Franco con franqueza

José María Zavala
José María Zavala

Fragmento

cap-2

INTRODUCCIÓN

Una historia distinta

Este nuevo trabajo de investigación no es una biografía más de Francisco Franco Bahamonde, el líder militar convertido de la noche a la mañana en el político que rigió los designios de España durante casi cuarenta años. No es una biografía suya ni pretende serlo en modo alguno.

Se trata más bien de un anecdotario privado, y como tal en muchos aspectos desconocido, del personaje español más público del siglo XX, por paradójico que resulte.

Abordar una biografía de Franco, desde su nacimiento hasta su muerte, sacando a relucir por enésima vez los principales sucesos y fechas que jalonaron su vida, carece a mi juicio de sentido e interés a estas alturas; sobre todo, cuando tantos ríos de tinta han corrido ya sobre el protagonista de estas páginas.

Desde Luis Suárez hasta Paul Preston, pasando por Ricardo de la Cierva, Gabriel Cardona, Carlos Fernández, Juan Pablo Fusi, o más recientemente Stanley G. Payne y Jesús Palacios, cada uno de ellos con su óptica particular, han publicado biografías más o menos extensas del personaje con un orden cronológico.

Franco con franqueza, insisto, es un libro distinto por lo que ofrece de original en cuanto a contenido y estructura se refiere; aunque el fin sea el mismo: conocer mejor a un personaje sobre el que se cree saberlo todo, o casi todo.

Pero ¿sabía el lector, acaso, que los compañeros de colegio del futuro dictador en su Ferrol natal le motejaban «Cerillito» por ser tan delgado y poquita cosa? ¿O la verdadera relación con su hermano bastardo Eugenio Franco Puey, fruto de las veleidades amorosas del padre con una dulce manileña de tan sólo catorce años cuando él estaba a punto de cumplir los treinta y tres? ¿Conocía las circunstancias en que fue asaltado su domicilio particular en plena Guerra Civil española, el fusilamiento de su primo hermano el general Ricardo de la Puente Bahamonde con su insólita pasividad, o la identidad de los «generales malditos» bajo su régimen dictatorial?

¿Estaba al corriente de los pormenores de la relación con su primera novia Sofía Subirán, de la traumática pérdida de un testículo en la guerra de África, o de las dudas que suscitó luego este aciago suceso sobre la paternidad de su única hija, Carmen Franco Polo?

¿Había oído alguna vez que Franco ganó casi un millón de pesetas de 1967 con una quiniela futbolística de la Liga italiana, o a cuánto ascendía el importe de su última nómina como militar? ¿Sabía que él espió a la cúpula de Falange Española, incluida la hermana de José Antonio, en la inmediata posguerra, y que al parecer no hizo todo lo que pudo para rescatar a su fundador de la cárcel de Alicante? ¿Acaso no le resulta llamativo que entre los papeles secretos conservados a su muerte, el único referente a su hermano Ramón fuese un informe encargado por él mismo a la Dirección General de Seguridad en el que se denigraba a la viuda y a la hija del héroe del Plus Ultra?

¿Y qué decir sobre los escándalos silenciados durante su Régimen, como la retirada de Miguel Primo de Rivera, hermano de José Antonio, como embajador en Londres tras verse envuelto en un caso de flagrante adulterio? ¿O el tumulto financiero en que se involucró en Estados Unidos a Gonzalo de Borbón, nieto del rey Alfonso XIII, junto al sobrino de Nixon, el primogénito del presidente Roosevelt y el cuñado de Fidel Castro nada menos? ¿O el accidente nuclear en la Ciudad Universitaria de Madrid, en noviembre de 1970?...

Franco con franqueza pretender dar así cumplida respuesta a todos y cada uno de estos sugestivos interrogantes, que podrían agruparse muy bien en siete conceptos diferentes: la familia, las armas, amor y dolor, el gran rival, los «otros Franco», baraka y escándalos silenciados.

A partir de ahora, corresponde al lector juzgar si las historias relatadas en estas páginas contribuyen o no a conocer mejor a un personaje sobre el que, repito, se cree saberlo todo pero que en algunas facetas sigue siendo todavía un gran desconocido.

EL AUTOR,

en Madrid, a 24 de junio de 2015

cap-3

1

«Cerillito»

No estoy muerto; pero ¡qué burros sois!

FRANCISCO FRANCO,

de pequeño, a sus hermanos
Ramón y Pilar

Francisco Franco Bahamonde, futuro Caudillo de España, dio sus primeros pasos en El Ferrol, donde había nacido el 4 de diciembre de 1892, a las 0.30 de la madrugada, en el tercer piso del portal número 108 de la calle de Frutos Saavedra, llamada antes calle de María.

Era un edificio de tres plantas con desván, cuyos bajos estaban alquilados a una señora modesta, de mediana edad, que vivía con su hija soltera.

Se decía entonces que las casas situadas en la misma calle, pero enfrente, pertenecían a la «acera de los tontos», pues su orientación al norte impedía que diese el sol y las familias que allí vivían se pelaban de frío en una época en la que nadie conocía la calefacción.

Francisco, a quien pronto motejaron «Cerillito» en el colegio por ser tan delgado y poquita cosa, residía en aquella casa con sus padres, Nicolás Franco Salgado-Araújo y María del Pilar Bahamonde (se intercaló la «h» después de su nacimiento) y Pardo de Andrade, desposados dos años antes de nacer él en la iglesia parroquial castrense de San Francisco, donde bautizaron también al neófito con cuatro nombres: Francisco, Paulino, Hermenegildo y Teódulo.

Al nacer Francisco, tildado también desde crío con el diminutivo de «Paquito», Ferrol era una pequeña base naval de apenas veinte mil habitantes, amurallada aún, que ni siquiera disponía de luz eléctrica sino de alumbrado de gas, carburo y lámparas de aceite.

El 3 de julio de 1898 Cerillito tenía aún cinco años cuando tuvo lugar en Santiago de Cuba la catastrófica derrota naval infligida por Estados Unidos. España perdió para siempre los restos de su imperio colonial: Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Evidentemente él, dada su corta edad, no tuvo entonces conocimiento del desastre, pero éste sí que apesadumbró a su padre y causó gran conmoción en una pequeña población con guarnición naval como Ferrol. Muchos compañeros de colegio de Cerillito perdieron a sus familiares y llevaron luto por ellos. Por la ciudad se vieron hombres mutilados durante mucho tiempo.

La pérdida de las colonias, y en particular de Cuba, tuvo al menos dos consecuencias trascendentales para el país: reforzó, por un lado, el movimiento regionalista en Cataluña, cuyas elites recelaron del gobierno de Madrid por considerarle responsable del desastre y de la pérdida consiguiente del mercado cubano tan vital para la economía catalana; y por otro, alentó en la oficialidad del Ejército español el firme propósito de poner fin al oprobio de la derrota con una aventura colonial en Marruecos.

De este modo, aun sin tener entonces conocimiento de ello, aquel suceso histórico tendría consecuencias decisivas en la vida de Francisco Franco.

La raigambre de los Franco en El Ferrol databa nada menos que de principios del siglo XVIII, cuando Juan Franco, natural de la localidad gaditana de Puerto Real, se instaló allí como maestro de velas de Su Majestad.

Su hijo, Tomás Franco de Lamadrid, siguió la estela de su padre; igual que el hijo de éste, Juan Franco Viñas, contador de navío, grado equivalente al de coronel en el ejército de Tierra.

Del matrimonio de éste con Josefa Sánchez Freyre de Andrade nació Nicolás Franco Sánchez, casado en terceras nupcias con Josefa Vietti Bernabé. Precisamente el noveno hijo de Nicolás y primero de su matrimonio con Josefa, Francisco Franco Vietti, fue el abuelo de Francisco Franco.

En la detallada memoria de los Franco heredada de su padre Carlos Franco, Concepción Franco Iribarnegaray reseñaba los principales datos biográficos del abuelo de Francisco: Ordenador de Marina de primera clase e intendente del Departamento de Ferrol, nacido el 2 de mayo de 1830 y bautizado el día 5 en la iglesia parroquial de San Julián con los nombres de Francisco, Benito y Anastasio, de manos del presbítero Pedro Irigoyen.

Don Francisco Franco Vietti ingresó en el Cuerpo Administrativo de la Armada y fue autor del Nuevo Prontuario de haberes de Marina, texto muy utilizado en las academias de Administración.

En el dossier de Concepción Franco figura un dato curioso:

Aunque aparece [Francisco Franco Vietti] como hijo natural, sus padres estaban casados en reserva debido a las dificultades en el derecho de la viuda a pensión.

A este propósito, el doctor Francisco Martínez López, experto en la familia Franco, publicó un espléndido artículo titulado «Recuerdos y semblanzas de la familia Franco», en el número 20 de la revista Ferrol Análisis.

Recordemos, en este sentido, que el padre de Francisco Franco Vietti estaba casado en terceras nupcias y que tenía ocho hijos de sus dos matrimonios anteriores.

El abuelo de Francisco fue uno de los generales más prestigiosos del Cuerpo Administrativo de la Armada. Falleció el 21 de septiembre de 1887 en Ferrol, a los cincuenta y siete años, siendo intendente con categoría de general de brigada.

En 1854, Francisco se había desposado con Hermenegilda Salgado-Araújo, con la que tuvo siete hijos, el primogénito de los cuales, Nicolás Franco Salgado-Araújo, fue el padre de nuestro protagonista.

Como no podía ser menos, Nicolás, nacido el 29 de noviembre de 1855 a las siete y media de la mañana, continuó la tradición familiar ingresando el 28 de enero de 1874 en el Cuerpo Administrativo de la Armada donde, tras cincuenta años de servicio, ascendió a intendente general, rango equivalente al de general de brigada.

Su hermano Antonio —tío paterno de Paquito—, educado en el colegio de los Padres Jesuitas de Ferrol, falleció con tan sólo catorce años tras recibir un fuerte golpe en la cabeza al caerse de un árbol. Horas antes, sus padres habían ido a buscarle al colegio para llevarle de excursión. El chaval subió a un árbol y en un instante ocurrió todo. Su padre, abuelo de Paquito, estaba fuera de sí, recriminándose a sí mismo y a su esposa la falta de cuidado.

De los seis hermanos de don Nicolás, padre de Paquito, los gemelos Eusebio y Paulino murieron también prematuramente. Eusebio no llegó a cumplir un año; Paulino, en cambio, falleció con veintisiete en altamar, mientras regresaba de Manila a España, el 2 de noviembre de 1894. Su cadáver quedó sepultado en el fondo de las aguas. Dicen que murió de «morriña», que entonces lo llamaban «pasión de ánimo». Se puso tan enfermo, que decidieron embarcarle rumbo a Ferrol, pero el joven enamorado se apagó como una vela durante la travesía.

Cerillito residía así en su casa de tres plantas con desván.

Ferrol era entonces una ciudad remota y aislada, separada de La Coruña por una ajetreada travesía que cruzaba la bahía hacia el sur, o por una intransitable carretera de poco más de sesenta kilómetros.

En aquel tiempo, Ferrol anhelaba salir de la crisis de la industria naval, que desde fines del siglo anterior no hacía más que generar desempleo y emigración.

El alcalde era entonces Demetrio Plá y Frige, que lideró un movimiento de protesta numantino contra el gobierno de Antonio Cánovas del Castillo, en defensa de los intereses económicos y empresariales de Ferrol.

El gobierno conservador llegó a declarar el estado de sitio más de dos semanas consecutivas, durante las cuales una comisión ferrolana se entrevistó con el presidente Cánovas, dirigiéndose luego a San Sebastián para trasladar sus reivindicaciones a la mismísima reina María Cristina de Habsburgo.

Finalmente, consiguieron que el Gobierno encargase a los astilleros ferrolanos una docena de calderas para el crucero Pelayo, así como otros proyectos de obras que garantizaron el empleo en la comarca durante varios años. Por si fuera poco, Cánovas ofreció al pueblo de Ferrol la construcción del ferrocarril Betanzos-Ferrol, y la de un nuevo crucero.

Mientras Cerillito daba sus primeros pasos, la economía de su pueblo empezaba a despegar.

Socialmente, en cambio, Ferrol estaba sometido entonces a rígidas jerarquías en las que los oficiales de la Marina y sus familias constituían una casta privilegiada.

Pilar Jaraiz Franco, sobrina carnal de Paquito, lo explicaba con meridiana claridad:

Allí el que no era marino de guerra, o descendiente de marinos, estaba más o menos discriminado y era moneda corriente decir: «No podemos jugar con Amalita porque su padre tiene una fábrica de chocolates», o bien: «Con Mercedes no saltamos a la cuerda porque su familia tiene un bazar, o una ferretería». No importaba que estos establecimientos fueran de los más importantes de la ciudad.

Estas discriminaciones se me antojaban una especie de racismo, digamos profesional. Algo ridículo y antinatural, sobre todo si se tiene en cuenta que esa actitud se diese en niñas de siete a trece años. Quizá, pienso ahora, esta desagradable cuestión tuviera su origen en un exacerbado espíritu de cuerpo, exacerbado por los prejuicios sociales de la época y el estiramiento producido en ciertas gentes por los uniformes. No hay que eximir de culpa a las mujeres, pues éstas son las que están más cerca de los hijos y su educación.

La tirantez y la discriminación se extendían incluso a la propia Pilar Jaraiz, sobrina, esposa y nieta de militares:

Yo misma, tengo que decirlo, por ser hija de ingeniero de caminos, no era bien recibida entre las niñas como otras. ¡Y eso que mis abuelos y mis tíos pertenecían a la casta privilegiada!... He de insistir, ser hija de un civil, es más, de un no marino, constituía una especie de hándicap que situaba al sujeto en la última escala de valores infantiles.

Si la exclusión social afectaba a niños y jóvenes, las barreras de clase eran aún más abismales dentro de la propia profesión naval, en la que la intendencia se consideraba inferior al Cuerpo General de la Armada, donde se incluían las escalas de mando.

Los Franco constituían, en este sentido, una clase inferior pues ocupaban puestos en los cuerpos administrativos y burocráticos de la Armada. No en vano, el abuelo paterno de Cerillito, Francisco Franco Vietti, había sido intendente general de la Armada, igual que el materno, Ladislao Baamonde Ortega.

Precisamente don Ladislao, viudo de doña Carmen Pardo, ocupaba la primera de las tres plantas de que constaba la vivienda de su propiedad en la calle Frutos de Saavedra, cuando ya había nacido su nieto Francisco Franco.

La edad no perdonaba a don Ladislao, quien, para evitar las escaleras, residía en el piso más bajo. Los padres de Paquito vivían con sus hijos en las dos últimas plantas, y disponían también del desván.

En sus primeros años, Nicolás y Paquito pasaban largos ratos con el abuelo en su amplia vivienda, compuesta de comedor, despacho, salita, dos alcobas, cocina y lavabo.

Al chiquillo le gustaba acompañar al anciano marino en su despacho mientras hojeaba libros y revistas de su biblioteca, cuyos mejores volúmenes se conservaban en dos librerías cerradas con puertas de cristal en la parte superior, y alacenas de madera abajo. Varios óleos de paisajes campestres decoraban las paredes; entre ellos, uno en el que se distinguía a una hermosa vacada pastando junto a un arroyo.

El despacho daba a un amplio balcón. La sala era sencilla y austera, amueblada con un tresillo pequeño, una mesa de centro y varias sillas incómodas con el respaldo demasiado rígido. Paquito se entretuvo más de una vez con las lustrosas armaduras que parecían montar guardia entre la sala y el despacho, y que a su hermana Pilar le aterrorizaban.

Pero el auténtico hogar de Paquito y de sus hermanos empezaba un piso más arriba de la vivienda del abuelo Ladislao. En la segunda planta destacaba el comedor rectangular con una amplia mesa de roble cuadrada en tono oscuro en la que se comía a diario. Cuando había invitados, la mesa se ampliaba desplegando unos tablones.

Nada más entrar al comedor, a la izquierda, había un trinchero que hacía juego con la mesa, con una pieza de mármol muy blanco encima, estantes en la parte superior y alacenas en la inferior. La madre de Cerillito había adornado el trinchero con figuritas de plata y porcelana y algunas teteras de diversos tamaños.

A la derecha había otro mueble empotrado que llegaba hasta el techo, con vitrinas de cristal arriba y armaritos y cajones abajo. Era este aparador el que atraía a menudo las miradas codiciosas de Cerillito y de sus hermanos. Y la verdad es que era muy fácil de entender, pues a través de sus cristales los chiquillos distinguían unos frascos enormes repletos de guindas en aguardiente, higos en almíbar y otras confituras que hacían sus delicias y las de los mayores de la casa. Doña Pilar Bahamonde preparaba con primor todas esas golosinas que sus hijos celebraban como si fuera una fiesta.

El comedor comunicaba con una galería por la que se accedía a la cocina y, un poco más al fondo, desembocaba en un patio. La cocina era grande y luminosa. Tenía despensa, vasares y fogones de carbón. Era el reino de doña Pilar Bahamonde, consumada cocinera.

Sobre una lareira de piedra se situaba un doble hornillo de carbón. Debajo de la lareira se colocaba el carbón y el cubo de la basura.

Como no había agua corriente, se utilizaban dos sellas o herradas de más de treinta litros cada una, renovadas dos veces al día por las aguadoras.

En el otro extremo de la primera planta se hallaba la sala de visitas, donde se reunía la familia con las amistades o se recibía a los invitados de manera solemne cuando la ocasión lo requería. El suelo de la sala estaba cubierto por una inmensa alfombra floreada de tonos otoñales, sepias y rojizos, que le daban un aspecto campestre muy entrañable.

La sillería era de madera negra tapizada de brocado rojo, con el sofá y las butacas a juego. Todo ello estilo isabelino. Frente a la puerta de entrada había una gran consola con espejo. Llamaba la atención a las visitas una pareja de étagères de tres estantes cada uno y soportes curvados. Los estantes estaban repletos de figuritas de plata, jarrones de cristal azul con flores, jarras de metal repujado, y marcos dorados con fotografías familiares.

Arriba, en la tercera planta, se hallaba el dormitorio conyugal donde nacieron Paquito y el resto de sus hermanos. La cama de matrimonio era más grande de lo normal, de metal dorado, con una colcha blanca de hilo bordada a mano.

A un lado del pasillo se alineaban los dormitorios de Nicolás y de Pilar, y justo enfrente, el que compartían entonces Paquito y Ramón «Monchín», futuros Caudillo de España y héroe del Plus Ultra respectivamente, en cuya librería destacaba la colección completa de los cuentos de Calleja que ambos devoraban aquellos primeros años. Habían aprendido a leer y escribir con el Silabario y el Catón, los cuadernos pautados para la escritura elemental, el catecismo y una pizarra, antes de pasar con seis años al colegio.

Los cuatro hermanos disponían de unas pilas muy grandes para bañarse, pues en aquella época no había cuartos de baño.

En el centro de la sala de estar, donde hacían su vida, había una gran mesa velador ovalada, con tapete de terciopelo verde oscuro, la cual solía estar repleta de revistas y periódicos, entre los que no faltaban un solo día el ABC, Blanco y Negro y El Correo Gallego.

Nada más entrar, a la derecha, había un gran sofá y, en uno de los rincones, una mesita con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús del cual doña Pilar Bahamonde era muy devota. También había varias sillas tapizadas y unos sillones comodísimos para la época. Frente al sofá grande, se levantaba un imponente mueble biblioteca lleno de libros, con una mesa de cajón grande y sencilla donde cosía la modista cada vez que visitaba a la familia.

Entonces no había trajes ni vestidos de confección, excepto los monos de trabajo, pantalones de mahón y jerséis y trajes de agua de los marineros.

Del resto se encargaban precisamente los sastres, las modistas y las costureras. Cada casa tenía su propia costurera. Había también lavanderas, procedentes en su mayoría de Mandía, las cuales acudían una vez por semana a entregar la colada y recoger la ropa para lavar, acumulada en grandes cestos de mimbre.

Arriba del todo se encontraba el desván o buhardilla, al que subían los chiquillos cuando se aburrían, en compañía a veces de amigos. Desde allí divisaban el paisaje de tejados y chimeneas. Observaban a los gatos pasear por los aleros, rebuscaban en los baúles de viejos uniformes para disfrazarse, removían entre los cachivaches apilados por los rincones, hurgaban en las cajas de cartón con trapos de colores, apartaban las viejas alfombras envueltas en fundas que parecían momias, o se probaban los gorros como quepis con plumas apolilladas. Allí vivían su mundo de fantasía, sobre todo los fines de semana, cuando no iban al colegio.

Entre semana, se levantaban a las ocho para ir a la escuela; a la hora de comer, regresaban todos a casa muertos de hambre.

Don Nicolás envió al principio a Paquito al colegio de don Marcos Leal, donde tuvo como profesor a Eugenio Durán López, que era sacerdote y coadjutor de la iglesia de San Julián, además de un excelente orador.

En Ferrol existían entonces los siguientes centros educativos, según recordaba Alfonso Couce, antiguo alcalde de la ciudad: el de don Alfredo de la Iglesia, el colegio de Masquelet (cuyo hijo llegaría a General de Ingeniero Jefe de Estado con Manuel Azaña), la escuela del Sagrado Corazón y la de don Sabino Tuero.

Cerillito tuvo como maestro a Manuel Comellas durante el bachillerato en el colegio del Sagrado Corazón.

Más tarde, cuando el muchacho decidió seguir la carrera militar, su padre le matriculó en el mismo centro al que iba su hermano mayor «Colás» y luego lo haría también Monchín: en Nuestra Señora del Carmen preparó así con esmero su ingreso en la Academia de Infantería de Toledo.

El colegio de Nuestra Señora del Carmen, propiedad de los hermanos Machado, estaba dirigido entonces por Saturnino Suanzes, capitán de corbeta y padre de Juan Antonio Suanzes, otro ferrolano ilustre que llegaría a ser ministro de Industria y Comercio con Franco, además de fundador y presidente del Instituto Nacional de Industria (INI).

Paquito siguió así la misma estela escolar que su hermano mayor, matriculándose como él en la Escuela de Artes y Oficios, en horario nocturno (a partir de las seis de la tarde), entre 1908 y 1910. Cursó allí la asignatura de Dibujo de Figura con los profesores Vicente Díaz González y Eduardo de la Vega. Era un muchacho inteligente y despierto, al que no le costaba demasiado superar los exámenes.

El destino quiso que Paquito, al igual que Monchín, no fuese marino pues una orden del Gobierno había cerrado la Escuela Naval Flotante de Ferrol a comienzos de 1907. Nicolás sí pudo ingresar en cambio en la Escuela Naval Flotante, instalada en la fragata Asturias, pues lo hizo el 1 de septiembre de 1905, antes de su disolución.

Entre tanto, Paquito disfrutaba los días festivos dando largos paseos con su padre y sus hermanos en dirección a Caranza, el Couto, Cadaval, bosque de los Corrales, pinar de San Juan, e incluso hacia San Pedro de Leixa, Neda y otros pueblos más alejados de la ría.

Don Nicolás aprovechaba aquellas excursiones para acercar la naturaleza a sus hijos, haciéndoles fijarse en todos sus elementos. Luego, hacían un alto en el camino para dar buena cuenta de sus viandas y descansar un rato.

Con frecuencia subían también a Chamorro, situado sobre la ladera del pico Douro, donde había una ermita en la que se rendía culto a la Virgen de Chamorro. Se llegaba hasta ella atravesando una senda de montañas que algunas personas subían incluso de rodillas para ofrecer sus votos a la Virgen. Pilar Bahamonde era una de ellas: ascendía descalza por la cuesta empedrada, haciéndose sangre en los pies.

Años después, cuando la vida de su hijo Francisco corrió grave peligro en la guerra de Marruecos, su madre recurrió con milagroso fruto a la intercesión de la Señora.

«Los moros decían de él que tenía baraka», recordaba su hermana Pilar. Y acto seguido, aclaraba: «Yo me atrevería a decir que quizá fue más importante la Virgen del Chamorro que la superstición de los moros».

El propio padre de Paquito contaba una curiosa anécdota de las vacaciones de sus hijos, durante una entrevista publicada en el diario ABC, en 1926:

En verano, los niños solían ir con su madre a bañarse a la playa de La Graña. Al regreso de una de estas excursiones se levantó una enorme marejada. La madre se apuró mucho porque la lancha amenazaba con zozobrar en cualquier momento y los niños dieron prueba de gran serenidad y arribaron sanos, aunque empapados.

Paquito y Monchín se iniciaron en la pesca junto con amigos y compañeros de colegio; solían emplear cañas y anzuelos de fabricación casera.

Su hermana Pilar a veces les acompañaba: «Alquilábamos —recordaba— un bote de remo y nos íbamos con alguna de nuestras muchachas de servicio. Nos marchábamos hasta La Graña, y cuando pescábamos algo volvíamos a casa como locos. Por cierto que esto no pasaba con mucha frecuencia y no por falta de peces, que entonces aún los había».

En aquel tiempo, los pescadores profesionales no faenaban en barcos, sino en traineras de doce y catorce remos.

En Ferrol abundaba el marisco, sobre todo las ostras, que se vendían por dos reales la docena; también había muchas sardinas, cangrejos, pulpos y calamares.

Paquito solía jugar con los compañeros de colegio de su hermano Ramón —los hermanos Alvariño, los Meirás y los Barbeito Herrera— en la cuesta de Mella, en el monte de San Roque, así como en los muelles de Curuxeiras (el barrio pescador por excelencia), de San Fernando, Fuente Longa y Arboleda del Campo de Batallones.

Otras veces se divertía con sus hermanos en la plaza del Marqués de Amboage, más cerca de su casa, y en el paseo de Herrera, frente a la residencia de sus abuelos y primos.

Los juegos en las calles empedradas, con grandes losas de granito, solían ser dos: el escondite, incluyendo los portales; y las lombas. También disfrutaban con el guá y el chau, empleando canicas de cristal o mármol.

Pero el rey de los juegos era el peón, llamado también trompo o peonza. Entre los niños se codiciaban, como verdaderas joyas, los peones de boj, de júcaro y de guayacán.

Paquito iba con su familia a la verbena de Amboage, donde acudían casi todos los ferrolanos. Participaba también en las batallas de flores que se celebraban en la alameda de Suanzes o en el Campo de Batallones.

Algunas tardes acudía al cine en el maravilloso teatro Jofre, decorado en marfil y oro en sus cinco alturas; o disfrutaba de una inolvidable sesión de payasos y funámbulos en los circos Feijóo y Krone.

Los hermanos jugaban también en casa, corriendo incluso a veces más peligro que si lo hacían fuera. Como en cierta ocasión en que, subidos a un armario, Paquito recibió un empujón de Ramón y cayó de bruces al suelo. El chiquillo quedó allí tendido, semiinconsciente. Pilar y Ramón se asustaron pensando que se había matado. Por si fuera poco, sus padres habían salido a pasear.

Corrieron entonces a la cocina a por una jarra de agua fría y la desparramaron enseguida sobre el rostro de su hermano. De pronto, Francisco abrió los ojos y dijo: «No estoy muerto; pero ¡qué burros sois!».

Ramón no se llevaba bien con Paquito, a quien consideraba un poco estirado y criticaba por comportarse siempre como el niño bueno de la familia.

Ambos se disputaban el cariño de doña Pilar: Ramón, por ser el benjamín de la casa; Paquito, por el rechazo a su despótico e infiel padre, a quien inevitablemente comparaba con su piadosa y abnegada madre.

A menudo se peleaban, como un día en que Monchín casi le arrancó media oreja de un mordisco. Paquito conservó el resto de su vida una gran cicatriz en la oreja, disimulada sólo por las arrugas cuando se hizo mayor.

En Navidades, la familia se reunía junto al belén.

Paquito era el verdadero artífice de aquella obra de arte en la que no faltaba ni un solo detalle: desde las montañas de cartón, el río y la nieve, hasta el castillo de Herodes y la iluminación del portal donde acababa de nacer el niño.

Los Reyes Magos les traían luego «cosas muy modestitas», según Pilar. «A mí —recordaba ella— me dejaban alguna muñeca, aunque lo que yo quería era una espada como la que tenían mis hermanos. Me pegaban mandobles en la espalda y yo, claro, intentaba defenderme. Con el cuento de que era una niña, los Magos nunca me trajeron la dichosa espada.»

Entre tanto, la vida transcurría inmersa en una sociedad jerarquizada, en la que a veces se producían clamorosas desigualdades.

A Paquito y Ramón les impresionó el paupérrimo nivel de vida de las aguadoras que suministraban el agua a las casas. Las mujeres debían aguardar primero largas colas en las fuentes públicas, ateridas de frío, para luego percibir quince miserables céntimos por transportarla y subirlas a los pisos, sobre las cabezas, las sellas de veinticinco litros de agua.

Por desgracia, las aguadoras poco tenían que envidiar a esas otras mujeres que, en el puerto, descargaban el carbón de los barcos por una sola peseta al día.

Cerillito se encontró más de una vez con los tipos populares que deambulaban por las calles ferrolanas. Hombres y mujeres pintorescos que atraían la atención de los más pequeños, como el «Moco Podre», un mozo recadero de la aldea de Canido que trabajaba en el mercado; o «El tío Mingallo», tocado con sombrero de copa, camisa hecha jirones y chaleco cruzado con cadenas, que era zambo y atendía por «Andresiño».

Claro que también solía verse a «La Cariaja», mujer pintarrajeada, pasear por la calle Real, junto al Gran Café Español.

En invierno no faltaban las castañeras, que animaban a los viandantes a comprar sus castañas cocidas —llamadas zonchas cuando eran sin mondar— al grito de «¡Están fervendo!».

Cerillito se cruzó también con los afiladores, infatigables a la hora de darle al pedal de sus máquinas para aguzar navajas y cuchillos.

La primera vez que Paquito vio en persona al rey Alfonso XIII, en julio de 1909, tenía dieciséis años. El monarca fue agasajado entonces por el pueblo ferrolano nada más entrar en la ciudad por la Puerta Nueva, donde tuvo lugar el recibimiento más solemne que se recuerda de las autoridades y del ministro de Marina, José Ferrándiz.

La casa de Francisco Franco era una de las muchas viviendas engalanadas con banderas españolas.

El destino quiso que treinta años después el propio Francisco Franco ocupase como él la Jefatura del Estado.

cap-4

2

El hermano bastardo

Se trata de que mi suegro, don Eugenio Franco Puey, es hijo natural del padre de V. E.

 

HIPÓLITO ESCOLAR,

yerno del hermanastro de Franco,

en carta confidencial al Caudillo

El padre de Paquito ejerció una decisiva y dispar influencia sobre éste y sus dos hermanos —Nicolás, nacido el 1 de julio de 1891, y Ramón, nacido el 2 de febrero de 1896— desde su más tierna infancia.

Pero añadamos antes que Paquito tenía dos hermanas: Pilar, poco más de dos años menor que él, nacida el 27 de febrero de 1895; y María Paz, llamada cariñosamente «Pacita», que falleció de meningitis con sólo cuatro años, tres meses y veintidós días, el 4 de mayo de 1903.

María de la Paz Manuela Martina, Pacita, había nacido a las tres de la madrugada del 13 de noviembre de 1898, siendo bautizada, igual que todos sus hermanos, por el sacristán mayor de la iglesia parroquial castrense de San Francisco, Antonio Álvarez Ruiz. Su hermana Pilar, años después, evocaba:

La historia de nuestra juventud quedó muy marcada por la prematura muerte de nuestra hermana Pacita. Murió a los cinco años [sic], por lo que dejó pocos recuerdos. Claro, mi madre lo sintió muchísimo, porque la muerte de la niña fue su primera pena de verdad. Pacita cogió una calentura y estuvo cuatro meses enferma. Los médicos no pudieron acertar con su enfermedad, aunque mi madre decía que oía un roce o un cierto ruido en el pulmón. Mamá tuvo una pena como para volverse loca. Yo recuerdo a mi hermanita como si la estuviera viendo. Tenía los ojos muy bonitos, como Ramón. Verdes.

Doña Pilar Bahamonde vestiría de negro el resto de su vida, como si guardase luto eterno por su hijita. Pero entre su ropaje oscuro, destacó siempre su singular atractivo, el negro brillo del cabello, la mirada castaña y profunda, y un óvalo de cara casi perfecto. Su hija Pilar recordaba:

De todos los hermanos, el que más se parecía a ella era Francisco, muy serio y muy responsable. También Ramón, en los primeros años. Era el más pacífico de todos. Cuando se hizo mayor cambió mucho. Se convirtió en un torbellino. A mamá todos la queríamos mucho, pero lo que es mi hermano Francisco, la adoraba.

El hispanista británico George Hills distinguía así a los cuatro hermanos:

Nicolás fue un chico listísimo, aunque muy mal estudiante. Realizaba sus estudios caseros con la rapidez de los niños dotados de memoria receptiva. El padre le castigaba mucho, porque le parecía que no estudiaba lo bastante. Paco fue siempre muy corriente cuando niño… dibujaba muy bien y en esto tenía mucha habilidad… pero era un chico corriente. No se distinguía ni por estudioso ni por desaplicado. Cuando estaba de broma era alegre, pero desde pequeño fue muy equilibrado. Ramón era más trasto, listo también [su hermana Pilar aseguraba, en cambio, que entonces «era el más pacífico de todos»]… tuvo una época de cabeza loca, de trastornado. Los tres, junto con su hermana Pilar, que de nacer hombre hubiera sido un general en jefe estupendo… de mucho carácter, mucho temple.

El padre, Nicolás Franco Salgado-Araújo, fue destinado de joven primero en Cuba y luego en Manila (Filipinas), antes de contraer matrimonio con Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, hija del intendente general de la Armada, Ladislao Baamonde (sin «h» entonces) Ortega.

Hacia 1886, el padre de Paquito inició su andadura ultramarina en Cuba. Nunca antes había tenido oportunidad de abrirse al mundo y acercarse al universo colonial. Con treinta años, don Nicolás llegó a una isla donde reinaban la alegría y la frivolidad, entre sones de guajira y humo de vegueros.

Aunque la paz de Zanjón había «zanjado», valga la redundancia, la primera guerra, tampoco podía hablarse estrictamente de paz. Fuera de las ciudades, sobre todo en la parte oriental de la isla, los cabecillas Guillermo Moncada y Calixto García traían de cabeza al contingente español.

Por lo demás, allí se vivía entre corrupción. El general Emilio Mola escribió a este propósito:

En Cuba se puso de manifiesto nuestra incapacidad militar llegando a extremos vergonzosos en todos los órdenes y muy especialmente en lo relativo a los servicios de mantenimiento: el de Sanidad era tan deficiente que el terrible «vómito negro» [enfermedad epidémica, caracterizada por fiebres mortales] diezmaba los batallones expedicionarios; el de Intendencia no existía, lo que obligaba a las tropas a vivir del país.

La corrupción se palpaba por doquier: el aprovechamiento particular de los codiciados cargos públicos y las extraordinarias oportunidades de enriquecimiento lejos de la metrópoli convertían el cohecho y la prevaricación en prácticas casi cotidianas.

Algunos intendentes y administradores, compañeros de don Nicolás, decidieron hacer las Américas por su cuenta y huyeron de Cuba con los bolsillos repletos de fondos del Ejército, cuya custodia les había sido encomendada.

Don Nicolás, en cambio, acreditó elevadas dosis de pulcritud y honestidad, las cuales no le impidieron disfrutar de sus tres grandes pasiones: el ron, las mulatas y el juego.

No era extraño así que, al regresar meses después a España, anhelase volver a aquel paraíso tropical, tan distinto de la estrecha vida ferrolana.

En 1888 se le presentó otra oportunidad, esta vez en Filipinas. Una nueva evasión que volvía a colmar sus ansias de aventura. Empezando por el largo viaje en barco, a través de Suez, el Índico y los estrechos, hasta llegar a Manila.

En la década de 1880, Manila era una ciudad colonial muy agradable y acogedora, en la que la simbiosis entre el blanco y el indígena se asentaba en tres siglos de dominación española.

Don Nicolás enseguida se percató de que a las bellas manileñas les gustaba vestir de hilo, adoraban las orquídeas y se perfumaban con ilang-ilang, el exótico aceite oriental de dulce y penetrante aroma, muy apreciado como afrodisíaco.

En la base naval de Cavite, situada en la bahía de Manila, el recién llegado pronto sucumbió a las siestas acompañadas de paipái durante las tibias noches aromadas por las flores blancas de la sampaguita.

Poco más había que hacer allí, pues el general Weyler acababa de reducir la sublevación de los moros de Mindanao; y en la vecina isla de Luzón, salvo esporádicas acciones de los piratas, también se respiraba tranquilidad.

A esas alturas, don Nicolás era ya un hombre «de ideología y talante liberales», en palabras de su hija Pilar. Todo lo contrario que su futura esposa, doña Pilar Bahamonde, «más bien conservadora y muy religiosa», añadía ésta.

Calificativos que, en el caso de Nicolás,

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