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La afinidad alquímica

Gaia Coltorti

Fragmento

cap-1

1

¿Te acuerdas? No erais más que dos estudiantes de bachillerato después de un encuentro de amor, y en ese momento ella dormía. Respiraba sobre tu cuello, y con su dulce presencia te hacía feliz.

Los pliegues de las cortinas. La luz del sol de Verona las atravesaba, iluminaba la habitación, y tú, en aquel aroma de voluptuosidad refinada que os rodeaba, tendías a perderte. El piso de la via Anfiteatro estaba en silencio, suspendido en el perfecto remanso que de vez en cuando, de forma milagrosa, reina en la paz de la tarde. Percibías las voces de la gente, de la vida de la calle, como un fondo plácido, semejante al agua que fluye en un río y, vencido por la ternura, encantado le habrías acariciado el pelo a tu amor, que cuando dormía era más amable, pues el resto del tiempo se convertía en una especie de niña de dieciocho años mimada que siempre hacía lo que le daba la gana.

Déspota, sí, pero se había apoderado de tu corazón.

Vuestra historia desesperada e imposible, lo sabes, duraba desde hacía semanas. De vez en cuando te ponías en la piel de otro y te estremecías, intuyendo hasta qué punto, visto desde fuera, vuestro amor debía de parecer horrible: la palabra en la que pensabas era «repugnante». Pero solo había que pasar y enseguida, obedeciendo a su misterioso destino, todas las cosas se encauzaban de nuevo.

En realidad, quien encauzaba las cosas de nuevo era ella, incluso a golpe de audacia y de soberbia; por mucho que la persona que amabas se defendiera detrás del escudo de la agresividad, tú sencillamente creías. Te habías acostumbrado a observar su engañosa fragilidad exterior, lo que más saltaba a la vista: su cuerpo delgado, de alumna de gimnasia rítmica, parecía a punto de romperse cuando tus manos y tus brazos, vencidos por el deseo, lo atraían hacia sí. Hasta que comprendiste que su cuerpo era fuerte y, quizá menos, su espíritu.

Tu propio nombre —Giovanni— para ti no habría significado nada, ahora, sin el suyo al lado, un nombre que con solo oírlo te llenaba el corazón de dicha: Selvaggia. Y es que, antes de ella, tú no eras nadie, un chico como tantos otros que pasaba inadvertido, confundido en la multitud.

Quien te conocía habría dicho que eras inteligente, educado, un chico un poco apático y, en resumidas cuentas, tranquilo. Uno que el sábado por la noche salía con los amigos a tomar algo, un apasionado de la natación que soñaba con participar algún día en el campeonato italiano. Nada más. Pero después de ella, por irrefrenable metamorfosis, Giovanni se convirtió en Johnny, y Johnny era como Giovanni, solo que con muchas más ganas de vivir. Parecía un hombre que había encontrado su camino, una especie de elegido al que la vida se le había aparecido milagrosamente ante los ojos, plagada de peligros y, a la vez, destinada a una felicidad suprema.

Selvaggia lo fue todo para ti en aquellos cien días en los que os amasteis. Ella era tu razón para vivir, aquello por lo que respirabas, motivo de decisiones extremas, origen de sufrimientos y alegrías jamás conocidas. Ambos supisteis impregnaros de todas esas cosas desde el primer momento, como si, por la pasión que os hacía respirar, hubieseis venido al mundo con el único fin de amaros.

Y quizá no habría habido nada raro, en vosotros y en vuestro amor desesperado, si la chica que dormía a tu lado, y apoyaba la cabeza en tu pecho, y te volvía loco cada vez que la besabas en la boca, no hubiese sido tu hermana.

cap-2

2

¿Te acuerdas? Las vacaciones a caballo entre primero y segundo de bachillerato habían empezado, y todavía no habías conocido a Selvaggia. Vuestros padres se habían separado cuando erais pequeños —tendríais un año, más o menos—, y tampoco conocías realmente a tu madre: la veías de vez en cuando, os hacía un par de visitas breves al año, no podía dedicaros más tiempo porque estaba muy agobiada con su carrera en la policía.

No recordabas haberla odiado nunca porque estuviese tan alejada de ti. Solo sabías que no habías aprobado algunas de sus iniciativas, como la de cambiar de pareja cuantas veces le apetecía, informando de ello puntualmente a tu padre —Daniele Mantegna, el excelente notario de cuarenta y cinco años, entregado al trabajo y a lo que quedaba de su familia—, para que tuviese de nuevo celos después de todos esos años, una especie de reflejo incluso un poco abstracto.

Pero quizá, de una forma enigmática sobre la que nada sabías, tu madre obtenía de sus artimañas perversas alguna satisfacción o entretenimiento para mayores, perfectamente consciente de lo mucho que él la seguía amando.

Así pasaste los últimos dieciocho años de tu vida solo con tu padre, allí en Verona, mientras que tu madre y tu hermana, que se habían trasladado a Génova desde el principio de la separación, debieron de pasar en esa ciudad la suya, a tus ojos semimisteriosa y paralela a la vuestra.

Te diste cuenta ahora de que las dos iban a volver a aparecer en tu vida: estuviste un rato sin saber muy bien cómo reaccionar ni qué pensar. Nunca habías vivido con la idea de encontrarte con presencias femeninas más o menos cerca, y tu padre había sido siempre mucho más que discreto en lo que se refiere a sus eventuales, y sin duda fugaces, relaciones sentimentales.

Era comprensible, pues, que te sintieras perplejo cuando un día como cualquier otro, durante la comida, con el bajo continuo del telediario que informaba sobre las miserias del mundo, tu padre dijo en tono monocorde:

—Antonella y Selvaggia regresan a Verona.

Tal vez ni siquiera esperara una respuesta; igual que cuando no estaba de acuerdo con un tema o con lo que fuera, y de repente se volvía frío o distante, como si no quisiera oír pareceres contrarios a los suyos.

—¿Y? —Fue tu primera reacción, con un gesto de indolencia.

Francamente, no es que te importara mucho. Veías tan poco a tu madre, que te habías acostumbrado a vivir como si no existiera. En cuanto a tu hermana, esa querida hermana bicorial o monocorial —para ser sinceros, no lo recordabas—, en fin, la conocías por foto, y las últimas que habías visto únicamente por contentar a tu padre eran de hacía al menos dos años. No, cuatro, en realidad. Y casi nunca habías hablado con ella, y casi nunca habíais jugado de pequeños, o, si lo habíais hecho, no guardabas recuerdos suficientes para tener una impresión clara.

—Nada —se limitó a decir tu padre—. Es solo para que lo sepas. A tu madre la han trasladado a Verona, ya sabes cómo funcionan las cosas en la policía, ¿no? Estarán aquí dentro de muy poco. Te pido más bien disculpas por decírtelo tan tarde. Tu madre ya se ha comprado una casa, después de vender la de Génova. Ella y Selvaggia se están instalando.

Ni siquiera le respondiste, ¿recuerdas? Te limitaste a escuchar la noticia. Al fin y al cabo no te conmovía en lo más mínimo saber que dentro de poco podrías abrazarlas a las dos.

Más tarde, como te ocurría cuando sentías necesidad de pensar, trataste de despejar tus dudas nadando espalda en la piscina. Que tu padre pensaba volver a cortejar a tu madre estaba tan claro como el agua. Y seguramente no le echabas la culpa, pues ella era la única mujer capaz de hacerlo masoquistamente feliz, aceptando vivir a su lado. «De acuerdo —te decías—. No tiene por qué haber ningún problema si, a cambio, recupero una especie de familia, ¿no?»

Sin embargo, seguían agobiándote pensamientos inconexos acerca de los cambios que se avecinaban. Te formulabas preguntas confusas, te decías que aquello no tenía por qué importarte: en el fondo, ¿tú qué puñetas pintabas en todo eso?

«Son cosas suyas», te decías.

Pero aquellos pensamientos no cesaban, como si una molesta polilla se divirtiese azuzándolos, y tú reiteradamente tratabas de razonar sobre ellos y de sopesarlos. Por otra parte, intentar simular indiferencia habría sido algo del todo impropio de ti.

Ya. En efecto.

Después de dos horas haciendo largos, al volver a casa sorprendiste a tu padre al teléfono. Casi lo pillaste en flagrante delito, adoptó enseguida un tono formal, pero aun así pudiste intuir que estaba hablando con tu madre de cosas de lo más privadas. Al principio lamentaste haberlo interrumpido sin querer, pero al cabo de un instante, al pensar que cuanto te rodeaba estaba adquiriendo un cariz al que no estabas acostumbrado, sonreíste, sintiéndote agradablemente confundido.

En el fondo, no estaba tan mal que unos padres decidieran volver a estar juntos. Después de todo, te decías, siempre era mejor alguien de quien no sabías casi nada como tu madre, pero a quien tu padre se había seguido sintiendo de alguna forma unido, que una de las secretarias treintañeras del despacho, u otras, que para ti eran exactamente lo mismo, totalmente desconocidas.

En cualquier caso, te causaba cierta gracia que, tras crecer conforme a la autodoctrina del hago-lo-que-yo-digo, con dieciocho años cumplidos te encontraras con una madre que iba a sujetarte al menos un poco, si no en tu misma casa —porque todavía no se había hablado de semejante posibilidad— sí, reflexionabas, cerca.

Albergabas muy pocas dudas sobre el hecho de que tus padres, una vez dados esos primeros pasos, iban a volver a vivir juntos, bajo el mismo techo. Y con ellos, te decías, en algún rincón de la casa de dos plantas estaría también ella, tu hermana. Lo cierto es que no sabías qué punto de vista adoptar, al imaginarte el futuro.

Sea como fuere, aquel primer sábado de junio llegó, marcando el momento en que tu padre Daniele y tu madre Antonella, de nuevo juntos, salieron a cenar por primera vez tras muchos años de separación. Así pues, la hora fatídica había sonado, y no habían pasado más de cinco días desde que tu madre y Selvaggia se habían mudado a Verona. Se estaban instalando en el piso de la via Anfiteatro, cerca de la Arena; tu padre y tú seguiríais en la casa con jardín en la que habíais vivido cuando todavía estaba el abuelo Bruno con vosotros, el padre de tu padre, el último de los abuelos que aún vivía cuando Selvaggia y tú nacisteis. Por lo demás, no era tu hermana, ni la eventual y futura relación de convivencia entre vosotros lo que de verdad te preocupaba: en el fondo, erais hermanos, teníais la misma edad y conseguiríais, sin duda, al menos hablar entre vosotros. Era más bien el nuevo vínculo con tu madre lo que te parecía una pizca complicado, porque no acertabas a saber muy bien con qué sentimientos podrías recibirla en tu vida de todos los días.

cap-3

3

A las cinco y media de la tarde estabas saliendo de la ducha, un acto de lo más doméstico, cuando oíste que, en la planta baja, la puerta de casa se cerraba, y que dos voces, una masculina y otra femenina, te llamaban, seguidas por unos pasos que se acercaban. Te miraste al espejo, pensando confusamente que a partir de ese momento un montón de cosas iban a cambiar, y enseguida ahuyentaste tus pseudopreocupaciones, encendiste el secador de pelo y oíste que llamaban a la puerta.

—Giovanni, ¿estás aquí? —preguntó la voz de tu madre.

¿Estabas ahí, Giovanni? Físicamente, no cabía duda: estabas ahí, pero no te habrías atrevido a asegurar que tu cabeza, repleta de incertidumbres, pudiese considerarse en el mismo lugar que el cuerpo.

De todas formas, tus padres abrieron la puerta, sin importarles que pudieras estar más o menos desnudo, duchándote o haciendo otra cosa. Por suerte, te encontraron con la toalla atada a la cintura, y tu madre, extasiada de electricidad autogenerada, sin fijarse en nada ni darte tiempo a pronunciar palabra, se te abalanzó para abrazarte.

Jurarías que el calco de tu tórax todavía húmedo se le quedó impreso en su traje sastre.

—Hola, mamá —trataste de decirle, medio asfixiado por el arrebato de su abrazo.

Buscaste ayuda con los ojos en tu padre, pero él se limitó a reír, a encogerse de hombros y a colocarse mejor sus gafas estilo años cincuenta. No te quedó más remedio que sucumbir a la tormenta de aquellos besos que olían a carmín caro. Con la mano, tu madre te desordenó el pelo mojado y, como una admiradora demasiado eufórica, riendo te agarró de la toalla. Instintivamente pegaste un grito y te sujetaste con fuerza a la cintura aquella tela celeste. Porque, por mucho que todo el mundo coincidiera en que ella era tu madre y no fuera la primera vez que te veía desnudo, un mínimo de intimidad, sobre todo en el baño, no era mucho pedir, ¡maldita sea!

Tus padres se rieron, mutuamente contagiados de alegría y, tras pedirte que bajaras cuanto antes al comedor, cerraron la condenada puerta para volver al salón y te dejaron en paz.

Lanzaste un profundo suspiro, porque aún te sentías abochornado, y enseguida, para evitar que invadieran más tu espacio y tener más inconvenientes de cualquier tipo, te vestiste a toda prisa.

En el comedor, tus padres estaban sentados en el sofá, bebiendo un chardonnay frío. El traje sastre que lucía tu madre era realmente elegante, y su aspecto general estaba cuidado hasta en los más mínimos detalles, sin que ese cuidado, por notarse más de lo debido, predominase sobre lo demás. Esa mujer que se llamaba Antonella seguía igual que como la recordabas, llevaba ropa buena, un collar y una pulsera tintineante que, mientras su cuerpo se movía y ocupaba el espacio, producía ruiditos alegres.

Estaba a punto de cumplir cuarenta y dos años, aún parecía muy joven y seguía siendo una mujer muy guapa gracias a su testarudez y a la independencia con que, en su papel de madre adulta, había tomado una serie de decisiones cada vez más delicadas.

Como tu padre, siempre creíste que eso de ser comisario no le pegaba. Era evidente que su complicado trabajo en la policía debía haberla tenido sujeta a un montón de obligaciones, responsabilidades y vínculos a los que había dedicado medios sustraídos, eso pensaba tu padre y tú también, a la construcción de la familia. Te habría encantado que fuera una profesional, a lo mejor una directiva del servicio sanitario regional, obligada por trabajo a viajar de vez en cuando en avión.

Tu padre, en cambio, pese a ser notario como el abuelo Bruno, se parecía mucho más a un intelectual progresista, interesado en la política y en el arte, apasionado por la fotografía y coleccionista de antiguos grabados de Durero, Rembrandt y Martial Potémont.

Daniele y Antonella. Como pareja no cabe duda de que sencillamente desentonaban, aunque es probable que podrías haber cambiado ligeramente de opinión, pensando en sus intereses simétricos: tu madre, la pintura; tu padre, la fotografía. En vuestra familia, o al menos en el retrato de grupo que ahora tenías delante de los ojos, todos os dedicabais con pasión a algo: tú a la natación de competición; Selvaggia, como descubrirías poco después, a la gimnasia rítmica; mientras que tus padres juzgaban excitante forrar las paredes de casa con fotografías y cuadros, suyos y de otros.

Y en efecto ahora no te equivocabas al sentir que aquella era realmente la primera vez que los veías hablar con tanta tranquilidad. Hasta el extremo de que el asunto te hacía vibrar con leve inquietud. Cuando ya llevabas un rato observándolos desde el quicio de la puerta, hablando de restaurantes de moda y de locales para los que rondaban los cuarenta, tu padre reparó en tu presencia y anunció que esa noche tu madre y él saldrían a cenar.

—Ok —respondiste a media voz, delatando cierta satisfacción.

«¡Perfecto!», te dijiste, porque así tendrías la casa para ti toda la noche y, nada más se fueran, invitarías a tus amigos Nautilus y Paranoia a ver el amistoso Italia-Francia.

Pero, lamentablemente, duele decirlo, esos no eran los planes de tus padres.

—Oye, Giovanni —añadió tu padre—. No te molesta que Selvaggia se quede a dormir esta noche en casa, ¿verdad?

Y el sueño del partido se deshizo al instante como una pompa de jabón. Puf. Y como no te quedaba elección, respondiste con otro «ok», pero de muy mala gana, y que en tu mente sonaba mucho más como una especie de «ko», knock-out, «a la lona».

—Seguro que os caeréis bien —sentenció tu padre.

—¡No veo la hora de que os hagáis amigos, incluso más que hermanos! —proclamó tu madre, demostrando que se sentía de lo más emocionada.

Y tú también hiciste un intento de poner cara de entusiasmo, aunque lo que te salió fue más una expresión de indolencia total, algo así como: «¿En serio? ¡Porque lo que es a mí, lo siento, pero no podría importarme menos!».

—Vamos a recoger a Selvaggia a casa de mamá y la traemos aquí —dijo tu padre, cuarenta minutos más tarde, aprestándose a salir, superemperifollado como un pingüino de ceremonias, para la que se presentaba como una Velada de Nueva Creación con mamá—. La cena está en la nevera.

—De todas formas, Selvaggia sabe cocinar y no deberás preocuparte de nada —añadió ella—. Luego podéis hacer lo que queráis: ver una película, salir... ¡vosotros mismos! Nosotros regresaremos tarde.

Tú asentiste por pura inercia: ¡qué más te daba a ti, que Selvaggia supiera o no cocinar! Cansado como estabas, después de todo lo que habías nadado en la piscina entrenándote con la enferma perseverancia del Loco del Lugar, no harías más que comer una tostada y caer en la cama muerto.

Bueno, estabais de acuerdo, a tomar por culo.

cap-4

4

¿Te acuerdas? Oíste que tres voces te llamaban a la puerta. Las de tus padres, y una que no identificabas, sencillamente porque era nueva. En cualquier caso era una voz controlada y agradable. Al oírla, instintivamente la asociaste a una idea tal vez muy infantil de sensación agradable, como comer una tarta recién salida del horno, o como percibir en la piel, después de una ducha, el tacto maravilloso del albornoz que huele a suavizante. Mezclada con la de tus padres, sin embargo, la voz que no conocías también chirriaba. Sonaba artificial. Como si disimulase cólera, indolencia incendiaria u otra cosa difícil de identificar.

Tus padres te seguían llamando; si no respondías irían a buscarte. Y al final fue ella misma, Selvaggia, quien te llamó. Que lo hubiese hecho producía dentro de ti un efecto raro, como si no tuviese ningún derecho —absolutamente ninguno— a ir a darte el coñazo; por otro lado, en cuanto oíste tu nombre pronunciado por su voz, experimentaste una íntima sensación de placer.

Lo sabes, aquella voz te atraía tenazmente.

Había una alquimia excitante en el aire, y solo cuando ella te llamó de nuevo saliste de tu habitación: con la caradura del Desconocido del Lugar y la inaceptable excusa de no haber oído por culpa del equipo de música, en el que tenías puesto a Battiato.

Y entonces la viste.

¿Ella era tu hermana?

Francamente —¡joder, maldita sea!—, era imposible que lo fuera. ¡Y es que, como mínimo, tendría que haber sido tu novia!

Tus ojos nunca habían visto una chica tan guapa. Era casi tan alta como tú y delgada, de una delgadez perfecta y que resaltaba aún más la ropa ceñida. Y estaba bronceada, sí, aunque seguramente su piel debía de ser por naturaleza un poco más morena que la tuya. Esa divinidad avanzaba por el pasillo con unos sencillos vaqueros no desteñidos, unas zapatillas Converse color ciruela y una camiseta a conjunto, combinada con un collar que recordaba el verano. Y llevaba una enorme maleta, obviamente, como si fuese a quedarse una semana o más, no solamente una noche.

En un primer momento Selvaggia te pareció demasiado flaca, ¿lo recuerdas? Y, sin embargo, tenía ese cuerpo precioso, y ese rostro precioso, y tú te demoraste en sus ojos verdes, grandes, expresivos, que había sacado de tu padre, mientras que tú habías heredado solo los avellana pálido, con todo el respeto, de tu madre. Tenía facciones delicadas, y una frente que, oculta por el flequillo delicioso, te la imaginabas perfecta.

A diferencia de tu pelo castaño oscuro, el suyo, negro y brillante, le llegaba hasta mitad de la espalda, perfumado y sedoso. Enseguida soñaste con hundir la cara en aquel cabello maravilloso recogido en una cola de caballo, pero como naturalmente no eres nada semejante a un fornido y novelesco campesino decimonónico desesperado, de lo más arcaico y realmente loco y polarizado, te contuviste.

Y ella se te acercó, mientras tú permanecías paralizado en medio del pasillo, te observaba de pies a cabeza con sus ojazos pasmados.

—¡Mamá, pero si es igualito a Johnny Strong! —chilló, escrutándote como si fueses un extraterrestre.

Y bueno, sí, lo admitías, tenías cierto aire al actor, aunque tampoco tanto como ella parecía creer. De Strong, en efecto, tenías la misma forma de cara, el mismo pelo negro revuelto, el Camel light colgando de los labios —que, sin embargo, pillado por sorpresa, no es que te lo hubieras puesto en la boca aposta, ¡maldita sea!— completando tu encanto. El cual, bien mirado, como copyright pertenecía específicamente a Hollywood y al actor Johnny Strong; ahora bien, si a la divinidad que estaba en el pasillo le gustaba, ¿por qué tenías que renunciar a él, aunque solo fuera como pose, mi querido Giovanni?

Y eso que tú parecías algo más tímido e introvertido que ese inquieto actor que está haciendo grandes promesas en la sobremesa. Cosa que, en cualquier caso, no impedía que las chicas te mirasen por la calle.

Pero volvamos a ella. Te pellizcó un brazo sin que le hubieras dado permiso, y te retrajiste, un poco receloso. Sin duda, ella no era lo bastante tímida para darse cuenta de que tú querías mantener las distancias. Con apenas tocarte era como si hubiese alcanzado todos tus sentimientos y pensamientos, dejándote —¡gulp!— desnudo.

Durante un instante ella pareció perdida, mientras que tú, a pesar tuyo, estabas a punto de olvidar, una vez más, que era tu pariente más cercana, y, claro, no podías tratarla como si fuese una chica cualquiera.

Pero el toque ligero y delicado de aquel pellizco acabó abrasándote por dentro, llenándote de estupor y de algo indefinido que tú, como buena sardina en lata, jamás habías experimentado hasta ese momento. ¡Oh, desconcertante temor! ¡Ella te causaba sensaciones tan especiales! ¡Habrá sido que tú también te morías de ganas de tocarla pero no podías, porque eras su hermano, y eso no te dejaba hacer nada, ni el gesto más simple ni abandonarte a los instintos más naturales!

Si no hubiese sido un miembro de tu familia, habrías hecho de todo por decirle algo, y antes o después le habrías dado un beso; pero no podías, y esa abrumadora evidencia te abatía y te producía una especie de resignada tristeza que nunca habías experimentado.

Aquella mano que ahora te rozaba el pelo, luego la barbilla, y esos ojos deliciosos que te escrutaban eran una tentación melancólica que a toda costa debías alejar de ti, porque francamente era repugnante sentir algo que no fuera un amor fraternal y distante por ella. Te estaba volviendo loco con apenas tocarte, y tú empezaste a rogar que tus padres comenzaran esa misma noche a discutir de golpe, para que Selvaggia y tú no os encontrarais de nuevo, ni una noche más, bajo el mismo techo.

—¿A que sí? ¡Venga, Giovanni, a qué esperas, no te quedes ahí parado! —exclamó vuestra madre.

—¡Abrazaos, caramba! —os instó el loco de vuestro padre.

Los habrías matado encantado, de no ser porque tu hermana se te abalanzó a los brazos y porque tú te quedaste inmóvil, en tu lata de sardinas, incapaz de hacer nada.

¡Dios mío!, ella olía a recién duchada —¡con aroma de albaricoque!—, y su pelo tenía el irresistible olor de secado inmediatamente después del champú y el suavizante.

Con un gesto de enfado la apartaste de tu lado en cuanto pudiste, aunque ella, con ostentación, se empeñaba en seguir rodeándote los hombros en su maldito abrazo. ¡No paraba de reír y de balancearse!

Y entonces vuestro padre y vuestra madre, con admirable rapidez, se despidieron muy contentos y desaparecieron como un rayo, camino de su inefable y —desde tu nueva perspectiva, necesariamente tenías que pensar en el evidente descaro de Selvaggia—, para ti y solo para ti, quizá peligrosísima cena en pareja.

cap-5

5

La puerta de casa aún no se había cerrado, cuando tu hermana sufrió una curiosa transformación, y entonces en cierto modo ya no era ella; tenía ahora una expresión dura, irritada, y lo primero que hizo fue pegarte un puñetazo de mentira en un costado.

—Bueno, Johnny, ¿dónde está el baño? —preguntó, apartándose de ti de una maldita vez.

Tú la miraste mal. Te recordaba al doctor Jekyll y a mister Hyde: un minuto antes tan mona, tan complaciente, y ahora se mostraba como era, no una hermana a la que había que proteger, sino una especie de tigresa agresiva, dueña del cotarro.

—Al fondo a la derecha —le dijiste, en cualquier caso, servicial como un mayordomo.

Ella, sin decir palabra, tomó la única dirección que en ese momento le interesaba, y tú te escabulliste a la planta baja por el lado opuesto. En el comedor, te sentaste en el sofá y llegaste a la conclusión de que iba a resultar difícil convivir con esa loca.

El hecho de ser parientes implicaba que ella mostrase también desde el principio sus peores facetas, dado que, como es natural, no te veía como un chico que pudiera cortejarla o enamorarse de ella.

Sus sonrisas afectadas y falsas las había puesto solo para vuestros padres, no para ti, pues ella era tan víctima como tú de la decisión de aquellos de separarse. Hasta ahí, podías seguirla...

A lo mejor quería que supieses enseguida quién era.

O al revés, no le importaba que conocieras sus lados menos virtuosos.

¡Una perfecta oportunista!

Entre otras cosas, no reparaste en su presencia en el comedor hasta que no se sentó también en el sofá, a cuatro palmos de ti, y se puso a observarte.

La situación vibraba de comicidad involuntaria: ella que se inclinaba hacia ti y te miraba con curiosidad, obsesionada por tu aspecto físico; y tú, alto y fornido, que te retraías, cada vez más desconcertado. Miraste el reloj: todavía faltaba un rato para la hora de cenar, ¡a saber cuántas horas tendrías aún que pasar con ella!

«Pero ¿por qué no me habré quedado en la piscina —te preguntaste— en vez de venir a casa? ¿Por qué no habré tenido la rapidez de inventarme una escapatoria, antes de que ocurriese esta catástrofe?»

Pobre, el bueno de Giovanni, ya habías descubierto que había algo en Selvaggia capaz de incomodarte continuamente y de inclinarte a satisfacer los deseos que irradiaba aquella tremenda déspota.

Quizá sabía cómo hipnotizar a la gente.

O a lo mejor sabía hacer hechizos.

Lo seguro era que era capaz de manipularte con facilidad.

—¿Qué hay para cenar? —te preguntó de buenas a primeras, tumbándose en el sofá—.Tengo hambre, hermano.

—Mi padre ha dicho que en la nevera había algo, pero no lo he mirado, desgraciadamente para ti.

Uf.

—Mi madre ha dicho que podíamos ir a buscar una pizza.

Os mirasteis.

Chirriabais como un violín en las manos de un principiante.

Tú llamabas a vuestro padre «mi», y ella hacía lo mismo con vuestra madre: ¿es que aún no os habíais dado cuenta de que erais hijos de la misma pareja y, por tanto, hermanos, y no extraños? Los dos os reísteis, con una melancolía velada.

—Perdona, es que todo es tan raro —le dijiste en medio de ese bochorno difuso, mientras te pasabas una mano por el pelo, tratando inútilmente de rebajar la tensión.

—Oye, solo hay que acostumbrarse —respondió ella, cínica, encogiéndose de hombros.

«Claro», asentiste en tu fuero interno. Sabías a qué se refería: a la manera en que había logrado adecuarse a una forma de violencia que tú también conocías. Igualmente, comprendiste enseguida que trataba de llevarlo lo mejor posible. Ella ponía su cara dócil de hija intachable, pero a saber qué había detrás de aquella actitud incluso empalagosa. Podía ser solo su manera de defenderse; o bien de obtener, de cuantos la rodeaban, lo que quería. Tras un atento análisis de las apariencias, te inclinaste por la primera hipótesis; al fin y al cabo, si tu modo de reaccionar a una situación absurda consiste en refugiarte detrás de una barrera de indiferencia, el suyo podía consistir perfectamente en un estúpido utilitarismo egoísta.

Te dijiste que acabarías descubriéndola; es más, que quizá ya lo habías hecho, pero que aún no lo veías con claridad, porque para ella el mimetismo era algo natural y parte de su propia respiración.

—Bueno, entonces ¿vamos a buscar una pizza? —le preguntaste, dado que a ti también te apetecía un poco.

cap-6

6

Cerraste con llave la puerta de casa, ella ya te esperaba al otro lado de la verja. Mientras cruzabas el jardín, con un gesto de la cabeza le indicaste la dirección. Entonces os pusisteis en camino. Silenciosos, sin miraros, avanzabais a un paso de distancia el uno del otro, como dos extraños que solo pensaban en el momento de separarse. Cruzasteis dos palabras después de llegar al puente de la Victoria, oyendo cómo bramaba el agua al chocar contra los pilares, indiferente a vuestra notable presencia.

Y luego ella vio una tienda, mejor dicho, ese collar verde que destacaba en el centro del escaparate, y literalmente te arrastró dentro, sin hacer el mínimo caso a tus protestas. Recorrió toda la tienda; le preguntó al dependiente por el collar verde. Se lo probó. Le quedaba bien. Hacía juego con el color de sus ojos. Se lo dijiste, y ella sonrió. Sería suyo. Sí. Iba a comprarlo. Cuando de repente dijo:

—Me gustaría quedármelo, pero no llevo un céntimo.

Trató enseguida de engatusarte, suprema oportunista, además de manipuladora. Sonrió otra vez, mostrando sus hermosos dientes blancos y perfectos.

—No se me hubiera ocurrido que traías el bolso para llevarlo vacío —replicaste, sonriendo irónico, tan malicioso como ella, mientras un leve pinchazo en la boca del estómago te decía que ni esa expresión irónica ni esa vibración de malicia eran propias de ti.

—Lo que está vacío es el monedero —dijo ella sonriendo.

Tú también sonreíste, mientras sacabas la cartera del bolsillo posterior de los pantalones. Pues sí, con mucho gusto le harías ese pequeño regalo como prueba de amistad.

—Te lo puedo comprar yo, si quieres.

Casi habías cedido a sus antojos, comprendámoslo, mientras tus cincuenta euros ganados duramente caían ya al tenebroso abismo de la caja de la tienda. Luego, una vez fuera, seguisteis en silencio vuestro camino hacia la piazza Bra.

Pensar que ni siquiera te dio las gracias por el collar... No te ofendiste —o quizá sí, lo sabes—, pero sin duda lo notaste; lo normal es dar las gracias a quien te regala algo, ¿no? Te encogiste de hombros, te dijiste que a lo mejor era una costumbre que no conocías.

Al final, comprasteis una estupenda pizza para llevar, dos latas de Coca-Cola, y emprendisteis el camino de vuelta a casa. Pero en un momento dado, cuando aún no estabais ni a mitad de trayecto, ella señaló en la orilla del Adigio un banco que miraba al río. Se sentó, se apoyó contra el respaldo, cogió de tus manos la caja de la pizza, la abrió y te dio un pedazo.

—Anda, paremos aquí —dijo.

Tú asentiste, pensando que cenar así tampoco estaba tan mal. Comisteis sin cruzaros una sola palabra. Abriste las dos latas de Coca-Cola y le tendiste una. Vuestros dedos se rozaron cuando la cogió, y tú, a aquel contacto mínimo, sentiste una punzada de emoción.

—Gracias —dijo ella, sorprendiéndote a más no poder.

¡No te había dado las gracias por el collar, y ahora lo hacía por la Coca-Cola! Empezaste a preguntarte si su comportamiento no era sino consecuencia de un cuidadoso plan, algo milimétricamente preparado. Luego te dijiste que no podía tratar de engatusarte, porque no cabía que te convirtieras en su cortejador. Las cosas que decía —te convenciste— y la manera en que se comportaba eran totalmente auténticas y se debían sencillamente a su espantoso carácter.

—¿Crees que nuestros padres volverán a estar juntos? —le preguntaste en un momento dado, tras beber un trago de Coca-Cola al mismo tiempo que ella. No sabías por qué le habías hecho esa pregunta. Puede que no tuvierais nada más que deciros.

—Tal vez. De todas formas, no durará mucho. En el mejor de los casos, a mamá un hombre no suele durarle más de un bimestre. Igual que a mí, por otra parte. —Rió—. Lo cierto es que somos un poco putas.

No respondiste nada. No estabas acostumbrado a ese tipo de fanfarronadas. Tenías la impresión de que os habían educado de distinta forma, que si hubieses sido educado por tu madre y por tu padre, quizá habrías sido más malicioso y astuto. Eran cosas que te faltaban, pero Selvaggia parecía poseerlas en abundancia. En cambio, si ella hubiese sido educada por vuestro padre, habría tenido esa reserva que, al parecer, habías heredado solamente tú. O, mejor dicho, estabas seguro de que ella sí tenía conciencia de la discreción, pero que la usaba de forma calculada, con cinismo.

—¿Tú qué crees? —te preguntó.

Tú creías que si vuestros padres volvían a estar juntos, sería duro vivir todos los días al lado de Selvaggia. Creías que ella era preciosa y habrías dado el alma por que ella no fuese tu hermana. Y creías que su carácter por momentos te atraía y por momentos te repugnaba, que ya conocías esa atracción complicada. Pero no le dijiste nada de eso y brindasteis por no sabes qué, tras lo cual hablasteis un poco de todo, descubriendo que, por alejados que estuvieses el uno del otro, podíais sin embargo discutir y entenderos; que aunque vuestras vidas habían estado hasta ese momento separadas, teníais la misma edad y los mismos intereses, los mismos sueños y los mismos miedos. Y eso —te lo esperabas— era justamente lo que os unía.

Regresasteis a casa despacio, sin hablar; los temas rutinarios se habían agotado, por fin.

En cualquier caso, no habíais aclarado nada sobre vosotros mismos.

Habíais tocado solo temas generales, ya que, como es obvio, todavía os sentíais un poco distantes.

Ella, nada más entrar en casa, rebuscó en su bolso, sacó algunas cosas y se encerró en el cuarto de baño, mientras tú te dejabas caer en el sofá: veías lo que quedaba del amistoso con Francia, o mejor dicho, escuchabas los últimos comentarios del locutor, pues el partido estaba a punto de terminar. Habían marcado Aristarco y De Dominicis, pero no conseguías averiguar si los dos goles habían bastado para que Italia ganara.

Eran las once y veinte. Y de repente ella apareció en el comedor vestida para salir. De punta en blanco, joder, para salir. Llevaba unos pantalones cortos que descubrían sus piernas bronceadas, zapatos de tacón y una camiseta realmente mínima, por cuya causa su espalda quedaba —reconozcámoslo— muy poco tapada. ¡Con esa especie de bomba, se había puesto el collar verde que le habías comprado! «Mira a la tía», te dijiste, listorro. Tuviste la tentación de confesarle que estaba tremendamente guapa, pero no lo hiciste. Te limitaste a mirarla. La Selvaggia que veías era totalmente distinta de la que habías conocido hacía muy poco: te parecía otra, mayor, mucho más descarada y rebelde de lo que había mostrado ser hasta entonces. Se había recogido el pelo de otra manera, se había maquillado: un maquillaje ligero, tan bonito que no podías dejar de contemplarlo.

—¿Qué, nos vamos? —te instó.

Volviendo a la realidad, te dijiste: «Pero ¿adónde piensa ir vestida así?».

—¿Adónde nos vamos? —le preguntaste, como dando a entender que no pensabas moverte del sofá ni a cañonazos.

—A una discoteca, ¿no? ¡Es sábado! He oído hablar de la Prince, ¿la conoces?

Asentiste. Claro que la conocías. Habías ido tantas veces que ya estabas harto.

—¿Sabes cómo llegar?

—Por supuesto.

—Pues vamos. Tú conduces —decidió ella, dirigiéndose a la puerta y lanzándote las llaves de un coche, sin duda el pequeño Rover de vuestra madre, que estaba aparcado al principio de la calle.

—¿Qué dices? ¡Yo no me muevo de aquí! —Te rebelaste a lo Sandokán. La sola idea de salir a bailar hacía que te sintieras una especie de troglodita en las últimas.

—Si no quieres ir —insistió ella—, voy sola.

—Bueno, si conduces tú, no hay problema.

—No, no sé conducir. Por eso te he pedido

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