Baja en ascensor, ay no, que no tiene,
camina deprisa, camina deprisa,
en el rellano de abajo, se encuentra a Roser,
tú te sonrojas, ciudadano de a pie.
QUICO PI DE LA SERRA, «Ciudadano de a pie»
«... los hombres ya nacen con la máscara puesta y las arrugas grabadas cada una en su sitio, en la frente, en la comisura de los ojos, en la comisura de los labios, en las mejillas, son ya muchos años haciendo siempre lo mismo, escupiendo al que pierde y sonriendo al que gana...»
CAMILO JOSÉ CELA, Cristo versus Arizona
—Camarada, el realismo socialista te necesita. ¿No has oído el discurso del comisario?
—Ah, sí, el sermón, la ideología... Es que... es que he llegado tarde... Ya no me acuerdo de lo que he oído al principio, porque casi me he dormido y el final no lo he entendido, ya ves, maldito vodka... ¿Qué dices que hay que hacer ahora?
DIMITRI PETROVKIN, La nariz de Borís Gudouski
Conozco el camino
«Siempre me pasa lo mismo, es así como yo hago un psicotécnico, me pongo muy nerviosa y aquí no puedo fumar», me dice mientras se muerde una cutícula del dedo meñique. No deja de morderse las uñas ni un instante, cuando saca el dedo de la boca le sale un hilillo de sangre y entonces vuelve a chupárselo. Al otro lado del cristal, un montón de chicas atienden llamadas, cada una en su celda —la psicóloga las ha llamado puestos—, aisladas en medio del entramado que forman las mamparas. Están haciendo encuestas para saber qué se ha comprado estas navidades.
La psicóloga que nos entrevista —traje chaqueta y pelo recogido, maquillada ni mucho ni poco— utiliza un tono condescendiente, como si buscase implicarnos y demostrarnos la importancia que dice que tiene este trabajo. La corrección del traje chaqueta y el maquillaje adecuado encajarían en el papel de una secretaria de alto standing, aquí se ven forzados. Mueve mucho las manos, pero sus maneras son empalagosas y poco creíbles, se nota que actúa, que sigue las normas de algún guión, un guión que parece gastado, rutinario, que ya ha sido interpretado muchas veces; que es un trabajo de mierda lo sabemos todos, pero debe parecer que no nos damos cuenta.
—Es fundamental que entendáis que para nosotros los psicotécnicos son muy importantes. Atenderéis a cien personas cada día y no quiero que os volváis locas. —Las tres chicas me miran y se ríen, les ha hecho gracia el femenino, sólo hay dos hombres en la planta y uno es el informático de guardia—. Imaginad que os insultan. Sí, imaginad que os gritan por teléfono. A veces la gente está enfadada; imaginad que tenéis que atender la llamada de un señor que afirma que lo han estafado y dice que ya ha llamado diez, quince, veinte veces, y que no ha obtenido respuesta satisfactoria alguna. No digo que no lo hayan estafado ni que no lo hayan atendido, él lo cree y eso es suficiente. ¿Qué tenéis que hacer?
—¿Callar? —apunta con prudencia la chica que se muerde las cutículas.
—Callar, sí, muy bien. Podéis marcar la respuesta, callar. Nunca lo hubieseis dicho, ¿verdad? —La chica de las cutículas me sonríe y arquea las cejas para decirme que ella ya lo sabía—. Silencio. Callar, eso tenéis que hacer. Cree que están en deuda con él, se queja y quiere devolver el golpe. El golpe que él cree que dará a la empresa no llegará a ninguna parte, no podrá hacer nada si calláis, se dará cuenta de que ha perdido los estribos y aún estará más jodido. Ya está. Habéis ganado y él no sabrá qué hacer. Y si vuelve a gritar, volvéis a callar. Los gritos son puñetazos en el aire, a ciegas, nada más. Ya sabéis una respuesta, en la doce marcad la c.
Estamos cuatro en la mesa, hojeamos el test, leemos y rellenamos casillas entre el murmullo confuso de las voces de las operadoras y el ruido de los teclados. De vez en cuando se levanta alguien para ir al baño. Cuando he ido a lavarme las manos, el aire era irrespirable, apestaba a tabaco y humedad. No se puede fumar, el ambiente se reseca y la voz se resiente. Durante la entrevista previa nos han advertido de que sólo las mejores pueden trabajar ocho horas a pleno rendimiento, que la voz ha de parecer siempre descansada y alegre, por eso prefieren chicas jóvenes y que no fumen. Además, las fumadoras, cuando no lo pueden hacer, se ponen nerviosas, nos ha dicho la psicóloga.
La chica que se muerde las cutículas pasa de un dedo al otro y la mesa tiembla porque no deja de mover las piernas, toca con la rodilla una de las patas y ya me ha hecho hacer más de un garabato. Las otras chicas le han dicho que pare, pero los nervios pueden con ella. Nos ha contado que había trabajado en un call center de L’Hospitalet. En todos pagan lo mismo, una vez intentó trabajar a comisión para ver si así ganaba un poco más, pero no lo consiguió, ni ella ni ninguna de las otras chicas que aceptaron ir a tanto por contrato. «Este trabajo es una mierda, ya lo veréis. Pero claro, salgo de una cadena de panaderías y todavía es peor, así que vuelvo al redil, estoy harta de la peste a pan y grasa, del calor y el verano...», nos ha dicho antes de entrar. El test está lleno de preguntas que intentan medir la capacidad de dialogar con la estupidez, que quizá sea otra manera de relacionarse en este trabajo, «¿Es honesto o es rápido?». Veo caras raras mientras la chica, que ahora chupa el tapón del bolígrafo, pasa a la última página. Hasta aquí llegan las cantinelas de las operadoras: presentaciones, nombres y números que se solapan unos con otros.
Acabamos. Nos dicen que salgamos a la terraza, que en la sala de al lado están en obras y no tienen otro lugar habilitado.
Fuera, se oyen los autobuses que entran y salen de la Estación del Norte y los numerosos camiones de la empresa de mensajería de enfrente. En la terraza de abajo hay una cerca con un perro en el interior, un mastín del Pirineo, enorme, pero delgaducho y triste, parece que nadie se ocupe de él, tiene el pelo amarillento en vez de blanco, al menos le cubre las costillas pero su cara es un hueso. La chica le tira un trozo del bocadillo que lleva en el bolso y el perro ladra sin ánimos ni fuerzas, baja la cabeza como si tuviese miedo de mirarnos, los ojos llenos de legañas que le forman costras hasta las mejillas. No se ven excrementos, se los debe de comer.
La chica que se muerde las uñas se llama Rosaura y es de Tiana. Saca un cigarrillo y me ofrece otro, dice que me apresure, que la psicóloga puede volver en cualquier momento y no quiere que nos vea.
—Ya sabes lo que ha dicho sobre la voz —le digo—, «la voz alegre y descansada que debe escuchar el cliente para tener empatía y motivación...», o algo así.
—No te lo creas, no hay nadie que aguante ni dos horas con la misma voz. Se vuelve ronca y se te seca la garganta, quieren sopranos con la paciencia de un santo a cambio de un sueldo de mierda.
—No es nada nuevo. Callar.
—Eso de paciencia y callar... tú mismo. Una vez me echaron por no pasar un control, resultó que el que me insultaba no era un cliente sino uno de los de control de calidad. Me volvió a preguntar cómo me llamaba y mi número. Me dijo que dejaba constancia de que había hablado conmigo a tal hora y tantos minutos. Una hora después vino la encargada y me informó de que el hombre que me había llamado era de la empresa, de control de calidad, y que me despedían. Me dio igual, la verdad, había oído tantas cosas, y por el sueldo que nos pagaban, que les den. —Uno de los pedazos del bocadillo cae a la calle, naves sin nombre y almacenes, carretillas cargadas que pasan debajo de nosotros y camiones de mensajería que hacen cola delante de los muelles de carga. Furgonetas, muchas furgonetas que no necesitan tacógrafo. Dos chicos se pelean por la mercancía, que si uno ha llegado antes, que si ha tenido que subir a las oficinas, que si... Le dice de todo, pero no sacará nada en claro porque el otro ya tiene medio palé dentro de la furgoneta. Uno se sale de sus casillas y no para de maldecir, lo insulta, pero el otro ni se inmuta. Parece que haya oído a la psicóloga.
—¿Y eso de los chiflados que llaman?
—Ah, sí...
—¿De verdad? ¿Hay gente que llama sin ser cliente, sólo para hablar?
—Sí, llaman, pero no debe preocuparte, hay algunas fórmulas para quitártelos de encima.
—Pero ¿llaman a menudo?
—Hombre, los de la empresa siempre exageran, pero puedes toparte con uno o dos al día. Bueno, si haces el turno de fin de semana, un poco más, y el sábado por la noche, si te toca información... Hay hombres que llaman sólo para burlarse de ti, para decirte que te conocen, que estás muy buena y que se están haciendo una paja, o gente que te llama llorando, diciéndo que se va a suicidar, o que ha encontrado un cadáver en el lavabo de su casa o que está a punto de violar a una chica, y mientras oyes cómo alguien se ríe a su lado. No es mentira, a mí me llamó un chico que me dijo que se iba a tirar al metro, que se lo iba diciendo a todo el mundo para que así, por lo menos, hubiese gente que lo supiera. Me contó que había dejado mensajes en varios chats, cartas al director y cosas de ésas. Y después me dijo adiós. Nunca sabrás qué ha pasado, recuerda qué te ha dicho la psicóloga; tienes que darles la espalda, hacerles el vacío.
Está harta del calor del horno, de la panadería en la calle Diputació. En invierno, las puertas abiertas ayudaban a refrescar la tienda pero, en cuanto la primavera llegaba a su fin, el calor se volvía insoportable. Antes de la panadería, sólo ha trabajado de teleoperadora y en un casting para un programa de la tele que quedó en nada. Me cuenta que en el call center de L’Hospitalet le hicieron una proposición curiosa, deshonesta, se lo tuvo que consultar a su madre. La encargada le contó que había atendido un par de llamadas que no eran de clientes, sino de sus jefes. Les había gustado mucho su voz y querían que trabajase para ellos, podría hacerlo desde casa y triplicar el sueldo. Cuando me lo dice, me doy cuenta de que realmente tiene una voz suave, aterciopelada y timbrada, clara. No se le nota el tabaco, aún es joven.
—Querían saber si me podía encargar de un 906, un teléfono erótico, claro. Bueno, erótico no, sexo duro... Mi voz les gustaba mucho y, la verdad, me hicieron algunas pruebas y he de reconocer que quedaron bastante bien. A tanto por llamada, hasta me ofrecieron ponerme en las cabinas cerradas para poder hacer encuestas mientras no tuviese clientes. Imagínatelo, con mi padre en casa y yo al teléfono...
—¿Aceptaste?
—Sí, pero en el locutorio. Y duró poco. Me dijeron que no tenía imaginación y que era poco atrevida, que siempre debes ir un paso por delante de lo que el cliente espera. No es que no tuviese imaginación, sólo hay que hojear revistas, ver películas o hentai y ya está, pero me ponía de muy mal humor. No sé por qué, pero me ponía de muy mal humor. Tenía que estar encerrada en un rincón agobiante, escuchando cómo la gente te echaba mierda y más mierda. Los primeros días, mira, vale, pero en cuanto pasaron un par de semanas, todo lo que me decían me daba náuseas. Y a éstos no les puedes dar la espalda, al contrario, tú también tienes que masticar toda esa mierda. Con el tiempo te das cuenta de que si no te la echan de un sitio, te la echan de otro, hay gente que te compra una barra de pan como si te perdonase la vida, pero, mira, aquí estoy, otra vez...
La psicóloga ha salido a la terraza y se ha llevado a una de las chicas.
—Nunca sabes si a las que llaman primero son las que se quedan o las que se van. A mí me da lo mismo, si no es aquí será en otra parte —me dice mientras intenta acertar con los pedacitos de bocadillo en la cerca del perro. Los cuencos están sucios y resecos, debe de tener más sed que hambre porque huele los pedacitos y no se los come, quizá tiene el hocico tan seco que no puede oler ni el jamón york—. Pobre perro, no deben de cuidarlo mucho.
—No, no parece que nadie lo saque a pasear, es cierto.
Le tiro con fuerza una botella de plástico medio llena, contra la pared, dentro de la cerca, a ver si se rompe y puede lamer un poco de agua. La botella cae dentro, pero debido a la pendiente del suelo el agua se escapa por el sumidero del desagüe. Rosaura sigue fumando, incluso cuando entra la psicóloga. Sólo apaga el cigarrillo cuando le pide que entre, sin fumar. «Ya nos veremos», me dice antes de cerrar la puerta.
El perro ha acercado el hocico a las baldosas húmedas, pero se diría que no tiene ánimos ni de levantarse. Está tan delgado que parece de otra raza, ha perdido el pelo de los costados y el de la parte de las patas que tocan el suelo. Ni se molesta en asustar a las dos cotorras que se llevan las migajas.
Al cabo de diez minutos la psicóloga me acompaña hasta una de las mesas. Como no hay ningún tabique que las separe del resto de la planta, han colocado archivadores metálicos como división. Desde aquí se pueden ver los paneles de control, cables y mangas y armarios de luces y mandos diversos. Nada más.
Me dice que no he pasado el psicotécnico y continúa con las fórmulas que suelen utilizarse en estos casos. Cuando le pregunto si Rosaura lo ha pasado me dice que sí, que no debería decírmelo pero que sí, que empezará mañana.
De vuelta a casa llamo a los interfonos del bloque de pisos de al lado. Después de esperar y de volver a llamar, me contesta una anciana. Ya sabe lo del perro, los dueños no lo cuidan y ella no puede subir escaleras. Cuelga y vuelvo a llamar.
Espero, a pesar de haber oído el ruido de que han descolgado y de que nadie contesta.
Birmania
—Conozco al hijo del dueño del pub, y también la pandilla con la que anda. Me tienen por bueno, por eso puedo hacer tratos con ellos.
—¿Tratos?
—Sí, yo lo llamo así, tratos. Les he enviado un montón de guiris, les recomiendo el sitio. Después de recogerlos en la estación o en el aeropuerto les pregunto si han estado antes aquí. Si ya conocen la zona, los llevo al hotel y listo, pero si es la primera vez les enseño algunos restaurantes y lugares donde pueden comprar recuerdos, y, a los jóvenes, las discotecas y los súpers donde pueden conseguir bebida. Vas a ver, abre la guantera.
—Menudo papeleo...
—Flyers y vales para consumiciones. Mira los últimos. —Se ríe.
—Ya...
—Sí. Todos dicen que aquí las putas están a buen precio. Es muy útil conocer a los porteros y a los recepcionistas de los hoteles, que son los que piden los taxis. Mira, conozco a dos recepcionistas que me seleccionan los viajes, si los tengo que llevar al aeropuerto o si quieren ir hasta Girona o Cadaqués. Claro que todo se paga, de una manera o de otra, y tienes que regalar algo cada mes, pero no te creas, a mí me sale barato y a veces he cobrado mucha pasta, sólo hace falta que calcules lo que vale ir de Lloret al aeropuerto de Girona o a Cadaqués. Y la propina.
—¿Y con los burdeles, lo mismo?
—No, ahí no me meto porque me da grima, demasiado peligroso, nunca sabes dónde vas ni con quién hablas. A veces puedes bromear o hacer algún comentario, pero otras ves a gente a la que no te atreves a decir nada. Lo más jodido es que no sabes quién es quién ni qué es qué... Te puedes meter en un lío y, después, por querer pasarte de listo... Lo mejor es ir poco a poco, a mi padre no le hace ni pizca de gracia eso de los recepcionistas y si viese el taxi por los burdeles...
—Hombre, supongo que tu padre debe de preocuparse, al fin y al cabo acabas de cumplir veintiuno.
—Sí, pero mira, ahora ya tenemos dos licencias y yo hago más caja que él, y eso sin contar los fines de semana. Mira, si creo que irá bien, me quedo en el taxi, y si pienso que será flojo, me voy al pub, conozco a un tío a quien le conviene mi ayuda, siempre hay trabajo, cambiar cajas de cerveza, llenar las neveras, bah, siempre hay cosas que hacer... Yo sólo quiero saber cuánto cobro a final de mes... ¿Sabes que ya tengo el piso medio pagado? Me quedan diez millones y en cuanto los haya pagado será del todo mío.
Saluda a todo el mundo mientras me cuenta quién es quién y a qué se dedica cada cual, dónde viven y dónde trabajan. A uno le vendió el móvil. Al taller donde instalan y reparan las antenas de los taxis llegan ofertas que él se encarga de distribuir. Me ha dicho que ya tienen unos nuevos que salen en no sé qué película y que si yo quiero uno o sé de alguien que quiera, se lo puede comentar al del taller para que me lo pueda llevar.
—Yo me las apaño, ¿sabes? Espabilo porque si no lo haces eres imbécil, ¿no ves la cantidad de gente que corre por aquí?, y todavía es junio. ¿Has estado aquí en agosto? Mira, por esta calle no se puede dar ni un paso y a partir de aquel semáforo sólo se puede pasar si vas a pie, te destrozarían el coche, por eso hacemos el turno de noche con el taxi viejo, siempre pasa algo, depende de qué servicios no los cogemos. Una vez me empeñé en llegar a una dirección a pesar de que la calle estaba abarrotada. Se me echaron unos guiris encima del coche, entraban a los asientos de atrás por una puerta y bajaban por la otra, en fila, los hijos de puta, y no podía ir ni para adelante ni para atrás porque había gente por todas partes. Al fin pude ir avanzando pero, cuando aceleré, uno de los que todavía no había salido del coche se cayó al suelo. Imagínate, yo dentro y todos corriendo para dar patadas al taxi, me tiraron los vasos... Bah, menos mal que sólo abollaron la puerta. Me echaron en el coche toda la cerveza y cubatas que llevaban, pero nada, le di un buen manguerazo y listo... aunque, menudo follón.
—¿Eso fue el año pasado?
—Sí, en verano, no hacía ni tres meses que me había sacado el carnet... Es lo que dice mi padre, que te tienes que espabilar... Él siempre está con lo mismo, pero tiene razón. Es que las pasaron putas, muy putas en casa de mi padre. Cuando llegaron a Barcelona no encontraron trabajo. Me ha contado mil veces que se paraban en Masnou, en Vilassar, en Mataró, en Llavaneres... Lo único que encontró fue hacer de camarero, ya has visto la caja de cerillas donde vivían mis padres cuando llegaron aquí... No me extraña que mi madre estuviese enferma.
En realidad, Paloma no estaba enferma. No podía tener hijos por culpa de unas bajadas de hierro que le impedían quedarse embarazada. Lo de que estaba enferma se lo oía decir a su abuela, la madre de su padre, que no la quería porque no podía darle nietos. Todos sus tíos habían tenido muchos hijos, en Blanes tiene siete primos, y en Cerdanyola, nueve. En cambio, a su padre y a su madre les costó doce años que él naciese y para ellos era una situación violentísima y sin solución. Cada comida familiar acababa convirtiéndose en un sinfín de reproches entre unos y otros por el tema de siempre, porque no tenían hijos. Por eso su padre fue a buscarse la vida lejos de su familia, por eso se marchó de Blanes.
—No es que estuviesen todo el día con lo mismo, pero bah, supongo que le habían comido la moral y que el pobre hombre no podía más, creo que al final pensaba que todo lo que le decían eran indirectas. Mira, hace poco se casó una prima mía de Cerdanyola y no fuimos a la boda porque mi madre y mi padre tienen muy mal recuerdo de la última vez que se vieron. Mi tía tiene cuatro hijos, tres hijos y una hija, y por lo visto siempre le estaban pinchando, que si os hace falta que os echemos una mano, que a ver qué os pasa... Mi padre se enfadó mucho y no los ha vuelto a llamar, no me lo ha querido contar, pero me parece que
