MARIAANGELES
No era especial. Solo un chico blanco. Un chico blanco cualquiera. Pelo castaño, ojos marrones, estatura media, peso medio. Igual que otros diez, veinte o treinta millones de chicos blancos estadounidenses. Nada especial.
La primera vez que le vi se acercaba por el pasillo. Al otro lado del pasillo de mi casa había un piso que llevaba un año vacío. Normalmente los pisos de nuestro bloque se ocupan enseguida. Como los subvenciona el gobierno son baratos, para gente que no tiene nada en este mundo y que, aunque siempre estén diciéndonos lo contrario, sabe que nunca lo tendrá. Hay listas de espera. Largas, y no paran de crecer. Pero nadie quería vivir en aquel. Tenía mala fama. El hombre que vivía allí se volvió loco. Antes era normal. Vendía recuerdos frente al estadio de los Yankees y tenía esposa y dos hijos pequeños, monísimos. Luego empezó a oír voces y mierdas de esas y comenzó a despotricar sobre demonios y diablos y a decir que él era lo único que se interponía entre nosotros y el fin. Perdió el trabajo y empezó a vestir todo de blanco y a intentar tocarle la cabeza a todo el mundo. Le dieron alguna que otra tunda y le prohibieron la entrada en la iglesia. Le gritaba a la familia y ponía música de órgano toda la noche. Maldecía a los demonios y rogaba al Señor. Aullaba como un perro. Ni siquiera permitía que su familia se marchara. Dejamos de oír música y empezó a oler y mamá llamó a la poli y lo encontraron colgado de la ducha. Con un hábito blanco como un monje. Ahorcado con un cable eléctrico. Encontraron a la mujer y los niños con las muñecas y los tobillos atados con cinta aislante y la cabeza cubierta con bolsas de plástico. Una nota decía que se habían ido a un lugar mejor. Quizá los demonios lo atraparan, o los diablos, o el Señor lo abandonara. O quizá simplemente se cansó. Y quizá sí se fueron a un lugar mejor. No lo sé, y probablemente, como no creo en lo que creo, no lo sabré nunca. Y de todas formas daba lo mismo. Todo el mundo se enteró y nadie quería vivir allí. Hasta que llegó Ben. Se acercó por el pasillo con una mochila y una maleta vieja y se instaló de inmediato. O no sabía lo que había ocurrido o no le importaba. Se mudó al puto momento.
Era el único blanco del edificio. Salvo por los judíos propietarios de las licorerías y las tiendas de ropa, era el único blanco del barrio. Todos los demás éramos puertorriqueños. Y un puñado de dominicanos. Además de algunos cabrones negros de la vieja escuela. Todos pobres. Cabreados. Preguntándonos cómo mejorar y conscientes de que no había manera. Las cosas eran como eran, las cosas son como son. Un puto gueto de mierda en una ciudad de Estados Unidos. Son todos iguales, coño. Ben no parecía darse cuenta. No le importaba estar fuera de lugar. Iba y venía. No hablaba con nadie. Entre semana vestía una especie de uniforme como de poli de mentira que nos hacía reír. Pasaba la mayor parte del fin de semana en casa, menos cuando salía a beber. Entonces lo veíamos inconsciente en los bancos de delante de los bloques, cerca del parque. O en el pasillo, con la camisa vomitada. Una vez llegó dando tumbos a casa un domingo por la mañana y llevaba los pantalones mojados e intentaba cantar a pleno pulmón un tema rap que tendría unos veinte años. Mi hermano y sus amigos se pusieron a cantar con él, en plan burla, y el tipo estaba demasiado borracho para darse cuenta. Empezamos a pensar que sabíamos por qué vivía entre nosotros. Por qué no le importaba estar fuera de lugar, no pertenecer a aquel sitio. Pensábamos que en su lugar de origen ya no le querían. Que lo habían echado. Y teníamos razón, su gente lo había echado a patadas, solo que nos equivocamos en el motivo.
La primera vez que hablé con él fue en el pasillo. Haría seis meses que se había mudado y mi hija y yo salíamos del piso a helarnos de frío un rato delante del bloque. Él tenía la puerta abierta y hablaba por teléfono, en calzoncillos y camiseta. Mi hija tendría año y medio. Estaba aprendiendo a hablar. La niña le dijo hola, pero él no contestó. La cría es como su madre. Cuando le digo algo a alguien espero que me conteste. Como espera todo el mundo. Es cuestión de respeto básico. Que te reconozcan como ser humano. De modo que la niña volvió a saludar y él no hizo nada. Así que le dije hola gilipollas, es que no sabes comportarte como un vecino como es debido y contestar, coño. Y se puso nervioso y como asustado y dijo perdón. Y entonces mi niña dijo hola otra vez y él le respondió, y la cría sonrió y le abrazó la pierna y el tipo se rió y yo le pregunté qué hacía en el pasillo en calzoncillos y con la puerta abierta y el teléfono en la mano. Dijo que esperaba una tele nueva, que se había comprado una de oferta y que se la iban a traer. Le advertí que era mejor que tuviera un cerrojo cojonudo, que por aquí andan cabrones que matarían por una puta tele, de verdad. Él sonrió, todavía con aire nervioso y asustado, y dijo sí, creo que el cerrojo está bien, lo comprobaré. Y ya está. Le dejamos de pie en el pasillo. Esperando el televisor.
También sé que le trajeron la puta tele porque comenzamos a oírla. Banb bang bang. Explosiones. Helicópteros y aviones. Le oíamos gritar y chillar sí, sí, sí, te tengo, cabrón, qué te parezco ahora, eh, gilipollas, qué te parezco. Le oíamos andar de un lado a otro, dando vueltas. Me asusté un poco porque recordaba al loco que mató a la familia y empecé a preguntarme si el piso aquel no estaría encantado. Le pedí a mi hermano, que había dejado los estudios el año anterior y seguía por casa, que se acercara a la puerta a escuchar. Mi hermano se puso todo serio y escuchó con mucha atención y al regresar me dijo la cosa está chunga, Mariaangeles, chunga, chunga, tenemos a un paliducho enganchado a los videojuegos al otro lado del pasillo, será mejor que reúna a los colegas y nos ocupemos del asunto. Me reí, y sabía que no debía. Pero así es la vida, quieres a los tuyos y no confías en la gente que no es como tú. Si yo me hubiera mudado a un barrio blanco y uno de mis vecinos empezara a oír tiros y gritos, un puto ejército de polis me tiraría la puerta abajo a patadas. Es lo que hay.
A mi hermano le gustaban los videojuegos. Empezó a pasarse el día en el piso de Ben. Consiguieron un juego de baloncesto y otro de coches que daba más puntos cuantas más personas atropellabas. Comenzaron a ver los partidos de los Knicks y a beber cerveza juntos y a veces a fumar hierba. Le dije a mi hermano que se anduviese con ojo porque los blancos pueden ser muy astutos y uno nunca sabe lo que quieren. Yo creía que todo lo que me había ido mal en la vida había sido por culpa de los blancos, y la mayoría parecían judíos. A mi papá lo metieron en la cárcel cuando yo era pequeña. Mi mamá tuvo que pasarse la vida limpiando casas. Mis maestros, que fingían preocuparse por nosotros pero en realidad nos tenían miedo y nos trataban como a animales, eran blancos. Los blancos son los polis, los jueces, los caseros, los alcaldes, la gente que lo dirige todo, los dueños de todo. Y no piensan soltar nada, ni compartirlo. Los ricos se ocupan de los ricos y se aseguran de seguir siendo ricos, y hablan de ayudar a los pobres, pero si lo hicieran no seríamos tantos. Y una cosa era tener a un blanco viviendo al otro lado del pasillo y saludarlo de vez en cuando y verlo emborracharse o vestirse con un uniforme idiota, pero otra cosa era que mi hermano se pasase todo el día con él. No me pareció que fuera a traer nada bueno.
Mi hermano ni siquiera me escuchó. Nunca lo hacía. Ojalá lo hubiera hecho, quizá todavía siguiese con nosotros. Esta vez, sin embargo, mi hermano tenía razón y yo estaba equivocada. Incluso antes de saberlo, antes de convertirse en lo que se convirtió, antes de la revelación, Ben estaba bien. Ni más, ni menos, solo bien. Lo descubrí por primera vez cuando mi hermano me llevó a su piso. Se había hartado de que le dijera todo el tiempo que el blanco no era bueno, así que un día me dice o te vienes conmigo y ves que es majo o te callas la puta boca con eso de que me paso el día allí. Yo no soy de las que se muerde la lengua, lo he hecho muy pocas veces en la vida, así que le acompañé. Nos aseguramos de que mamá estuviera bien y cruzamos el pasillo y llamamos a la puerta y él abrió en calzoncillos y camiseta manchada de salsa de tomate y mi hermano empezó a hablar. ¿Qué tal, Ben? Ben se limpió la grasa de la cara y le respondió.
¿Qué tal, Alberto?
Estas son mi hermana Mariaangeles y su hija Mercedes.
Sí, nos conocemos.
Ben me miró.
¿Qué tal?
Lo fulminé con la mirada. ¿Vas a invitarnos a entrar?
Supongo.
Abrió la puerta. Entró. Y entramos y nos pusimos a mirarlo todo. En el salón había una tele grande. Un sofá viejo y mugriento con quemaduras de cigarrillo que parecía hecho con moquetas usadas. Discos y mandos de videojuegos. La cocina daba asco. Cajas de pizza. Latas vacías de sopa y de pasta con las cucharas y los tenedores todavía dentro. Bolsas llenas de basura en el suelo. Abrí la nevera porque me apetecía un refresco o algo y dentro solo había un poco de ketchup y nada más. Olía a comida podrida y cerveza rancia. Fui al dormitorio y vi un colchón en el suelo y una almohada. Algo de ropa por el suelo. En el armario colgaba el uniforme, la única cosa que parecía cuidada. El cuarto de baño, el cuarto de baño donde encontraron colgando a aquel hombre, estaba peor que la cocina. Manchas en el lavamanos y en el váter.
Pañuelos de papel asomando de una papelera pequeñita. Ni rastro de papel higiénico, y dudo que Ben hubiera limpiado alguna vez aquel lavabo. Incluso para lo que nosotros estábamos acostumbrados, tenía mala pinta. Y más que mala pinta o sucio o asqueroso, daba pena. Muchísima pena. Como si el tipo no pudiera hacerlo mejor. Como si creyera que era normal que un adulto viviera así. Me hizo pensar que no tenía a nadie que cuidara de él. Como si estuviera completamente solo. Solo y en un lugar que no era el suyo porque no tenía a donde ir y nadie con quien estar. Si hubiese tenido a alguien, habría hecho algo por él. Pero no había nadie. Estaba solo. Regresé al salón. Bang bang bang. Alberto y él estaban matando nazis, lanzándoles granadas. Mercedes estaba sentada en el suelo masticando su mantita y viendo explotar gente en el televisor. Demasiado. Bastante fealdad hay en el mundo sin necesidad de añadirle más. Demasiado, dije, y le di una colleja a Alberto. Se puso como loco, dijo ya sabías lo que hago aquí, no haber venido. Le pedí que jugaran a otra cosa, a un juego en que no saltasen chorros de sangre por todos lados, y Ben dijo jugaremos al baloncesto y cambió el disco. Mientras lo hacía le pregunté de dónde era y me dijo Brooklyn, y si tenía familia allí y me dijo sí. Le pregunté si los veía, dijo no. Le pregunté por qué y dijo porque no. Le pregunté desde cuándo y dijo hace mucho. Le pregunté cuántos años tenía y dijo treinta, le pregunté dónde vivía antes de venir aquí y me dijo que no quería hablar de eso. Sus respuestas me entristecieron. Siempre había pensado que los blancos llevaban una buena vida. Hasta los peores blancos lo tenían mejor que yo y que cualquiera que conociera. O eso creía. Pero aquel chaval no lo tenía mejor. Lo tenía peor. Solo con sus videojuegos en un apartamento de mierda en el que nadie más querría vivir. Yo al menos tenía a mi niña y a mi familia. Él lo tenía mucho peor.
El juego volvió a cargarse y no quise quedarme porque me deprimía y me entristecía, así que cogí a Mercedes y nos volvimos a casa. Y eso fue todo. Durante una larga temporada. Unos seis o nueve meses más o menos. Alberto jugaba a videojuegos con Ben. Le veía por ahí. De uniforme durante el día, borracho por la noche, a veces en ropa interior en el pasillo mientras esperaba una pizza. Cumplí dieciocho años. Salí con unas amigas de los bloques de protección oficial y algunas de cuando estudiaba. Eran todas más o menos de mi edad y casi todas estaban en una situación similar: sin título, con uno o dos críos, un par de ellas con tres, un novio que andaba por ahí pero como si no estuviera y ningún sitio al que largarse, ninguna perspectiva de mejora. Solo formas de ir tirando ese día, esa semana, ese mes. Una de las chicas iba bien vestida y llevaba un reloj bonito y olía como a perfume barato y empezó a contar que trabajaba de bailarina y ganaba un montón de dinero. Dijo que había que tener dieciocho años, pero que bailando en clubes podías sacarte trescientos, cuatrocientos o incluso quinientos pavos la noche. Empezamos a acusarla de prostituta pero ella dijo que no, que bailaba desnuda en el escenario y también en privado para algunos clientes que le daban pasta. Era fácil. Venían hombres de Manhattan que le contaban a su mujer que estaban en una reunión o que se habían quedado a trabajar hasta tarde o que se habían acercado a ver un partido de baloncesto en el Yankee Stadium. Los tipos eran idiotas y no costaba hacerles creer que habían pillado cacho y cuanto más conseguías que se lo creyeran más te pagaban. Dijo que no era un oficio para beatas, eso de frotarse el culo y las tetas delante de blancos, pero ninguna de nosotras iba a misa y una buena ducha al final de la noche lo limpiaba todo, en especial porque estabas sacándote mucha pasta. Dijo que quizá se fuera del barrio. Buscaría un lugar donde sus hijos pudieran estudiar en un buen colegio. Porque aunque la mayoría habíamos dejado los estudios, sabíamos que la única forma de salir de allí era con una educación. Solo que ninguna lo consiguió.
Al día siguiente telefoneé a la chica. Me llevó al club, conocí al gerente. Un gordo blanco de Westchester. Me mandó quedarme en bragas y sujetador y enseñarle cómo bailaba. Me mandó frotarme el culo en su entrepierna y las tetas en su pecho y susurrarle al oído guarradas que su mujer nunca le diría. Empezó a sobarme y le pregunté qué hacía y me dijo que probaba a todas las chicas antes de dejarlas actuar. Me dieron ganas de vomitar. Pero necesitaba el dinero. Mamá no tenía trabajo y nadie sabía qué coño hacía Alberto. Me dieron ganas de vomitar. Pero le dejé hacer. Le dejé hacerlo todo. Probó lo que quiso. Qué ganas de vomitar, joder.
Comencé a trabajar al cabo de unos días. No era difícil, pero tenía que cerrar una parte del corazón, una parte de mi alma. Antes solo había estado con tres hombres. Uno cuando tenía doce años. El padre de Mercedes, con el que estuve desde los catorce hasta que me dejó cuando cumplí diecisiete. El gerente. A excepción del gerente, había esperado. Había intentado asegurarme de que me querían. Yo sé que los quería. Habría hecho cualquier cosa por ellos. Creí que ellos sentían lo mismo por mí, que me querían igual. Pero el amor es distinto para cada persona. Para algunas personas es odio, para otras alegría, para otras miedo, para otras celos, para otras tortura, para otras paz. Para algunas lo es todo. Para mí. Todo. Y para permitir que un hombre me tocase así, o para tocar a un hombre así, tenía que haber amor. De modo que me cerré. A cal y canto. Enterré algo. Y bailé y toqué y susurré y los empalmé y los llevé el máximo de lejos el máximo de tiempo. No lo sabían, pero a mí me quitaban más. Una ducha al final del día no bastaba. Ni de lejos. No limpiaba nada.
Trabajaba tres noches a la semana, a veces cuatro. Comencé a ahorrar. Le compré a Mercedes ropa que no era de segunda mano, algunos zapatos nuevos. Le compré un jersey a mi mamá y le regalaba revistas nuevas cada semana. No metí ni un duro en el banco porque sé lo que pasa con los blancos y sus bancos. Lo guardé. Donde Alberto no miraría jamás. Donde a nadie se le ocurriría mirar. Un par de meses, un par de meses más. Ganaba bien pero sufría. Y cambiaba. Guardármelo todo dentro y hacerme la dura todo el tiempo empezó a pasarme factura. Una de las chicas me pasó para fumar y me ayudó un poco. Así que fumaba cada vez más. Y me ayudaba. Más que una ducha ni ninguna otra cosa. Pero cuando se pasaba el efecto dolía todavía más, así que fumaba más. Dormía, trabajaba y me colocaba. Empecé a hacer cosas que nunca habría hecho porque me daban lo mismo, porque sufría tanto que un poco más de sufrimiento daba igual. Y significaban más dinero. Una noche estaba trabajando y Ben entró y una de las chicas sonrió y dijo mira quién ha venido. Y le pregunté qué pasaba con Ben y me contó que era un blanco fácil. Llegaba con la paga, se emborrachaba y se la gastaba toda. Le conté a la chica que Ben vivía en mi bloque y que era para mí. Me dio la vara durante un minuto pero le aclaré hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Estaba gastándome demasiado dinero y necesitaba más. Mamá estaba enfermando y Mercedes estaba enfermando y tenía que llevarlas al médico y no tenía seguro. Y necesitaba más.
Me acerqué a Ben. Ya estaba borracho. Me sonrió y dijo hola y yo le dije hola, nene, me alegro de verte. Ni siquiera le pregunté. Le cogí de la mano. Lo llevé a la habitación donde bailaba. Y me lo trabajé, le di lo que todos los hombres querían y le susurré al oído las cosas que podríamos hacer de vuelta en casa ahora que sabía la clase de chico que era. Le dije que quería chuparle la polla y quería que me follara, que lo montaría día y noche sin descanso, que me mojaba solo de pensarlo. Y seguí pidiendo copas y pasándoselas. Continué. Y a él le pareció bien. Quería más. Y al cabo de una hora se marchó. Había perdido la cabeza y el dinero. Y me sentí mal porque le conocía y sabía que no era mal tipo. Únicamente estaba triste. Y solo. Un hombre sin nada ni nadie, solo en aquel piso donde nadie quería vivir, con su tele y sus juegos y sus cajas de pizza y sus latas de sopa y su basura y su triste colchón y su lavabo sucio. Solo era eso. Perdió el conocimiento. En la silla, con mi culo entre las piernas. Entraron los gorilas y se lo llevaron. No llevaba carnet de identidad ni de conducir ni tarjeta de crédito. Nada con su nombre o su dirección. Les dije que era mi vecino y que sabía dónde vivía. Iban a tirarlo a la calle, al arroyo. A dejarlo allí. Donde podía pasarle de todo. Yo sabía que ya había estado en la misma situación. Y que lo había pasado chungo, eso lo sabía seguro. Les dije que al menos podía acompañarlo al bloque. Me había quedado con todo lo que tenía y pensé que era lo mínimo. Paramos un taxi y lo metí en el asiento trasero a dormir. Me senté a su lado. Roncaba como un bebé. Y cuando llegamos a los bloques el taxista me ayudó a bajarlo del coche. Y lo acompañé al bloque y al ascensor. Lo acompañé por el pasillo hasta su puerta. Y lo dejé allí. Me largué y me coloqué. Me gasté parte de su dinero en lo que necesitaba. Y cuando regresé a casa más tarde, él seguía allí.
Volví a verlo al cabo de un par de días. Ben regresaba a casa en uniforme y yo salía hacia el trabajo. No nos dijimos nada. Ni siquiera sé si se acordaba. Tenía aspecto triste y nervioso, como siempre. Y no volví a verlo hasta mucho tiempo después. Ya no era el mismo. Había cambiado. Había cambiado y se había convertido en otra persona. Se había convertido en algo en lo que yo no podía creer. Y luego sí. Creí. Creí.
CHARLES
Cuando lo conocí me dio lástima. Se había presentado a una plaza de guardia de seguridad en mi trabajo. Teníamos dos, en turnos de doce horas. Estaban los del fin de semana y los de entre semana. Cobraban el sueldo mínimo. Sin extras. Era un trabajo de mierda. Hacías la ronda por todo el perímetro, a veces te pasabas horas de pie. No teníamos caseta para los guardias. Ponías una y no salían de allí para nada. Se compraban teles pequeñas y se pasaban el día bebiendo café. Echando la siesta. El nuestro era un solar conflictivo. Estábamos levantando un bloque de cuarenta plantas en un barrio donde el edificio más alto tenía doce. El vecindario se oponía. Organizaron un par de manifestaciones y presentaron una demanda. Necesitaba tipos con ganas de trabajar. De garantizar la seguridad de la obra. Cuesta más encontrarlos de lo que la gente se cree. La mayoría quieren algo a cambio de nada. Quieren que todo sea fácil. Cuando el trabajo es duro piden más dinero, más horas libres, se quejan a los representantes sindicales e intentan renegociar el contrato. Las cosas no son así. La vida es dura, apechuga. Trabajar es una mierda, apechuga. A mí me encantaría sentarme en casa a esperar la paga cada dos semanas y ver los partidos de baloncesto por la tele y estar con los niños. Pero no va así. En este mundo hay que trabajar por todo. Morder y arañar y pelear por cada cosita. Y nunca se vuelve más fácil. Nunca. Y no acaba hasta que te mueres. Y entonces ya da igual. Aprende a apechugar. El mundo funciona así. Peleas y luchas y te dejas la piel trabajando y luego te mueres. Apechuga.
Vino con un currículum. Según el cual se llamaba Ben Jones y tenía treinta años. Vestía una camisa con el logotipo de la escuela de guardias de seguridad y las puntas del cuello abotonadas. A primera vista me pareció muy impaciente, emocionado y nervioso. Le temblaba la mano cuando nos saludamos. Le temblaban los labios. Salvo por la información biográfica básica y el curso de ocho semanas en la escuela de guardias de seguridad que lo cualificaba oficialmente para el puesto, el currículum estaba vacío. Le pregunté de dónde era y me dijo Brooklyn. Le pregunté si había ido a la universidad y me dijo no. Le pregunté a qué edad se había marchado de casa y me dijo a los catorce. Le comenté que me parecía muy pronto y se encogió de hombros y le pregunté qué había estado haciendo durante los últimos dieciséis años y cambió, solo un poco, pero cambió, y sus ojos dejaron ver algo muy triste y muy solitario y sumamente doloroso. Fue solo un segundo y por lo general yo no lo habría captado ni le habría prestado atención ni me habría importado, pero me asombró, y él se miró un momento los pies y luego volvió a levantar la vista y dijo lo he pasado mal y tengo ganas de trabajar y le prometo que seré su mejor empleado, se lo prometo. Y ya está. No me contó nada más y yo no le presioné. Solo pensé para mis adentros, dieciséis años, joder, qué coño habrá hecho este tío. Y todavía pienso en ello, todo el tiempo, qué coño hizo. E imaginé, y todavía lo hago, debido al destello de profunda tristeza y soledad y dolor que vi en sus ojos, que lo que quiera que fuera, dondequiera que pasara, tuvo que ser espantoso, espantoso de verdad.
De modo que le di el trabajo. Ben estaba muy emocionado. Como un crío en Navidad. Gran sonrisa, gran abrazo. Me dio las gracias más de cincuenta veces. Y no me soltaba la mano. Fue curioso y simpático. No es que le hubiese tocado la loto. Cobraría el sueldo mínimo por hacer la ronda por un solar en obras durante doce horas al día.
Le puse en un turno diurno de cinco jornadas semanales. Me pareció lo mejor. Pensé que se enorgullecería de su empleo. Y así fue. Se notaba en cómo hacía el trabajo. Siempre llegaba puntual. Siempre llevaba el uniforme limpio. Nunca intentaba alargar los descansos ni la pausa del almuerzo. Nunca se quejaba. Parecía fascinarle el proceso de erigir un edificio: hincar los pilotes, plantar los cimientos, construir una estructura. Preguntaba a la gente por lo que hacían o por qué lo hacían de un modo determinado. Escuchaba con atención las respuestas, como si después fueran a examinarlo o así. En general era el guardia más feliz que había visto o contratado en toda mi vida y, más o menos, se convirtió en la mascota de la obra. Caía bien a todo el mundo y a todos les gustaba tenerlo por allí. Sabía el nombre de todo el mundo y saludaba a todos por la mañana y se despedía de todos al final del día. Solo hubo dos cosas raras, y las pasé por alto porque trabajaba muy bien y parecía muy feliz. La primera ocurrió justo después de la primera paga. Cambió la dirección de la ficha por una en el Bronx. La anterior era de Queens. No sé por qué, pero me despertó la curiosidad, de modo que busqué la dirección de Queens. Era un hogar público transitorio, el sitio al que mandan a los tipos que acaban de salir de prisión, rehabilitación, un refugio para indigentes o una institución psiquiátrica. Pensé en investigarlo más a fondo, pero tenía otras preocupaciones y Ben me daba buena espina. La segunda ocurrió un día durante el almuerzo. Yo tenía cita con el médico y tuve que dejar la obra. De camino hacia el metro vi a Ben sentado en un banco, unas manzanas más allá. Estaba llorando. En pleno día, y cuando le había visto antes me había parecido el de siempre. Volví a mirar porque no podía creerme que se tratara de él. Pero era él. Estaba sentado en un banco con la cara entre las manos y sollozando.
El día del accidente hacía un día de primavera precioso. Soleado, despejado, con una brisa ligera y temperaturas agradables. Un día perfecto en Nueva York; jamás habría imaginado que se jodería. Nunca había ocurrido un accidente grave en ninguna de las obras en las que había trabajado, y me enorgullecía de ello. Yo creía que no existía edificio en el mundo que mereciera sacrificar una vida, y todavía lo creo. La seguridad importa más que la velocidad. Era una de las razones por las que me habían contratado. Como la obra era un tema espinoso en el barrio, el promotor no podía permitirse errores. Los accidentes son la mejor arma de los activistas vecinales en contra de los constructores. Aunque sería agradable pensar que a los constructores les preocupa la seguridad, no es cierto. Como casi todos los estadounidenses, los constructores son avariciosos. Les importa el dinero, y los activistas armados les cuestan dinero. Mi trabajo consistía en conseguir que todo se ajustara al presupuesto y al calendario y en mantener la seguridad.
Se había levantado el esqueleto. Cuarenta plantas de acero. Estábamos instalando las ventanas, paneles reflectantes de tres por tres metros. Habíamos completado las primeras treinta y tres plantas sin problemas y estábamos trabajando en la treinta y cuatro. Izábamos siete paneles cada vez. Los atábamos juntos, los asegurábamos, los enganchábamos a un cable y los subíamos con una grúa. Lo había hecho miles de veces en otras obras y jamás había tenido ningún problema.
No sé qué coño falló. Todavía sigo sin saberlo. Inspectores municipales, estatales y de la compañía de seguros revisaron el gancho y ninguno descubrió nada. A día de hoy, sigue constando como accidente de causa desconocida en todos los papeles. Podría telefonearlos y contarles que da igual lo que hiciéramos aquel día, que ningún enganche habría sujetado aquel vidrio, que entraron en juego fuerzas más poderosas que cualesquiera que pudieran reunir el Ayuntamiento, el estado o la aseguradora, pero me tomarían por loco. Y a veces no estoy seguro de no estar loco. Pero forma parte de la fe. Creer y saber a pesar de lo que digan los demás y a pesar de lo que el mundo pueda pensar de tus creencias.
Yo estaba en el suelo. De pie junto al remolque, situado al borde de la acera. Tenía una tablilla sujetapapeles en las manos y estaba repasando las cifras del presupuesto con uno de los contables de la obra. Siempre avisan con un bocinazo antes de elevar una carga pesada, y oí el bocinazo. Alcé la vista y los paneles subían lentamente. Cuando izamos paneles detenemos el tráfico, y en aquel momento no se acercaba ningún coche por la calle. La mayoría de los trabajadores charlaban por los alrededores, que es a lo que se dedican cuando detenemos el trabajo. Ben estaba al borde del solar, vigilando el tráfico parado, listo para interceptar a cualquiera que intentara saltarse nuestro control. Normalmente yo habría vuelto a centrarme en la tablilla. Pero noté algo, algo inevitable. Si existe algún modo de notar el sino o el destino o el poder del futuro, yo lo noté, literalmente. Y me empujó a mirar. Me obligó a hacer algo que normalmente no haría. No pude apartar la vista. No pude dejar de mirar aquellos paneles.
Los paneles siguieron subiendo y se movieron unos centímetros, como siempre, como se movería cualquier objeto pesado izado tan alto. La grúa funcionaba a la perfección. El gancho estaba colocado perfectamente. Los paneles iban en cajones de madera cerrados con clavos de hierro. Para entonces habíamos izado e instalado cientos de ellos. Estaba chupado. Pura rutina. Nadie más miraba, así que fui el único en verlo. Vi los clavos saltar de la madera. Vi caer el fondo del cajón. Vi cambiar el ángulo de los paneles. Los vi moverse. Vi caer el panel. Un vidrio de tres metros por tres. De casi media tonelada de peso. Lo vi caer.
Le golpeó en la nuca y se hizo añicos. Se oyó un gran estruendo, una explosión de vidrio. El tipo se cayó redondo.
En el acto. Todo se detuvo, todos se giraron. Hubo un momento, un momento de largo y odioso silencio, un puto silencio interminable. Luego comenzaron los gritos. Tiré la tablilla y corrí hacia él. Saqué el móvil del bolsillo y llamé a urgencias. No podía seguir vivo. Le dije a la operadora que había muerto un hombre en un solar en construcción y le di la dirección. Vi la sangre antes de llegar a él. Lo cubría todo. Igual que los cristales. Solo oía gritos. La gente se bajaba de los coches, corría, llamaba a urgencias. Y, por encima de mí, durante un instante fugaz, vi cómo subían el resto de los paneles hasta la planta treinta y cuatro. Era imposible que hubiera caído uno.
Cuando llegué a su lado, constaté que Ben había muerto. Tenía la nuca aplastada. Rezumaba sangre y otra cosa, supuse que fluidos cerebrales. Se le habían clavado trozos de cristal por todo el cuerpo. Estaba, literalmente, hecho trizas, sangraba por los brazos, las piernas, el pecho, el estómago, la cara. Había sangre por todas partes, joder. En realidad ni siquiera le veía. No sabía qué hacer, si debía tocarlo, moverlo, intentar quitarle los cristales del cuerpo. No había forma de detener la hemorragia con un torniquete ni con diez torniquetes ni con cincuenta. No creía en Dios, así que tampoco podía rezar. Me limité a esperar a que llegara alguien que me dijera qué hacer.
Empezó a congregarse una muchedumbre. Los otros trabajadores intentaron contenerla. Sonaban sirenas a lo lejos. Un grupo de mujeres se arrodilló a rezar en círculo. La gente seguía gritando. A medida que se acercaban y veían lo mismo que yo había visto, daban media vuelta, se tapaban los ojos, algunos vomitaban. Y no paraba de manar sangre. Yo estaba arrodillado a su lado y la sangre me rodeaba las piernas, me empapaba los pantalones. Le cogí dos dedos sin cristales y me puse a hablar con él. No sabía si me oía. Pensé que en caso de que pudiera oírme, quizá le consolara, quizá le acompañara en el momento de morir. Nadie quiere morir solo, aunque la mayoría muramos así, aunque finjamos lo contrario. Pensé que quizá mi voz le facilitara el tránsito. Lo serenara, le calmara el miedo. No consigo imaginar lo aterrado e impresionado que debía de estar, si es que se enteraba de algo. Le dije que venían a ayudarlo y que se pondría bien. Me dieron ganas de vomitar al decirlo. Le veía los sesos por el cráneo reventado. Le veía los sesos literalmente. Le cogí de los dos dedos y le hablé y le vi desangrarse.
Llegó una ambulancia. El gentío se abrió y dos enfermeros entraron corriendo con una camilla. Oí a uno de ellos decir me cago en Dios y al otro este tío está más que muerto. Soltaron las bolsas y se pusieron manos a la obra. Empezaron por comprobar su estado, pero no sabían por dónde comenzar. Uno de ellos me preguntó qué había ocurrido y le dije que lo había aplastado un panel de vidrio. Le tomaron el pulso, debatieron cómo proceder, le dejarían los cristales, se lo llevarían de allí y que se encargaran los cirujanos, si es que seguía vivo. Tenía pulso, lo cual impresionó a los dos enfermeros. Bajaron la camilla, me pidieron que me apartara. Uno lo cogió por las piernas y el otro por el torso. Lo depositaron en la superficie blanca y limpia. La sangre manaba de su cuerpo, manchaba la camilla, goteaba al suelo. Se encaminaron de vuelta a la ambulancia y los seguí. Me preguntaron su nombre, se lo di. Me preguntaron de dónde era y les dije que vivía en el Bronx. Lo metieron en la ambulancia. Les pedí entrar, les dije que era su jefe y que esa era mi obra. Aceptaron llevarme con ellos, subí y cerraron la puerta.
Me senté en el banco junto a la puerta. Uno de los enfermeros conducía. El otro se ocupaba de Ben. Le monitorizó el corazón, conectó los cables entre los trozos de cristal que asomaban del cuerpo de Ben. Una vez encendido el monitor, intentó detener la hemorragia de los cortes que no tenían cristales, pero había tantos que apenas servía de nada. El monitor se paró y el enfermero reanimó a Ben y el corazón volvió a latir. No sé cuánto rato estuvimos en la ambulancia. Me parecieron diez segundos y me parecieron diez horas, y el corazón de Ben se paró cuatro o cinco veces y el enfermero lo reanimó una y otra vez. Algo seguía recuperándolo. En una ocasión el monitor se paró y el enfermero no hizo nada. Solo se quedó mirándolo y sacudió la cabeza. No le culpé. Parecía una causa perdida. Pasaron diez segundos, quizá veinte, pareció una eternidad. Yo solo miraba a Ben o lo que quedaba de él e intentaba dilucidar qué cojones había fallado, cómo podía haber pasado algo así. Empecé a pedir perdón, como si disculparse ante un muerto sirviera para algo, aunque así ocurre casi siempre; decimos las cosas que importan a la gente cuando ya es demasiado tarde. Antes de que las palabras salieran de mi boca, el monitor captó pulso otra vez. Algo seguía reanimándolo. Algo no quería dejarle ir.
Llegamos al hospital y se lo llevaron a toda prisa. Entré en urgencias detrás de ellos. Le di al personal del mostrador toda la información de que disponía. Rellené los formularios lo mejor que supe. Llamé a la obra y pedí que me trajeran ropa porque la que llevaba estaba cubierta de sangre. Empezaron a llegar trabajadores de la obra. Todos estábamos impactados. Nos sentábamos y hablábamos de que no podíamos creernos lo ocurrido, de que era horrible. Aparecieron los medios de comunicación a ver si podían entrevistar a alguien. Nadie dijo ni una palabra. Sabíamos que daba lo mismo, que los periodistas escribirían lo que les viniera en gana con independencia de su cacareada ética y su supuesta fe en la verdad. Sencillamente esperamos sentados a que nos comunicaran la muerte de Ben. La dimos por hecha. A pesar de lo que había presenciado en la ambulancia, en aquel momento me pareció solo una casualidad.
Llegaron más trabajadores de la obra. Entraron el gruista y los cristaleros. Estaban visible y profundamente afectados. Me senté con ellos, les pregunté por lo ocurrido. No lo sabían. Afirmaban que el cajón de embalaje estaba intacto. Que el vidrio no debería haberse soltado, que no podía haberse soltado. Les conté que había visto saltar los clavos y caer el fondo del cajón. Me aseguraron que era imposible. Que el cajón estaba intacto. Envuelto todavía por cinta, cinta adhesiva que habían pegado en la fábrica y que no estaba rota. El cajón estaba vacío. Se sabía por el peso. Pero nadie lo había abierto. Deduje que alguien intentaba cubrirse las espaldas. Alguien la había cagado y no quería cargar con la responsabilidad de la muerte de otro. En última instancia la responsabilidad habría recaído en mí. Pero resultó que tenían razón. Que el cajón estaba cerrado y vacío. Los inspectores municipales y estatales coincidieron en ello. Nadie había abierto el puto cajón. Jamás pudo explicarse cómo había caído el panel. Y Ben no murió. De algún modo sobrevivió. Más que eso. Mucho más. Algo seguía reanimándolo. Algo no le dejaba irse. Algo o alguien o no sé qué no quería que muriera.
ALEXIS
Cuando sonó el teléfono estaba en la pausa del trabajo, viendo un partido de béisbol en la cafetería con otros colegas que también estaban descansando. Jugaban los Yankees, y yo adoro a los Yankees, y aunque el horario suele impedirme ver todos los partidos que me gustaría, intento ver dos o tres por temporada y nunca me pierdo los que dan durante los descansos. Me encanta el sistema y el orden del béisbol y aprecio sinceramente la naturaleza causa-efecto del juego. En tanto que cirujana, mi vida entera se basa en el sistema del cuerpo humano, el sistema del hospital y el equipo quirúrgico, el orden u órdenes que rigen tales cosas y la naturaleza causa-efecto del trauma, de la herida y de los intentos quirúrgicos por remediarlos. Aunque a menudo parezca caótica, anárquica y espontánea, toda vida es sistema, orden y causa y efecto. Por mucho que intentes escapar de ello, y muchos lo intentan, es imposible. Yo renuncié bastante joven y decidí dedicar mi vida a su servicio.
La llamada era a propósito de un joven blanco de veintipico o treinta años con traumatismo generalizado, grandes heridas en la cabeza, pérdida abundante de sangre y luego la parte inusual, que fue la primera de las numerosas peculiaridades de Ben y su caso: cientos de fragmentos de cristal clavados por todo el cuerpo. Soy una obsesa de mi trabajo y, tras muchos años de profesión –tenía cuarenta y un años cuando empezó el caso–, todavía me entusiasmo cuando llega un caso que por la razón que sea me suena distinto, un reto. En ese momento no pensé en el elemento humano de la situación, en que alguien había pasado por un trance horrible y estaba experimentando sentimientos y emociones que escapaban a mi experiencia. Solo pensé en el potencial médico y los retos técnicos que implicaba y en cómo los solventaría. Ben cambió todo eso. Ahora gran parte de lo que pienso se encuadra en el campo humano de la experiencia quirúrgica, lo que siente el paciente, lo que sienten las personas que le quieren y cómo puedo ayudarlos también en dicho aspecto. Comprendo que nuestra vida gira en torno a lo que sentimos en un momento dado. No hay nada más humano que la emoción.
Me levanté, me despedí de mi colega seguidor de los Yankees y me dirigí rápidamente a urgencias. Todos estaban preparándose, las enfermeras, los ayudantes, los residentes; fui la última en llegar. En ese momento, e insisto, eso fue antes de que mi experiencia con Ben me cambiara, y dado que mi cargo de jefa de cirugía es un puesto con autoridad, tendía a no hablar con ninguno de los que trabajaban conmigo a menos que necesitara algo de ellos o para tratar un aspecto concreto de la operación inminente, cosa que rara vez ocurría. Mientras me ponía la bata y me preparaba para lo que se avecinaba, guardaba silencio.
Los instantes en que un equipo espera al paciente pueden ser muy tensos. Estás lista. Si bien tienes una idea general del estado del paciente, con frecuencia ignoras cuestiones médicas específicas y no sabes si te llevarán diez minutos o diez horas, aunque rara vez es algo intermedio. Cada cirujano lo maneja a su modo. Yo me imagino que soy un bateador de béisbol en el séptimo partido de las Series Mundiales, con las bases llenas, un tres-dos, perdiendo de tres puntos, al final de la novena entrada. Tengo un golpe para triunfar o fracasar y el resultado depende por entero de mi actuación. Aunque, a diferencia del béisbol, no existe la posibilidad de marcar uno, dos o tres puntos. O consigo un home run o me eliminan, el paciente vive o muere.
Como decía, la llamada me intrigó y emocionó y no podía imaginar el aspecto que tendría un paciente con cristales incrustados en el cuerpo ni de lo que yo debería hacer para que dicho paciente sobreviviera. Cuando la ambulancia llega al hospital con un caso crítico, salen a recibirla los médicos de urgencias y los miembros del equipo quirúrgico y se comunica la información relativa al paciente: las circunstancias del accidente, los problemas que hayan surgido durante el traslado, si es que hay alguno relevante, el diagnóstico preliminar, si es que es posible establecerlo. Una vez transmitida la información, el paciente es trasladado al quirófano de urgenci
