Guapa por dentro, feliz por fuera

Miriam Llantada

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

Querida lectora: es muy posible que hayas llegado a este libro a través de mi canal de YouTube, quizá te lo haya recomendado alguna amiga o incluso puede que el libro te haya encontrado a ti desde los estantes de alguna librería. En cualquier caso, si tu curiosidad y tu espíritu de búsqueda te dicen que tu nivel de bienestar, tanto interior como exterior, puede aumentar para que disfrutes la vida con plenitud, desde un lugar más tranquilo, de manera auténtica y consciente, sean cuales sean tus circunstancias, te invito a sumergirte en esta lectura. En este libro te proporcionaré las claves para que emprendas un viaje personal en el que puedas reconectar con tus necesidades reales, satisfacerlas y vivir una vida más fácil, más agradable y más feliz.

Se calcula que la especie humana actual habita el planeta desde hace unos 350.000 millones de años y, sin embargo, tras muchos siglos de supervivencia, nos afligen los mismos pesares: la soledad, la falta de autoestima, la depresión, el miedo al rechazo, la frustración, la angustia. A estos hay que sumarles los sufrimientos inherentes a la condición humana: las enfermedades, las pérdidas, el abandono. Todos ellos formarán, inevitablemente, parte de nuestra vida. Además de esto, tras la Revolución Industrial surgió una nueva pandemia: el estrés y la ansiedad generalizada. Afectan a toda la especie humana, pero, más aún, a las mujeres. Nuestros quehaceres diarios se han multiplicado tras nuestra incorporación al mercado laboral y esto hace que suframos estrés, ansiedad, frustración y que tengamos menos tiempo y espacio en nuestra vida para conectar con nuestras necesidades reales y cuidarnos emocional y físicamente, y trabajar en nuestro bienestar.

Es fácil imaginar que, durante siglos, en este mundo tan convulso, la búsqueda del bienestar se relegó a un segundo plano en favor de algo más urgente: la supervivencia. Pero hoy en día la supervivencia en el primer mundo está bastante garantizada.

Hoy contamos con mucha información científica sobre las causas de nuestro «bienestar» o «malestar». La neurociencia va descubriendo las claves que nos hacen sentir seguras y felices desde la infancia hasta las edades más avanzadas.

Por otro lado, en medios como la televisión, las revistas, las redes sociales, el cine y la publicidad en general, la belleza física, sobre todo la femenina, sigue teniendo demasiada importancia. Nos muestran que «ser bella» según ciertos cánones es algo fundamental para ser felices, que nos acepten y tener éxito en la vida. Esto podría parecer banal, pero está muy enraizado en nuestro inconsciente colectivo: durante siglos, el papel de la mujer en la vida social era pasivo; los hombres tomaban las decisiones mientras las mujeres no podían trabajar, crear sus propias empresas ni heredar o manejar bienes económicos. Así, dependían de su atractivo para la supervivencia y, por ello, que las consideraran «bellas» implicaba poder casarse y sobrevivir. Si ningún hombre les proponía matrimonio, pocas opciones tenían de salir adelante.

Por suerte, y gracias al esfuerzo de nuestras antepasadas, que lucharon por nuestros derechos, la situación ha cambiado y la mayoría de las mujeres en el mundo occidental podemos ser dueñas de nosotras mismas. Sin embargo, aún queda un poso exagerado sobre la supuesta importancia de la «belleza femenina» y todavía se nos exige un nivel de belleza superior al de los hombres. Por poner un ejemplo, todas conocemos presentadores de televisión hombres que no son atractivos físicamente y, en cambio, la gran mayoría de las mujeres que aparecen en televisión son grandes bellezas. Las que somos feministas nos quejamos muchas veces de esta desigualdad. Por otro lado, también creo que esto tiene un trasfondo; es decir, una veneración profunda a la mujer, un «ponerla en un pedestal», «adorarla», «desearla» como algo inalcanzable. Esto nos lleva a las cantigas del rey Alfonso X el Sabio del siglo XIII, en las que se idealizaba a la mujer como un ser perfecto, objeto de admiración y deseo, y, a la vez, inalcanzable.

En la actualidad, también encontramos debates sobre si esas imágenes tan bellas y supuestamente perfectas que mostramos en redes sociales son «auténticas» o «positivas» para nosotros; de alguna manera, hay voces que le quitan importancia a belleza exterior. A veces es fácil caer en el extremismo o hacer juicios de valor sin profundizar.

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El hecho de que nos sintamos bellas por fuera también forma parte de nuestra autoestima; eso sí, hemos de darle la importancia justa

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El cuidado de nuestro cuerpo es fundamental para nuestro bienestar

Asimismo, están las investigaciones sobre la neuroplasticidad del cerebro, que hablan de que los acontecimientos externos pueden influir en nuestra fisiología cerebral y nuestra mente, lo que explicaría por qué «ponernos guapas» hace que nos sintamos mejor. Vernos en el espejo con una imagen más bonita y feliz nos hace sentirnos más felices, lo que podría crear nuevas conexiones cerebrales y sensaciones físicas. Esto podemos comprobarlo en programas de televisión de transformación física (os recomiendo Queer Eye; me encantan los «5 Fab»), que trabajan para mejorar la vida y la imagen de personas que se habían descuidado durante años (debido a circunstancias dolorosas como rechazo social, pérdida de un ser querido, etc.), y que en pocos días aprenden a vestirse de una manera más adecuada según su estilo y a cuidarse físicamente para sentirse mejor. Me encanta ver la cara de las personas tras un nuevo corte de pelo, maquillaje y estilismo, encaminadas a lograr un cambio en su vida en general. Mi hipótesis es que vernos con una imagen bonita, alegre, exitosa, pulcra nos ayuda a conectar con estas habilidades, a sentirlas y a introducirlas en nuestra vida.

Por todo esto, cuidar de nuestra imagen, fuera de ser algo «superficial», es parte de nuestro cuidado personal y de nuestra salud, tanto física como mental; al fin y al cabo, a todos nos gusta aquello que consideramos bello. Desde la antigüedad clásica, algunos autores hablan de la proporción áurea y de cómo los seres humanos, de manera innata, estamos «programados» para que nos guste lo que se ajusta a esta proporción. Los objetos, animales, plantas, edificios, obras de arte que guardan estas proporciones nos parecen universalmente hermosos y esto nos produce placer y disfrute. Vernos bien y sentirnos sanas y guapas nos gusta, y esto es muy importante para nuestra autoestima. La clave está en cómo conseguirlo. Debemos tener unas expectativas realistas y adaptadas a nuestra personalidad, que se mantengan fieles a quienes somos y a nuestros rasgos familiares, potenciar y apreciar lo que es natural en nosotras mismas, en vez de copiar la tendencia del momento e imitar a otras (el llamado «efecto Kardashian»). De cómo podemos potenciar nuestra belleza y del cuidado de la piel hablaré en los capítulos 4, 5 y 6.

Desde la antigüedad clásica, diferentes filósofos han aportado sus ideas sobre la vida, el mundo y la realidad. Otros han creado teorías sobre los problemas de salud y las enfermedades, y así se asentaron las bases de la medicina moderna desde Hipócrates hasta Paracelso, en la Edad Media.

Pero no fue hasta la aparición de la obra de Sigmund Freud cuando se profundizó en el bienestar y las necesidades psicoemocionales. La obra de Freud es muy extensa y sus aportaciones a la psicología y la psiquiatría modernas fueron múltiples. A pesar de que fue un autor muy controvertido ya en su época y de que la mayoría de sus teorías no fueron demostradas científicamente, para mí es innegable que su gran contribución fue poner de manifiesto la insatisfacción del ser humano. A partir de su obra surgieron múltiples escuelas terapéuticas con diferentes enfoques de tratamiento. También popularizó conceptos como ego (yo), id (ello) y superego (superyó), así como el término «heridas de la infancia». Asimismo, trató la sexualidad y la represión de la sociedad, asuntos que le acarrearon muchas críticas negativas y le granjearon detractores por el puritanismo de la época.

Aunque Freud acaparó toda la fama y pasó a los anales de la historia como el primero en abordar estos temas, también me gustaría mencionar al psicólogo, filósofo y neurólogo francés Pierre Janet, que, a pesar de que era mucho menos conocido que Freud, fue el primero en hablar del inconsciente y del automatismo psicológico que subyace muchas veces en nuestro comportamiento, en su tesis Automatisme psychologique, publicada en 1889 en La Sorbona de París. También fue pionero en la disertación acerca de la tan importante y omnipresente «disociación», que abordaremos un poco más adelante. Aún hoy hay dudas sobre quién fue el primero en hablar del «inconsciente», si Freud o Janet; incluso el propio Freud creó un escrito en el que explicaba las diferencias entre su teoría y la de su colega. En cualquier caso, les estoy muy agradecida a ambos por interesarse por el sufrimiento humano y desarrollar estas teorías, que nos dieron mucho que pensar y pie para seguir investigando.

La humanidad tardó siglos en estandarizar e institucionalizar métodos que hoy vemos concretados en la psicología, como el diálogo para tratar el malestar emocional o las psicopatologías, que en la actualidad nos parece tan obvio.

Durante mis años de facultad en la Universidad Pontificia de Salamanca, disfruté muchísimo de todo el conocimiento sobre la mente, el trabajo con pacientes, los estudios de psicofisiología, evaluación, psicología cognitiva, psicoanálisis, terapia familiar, etc. Fueron una fuente de información muy enriquecedora para poder ejercer como terapeuta. A pesar de esto, siempre sentí que me faltaba algo, y fue información acerca de la relación cerebro-emoción-cuerpo y sobre la integración de otros aspectos más espirituales del ser, que en aquella época se consideraban no científicos. Por suerte, gracias a los descubrimientos de especialidades como la neurociencia, los recursos de diferentes disciplinas han ido incorporándose al trabajo psicológico, ya que su efectividad se ha demostrado científicamente. Aún nos falta mucho por conocer, pero ya sabemos que el antiguo trinomio mente-emoción-cuerpo funciona en realidad como un todo unificado e inseparable. Otros descubrimientos, como los relativos al microbioma y su relación con la mente y las emociones, han abierto también un campo amplísimo de actuación.

Este nuevo ámbito de estudio que propicia la relación mente-cerebro-cuerpo no afecta solo a la psicología y la psiquiatría, sino también a la medicina moderna, y nos facilita la comprensión de los mecanismos que subyacen y nos llevan a la enfermedad, y, sobre todo y más importante, a la salud. Los nuevos hallazgos tienen el potencial de aportar grandes cambios a nuestra vida e institucionalizarlos de cara a potenciar el bienestar general tanto desde ámbitos como la medicina, la educación, el ámbito laboral, la comunicación, etc., etc. Una de las grandes noticias de la neurociencia es el descubrimiento de la neuroplasticidad del cerebro, que además hoy sabemos que se mantiene durante toda la vida. El término lo acuñó Santiago Ramón y Cajal. La flexibilidad que presentan las estructuras y los circuitos cerebrales nos permite reprogramarlos para conseguir un estado de bienestar, armonía y equilibrio mente-cuerpo. La demostración de que el entorno social interactúa con la química del cerebro nos crea muchas expectativas acerca de la transformación de patrones de pensamiento, emoción y conducta, que pensábamos que eran fijos y que crean sensaciones de malestar en muchísimas personas.

Estos hallazgos de la neurociencia ponen de manifiesto la necesidad de actualizar los tratamientos médicos y psicológicos contemporáneos, que deben virar hacia una medicina que no solo tenga en cuenta la parte del cuerpo supuestamente enferma en la que se manif

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