Rafael tenía quince años cuando su madre murió y lo liberó de sus sufrimientos de enferma. La lluvia caía sobre los miembros del kibutz que se arremolinaban bajo los paraguas en el pequeño cementerio. Tuvya, el padre de Rafael, lloraba amargamente. Llevaba años cuidando a su mujer con verdadera entrega, y ahora parecía perdido, desamparado. Rafael, en pantalón corto, algo apartado del resto, se cubría la cabeza con la capucha hasta por debajo de los ojos para que nadie se diera cuenta de que no lloraba. Cavilaba: «Ahora que está muerta podrá ver todo lo que he pensado de ella».
Eso fue en el invierno de 1962. Al cabo de un año, su padre conoció a Vera Novak, que había venido a Israel procedente de Yugoslavia, y empezaron a vivir juntos como pareja. Vera había llegado con su única hija, Nina, una chica de diecisiete años, alta, de pelo claro, y cuya alargada cara, pálida y hermosísima, carecía prácticamente de expresión.
Los chicos de la clase de Rafael llamaban a Nina «la Esfinge». Se colocaban a hurtadillas detrás de ella e imitaban su manera de andar, con la mirada perdida y abrazándose el cuerpo. En una ocasión Nina sorprendió a dos de ellos imitándola, y simple y llanamente les partió la cara. Una paliza como aquella no se había visto nunca en el kibutz. Costaba creer la fuerza y la brutalidad que encerraban unas piernas y unos brazos tan finos. Y empezaron a correr rumores. Decían que mientras su madre había sido presa política en un gulag, Nina, que entonces no era más que una niña, había vivido en la calle. Y cuando pronunciaban «calle», lanzaban una mirada llena de intenciones. Decían que había pertenecido, en Belgrado, a una banda de malhechores adolescentes que secuestraba a niños para pedir rescates. Decían. A la gente le gusta hablar.
Ni el asunto de la paliza ni otras cuestiones y habladurías pudieron disipar la bruma en la que Rafael vivía tras la muerte de su madre. Dos veces al día, por la mañana y por la noche, se tomaba un potente somnífero que cogía del botiquín de su madre. Así que ni siquiera veía a Nina cuando se la cruzaba por el kibutz.
Pero una noche, aproximadamente medio año después de la muerte de su madre, cuando tomó el atajo que atravesaba la plantación de aguacates en dirección al gimnasio, se encontró con que Nina venía de frente. La vio acercarse con la cabeza gacha y abrazándose el cuerpo, como si la envolviera un frío intenso. Rafael se detuvo, repentinamente muy tenso, sin saber el motivo. Nina, ensimismada como iba, no lo vio. Él observó su movimiento. Un movimiento pausado, contenido. La frente despejada, luminosa, y un sencillo y ligero vestido azul que le revoloteaba a medio muslo.
Había que verle la cara a Rafael al contarlo...
No fue hasta que ella estuvo ya muy cerca de Rafael cuando este se dio cuenta de que lloraba, en silencio, un llanto sofocado, y entonces también ella lo vio y se detuvo, como una gata con el lomo arqueado. Sus miradas se enredaron una fracción de segundo, y puede añadirse con pena: ya sin remedio. «El cielo, la tierra y los árboles —me dijo Rafael—; no sé..., noté como si la naturaleza desfalleciera.»
Nina fue la primera en reponerse. Soltó un furioso resoplido y se alejó precipitadamente. Rafael todavía alcanzó a verle la cara, que al instante quedó de nuevo desprovista de toda expresión, y sintió que algo lo empujaba a seguirla. Alzó la mano en dirección a ella...
Puedo verlo como si yo misma hubiera estado allí, así, de pie y con la mano tendida.
Y lleva así, con la mano tendida, cuarenta y cinco años.
Pero entonces, en la plantación, sin pensarlo, y antes de ponerse a dudar y liarse consigo mismo, salió corriendo tras ella para decirle lo que había comprendido al verla. Que había vuelto a despertar a la vida, me contó. Le pedí que me lo explicara. Estaba confuso, murmuró algo acerca de todo lo que se le había ido adormeciendo durante los años de la enfermedad de su madre y todavía más después de que ella muriera. Mientras que ahora, de repente, todo le parecía apremiante y crucial, y también comentó que no tuvo la más mínima duda de que ella le correspondería al instante.
Nina oyó los pasos de él siguiéndola, se detuvo, se dio la vuelta y lo examinó con una mirada lenta. «¿Qué pasa?», le ladró a la cara. Él dio un paso atrás, estremecido por su belleza y puede que también por su grosería, pero sobre todo, sospecho yo, por la mezcla de belleza y grosería. Incluso hoy le pasa: siente debilidad por las mujeres que tienen un poco, una pizca, de agresividad masculina y hasta de descaro, como el toque de una especia, Rafael, Rafi...
Nina puso los brazos en jarras; afloró en ella la dura chica callejera, la fiera salvaje. Las aletas de la nariz se le ensancharon, lo olisqueaba; Rafael vio las pulsaciones de una vena azulada en su cuello y de repente le dolieron los labios, así me lo contó, que le ardían de sed.
«Vale, entendido —pensé—, no tienes por qué entrar en detalles.»
A Nina todavía le brillaban las lágrimas en las mejillas, pero tenía los ojos fríos, casi de serpiente. «Vete a casa, niño», le dijo, pero él negó con la cabeza, no, no, y ella entonces acercó muy despacio su frente a la de él, la acercaba y la alejaba, como si buscara el punto exacto, él cerró los ojos, ella lo embistió y él salió volando de espaldas y cayó en el alcorque de un aguacate.
«De la variedad Ettinger», se cuidó de detallar, no fuera a olvidárseme, Dios nos libre, que cada detalle de la escena es importante, porque así es como se construyen los mitos.
Quedó tendido en el alcorque, conmocionado; se palpó el chichón que empezaba a hinchársele en la frente y se puso en pie completamente aturdido. Desde la muerte de su madre, Rafael no había tocado a nadie ni nadie lo había tocado a él, excepto los chicos con los que se había peleado. Pero aquello era algo diferente, lo notaba. Por fin había llegado esa chica para abrirle la cabeza y librarlo de la tortura. Cegado por el dolor, quiso gritarle lo que se le había ocurrido antes, en el momento en que la vio, y por eso se sorprendió al ver lo vanas y groseras que eran las palabras que le salían por la boca. «Palabras de amigotes —me dijo—. “Que te follen”, y cosas parecidas», muy diferentes de su pensamiento tan puro y correcto, «aunque durante una fracción de segundo vi en su cara que a pesar de tanta grosería había conectado conmigo».
Puede que así fuera como sucedió, qué sé yo. Por qué no concederle el beneficio de la duda y creerle cuando dice que esa chica nacida en Yugoslavia y que durante varios años sí que fue —como se supo más tarde— una niña abandonada, sin padre ni madre, que una chica como esa, a pesar de los datos de su primera biografía, o quizá precisamente por eso, fue capaz de asomarse en un momento de compasión al interior de un chico de un kibutz de Israel, un muchacho retraído, así es como yo me lo imagino con dieciséis años, un chico solitario lleno de secretos, de cálculos retorcidos pero de grandes gestos de los que nadie en el mundo sabía nada. Un chico triste y torturado pero guapo, que había llegado a este mundo para llorar.
Rafael, mi padre.
Existe una conocida película, en este momento no me acuerdo cómo se titula (y ahora no quiero perder ni un segundo en Google), en la que el protagonista regresa al pasado para arreglar alguna cosa de su vida, o evitar una guerra mundial, o algo así. Qué no daría yo por poder volver al pasado y evitar que estos dos se conocieran.
Durante los días y las noches que vinieron a continuación se torturaba por aquel momento tan maravilloso que había echado a perder. Dejó de tomar los somníferos de su madre para poder sentir el amor sin amodorramiento. La buscó por todo el kibutz, pero no la encontró. Por aquella época casi no hablaba con nadie y por eso no sabía que Nina se había ido del barrio de los solteros, en el que vivía con su madre, y se había hecho con un cuartucho en una barraca medio derruida de las de la época de los padres fundadores. La barraca era como una especie de vagón con pequeñas habitaciones, y se encontraba detrás de las plantaciones, en una zona a la que el kibutz, con su proverbial delicadeza, llamaba «el barrio de los leprosos». Lo formaban una pequeña comunidad de hombres y de mujeres, la mayoría voluntarios extranjeros que se habían quedado allí anclados, incapaces de encontrar su lugar en el mundo y de aportarle nada, y con los que el kibutz no sabía muy bien qué hacer.
Pero la idea nacida en él de que Nina había ido a su encuentro en la plantación no había perdido nada de su entusiasmo, y cada día que pasaba se le enredaba más alrededor del alma: «Si Nina quisiera acostarse conmigo aunque solo fuera una vez —pensaba muy seriamente—, entonces su rostro volvería a tener expresión».
Me habló de ese pensamiento suyo durante una conversación que rodamos hace una eternidad, cuando él tenía treinta y siete años. Esa fue mi película de debutante, y esta mañana, veinticuatro años después del rodaje, hemos decidido, Rafael y yo, en un compulsivo arrebato de nostalgia, sentarnos a verla. En ese punto de la película se le ve tosiendo hasta casi ahogarse, rascarse la desaliñada barba, soltar y volver a ajustar la correa de cuero de su reloj y, sobre todo, no levantar la mirada hacia la joven entrevistadora, hacia mí.
—Oye, pues tenías muchísima seguridad en ti mismo a los dieciséis años —se me oye decir en la película con un seductor susurro.
—¿Yo? —se sorprende Rafael en la cinta—. ¿Seguridad en mí mismo? Pero si era una hoja a merced del viento.
—Pues a mí me parece —dice la entrevistadora con una espantosa voz de falsete— que son las frases de galanteo más originales que nunca he oído.
Entonces yo tenía quince años, cuando lo entrevisté, y en honor a la verdad hasta aquel momento jamás había tenido ocasión de oír ninguna frase de galanteo, ni original ni banal, de nadie que no fuera «yo ante el espejo» con una boina negra y una misteriosa bufanda que me cubría media cara.
Una cinta de vídeo, un pequeño trípode, un micrófono recubierto con una esponja gris convertida ya en pelusa. Esta semana de octubre de 2008 lo ha encontrado todo mi abuela, Vera, en una caja de cartón de su trastero, junto a la vieja Sony, a través de cuyo visor veía yo el mundo por aquellos años.
La verdad es que la definición de «película» le viene un poco grande a esa cosa. Se trata más bien de unas cuantas tomas, recuerdos de juventud de mi padre, inconexos, sin terminar de editar. El sonido es espantoso, la fotografía está desvaída y granulada, pero a grandes rasgos se entiende lo que sucede. En la caja había escrito Vera con un marcador negro: «Guili – varia». No tengo palabras para describir las sensaciones que esa película me produce, ni la piedad que siento por la muchacha que fui y que ahí, en la película, y no exagero, parece la versión humana del pájaro dodo que, como se recordará, lo salvó de morir de vergüenza el hecho de que se extinguiera. Es decir, un ser que no dejaba entrever lo que era ni hacia dónde apuntaba, porque estaba abierto a todo.
Hoy, veinticuatro años después de haber rodado esa conversación, estoy sentada al lado de mi padre en casa de Vera en el kibutz, viéndola con él, y me sorprende descubrir lo expuesta que quedo en ella a pesar de que solo soy la entrevistadora y apenas se me ve.
Hay bastantes momentos en los que no estoy concentrada en lo que mi padre cuenta sobre él y sobre Nina, cómo se conocieron y lo mucho que la amó. Estoy sentada a su lado, acurrucada, encogida por la fiereza de la lucha interior proyectada sin ningún tipo de filtro, como un grito, de la chica que fui, y veo el pavor que hay en sus ojos por el hecho de que todo siga estando tan abierto, demasiado abierto, incluso preguntas como qué cualidades tendría o no, o cuánto tendría de mujer y cuánto de hombre. A los quince años seguía sin saber qué decisión iba a tomar en los calabozos de la evolución.
Y pienso: si pudiera asomarme un momento, solo un momentito, a su mundo, para enseñarle una foto de mí ahora, una foto en el trabajo, supongamos, o una foto con Meir, incluso de hoy, en la situación en la que nos encontramos, y decirle: «No te preocupes, niña; al final, con algunos empujoncitos, algunas concesiones, un poquito de humor y otro poco de autodestrucción constructiva, encontrarás tu lugar, un lugar que será solo tuyo, en el que tendrás hasta amor, porque va a haber alguien que busque justamente una mujer grande con aroma de pájaro dodo».
Quiero regresar a los inicios, a la incubadora de la familia. A ver a qué me da tiempo antes de que despeguemos hacia la isla. El padre de Rafael, Tuvya Bruk, fue un agrónomo encargado de supervisar los terrenos que se extendían entre Haifa y Nazaret, y desempeñó también algunos cargos importantes en el kibutz. Era un hombre apuesto y serio, un hombre de acción y de pocas palabras. Amaba a Dushi, su mujer, y durante los años que estuvo enferma la cuidó lo mejor que pudo. Cuando ella murió, en el kibutz empezaron a hablarle de Vera, la madre de Nina. Tuvya dudaba. Había algo en ella que no era de aquí. Siempre, en todo momento, llevaba los labios pintados y unos pendientes. Tenía un marcado acento, hablaba un hebreo extraño (hasta hoy lo conserva, no hay nadie que hable como ella) e incluso su voz resultaba diaspórica a oídos de él. Un miembro veterano del kibutz, del grupo de los yugoslavos, posó su mano sobre el hombro de Tuvya, una noche que salían del comedor comunitario, y le dijo: «Es una mujer que está a tu altura, Tuvya. Debes saber que ha pasado por unas vivencias que cuesta hasta imaginarlas, y eso que no todo se puede contar».
Tuvya la invitó a su casa para que se conocieran. Por no sentirse cohibida durante la cita, Vera acudió con una amiga de su misma ciudad de Croacia, una fotógrafa apasionada. Las dos permanecieron allí sentadas en silencio, con las piernas cruzadas, en unas sillas incomodísimas hechas de barras de metal con un entramado de finas cuerdas de nailon que se les clavaban en el culo.
Necesitaron echar mano del autocontrol propio de un estilita para no morirse de risa cuando Tuvya intentó llevar desde la cocina hasta la sala la merienda que sus hijas habían preparado de antemano. Después, durante los treinta y dos años siguientes buenos y hasta felices que pasaron juntos, Vera disfrutaba imitando aquellos primeros momentos en los que Tuvya se había ido a la cocina para buscar un cuenco con cacahuetes o unos bastones salados, y seguía hablando con ellas desde allí sobre las larvas de la oruga esparraguera y las minadoras de hojas, para después regresar a donde ellas estaban con las manos vacías, dedicarles una sonrisa de disculpa que ponía de manifiesto el maravilloso hoyuelo que tenía en la mejilla izquierda y volver a la cocina para llevar un tarro de cristal con flores silvestres.
Mientras el padre de Rafael desarrollaba ese complicado baile de cortejo, Vera miraba a su alrededor para intentar averiguar algo sobre su difunta mujer. No había ni un solo cuadro en las paredes, ni estanterías con libros ni alfombras. La pantalla de la lámpara de pie estaba comida por la polilla (se preguntaba si se trataría de unas parientes de las minadoras de hojas de las que él había estado hablando antes) y pedazos de una espuma amarilla asomaban del tapizado del sofá de gomaespuma. La amiga de Vera le señaló con un gesto del mentón la silla de ruedas plegable y la botella de oxígeno que estaban encajadas en el espacio que quedaba entre el sofá y la pared. Vera notó que la enfermedad que había reinado allí durante años no había abandonado del todo el lugar. Que una parte de ella todavía no había llegado a su fin. El hecho de saber que tenía allí a una rival la hizo ponerse en guardia, por lo que ordenó al padre de Rafael que se sentara de una vez y que hablara con ellas como una persona civilizada, y él se sentó muy erguido en el sofá con los brazos cruzados.
Vera le sonrió desde lo más profundo de su feminidad, y Tuvya notó cómo la columna vertebral empezaba a derretírsele. La amiga se dio cuenta al instante de que estaba de más y se levantó para irse. Vera y ella cruzaron unas precipitadas palabras en serbocroata. Vera se encogió de hombros mientras hacía un gesto de rechazo con la mano que podía significar: «Pues precisamente eso no me importa». Tuvya, cuya existencia al completo estaba siendo calibrada en ese momento, a pesar de ser un hombre decidido y seguro de sí mismo, se sintió cuestionado por aquella mujer menuda de mirada verde y penetrante. Tan penetrante que a ratos se veía obligado a apartar la vista de ella. Antes de marcharse, la amiga les pidió permiso para fotografiarlos con su Olympus. Los dos parecieron confusos, pero la amiga insistió: «Es que se os ve tan guapos juntos...», y entonces ellos se miraron y por primera vez consideraron la posibilidad de llegar a ser pareja.
Para la foto, Vera se levantó de su potro de tortura y se sentó al lado de Tuvya en el estrecho sofá. En la fotografía, en blanco y negro, Vera se apoya hacia atrás en un solo brazo y lo observa a él desde un lado, con una mirada algo distante, a la vez que sonríe. Se diría que lo exaspera y que disfruta de ello.
Corre el año 1963. Principios de invierno. Vera tiene cuarenta y cinco años. Un caracolillo de pelo le cae sobre la frente y los labios carnosos, perfectos. Las cejas finas, a lo Hedy Lamarr, delineadas con lápiz.
Tuvya tiene cincuenta y cuatro años, viste una camisa blanca de cuello ancho y un jersey tejido a mano con trenzas gruesas. Luce un espeso tupé negro con la raya muy marcada. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y destacan sus enormes puños. Se siente turbado. El brillo de la frente delata su nerviosismo y emoción.
Tuvya está sentado con las piernas cruzadas, y solamente ahora me doy cuenta de que debajo de la mesa —que son dos cajones de madera cubiertos con un mantel blanco— el dedo gordo del pie derecho de Vera, enfundado en una sandalia abierta de tiras, toca ligeramente la suela del zapato de Tuvya, como si le hiciera cosquillas por debajo.
La amiga se fue. Vera y Tuvya se quedaron solos, clavados en el sofá. Al levantar él el brazo para rascarse la frente, Vera le vio el vello negro que asomaba por la manga del jersey. Un espeso vello le brotaba también del pecho y se detenía frenado por una raya roja en el cuello, que lo separaba del afeitado. Vera sintió una mezcla de atracción y de rechazo. Su primer amor, el único, Milosh, tenía una piel lisa y clara, que se bronceaba con el sol hasta tornarse de un color miel. El cuerpo de Vera recordó de pronto cómo Milosh y ella solían retozar como cachorros de gato. Le gustaba atrincherarse en el flaco cuerpo de él, tan enfermizo, insuflarle el calor, la fuerza y la salud que ella tenía a raudales, y sentir cómo lo llenaba al fluir hacia él. Ahora se le encogió el corazón, y de puro desaliento a punto estuvo de marcharse. Tuvya, que no se había percatado de la conmoción por la que Vera estaba pasando, se levantó, se plantó delante de ella y le dijo que tenía que acudir a la asamblea de la secretaría, pero que por su parte estaba abierto a que lo intentaran. Y dicho esto le tendió la mano con el gesto del que despliega una regla de carpintero.
El torpe gesto de él le produjo, a pesar de la pena que rodeaba las añoranzas que sentía por Milosh, un estallido de risa tintineante. Tuvya, sintiéndose reprendido, intentó a su manera minimizar su avasalladora presencia corporal. «¿Tú qué dices, Vera?», le preguntó suplicante mientras volvía a tomar asiento en el borde del sofá, completamente perdido, sumiso. Vera seguía dudando. Tuvya le gustaba, le parecía muy masculino, recto y sincero. «Enseguida vi el potencial que había en Tuvya.» Pero por otro lado apenas sabía nada de él.
Justo en ese momento y de la manera más inoportuna, como suele pasarle casi siempre en todos los momentos importantes de su vida, entró Rafael, el hijo pequeño de Tuvya, con un ojo hinchado, unos cortes en la cara y sangre seca alrededor de la boca. Ya había vuelto a meterse en una pelea, en esta ocasión con unos chicos mayores que él del instituto interregional. Seguía llevando puesta —como todos los días, hiciera el tiempo que hiciera— la sudadera con capucha del día del entierro de su madre. Abrió la puerta mosquitera, vio a su padre sentado al lado de Vera y se quedó helado. Vera se levantó de inmediato y fue hacia él, que la detuvo con un gruñido de advertencia. Pero ella no se arredró. Se quedó plantada delante de él observándolo con curiosidad.
Rafael, lo mismo que su padre, quedó turbado con su mirada. Y eso que ya la había visto con anterioridad, claro está. Se había cruzado con ella unas cuantas veces por los caminos del kibutz y en el comedor comunitario, pero sin que le causara gran impresión. Aquella mujer menuda, segura de sí misma, rauda y de boca crispada. Eso era aproximadamente lo que había visto hasta entonces. Por supuesto que tampoco se imaginaba que era la madre de Nina, la chica que alimentaba sus fantasías de día y de noche. «Tú eres Rafael», dijo Vera con una sonrisa, y sonó como si supiera mucho más que eso. Sin apartar la mirada de Rafael, envió a Tuvya al cuarto de baño para que le llevara yodo y unas gasas. Y alargando la mano hacia la cara sangrante de Rafael, le tocó con el dedo la comisura de los labios.
Se oyó un agudo grito y una palabrota ahogada, en serbocroata. Tuvya llegó corriendo del cuarto de baño. Rafael estaba allí de pie, asustado y con el sabor de una sangre ajena en los labios. Vera intentaba detener el chorro de sangre que le goteaba de los dedos al suelo. Tuvya, que jamás había pegado a Rafael, se abalanzó sobre él, pero Vera, de un salto y con los brazos abiertos, se interpuso entre los dos al tiempo que dejaba escapar una especie de resuello ronco y profundo a modo de aviso, casi inhumano. El movimiento y la extraña voz de ella hicieron que Rafael se sintiera, en lo más profundo de su ser, como el cachorro de una fiera, «una fiera que lucha por su cría», me dijo.
Y en contradicción con todo lo que sentía hacia ella, de pronto, lo que deseó desesperadamente fue ser la cría de aquella fiera.
Tuvya no era una persona violenta, por lo que la reacción que había tenido lo asustó. Una y otra vez murmuraba avergonzado: «Perdón, Rafi, perdóname». Vera se apoyó en la pared, un tanto mareada, pero no por la sangre, porque la sangre nunca la había impresionado. Se apoyó en la pared. Sus temblorosos párpados ocultaron una apresurada conversación con Milosh. Habían pasado casi doce años desde que se suicidó en la sala de interrogatorios de la UDBA, en Belgrado. Le dijo que ahora iba a irse a vivir con otro hombre, pero que eso no significaba en absoluto que se despidiera de él ni del amor que compartían.
Abrió los ojos y miró a Rafael. Pensó en lo mucho que se parecía a su padre, en el impresionante hombre en que llegaría a convertirse, pero también se dio cuenta del estrago que la orfandad había causado en él a tan tierna edad. Nina, su hija, también era huérfana, y de un modo que resultaba difícil de describir, pero la destrucción, la soledad y el abandono de Rafael hicieron que Vera se sintiera más madre de lo que jamás se había sentido antes. Esta frase me la repitió varias veces a lo largo de los años, con una amplia extensión vocal riquísima en matices.
—¿Cómo es posible que nunca lo hubieras sentido? —le espeté una vez—, ¡si ya tenías a Nina! ¡Tenías una hija!
Estábamos paseando por nuestro camino favorito, el que cruza los campos que rodean el kibutz. Íbamos del brazo, como le gusta ir conmigo todavía hoy, a pesar de la diferencia de altura, y tal como es ella, espantosamente directa, me dijo:
—Es como si con Nina hubiera tenido embarazo extrauterino, mientras que con Rafi, todo era como normal.
Rafael y Tuvya apenas respiraban bajo la mirada de Vera y ese fue el momento en que ella supo que se casaría con Tuvya, y que se habría casado con él, así lo dijo en repetidas ocasiones, aunque hubiera sido feo, perverso o golpeara burdeles —expresión particular suya, una de tantas, cuyo significado nunca nos ha terminado de quedar muy claro, aunque la familia entera de Tuvya la haya adoptado de mil amores—. «Porque ¿qué valor tienen todos tus hermosos ideales? —pensó Vera para sus adentros en aquel momento—. ¿Qué valen el comunismo, la hermandad de los pueblos, la resplandeciente estrella roja, el grandioso personaje de Pável Korchaguin en Así se templó el acero? ¿Qué valdrían si no todas las guerras en las que hayas participado por un mundo mejor y más justo? Una mierda, eso es lo que valdrían —se contestó a sí misma—, si ahora abandonaras a este crío a su suerte.»
Durante un momento se quedaron los tres ensimismados. Me gusta imaginármelos así, los tres con la cabeza gacha, como escuchando el borboteo de la solución efervescente que empezaba a actuar dentro de ellos. En realidad, ese es el momento en el que se formó mi familia. También es el momento, al fin y al cabo, en el que yo misma empecé a despuntar.
Tuvya Bruk fue mi abuelo. Vera es mi abuela.
Rafael, Rafi, Erre, es, como se sabe, mi padre, y Nina...
Nina no está aquí.
No está, Nina.
Pero esa fue siempre su exclusivísima aportación a la familia.
¿Y qué hay de mí?
Querido cuaderno, setenta y dos páginas de papel de pasta de madera de la marca Daftar: ya he llegado a ocupar una cuarta parte de ti y todavía no hemos sido presentados debidamente.
Guili.
Un nombre problemático, lo mires por donde lo mires. Sobre todo cuando lo tiene que escribir un iletrado.
Rafael se retiró a su cuarto, que era diminuto y oscuro como una madriguera. Cerró la puerta y se sentó en la cama. La mujer menuda lo había atemorizado. Nunca había visto a su padre tan derretido. Al otro lado de su puerta cerrada, Vera llevó a Tuvya hacia el sofá y le dejó que le curara los dos dedos mordidos. Se solazó con la palidez de su mano entre las de él. Permanecían en un silencio agradable. Tuvya terminó la cura sujetándole el vendaje con un imperdible. Acercó el rostro a los dedos de ella para cortar con los dientes un hilo rebelde y Vera se sintió desfallecer por la fuerza de su masculinidad. Tuvya le preguntó si le dolía y ella murmuró:
—Lo tengo merecido.
Hablaban en voz baja. Él dijo:
—El chico está así desde que murió su madre. En realidad, desde que enfermó.
Vera posó la mano vendada sobre la de él.
—Yo tengo a Nina y tú tienes a Rafael.
El cuchicheo los hacía sentirse muy próximos. Vera se contuvo para no pasar los dedos por el espeso tupé de él.
—Entonces, ¿cómo lo ves, Vera? ¿Crees que nosotros...?
—Juntos, se puede intentar, por qué no.
Hace dos días celebramos el noventa cumpleaños de Vera (con más de dos meses de retraso: el día del aniversario estaba con bronquitis y decidimos posponerlo). La familia lo festejó en el kibutz, en el club social. «La familia» es, por supuesto, solo la familia de Tuvya, a la que Vera simplemente se había unido, aunque durante cuarenta y cinco años es ella la que ha sido su alma. Siempre resulta divertido pensar que la mayoría de los nietos y los bisnietos que se abalanzan sobre ella compitiendo por ganarse su atención ni siquiera saben que no es su abuela biológica. Todos nuestros niños pasan por un pequeño rito de iniciación cuando de repente, alrededor de los diez años de edad, se les revela la verdad. Y entonces —sin excepción— él o ella hacen una o dos preguntas, fruncen ligeramente el ceño, entrecierran los ojos y por último sacuden la cabeza como impulsados por un fugaz estremecimiento que pretende arrojar muy lejos esa nueva y molesta información.
Hannah, la hija mayor del abuelo Tuvya y hermana mayor de mi padre, leyó un pequeño parlamento: «Después de treinta y dos años que llevan juntos, creo que se puede decir de corazón que Vera es un miembro pleno de nuestra familia y que sin Vera seguro que no seríamos la familia que ahora somos». Hannah habló como siempre lo hace, con sencillez y humildad, y Rafael no fue el único al que se le escapó una lagrimilla. Vera torció el gesto. Hace una mueca de desprecio automática cuando nota que algo es demasiado empalagoso, y Rafael, que estaba filmando, como en todas las celebraciones familiares, me susurró por lo bajo lo exclusivos de Vera que son esos movimientos y esos gestos.
En cuanto empezó la fiesta anunció que ese día solo le estaba permitido a ella decir cosas buenas de sí misma y que por eso podían pasar de inmediato a disfrutar de la comida. Pero en esta ocasión la familia no cedió. Familiares de todas las generaciones y de todas las edades se levantaron para alabarla, cosa nada corriente, porque los Bruk, normalmente, no son demasiado habladores y jamás se les habría ocurrido decirle a alguien unas cosas tan íntimas y directas, y muchísimo menos en público; pero a Vera se lo querían decir. Casi todos los que estaban allí presentes tenían una historia que contar acerca de cómo los había ayudado Vera, cómo los había cuidado o cómo los había salvado de algo, cuando no de sí mismos. Mi historia era la más sensacionalista porque incluía su apoyo incondicional para ayudarme a superar un grave problema mental por el que pasé a los veintitrés años cuando un impresentable de mi misma filmográfica me rompió el corazón. No obstante, tanto Vera como yo teníamos muy claro que lo que yo tuviera que decirle se lo iba a decir en privado, como siempre, estando las dos solas. Un momento especialmente emotivo fue cuando Tom, el nieto de dos años y medio de Ester, se ensució el pañal y, como si se empeñara en defender su propia declaración de independencia, se negó rotundamente a que su madre o su abuela Ester lo cambiaran; y cuando Ester le preguntó quién quería entonces que lo cambiara, gritó entusiasmado: «¡Tata Vera!», y todos prorrumpimos en una sonora carcajada.
Vera se levantó del sillón a una velocidad sorprendente, corrió casi como una chiquilla, lo único que con el cuerpo un poco inclinado hacia la izquierda, y le cambió a Tom el pañal en una mesa lateral mientras nos hacía señas para que siguiéramos hablando y «aquello se acabara de una vez». Entretanto se centró en la sonriente cara de Tom y le habló a su ombligo con unos suaves gorjeos en serbocroata con acento húngaro, aunque por supuesto seguía escuchando lo que se decía de ella allá atrás. Y cuando alzó por el aire, a pesar de sus noventa años, a un Tom ya limpio y cambiado que se reía y le intentaba quitar las gafas, sentí de repente una fuerte punzada en lo más profundo de mi ser, el dolor de lo que yo nunca sería ni haría, y eché tantísimo de menos a mi hombre, a Meir, que pensé que le tenía que haber dicho que fuera conmigo, porque lo cierto es que había sido muy consciente de antemano de lo expuesta y frágil que iba a sentirme allí, con Nina.
Cuarenta y cinco años antes, en el invierno de 1963, la tarde en la que Vera y su padre Tuvya iban a empezar a vivir juntos, Rafael se fue al gimnasio del kibutz. Detrás del gimnasio había un terreno arenoso y baldío, y durante el último año, desde la muerte de su madre, solía entrenarse allí en lanzamiento de peso. El sol se había puesto ya, pero en el cielo quedaba todavía un resto de suave luz, aunque unas esquirlas de lluvia azotaban el aire. Una y otra vez, infinitas veces, lanzaba Rafael muy lejos balas de tres y de cuatro kilos. La ira y el odio mejoraban considerablemente sus lanzamientos. Cuando empezó a tener frío y quería ya marcharse al internado del instituto interregional para enterrar la cabeza debajo de la almohada y no pensar en lo que su padre iba a hacer esa noche, o puede que ya lo estuviera haciendo en ese mismo momento, con su puta yugoslava, apareció Vera ante él. Llegó con una maleta marrón, casi tan grande como ella, asegurada con unas correas de piel y puntas claveteadas (un objeto precioso acerca del que llevo maquinando hace tiempo para ver cómo me hago con él). Vera dejó la maleta en el barro y se quedó plantada delante de Rafael con los brazos colgando, como si se presentara ante él para someterse a su veredicto. Y a él no le quedó más remedio que seguir lanzando las balas sin mirarla. Durante las dos semanas que habían transcurrido desde que la conoció y le mordió la mano, Rafael se había enterado de que Vera era la madre de su amada. Ese hecho era tan espantoso que intentaba con todas sus fuerzas apartarlo de su mente, pero ahora Vera había aparecido ante él, como recordatorio viviente.
La lluvia la tomó por sorpresa. Vestía un fino jersey de color berenjena y debajo una camisa con un cuello de volantes redondo y resplandecientemente blanco, y los zapatos, blancos también, se le habían manchado ya de barro. Llevaba un gorrito morado colocado sobre la cabeza con un ángulo de inclinación que irritó a Rafael no menos que el gorrito en sí. Y para colmo lucía una cadenilla de oro y unos pendientes de perla, cosas que solo se ponían las urbanitas.
En realidad, ahora que lo escribo, se me ocurre que aquel atuendo era el vestido de novia de Vera.
Aquella era su noche de bodas.
Con su marcado acento húngaro —en su casa, en Croacia, generalmente hablaban húngaro— le preguntó: «Rafael, ¿querrías hablar un pequeño momento conmigo?». Pero él se tapó los ojos con la capucha, le dio la espalda y lanzó una bala de hierro hacia la oscuridad. Vera vaciló un instante y después dio un paso al frente, levantó una bala del montón y la sopesó con la mano. Rafael detuvo en seco su movimiento, como si se le hubiera olvidado cuál era el paso siguiente. Sin ninguna preparación previa, sin girar sobre sí misma y ayudándose solo de un profundo gruñido, Vera lanzó la bala de hierro a una distancia impresionante, puede que hasta un metro más allá que la bala de él.
Rafael era un chico delgado pero fuerte, de los más fuertes de su promoción. Levantó otra bala y se la colocó en el hueco que separa la clavícula del hombro, cerró los ojos y no se apresuró, sino que irradió hacia el interior de la bala toda la aversión que sentía por Vera.
Por algún motivo no le pareció suficiente, así que continuó girando sobre sí mismo para insuflarle también a la bala todo el odio que sentía hacia su padre por estar a punto de serle infiel a su madre con una mujer extranjera y que encima era la madre de Nina. Sin embargo, ni siquiera este pensamiento consiguió hacerle lanzar la bala, así que siguió girando sobre sí mismo hasta que de repente se vio inundado por un turbio torrente de furia hacia su madre, precisamente hacia ella, por el hecho de que hubiera empezado a rendirse a la enfermedad cuando él tenía solo cinco años.
La oscuridad se hizo más espesa y la lluvia arreciaba. Vera se frotaba las manos muy deprisa, por el frío o por el placer de la competición que había prendido en ella. Rafael me lo mostró en la película que rodé. Yo conocía bien esa faceta de Vera, y no me gustaba. Y por cierto, en eso sigue siendo igual a día de hoy: hay algo metálico, duro, que se hace patente en ella, en la cara, en los ojos, hasta en la piel, en los momentos en los que surge una discusión o un enfrentamiento, sobre todo cuando se trata de asuntos políticos. Si, supongamos, se le despierta la sospecha de que alguien de la familia o del kibutz admite algún argumento de la derecha o se atreve a pronunciar una sola palabra a favor de los colonos, o, peor todavía, a simpatizar con la religión, da verdadero miedo porque se pone hecha un basilisco.
El joven Rafael también notó entonces que aquellos —así lo explicó— no eran los «gestos de una madre». Y eso que no sabía muy bien cuáles eran los gestos de una madre, porque cuando Vera irrumpió en su vida él era un verdadero analfabeto en cuestiones de maternidad. Vera se quitó a toda prisa la cadenilla, las pulseras y los pendientes, lo dejó todo encima de la maleta y lo cubrió con el ridículo gorrito. Una vez que tuvo las joyas a salvo, se remangó doblándose con unos ágiles movimientos las mangas del jersey y de la camisa. Fue entonces cuando Rafael pudo ver los músculos y el entretejido de tendones de su brazo. Se quedó mirándolos fijamente, presa del pánico: «¿Cómo piensa ser madre de nadie con esos músculos?».
El mundo estaba ya a oscuras. Del lado de la cordillera del monte Carmelo se oía tronar. Vera y Rafael apenas veían las balas que lanzaban. Solo su negro brillo metálico resplandecía un instante a la luz de una de las farolas del camino y, a veces, a la luz de un lejano rayo. Las balas caían cada vez más cerca de ellos, y cuando las cogían del barro, apenas les quedaban ya fuerzas para volver a lanzarlas. Pero allí seguían, los dos, lanzándolas y gruñendo, jadeantes, con una mano en la cintura. Cada pocos minutos iban uno junto al otro, en silencio, a buscar las balas que yacían en los charcos cual renacuajos cebados.
Cuando Rafael estaba a punto de reconocer que no le quedaban fuerzas, Vera dejó la bala en el suelo, alzó las manos y se fue hacia donde estaba la maleta. A Rafael le dio la sensación de que ella se había dejado ganar intencionadamente, y eso le gustó. Eso es lo que hace una madre («Entiéndeme, Guili, en aquel tiempo yo dividía a la humanidad entera en dos mitades, y, te vas a reír, también a los hombres: las madres y las no madres»). Vera estaba de espaldas a él volviendo a ponerse muy deprisa las pulseras y los pendientes. Se caló otra vez ladeado el gorro violeta, y a Rafael le entraron ganas de arrancárselo de la cabeza, tirarlo al barro y saltarle encima para pisotearlo. Después Vera se dirigió a él. Le temblaba el cuerpo de frío y tenía los labios amoratados, pero mantenía la mirada serena.
—Oye un momento. He venido aquí para hablar contigo antes entrar en casa tu padre. Tienes que saberlo. Yo no quiero ser tu madre, y mucho menos una madrastra tuya. —Tenía un hebreo bastante bueno, que había aprendido ya en Yugoslavia mientras esperaba a que le dieran el permiso para salir y viajar a Israel. Había estudiado hebreo con Nina, en las clases de una periodista judía, pero por el acento, a Rafael le pareció que decía: «Madrastra pulla».
«Nunca jamás vas a ser mi madre —susurró Rafael para sus adentros—, nunca vas a conseguir ser como era mi madre.» Su madre se había pasado los últimos años de la enfermedad encerrada en el dormitorio y él apenas la veía. A veces, cuando lo llamaba desde el dormitorio con aquella voz tan gutural y masculina que se le había puesto, Rafael saltaba por la ventana de su habitación y salía huyendo. No era capaz de soportar la cara de ella, hinchada como un globo, convertida en la caricatura de la madre tan guapa y elegante que había tenido, y tampoco podía sufrir el olor agrio que manaba de ella y que llenaba la casa pegándose a la ropa e incluso al alma. Cuando tenía cinco o seis años, había noches en que Tuvya, su padre, lo llevaba en brazos, dormido, a la cama de su madre para que ella lo viera y lo abrazara. Y cuando Rafael se despertaba al día siguiente por la mañana, siempre sabía, por el olor de su pijama, si por la noche lo habían llevado con su madre, y entonces exigía, a veces presa de un ataque de rabia, que pusieran a lavar el pijama de inmediato.
Vera le dijo a Rafael: «Nadie en mundo va a poder ser como tu madre, y esto es casa tuya y yo solo soy una huésped, pero te prometo to do my best, y si tú no me quieres, solo tienes que decir una palabra y yo en ese momento cojo mis cosas y me voy».
¿Un minuto? ¿Cinco minutos? ¿Cuánto tiempo estuvieron allí bajo la lluvia? Existen varias versiones. Vera jura, con un seco escupitajo ritual hacia un lado y montando después el labio superior sobre el inferior, que fueron, por lo menos, diez minutos. Rafael, sin expectoraciones de por medio, sentencia que no más de medio minuto, y yo, como de costumbre, tiendo a creerlo a él.
En mi vieja película, que ahora estamos proyectando en la pantalla de la tele de Vera, se me oye citarle a Rafael algo que en una ocasión le oí decir a su padre, a Tuvya, a mi abuelo agrónomo. «Hay semillas a las que les basta con un solo granito de tierra para germinar», frase que a los quince años me llegaba
