las novias que habían perdido a sus hombres porque ellas son asimismo víctimas de las guerras.
Pero Concepción Arenal no fue la única periodista que, en las postrimerías del siglo XIX y principios del XX, vio de cerca la guerra y se estremeció con los lamentos de los moribundos y las desdichas de los soldados. Carmen de Burgos, Colombine (1867-1932), María Teresa de Escoriaza (1891-1968), Josefina Carabias (1908-1980), Sofía Casanova (1861-1958) o Consuelo González Ramos, Doñeva de Campos o Celsia Regis (1877-?), entre otras, siguieron rompiendo con los estereotipos femeninos de esa época. Sus crónicas no eran concebidas tan solo para ser publicadas en revistas femeninas o en las secciones que la prensa generalista reservaba a la mujer, y, con valentía y tesón, lograron que se las considerara periodistas de primer orden y ganarse la vida con los artículos y reportajes escritos desde sus corresponsalías.
El suyo fue un mérito espectacular considerando el discurso oficial en la España de la época, en la cual la figura de la mujer quedaba restringida a insuflar aliento a la soldadesca y a señalar lo importante que era dar la vida por el país. Este discurso «patriótico» generalizado chocaba frontalmente con el sentir de gran parte de la opinión pública femenina, que denunciaba que se relegara a las mujeres al papel de madres y esposas.[7]
Y aunque hoy nos pueda parecer risible la conocida anécdota de Colombine, quien contaba que cada vez que llegaba a la redacción de un periódico con su reportaje en mano le preguntaban: «¿De parte de quién trae usted el artículo?»,[8] estas mujeres se enfrentaron al paternalismo y a las prohibiciones vigentes en su época sin permitir que este tipo de desplantes las desviasen del rumbo que habían decidido tomar.
La ocurrencia del apodo «Colombine» se le atribuye a Augusto Figueroa, periodista y compañero de la autora en El Diario Universal, y, tras adoptarlo, abandonó sus otros seudónimos (Perico el de los Palotes, Gabriel Luna, Marianela u Honorine, entre otros). Carmen de Burgos era femenina y feminista. Escribía sobre moda y temas de sociedad, pero también sobre derechos como el sufragio femenino. Su columna «Notas femeninas» en el periódico El Globo y su sección fija «Lecturas para la mujer» en El Diario Universal se convirtieron en consulta obligada para aquellas españolas que gozaban de acceso a la prensa. Adelantada a su tiempo, criticada por los conservadores y admirada por el resto, envidiada e incomprendida, Colombine fue también una figura activa en las tertulias intelectuales de su época. Impulsó la creación de la Revista Crítica, que entre 1908 y 1909 publicó seis números y que contaba entre sus colaboradores con las grandes firmas del momento. También trabajó en La Correspondencia de España, y fue la primera mujer redactora que hubo entre las filas del diario ABC.
Más adelante, Carmen de Burgos fue destinada a cubrir el conflicto hispano-marroquí, y ella y María Teresa de Escoriaza, las primeras corresponsales de guerra, se toparon con la deshumanización que provocan los conflictos bélicos. Durante el tiempo en que tuvo lugar esta contienda, la opinión pública generalizada en nuestro país era de apoyo absoluto a la ocupación militar, y aunque existía una minoría que cuestionaba esta postura, la mayoría se decantaba por resignarse al destino que les esperaba en el frente del Magreb. Carmen de Burgos y María Teresa de Escoriaza llegaron al actual Marruecos en 1909 para informar de la contienda sobre el terreno, y ambas, aunque con estilos muy distintos, supieron dar fe de las atrocidades de una guerra que, con el paso de los años, fue intensificándose. En 1921, la derrota definitiva de las tropas nacionales tras el desastre de Annual exigió un enorme despliegue de corresponsales fundamentalmente españoles. El periódico La Libertad decidió enviar a Melilla a Eduardo Ortega y Gasset, hermano mayor del filósofo, y a Ezequiel Endériz. Más tarde, para reforzar esta corresponsalía, destinaron a Antonio de Lezama y a María Teresa de Escoriaza. Por su parte, Carmen de Burgos también se instaló en Melilla, enviada por El Heraldo de Madrid. En las crónicas de Colombine encontramos un estilo maternal hacia los soldados heridos, a los que conocía de sus visitas a los hospitales, devastados por la brutalidad de la guerra. Las crónicas de María Teresa de Escoriaza, por el contrario, hacen gala de un estilo periodístico más actual, en el que se mezclan los testimonios directos y la reflexión personal para acercar así al lector el dolor y la barbarie de la guerra desde una perspectiva novedosa.[9]
Al principio de su carrera, en el primer número de La Libertad, publicado el 13 de diciembre de 1919, María Teresa de Escoriaza, como les sucedía a muchas de sus colegas, se vio obligada a firmar con el seudónimo de Félix de Haro para evitar las burlas y críticas que se solían verter contra las mujeres escritoras. Pero como ocurriese con Carmen de Burgos, María Teresa de Escoriaza alcanzó un gran reconocimiento gracias a su trabajo de corresponsal en Melilla, y a su vuelta a la Península fue agasajada por parte de sus compañeros de profesión hasta el punto de que, en un banquete que se ofreció en su honor, uno de sus compañeros, Luis de Tapia, recitó un poema que había escrito para ella, Canto a Teresa.[10] Consiguió, gracias a su trabajo, su talento para el periodismo y el esfuerzo que llevó a cabo durante la guerra de Marruecos, que sus colegas de profesión la trataran como a una igual, algo casi impensable en la encorsetada sociedad de principios del siglo XX.
En 1921, destacada como corresponsal del periódico La Libertad en Nueva York, empezó a firmar con su nombre. En esa época y en el mismo diario un personaje como Cipriano Rivas Cheriff suscribía la columna «Desde París», y Salvador de Madariaga, «Desde Londres». Desde ese año María Teresa de Escoriaza también se hizo cargo de la sección «Femeninas» del rotativo, aunque no era precisamente donde ella quería figurar.
En 1922, mientras seguía trabajando como redactora para La Libertad, la autora comenzó a colaborar en el vespertino Informaciones. Su firma aparecía junto a las de Antonio Zozaya, Pedro de Répide o Santiago Vinardell, entre otros, pero, como mujer, no estaba sola: María de Munárriz se ocupaba de la sección de modas y Magda Donato (seudónimo de Eva Nelken) publicaba crónicas de denuncia social.
Un poco más tarde, María Teresa de Escoriaza supo aprovechar el nacimiento de la radio y vio en ella la oportunidad de difundir el mensaje feminista a un público mucho más amplio. En 1924, en el marco de un ciclo de conferencias para mujeres y a través de las ondas de Radio Ibérica, vinculada a La Libertad, dio el primer discurso feminista en la historia de la radio española.[11]
Aunque injustamente olvidada, otra de las grandes firmas presentes en la guerra hispano-marroquí fue la de Consuelo González Ramos, Doñeva de Campos o Celsia Regis, (1877-?). Fue la primera mujer que colaboró con el diario melillense El Telegrama del Rif, en el que, entre 1911 y 1912, mantuvo una sección fija, «Retrato del Hospital del Docker». (Antes había aparecido una primera colaboración firmada con el nombre de Consuelo González de H. Arrebolado.) En su columna se refería a los padecimientos de los heridos a los que atendía como enfermera, describía las personalidades de los médicos y ayudantes del hospital y relataba el trabajo que desempeñaban. Mostraba, en fin, el ambiente que reinaba en la contienda del Rif, y reproducía anécdotas sobre los heridos y enfermos, así como de las mujeres que, como ella misma, los atendían con más buena voluntad que formación. «Al Docker me llevó el cumplimiento de un voto: yo también tenía en el avanzamiento a una persona querida y para que Dios la librase del furor de las balas enemigas, ofrecí coadyuvar a la humanitaria obra de auxiliar a los heridos [...]. Empecé a prestar servicio al día siguiente de la gloriosa jornada del 27 de diciembre y fui destinada a la tercera clínica. Entré muy resuelta a uno de los pabellones; pero no bien hube franqueado la entrada, quedé confusa ante el cuadro de dolor que se extendió a mi vista.»[12]
Consuelo González Ramos, Doñeva de Campos, a diferencia del resto de mujeres periodistas que cubrieron la guerra, no viajó a Marruecos como corresponsal, sino como enfermera durante la campaña del Kert en 1912. Allí supo aprovechar una oportunidad única para escribir crónicas no menos cautivadoras que las de sus compañeras.[13] De su experiencia frenética en la guerra de África nació el libro La mujer española en la campaña del Kert.
Unos pocos años después, en 1917, fundó un diario conservador dirigido a las mujeres La Voz de la Mujer, que dirigió hasta 1931. En 1918 decidió dar un paso más con la creación de la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, iniciativa que la catapultó al cargo de concejala del Ayuntamiento de Madrid.
La Primera Guerra Mundial despertó el interés de los medios españoles y, a pesar de las barreras que la actividad informativa debía sortear (propaganda, censura y dificultad para acceder a fuentes fidedignas), algunos, como ABC o El Imparcial, instalaron corresponsalías fijas en ciudades como Berlín o París. (La presencia de este tipo de corresponsalías en los lugares de mayor interés informativo se afianzaría más adelante, durante la Segunda Guerra Mundial.)
Sofía Guadalupe Pérez Casanova (1862-1958), gran corresponsal y prolífica escritora, fue otra pionera. Escribió para ABC como corresponsal fija: primero en Varsovia y más tarde desde San Petersburgo y Moscú. Sofía Casanova hablaba cinco idiomas y era asidua a las tertulias literarias, en las que se codeaba con Emilia Pardo Bazán, Blanca de los Ríos o Ramón de Campoamor. En 1887, tras casarse con el diplomático, noble terrateniente y filósofo polaco Wicenty Lutoslawski, se mudó a Varsovia y más adelante a San Petersburgo y a Moscú.
En 1915 empezó a trabajar para ABC en la capital polaca. Fue la única representante de la prensa española que consiguió ser testigo directo e informar sobre la Revolución rusa de 1917, el frente polaco de la Primera Guerra Mundial y la ocupación nazi de Varsovia en los albores de la Segunda Guerra Mundial, que denunció hasta el agotamiento no solo en ABC, sino también en los demás medios con los que colaboraba: El Liberal, La Época, El Imparcial, The New York Times y Gazeta Polska, en sus ediciones para España, Francia, Polonia y Suecia. Más adelante, en 1939, también informó sobre la invasión soviética de Polonia. De hecho, en España apenas se disponía de información sobre la Revolución rusa no solo porque Sofí
